Diario Vasco
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Fecha: noviembre, 2017
“Yo también”
Cecilia Casado 28-11-2017 | 9:30 | 12

 
El escándalo sobre los abusos sexuales destapados que viene de la meca del cine estas últimas semanas, me obliga a no dejar escapar la oportunidad para contar lo que he vivido en primera como –me temo- muchísimas mujeres de mi edad y mi entorno. No se trata de que de repente me dé el cuarto de hora morboso y recuerde “cosas” que van a ser leídas con más interés –o fruición- que en otro momento; se trata de que el “yo también” que levanta ampollas en las redes sociales tenga todos los granitos de arena de los que está compuesta la montaña maldita de los abusos de los depredadores sexuales hacia sus víctimas. Como bien dejó expresado Rosa Montero en su último artículo, “lo hacían porque podían”. http://elpaissemanal.elpais.com/columna/rosa-montero-porque-pueden/
Y es que así ha sido siempre, para qué vamos a engañarnos. La última agresión sexista que he padecido, fue verbal y ocurrió hace no demasiado tiempo en un semáforo frente al que esperaba la luz verde para cruzar la calle. Un señor mayor, y cuando digo mayor, digo casi un anciano, se me puso al lado y me dijo: -“¡Vaya pelo tan bonito que tienes!” Yo, educada, le contesté: “gracias”. Pero el “buen hombre” siguió hablando y me dijo: -“¿Ahí abajo lo tienes también tan bonito?”.
Mi reacción instintiva –la que me vino de la amígdala- fue llamarle subnormal o viejo asqueroso directamente, pero en un nanosegundo nefasto se impuso sobre mi cerebro reptiliano toda la mierda de educación recibida y… no le dije nada. Porque me daba pena, porque era un abuelete, porque le podía haber dado un sordabirón y haberlo tirado al suelo, porque…PORQUE PUEDEN. Y lo saben.
Esta anécdota ha hecho reir a mis amigos e indignarse a mis amigas, ahí está la cuestión, la diferencia, ese “poder” que tiene el macho para hacer, decir, lo que le venga en gana sin filtro alguno y que la “manada” le ría las gracias.
Nunca olvidaré con doce años que volvía yo a casa a mediodía del colegio y un chico joven, de unos veinte, que venía de frente por la avenida transitada, al pasar, alargó la mano y me dio un pellizco en el sexo. Me quedé pasmada, atónita, no supe qué hacer aparte de echarme a llorar, mientras él se alejaba tan campante orgulloso probablemente de la “hazaña” realizada. Cuando se lo conté a mi madre creo recordar que su actitud fue recriminatoria hacia mi persona; no sé qué me dijo exactamente, pero fuel algo así como: “eso pasa a todas las chicas”.
Entre aquel joven de mano larga y el vejete de lengua más larga aún ha transcurrido mi vida como mujer siempre enfrentada a los hombres que hacían de su capa un sayo creyendo que yo – y mis amigas, y todas las de la misma generación- éramos una especie a acosar, acorralar, tumbar y disfrutar. Cuando llegó el momento de protestar poniéndose una minifalda, éramos indecentes por provocar y eso sin olvidar la época aquella en la que muchas mujeres dejamos de usar sujetador por considerarlo opresivo en todos los aspectos y tuvimos que dar cientos de manotazos a quienes se creían con derecho a hablar de lo que imaginaban o a tocar lo que deseaban.
Nunca ha sido fácil ser mujer respetada en un mundo lleno de hombres a los que les basta con que UNO se comporte como un cerdo para que los demás le rían las gracietas o le hagan los coros. Hoy es el día en que todavía muchas mujeres tienen que pagar un “peaje” sexual para poder medrar en lo profesional; y no únicamente en la meca del cine, desgraciadamente.
Tampoco olvido a aquel jefe que me invitó a comer en un día de trabajo y se quedó sorprendido cuando frené sus avances eróticos de una manera contundente. –“Entonces, ¿por qué has aceptado mi invitación si ya sabías …?”, me espetó recuperando su posición jerárquica de sopetón. Ese “ya sabías” estaba en su mente únicamente y, según comprobé más tarde, en la costumbre de depredar a cuanta mujer se le pusiera por delante en el ejercicio de su labor profesional. No quiero ni imaginar lo que hacía “fuera de horas”…
Curiosamente, hoy es el día, en que, cumplidos los sesenta, sigo padeciendo de vez en cuando el intento de acoso sexual de algún “cazador” trasnochado que da por sentado que una mujer sola –sin pareja que la “proteja”- sigue siendo una presa fácil, con ganas de decir que sí aunque con la palabra y los gestos diga que no. Lo peor de todo –y esto es triste- es que cuando he contado ese baboseo de señores que toman gintonics cuando lo que deberían tomar es sopitas, siempre hay algún graciosillo (o graciosilla) que suelta eso de: “¡contenta tenías que estar, a tus años…!” O como aquel otro que, en un pub, estando con mis amigas, me entró a saco y cuando frené sus avances me soltó aquello de: “¡otra feminista!”.
Si es que no avanzamos, ni tan siquiera habiendo saltado ya un par de generaciones desde que nací hasta ahora mismo…
En fin. Que Yo también.
*** Hoy va a quedar “visto para sentencia”  el juicio a “La Manada”.
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** Banksy. Street Art. Weston. UK.

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“!Qué poco aguantáis ahora…!”
Cecilia Casado 25-11-2017 | 9:34 | 13

Felisa tiene treinta y cinco años y lleva un año casada con Juan. Si se ha casado “tan tarde” –como dicen en su casa- es porque el desarrollo de su profesión le puso en la encrucijada de elegir y rechazar (como es labor de toda encrucijada) y optó por su labor de médico pediatra hasta que conoció a Juan y el amor desbancó cualquier otro interés. También influyó el hecho de que todo el mundo le recordaba que se le estaba pasando el arroz y esas crueldades que se dicen supuestamente por el bien de la mujer.
Juan cumplirá los cuarenta cerca de Navidad y nació siendo ya hijo único; mimado y consentido desde la cuna por su madre –que supo que no podría tener más hijos- ha vivido con la satisfacción que da el saber que el mundo gira alrededor del propio ombligo. Por supuesto que la culpa la tiene por igual su madre y su padre, pero ha sido ésta quien más ha colaborado para hacer de su niñito un hombre pequeñito.
Trabaja en un banco atendiendo al público con una licenciatura enmarcada en la pared de la sala, pero ni es ambicioso ni le preocupa. Si se ha casado tan tarde es porque las pocas novias que tuvo no cuajaron –ni pasaron la criba materna- y le dejaron en cuanto vieron el percal, pero con Felisa ha tenido suerte porque es dócil y poco exigente y ha llevado bien los dos años de noviazgo donde la diversión consistía en ir al cine los sábados y a comer a casa de él los domingos. De sexo más bien poco, ya que ambos vivían en la casa familiar hasta que se casaron y las vacaciones las pasaban en el pueblo, donde la familia de él.  ( A toro pasado ella reconocerá que él “no era su tipo” y él que “tenía sus apaños para conseguir sexo”. )
Como lo que ocurre en la alcoba pertenece al mundo hermético del matrimonio y de puertas para afuera Felisa y Juan parecen bien avenidos. La sorpresa es grande cuando ella, a poco de cumplirse el primer aniversario de boda, presenta una demanda de separación. Arropada por una amiga y confidente, se atreve por fin a dar marcha atrás al error que cometió casándose con un hombre inadecuado para cualquier mujer, no solamente para ella. Y, aconsejada por un psicoterapeuta que forma parte de su círculo de amistades, se libera de la angustia acumulada durante los tres años pasados al lado de un hombre que confunde el amor con la posesión y que está convencido de que su mujer es “SUYA” en el sentido literal de la palabra.
La que peor lo lleva es la suegra que ve que su hijo del alma es rechazado y expuesto a la picota familiar y del círculo de amistades por culpa de una mujer que –ya lo dijo ella- “no le convenía”. Felisa desgrana una a una las humillaciones sufridas en público y en privado: esos cállate que tú no sabes de lo que hablo”, esos “aquí se hace lo que yo digo y punto” y sobre todo los “agradecida tenías que estar…” Porque realmente Juan está convencido de que él ha sido “el salvador” de Felisa, el “chevalier servant” que ha librado a la solterona en ciernes de su destino, elevándola de categoría al poder entrar de su mano en el feliz reino de las mujeres casadas.
A cambio le exige –le ha intentado exigir- una sexualidad abyecta que ella rechaza y en la que él insiste escudándose en “el débito matrimonial” y queriéndose amparar en el “si me quieres, demuéstramelo”… Y como ella ni puede ni quiere, él se toma cumplida venganza: un día le vacía por el lavabo su perfume favorito y al siguiente –concienzudamente y con las tijeritas de las uñas- le hace una docena de pequeños agujeros al vestido nuevo. La comida que ella compra va directamente a la basura y si guisa algo él lo tira por el váter para irse a comer después a casa de sus padres. Pequeñas agresiones –un pellizco a traición, un empujón en el pasillo- que no dejan marcas físicas; luego fue el agarrarla del cuello y mirarla a los ojos fijamente para que entendiera quién mandaba allí… Y sobre todo, en la cama, cuando la resistencia de ella deriva en pelea auténtica en la que él no puede ganar porque ella es fuerte y grande y se resiste como una leona.
¿Qué ha ocurrido para que el amor se volviera desprecio? Juan no quiere tener hijos, nunca ha querido, pero temeroso de hacerse una vasectomía deriva su sexualidad hacia prácticas que impiden un embarazo por fortuito que sea. Felisa quiere tener hijos y se engaña a sí misma ante la realidad que se le presenta; ella se considera responsable de la situación y de haberla propiciado.
Todas estas miserias salieron a la luz a partir de la demanda de separación y el veredicto de la suegra fue lapidario: “!qué poco aguantáis ahora!” –dijo, cerrando filas alrededor de su incomprendido hijo… “En mis tiempos éramos señoras que soportábamos en silencio hasta el final…”
Y, en muchos casos, lamentablemente, debía de tener razón…
En fin.
* Basado en hechos reales con personajes inventados.
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Viajar para ver. Budapest.
Cecilia Casado 24-11-2017 | 8:27 | 3

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Para ver y para aprender. Aprender que el mundo y sus gentes es diverso aunque sean vecinos, aprender que lo que es bueno para unos es veneno para otros y, qué duda cabe, realizar la reflexión necesaria para reubicarnos en el fiel de la balanza, desechando ese ego trasnochado que yergue la cabeza y grita: “¡Lo mío es lo mejor!”.
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Aprovechando la estancia en Berlín de hace unas semanas decidimos dar el salto a Budapest puesto que tan sólo nos separaban una hora y pico de avión y 25€. Jamás hubiera imaginado en mis tiempos de grandes, largos y caros viajes que llegaría un momento en que sería más barato coger un avión que un autobús, pero ese es el signo de los tiempos y no seré yo quien se queje de esta facilidad viajera.
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Budapest es una magnífica y esplendorosa ciudad que se suele situar a la cola del trinomio “Praga, Viena, Budapest” que venden los mayoristas del sector en un rápido y poco eficaz “3 en 1”. Y digo esto porque cada una de esas ciudades bien merece una visita sosegada, sin tener que andar corriendo de aquí para allá a base de madrugones y cansancio para verlo “todo”. Con esto quiero decir que volveré algún día a Budapest para sentirla y disfrutarla de forma más intensa que lo que he conseguido en tan sólo tres días de estancia, pero la agenda no daba para más y hay que saber agradecer lo que se obtiene y no quejarse por lo que nos falta.
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La Budapest de postal con el Danubio acariciándola es muy sugerente. Esas vistas nocturnas del Parlamento en todo su esplendor o la colina de la antigua ciudad de Buda con sus iglesias, castillo y palacios derramándose sobre la también antigua ciudad de Pest que la recibe con la amabilidad del necesitado que abraza el viejo dicho de “la unión hace la fuerza”.
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He sacado fotos y pagado no poco dinero por poder ver lo que había detrás de las fachadas y, una vez más, sé que he hecho mal las cosas, aunque no me quedara otro remedio porque era un viaje de grupo (pequeño, pero grupo) y mi manera de viajar chocó frontalmente con el resto, así que se votaba y yo perdía con mi mano alzada en solitario.
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Un viajero lo hace para ver, sentir, curiosear, experimentar…sin prisas y con las pausas necesarias para dejar que la vivencia cale en el interior y se aposente. Es bien diferente de quien va armado de un móvil sacando vídeos de todo lo que se le pone por delante para luego “enseñar” la ciudad a familiares y amigos que no nos acompañaron.
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El viajero madruga porque sabe que la vida de los habitantes del lugar visitado no tiene tregua y es la actividad cotidiana la que toma el pulso a cualquier lugar. Los cafés para desayunar, un mercado para ver qué compran, el paseo por el parque solitario de turistas, las pequeñas tiendas escondidas en callejuelas de piedras todavía por desgastar.
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El viajero come con los habitantes del lugar, a la hora en que comen ellos y en los mismos lugares; intenta compartir alguna conversación y se deja invitar a un café regalando su propia experiencia a cambio. Se mezcla, busca su sitio empujando con discreción pero con cierta fuerza. Ahí está la ciudad, Budapest, con sus gentes a las que no he podido ni siquiera fotografiar puesto que me dediqué a visitar enclaves turísticos sin solución de continuidad y desaprovechando las horas de sol mañaneras por seguir al grupo que se ponía en marcha con el Àngelus, por no separarme ni ser diferente, por la paz un avemaría, como tantas otras veces…
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Este viaje ha sido diferente y he vuelto desubicada. Toda experiencia debería servir para hacer las cosas un poco mejor… la próxima vez.
Felices los felices.
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Aprendizajes de urgencia. Hablar con los mayores
Cecilia Casado 22-11-2017 | 8:26 | 13

 
Mi perrillo cada vez camina más despacio así que lo más que puedo ofrecerle para su cotidiano paseo son los jardines de la plaza cercana. Cuando los niños están en el colegio, se convierte el lugar en una especie de oasis, silencio apacible y agua cantarina bajo los frondosos árboles. Me gusta, pues, sentarme en un banco, amparada en un libro, mientras Elur hocica por aquí y por allá, dentro de mi perímetro visual. Son buenos momentos para ambos al solecito del otoño.
Al amparo de los bancos al sol cuando hace fresco o a la sombra cuando hace calor, se sientan grupos de ancianas amigablemente parlanchinas, con o sus respectivas cuidadoras. Ya he hablado aquí de “las chicas del parque”, incluso las fotografié. Siguen presentes en mi vida, nos saludamos, intercambiamos sonrisas y algún que otro comentario sobre el tiempo y el poco novedoso día a día que a veces nos acompaña.
En la plaza también hay una iglesia muy concurrida sobre todo en horario vespertino de funerales. Entonces el trasiego de caminantes que se dirigen al templo es considerable, personas mayores en su mayoría que van a despedir a alguien con menor suerte que ellos…o eso quiero pensar.
Una de esas tardes, todavía calurosa, arrastrada por el viento sur que a veces nos regala el otoño, tomé asiento en mi banco favorito, cerca del puentecillo del jardín pseudo-japonés. Una señora mayor (mayor que yo) que ya lo ocupaba, comenzó a pegar la hebra rápidamente por el expeditivo método de acariciar a Elur y decirle cosas bonitas. Como me conozco el “truco” y estoy completamente de acuerdo con él, abrí la compuerta para una conversación amigable.
Resultó que la señora había acudido a mi barrio únicamente atraída por el funeral de la suegra de una sobrina política –creo que es un parentesco difícil de seguir- y como excusa para tener algo que hacer esa tarde. Faltaba casi una hora para el comienzo del servicio religioso lo que nos dio tiempo a “contarnos la vida” mutuamente.
¡Qué necesidad tan grande tenemos los seres humanos de hablar con los demás…y qué poco conscientes somos de ello hasta cierta edad! Porque en la juventud, todo el día con las amigas de aquí para allá, también se está todo el rato parloteando, “dando el parte” de lo cotidiano hasta el hartazgo.
Ahí estaba esta amable, educada y sonriente mujer, próxima a cumplir los noventa; activa en todo lo posible, autosuficiente dentro de la obvia limitación. Viviendo sola –“gracias a Dios no necesito a nadie que me cuide”- y pensando a veces por la noche en qué será de ella el día que ya no pueda valerse por sí misma porque la hija que tiene, recién jubilada y con sus propios hijos y nietos, “bastante tiene la pobre con lo suyo, que no es poco”.
Una mujer viuda de casi noventa años, jugueteando con su collar de perlas y contándome de su soledad elegida, del pánico que le daba pensar en ir a un “asilo”, de la vergüenza insufrible de imaginar que alguien tuviera que realizarle la higiene cotidiana, de no poder disfrutar de un momento de silencio si compartía la vivienda con alguna otra persona, tan aficionadas todas, a su edad, a charlar sin freno.
Porque a ella le gusta hablar, dialogar, intercambiar opiniones o experiencias, pero no soporta a “esas amigas” que se reúnen cada tarde en una cafetería y tan sólo saben hablar de médicos y medicamentos, dolores y penas, y cuando no es de la salud, parlotean de lo poco que les atienden los hijos y lo guapos que son los nietos aunque no encuentren trabajo de lo suyo.
Me explicó que si le llegaba una situación de no-retorno, vendería su piso guardándoselo en usufructo hasta la muerte a cambio de obtener una jugosa cantidad mensual que le permitiera contar con ayuda externa y que le trajeran la comida del restaurante que a ella le gusta. Para acabar sus días tranquila, bien cuidada y sin dar la tabarra a nadie.
Me explicó sus “planes de futuro” y me dieron ganas de abrazarla, tan guapa ella, tan señora, tan dispuesta a seguir encarando la vida de la manera más positiva y práctica posible. No me guardé las ganas de decirle que “yo de mayor quiero ser como tú” y nos abrazamos cuando llegó la hora del funeral.
Se volvió todavía y me dijo: -“gracias por la conversación” y yo le contesté: -“gracias a ti, Pepi, guapa”.
Felices los felices.
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Otoño en la piel
Cecilia Casado 20-11-2017 | 9:02 | 11

 
Es obvio que no son consejos de belleza los que se van a leer aquí; de hecho, ni siquiera son consejos ni recomendaciones, tan sólo una impresión personal que puede que no tenga un valor relativo más allá de la frontera de mi corazón.
Yo cambio la piel en otoño. La cambio por desgaste de la anterior, por necesidad vital, vamos. Si por mí fuera seguiría con la misma unos cuantos meses más, puliendo aristas y recomponiendo entuertos, pero un algo tiene el previsto invierno de fríos internos y exceso de sopas y sofá y mantita (lo de las series, es opcional) que me impele a desprenderme con tiempo suficiente de las escaras que me han salido durante el tiempo de la ilusión primaveral y las emociones veraniegas.
Ya no queda nada de todo eso. El tiempo de brazos al aire y melena al viento ha terminado, casi siempre con menor gloria de la soñada y alguna pena inesperada, pero todavía con la memoria de algunos besos. Porque mientras hay besos hay esperanza.
El otoño del calendario no siempre va de la mano del otoño del corazón aunque marca una pauta a la que difícilmente se sustraen los humanos que dan importancia a las cosas del quererse por dentro. Ya sabemos que hay “viejos” de treinta y tantos y “chavales” de más de setenta. Cuestión de actitud y de elección y libertad personal (y un poco de buena suerte con la salud).
Este mes de Noviembre viene con vientos que chocan contra los ventanales de mi casa interior y quiero pensar que es porque los necesito. Como otros años también, en los que necesité poner patas arriba mi espíritu y adecuarlo a mi realidad, en estos momentos el trabajo a realizar viene atemperado por la experiencia soportada, pero no me exime de pasarlo mal arrancándome la “hojarasca” que me sobra.
Porque cambiar la piel desgasta. Desgasta incluso a los que no tienen conciencia de que cambian de piel, hasta a aquellos que nunca han pensado en esa “piel del alma” que con los años, con la vida, con las ilusiones rotas, va soltando sus pequeñas escamas de cansancio, lágrimas y desesperanza sobre nosotros, como si de un halo invisible se tratara. Invisible para los demás, pero nunca para quienes tienen la buena costumbre de echar una mirada hacia su propio interior.
Así que me tomo el día libre para preparar cuidadosamente “mi nueva piel”. Lo primero de todo, voy a aplicar una crema suavecita para que, si tengo que arrancar algún recuerdo doloroso, no me haga un estropicio. Luego la extenderé con mucho mimo por todos mis sentimientos, sin dejar ni uno solo, y que repose durante un buen rato; así es como consigo que las partes más sensibles reaccionen espontáneamente mostrando dónde está el mal. (Y digo “mal” por llamar de alguna manera a algo que voy a transformar en “bien”)
Después de la crema viene el agua. Caliente, templada o incluso fría, pero en gran cantidad. Ahí sí que hay que ser generoso a tope; necesitamos mucha agua para “limpiar” los restos de los sentimientos que se nos han quedado adheridos al alma durante el tiempo en que estuvimos expuestos al sol de los afectos, al calor de los amores, al ardor de las peleas. Que fluya el agua por dentro y por fuera. ¡Son las lágrimas tan buenas purificadoras…!
Y nos secaremos al viento. No al aire caliente artificial ni con el tacto suave y cálido de las toallas, sino abriendo de par en par todas las ventanas –incluso las atrancadas- y dejando que el aire limpio fluya por nuestra “casa interior” hasta llevarse la última gota de humedad.
Quizás alguien necesite utilizar un “jabón” de gran fuerza limpiadora porque tiene incrustado un recuerdo que no quiere salir o un trauma que se agarra malamente al alma., o acaso un dolor más lacerante. Entonces no queda otra que restregar bien fuerte para limpiar la piel porque de otra manera se irá sumando a lo que ya hay lo que está por venir, que vendrá, siempre viene. Y si no podemos hacerlo solos se pide ayuda que no será por falta de “herramientas”…
Yo cambio la piel en otoño y lo hago yo solita, sin molestar a nadie –o molestando lo menos posible. En silencio y a mi ritmo, con mucha aplicación y cariño porque, a fin de cuentas, es conmigo misma y con mi piel del alma renovada con quien voy a tener que pasar el invierno.
Felices los felices.
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Sobre el autor Cecilia Casado
Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.

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