Diario Vasco
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Tinta de chipirón
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Cecilia Casado | 08-11-2017 | 07:39

 
No creo que descubra ningún secreto si confieso que la mayoría de las mujeres y hombres de mi generación acarreamos con una inducida “moralina” que acalambra algunas reacciones naturales y obliga a actuar en contra de lo deseado por no dar la nota, por no quedar mal. Esa actitud –bastante nefasta en lo personal- lleva al individuo a activar continuamente filtros sociales que proporcionan una especie de “invisibilidad” para poder sentirse más protegido.
Hago este pequeño prolegómeno porque necesito situar en ambiente la anécdota que voy a contar, vivida de primera mano en compañía del protagonista de la misma. Quiero relatarla con cierta distancia, me gustaría evitar el juicio –ya que el prejuicio sigue agarrado a algún clavo de mi mente-; en fin, que hace ya varios días que la presencié y no dejo de darle vueltas. Luego veré si soy capaz de saber porqué.
El caso es que estaba con un buen amigo mío disfrutando de una comida casera y rural para rematar una excursión de otoño por los caminos de Navarra. Era un pequeño restaurante tranquilo y bien atendido en Leitza, una suerte haberlo encontrado. Después de las alubias, vinieron el ajoarriero y los txipirones en su tinta y ahí es donde mi amigo –que me ha dado carta blanca para contar esta pequeña historia- tuvo la mala suerte de que se le cayera del tenedor una negrísima cría del calamar, salpicándole la camisa y dejándosela como un “pollock”.
Contrariado y molesto, se levantó y me dijo que iría al lavabo a intentar arreglar el desaguisado, llevándose con él un jersey del que se había desprendido al entrar en el caldeado ambiente del comedor. Yo pensé que intentaría enjugar las manchas y tapar luego el manchurrón cubriéndose con el jersey. (Es obvio que eso es lo que YO habría hecho y por eso pensé que lo haría él). Pero cuál fue mi sorpresa cuando le veo que vuelve sonriente y resolutivo con la camisa manchada en la mano y habiéndose puesto el jersey “a pelo” sobre el cuerpo.
Se me levantaron todavía más las cejas del asombro, cuando veo que se dirige a la puerta de la cocina del restaurante y le ruega al camarero, de forma educada y amable, que le solucionen el problema limpiándole las manchas de tinta negra de la camisa.
Me quedé a lu ci na da, de verdad, jamás en la vida se me habría ocurrido esa solución a un problema que yo misma hubiese causado. Es decir, que una cosa es que el camarero te tire encima la comida y se sienta obligado a arreglarlo y otra cosa es que uno mismo se ponga el pecho lleno de “medallas” porque le ha temblado el pulso.
Mi amigo me miró extrañado a su vez por mi notorio asombro y me preguntó que qué veía yo de raro en la petición de que le limpiaran las manchas en el mismo restaurante. Yo me eché a reir a carcajadas al imaginar los comentarios dentro de la cocina… -“Mira, la mujer tan feliz diciéndole al hombre que le lavemos la camisa por no hacerlo ella”. O quizás, “Estos son un lío, que a ver cómo justifica él en casa las manchas si ha dicho que iba a un funeral”. Y así hasta cuatro o cinco posibilidades más que fuimos ambos desgranando entre risas y entrechocar de copas de vino.
Y es que mi amigo tiene toda la razón del mundo, que vamos por la vida como si no pudiéramos ayudarnos unos a otros, ocultando o escondiendo nuestras “manchas” sin solicitar ayuda cuando hace falta, con lo fácil que es pedir las cosas bien pedidas, con sonrisa amable y educación… sin presuponer que al otro lado vamos a encontrar resistencia, negatividad, mal humor o indiferencia.
Qué cierto es que las normas y reglas que usamos son quebradizas, endebles y en no pocas ocasiones, absurdas. Esa rigidez autoimpuesta que nos condena a ir por la vida como si pedir ayuda en las pequeñas cosas –y no digamos ya en las grandes- fuera algo mal visto, siempre cada uno apechugando con lo suyo, como si viviéramos en una isla de sordos, mudos, ciegos.
Con el café y los postres –deliciosos, invitadores- trajo el camarero la camisa impecable, desaparecidas las manchas y con una mano de planchado de regalo.
Ya le dije: “deja buena propina que hoy se la han ganado con un tipo como tú”.
Felices los felices.
LaAlquimista
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Por si alguien desea contactar:
apartirdeloscincuenta@gmail.com
 ** Dedicado a mi amigo J.S. que tanto me enseña en los buenos ratos de la amistad.

Sobre el autor Cecilia Casado
Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.

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