Diario Vasco
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Autor: A partir de los 50
Poco sexo en nuestra vida
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Cecilia Casado | 10-03-2017 | 8:32| 0

 

 

El sexo para mí ya no es lo que era; más que nada porque me quedé sin pareja con quien compartir estos placeres y en una pequeña ciudad de provincias –y a mi edad- resulta complicado gestionar el tema. Así que, por decirlo de alguna manera, cambié mi chip y empecé a aceptar la nueva situación aunque de vez en cuando me daban ataques de rabia por no poder disfrutar de un placer que la naturaleza nos ha regalado sin discriminarnos por una vez.

Los “singles” de más de cincuenta años ya sabemos lo que hay que  hacer si queremos que la libido no se nos oxide: páginas de contactos en la red, discotecas fronterizas de madrugada o directamente llamar a profesionales del gremio y obtener con dinero lo que no se nos alcanza de otra forma. La vida misma, para qué darle vueltas.

Bien respetable es la decisión de “cortarse la coleta” en estas lides y pasar a la reserva voluntariamente; cualquier opción es respetable siempre y cuando nazca directamente del libre albedrío del individuo. Así que también quiero que se me respete la mía, es decir, la de no tirar la toalla todavía porque estoy viva y quiero seguir estándolo el mayor tiempo posible (como todos, por otra parte).

Así que es por eso que este tema lo saco a la palestra en no pocas ocasiones: con mis amigas que se parten la caja haciendo chistes a mi costa. Con mis amigos que esbozan una media sonrisa por no echarse a llorar directamente.

¿Qué me cuentan sobre las incidencias sexuales personas de más de cincuenta años? Pues lo de siempre, topicazos aburridos.

Si están casados y con las bodas de plata cumplidas, me miran como si estuviera tonta y me explican –sin rubor alguno- que “eso” ya ni se acuerdan de lo que es. Las mujeres les echan las culpas a los hombres… y viceversa, para llegar al punto de encuentro ineludible en el que ambos, hombres y mujeres, “pasan” del sexo porque, simplemente, ya no tienen ganas de hacerlo… con su pareja de toda la vida, obviamente.

Eso me da para rebatir que no es que la libido haya fenecido sino que lo que quieren es un poco de novedad en sus vidas y, bueno, pues que ya sabemos todos qué hay que hacer y punto. Luego están los que te cuentan que el enamoramiento y la pasión han dado paso al amor tranquilo y –muchos años después- a la camaradería fraternal para –en muchos casos- convertirse en compañeros de piso más o menos bien avenidos. Si hay hijos y nietos de por medio, se invierten las energías sobrantes en hacer de abueletes modernos y poco más.

Pero volvamos al sexo, por favor. Personalmente ninguna pareja me ha durado más de siete años, debe de ser mi número fatídico. Pero de lo que sí puedo dar fe ante notario es que esos siete años han tenido de todo lo que tiene que tener cualquier relación amorosa, pasión sexual incluida. Ya dicen que, cuando una relación empieza a declinar, lo que primero falla son las relaciones horizontales, digamos que es el chivato de alarma, la luz roja en el salpicadero de la relación que avisa de que algo va mal y que hay que solucionarlo.

Sin embargo, no se soluciona. Y luego pasa lo que pasa. ¿Cómo es que tantas personas son capaces de vivir/cohabitar en pareja renunciando a una de las funciones biológicas más divertidas de las que hemos sido dotados los humanos? Porque de comer, de atiborrarse de comida, nadie deja e incluso utilizando la ingesta de alimentos ricos y bebidas como sustitutivo del sexo. Crear endorfinas comiendo chocolate o bebiendo gintonic, qué tristeza por favor.

Pero es que las cosas son como son y no como nos gustaría que fueran y en este tema nos vemos abocados a enrocarnos o volver a la casilla de salida una y otra vez. Hace poco contacté con un “chico” de mi edad, de buen ver y mejor pasar, viudo por más señas, que buscaba pareja, pero con una única condición: que no le volviera loco con los temas de la cama, que él ya no estaba para esas fiestas. Y también puede ser que la eventual decrepitud de la psique vaya por delante que la del cuerpo; aquello que instauramos en nuestra mente como verdad inamovible ahí queda, encastrado para los restos.

Yo sigo con la lúcida esperanza de que la naturaleza humana pueda desarrollarse tal y como ha sido diseñada y en ningún manual de instrucciones pone que a partir de una edad determinada –en condiciones normales de salud- las hormonas desaparezcan de nuestro cuerpo; se alborotan o cambian de sitio, eso sí, pero mueren con nosotros… no antes. Que los dioses repartan suerte.

En fin.

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Sí, soy feminista
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Cecilia Casado | 08-03-2017 | 8:00| 0

 

¡Quién me ha visto y quién me ve! Y digo esto porque hasta hace algunos años yo también formaba parte de esas mujeres que identificábamos –erróneamente, ahora lo sé- el feminismo con una especie de cruzada contra el macho de la especie o como reivindicaciones extemporáneas de una izquierda poco correcta políticamente. Sin embargo, un buen día comprendí –más vale tarde que nunca- que mis actitudes vitales de las últimas décadas habían sido netamente feministas, tanto en el fondo como en la forma, sin que yo me diera cuenta (o quizás es que no quería darme cuenta).

Fui “feminista” cuando me negaba a servir cafés en las reuniones de trabajo -en las que participaba- porque era la única mujer presente y me “pedían” que lo hiciera. En aquellas ocasiones –muchísimas en mi vida laboral- me tildaban de “protestona” o “reivindicativa” y me ganaba las críticas –cuando no la animadversión- de compañeros y superiores. Yo fui “feminista” cuando protesté y peleé durante años y años por tener inferior salario que mi compañero varón ante idéntico trabajo. Lo intentaba, con la energía que nos habita cuando no se ha alcanzado el desencanto, cada vez que había una “revisión de puestos de trabajo” enrabietándome con las razones que aducía la dirección de la empresa para no igualar mi salario al de mi colega, razones tan peregrinas como demoledoras: “No eres bien mandada” o “la actitud también cuenta”. Cuando llegó el momento de la verdad me jubilaron con casi un 25% menos de pensión que a mi compañero que siempre puso cara de poker y jamás levantó un dedo para apoyarme. No se lo reprocho, igual es que tenía miedo de que le bajaran el sueldo para igualarnos.

Yo fui “feminista” cuando me enfadaba con mi marido –que también era padre- porque nunca llevaba a la niña al pediatra ni venía a las reuniones de padres del colegio–o a donde hubiera que ir si era en horario laboral- entendiendo para su comodidad y beneficio que “él no podía abandonar su trabajo”, argumento inventado que le hacía creer que sus responsabilidades laborales –y no familiares- eran superiores a las mías. Fui “feminista” cuando me enfrenté a una suegra que estaba convencidísima de que “los hombres” no tenían que moverse de la mesa y que las mujeres estábamos allí para servirles. Protestando por la flagrante desigualdad con respecto a los hombres que me rodeaban me gané fama de “difícil” como esposa, de “conflictiva” como trabajadora y de “contestataria” como ser humano.

 

Sin embargo, no me gustaba que me llamaran “feminista”, no, eso no me gustaba ni un pelo. ¿Por qué? Pues porque hubo una época en este país –y sobre todo en mi “pequeño país”- en que ser “feminista” era poco menos que sinónimo de izquierdosa, marimacho o amargada. Porque esos calificativos injustos y denigrantes eran los que imperaban –y todavía dan coletazos- en una sociedad mayoritaria de hombres y mujeres con poca conciencia que demonizaban a cuanta mujer levantara la voz –o el puño- contra la opresión machista de un sistema que era injusto en casi todas sus vertientes: en lo político, en lo legislativo, en lo laboral y que hacía gala de un paternalismo indecente para con las mujeres en general y para las que habíamos estudiado argumentos en la universidad en particular.

Yo no quise que me llamaran “feminista” en los años 70/80: me daba vergüenza. Y sin embargo, lo era, vaya que sí, cuando me agarraba pataletas por tener que llevar la firma de mi marido al banco para conseguir un talonario de cheques de la cuenta donde se ingresaba MI salario. Fui “feminista” cuando me peleé con todo lo que se movía porque no podía obtener mi pasaporte (con los dieciocho cumplidos) sin permiso de mi padre; fui “feminista” por salir unos días de vacaciones con una amiga en vez de con mi marido aunque tuve que pagar un alto precio por cada pequeña parcela de libertad conseguida.

Pero ahora los tiempos han cambiado para mucho mejor y ya puedo decir con la cabeza bien alta, a mis sesenta años, que sí, que SOY FEMINISTA con todas las consecuencias. Que por fin la sociedad se ha dado cuenta de que ser feminista no es pretender castrar a los varones sino luchar por la igualdad de oportunidades y de derechos entre hombres y mujeres.

Aunque en la calle queda muy bonito decir que a nadie le gusta el machismo y luego resulta –desgraciadamente- que de puertas para adentro las actitudes (tanto de muchos hombres como mujeres) son en demasiados casos todo lo contrario. Miremos, si no, alrededor; miremos en casa o en la del vecino; miremos en el patio del colegio, en el parque, en la oficina, en el ambulatorio, en los bares y discotecas, en los programas de televisión, en las revistas de cotilleos.

Hagamos nosotras, como mujeres, un examen de conciencia para ver si todavía estamos “amparando” actitudes machistas de esas que nos inculcaron en el siglo pasado. No más decirle a una hija: “Aguanta, que ya se sabe cómo son los hombres”. No más decirle a un hijo: “Tú, hazte respetar, que se vea quién lleva los pantalones”.

Quitémonos como mujeres libres esa absurda “vergüenza” de decir alto y claro, SÍ, SOY FEMINISTA.

Como proclamaba la insigne filóloga y lexicóloga María Moliner: “El feminismo es la doctrina que considera justa la igualdad de derechos entre hombres y mujeres”. Así que, o somos todos feministas o tendremos que hacérnoslo mirar…

En fin.

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Reflexión del lunes. “Consideración con los demás”
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Cecilia Casado | 06-03-2017 | 8:35| 0

Debajo de mi casa se aparca en batería. Quien decidió la distancia entre las rayas pintadas en el suelo debió de pensar que todos tenemos coches pequeños tirando a pequeñitos. En consecuencia, cada vez que aparca un coche mediano o grande es inevitable ocupar parte del espacio adyacente. Un despropósito municipal como tantos otros que nos lleva a lo siguiente.

Ayer mismo –mientras paseaba a mi perrillo- observé cómo un conductor apuraba centímetros para insertar su coche entre otros dos. De tal manera que su puerta del copiloto quedaba casi rozando (pero sin rozar) la del coche de al lado. Él salió por la suya con un curioso contorsionismo gimnástico debido al poco espacio sobrante. Ufano, ya se alejaba cuando se topó con mi mirada y mi sonrisa. Se paró –porque era evidente que yo iba a decirle algo- y me interpeló con el gesto de – “¿Pasa algo?”, al que yo correspondí verbalmente con un: “¡Qué poco sitio hay entre dos rayas!”. El hombre –un chico en la treintena- dedicó un segundo a observar lo que yo le indicaba y se encogió de hombros como diciendo: -“¿Y a mí qué me importa?”. Fin de la jugada.

Sé por experiencia que meterme en camisa de once varas no me reporta más beneficio que la reflexión y, a veces y no siempre, una pequeña satisfacción tipo “justiciera”. – “¿Y si le digo que es MI coche al que está dejando bloqueado? Seguramente entonces no podría alejarse tan ufano…, pero claro, sería una mentira…” Y mientras esto y lo otro pensaba ya mi perrillo tiraba de la correa y de mi pensamiento en otra dirección. Me alejé un poco rabiosa y otro poco más enfadada conmigo misma por no haber sido capaz de reaccionar mejor. Ese defecto mío –que durante una época creí virtud- de intentar decir a los demás lo que hacen mal para que lo corrijan…

¿Cuántas cosas hacemos al cabo del día escudándonos en el más que consolidado: “el que venga atrás, que arree”?

Si me levanto de la terracita del bar donde he disfrutado del café y el croissant, no me importa dejar platos sucios, migas y desechos diversos bien a la vista, como bienvenida para el siguiente usuario.  Si en una tienda grande de ropa se me cae al suelo un vestido, una camisa de la percha, ahí se quedan: total… Por no enumerar las pequeñas desconsideraciones domésticas de la convivencia: suciedad para que la limpie el otro, desorden indiferente, acabar con las galletas (o naranjas o yogures o cervezas) y actuar como si se liquidase el minibar de un hotel a la espera que venga la “camarera de piso” y lo reponga ella. Por no hablar del baño compartido donde se va dejando la porquería que nos sobra sin importarnos menos que nada que sea una persona querida (y que debería ser respetada) la que venga detrás a solucionar el desaguisado.

¿Qué nos impulsa a ser desconsiderados con los demás y quejarnos amargamente cuando son los otros los que nos castigan con la misma falta de consideración? ¿Es cuestión de educación únicamente?

Éstas y otras cuestiones me estuve planteando mientras daba la vuelta preceptiva con mi perro por los jardines aledaños. Cuando regresé a casa no pude evitar fijarme en el coche “abusador” y el coche “abusado”. Allí estaban, esperando a ver qué conductor llegaba primero, si el que tenía la puerta expedita o el que estaba totalmente imposibilitado de abrir las suyas. Y recordé que ya me había pasado en una ocasión en que tuve que abrir el portón trasero y trepar por sobre los asientos para llegar al del conductor en una pirueta que – con mi edad actual- sería de dudosa realización.

Quizás la convivencia con otros seres humanos pase por una inevitable desigualdad: la que se da entre los que se lo llevan todo por delante y los que se resignan a lo que les pasa. Lo que ocurre es que me da a mí que solemos estar saltando de un bando al otro según las circunstancias nos  van marcando el ritmo del baile…

En fin.

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Reconocer los errores
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Cecilia Casado | 03-03-2017 | 9:15| 0

 

Vivo en un barrio popular cerca del estadio de fútbol, motivo por el cual los días de partido el “ambiente” se pone por las nubes y las hordas motorizadas invaden las calles buscando donde aparcar durante las dos horas del orgasmo/sufrimiento colectivo. Los vecinos que tenemos coche, pero no tenemos garaje, ya sabemos la que nos espera como no andemos listos. Creo que la Guardia Municipal tiene orden de hacer mayormente la vista gorda ante el caos de estacionamiento porque no habría grúas suficientes en todo el país para ir levantando los vehículos mal estacionados.

El caso es que la víspera de Reyes me tocó desesperarme buscando una plaza libre en mi zona de Residentes –pura ciencia ficción- en las horas previas al partido previsto. Encontré, gracias a mi ángel de la guarda, un sitio en la zona Residentes/Carga y Descarga, que me permitía aparcar sin pisotear el Código de Circulación durante las horas vespertinas, comenzando el tic tac a la mañana siguiente. Más feliz que unas pascuas me fui a mi casa intentando recordar que tenía que cambiar el coche de sitio a la hora del paseo matinal de mi perrillo: nada del otro mundo.

Pero ocurrió que dormí mal, me desperté tarde y para cuando llegué a donde estaba mi coche –arrastrando a Elur de la correa- me encontré con que ¡albricias! ya habían pasado por el lugar los Agentes de Movilidad de Tráfico –esos que van en coche “apatrullando” la ciudad- y me habían dejado en el parabrisas la “receta” correspondiente: 200€ por Infracción Grave.

¡Qué rabia, por dios, qué rabia! Para un día que me duermo me va a costar un pastizal –pensé. Pero como en el dorso de la denuncia ofrecían la posibilidad de presentar un Pliego de Alegaciones –alegando razones, digo yo- me volví a casa y me senté ante el ordenador intentando que mi facilidad de palabra (escrita) me permitiera pergeñar algún argumento válido para que me anularan la sanción impuesta.

Así que me puse a relatar y resumir el caos imperante en el barrio cada vez que hay un partido de fútbol o evento multitudinario, describí, intentando dar pena, la angustia de los vecinos que no podemos aparcar aunque nos vaya la vida en ello. Reconocí haber sido consciente de aparcar en la zona Residentes/Carga y Descarga y de que tenía que haber sido más rápida en retirar mi vehículo. Indiqué que podían mirar mi “ficha” y comprobar que no había incurrido en ninguna sanción, multa o infracción alguna en los últimos treinta años –vamos que no tenía “antecedentes”-. Sugerí que la calificación de Infracción Grave me parecía “exorbitada” y que siendo pensionista del sistema –con una pensión mínima de Autónomos- una multa de 100€ (importe bonificado si se paga dentro de plazo) me descalabraría el presupuesto mensual. Conté la verdad sin inventarme una “película” sobre si el coche estaba sin batería o si había tenido que ir a auxiliar a mi madre anciana. Con la verdad a todas partes, pensé.

Un mes después de intenso silencio administrativo me llega a casa, por correo certificado y con acuse de recibo, la ratificación de la sanción con las advertencias subsiguientes en caso de no hacer efectivo el pago de los 100€.

Me dediqué entonces a una exhaustiva búsqueda telefónica hasta llegar al departamento municipal correspondiente donde, tras esperas y desesperas, me atendió un señor quien, muy amablemente, localizó mi expediente y me informó de que figuraba como motivo de la alegación: “olvido” y que no era motivo suficiente.

La decisión la había tomado su jefe quien, obviamente, no estaba disponible para discutir y/o negociar telefónicamente con los ciudadanos infractores la Ley que corresponda. Para eso están los abogados y no era el caso.

Voy a esperar al último día hábil para pagar la multaza de marras, pero lo voy a hacer con la cabeza alta, -o quizás debería llevarla gacha- porque los errores hay que pagarlos para aprender en la vida y no es tanto 100€ a fin de cuentas –mi cesta de la compra de diez días- para recordarme la próxima vez que contra la Ley, el Orden, el Ayuntamiento y el Estado no hay alegaciones que valgan, ni consideraciones, eximentes, ni zarandajas varias.

Por lo menos tengo la vergüenza de no “hacerme la tonta”, todavía me queda cuarto y mitad de dignidad para reconocer que he hecho las cosas mal, la honradez de no echarle a nadie –o a un marido guapo- la culpa de mis errores y, sobre todo, el discernimiento para comprender que, afortunadamente, aquellos problemas que se solucionan con dinero son solucionables, muy solucionables y mucho solucionables, como diría el inefable “jefe de este país”. Y que de aquí a los próximos veinte años jamás aparcaré indebidamente ni cinco minutos “fuera del tiesto” que me corresponde. También lo voy a copiar cien veces –una por euro- para que no se me olvide.

En fin.

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Carta a una lectora
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Cecilia Casado | 01-03-2017 | 8:15| 0

 

 

Guardo escrupulosamente toda la correspondencia que mantengo con aquellas personas que me escriben aceptando la invitación que hago al incluir mi dirección electrónica al final de cada post. De vez en cuando, releo esos correos y me quedo sorprendida, no de lo que me cuentan, sino de lo que he sido capaz de responder yo misma. Como es correspondencia privada suelo escribir distendida, sin miedo a meter la gamba o a que me salten a la yugular. A veces cuento cosas personales por pura empatía y ahí es donde la relectura me ha provocado una profunda reflexión.

Hablo de la respuesta que le envié a una mujer absolutamente anónima –no dio nombre y su dirección email no aclaraba nada- que me escribió contándome sus cuitas y buscando desesperadamente una solución a sus problemas. ¿Me reconozco en mis palabras? ¿Soy realmente así como me he descrito? ¿Consejos vendo y para mí no tengo? Reflexionando, que es gerundio.

“Buenos días X:

Conforme leía tu correo -por tres veces- he ido reconociéndome en algunas de tus afirmaciones. ¡Es un mal endémico de la mujer inteligente de este siglo sentirse así! Pero ¿qué hacer para la ubicación interna y la paz?

No creo en los libros de autoayuda; creo en las personas de autoayuda, es decir, en que de una persona aprendes una cosa y de otra aprendes otra, sin necesidad de leer en libros de colores teorías difíciles de llevar a la práctica.

Vaya por delante que yo no tengo autoridad moral para dar consejos ni soluciones de ningún tipo; lo único que puedo hacer es compartir lo que me ha ocurrido a mí por si ese ejemplo sirve a alguien más.

He aprendido a vivir con mis contradicciones, a aceptarlas plenamente. Que a veces tengo un discurso independiente y casi feminista y luego resulta que me encantaría encontrar al hombre de mi vida (una vez más) y comer perdices con él.

Que he aprendido a DISFRUTAR de la soledad, pero que… ¿a quién le amarga un dulce?

Mi truco ha sido dejar de BUSCAR. Dejar de ESPERAR. Quitarme de APEGOS absurdos. Y, simplemente, ser YO.

Yo y mi ESENCIA con todo lo que eso conlleva; mal humor a veces, bajones anímicos, ganas de mandar todo al carajo y una especie de odio al mundo en general y a ciertas personasen particular. Menos mal que se me pasa…

Aceptándome como soy es como he cambiado. O evolucionado. En vez de ir CONTRA MÍ MISMA me he puesto a jugar en mi propio equipo.

He aprendido a PERDONARME por no aceptarme como soy y eso es porque… ¡nos han manipulado tanto!

Teníamos que ser las hijas y mujeres y esposas y madres que ELLOS habían decidido que era lo correcto… ¿nos consultaron lo que queríamos?

Bueno, no quiero extenderme y abrumarte.

Tan sólo que sepas que, esta mañana de sábado, he reservado este tiempo para compartir contigo mis reflexiones y desearte todo el ánimo del mundo para que el trabajo de evolución en el que estás (estamos) inmersa siga adelante y dé sus frutos esperados.

Un abrazo cargado de energía positiva.

Cecilia”

Parece poca cosa mi respuesta –aunque esta mujer me respondió dándome sentidamente las gracias- pero en pocas líneas he resumido mi vida. Absolutamente. Desde la infancia hasta mi actual estado de “adulta mayor”. Tiene sus bemoles la cosa…

En fin.

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Sobre el autor Cecilia Casado
Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.

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