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Cecilia Casado

A partir de los 50

Pienso si hubiera sido mi hija

mujer-violada

Una de las dos –o incluso yo misma hace varios lustros- cuando se iba a los sanfermines con la emoción de la juventud y el ansia de pasarlo bien, para luego contarlo de mayor, que íbamos en el coche y lo aparcábamos a las afueras –era el “hostal portátil”- y comíamos bocatas y bebíamos kalimotxo y hacíamos risas con gente propia y todos los desconocidos; que ni se nos pasaba por la imaginación que pudiera pasarnos nada peor que la resaca del día siguiente.

Pienso en mis hijas que iban a Pamplona en bus, con sus ropas blancas y rojas, arropadas por la cuadrilla, a sus dieciocho, diecinueve, veinte esplendorosos años… Y que jamás imaginaron la posibilidad de ser víctimas de una agresión sexual, aunque siempre esté el típico borracho baboso al que se espanta de un manotazo o con un gesto duro o con las palabras justas para hacerle comprender que no dé la chapa y se vaya.

Pienso en la madre de una chica madrileña que fue hace dos años a la fiesta pamplonesa y volvió rota, por fuera y por dentro, violada por un grupo de cavernícolas que se divertían a su manera, abusando de la mujer débil que se encuentra sola, regodeándose de su “hazaña” y sin el más mínimo atisbo de conciencia moral, sin el más mínimo respeto humano por un ser indefenso al que tienen por la fuerza del miedo, sometido.

Pienso que hubiera sido mi hija y en que le habrían destrozado la vida –o casi-, pienso en el estrés post-traumático, en la inhabilitación mental para confiar en los hombres en general y en la Justicia humana en particular. Pienso en esa mujer joven y en sus padres, sus allegados y amigos, en todos los que le quieren y respetan y que, en estos momentos, estarán rabiando desesperados por la benevolencia de una actuación judicial que ha aplicado la Ley de una manera laxa, aunque sea dentro de la legalidad.

Pienso en la rabia y el dolor, en la vergüenza y el desamparo, en la profunda tristeza de saberse ciudadana de tercera, condenada ella más que sus agresores a reivindicarse como mujer, como ser humano y sentir –otro dolor añadido- que echan sobre su cabeza la negación de unos hechos, la VIOLACIÓN, para sustituirlos por el eufemismo legal, “abuso sexual continuado”, la triquiñuela para amparar al delincuente, las ruedas de molino con las que tendrá que comulgar el resto de su vida.

Pienso que hubiera sido mi hija y que yo querría matar por ella, por restituir de alguna manera (¿de qué manera?) la esperanza perdida, cómo olvidar el horror padecido, aquellas horas interminables de madrugada, tirada en el suelo, sin consciencia de sí misma, inerte e indefensa, intentando sobrevivir a la muerte que, seguro que lo sentía, estaba allí mismo, agazapada, pendiente de un hilo sobre su cabeza, quizás precipitándose sobre ella en forma de un golpe o dos o tres o ciento, de un apretarle la garganta o partirle el esternón o quizás el puño en la sien, si se defendía, si gritaba pidiendo auxilio, si pateaba al aire para repeler una agresión desmesurada, desproporcionada, pequeña niña contra los goliat rijosos y violadores, llenos de esperma sus cerebros, vacías sus almas de humanidad. Animales rabiosos.

Pienso que hubiera sido mi hija esa criatura y siento por unos segundos que puedo ponerme en su lugar, porque soy mujer, porque he padecido yo también agresiones sexuales, porque sé lo que es intentar sobrevivir haciéndome la muerta, callando, silenciosa, rogando a ese dios en el que ya casi es imposible creer que acabe pronto, que terminen la tortura, que se vayan, que no me maten…

Pienso que hubiera sido mi hija y yo les preguntaría a las madres de estos acusados que llevan en la cárcel casi ya dos años, qué sienten ellas, orgullo o tristeza, rabia o desesperación, les preguntaría si ellas también tienen hijas violables, abusables, humillables…

Pienso, ahora que ha salido la sentencia que les absuelve de una violación grupal, que es como si fuera una de mis hijas y que hay que salir a gritar, a levantar el puño y enarbolar la dignidad, pero como apenas tengo voz con la que aullar como una hembra malherida, me quedo con la palabra escrita y paralizada por la vergüenza de vivir en un país donde la benevolencia se pone de parte de los agresores en vez de amparar a su víctima.

Infelices los infelices, todos aquellos que se han congratulado por la ignominia de una joven…que podía haber sido hija mía.

LaAlquimista

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Temas

Filosofía de Vida y Reflexiones. Lo que muchos pensamos dicho en voz alta

Sobre el autor

Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.

abril 2018
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