Diario Vasco
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Reflexión del lunes. El ego de los “intelectuales”
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Cecilia Casado | 13-11-2017 | 07:50

La anécdota que suscita la reflexión del post de hoy es prestada por una amiga, pero quiero dejar bien claro que lo mismo podría haberme ocurrido a mí.
El caso es que algunas mujeres se ponen muy contentas (los hombres no tengo ni idea) cuando “tropiezan” en su camino con alguien que tiene y cultiva inquietudes intelectuales; si ese alguien es un hombre ya es miel sobre hojuelas porque se supone –y apunto por si acaso que las suposiciones son gratuitas- que antes o después del “empotramiento” (qué vulgar me he vuelto, válgame el cielo, pero es que me dejo arrastrar por lo que se masca en los corrillos) va a ser posible un intercambio de fluidos neuronales además de los propios de la coyunda en sí; es decir, un tipo con el que hablar de algo más interesante que “comentar la jugada”.
Y a mi amiga Elsa –que de alguna manera tendremos que llamarla- le tocó la lotería, al decir propio y ajeno, en forma de un hombre con eso que se llama ahora la “azotea bien amueblada” y antes se le decía “leído y con estudios”. Al principio nos contaba embelesada, subyugada y un poco abducida, la inmensa suerte que tenía con el tipo en cuestión a la vez que cruzaba los dedos sonriendo picarona y deseando que le durara mucho más que lo que duran estas cosas. (Sin chistes burdos con la durabilidad del asunto).
Pero pasaban las semanas y dejó de deleitarnos a sus oyentes con el relato de sus excelsos momentos amatorio/intelectuales; supongo que también por no estomagar a quienes no tenían qué llevarse a la boca. Así que le pregunté a bocajarro –para horror de la concurrencia- si ya no partía nueces ni humedecía sábanas con ese “hombre de su vida” que había encontrado en una conferencia sobre la vida y obra de Zygmunt Bauman. (Por cierto que a todos nos dejó patidifusos y un poco anonadados cuando nos explicó las posibilidades de ligue que pueden ofrecer eventos de ese jaez.)
Descubrimos entonces que las “conversaciones interesantes” de sobremesa –o sobrecama- habían ido reduciendo el perímetro verbal, que en un principio les abarcaba a ambos, a un reducido e impenetrable espacio en el que tan sólo cabía él, el maestro, el de las clases magistrales y largos –y al final tediosos- discursos de sabiduría impostada gracias a muchas lecturas y demasiado ego.
Nos contó del descubrimiento y sufrimiento añadido del tamaño INMENSO del ego de ese señor, cualidad esta que opacaba con creces cualesquiera habilidades suplementarias que pudiera ejercer con mi aterrada y silenciosa a la fuerza, amiga. Relató algunas reuniones a las que le había invitado su amigo/pareja eventual, con gentes de la misma ralea, empeñados todos desde el minuto uno y hasta apurar el caliz de la posverdad hasta las heces, en declamar su discurso desde el púlpito o torre del homenaje al que se habían subido, convencidos, todos y cada uno de ellos de ser poseedores, no ya de la verdad absoluta, sino de argumentos de masa y contundencia superiores a los de cualquier otro ser humano pensante en varias leguas a la redonda.
Mi amiga Elsa, guapa, inteligente y un poco loca –como corresponde a su edad y condición- estaba triste mientras los demás nos carcajeábamos sin rubor alguno, porque había tenido que renunciar a la parte sabrosa de la relación para no acabar con un ataque de nervios cada vez que al magíster se le ocurría lanzar su discurso sobre cualquier tema: política, economía, medio ambiente, psiquiatría o miserias del ser humano de las que él, sin duda alguna, se sentía ajeno.
Pero después de las risas, vinieron las reflexiones y tuvimos que entonar un mea culpa colectivo por todas las veces en que nosotros también –yo, tú, él y nosotros- hemos dado la chapa verborreica a quienes no tenían necesidad alguna de escuchar nuestro “mensaje” y, sin embargo, nos lo han aguantado de alguna manera, permitiéndo que nuestro ego –grande o pequeñito- saliera a la superficie para maquillar nuestro sencillo ser con los atributos, oropeles e impostados adornos de una “intelectualidad en zapatillas”.
En realidad, esto de los intelectuales y el ego es más viejo que el hilo negro, que a ver quién le convence al que se cree que es más que los demás porque hilvana discursos plagiados de los pensamientos de quienes, de verdad, son sabios y no pierden el tiempo alardeando de sus conocimientos…que se calle de una vez y deje de dar la chapa.
El mejor broche de la noche fue cuando otra compañera de fatigas le dijo a Elsa que, la próxima vez, en la siguiente relación, se fijara más en el contenido de los silencios que en las alharacas de las palabras.
Elsa se ha bajado en el móvil la app de Tinder, decidida a alejar de sí el posible trauma que, dice, seguro que espera agazapado para saltarle a la yugular en cuanto se descuide un poco.
Quizás algún día mi amiga haga como yo –y tantas otras- que preferimos los hombres con el ego pequeñito y el corazón grande. O algo así.
Felices los felices.
LaAlquimista
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Por si alguien desea contactar:
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Sobre el autor Cecilia Casado
Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.

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