Diario Vasco
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Reflexión del lunes: “Miedo a la libertad”
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Cecilia Casado | 27-02-2017 | 07:58

 

 

No, no voy a escribir un post de auto-ayuda escarbando entre razones inconscientes de esas que llevan a inventar temores o a demonizar hipotéticas situaciones. Me aparto del desfiladero de lo difícil y prolijo y me voy al prado de lo más sencillo.

Vivo sola y no tengo pareja. Visto así tiene dos lecturas; (en realidad podría tener muchas más pero no vamos a hacer de esto una tesis) la primera lectura es la de: “pobrecita mujer”; la segunda la de: “vaya suerte que tienes”. Entre estos dos diagnósticos de discutible fundamento habita una verdad tan grande como una catedral y no es otra que la de que muchas veces nos agarramos al “rebaño” por el pavor que da dar saltos libremente no vaya a ser que “venga el lobo”. En roman paladino se dice de otra manera, pero no se trata de meter el dedo en el ojo de nadie y hacer daño; no es esa la intención ni la cuestión.

Andar libre por la vida no significa otra cosa que no tener que dar cuentas ni pedir permiso a nadie para llevar a cabo cuanta decisión queramos poner en práctica. Esta situación no es incompatible con el hecho de vivir en familia (del tipo que sea) aunque la sociedad se empeñe –y no siempre de manera infructuosa- en convencer al personal de que son prioritarios los compromisos, obligaciones y deberes del ser humano para con su entorno que la consecución de la ansiada “sensación de libertad” que cada uno pueda llegar a sentir en su interior.

Es tan grande el adoctrinamiento recibido que nos han llegado a convencer de que es lo justo, equitativo y saludable anteponer la comodidad o intención de los demás a la nuestra propia siempre que hablemos de las mil y una obligaciones “morales” que están ahí, aleteando como pájaros de película de miedo alrededor de nuestra cabeza e intenciones.

Desde los padres que no se van de vacaciones porque el hijo adolescente ha suspendido y tiene que recuperar, hasta otros parecidos que tampoco emprenderán un viaje porque los abuelos están muy mayores y es mejor no alejarse demasiado. Desde quienes a gusto gastarían los ahorros de muchos años en un flamante coche rojo o un viaje a San Petesburgo pero “no estaría bien”, hasta los que no se atreven a romper las rutinas domésticas por que no les monte una bronca el cónyuge o que haya paz. Situaciones en las que el ser humano renuncia voluntariamente a ser libre porque está convencido de que su deber moral es precisamente esa renuncia.

Ahora viene el párrafo en que el derecho de réplica entra en acción y unos cuantos bienpensantes (mejores pensadores que la que suscribe) dirán que la libertad también está en elegir no ser libres, o que bien se puede seguir siendo libre porque se ha elegido libremente dejar de serlo. Líos mentales, palabras y más palabras. Total, para acabar diciendo que cada uno hace lo que cree que tiene que hacer y no hay más que hablar; y si uno está equivocado, bueno, pues eso será lo que piense el otro, pero si yo pienso que hago bien que me dejen en paz y todos tan felices.

Me llama cada vez más la atención la convicción con que personas presuntamente inteligentes enarbolan argumentos que son como palos para meter entre las ruedas. Más me sorprenden aún algunos comentarios en sordina acerca de la vida que llevan unos y otros que no siguen a rajatabla esas “normas” que la mayoría silenciosa acata sin chistar.

Cuando me dicen que soy “valiente” por viajar sola, por hacer las maletas, aposentar a mi perrillo en el asiento trasero de mi viejo coche rojo y poner kilómetros entre los adoquines de mi ciudad y los árboles del bosque, no comprendo nada. Menos comprendo aún que me insinúen que la vida que llevo, tan sin normas, tan sin obligaciones, tan sin compromisos que me aten, es producto de una especie de “rechazo” que siempre he tenido a las normas de esta sociedad.

Y yo digo que no es cierto –a ver si van a saber más los otros de mis razones íntimas que yo misma- que lo único que me pasa, suponiendo que me pase algo, es que a mí la libertad no me da miedo sino todo lo contrario; me atrae como un magnetismo atávico o como una luz al final del túnel. La vida es la misma para todos y las cadenas que nos atan a la caverna de Platón son imaginarias, soy muy consciente de ello. Y cuando uno se da cuenta no le queda más remedio que perderle el miedo a la libertad.

En fin.

LaAlquimista

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Sobre el autor Cecilia Casado
Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.