Diario Vasco
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Mimar y dejarse mimar
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Cecilia Casado | 14-06-2017 | 07:07

 

 

Este verbo de la primera conjugación puede que sea uno de los que menos utilicemos en la vida cotidiana; por lo menos, quienes no tienen al alcance de la mano a tiernos infantes que precisen de un trato con excesivo regalo, cariño y condescendencia. Los niños, ya se sabe, son ese pozo sin fondo–oscuro a veces- en el que dejamos caer la parte inconsciente de nosotros mismos que retenemos bajo cien llaves cuando se trata de relacionarnos con los adultos. Así pues, a los niños está permitido darles caricias y halagos, incluso es bueno para su desarrollo emocional y psicológico, que sientan ese plus de amor que implican los mimos.

Tratar a alguien con especial cuidado, delicadeza y con mucha consideración es también otra forma de conjugar el verbo mimar. Curiosamente –y para desgracia general- es una acción que casi está “mal vista” que se prodigue entre personas adultas, como si hubiera algo de vergonzante o de inadecuado en ello.

Hoy hablo de los mimos porque he tenido en mi mano la felicidad de recibirlos estos días pasados como un regalo inesperado; incluso se podría definir como insólito en estos tiempos en los que nos han acostumbrado a lidiar con malos modos, antipatía generalizada y un desapego que no se sabe de dónde ha nacido ni a dónde quiere acabar llegando.

Un viaje sorpresa de mi hija pequeña. A saber qué espoleta se ha activado en su mente pletórica de juventud para empujar a su corazón generoso a tomar un avión y volver al “txoko de la ama” durante unos días que no estaban pintados de rojo en el calendario. Para darme mimos. Porque me hacían falta y su intuición no le falló.

Llegó rebosante de sonrisas con su maletita roja y sus regalos. Abrazó amorosa a nuestro perrillo mientras me miraban –ambos- con ojitos bonitos llenos de amor. ¿Una estampa empalagosa, fuera de la realidad?

Ahora que ya ha volado de vuelta a las tierras germanas que la acogen puedo dejar que repose el calor de sus besos, caricias y abrazos y se asome una tímida reflexión sobre la necesidad y el gusto de sentirnos mimados… en nuestra vida de adultos.

¿En nombre de qué regla social hemos aceptado de forma tácita renunciar a los cariños y mimos que tan necesarios nos fueron en la infancia para conformar una personalidad sana y segura? ¿Qué estúpido prejuicio nos hace enrojecer ante los cuidados delicados que quien bien nos quiere desea prodigarnos? ¿Acaso, si los recibimos, es porque no nos los merecemos…?

Estos últimos días he redescubierto el gusto por dejarme mimar que amarilleaba en una esquina del corazón; más que eso, he tirado la última barrera que mantenía –de forma estúpida- para resistirme a un abrazo de más de veinte segundos. He sentido que la niña a la que yo mimé hace más de veinte años se apoderaba de mi espíritu de mujer adulta mayor y volvíamos a ser, juntas, dos niñas sonrientes y felices de dar y recibir las caricias amorosas que salen del alma cuando no se le ponen trabas al sentimiento.

No hay estampa más triste que la del niño que se lanza a los brazos del adulto al que ama y que es rechazado con un: “quita, quita, que empalagas…” Ese desplante se queda guardado en algún rinconcillo del cerebro y seguramente aflorará en el momento menos adecuado.

¿Cómo aprenderemos a mimar y cuidar a alguien si primero no somos capaces de “practicar” con nosotros mismos? ¿Qué resorte emocional acciona la “alarma” para quedarnos paralizados cuando alguien nos envuelve entre sus brazos y nos expresa su cariño?

¡Cuánta emotividad perdida, cuánto amor desperdiciado, cuánta educación fría y desafortunada…!

Nunca es tarde para aceptar y para dar, para sentir y compartir, para responder a los besos de los hijos que se han hecho mayores y que todavía nos quieren. Nunca es tarde para dejarse, por fin, mimar un poco…

LaAlquimista

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 Foto de la izquierda: Cecilia Casado

 

 

 

 

 

Sobre el autor Cecilia Casado
Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.

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