Diario Vasco
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¿Te da miedo viajar sola?
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Cecilia Casado | 04-05-2017 | 06:56

 

 

Vaya por delante que no soy más valiente y que tampoco intento convencer al personal de las ventajas de mi manera de hacer las cosas; tan sólo relato mi experiencia y reflexiono cuando me hacen preguntas que quizás no deberían ser formuladas. La última de la colección ha sido: “¿No te da miedo viajar sola?”, con la peculiaridad de que quien la formuló no se refería a viajes peligrosos a países en conflicto sino simplemente al hecho de facturar una maleta hacia alguna parte en vez de dos.

Muchísimas mujeres viajan solas a cualquier parte del mundo sin sentir que el desamparo las acompañe ni temer por su integridad física; es una actitud que viene refrendada no tanto por esa dichosa autoestima que parece que es el tronco del arbolado femenino sino por el rechazo frontal a ese concepto de “miedo” que nos han metido a machamartillo… a casi todas. A mis hijas les pareció lo más normal del mundo agarrar una maleta y subirse a un tren o a un avión porque –precisamente- había detrás una madre que les animaba a ello, dada la fuerza que tenemos transmitiendo seguridad o temor a nuestra prole.

Así que a Praga me he ido sola, aunque recibiera la visita de mi hija berlinesa durante unos días. Me he ido sola al igual que sola estuve en Cuba, en Perú o en soledad hice el Camino de Santiago. Y todos los años me voy a “mi otro mar” sin más compañía oficial que mi perrillo Elur. ¿Y qué? ¿Qué nos pasa a las mujeres que tanto cacareamos de ser independientes, libres y seguras de nosotras mismas si a la hora de dormir dos noches fuera de casa sin ”carabina” parece que nos va a comer el coco?.

Se nos olvida –y tengo la duda de si es inconsciente este olvido- lo que hemos luchado por la autonomía, la suerte de que el feminismo despertara las ansias de igualdad y justicia y en esa desmemoria retrocedemos de repente media docena de lustros para volvernos a encoger, como vivieron nuestras madres y abuelas, y mirar alrededor en busca de “compañeros de viaje” escudándonos en que “no nos gusta viajar solas” cuando puede que jamás hayamos probado ese placer que se antoja amargo y distante. Ante lo desconocido que se rechaza siempre me acuerdo de las ostras: se dice que son repulsivas, pero una vez las pruebas se convierten en un manjar, doy fe.

En Praga compartí un día completo con Amelia, una gallega de 30 años residente en Gran Bretaña, que aprovechaba unos días de asueto y vuelos a buen precio para recorrer la República Checa. Se nos unió Katry una colombiana de 26 trabajadora en Montpellier que decidió pulirse los ahorros dándose una vuelta por Praga. Ambas viajaban solas, como yo, nos reconocimos como “del mismo club” y acompasamos nuestro paso durante el tiempo de un recorrido por las piedras de Praga; después vinieron las risas y las cervezas. Todo perfecto.

Cuando viajamos solas no estamos más expuestas que en nuestra propia ciudad, al amparo de calles conocidas. ¿Tenemos miedo de que nos pase algo –no sé, un infarto, un atropello, un retraso en el vuelo- y no tener quien nos ayude o se ocupe de nosotras? La vida es demasiado corta como para andar midiendo todas las posibilidades, controlándolo todo, no dejando cabos sueltos que, a fin de cuentas, son los que más chispa y gracia le van a dar a la casi siempre rutinaria andadura vital que hemos elegido.

Me entristece –o me estremece, según los días- cuando escucho a alguna compañera decir: “Me encantaría hacer esto o lo otro, pero no me atrevo sola”. Por eso muchas veces acabamos las mujeres emparejadas malamente, al amparo inventado de alguien que nos utiliza en justa reciprocidad, o con algún grupo de amigos o amigas que no nos satisface del todo, pero al que nos acoplamos pensando estúpidamente: “es lo que hay”…

Viajo segura y tranquila con el smartphone -y el mejor sistema operativo que me puedo permitir- en el bolsillo. Puedo ir de aquí allá sin perderme siguiendo el puntito azul titilante en la aplicación “maps”. Si estoy cansada y me despisto en algún barrio lejano utilizo la aplicación pertinente para que me venga a recoger un vehículo con chófer en pocos minutos. Tengo el SOS a mano por si me tropiezo y me pego un batacazo. Sé el tiempo que va a hacer dentro de dos horas, el horario de los museos, dónde comer cerca y barato. Y, si quiero, chateo con mis hijas y mis amigas contándoles lo que siento y enviándoles fotos de lo que veo. Es decir, que sola, lo que se dice sola, hoy en día, con la tecnología que tenemos en las manos, es más bien difícil estar.

En realidad –y esto no lo digo con la boca pequeña- la percepción del viaje es algo inmutable independientemente de si pides cubierto para uno o para dos. Incluso mucho me temo que, en algunos casos, hay una especie de plus por no tener que aguantar a nadie al lado ni que nadie nos aguante a nosotras, que ésa es otra.

Las mujeres que hemos peleado desde el minuto uno por encontrar nuestro lugar en el mundo sin necesidad de tener a “un gran hombre” cubriéndonos las espaldas, sabrán de qué hablo y qué se siente. Y las que viven su vida felizmente emparejadas que viajen también, que nada ayuda más a abrir la mente, a paliar intolerancias y ensanchar el corazón que la contemplación de otras realidades diferentes a la propia.

 

En fin.

LaAlquimista

https://www.facebook.com/laalquimistaapartirdelos50

** La sombra de la fotógrafa se aprecia en la foto y “conejito viajero” en el bolsillo del plumi.

Por si alguien desea contactar:

apartirdeloscincuenta@gmail.com

Sobre el autor Cecilia Casado
Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.

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