Diario Vasco

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Carta a una mujer recién separada
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Cecilia Casado | 27-06-2012 | 08:38

 

Hola guapa:

Me he quedado a cuadros cuando he recibido tu e-mail en el que me contabas que, por fin, habías sacado fuerzas para afrontar la realidad de tu matrimonio, después de tantos años de altibajos, y te has separado. No es que no me esperara el desenlace, sino que la sorpresa viene motivada por tu valentía de hacerlo finalmente sin dar tres cuartos al pregonero.

¿Qué podría yo decirte diferente a todo lo que ya habrás escuchado cientos de veces y que te habrá machacado de alguna manera? Además, no soy de esas amigas que dicen “ya era hora” o “por fin te has decidido”; yo soy más bien de esas amigas que, en vez de dar palmaditas en el hombro (o besitos suaves) suele meter el dedo en la llaga, llamar a las cosas por su nombre e intentar ver lo positivo aunque se esté dentro de un túnel.

 Porque me temo que ahí estás tú, en el túnel que hemos tenido que atravesar las personas que hemos dado un paso al frente y nos hemos atrevido a romper un contrato matrimonial después de muchos años y varios hijos. Es un túnel de manual, de primera lección del libro gordo de Petete de cualquier psicólogo. Un túnel largo y oscuro en el que nos hemos metido confiando, esperando que al final haya una salida a la luz, pero que, encontrándonos adentradas en él, ya no vemos el punto por el que nos hemos aventurado y tampoco vemos el final. Es decir, oscuridad total y absoluta.

 Claro, y ahí entra el miedo, faltaría más. ¿Cómo no sentir miedo al emprender la odisea de romper toda una vida de costumbres, de seguridad (mal o bien entendida), de rutinas protectoras? ¿Cómo afrontar el ser, una vez más, la “mala de la película”?

Porque eso suele ser un divorcio, un lanzamiento de trastos (viejos) a la cabeza para ver quién hace más daño al otro y en este caso, el tuyo, al haber dado tú los pasos necesarios para decir “BASTA”, las críticas, maledicencias y maldiciones van a caer sobre tu cabeza. Menos mal que tendrás el apoyo de tu entorno familiar, por precario que éste sea. Menos mal que tienes algunas amigas que te apoyan y van a seguir sosteniéndote en tu camino hacia la dignidad.

 Sí, dignidad digo, porque es lo que tú estás intentando recuperar con el gran salto hacia delante que has dado. Pero no te avergüences, nos ha pasado a todas las que hemos sido artífices del punto final de una relación, que cuando queríamos ser “nosotras”, recuperar esa “esencia” que se nos había diluido en el magma insondable de la pareja, nos han llamado de todo y nos han querido hacer sentir culpables por no aguantar lo inaguantable. Sobre todo habiendo hijos de por medio, arma arrojadiza donde las haya.

 

Pero a lo que voy. Mucho me temo que vas a tener que pasar pisando sobre las piedras cortantes que están bajo tus pies. Y que te va a hacer daño, pero… siempre te dije que para hacer una tortilla es necesario cascar los huevos. Vamos, que esta es tu lucha por tu propia vida en un presente de libertad, dignidad y paz interior. Y mira que digo “presente” y no digo “futuro” como si fuera algo que va a ocurrir más adelante. No, ya está ocurriendo AHORA, ya has recuperado las llaves de tu vida, ya has vuelto la vista hacia tu propia esencia, todo esto está pasando en este momento en que te sientes asustada por la magnitud del paso dado, preocupada por el día a día e incluso, en algunos momentos, insegura de si has obrado bien.

 En realidad, no vas a hacer nada que no hayas hecho ya en el pasado. Es decir, vas a seguir luchando, trabajando, soñando y participando de la vida igual que has hecho hasta ahora. Porque levantaste tu familia, tuviste a tus hijos, los amaste desde el fondo y no te has limitado a mantenerlos; porque llevas diecisiete años trabajando en un proyecto que no ha superado la larga crisis en que se vio sumergido. Y esos diecisiete años son la prueba rotunda de que sabes y puedes vivir con mayúsculas defendiendo lo tuyo, protegiendo tu identidad, demostrando a tus hijos que nadie debe doblegarse ante la iniquidad, dándoles el mejor ejemplo de amor que les puedes dar: enseñarles lo que es la propia dignidad.

 El tema económico será una pequeña espada de Damocles sobre tu cabeza, pero piensa que lo poco que te quede es fruto únicamente de tu esfuerzo y tu trabajo y que la satisfacción de la no-dependencia es inmensa. La soledad también te dará zarpazos en algunas noches frías cuando eches en falta el abrazo de quien no supo quererte ni estar a la altura de las circunstancias. Aprenderás entonces a abrazarte a ti misma, a dignificarte con la fuerza y el amor que ya llevas por dentro, que no ha muerto ni nadie podrá quitarte jamás.

 Vienen tiempos duros, ya lo sabes, pero ya verás qué placer, poco a poco, comprobar cómo va germinando la semilla de tu libertad interior y transformándose en un pequeño campo de paz que después ya será para siempre.

 Ah, un consejo, si me lo permites con todo el cariño: no hables mal de tu ex marido a nadie. A tus hijos entrégales la libertad de que juzguen por sí mismos sin verse condicionados por ninguna energía negativa por tu parte. Ellos siempre te agradecerán que seas una PERSONA con mayúsculas, una gran madre y, porqué no, una SEÑORA.

Nos vemos a la salida del túnel. Allí te estará esperando tu propia identidad, renovada, renacida, limpia y dispuesta. No lo dudes.

 Un abrazo fortísimo.

 Alqui.

* Dedicado a T. que está ahí, leyéndonos, luchando y que necesita todos los ánimos del mundo…

 Por si alguien desea contactar:

Laalquimista99@hotmail.com

 

 

Sobre el autor Cecilia Casado
Una mirada alternativa a la vida después de haber cumplido los 50. Con un martillo rompe-tópicos y una sibilina barrena destroza prejuicios. Desde la óptica femenina y quizás por ello más interesante para el hombre.

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