Diario Vasco
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Saber callarse la boca
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Cecilia Casado | 26-12-2017 | 07:47

 

A mitad de camino entre la filosofía zen y el desapego emocional se encuentra el arte de no reaccionar; la lucidez mental para tomar distancia de lo que realmente no nos afecta como personas y no merece por nuestra parte la más mínima reacción. No hablo de indiferencia, hablo de ausencia de reacción. Tendemos a tomar casi todas las cosas que pasan a nuestro alrededor como algo personal y las que ocurren lejos de nuestro cuerpo físico ni las consideramos.

Si quien está detrás de la ventanilla nos atiende sin sonrisa, si la persona que casi nos saca un ojo con el paraguas no se inmuta, si el conductor que no nos cede el paso nos grita, todas estas pequeñas nimiedades nos parecen una ofensa directa, como si de verdad nos importara un ápice la antipatía, el despiste o la mala educación del prójimo. ¿Que el otro está falto de modales, de cariño, de simpatía? Pues sinceramente, es su problema y ya va siendo hora de que nos demos cuenta de ello. Es “el otro” el que tiene que mejorar, corregir, reflexionar. A nosotros nos debe bastar con tomar la distancia adecuada y ser conscientes de que “no es un agravio personal”, que las personas que se comportan desabridamente con los demás no saben (o no pueden) actuar de otra manera; nada tiene que ver con nosotros.

Hace poco me encontré con una “amiga” entre comillas; nos solemos parar en la calle cuando nos encontramos y muy de tarde en tarde quedamos para tomar algo. Así pues, nos saludamos con la cortesía educada de siempre y enseguida observé que había en ella un poso de tristeza.

  • ¿Cómo estás? –le pregunté- te noto triste…
  • Sí, -me respondió-, me acabó de separar de mi marido…

Mi primera reacción fue pensar que en el último año nos habíamos visto cinco o seis veces y nunca me había hablado de su matrimonio, ni de que tuviera problemas en el mismo… Enseguida me di cuenta de que ella me estaba situando en el lugar EXACTO que yo ocupo en su vida, es decir, en la periferia pura y dura. Reubicación instantánea se le llama a eso.

Pero me dolió constatar que yo había tenido algunas confianzas con ella, que mi vida no le era desconocida, así que no supe callarme la boca y le dije: “vaya, pues nunca me habías contado que tuvierais problemas…” Cometí el error de “reaccionar” y tomarme como algo personal el hecho de que ella no hubiera tenido conmigo la misma confianza que yo le había demostrado en el pasado.

Si alguna duda podía tener acerca de la relación que teníamos esa persona y yo, quedó desvelada en un par de segundos. Le di unas cuantas palabras de ánimo y me despedí de ella lo más rápidamente posible. Luego tuve que hacer una pequeña reflexión del porqué me había yo tomado como algo personal su indiferencia hacia mí. ¿Acaso era mayor mi afecto por ella? No. No lo era. Así pues… hice mal en reaccionar, debía haber aplicado el magnífico arte de mantener la boca cerrada…

No es esta situación algo que me ocurra todos los días, pero sí con relativa frecuencia. Mi trabajo me cuesta saber cuándo tengo que poner un filtro y cuándo nadie se va a enfadar conmigo si no lo pongo. En cualquier caso, ¿qué ocurre cuando los demás se enfadan con nosotros porque no les ha gustado una determinada forma de reaccionar si eso forma parte de nuestro auténtico yo?

Cuando me enfado con alguien, después de que se me pasa el berrinche, paro mi locomotora mental –o eso intento- y reflexiono sobre los motivos por los que me he enfadado, dejando de lado lo que haya hecho o dejado de hacer la otra persona. Eso, la actitud ajena, no tiene nada que ver conmigo, es cosa “ajena”, sin lugar a dudas. Pero lo que es “mío” es la lectura emocional que hago de algo que me ha venido de fuera.

Que todo lo que nos interesa nos remueva por dentro, que lo que nos importa nos haga reaccionar con fuerza, con vehemencia incluso, sin poner freno alguno a las emociones, eso sí que es algo personal; el resto, la vida de los otros, esa vida de la que nos mantienen alejados…debemos saber apartarnos también y mantener la boca cerrada.

Diferenciar lo uno de lo otro es seguir aprendiendo.

Felices los felices

LaAlquimista

Por si alguien desea contactar:

apartirdeloscincuenta@gmail.com

 

 

Sobre el autor Cecilia Casado
Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.

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