Diario Vasco
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Reflexión del lunes. Aceptación y humildad
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Cecilia Casado | 29-10-2017 | 12:23

 
Casi seguro que uno de los signos de nuestra generación, la de quienes hemos dejado atrás los cincuenta no hace demasiado tiempo, fue la rebeldía. La rebeldía y el orgullo. Es decir, que estábamos orgullosos de ser rebeldes, de enarbolar la bandera de la juventud atada al mástil de la no conformidad con el mundo que nuestros antecesores habían preparado para nosotros. El “orden establecido” se cuestionó, se luchó en las barricadas familiares –que son las primeras que tienen que caer-, metimos el gusanillo de la discordia en la universidad y en las fábricas levantando la voz y el puño cuantas veces hizo falta para ensanchar la grieta por la que entraba la luz.
Luego vino –desgraciadamente y para la mayoría- un tsunami de supuesta cordura y aquellos jóvenes orgullosos y rebeldes volvieron (volvimos) al redil. Retomamos los puntales de nuestros padres, y familia y trabajo volvieron a ser los deseos inducidos a toda una generación, con hipoteca e hijos interpuestos. El círculo comenzó a completarse por su cara oculta y oscura.
Henos aquí y ahora. Heme aquí sin gana alguna de desempolvar aquel discurso de voz alta y puño en alto, cansada y decepcionada del documental –todavía en blanco y negro- de varias décadas, reconociendo falsedades, señalando con el dedo errores privados y comunitarios, abriendo tímidamente la espita de la humildad por sentir que será bálsamo para ciertas cicatrices.
Quizás sea el momento de comenzar a (des)pensar ciertas creencias que han sido puntales existenciales para toda nuestra generación.
Que los hijos no son nuestros amigos ni nosotros colegas de nuestros hijos por más que les hayamos educado en una libertad de pensamiento y amplitud de criterios que marcaron las antípodas de la educación que recibimos de nuestros padres. Que evitamos pegarles, castigarles y machacarles emocionalmente como nos habían hecho a nosotros. Que les dimos apoyo incondicional, que quisimos que fueran mejores que nosotros y pusimos a sus pies –más que en sus manos- todo cuanto nos demandaron sin apuntar en una libreta las cuentas para una demanda futura.
Que los decenios trabajados para “levantar el país” no van a tener la recompensa de seguridad imaginada en la vejez -que empieza ya a asomar las orejas- porque nos vamos jubilando con más pena que gloria mientras los hijos (muchos) siguen sin marcharse de casa simplemente porque el sistema no les favorece a hacerlo. Y que, si se van, montan pisos compartidos como si fueran jovenzuelos universitarios sin darse cuenta de lo patético que es –a nuestros ojos- que gente de casi cuarenta años no pueda buscarse la vida de manera digna y suficiente.
Y tenemos que aceptar todo esto con la mayor humildad posible, sin levantar la voz ni el puño por ellos, porque ellos mismos no se han decidido a tirar las barricadas que ya no sirven para proteger sino para impedir el paso hacia un futuro incierto ya que viven en un presente ciertamente desolador.
A mí me toca aceptar que el modelo de familia en el que viví se haya desmoronado, que ya no nos juntemos ni por los cumpleaños ni por Navidad porque mis hijas viven en países diferentes al que les vio nacer. Expatriadas, emigrantes o forjadoras de sueños; rebeldes, valientes, ilusionadas o ilusas. Profesionales, emprendedores jóvenes que triunfan allá donde les brindan las oportunidades que en esta tierra vieja y maltratada el “estado de la incomodidad” no les permite desarrollar su potencial.
Aceptación y humildad para hacer un balance de números imposibles, de pérdidas y ganancias que dan saldo negativo y no únicamente en lo económico. Ahora nos toca aceptar lo que durante toda una vida se nos apareció como inaceptable. Y con la boca cosida. O con humildad impuesta.
A ver quién es capaz de salir de esta mohosa zona de confort de tres al cuarto en que se ha convertido esta sociedad que no me gusta, que no quiero aceptar aunque la acepte porque mi voz es cada vez más débil y mi puño se quedó sin fuerzas para levantarse de nuevo.
En fin. (Hoy los felices podrían ser infelices)
LaAlquimista
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Sobre el autor Cecilia Casado
Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.

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