Diario Vasco
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Fecha: marzo 8, 2017
Sí, soy feminista
Cecilia Casado 08-03-2017 | 8:00 | 22

 

¡Quién me ha visto y quién me ve! Y digo esto porque hasta hace algunos años yo también formaba parte de esas mujeres que identificábamos –erróneamente, ahora lo sé- el feminismo con una especie de cruzada contra el macho de la especie o como reivindicaciones extemporáneas de una izquierda poco correcta políticamente. Sin embargo, un buen día comprendí –más vale tarde que nunca- que mis actitudes vitales de las últimas décadas habían sido netamente feministas, tanto en el fondo como en la forma, sin que yo me diera cuenta (o quizás es que no quería darme cuenta).

Fui “feminista” cuando me negaba a servir cafés en las reuniones de trabajo -en las que participaba- porque era la única mujer presente y me “pedían” que lo hiciera. En aquellas ocasiones –muchísimas en mi vida laboral- me tildaban de “protestona” o “reivindicativa” y me ganaba las críticas –cuando no la animadversión- de compañeros y superiores. Yo fui “feminista” cuando protesté y peleé durante años y años por tener inferior salario que mi compañero varón ante idéntico trabajo. Lo intentaba, con la energía que nos habita cuando no se ha alcanzado el desencanto, cada vez que había una “revisión de puestos de trabajo” enrabietándome con las razones que aducía la dirección de la empresa para no igualar mi salario al de mi colega, razones tan peregrinas como demoledoras: “No eres bien mandada” o “la actitud también cuenta”. Cuando llegó el momento de la verdad me jubilaron con casi un 25% menos de pensión que a mi compañero que siempre puso cara de poker y jamás levantó un dedo para apoyarme. No se lo reprocho, igual es que tenía miedo de que le bajaran el sueldo para igualarnos.

Yo fui “feminista” cuando me enfadaba con mi marido –que también era padre- porque nunca llevaba a la niña al pediatra ni venía a las reuniones de padres del colegio–o a donde hubiera que ir si era en horario laboral- entendiendo para su comodidad y beneficio que “él no podía abandonar su trabajo”, argumento inventado que le hacía creer que sus responsabilidades laborales –y no familiares- eran superiores a las mías. Fui “feminista” cuando me enfrenté a una suegra que estaba convencidísima de que “los hombres” no tenían que moverse de la mesa y que las mujeres estábamos allí para servirles. Protestando por la flagrante desigualdad con respecto a los hombres que me rodeaban me gané fama de “difícil” como esposa, de “conflictiva” como trabajadora y de “contestataria” como ser humano.

 

Sin embargo, no me gustaba que me llamaran “feminista”, no, eso no me gustaba ni un pelo. ¿Por qué? Pues porque hubo una época en este país –y sobre todo en mi “pequeño país”- en que ser “feminista” era poco menos que sinónimo de izquierdosa, marimacho o amargada. Porque esos calificativos injustos y denigrantes eran los que imperaban –y todavía dan coletazos- en una sociedad mayoritaria de hombres y mujeres con poca conciencia que demonizaban a cuanta mujer levantara la voz –o el puño- contra la opresión machista de un sistema que era injusto en casi todas sus vertientes: en lo político, en lo legislativo, en lo laboral y que hacía gala de un paternalismo indecente para con las mujeres en general y para las que habíamos estudiado argumentos en la universidad en particular.

Yo no quise que me llamaran “feminista” en los años 70/80: me daba vergüenza. Y sin embargo, lo era, vaya que sí, cuando me agarraba pataletas por tener que llevar la firma de mi marido al banco para conseguir un talonario de cheques de la cuenta donde se ingresaba MI salario. Fui “feminista” cuando me peleé con todo lo que se movía porque no podía obtener mi pasaporte (con los dieciocho cumplidos) sin permiso de mi padre; fui “feminista” por salir unos días de vacaciones con una amiga en vez de con mi marido aunque tuve que pagar un alto precio por cada pequeña parcela de libertad conseguida.

Pero ahora los tiempos han cambiado para mucho mejor y ya puedo decir con la cabeza bien alta, a mis sesenta años, que sí, que SOY FEMINISTA con todas las consecuencias. Que por fin la sociedad se ha dado cuenta de que ser feminista no es pretender castrar a los varones sino luchar por la igualdad de oportunidades y de derechos entre hombres y mujeres.

Aunque en la calle queda muy bonito decir que a nadie le gusta el machismo y luego resulta –desgraciadamente- que de puertas para adentro las actitudes (tanto de muchos hombres como mujeres) son en demasiados casos todo lo contrario. Miremos, si no, alrededor; miremos en casa o en la del vecino; miremos en el patio del colegio, en el parque, en la oficina, en el ambulatorio, en los bares y discotecas, en los programas de televisión, en las revistas de cotilleos.

Hagamos nosotras, como mujeres, un examen de conciencia para ver si todavía estamos “amparando” actitudes machistas de esas que nos inculcaron en el siglo pasado. No más decirle a una hija: “Aguanta, que ya se sabe cómo son los hombres”. No más decirle a un hijo: “Tú, hazte respetar, que se vea quién lleva los pantalones”.

Quitémonos como mujeres libres esa absurda “vergüenza” de decir alto y claro, SÍ, SOY FEMINISTA.

Como proclamaba la insigne filóloga y lexicóloga María Moliner: “El feminismo es la doctrina que considera justa la igualdad de derechos entre hombres y mujeres”. Así que, o somos todos feministas o tendremos que hacérnoslo mirar…

En fin.

LaAlquimista

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Sobre el autor Cecilia Casado
Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.

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