Diario Vasco
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Fecha: abril 19, 2017
Sala de espera de hospital
Cecilia Casado 19-04-2017 | 7:09 | 11

Bendita suerte la mía que no me lleva apenas a hospitales desde la agonía y muerte de mi padre y ahora lo hace por cuestiones poco enjundiosas. Como esta vez en que me someto a unas pruebas para determinar una intolerancia a los analgésicos y antiinflamatorios en general. Y es que cuando me duele algo me tengo que aguantar porque si no es peor el remedio que la enfermedad, aunque bien es cierto que esto de los dolores físicos –siempre que no duren demasiado- me parece más fácil de sobrellevar que los dolores del alma, pero esta es otra cuestión.

Así que vas al hospital cuando te citan –incluso la gente llega antes de la hora- y ya sabes que te vas a tirar las tres siguientes en un ay a ver si lo que te inoculan vía dérmica o con pastillas se manifiesta de forma contundente; por eso te prohíben alejarte de la sala de espera, no vaya a darte un patatús en la cafetería y las camareras no sepan qué hacer contigo. Así que ahí me quedo, con el brazo al aire y sin poder sujetar el libro que –ingenuamente- había llevado para distraer el paso del tiempo; y sin otra alternativa que observar a la gente…

Unas pruebas alergológicas no son nada del otro mundo, aburridas lo más, así que me sorprendo al comprobar cómo bastantes pacientes vienen acompañados. Hombres con una mujer al lado (esposa, hija o madre según la edad y aspecto) y curiosamente, la mayoría de las mujeres, solas.

Ahora debería reflexionar sobre la costumbre de que los maridos pidan a sus esposas que les acompañen al médico o si son las propias mujeres las que exigen acompañar al hombre para luego no tener que andar preguntando qué te han dicho y controlarlo todo de primera mano. Por el contrario, a ver a qué mujer le apetece tener al lado a un acompañante masculino que seguramente no servirá más que de chófer voluntario y que da menos conversación que la silla en la que te sientas. Eso sigue vigente: la mujer habla y el hombre asiente.

La sala de espera es muy grande, caben fácilmente unas cincuenta personas, aunque lo más curioso es el silencio que impera; quienes hablan lo hacen en susurros, como con miedo de molestar no se sabe a quién y por supuesto, nadie habla con el de al lado, parecemos todos extraños en tierra hostil, mirando de soslayo al móvil del de al lado. Porque esa es otra: los móviles. Esos bastones, apoyos, muletas ineludibles para solventar cualquier situación rutinaria o inesperada. Refugio abierto las veinticuatro horas para revisar fotos, buscar a ver si hay alguien a quien poder enviar un SOS por whatsapp: –“Estoy en la consulta de alergias. Me aburro”. Ventana al cotilleo de la prensa digital, pantalla amiga para ver la serie favorita; siempre la cabeza gacha con el gesto universal del servilismo.

Yo también me aburro y me escaqueo de la sala a otra más grande donde hay una máquina de café. Allí el ambiente es más distendido y, sobre todo, más bullicioso. Me pillo un capuchino que está bastante decente y me siento junto a una señora mayor –mayor que yo- a degustarlo. Ella me mira y yo le devuelvo la mirada con sonrisa, así que le doy el pie para pegar la hebra y ya estamos… Dispuestas y contentas para una charla de más de una hora que nos lleva a Pilar y a mí por un recorrido amable de nuestras pequeñas/grandes biografías. Hablando, hablando, vamos señalando puntos de referencia comunes: el Ambulatorio, el barrio, los hijos, (me gana por 6-2), los maridos (le gano por 2-1) y todas esas pequeñas intimidades de poco fuste que se desgranan en las manos de una persona desconocida simplemente porque nos ha dirigido una sonrisa cuando los demás ni nos han mirado.

Al cabo de dos horas más salgo del Hospital con un diagnóstico en la mano y una nueva amiga en el corazón. ¡Y yo que creía que iba a ser una mañana desaprovechada!

Me agarro a estas pequeñas cosas para seguir sintiendo que la vie est belle!

Un beso para Pilar E. que probablemente no me leerá…

LaAlquimista

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Por si alguien desea contactar:

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 *Dibujo: Shiembcn

 

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Sobre el autor Cecilia Casado
Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.