Diario Vasco
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Excursión solitaria
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Cecilia Casado | 17-03-2017 | 09:44

 

 

De repente se ocultó el invierno y salió al escenario un falso veranillo. Todo fue afán de buscar sandalias y camisetas y ver si no estaba caducada la última protección solar. El aire cálido empujaba fuera de las paredes, de cualquier tipo de paredes.

A tan sólo una veintena de kilómetros el sol sigue siendo el mismo, pero la “frontera” no es nada sutil. Han quitado las barreras para acceder a ese “otro mundo” que, tantos años después de visitarlo, nos sigue pareciendo peculiar. Hablo del país francés que, aunque aquí se le llame “vasco-francés” tiene mucho más de lo segundo que de lo primero.

Aprecio agradecida el silencio de sus calles a partir del mediodía, ese momento de locura de hormiguero que hay en mi ciudad y que desaparece en “el otro lado”. Placer donde los haya pasear por la arena de una larguísima playa “abandonada” por quienes tienen por costumbre y necesidad comer dos horas antes que lo que marca mi costumbre y necesidad.

 

Esas dos horas que nos regala “la France” mientras ellos hacen la pausa de mediodía a los que todavía no tenemos ganas de comer. Esa desbandada feliz de paseos y parques y calles y jardines. Regalo para el visitante que se convierte momentáneamente en dueño y señor del territorio liberado a la carrera de quienes cierran puertas y ventanas para sentarse a la mesa.

 

Mojo mis pies en el agua fría del mes de marzo. A la derecha, el océano reventando con fuerza me arrastra la vista hasta el horizonte subyugándome el tiempo de pasear por la orilla hasta donde el agua se mezcla con las rocas. Siento el placer de dirigir mi vista ahora hacia la izquierda y seguir disfrutando mientras mis piernas se cansan de caminar por la arena y mi corazón descansa.

 

Camino en solitario para no distraer el pensamiento conversando. ¡Ay si yo encontrara con quien caminar en silencio cuando hace falta callar! Dejé de lado y con dolor a quien creía que la compañía consiste en no dejar de hablar; comentarlo todo, poner palabras a la emoción, una especie de “banda sonora” que no cesa y distrae de lo verdaderamente importante: la naturaleza, el pensamiento, la paz.

 

Dos horas intensas por la orilla del mar. Y luego, bajo los árboles acogedores, mirando a la bahía calma, cuando ya todos vuelven a sus afanes después del parón del mediodía, calmar el hambre y la sed con la satisfacción del “deber cumplido”.

Ellos, los franceses, vienen a mi ciudad a disfrutar con el gentío de los comercios, a atiborrarse de comida diferente a la suya en las barras de los bares; buscan la sorpresa –una y otra vez- de un pueblo tan cercano y tan diferente que come cuando ellos ya han hecho la digestión, que descansa y hace la siesta mientras ellos se afanan veloces para “conciliar” y acabar sus jornadas lo antes posible para cenar a la hora de la merienda e irse a dormir cuando “los otros” comienzan a cenar.

 

Y no hay tanta libertad de elección, los horarios vitales vienen impuestos de fábrica, en cada familia se imponen con la educación, y esa impronta es para toda la vida, ni se cambia ni nadie quiere cambiarla por eso, mi gran placer es ir cuando ellos no están y volver cuando ellos reaparecen.

 

Igual es una actitud ante la vida, la mía, de escaparme de los rebaños, de huir de multitudes, sin desprecio pero con insistencia. Con el ruido no me escucho, en el tumulto no me siento; la brújula interna se me vuelve loca, mis pasos se tornan indecisos. Necesito y quiero notar mi conexión con la naturaleza y lo que hay “por ahí arriba” de forma nítida. Es como la música, que me arrebata en la soledad del hogar invadiéndome con libertad y me pone nerviosa compartiéndola con una multitud vociferante o que tose y cuchichea en forzadas posturas del patio de butacas.

 

La belleza está ahí, al alcance de la mano, y para disfrutarla no es menester tener alguien al lado. Tan sólo tengo que desperezarme e ir donde está…esperándome.

 En fin.

 LaAlquimista

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Por si alguien desea contactar:

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Fotos. Cecilia Casado

Sobre el autor Cecilia Casado
Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.

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