Diario Vasco
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Autor: A partir de los 50
Os regalo el blog…
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Cecilia Casado | 24-04-2017 | 7:47| 0

Lo regalo durante una semana “por no poder atender“.

Cuando leáis estas palabras estaré lejos de aquí, cumpliendo uno de mis sueños y disfrutando de lo que la vida ofrece cuando no se le pide demasiado. Aunque tan sólo sea la capacidad de mantener la cabeza sobre los hombros sin demasiado “meneo” interior.

Desearme buen viaje ya no hará falta porque supongo-espero que habré llegado a destino; ni tampoco es precisa la buena intención –aunque nunca está de más- de que lo pase bien porque cuando viajo siempre lo hago movida por el impulso que me impide quedarme quieta por demasiado tiempo en mi lugar habitual. Soy así, me gusta cambiar de aires de vez en cuando y lo hago dejándome llevar por los “buenos vientos” que todos, con mayor o menor frecuencia, sentimos que nos empujan hacia delante.

Praga siempre fue mi sueño. Por Kafka y por Mucha, por un misterio que me inventé en algún sueño de madrugada; por su “primavera” y su carga histórica. He intentado ir a Praga en varias ocasiones: con mi pareja –cuando la tuve- y con una amiga –que todavía la tengo. En ambas ocasiones fueron ellos –mi pareja y mi amiga- quienes abortaron el viaje por sus propios motivos e intereses personales dejándome con el sabor amargo de la decepción.

Pero en la vida hay que saber sobreponerse a casi todo –de hecho, todo tiene remedio menos la muerte- y acepté que mi “destino” fuera viajar a Praga sin necesidad de compañía ni apoyo logístico de mano amiga. Una mujer que viaja sola está forjando en su interior una historia de fuerza y libertad que tan sólo otra mujer que viaje sola es capaz de comprender. Y como la vida da sorpresas cuando nosotros apostamos a su favor, este viaje se presenta con “regalo sorpresa”. A fin de cuentas, de Berlín a Praga tan sólo hay 350 kms. de distancia…

Así que os regalo el blog durante una semana como una pizarra limpia para escribir en ella y compartir… lo que a cada uno le mueva su generosidad. Una pizarra vacía o llena, tanto da, pero a vuestra disposición.

La foto, es una de mis favoritas.

Felices los felices.

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La moda de querer volar
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Cecilia Casado | 21-04-2017 | 9:10| 0

 

 

¡Qué listos son los que se alimentan de meter eslóganes por vía intravenosa al personal! Maniobras sutiles o burdas de distracción de la realidad que reconcome el alma y el bolsillo, con la puerta abierta para llegar al meollo del cerebro humano –la televisión- se aprovechan del desencanto general para incidir en pequeñas peculiaridades particulares que harán que el ciudadano de a pie, el vulgar y corriente que nunca destacará por nada llamativo, sienta que “le crecen alas”.

Hace tan sólo unos cuantos lustros –cinco o seis- el paradigma del éxito era tener buenas raíces (si eran “bienes raíces” mejor que mejor); estar asentado significaba tener un trabajo seguro y aunque parezca un dislate en estos tiempos, ese concepto existía, vaya que sí existía y no era baladí el deseo de conseguirlo. Por ejemplo: ser funcionario por oposición y con plaza fija. Hubo un tiempo en que aquello era “lo más de lo más” laboral y profesionalmente hablando. Uno hincaba su pequeño arbolito y esperaba a que echara las raíces: asunto resulto de por vida.

Ahora no. Ahora nos cuentan los poetas que la mujer soñada tiene que tener alas para seguir los sueños del hombre. A mí me suena a cuento chino para que la generación que nació en los albores del siglo acceda sin demasiado miramiento a exiliarse –solo o en compañía de otros- aceptando con la cabeza gacha que este país, este Estado, no va a poder proporcionarle ni tan siquiera la oportunidad de desarrollar su capacidad incluso después de haberse formado según mandan los cánones.

Ahora nos cuentan los expertos en marketing que hay que saber volar, como analogía a seguir soñando y volver a pedir una hipoteca, un crédito, un préstamo que será concedido por los dioses del Olimpo que ahora se han dado en llamar entidades financieras al servicio del consumidor.

Saber volar, tener alas, seguir soñando…no es más que el eufemismo que esconde la realidad, que es tan fea, tan penosa e incluso a veces tan desoladora, que hay que pintarle alas de colores para no deprimirse cada mañana al quitarse las legañas.

Frida Khalo, en su pasión y muerte, nos dejó una frase hermosamente poética: “Pies, para qué los quiero, si tengo alas pa’volar”. Poética y patética. Cuando uno está paralizado, señalado por la fatalidad… ¿qué otra salida le queda sino soñar que tiene alas pa’ volar?

Pero no es cierto; alas tiene la imaginación, el deseo y el ensueño de la mente desafinada. Alas tienen los aviones en los que se marchan los jóvenes a buscar el sustento que ni les caerá del cielo en esta tierra ni fructificará por muchas semillas que planten. Alas tienen las aves que nacieron con ellas puestas y que asumen su destino migratorio buscando el alimento con la fuerza y el dolor de la inevitabilidad.

Nosotros no tenemos más alas que las que pintamos en el sueño de un mundo mejor –aunque tan sólo sea mejor en lo personal, como egoístas que somos-; nosotros tenemos los pies en el suelo como hicieron nuestros padres y nuestros abuelos, seguiremos ganando el pan –por poco que sea- con el sudor de la frente y, toca madera, procuraremos llegar al final del camino arrastrándonos lo menos posible.

Cuanto más abajo estamos, más nos quieren hacer creer que podemos volar. Qué listos son los que pagan esas campañas publicitarias y qué ingenuos los que se las creen.

En fin.

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 ** “Over the town”. Marc Chagall

 

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Sala de espera de hospital
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Cecilia Casado | 19-04-2017 | 7:09| 0

Bendita suerte la mía que no me lleva apenas a hospitales desde la agonía y muerte de mi padre y ahora lo hace por cuestiones poco enjundiosas. Como esta vez en que me someto a unas pruebas para determinar una intolerancia a los analgésicos y antiinflamatorios en general. Y es que cuando me duele algo me tengo que aguantar porque si no es peor el remedio que la enfermedad, aunque bien es cierto que esto de los dolores físicos –siempre que no duren demasiado- me parece más fácil de sobrellevar que los dolores del alma, pero esta es otra cuestión.

Así que vas al hospital cuando te citan –incluso la gente llega antes de la hora- y ya sabes que te vas a tirar las tres siguientes en un ay a ver si lo que te inoculan vía dérmica o con pastillas se manifiesta de forma contundente; por eso te prohíben alejarte de la sala de espera, no vaya a darte un patatús en la cafetería y las camareras no sepan qué hacer contigo. Así que ahí me quedo, con el brazo al aire y sin poder sujetar el libro que –ingenuamente- había llevado para distraer el paso del tiempo; y sin otra alternativa que observar a la gente…

Unas pruebas alergológicas no son nada del otro mundo, aburridas lo más, así que me sorprendo al comprobar cómo bastantes pacientes vienen acompañados. Hombres con una mujer al lado (esposa, hija o madre según la edad y aspecto) y curiosamente, la mayoría de las mujeres, solas.

Ahora debería reflexionar sobre la costumbre de que los maridos pidan a sus esposas que les acompañen al médico o si son las propias mujeres las que exigen acompañar al hombre para luego no tener que andar preguntando qué te han dicho y controlarlo todo de primera mano. Por el contrario, a ver a qué mujer le apetece tener al lado a un acompañante masculino que seguramente no servirá más que de chófer voluntario y que da menos conversación que la silla en la que te sientas. Eso sigue vigente: la mujer habla y el hombre asiente.

La sala de espera es muy grande, caben fácilmente unas cincuenta personas, aunque lo más curioso es el silencio que impera; quienes hablan lo hacen en susurros, como con miedo de molestar no se sabe a quién y por supuesto, nadie habla con el de al lado, parecemos todos extraños en tierra hostil, mirando de soslayo al móvil del de al lado. Porque esa es otra: los móviles. Esos bastones, apoyos, muletas ineludibles para solventar cualquier situación rutinaria o inesperada. Refugio abierto las veinticuatro horas para revisar fotos, buscar a ver si hay alguien a quien poder enviar un SOS por whatsapp: –“Estoy en la consulta de alergias. Me aburro”. Ventana al cotilleo de la prensa digital, pantalla amiga para ver la serie favorita; siempre la cabeza gacha con el gesto universal del servilismo.

Yo también me aburro y me escaqueo de la sala a otra más grande donde hay una máquina de café. Allí el ambiente es más distendido y, sobre todo, más bullicioso. Me pillo un capuchino que está bastante decente y me siento junto a una señora mayor –mayor que yo- a degustarlo. Ella me mira y yo le devuelvo la mirada con sonrisa, así que le doy el pie para pegar la hebra y ya estamos… Dispuestas y contentas para una charla de más de una hora que nos lleva a Pilar y a mí por un recorrido amable de nuestras pequeñas/grandes biografías. Hablando, hablando, vamos señalando puntos de referencia comunes: el Ambulatorio, el barrio, los hijos, (me gana por 6-2), los maridos (le gano por 2-1) y todas esas pequeñas intimidades de poco fuste que se desgranan en las manos de una persona desconocida simplemente porque nos ha dirigido una sonrisa cuando los demás ni nos han mirado.

Al cabo de dos horas más salgo del Hospital con un diagnóstico en la mano y una nueva amiga en el corazón. ¡Y yo que creía que iba a ser una mañana desaprovechada!

Me agarro a estas pequeñas cosas para seguir sintiendo que la vie est belle!

Un beso para Pilar E. que probablemente no me leerá…

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 *Dibujo: Shiembcn

 

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Reflexión del lunes. “Todo sigue igual”
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Cecilia Casado | 17-04-2017 | 7:40| 0

 

 

Ya ha acabado la Semana Santa y ahora empieza la de Pascua que también es festiva para quienes saben alargar el calendario. Se va a notar en que volverán algunos vecinos y la vida del barrio se recuperará poco a poco del coma inducido de la semana precedente.

He perdido de vista a la mayoría de mis amigos aunque sé que están vivos porque mandan alguna foto por whatsapp desde el lugar exótico, mediterráneo o peculiar que les habita. El líder mundial ha arrojado la madre de todas las bombas sobre un país que no recibe turismo.

En la casa de cultura del barrio han suspendido las actividades hasta nuevo aviso y las bibliotecas han cerrado “religiosamente”. Los cines han estrenado películas de serie C y la televisión reprogramado refritos. Los políticos han firmado una pequeña tregua para dejar de insultarse los unos a los otros blindando de la prensa su lugar de vacaciones más o menos familiares.

Estas dos semanas son el ejemplo más claro que existe en este país para demostrarnos a todos –bueno, a casi todos- que estamos cortados por el mismísimo patrón. Pocas voces disentirán de lo que hemos dado en llamar fiesta, costumbre o tradición. Y digo que serán las menos porque probablemente sean las que no tengan metido el cucharón en cualesquiera de los negocios inherentes al tiempo vacacional, la sacrosanta -por antonomasia- hostelería.

Todos ganan cuando la mitad de la población deja de trabajar para que la otra mitad pueda embolsarse algún salario –digno o no. Así lo veo yo. Unos gastan para que otros ingresen. Un equilibrio meditado, estudiado, tan sutil y certero como el panem et circenses que sigue vigente, muy vigente y mucho vigente.

El mundo patrio se ha puesto en stand by, ha ralentizado la resolución o discusión de sus problemas mientras el éxodo de los ciudadanos ansiosos de vacaciones mete el turbo rumbo a donde sea. Los actores no actúan, los cantantes aparcan los recitales, los articulistas no escriben y los que se quedan de guardia obligada esperan que pase algo –no sé, alguna tragedia lo más lejana posible- para poder rellenar las columnas de la prensa digital y la media hora obligada del telediario de la noche.

Los que no tienen mucho más que hacer siguen machacando en las redes sociales eventos o tonterías varias. La prensa rosa trabaja a destajo buscando celebs en bikini o deportistas con su nueva novia. De los que manejan el país, obviamente, no dirán ni mú. No vaya a ser que el “pueblo” se dé cuenta y monte una algarada a la vuelta de Semana Santa.

Lo que importa es que todo siga igual. Como vaticinó aquel cantante que probablemente no habrá leído a Orwell.

En fin.

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Semana Santa y olé
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Cecilia Casado | 14-04-2017 | 7:01| 0

 

 

¿Qué hubiera sido de mí –y de toda una generación- si en Semana Santa mis padres me hubieran llevado de vacaciones a cualquier sitio en vez de encerrarnos en casa a sufrir como idiotas?

No es una pregunta retórica, ni mucho menos, la del párrafo anterior, porque ahora sé que la mayoría de los errores cometidos a lo largo de la vida vienen de lo que nos (mal)enseñaron en la infancia y adolescencia.

Porque dirán que la época en la que nos tocó vivir –una dictadura con todas las letras y todas las consecuencias- no “permitía” demasiadas alegrías y que obligaba al ciudadano de a pie a cumplir a rajatabla con las tradiciones, costumbres y obligaciones religiosas.

Incierto. Falacia. Mentira podrida. Porque si bien es verdad que en lo público todo estaba prohibido –el cine, la música, la juerga y divertimento y que por televisión sólo “echaban” películas de tinte morbosamente religioso- en lo privado nadie obligaba a una familia con dos dedos de frente a encerrarse en una empatía ficticia de dolor por la pasión y muerte de Jesucristo. ¿Por qué los padres inteligentes no eran capaces de darse cuenta de que los infantes no merecían pasarse las vacaciones escolares haciendo vía crucis o escuchando sermones de las siete palabras con cara de pena?

¡Cuánto ha llovido entre aquella tristura impuesta –o impostada- de dar vueltas por la calle, “visitando monumentos”, -que así se le llamaba a entrar en las iglesias de la ciudad para respirar incienso y la energía extraña acumulada bajo los paños morados con los que se cubrían las estatuas y rezar, rosario en ristre o escapulario interpuesto, siguiendo las “estaciones” del Vía Crucis clavado en la pared!

Pero sigo pensando que nuestros padres, abuelos y demás parientes, eran –y ahora somos- responsables de todo aquello que se impone a los más indefensos, a quienes no se les da ni voz ni voto en las decisiones familiares: los hijos pequeños.

¡Qué envidia me daban y qué felices me parecían las amigas que se iban al pueblo a comer las torrijas de la abuela! Volvían asoleadas, cansadas de corretear todo el día por callejas y bajar a chapotear al río aunque hiciera frío. Las niñas y niños del barrio que desaparecían en Semana Santa, cargados sus padres con maletas llenas de cosas modernas, -regalos para el pueblo- invadiendo autobuses de línea renqueantes y vagones de tren abarrotados, rumbo a una felicidad inalcanzable para mi pequeña e inquieta persona.

Hoy en día se sigue yendo “al pueblo”. Y a los parques temáticos, a ciudades extranjeras lejanas o lejanísimas. A las playas paradisíacas, salvajes o abarrotadas, mediterráneas o caribeñas –según presupuesto o capacidad crediticia-, a hoteles de medio pelo o de muchas estrellas, con coche viejo o último modelo, en familia o con los amigos; el caso es salir a donde sea para “aprovechar” los días festivos de Semana Santa.

Los que nos quedamos “haciendo guardia” somos los menos. Por unos u otros motivos las circunstancias nos han empujado a tener que verlas venir (las hordas de visitantes) y no nos han dejado más alternativa que, o quejarnos de todo o mirar hacia otro lado haciendo como si no supiéramos qué fechas marca el calendario.

El miércoles hizo un día magnífico y lo aproveché para salir a comer con una muy querida amiga. El cafecito, en una terraza al sol cerca del mar. La vista, prendida del vaivén de extranjeros, mapa en ristre, caminando hacia la derecha, hacia la izquierda, en grupos pequeños que se iban convirtiendo en manadas con el paso de la tarde. La vista dejó de estar despejada y pronto sentimos que estábamos “rodeadas”, tal era el gentío circundante. Fue el momento de abrazarnos y despedirnos “hasta después de Semana Santa”, a la espera de volver a reencontrar la ciudad en su sitio y con las gentes de costumbre.

De vuelta a casa, de vuelta a mi barrio tranquilo, el aparcamiento lleno de sitios –como abandonado-, el bar de abajo “cerrado por vacaciones” y el colmado de la esquina aburrido con la dependienta bostezando me devuelven a una realidad paralela y diferente de la que acabo de vivir en el centro bullicioso de la city.

Aprovecharé estos días de caos calmo para pasear por “mi” parque, “mi” bosquecillo, leer mi libro favorito y reflexionar sobre cómo cambia la vida, la gente, la ciudad, la sociedad, a golpe de calendario.

Ajena a esa furia de moverse, de no saber o no poder estarse quieto, de tener que subir y bajar, entrar y salir, hacer y deshacer maletas, meterse en vorágines automovilísticas, propiciar accidentes en la carretera, llenarlo todo, ir como una marabunta, juntos y paralelos, sin tocarse apenas, en busca de una fugaz felicidad de la que se regresa encogido, cansado, frustrado a menudo, o satisfecho por saberse poderoso, pudiente, potente, con dinero suficiente para gastarlo con alegría y luego volver “al tajo” y criticarlo: los precios, la aglomeración, el overbooking, el cansancio, la mala comida, la peor atención, la lluvia o el sol, el follón de equipajes, los gritos de los críos, las broncas con la pareja; el salario mínimo, el paro que no cesa, la corrupción de los políticos, el mal genio de la suegra y las jaimitadas del cuñado.

Y a hacer planes para el puente de Mayo.

En fin.

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Sobre el autor Cecilia Casado
Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.

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