Diario Vasco
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Autor: A partir de los 50
“Dar la campanada”
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Cecilia Casado | 30-12-2016 | 8:04| 0

 

Quedan pocas horas para el cambio de año, esa fiesta que querríamos supusiera un verdadero cambio en nuestras vidas (a mejor, puntualicemos) y que dejamos en manos del destino o de las famosas “circunstancias”. Así que cuando llega la noche del 31 de Diciembre nos ponemos guapos, descorchamos mucho alcohol -ya que sigue siendo sinónimo de alegría- y al son de algún reloj famoso televisivo y de sus campanas eléctricas o electrónicas tomamos doce uvas procurando no asfixiarnos en el intento y…ya está.

¡Feliz Año, Feliz Año! (Aquí hay un espacio de un par de minutos para abrazarnos a quien esté cerca y se deje o repartir ósculos a diestro y siniestro haciendo entrechocar las copas de cava, champagne o sidra achampanada). Ya está. Ya hemos atravesado el umbral de un nuevo calendario sospechosamente parecido al que acabamos de inhumar.

El día 1 de Enero o cuando se nos pase la resaca de la Noche Vieja garabatearemos una lista de propósitos fútiles que irán perdiendo fuste –como los amores con pocos besos y muchos reproches- y que habremos olvidado antes de Semana Santa y poco más. A verlas venir; el ritual del “año de la marmota”…

Sin embargo, estas fechas deberían ser tomadas muy, pero que muy en serio. Sin bromas ni tonterías… ¿Por qué no dar “la campanada” que nuestra vida está necesitando?

“Dar la campanada” significa, “montar un escándalo”.

Igual es lo que necesitamos y tanto miedo nos da… Veamos…

Una persona infeliz sigue siéndolo muchas veces por miedo –precisamente- a dar la campanada. A llamar a las cosas por su nombre, a deshacerse de cadenas emocionales con visos de chantaje, a poner la vida patas arriba y que se le señale con el dedo, se le eche encima toda la censura social y familiar que está al acecho para que nadie se salga del tiesto y proteste, se rebele, recupere lo que es suyo… sea esto lo que sea y en la mayoría de los casos, la libertad y la dignidad.

Quiero animar desde aquí a que todo aquel que necesite “dar la campanada”, la dé de una vez por todas.

Y es que el primero de año es una fecha buenísima, amparada por los famosos propósitos que todo el mundo hace y muy pocos llevan a cabo con éxito. No se trata de dejar de fumar, perder peso o ganar peso, aprender inglés o hacer un viaje exótico. Hablo de conseguir recuperar el gusto por la vida, la alegría que se ha desgajado en el camino cansado de tantos lustros; quiero que se den muchas campanadas para festejar que se abren compuertas, se airean hogares oscuros, que crecen alas donde antes había pesares.

Abandona al marido que te aplasta la autoestima a fuerza de decirte que no vales nada, deja tirada a esa esposa que disfruta humillando tu dignidad con insidias, ironías, sarcasmos y pullas. Abre de par en par las puertas para que salgan los que sobran y puedan correr los que todavía tienen sueños por vivir.

Haz valer tu personal valía en el trabajo, reivindica tu derecho a un sueldo digno, a un trato digno; no permitas que un jefe déspota te amargue la vida, ni que malos colegas o compañeros te jueguen malas pasadas: defiende lo tuyo, monta un escándalo, da la campanada.

Diles a tus familiares cicateros que estás hasta la coronilla de correveidiles, de chismes a la espalda, de pequeñas infamias caseras; que te borren de la lista donde están apuntados los que guardan rencor, rabia, resentimiento… Que te niegas a seguir jugando con gente que hace trampas siempre que puede mientras te mira a los ojos.

Planta la cara a esos hijos egoístas que sólo saben pedir y nunca dar, a los padres ancianos (o casi) que chantajean emocionalmente para obtener lo máximo dando lo mínimo, a los hermanos envidiosos y criticones.

Diles a los amigos que vas a hacer limpieza en la agenda de direcciones, o mejor no les digas nada y comienza con la escabechina necesaria para tu salud mental.

“Da la campanada” de una vez por todas; todavía estás a tiempo de empezar un nuevo año de tu vida siendo un poco más feliz. Atrévete. Te lo mereces. Seguro que sí.

En fin. 

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Inocentadas descomunales
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Cecilia Casado | 28-12-2016 | 8:11| 0

 

 

Reconozco que mi sentido del humor es el justito; vamos, que puedo mosquearme malamente si me hacen una broma de la que sólo se ríen los demás y yo no le veo maldita la gracia. Pero también es cierto que a veces es sana la carcajada inocente, la risa honesta y bien atemperada. Luego están las “inocentadas” en las que siempre hay uno que se burla de otro porque es más ingenuo, menos mal pensado o, casi siempre, más confiado.

No recuerdo haberle gastado –en tal día como hoy ni en ninguna esquina del calendario- una “inocentada” a nadie. Sin embargo, a mi me han perpetrado unas cuantas y también he sabido de otras que han padecido los demás. A ver si me acuerdo de algunas.

La mejor “inocentada” que he padecido fue cuando mi pareja -de entonces- me propuso un fin de semana romántico y me encargó que hiciera yo las maletas. Luego se retrasó varias horas –no existían los móviles- y apareció tardísimo diciéndome que todo era una broma. Cuando le monté una bronca de padre y muy señor mío, sentenció que “yo no tenía sentido del humor”. Un día cambié la cerradura de mi casa y me reí bien a gusto, qué le vamos a hacer…

Recuerdo la vez que mi padre –feliz abuelo primerizo- le embromó a mi hija con tres o cuatro años diciéndole que, para comer, había “lentejas de primero y lentejas de segundo”. Cuando la niña atacó su segundo plato de legumbres, él, muerto de risa, le dijo que era una inocentada y ella, angelico mío, le contestó que de eso nada, que esperaba que él también se comiese otro plato de lentejas en vez del filete…

También recuerdo a la amiga que un 28 de Diciembre recibió una “caja roja” supuestamente llena de dulces bombones y que contenía, bien ordenaditos, varios insectos (muertos) en los huequecillos destinados al chocolate. Ante su cara de estupefacción, le sonrieron y ofrecieron otra caja de igual tamaño donde se suponía estarían escondidos los bombones, pero…¡no! También tenía varios bichitos cadavéricos. ¡Qué risas, oyes, una pasada! Y bueno –dijo ella- ¿dónde narices están los chocolates? -¡Aquí, aquí! –se retorcía de la risa el chistoso de su marido señalándose la barriga… Y ella, pues, sin sentido del humor ninguno rompió a llorar por lo que consideró una broma de pésimo gusto y peor intención. Le dí la razón.

Si es que quienes gustan de hacer inocentadas deberían gastárselas a sí mismos, ya que tanta gracia les hacen, es decir, que tendrían la risa y el jolgorio asegurado a base de las carcajadas de la propia decepción, salpimentadas con los “inocente, inocente!” expresados a la imagen con cara de poker del espejo… Pero parece que no puede ser así, que hace falta que alguien “llore” para que otros rían, que la broma no tiene gracia si no va acompañada de mofa y befa hacia otro ser humano al que se le deja con el culo al aire.

También hay realidades que parecen inocentadas, de tan absurdas, abusivas, bestiales que son. Casi siempre las dan fuera de fecha, evitando el 28 de Diciembre para que no les saquen cantares. Suelen ser acuerdos de Gobierno, aprobación de Leyes, subidas de Tasas e Impuestos, recortes en prestaciones sociales o, más insidiosamente, no renovación de Contratos de Trabajo que habían abierto una puerta a la esperanza (y a la nevera llena) de quienes más lo necesitan.

No sé porqué no me levanto el 28 de Diciembre dando saltos de alegría o de especial buen humor. La costumbre es mirar la prensa a ver cómo “nos la intentan meter”, pero me suele costar bastante dilucidar qué noticia –aunque esperpéntica- es auténtica y cuál  -también disparatada- es producto de la imaginación del gracioso de turno.

Ya digo, será que cada vez tengo menos sentido del humor, pero no renuncio a aceptar una buena inocentada…siempre que tenga un  final feliz del que yo también pueda disfrutar…y reir.

En fin.

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No sin mi ginecólogo
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Cecilia Casado | 26-12-2016 | 9:23| 0

 

 

 

El otro día acudí a mi última cita contigo. Después de treinta y siete años –que se dice pronto- he sido fiel a tu bien hacer y a la ayuda profesional y humana que, una vez al año como mínimo, recibía en tu consulta.

Eras un chaval cuando te ví por primera vez; Doctor en Medicina, pero un chaval. Y yo con mi primer embarazo no estaba doctorada en nada, era una aprendiza de la vida y tú me sonreiste –mira que eras guapo- y me dijiste algo así como: “tranquila, ya verás qué bien sale todo”. Y tenías razón. A los pocos meses me ayudaste a traer al mundo a mi primera hija, un parto inusual por lo poco acostumbrado: con música en el paritorio, mi esposo a mi lado (entonces no era habitual que permitieran a los hombres estar al lado de la parturienta) con la cámara de fotos analógica en las manos, obteniendo un documento gráfico del alumbramiento que me ha confortado en los malos momentos de mi vida y alegrado hasta el infinito en los buenos.

Allí estás tú, en las fotos, tarareando la musiquita y animándome al jadeo de moda en la época: un parto “sin dolor” se le decía, nada de sedación ni epidural que valga, preparada e ilusionada, fuerte, joven, feliz. A ti se te ve muy concentrado en tu tarea y a mí con la mayor cara de felicidad que he tenido en mi vida. Mi bebé, mi hijita adorada, mi Xixili, vio tu rostro antes que a nadie al llegar a este mundo. Y ahí estamos tú y yo –tú ofreciéndome el regalo de la vida para que lo tome entre mis manos y yo, abrazando sobre mi pecho a una criatura palpitante que daba forma y sentido a muchos latidos de mi corazón.

Javier Recio, “mi” ginecólogo que se jubila en unos días. El profesional que ha escuchado durante años mis “rollos” en la consulta, que nunca se ha olvidado del nombre de mis dos hijas, que cuidó mis embarazos, que me operó del pecho cuando apareció un “inquilino indeseado” en el mismo. Tenía que haberte llevado un regalo –como en aquellos tiempos- en que a los médicos se les regalaban botellas, cajas de puros y capones por Navidad.

Yo fui a verte con mis manos vacías –siempre pidiendo- y luego nos despedimos con un fuerte abrazo y un GRACIAS con mayúsculas. Después de tantísimos años todavía me preguntaste por mis niñas, por mi nietecita adorada y lejana en lo geográfico. Querías saber si Xixili vive bien en Mexico dedicada a sus labores con los mayas, si en Berlín valoran el arte de Amanda, si –por fin- me he echado novio…

Y luego me dijiste que leías mi blog de vez en cuando, que “alucinabas” con la facilidad con que algunos encadenamos palabras y yo pensé: ya está, le dedicaré un post en mi blog y…¡mira tú por donde! Justo el día en que lo tengo preparado voy y me encuentro que estás en primera página de El Diario Vasco, con tu sonrisa de guapo de siempre, recibiendo el reconocimiento de toda una vida de labor profesional hacia las mujeres enfermas, hacia las mujeres con problemas en las mamas a quienes te dedicaste con entrega verdadera desde que dejaste de atender partos.

Sé de muchas –y cercanas- que han pasado por tus manos, por tu consulta llena de empatía, esperanza, buenos modos y mejores palabras. Así que, querido Javier, jubílate con la alegría y la satisfacción del deber cumplido. Siéntete orgulloso de haberlo hecho más que bien, de haber ayudado con tu trabajo a la esperanza de tantas mujeres con un cáncer de mama, sé consciente de cuántas vidas habéis salvado, tú y tu equipo.

Por todo ello, GRACIAS con mayúsculas.

Y que ahora empieza “lo bueno”, Javier, que ha llegado el momento de pensar un poco más en uno mismo, que se acabaron los desvelos y los horarios maratonianos, que ahora la vida se presenta desnuda de afanes profesionales y comienza a mostrarse como es: sencilla, acogedora, ilusionada todavía.

Ahora es el momento de mirar al espejo y verte tú mismo, -vernos todos en lo que somos cuando nos jubilamos- y a la familia y a los amigos y al mundo que está ahí fuera esperando que le digamos con una sonrisa –la de siempre- que estamos contentos de estar vivos y felices de poderlo compartir.

La Vie est belle!

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Consejos para unas navidades tranquilas
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Cecilia Casado | 23-12-2016 | 8:18| 0

 

Siempre digo que no tengo autoridad moral para dar consejos de ningún tipo, pero hoy tengo ganas de contradecirme un rato y ahí va el fruto de media hora de imaginación.

Si quieres que el día 26 de Diciembre no amanezca inmerso en nieblas mentales y huracanes emocionales –sin contar con el tsunami gastrointestinal habitual- sigue al pie de la letra (o no) estos sencillos pasos:

-       No llegues a la cena de Nochebuena con el morro caliente; es común inflarse de tiopepes y cava del que escancian en el bar antes de acudir al evento familiar. No veas la gracia que le  hace a quien se ha pasado todo el día preparando el ágape ver que sus invitados llegan más que contentos y pidiendo “más madera”. Empezamos mal.

-       Cómete todo lo que te pongan en el plato te guste o no te guste que no están los tiempos para remilgos. Si acaso, y con disimulo, derívalo al plato del vecino. Si te sirven más con el avasallamiento del cucharón en la mano, di a todo que sí, que qué rico, que qué bueno, que si no te pasarán la factura en cuanto regreses a tu casa.

-       Si llevas vino o cava –para hacer como que contribuyes al dispendio general- no digas lo que te ha costado de oferta. Queda muy feo hablar de dinero en la mesa. Pero si te preguntan, contesta que has pagado el doble de lo real para que alguien pueda decirte que eres un ingenuo, que él sabe donde lo venden por la mitad…

-       Si eres hombre, haz como que quieres ayudar a servir o a reponer vajilla; seguramente conseguirás que te digan que te estés quieto en tu sitio que es donde mejor estás. Pero si te aceptaran la ayuda, procura no romper nada, ni tirar nada…por lo menos antes de llegar a la cocina.

-       Si eres “familia política” procura ser modosito o modosita; no fardes, no hables de lo bien que os van las cosas, ni de las notas de los niños, ni de las pasadas/próximas vacaciones. Es mejor escuchar y sonreir.

-       Cuando alguien diserte sobre el último viaje exótico (o al pueblo) no interrumpas para decir que tú también fuiste a ese sitio y al país de al lado, o al hotel de más estrellas o en un avión más grande. Todo el mundo tiene derecho a su momento de gloria; sé generoso y escucha… te lo tendrán en cuenta.

-       A media cena –o a media comida- no pongas cara de psicópata diciendo que “no puedes más”; deja que te sirvan y juguetea con la comida en el plato (seguro que sabes hacerlo muy bien) y si te ofrecen llevarte un táper dí que “sí, por favor, qué buena idea, cómo lo agradezco” y luego procura olvidártelo encima de la mesa discretamente. En realidad no es más que un juego.

-       Temas de conversación. Evitar desesperadamente hablar de política –si hay tan sólo uno que no piensa como la mayoría. Tampoco conviene hablar de fútbol si alguien es del Madrid y otro del equipo local. Ni del paro, ni de la corrupción en política. Mejor limitarse a lo superficial como si viviéramos en un “mundo piruleta”. Deja mejor sabor de boca y conserva las relaciones familiares sin que se agrien.

-       Procura ponerte en “modo amnesia”. Es decir, no recordar agravios pasados, ni afrentas infantiles. El rencor y el resentimiento no deben mezclarse con alcohol: tienen efectos secundarios bestialmente indigestos.

     -  Tampoco es buena idea hablar de las guerras, ni del hambre en el mundo. A fin de cuentas os habéis juntado para llenaros la         tripa de comida mientras cumplís con un ritual inevitable; no seáis hipócritas.

Estos consejillos no son válidos para todo el mundo. Tan sólo para aquellos que los necesiten… así que no se dé nadie por aludido excepto que sea flagrante la identificación. Si es así, todavía está a tiempo de reflexionar y dar un saltito hacia delante… quizás valga la pena.

Este fin de semana que se avecina va a ser intenso; en lo emocional sobre todo y ahí cada uno tendrá que apañárselas como pueda para no llegar a la recta final del año con cara de Mr.Scrooge (Ver “Cuento de Navidad” de Dickens.)

No me gusta decir eso de “Paz para todos” ni “Mucho Amor y Buena voluntad” porque sería absurdo desearlo tan sólo durante unos días al año. Pero es Navidad y hay en el ambiente un “sálvese quien pueda” subliminal que no puedo dejar de reflejar… A los que no quieren celebrar porque así lo han decidido, mi abrazo lleno de energía positiva. Y a los que van a vivir estos días con ilusión, mi abrazo lleno de energía…más positiva todavía…porque les va a hacer falta.

 

Sed felices y volved el lunes.

 

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Navidades sin quejas
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Cecilia Casado | 21-12-2016 | 8:01| 0

 

 

Este año he decidido evitar el típico post hablando de los tópicos navideños; que si cuñados pelmazos y broncas en la mesa con el morro caliente, que si paz para todos mientras te clavo el cuchillo de trinchar el pavo. Este año no voy a hablar de comidas pantagruélicas llenas de grasa industrial ni de langostinos ahogados en ácido bórico; ni tan siquiera voy a hacer chistes sobre las presuntas familias inmortalizando su estulticia con un  mannenquin challenge.

Este año (me) toca pasar por el espectro navideño de puntillas y con la sonrisa puesta, sin demasiadas alharacas y sin mirar ni criticar lo que hace el personal con su paga extra y sus “agujeros negros” del alma.

En realidad esto me ocurre porque soy agnóstica tirando a atea –todavía no acabo de decidirme- y el tema religioso me saca urticaria cada vez que he hecho alguna incursión en su laberinto –con o sin fauno. He intentando ser coherente en esto los últimos treinta y cinco años. (Antes estuve sometida a la férula social/familiar/religiosa que imperaba en mi entorno). Como digo, apostaté sin pedirle permiso a mi madre –que estudió Teología-, no bauticé a mis hijas y seguí viviendo tranquilamente sin que me salieran cuernos ni rabo.

Pero cuando llega el solsticio de invierno…ay, cuánta presión social, cuánto empeño en volverme al redil, a comulgar con ruedas de molino, a uncirme de nuevo al yugo para no dar la nota, no traumatizar a mis hijas ni enfrentarme a cara de perro con el resto de mi familia de origen.

Así que seguí –a trancas y barrancas- organizando “cenitas y comiditas”; primero por hacer feliz a mis padres, luego por darle gusto a mi madre y ahora mismo por no quedarme sola, aislada socialmente en un entorno donde absolutamente todas las personas que conozco estarán con sus familias –aunque se saquen los ojos (o no) después de la segunda botella de cava.

Así que he decidido no quejarme de nada de lo que yo misma voy a hacer. Me voy a unir a la fiesta sin pensármelo demasiado y sin hacer de ello un “trabajo de Hércules”. Aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, disfrutaré de la compañía de mi hija “la alemana” y su esposo, recargaremos las pilas afectivas desbordando el río de los besos, abrazos, caricias, mimos y gestos emotivos. Nos diremos que nos queremos como si fuera Abril.

Pero, haga lo que haga, ocurriendo lo que tenga que ocurrir, prometo firmemente –sin cruzar los dedos- no quejarme de nada…de lo que yo misma sea partícipe y responsable.

Así que ya está dicho: paso olímpicamente de sumarme al corifeo de quejas navideñas contra el exceso de comida –que todos ponen en su mesa-, me voy a alejar de sobremesas largas como cien noches sin amor, no me van a pillar en disputas familiares por viejas rencillas y renovados rencores ni bostezaré harta de jugar a las cartas y de comer y tragar trozos de dulce industrial untados en chupitos de hierbas. Gastaré cero euros en almax y similares, menos todavía en resacas estomagantes y los regalitos que nos hagamos quienes vamos a compartir tan sólo una noche de sábado festejando que estamos juntos los que nos queremos y porque queremos irán envueltos en papel de regalo invisible pero con lazos de abrazos muy sentidos.

Todo está en orden y va a seguir estándolo, porque no hay nada mejor –al menos para mí y el entorno en el que respiro mi aire- que escribir el guión de la propia “navidad” adecuándolo a los propios deseos y dejando fuera –pero de verdad- los deseos de los demás que, a fin de cuentas, no son más que imposiciones que, con el cuento de las fechas especiales, se quieren imponer por encima de la voluntad libre de las personas.

Así que voy a cerrar mis oídos a las quejas recurrentes de estas fiestas, no voy a abrir –ni mucho menos compartir- videos chistosos ni chorradas de papasnoeles y derivados burlándose de, precisamente, lo que todos hacen. El ser humano dice que hay que tener sentido del humor y ser capaz de reirse de uno mismo para ocultar la incoherencia y la falta de voluntad en respetarse y dejarse llevar por la inercia de la masa y las contradicciones individuales… y yo…no le veo la gracia.

Al que se queje… garrotazo. O un buen zasca en mitad de las neuronas que duele más.

En fin.

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Sobre el autor Cecilia Casado
Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.

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