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Cecilia Casado

A partir de los 50

En recuerdo del padre muerto

 

Hoy me toca recordar que hace veinticuatro años fue la primera vez que hablé de tú a tú con la muerte; por persona interpuesta –la tuya- y al no transmitirme miedo alguno, ningún miedo sentí yo. Te estabas muriendo, papá, y lo sabías; el cáncer te tuvo durante casi siete años dando tumbos del Oncológico a casa y de casa al Oncológico. Así que tuviste tiempo más que de sobra para hacerte a la idea, para familiarizarte incluso con la parca que te había señalado, y quienes estábamos a tu lado también tuvimos que aceptar una realidad que no dejaba resquicios a la esperanza.

Recuerdo que me hablabas de la muerte como de alguien imaginado y anunciado a quien por fin se va a conocer; no es que estuvieras ilusionado, -nunca tuviste vena masoquista- pero sí expectante, y aseverabas que no te asustaba, que tenías a mano el bastón de la fe y que gracias a él (y a Él) el tránsito previsto no se te haría extraño ni temible. Hablabas de la muerte –de tu propia muerte- con una naturalidad pasmosa, como si los humanos no hubiéramos dedicado la vida a temer el final, como si quisieras asegurarme de que “ibas a estar bien”. Yo, tu hija -adulta de repente- que no creía en ningún dios, -ni siquiera en el tuyo-, te escuchaba acongojada por dentro y circunspecta por fuera. ¿Era posible que la fe te sostuviera ante el dolor y el sufrimiento?

Porque eran dos cosas bien diferenciadas: la muerte y el sufrimiento previo. Me dijiste en alguna ocasión que habrías preferido que te atropellara un camión y que todo hubiera ocurrido en un abrir y cerrar de ojos, que para cerrarlos –los ojos- te estabas tirando una eternidad… para llegar a esa otra eternidad en la que creías. Y sonreías ante tu propio chiste porque entre tus virtudes siempre figuró el sentido del humor.

Yo, que no quería que te murieras porque la vida era mucho más agradable contigo al lado, no sabía qué decirte, así que no decía gran cosa. Más bien callaba –creo recordar ahora- o te contaba alguna de mis muchas anécdotas (reales o inventadas) para sacarte una media sonrisa. Mientras pudiste, seguiste viniendo a mi casa casi todas las tardes y me echabas una mano con la niña pequeña para que pudiera acudir a mis clases de yoga. O quedábamos en la calle y dábamos un paseo hasta la terracita donde te gustaba sentarte conmigo a merendar. Nos contábamos nuestras cosas como si no estuvieras ya condenado; le hacíamos un guiño a la vida, al calendario, a cada día que pasábamos juntos y nunca supe quién los valoraba más, esos momentos, si tú o yo, pero fue la forma que encontramos de ser un poco felices juntos aún y todavía…

Y cuando llegó el momento temido por todos menos por ti que lo esperabas ya un poco impaciente, a las cinco de la mañana de un dos de Enero, en cuanto me avisaron y llegué a la habitación de aquella clínica de infausto recuerdo –donde una enfermera ensoberbecida de autoridad pretendía impedirme entrar a despedirme de ti-, te contemplé, por fin, tranquilo y feliz. (Sí ya sé que el adjetivo “feliz” resulta aparentemente inadecuado en esa circunstancia, pero así fue como yo te intuí).

Habías cerrado los ojos y ya no respirabas, pero seguías estando con tu espíritu bien presente en la habitación. Y te hablé sin llorar, modulando mi voz áspera para que no te hiciera daño; te conté de mi amor por ti y te lo puse envuelto para llevar y quise añadir a tu equipaje mis bendiciones por todo lo que habías hecho por mí mientras estuviste en esta tierra. Por la vida que me diste y la fuerza y el carácter, por la sangre andaluza de tu madre que siento todavía habitarme en alguna noche cálida, por los sueños que me ayudaste a inventar y a perseguir, por el cariño inmenso de abuelo divertido y bromista, por los cuentos que reinventaste para mis niñas, por el primer cigarrillo compartido y el último que tú no pudiste y me hiciste fumar a tu salud.

Te prometí que nunca te olvidaría y que elegiría una estrella de la noche para ti –la “estrellita cariñosa” desde donde nos sonríes- y que mis hijas te verían allí antes de acostarse, que te mandarían un beso aunque ya no les pincharas con el bigote y que en el corazón nuestro siempre seguirías estando vivo. Y lo he cumplido. Te quiero todavía y siempre, papá.

Felices los felices, hoy más que nunca.

LaAlquimista

Por si alguien desea contactar:

apartirdeloscincuenta@gmail.com

 

 

 

Temas

Filosofía de Vida y Reflexiones. Lo que muchos pensamos dicho en voz alta

Sobre el autor

Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.

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