Diario Vasco
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Autor: A partir de los 50
Libros de verano
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Cecilia Casado | 23-06-2017 | 9:14| 0

 

Se acercan verano y vacaciones y renovamos la promesa de leer en el tiempo de ocio; en la playa o en las tardes de jardín, con la pereza a cuestas y el sol de plano, va a ser difícil, pero sigamos intentándolo, que no nos pillen en la estadística esa que dice que en este país más de la mitad de sus seres adultos no lee un solo libro en toda su vida… 

Aquí va la lista de los libros leídos –en papel- en los últimos tres meses. ¡Qué maravilla estar jubilada y tener todo el tiempo del mundo para leer! ¡Compartir es vivir!

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Lecturas livianas: (para pasar el rato y sin que inviten a la reflexión profunda)  (Ver puntuación)

“La casa de los espíritus” de Isabel Allende (1982) –Relectura. Tantos años después, la ópera prima de la autora sigue encandilándome con sus personajes femeninos y describiendo una época y un país –Chile- en que la desigualdad social condujo a la barbarie contra los más pobres y débiles. Crónica de un país que quiso ser inventado a base de ocultar la terrible realidad. De “realismo mágico” a puro “realismo cruel”. Vuelta a leer con agrado. 8/10

“La suma de los días” de Isabel Allende (2007) Autobiografía del tiempo después de la muerte de su hija Paula. Llena de buenos momentos esperanzadores en torno al amor, a cualquier tipo de amor y condición. Preciosa.                                                                       8/10

“Como los pájaros aman el aire” de Martín Casariego (2016) El personaje principal da algo de pena, es alguien con quien no nos gustaría identificarnos ni que nos identificaran. Un “pobre hombre” que, sin embargo, sabe amar con la generosidad que pocos practican. El artista que va fotografiando con las viejas gafas de su padre muerto a gente anónima que tiene “alma”                          7/10

“Paris – Austerlitz” de Rafael Chirbes   (2015) Agonía del deseo entre dos hombres cuando el Sida desbarata los cuerpos y el amor. Un relato crudo y profundo a la vez. De cómo la enfermedad –cualquier enfermedad- se adueña no tan sólo de los cuerpos sino también de las almas. Amargo final.                              7/10

“Memoria de unos ojos pintados” de Lluis Llach (2012) Recreación nostálgica y poética –si es que eso es posible- relatando los cruentos hechos de la guerra civil de una Barcelona arrasada y una Barceloneta donde la infancia continuó siendo cuna de poesía amorosa a pesar del dolor. Memorias del descubrimiento del amor homosexual. Única novela de Lluis Llach que no desmerece al vate cantor.                                               7/10

“Botas de lluvia suecas” de Henning Mankell (2016) Podría ser la secuela de “Zapatos italianos”. Una reflexión novelada sobre la soledad que acaba convirtiéndose en la tumba de los sueños desbaratados. Triste y amarga, hay poco lugar para casi ninguna esperanza. Pero tenía que leerla…                                                                          7/10

 “X de Rayos X”  de Sue Grafton (2015) Kinsey Millhone, la detective privada que nos seduce con sus andanzas cuando todavía no había móviles ni Internet. Sigo disfrutando de este personaje atípico, atemporal, libre y feminista. Aunque americana…                                                                   6/10

“Fundido en negro” de Soledad Núñez (1997) Novela negra y corta con “el marco incomparable” de fondo y una donostiarra metida en líos detectivescos. Con la sonrisa nostálgica de reconocer sitios de juventud mientras se desenreda –o se enmaraña- la madeja de la trama. Una autora que me era desconocida y que descubro paseando a mi perrillo por el barrio…                                                                        6/10

“Operación Dulce” de Ian McEwan (2012) “Narración de extraordinaria sutileza psicológica” –dice la crítica. Sin embargo, no he sido capaz de disfrutar de las “sutilezas” del M15 británico. Ellos viven en una isla y el autor nos lo recuerda a cada rato. Pero seguiré leyendo sus novelas porque lo considero  imprescindible.                                                           6/10

“La hora de despertarnos juntos”de Kirmen Uribe (2016) ¿Hasta cuándo más y más novelas sobre la guerra civil…? Hartazgo, porque ya no se sabe cómo aliñar con la imaginación los hechos reales para captar a un lector que necesita algo más para vibrar con la literatura… Se me ha quedado pequeña.                                                                   6/10

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Lecturas enjundiosas: (que ayudan a incrementar el acervo cultural a la vez que estimulan el intelecto)

“La insoportable levedad del ser” de Milan Kundera (1984) Relectura.Al ser ahora diferente como persona y como lectora, la percepción del libro ha sido también diferente. ¿Por qué será que me ha gustado menos de lo que recordaba me gustó en su día? Quizás porque los protagonistas, enredados en su incapacidad de amar generosamente, me han parecido el producto final de aquella época del “amor libre” que ahora ya está difuminada en las brumas de la madurez.                                                             7/10

“La sustancia interior” de Lorenzo Silva (2016) Una novela de “ideas” en la que cada personaje es un filósofo en sí mismo. Un poco cansado de seguir el ritmo de construcción de una catedral sin tiempo ni lugar, pero que quiere ser y no es la Sagrada Familia.                                          6/10

“La música de las letras” de Fernando Savater (2010) La relación de sus “lecturas imprescindibles”… desde su punto de vista que es filosóficamente bastante aburrido. Me han salpicado resabios de petulancia intelectual, pero seguramente es porque yo no doy la talla…No pasa nada, seguimos siendo amigos.                                                                   6/10

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Lecturas con peso específico: (para sustraerles la sustancia a base de neuronas. Aquí incluyo la poesía que despierta el alma)

“Miedo líquido” de Zygmunt Bauman (2006) Estremecedora descripción de cómo hemos permitido que nos laven el cerebro además de inocularnos el virus del miedo para que aceptemos ser una especie “esclavizada” a la vez que protegida. Difícil de asimilar, más que de leer.                      9/10

“Todavía la luz” de Marian Fernández López (2017) Un remanso de silencio detenido en el apretado reloj de la vida cotidiana. La poesía como realidad al otro lado del espejo que refleja lo que somos y no siempre nos atrevemos a observar.                                                                          9/10

*Este libro se puede adquirir en la siguiente dirección por 16€ -incluido gastos de envío- txiribit@gmail.com

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Lecturas atragantadas: (que pretendían ser interesantes y que no he podido llevar a buen puerto)

 “Nosotros en la noche” de Kent Haruf (2016) No sé cuántos premios se ha llevado esta novelita que he leído –porque es muy corta- y que aparece como el paradigma de la hipocresía del democrático y libre pueblo americano. La situación inverosímil –o a mí me lo parece- de un hijo adulto e inútil que obliga a su madre anciana a renunciar a un poco de amor…por el “qué dirán”. Prescindible, por favor.                                                    ——————-

* La puntuación es fruto de una opinión personal que no tiene más valor que el que uno le quiera dar…

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Observar sin juzgar
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Cecilia Casado | 21-06-2017 | 7:00| 0

 

Si existe una actitud retorcida que he tenido que corregir a lo largo de mi vida adulta ha sido la feísima costumbre –adquirida por educación y por contagio social- de juzgar al prójimo. Quiero pensar que una niña sin malear no tenía más capacidad de crítica hacia los demás que reflejar lo que veía en su entorno, en casa y en el colegio, y tuve “infames maestros” que consideraban a todo aquel que era diferente carne de juicio condenatorio y de cañón demoledor.

Así que ya –casi- consigo observar el mundo que me rodea sin condenarlo a priori, posando mi mirada de la manera más ecuánime posible y, cuando no funciona, -porque no siempre lo hace- prodigarme una colleja o sordabirón por burra y, sobre todo, por injusta

Cuesta, la verdad es que cuesta, no torcer el gesto ante arquetipos demonizados durante generaciones, frente a ideologías, religiones o formas de entender la vida en las antípodas de lo que nos enseñaron que era “lo correcto”. Como cuando me contaron que los que no eran cristianos irían al infierno, los comunistas tenían cuernos y rabo y la homosexualidad era una enfermedad. Fueron los tiempos -¿seguro que terminaron?- en los que las mujeres infieles podían ir a la cárcel, las que pedían un aborto después de una violación trasgredían la Ley, quienes vivían juntos sin estar casados eran apartados del entorno de las “familias de bien” y ya no hablo de las madres solteras o de los hijos fuera del matrimonio

Lógicamente –porque es lógico, nos guste o no nos guste- de aquellos polvos, estos lodos y demasiados ramalazos de homofobia, sexismo, fanatismo religioso y político quedan todavía dando vueltas no solamente por las barras de los bares y las máquinas de café de las oficinas, sino que se sientan por derecho propio en escaños institucionales. Y no señalo a nadie porque no debo hacerlo…por lo menos aquí.

 Pero a lo que iba.

En este tiempo tranquilo y pausado, sin fiestas ni jolgorios, que vivo en “mi otro mar”, voy a la playa cuando la están limpiando y las palomas buscan su desayuno entre los desperdicios dejados la víspera por los humanos. Pongo el “campamento base” a pie de mar, entre algunas algas y la arena mojada, y me voy a caminar hacia Oriente un par de kilómetros; luego, vuelvo hacia Poniente con el sol en la espalda y el mar a la izquierda. El baño me purifica y descansa las piernas, flotar sin pensar en nada más que en el hecho en sí de dejarme acariciar por las pequeñas olas y algún que otro pececillo despistado me devuelve la confianza en mi propio cuerpo e incluso en buena parte de la humanidad. Es el momento de dejar que la sal se seque sobre mi piel bajo la sombrilla protectora y los instantes vacíos van llenándose de pensamientos al observar a las personas que pasean por la orilla casi un par de horas después de que lo haya hecho yo misma.

Mujeres y hombres…y viceversa. Semidesnudos o semivestidos, jóvenes y menos jóvenes, de todos los géneros posibles y de variopintos colores: blanco leche asturiana o rojo cangrejo báltico.

Con trajes de baño nuevos y bonitos o vintage y ajados por los años de uso; descalzos o con esos calcetines de caucho para no mancharse si se pisa algo sucio; con pinganillos o dándole a la sinhueso con el de al lado o hablándole a un teléfono móvil. Con gorras de béisbol, de aventurero, sombreros de paja, pamelas, viseras, pañuelos a lo Paco Martinez Soria o foulares a lo Audrey Hepburn, pasarela de popurrí humano con sus senos al aire, taparrabos amazónicos o pareos de convento de monjas.

¡El trabajo de no juzgar al prójimo vaya como vaya o haga lo que haga! ¡Abortar la mofa –aunque sea mental-, rechazar el escarnio –aunque sea silencioso-, darme cuenta de que no hay gordos y gordas, viejas y viejos, extranjeros ni inmigrantes, musulmanas –con el típico burkini- ni guapos ni feos, tan sólo seres humanos como yo misma, que hacen lo que pueden con su existencia por arañar unos cuantos momentos tranquilos y felices paseando por la orilla del mismo mar y de la misma vida

Lo dicho: hoy todos me han parecido hermosos seres…a ver si no se me olvida para mañana.

Por cierto, volviendo a casa, una furgoneta me ha pegado un buen susto en un paso de cebra, le he gritado y el conductor me ha hecho una peineta por la ventanilla. A ése le he juzgado y condenado en un visto y no visto…¡Si es que no aprendo!.

En fin.

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Reflexión del lunes “Paraíso silencioso”
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Cecilia Casado | 19-06-2017 | 8:07| 0

 

Ayer me costó conciliar el sueño; a pesar del cansancio propio del viaje, de la emoción de reencontrar el jardín, los árboles, los pájaros y mi otro mar, con su carga de recuerdos imborrables e ilusiones imperecederas, no podía dormir. Cuando eso me ocurre intento relajarme y hallar el motivo lógico y, comprendiendo, aceptar la parte de insomnio que me corresponde y de esa manera, ya tranquila por saber, poder entregarme al sueño. ¿Quizás la cena copiosa con amigos y buen vino?

Comprendí la falta de la presencia habitual que mi cerebro ha  incorporado al mapa del descanso: el ruido. Y no había ninguna contaminación acústica de las que me rodean a diario. Coches, motos, el topo, una sirena extemporánea, perros ladrando. Y cuando los ruidos se van llega el silencio, ese silencio al que tan poco –desgraciadamente- estamos acostumbrados y que “retumba” en nuestro interior como un tambor enloquecido.

El paraíso en la tierra tiene que estar lleno de silencio para que se puedan abrir los “oídos” que de verdad permiten escuchar. Mi perrillo Elur creo que lo entiende mucho mejor que yo; mientras hay algarabía alrededor, música, conversaciones o trajín diverso, duerme plácidamente. Cuando nos quedamos solos en silencio se pone a mis pies y me mira meneando la cola. Parece querer decir, “ahora es el momento, no hay que dormir, sino vivir y sentir”, pero todo esto me lo invento, qué duda cabe, porque mi perro cuando “habla” yo no estoy a la altura de entenderlo.

Al fin me duermo, despeñándome en el silencio, formando parte de él, y mis sueños son diferentes a otras noches. El aire y la casa huelen  diferente, mi ánimo es distinto también. Es un gallo el que me despierta al alba para recordarme que la vida sigue a pesar de mis tontas historias y otro día comienza envuelto en papel de regalo. Salgo a la terraza y miro los árboles que me rodean, huele a campo, huele a mar, a “mi otro mar”, huele a silencio.

Es el tiempo idóneo y reposado para comer un poco de fruta del árbol prohibido y dejar que el espíritu flote a su aire, aprovechando esta hora calma y llena de luz, endulzado por los jazmines de un jardín cercano, ese tiempo en que la mente todavía no se ha puesto en marcha, estos momentos en que los pensamientos están buscando su sitio de nuevo, respirando la calma que los envuelve.

Si el paraíso existiera estaría en silencio para poder escuchar y sentir diáfana la llamada de ese niño pequeño que aún nos habita, esa voz pura e inocente que sigue escondida en alguna parte y necesita contar la pequeña y bella historia que nunca se olvida.

Son las ocho de la mañana de un lunes. Los visitantes de fin de semana están inmersos en sus propios ruidos lejos de aquí. Me he quedado sola con mi silencio y mi perrillo. Y la mar que también está silenciosa, ahí al lado.

En fin.

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Amor maduro
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Cecilia Casado | 16-06-2017 | 7:06| 0

 

 

Caminaban delante de mí con un andar pausado y firme. Altos y esbeltos, su sombra perfilaba a su pesar una vida extensa y acaso intensa, de mujer y hombre que han aprendido y accedido a acomodarse en pareja al baile de la vida.

Ella rodeaba la cintura de él desde atrás con su brazo y él, en un gesto cariñoso por lo inusual, agarraba entre las suyas la mano de la mujer.

Fue un flechazo fotográfico y procedí a tomar la instantánea. Plasmé la imagen varias veces para corregir el desenfoque que producía el movimiento de los cuerpos, el caminar de esta pareja que, en un instante, me provocó un latigazo de nostalgia por un futuro inventado.

Seguí caminando tras ellos mientras atravesaban mi mente  imágenes improbables: sortear el otoño de la vida de la mano de alguien amado, sentir una especie de seguridad fantaseada en compañía, hablar de las cosas sencillas con quien sabe y quiere escuchar, hacerle una finta al presumible silencio del final de la puesta en escena…

Van de la mano. Contemplemos la fotografía. Soñemos todavía un poco. Nadie lo impedirá, nadie lo sabrá. Ni siquiera ellos.

Les adelanté e hice lo que suelo hacer cada vez que tomo una foto  de alguien que pueda ser reconocible: pararme, hablar y pedir permiso para utilizarla.

Ella, guapa y serena, con esa belleza que no se aja ni con el paso de la vida entera; él, muy alto y recto, con el porte varonil que hemos soñado las mujeres en un hombre mayor. Me presenté y les conté lo que había sentido unos instantes antes al verles y la intención de escribir sobre sus manos entrelazadas. Ni les enseñé la foto ni me pidieron que se la mostrara.

Amables, sonrientes los tres, caminamos juntos hasta el final de la calle. Allí nuestros caminos dejaban de hablar para seguir el ritmo de la gente cruzando el semáforo.

Me quedé con la foto de sus manos enlazadas.

El resto podéis inventarlo a voluntad… A fin de cuentas, la vida no siempre es lo evidente, lo que se muestra por la calle, ni las palabras correctas ni los pensamientos ocultos. La vida es el invento personal de cada uno, la risa del loco o la rabia del inocente, el miedo del fuerte o la valentía del ignorante. Nada es lo que parece y todo puede parecer en algún momento lo que es. Yo qué sé, qué sabe nadie si esas manos se sostenían mutuamente o era una mano amante la que guiaba a dos manos extraviadas…

En fin.

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Fotografía: Cecilia Casado

 

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Mimar y dejarse mimar
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Cecilia Casado | 14-06-2017 | 7:48| 0

 

 

Este verbo de la primera conjugación puede que sea uno de los que menos utilicemos en la vida cotidiana; por lo menos, quienes no tienen al alcance de la mano a tiernos infantes que precisen de un trato con excesivo regalo, cariño y condescendencia. Los niños, ya se sabe, son ese pozo sin fondo–oscuro a veces- en el que dejamos caer la parte inconsciente de nosotros mismos que retenemos bajo cien llaves cuando se trata de relacionarnos con los adultos. Así pues, a los niños está permitido darles caricias y halagos, incluso es bueno para su desarrollo emocional y psicológico, que sientan ese plus de amor que implican los mimos.

Tratar a alguien con especial cuidado, delicadeza y con mucha consideración es también otra forma de conjugar el verbo mimar. Curiosamente –y para desgracia general- es una acción que casi está “mal vista” que se prodigue entre personas adultas, como si hubiera algo de vergonzante o de inadecuado en ello.

Hoy hablo de los mimos porque he tenido en mi mano la felicidad de recibirlos estos días pasados como un regalo inesperado; incluso se podría definir como insólito en estos tiempos en los que nos han acostumbrado a lidiar con malos modos, antipatía generalizada y un desapego que no se sabe de dónde ha nacido ni a dónde quiere acabar llegando.

Un viaje sorpresa de mi hija pequeña. A saber qué espoleta se ha activado en su mente pletórica de juventud para empujar a su corazón generoso a tomar un avión y volver al “txoko de la ama” durante unos días que no estaban pintados de rojo en el calendario. Para darme mimos. Porque me hacían falta y su intuición no le falló.

Llegó rebosante de sonrisas con su maletita roja y sus regalos. Abrazó amorosa a nuestro perrillo mientras me miraban –ambos- con ojitos bonitos llenos de amor. ¿Una estampa empalagosa, fuera de la realidad?

Ahora que ya ha volado de vuelta a las tierras germanas que la acogen puedo dejar que repose el calor de sus besos, caricias y abrazos y se asome una tímida reflexión sobre la necesidad y el gusto de sentirnos mimados… en nuestra vida de adultos.

¿En nombre de qué regla social hemos aceptado de forma tácita renunciar a los cariños y mimos que tan necesarios nos fueron en la infancia para conformar una personalidad sana y segura? ¿Qué estúpido prejuicio nos hace enrojecer ante los cuidados delicados que quien bien nos quiere desea prodigarnos? ¿Acaso, si los recibimos, es porque no nos los merecemos…?

Estos últimos días he redescubierto el gusto por dejarme mimar que amarilleaba en una esquina del corazón; más que eso, he tirado la última barrera que mantenía –de forma estúpida- para resistirme a un abrazo de más de veinte segundos. He sentido que la niña a la que yo mimé hace más de veinte años se apoderaba de mi espíritu de mujer adulta mayor y volvíamos a ser, juntas, dos niñas sonrientes y felices de dar y recibir las caricias amorosas que salen del alma cuando no se le ponen trabas al sentimiento.

No hay estampa más triste que la del niño que se lanza a los brazos del adulto al que ama y que es rechazado con un: “quita, quita, que empalagas…” Ese desplante se queda guardado en algún rinconcillo del cerebro y seguramente aflorará en el momento menos adecuado.

¿Cómo aprenderemos a mimar y cuidar a alguien si primero no somos capaces de “practicar” con nosotros mismos? ¿Qué resorte emocional acciona la “alarma” para quedarnos paralizados cuando alguien nos envuelve entre sus brazos y nos expresa su cariño?

¡Cuánta emotividad perdida, cuánto amor desperdiciado, cuánta educación fría y desafortunada…!

Nunca es tarde para aceptar y para dar, para sentir y compartir, para responder a los besos de los hijos que se han hecho mayores y que todavía nos quieren. Nunca es tarde para dejarse, por fin, mimar un poco…

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Sobre el autor Cecilia Casado
Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.

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