Diario Vasco
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Autor: A partir de los 50
Paranoia y redes sociales
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Cecilia Casado | 26-05-2017 | 6:31| 0

 

Una tiene que adaptarse a ser “hija de su tiempo” y no quedarse amarrada ni a los sueños que alguna vez tuvo ni a los amores por los que una vez tembló. Poesías aparte, hablo de entender, aceptar y utilizar las herramientas del presente para socializarse, concepto que suele caer en barrena conforme se va acumulando el polvo de los años.

¿Qué mueve hoy en día a tantos adultos mayores a despreciar las redes sociales a pesar de la fuerza de tsunami que provocan? Estar y conocer, saber y compartir, para opinar y reflexionar… nunca está de más. ¿Acaso imagina alguien que políticos, mandatarios, sociólogos, expertos o empresarios de altos vuelos dan la espalda a Facebook, Twitter, Linkedin, Instagram y demás etcéteras? Sería tan raro como que alguien no quisiera tener un teléfono móvil al alcance de su mano.

Por eso “discuto” con la gente que pone cara de asquito cuando les pregunto si están en una determinada red social como si les preguntara si tienen piojos y me sorprenden los comentarios despectivos sobre las redes sociales, como si los usuarios fuéramos viciosos vergonzantes o adictos a algo éticamente reprobable.

¿Somos más o somos menos importantes como individuos gracias, o a pesar, de las redes sociales? ¿Tiene algún sentido real y positivo enajenarse de las mismas como si se tratara de un virus contagioso?

¿Qué se puede ganar teniendo menos información? ¿Soy más íntegro rechazando los avances de mi época?

Me pregunto si estas mismas personas, que pueden llegar a ofender  con su desprecio, tienen la misma actitud ante el médico que les receta un nuevo fármaco para mitigar sus dolores físicos o penas del alma. Me pregunto si rechazan el coche de bello y rompedor diseño que aparca solo, si tuercen el gesto ante la lavadora que deja la ropa como nueva o si siguen teniendo en casa un televisor de los que pesan veinte kilos y sin mando a distancia.

Dicen estas personas que no quieren saber nada de las redes sociales porque “quitan intimidad y espían y comparten tus datos”. Pues claro, nadie da nada gratis, pero a cambio de “secuestrar” la intimidad que quieras compartir y cuyos limites tú mismo decides, te dan la posibilidad de incorporarte a una extensa bolsa de trabajo, contactar con personas de todo el planeta, visitar virtualmente espacios que quedan lejos o, mucho más prosaico el tema, vender lo que te sobra o comprar lo que te falta -o incluso contactar con el próximo “amor de tu vida”.

Les quiero recordar a estos fóbicos de la tecnología punta y su rama social que yendo por la calle nos están grabando en casi todo momento con las cámaras de edificios oficiales, negocios, hoteles, bancos o gasolineras, parques y paseos, calles y avenidas, sumando a éstas las que instalan particulares para proteger su territorio a base de grabar los pasos de los demás. También recordar que el ciudadano de a pie se ha convertido en un “reporter Tribulete de pacotilla” siempre con su “cámara a mano” para tomar constancia gráfica de todo aquello que le apetezca o le llame la atención: lo mismo si se cae un anciano al suelo y se parte la cadera como si una persona desgraciada decide saltar desde la azotea y estrellarse contra el pavimento dos metros más allá del propio teléfono móvil.

Creo que es mucho más humano aceptar el tiempo en que vivimos –aunque haya mil cosas que nos desagraden por absurdas o exageradas- que enrocarse en el bucle del inmovilismo tecnológico, que puede degenerar en la cerrazón de pensamiento a poco que uno se descuide.

Siempre queda el libre albedrío de intentar separar el grano de la paja, elegir con cuidado qué creemos nos conviene más y ser consecuentes con ello. Que no pasa nada por compartir cuatro fotos con los amigos, que no somos tan importantes como para que los servicios secretos de ningún país hackeen nuestro ordenador para conspirar en nuestra contra, que Hacienda nos vigila mucho más sibilinamente –y de manera más efectiva-, que los rádares de Tráfico controlan nuestro coche en cuanto pasamos de 50 en los puntos clave donde saben que vamos a ir a 60, que los vecinos se fijan a quién se mete en casa por una noche y sacan fotos de la ropa que se cuelga en los tenderetes o miran de reojo la basura que se tira.

Ya estamos todos un poco paranoicos, esto sí que es el signo de nuestro tiempo.

En fin.

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“No quiero discutir contigo”
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Cecilia Casado | 24-05-2017 | 7:25| 0

 

 

Soy consciente de las veces que le he soltado a alguien la frasecita de marras, con la decidida intención de hacerle ver que no quiero tener en consideración lo que pueda decirme. Es algo así como el comodín para zanjar un desencuentro, negarse a dialogar espetándole al prójimo que no nos interesa hablar con él. Una actitud despreciativa y tajante, no me siento muy orgullosa de ello.

Sin embargo, el concepto “no querer discutir” tapa su tufillo irrespetuoso con el ambientador dulzón de una supuesta consideración que no es más que condescendencia hacia la otra persona. “Vamos, que sí, que tendría mucho que decirte si me pusiera a ello, pero no tengo ganas de perder el tiempo usando mis neuronas contigo, así que mejor no discutimos y santaspascuas.”

Y creemos que quedamos como señores (o señoras) y aquí paz y después gloria

Lo que ocurre es que no se ve la cuestión de igual manera cuando es a NOSOTROS a los que nos callan la boca con tan peregrino argumento y nos dejan con dos palmos de narices sin posibilidad alguna de solucionar un entuerto o simplemente aclarar un malentendido. Es decir, que es mucho más fácil aplaudir la ironía cuando la usamos nosotros que cuando “el enemigo” la utiliza en nuestra contra. Ahí ya nos duele…

Así me dejó hace un par de semanas una persona a la que expresé mi disgusto por unas palabras dirigidas a mí y que consideré poco afortunadas. Cuando le dije: “al ver cómo te has dirigido a mi persona me he sentido triste por comprobar cuán poco aprecio tienes a la relación que intento que mantengamos”, – y no pude decir mucho más porque me soltó a la oreja el chirriante: “no quiero discutir contigo” para pasar a justificar su posición, enarbolar sus argumentos y cortar la conversación de forma expeditiva. (Era telefónica y cortó la comunicación)

Con un par, sí señor, y probablemente con el convencimiento de que ni me estaba faltando al respeto al finalizar abruptamente la conversación ni que estaba haciendo gala de una más que mala educación.

Ahí han quedado las cosas, una persona “ofendida” porque otra se sintió ofendida a su vez por algo que la primera había dicho –seguramente sin mala intención-, pero que ha adquirido la consideración de ofensa real por atreverse a protestar o a quejarse.

Entonces me paro a observar a esas personas que “nunca discuten con nadie” porque callan la boca al prójimo con una bofetada verbal o simplemente abandonan el “campo de batalla” sin despedirse siquiera.

¿Es esto lo que nos cuenta la famosa inteligencia emocional que hay que hacer en estos casos o es mala educación pura y dura? O quizás también pueda ser reflejo de la propia incapacidad para escuchar las razones del otro, para considerar al prójimo como alguien que también tiene su corazoncito para molestarse por nuestras palabras y, sobre todo, la resistencia a querer reconocer ni por un instante que podemos haber metido la pata, que debemos rectificar o aunque sea dar una explicación a quien se ha sentido dolido injustamente.

“No quiero discutir contigo” significa también creer que el otro no vale la pena, que no se merece nuestro tiempo, ni nuestro respeto, ni la más mínima consideración. ¿Cuántas veces le hemos dicho esta frase-dardo al alguien dejando sus argumentos en la cuneta del respeto? Y, como consecuencia, enrocarnos en una especie de disgusto, ese malestar que lleva a farfullar y a refunfuñar, dejando al ofensor más que claramente ofendido por la reclamación del primero.

Da igual ser mayor de cincuenta años o estar en la edad en la que se adolece de todo lo habido y por haber; los mecanismos de defensa que se utilizan para no enfrentar la propia inestabilidad emocional están ahí, al alcance de cualquiera que sepa que no necesita “permiso de armas” para dañar al prójimo.

De alguna manera tengo que agradecer a quien con tan poco respeto y deferencia me trató que haya suscitado esta reflexión… Porque en la mano de cada uno está darle la vuelta a las cosas y tratar de sacar lo positivo de las situaciones negativas…

En fin.

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Reflexión del lunes. “Saber escuchar”
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Cecilia Casado | 22-05-2017 | 8:22| 0

 

Nunca se es demasiado mayor para aprender aquellas cosas que se olvidaron de enseñarnos en la infancia, conceptos que si se obviaron por parte de los educadores de turno, seguramente fue porque no estaban suficientemente valorados en su momento. Ahí siguen muchos huecos que deberían estar llenos de empatía, solidaridad, respeto al prójimo, tolerancia ante el diferente y la capacidad de saber escuchar al otro.

¿Sabemos realmente escuchar –aunque digamos que sí- o esperamos ansiosamente a que se produzca un nanosegundo de silencio para introducir la cuña del discurso personal en el discurso de otra persona?

¿Por qué abunda tanto el tipo de personas que habla y habla sin parar sin darse cuenta de que acapara la atención y el protagonismo en una conversación?

¿Qué lleva al ser humano a considerar que lo que uno cuenta es más interesante que lo que pueda relatar otra persona?

Hay charlatanes y buenos conversadores, distingamos entre ellos. A los primeros no se les presta atención y a los segundos se les escucha atentamente. Así que la atención del “público” hay que ganársela, no basta con tomar la palabra –o quitársela al otro- como quien se sienta en la única silla disponible y dar rienda suelta a la verborrea personal.

¿Son quizás las personas que pasan mucho tiempo solas y a las que les falta interlocutores las que dan “la paliza” en cuanto encuentran una “oreja afable”?

¿Adolecemos de la capacidad de escuchar al otro porque nosotros mismos necesitamos que se nos escuche primero?

Demasiadas preguntas para una situación cotidiana que es molesta, repetitiva y francamente insoportable. Porque a fin de cuentas, en el habla humana están incluidas las dos posibilidades, las dos fuerzas: la de hablar y la de escuchar. ¿Quiénes hablan solos? Los locos. Aunque ahora no haya rubor en ir parloteando por la calle a un pinganillo que no siempre está a la vista y que me sigue chirriando porque busco con la vista al interlocutor invisible.

Me precio de saber escuchar porque tomé conciencia de que esa aparente virtud abría a su vez la puerta de la escucha activa y de una afable correspondencia por parte de los demás. Sin embargo –y cada vez con más frecuencia- me encuentro ante personas que detectan mi buena disposición y se aprovechan de ella porque toda la vida lo han hecho así; son los charlatanes irredentos o los insoportables verborreicos.

Son personas amables, amigas de sus amigos, simpáticas, de buen corazón… pero que “dan la paliza” sin remedio a quien se le ponga delante. Hablan y hablan de lo que sea, cuentan historias presentes o pasadas que poco o nada interesan –casi siempre de gente desconocida para el “interlocutor”- y quien está delante, por educación, no se atreve a interrumpir para decir: “Pero, ¡qué me cuentas, qué me importa a mí esa historia…!” Y, si hay un resquicio mínimo para meter baza –por ejemplo, cuando encienden un cigarrillo o dan un trago a su cocacola- y se desliza con sibilina intención un posible cambio de tercio, la reacción es contundente: hacen como que no han oído y retoman el hilo de su discurso o filípica como si fueran depositarios de la palabra infinita en la gran palestra imaginaria del universo. Deben de copiar el modelo de algunos políticos…

Entonces es cuando me planteo si además de saber escuchar no deberían habernos enseñado también a saber hablar.

Cada vez que me alcanza esta situación me voy quedando más callada; al principio, escucho, pero a la vuelta de un cuarto de hora –como máximo- me voy diluyendo en mi propio pensamiento, abandono el cuerpo físico y doy tranquilamente una vuelta por los insondables –y más amables- recovecos de la propia imaginación, me ausento dejando en el sitio la sonrisa aquiescente y la foto fija de quien está escuchando educadamente. A veces consigo con esta actitud que me digan: “¡Qué callada estás!” –en cuyo caso tengo la oportunidad de actuar en defensa propia- y en otras ocasiones –las más- mi “interlocutor” sigue con su rollo aburrido y enervante hasta que nuestros caminos se separan.

En esas ocasiones en las que he soportado una “chapa” de tamaño superior es en las que me dan ganas de hablar sola, gritar, desahogar el silencio impuesto y clamar por la falta de lo que sea que he tenido que soportar. Y cuando me calmo, reflexiono sobre las veces –contundentes- en que yo habré soltado mi discurso aburriendo al que estaba enfrente…

En fin.

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** Marc Chagall

 

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Busco amistad y no lo que surja
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Cecilia Casado | 19-05-2017 | 7:42| 0

 

Cuando nos juntamos las amigas y agotamos -a la vez que nos agotan- los macabros y desoladores temas de actualidad, nos ha dado por hacer risas sobre un programa estrella televisivo: sí, ese que monta citas a ciegas –perfectamente estudiadas y controladas-  que distrae al españolito de a pie durante una hora al día de algunas otras canalladas que nos hacen.

Los participantes buscan el amor de su vida, una pareja estable, la media naranja, todo eso. Quieren una seguridad, la viga maestra con la que apuntalar su vida afectiva…o lo que quede de ella. Curiosamente, son los más jóvenes –entre 20 y 35 años- los que dicen “estar cansados” de picotear y necesitan “ya” encontrar una pareja definitiva. Bueno, pues muy bien.

Atrás va quedando el tan socorrido: ”Busco amistad o lo que surja”. “Lo que surja” sigue estando ahí como una posibilidad del azar o en cualquier caso no tiene nada que ver con los deseos de cada uno. Y lo de “amistad” ya es que ni lo dicen y supongo que ni lo piensan.

Entiendo que es lícito –e incluso loable para repoblar esta parte del planeta- emparejarse para aparearse y procrear como hemos hecho casi todos los que nacimos en una época en que parecía que la vida humana no tenía más fin que ése. Pero también entiendo que, superado el trámite del matrimonio, la maternidad y las bodas de plata coronadas por un sonoro divorcio –casi el 50% de los matrimonios se disuelven en algún momento- la escala de valores vaya cambiando (es que tiene que cambiar) y aparezcan en el horizonte otras perspectivas nada desdeñables.

Como la que da título a este post: “Busco amistad y NO lo que surja”.

¡Qué mejor que una buena amistad, incluso entre hombre y mujer, para pasear de la mano por los años que queden por vivir! Amigos, cómplices, colegas, compañeros. Sin esperar a que “surja” el enamoramiento o el deseo sexual, considerando que la vida nunca ha salido tal y como uno se la planteaba en un comienzo y que tener expectativas –y sobre todo esperar que se cumplan- ha venido a demostrar que tiene tan poca base científica como que a las mujeres con la regla se les corte la mayonesa.

Ya no quiero que “surja” nada en mi vida como si las cosas del querer dependieran tan sólo del azar, de la mano de lo inesperado, algo tan estúpido como pretender dar base a los planes económicos de futuro jugando dos euros cada viernes al cupón de los ciegos… y esperar a que toque.  

Llega un momento en la vida, sobre todo después de cierta edad para los que han perdido en los vericuetos amorosos a su pareja o parejas, en que hay que saber sentarse tranquilamente ante la realidad y hablar con ella de tú a tú. Dejar de buscar el vellocino de oro del amor y ahorrarse bofetadas afectivas y/o emocionales una detrás de otra. Hay que saber parar y valorar las posibilidades. Que no son tantas, pero bastantes más de las que pensamos siempre que miremos en la dirección adecuada.

Ya se ven pocas personas medio locas por encontrar una pareja que les alivie la edad madura o la vejez; ahora son legión quienes  valoran la tranquilidad obtenida como pago a ciertas experiencias. Hombres y mujeres adultos que han superado crisis profundas, saltado desde las trincheras a un campo de batalla descorazonador como suelen ser las separaciones, divorcios, peleas legales y chantajes emocionales con hijos de por medio.

No sé si somos los restos de un naufragio o hermosos ave fénix capaces de reemprender el vuelo con las alas cicatrizadas, pero sí sé que la manera de pensar está cambiando, que los hogares individuales comienzan a ser lugares de paz y tranquilidad, lejos de aquellos “agujeros solitarios” que alguna vez creímos habitar. Es por eso que animo al personal a dejar de buscar “el amor” y vivir feliz con lo que se encuentra en el interior de uno mismo. Y que la amistad es también otra forma de amar mucho más tranquila, más serena y, sobre todo, menos invasiva que la convivencia entre dos “soldados que vuelven heridos del frente”.

Todo esto pienso después de ver el programa ése de la tele en una noche tranquila, feliz y… solitaria.

En fin.

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¿Es posible huir de uno mismo?
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Cecilia Casado | 17-05-2017 | 7:28| 0

 

Para huir de uno mismo no hace falta ampararse en la oscuridad, ni siquiera esconderse de los demás, tan sólo disfrazar la huída un poco para que nadie se dé cuenta y nos sigan dejando en paz. Basta con contar una bonita película cuyo fondo, cuyo mensaje, sea ambiguo de interpretar, como las de arte y ensayo de otra época

El guion se escribe en la bruma de ciertas soledades, la producción se lleva a cabo con lo poco que queda del naufragio vital y el actor principal tiene el caché tan bajo que está dispuesto a rodar la película en escenarios de limitado presupuesto y metiendo horas extras. Sin exteriores apenas. Es decir, el círculo se cierra sin salir del interior de uno mismo.

Pero quien huye se olvida de que lleva una mochila invisible con todas sus penas a cuestas, que los asuntos sin resolver siguen ahí –sin resolver- por mucho que uno ponga millas de por medio; el que huye de sí mismo carga con una sombra que le recordará que no dejó  atrás los asuntos finiquitados, que el nuevo camino estará repleto de piedras conocidas, piedras con las que tropezar fatalmente; serán el mismo sol y los mismos vientos los que azoten su deambular por la vida, huyendo, siempre huyendo.

Es el patético –y tan humano- no querer mirar atrás, es el desesperante estar harto de todo, es el  ‘si se pudiera olvidar y  empezar de cero’, es el  ‘no puedo más y ya todo me da igual”.

Quien huye sabe que no sirve de nada intentarlo, pero le queda la esperanza de ser diferente, de ser la excepción de la regla, podrá pensar que va a tener para huir las agallas que no ha tenido para afrontar el gran problema que es vivir.

He conocido a personas así y de ellas he aprendido una gran lección: la de no dejarme caer, la de no matar la esperanza y, sobre todo, viéndoles –como les he visto- ocultarse de la realidad en madrigueras transparentes, en vidas sin vigas que temblaban con el menor viento, aprendí gracias a esas personas que siempre hay “otra” manera de encarar la vida

Porque de la vida sólo se escapa de una manera y ésa, me temo que no le gusta a casi nadie.

En fin.

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Sobre el autor Cecilia Casado
Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.

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