Diario Vasco
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Autor: A partir de los 50
Reflexión del lunes. “Día tonto”
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Cecilia Casado | 10-07-2017 | 8:57| 0

 

Supongo que quien más quien menos ha vivido en primera persona esa situación atípica que es como un virus pasajero: ni se sabe cómo ha empezado ni se sabe cómo acabará.

Normalmente ocurre en día festivo y cuando no hay ningún plan ni compromiso previsto, precisamente porque la rutina ha dejado de girar en el tambor que nos centrifuga cotidianamente. Uno no duerme ni bien ni mal sino todo lo contrario y se despierta con una especie de niebla mental. Hay que levantarse –al baño, a desayunar, a ver qué tiempo hace fuera-, pero una pereza sibilina se ha colado por alguna rendija y los pensamientos de la mente a medio gas no acaban de convertirse en órdenes para los músculos que tienen que poner en marcha el sistema.

El ánimo no va a dejarse arrastrar por el tiempo atmosférico, da igual que luzca el sol o haga un fresquito agradable, vamos a mirar por la ventana como en estado de shock, con la vista perdida en el horizonte aunque este no vaya más allá de los ladrillos de la casa de enfrente.

¡Toda la semana esperando un día libre para inaugurarlo sin ganas de nada en especial! ¡Qué desperdicio y qué rabia! Pero no hay nada que hacer, tenemos un “día tonto” y eso sólo se arregla pasando una página en el calendario.

Uno se arrastra de la cama al sofá, móvil en ristre, husmeando mensajes de whatsapp o escudriñando “likes” diversos. Abrir la portada de algún periódico –tan sólo para saber si ha ocurrido una nueva catástrofe en algún sitio lo más lejano posible- ya puede acabar con la poca energía con la que uno se ha incorporado al día.

El desayuno es, también, tonto. Y el aseo personal –si se procede a él- sin pena ni gloria. Ahora llega el gran dilema: ¿salgo o no salgo? ¿Y si salgo, qué hago, adónde voy? Mejor llamo a alguien. Sí, pero, ¿a quién? ¿Y si resulta que me lían y me fastidian el día…? Mejor a mi bola y así nadie me molesta.

- A ver, el PC o la tele; leer ahora, no es hora. Un zapeo rápido para constatar que también los programadores tienen un “día tonto”. Quizás un poco de ejercicio en la bici estática o unos estiramientos gimnásticos con la ventana abierta. No, qué pereza, qué cansancio sin haber tan siquiera empezado…

Arrastrar los pies –descalzos- hasta la cocina para otear el panorama que se presenta ante los ojos al abrir el frigorífico. Y digo yo: ¿para qué lo abrimos si ya sabemos lo que hay dentro? Toda la semana tirando de menú por ahí y acabando los restos ya casi cadavéricos por la noche. ¡Y si me voy a hacer la compra a la gran superficie queabre por las mañanas incluso los festivos! ¡Qué plan genial! Por lo menos haremos algo útil y provechoso. Pero no, el coche está bien aparcado y a ver si al volver no vamos a encontrar sitio, además, que rollazo, mezclarse con los que no tienen más remedio que hacer la compra en festivo, carreras de carritos hasta la meta de las cajeras que les ha tocado hacer el turno peor, un agobio horrible tan sólo de pensarlo…

- ¿Y si me voy a comer con la familia y de paso cumplo? Ni tres segundos dura el pensamiento, puro masoquismo, hasta ahí podíamos llegar. Además, igual les pongo en un compromiso por no avisar o en el peor de los casos está también mi hermano con los críos que cuando le tocan siempre aprovecha para gorronear con la excusa de visitar a los abuelos y no estoy yo para aguantar a barrabases preadolescentes…

- Voy a aprovechar para doblar la ropa limpia que se ha acumulado delas últimas tres lavadoras puestas; aunque, pensándolo bien, esta no es forma decente de pasar un día de asueto, trabajando más, no, ni hablar, ya lo haré entre semana alguna tarde que llueva y no me apetezca ir al gimnasio o a tomar unas cervezas con la cuadrilla…

- También podría ordenar las estanterías de los libros, que anda que no crían polvo ni nada, y ponerlos por autores o por temas o por lo menos por el tamaño y color de los lomos que parece que los ha colocado ahí un mono loco…

- Este sofá está lleno de migas entre los cojines, igual una de aspirador no le vendría mal, al piso entero en general, pero me voy a cansar mucho y luego si me echo la siesta a la noche me dan las uvas sin poder dormirme y mañana, total, a las siete arriba y como paso todo el día fuera, pues tanto da…

- Esto de las series es un cuelgue, desde luego, me he visto cuatro capítulos y sin enterarme de que ya se ha hecho de noche, menos mal que siempre tengo una pizza congelada para las emergencias, me la ceno y al sobre, que mañana será otro día…¡y espero que menos tonto que el de hoy!

En fin.

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Me gusto como soy
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Cecilia Casado | 07-07-2017 | 7:35| 0

 

Cuando era una chavala preadolescente mi madre, bendita ella, me vestía a su gusto sin dejar el menor resquicio a las demandas de la moda aduciendo que había que tener “personalidad” y no dejarse influenciar por la opinión de los demás. Este argumento tan cartesiano no me lo aceptaba cuando yo intentaba darle la vuelta y liberarme de sus reglas como “personal shopper” ni me eximía de su propia opinión que, a fin de cuentas, era la que mandaba porque de su mano iba la cartera de donde salían los dineros.

En los tiempos de la minifalda –que tuve prohibida- y de la mayoría de edad a los 21 años, era muy difícil verse guapa, gustarse, si no era porque había ayuditas externas que nos levantaban la moral. Cuando mi madre o mi abuela me decían exagerando el gesto: “¡Peroqué pintas llevas!” yo hacía como que no me importaba, pero sí, claro que me suponía un jarro de agua fría que me dijeran que no estaba guapa –a su criterio y gusto- y mucho tuve que luchar en mi fuero interno para seguir adelante con mi “personalidad” y no dejar que me la pisotearan y la volvieran a construir a su gusto.

Quizás por eso, hoy en día, con los quinquenios a cuestas, estoy absolutamente convencida de que me gusto como soy porque he aprendido a aceptarme sin tirar piedras contra mi propio tejado.

Cuando amigas o conocidas se hacen retoques físicos porque “necesitan” verse de una determinada manera que ya no son, me callo aunque me pregunten. Por lo menos no digo nada que pueda poner en peligro la relación; entiendo que cada cual es muy libre de ponerse implantes de silicona o estirarse la cara, el cuello, la papada y hacer desaparecer las bolsas bajo los ojos. También me parece muy bien las liposucciones para quitar estrías, celulitis y tejido adiposo sobrante. Y las cremas para cuidar la piel de esas que cuestan casi el salario mínimo interprofesional. Todo me parece bien. Pero yo, no, porque me gusto como soy.

¡Claro que mi mirada es subjetiva y sobre todo magnánima con mi figura que atiende y respeta escrupulosamente la edad que tengo!

Pero es que a mí me parece normal que el cuerpo acuse haber tenido dos hijos, a mí me parece justo y correcto tener arrugas en el rostro –sobre todo si son por haber reído mucho- y también entiendo y acepto sin hacer alharacas que salgan juanetes, michelines, manchas en la piel por haber tomado mucho el sol; y que se caiga el pelo –toca madera, mi melena- y los dientes den la tabarra cada seis meses y que aparezcan venas varicosas y la próstata empiece a dar la tabarra o los ovarios y las mamas críen quistes por aquello del baile loco de las hormonas.

¡Es la vida, qué pasa…! ¡Y a mucha honra!

¡Qué verdad es que la autoestima va de la mano de la visión que suponemos damos a los demás! Qué triste realidad es esa en la que usamos el espejo de manera errónea creyendo que tenemos que conseguir una imagen que no nos pertenece, inventada, creada para el orgullo y soberbia de otras personas…

Mujeres que creen que necesitan “recauchutar” su cuerpo para que los hombres no las dejen de lado o simplemente las miren; mujeres jóvenes y mayores que se han convencido a sí mismas de que la vida termina con la juventud, que más allá de cierta edad –la que a ellas les da pavor- no hay más que oscuridad, soledad y crujir de huesos y rechinar de dientes. Mujeres, casi siempre mujeres, que te miran con una especie de conmiseración por no pesar 55 kilos ni usar la talla 38.

A esas mujeres no tengo nada que decirles…o muy poco; allá ellas. Pero a las que hemos sabido mantener con la sonrisa bien puesta nuestros lustros llenos de vida, de amor, de trabajo y de sencilla alegría por las cosas buenas que hemos tenido la suerte de conseguir, a ésas, que somos multitud, les invito a repetir todas las mañanas al salir a la vida y todas las noches al retirarse de ella, estas sencillas cuatro palabras: “Me gusto como soy”.

Porque cuando nos gustamos a nosotras mismas eso sí que se percibe desde fuera, esa autoestima bien ponderada da tersura a la piel y brillo a los ojos; cuando nos gustamos -a pesar de todo- la columna se yergue, las manos dibujan en el aire y los pies esbozan el paso de baile que sabemos nos hace sentir bien.

Casi nada, gustarse tal y como se es… ¡Vamos a por ello!

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El amor no se puede congelar
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Cecilia Casado | 05-07-2017 | 7:15| 0

 

 

La frase no es mía, aunque la suscribo, sino de un amigo con el que estuvimos arreglando el mundo durante un par de horas. Me decía –y  a ver si lo transmito correctamente, que ya sé que me está leyendo- que siempre sintió que en su interior había mucho amor, amor suyo, amor que nacía de su propia esencia como ser humano, pero que por miedo a entregarlo como hizo una vez y volver a sufrir lo había protegido con una coraza y ocultado de la vista del personal.

Para que nadie se lo robase o para negarse a una posible futura entrega. Por prevención, prudencia y miedo.

Y así ha vivido estos últimos años, en una tranquilidad aburrida y carente de sobresaltos, justo lo que creía necesitar. Sin embargo, últimamente, -dice- que le está surgiendo de su interior una vocecilla –a la altura del fondo del estómago, más o menos- que le susurra cuestionándole si no habrá cometido el más grande de los errores: el de no amar.

Hasta aquí su planteamiento; a partir de aquí, la reflexión que se me ocurre y que ya está fuera del ámbito de lo personal y se inclina a una divagación por mi cuenta y riesgo.

Lo que más me gustó de aquella conversación pausada, sin ruidos de fondo y ausente de prisa, fue el hecho de reconocer que el “amor” no es algo que tenga que venir de fuera, sino que ya anida en nuestro interior, que viene de fábrica incorporado en el modelo de serie. En contra de la opinión de tantos y tantos que hablan como si hubiera en nuestro interior un vacío que ha de ser llenado por el amor que viene de fuera. Contraria sigo siendo a la tan extendida premisa de que “sin ti no soy nada” y “antes de conocerte mi vida no tenía sentido”.

Creo firmemente que nacemos con una capacidad de amar infinita en nuestro interior. Así como el corazón bombeará sangre y los pulmones trasegarán aire con una capacidad sin límite, hasta su fin, también el amor existe en cada ser para que hagamos con él lo que queramos. Expresar, mostrar, compartir o regalar. Amordazar, maniatar, reprimir, constreñir o ignorar. Es nuestra elección… lo que decidamos. Pero teniendo muy claro que lo que no se expresa, se pierde, que hay “productos” que no se pueden congelar porque luego quedan inservibles.

Y allá cada cual con sus decisiones, que no le eche la culpa a nadie de las incapacidades, de las limitaciones que no ha sido capaz de superar, de la arrogancia de creer que tiene derecho a ser amado sin entregar apenas nada a cambio, de la soberbia fatua de pensar que porque una vez entregó el amor, ya nunca más ha de volverlo a entregar y sentir entonces cómo la vida se engrisece, cómo los días se vacían, cómo la gente de buen corazón no tiene ya nada que decir ante la frialdad en la que se ha voluntariamente instalado, congelando el amor que es lo mismo que tirarlo directamente a la basura.

Amar o no amar, ésa podría ser la cuestión.

En fin.

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Reflexión del lunes. “Tonterías”
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Cecilia Casado | 03-07-2017 | 7:30| 0

De la observación cotidiana –con espejo incluido- voy dándome cuenta de lo “tontos” que somos a veces y de lo satisfechos que estamos de ser así.

Me pregunto qué mueve a una criatura de cualquier edad a rechazar las galletas cuando están blandengues y exigirlas bien crujientes para luego untarlas en la leche caliente y que se descompongan antes de llegar a la boca. Y su variante del pan recién tostado para remojarlo y dejarlo ensopado.

Los días de lluvia me quedo estupefacta ante las personas que mantienen el paraguas abierto cuando atraviesan soportales, arcos o tramos a cubierto de la lluvia. Igual es muy difícil realizar el esfuerzo de cerrar el paraguas y volverlo a abrir al cabo de cincuenta o cien metros más…

¡Y qué diremos de quienes mantienen el grifo del lavabo manando agua sin cesar mientras se cepillan los dientes escrutándose en el espejo! Como si estuvieran sumidos en profunda reflexión y se les hubiera olvidado que hay un chorro de agua potable que se está desperdiciando –y que van a tener que pagar.

El otro día escuché a una mujer decir que no podía acostarse –ni mucho menos dormir- si no había antes dejado como los chorros del oro la cocina de su casa, con todo recogido y guardado. ¿Dormiría en un colchón al pie del frigorífico?

¿Y las ensaladas mixtas? Ordenadas y dispuestas con mimo y sentido de la estética para que luego el comensal agarre cuchillo y tenedor y lo revuelva todo en una asquerosa mazamorra…

Bajo mi casa hay un gran aparcamiento y mucho movimiento de personal. Los coches se cierran con el mando a distancia, las luces parpadean y los pestillos hacen clic; bueno, pues siempre hay quien comprueba si están bien cerradas las puertas a base de forzar las manillas una por una, no vaya a ser que el cierre centralizado no se haya activado.

Una vez acompañé a un amigo a comprarse una americana nueva; la eligió probándose todas las de todas las tiendas a las que me arrastró para recabar mi opinión, escudriñó etiquetas, comparó precios y al final se llevó la primera que habíamos visto. Luego la tuvo sin estrenar en su armario casi un mes “esperando una ocasión especial”.

-”¿Cuántos años tienes? – Cuarenta y cinco, para cuarenta y seis.”Pues vale, genial.

He llegado a la conclusión que lo que ha sido dado en llamar “manías” no son más que auténticas “tonterías”, pero como no nos apetece definirnos como tontos hemos cambiado la etiqueta a esa absurda y boba acción sin pies ni cabeza ni fundamento aparente alguno. El filósofo protagonista de la película “Forrest Gump” ya lo dejó bien claro para la posteridad: “tonterías hacen los tontos”.

Aunque la mayoría de las tonterías en las que abunda el ser humano no son precisamente las que se convierten en acciones, sino las que se quedan al nivel del pensamiento. Es decir, pensamos una cosa que no tiene pies ni cabeza, pero como es nuestro pensamiento quedamos convencidos que automáticamente se convierte en una “verdad absoluta” y así la atesoramos en el archivo mental de “ideas personales”.

Es por eso que media humanidad está segura –y se retuerce las meninges para demostrarlo- de que la otra mitad está equivocada y que debería corregir sus acciones, cambiar de opinión, rectificar lo hecho o desandar lo andado y comportarse de acuerdo con “nuestro” pensamiento.

No sé si hay mayor tontería posible en el mundo, pero ya estoy viendo “tontos” por todas partes y me chirrían las tonterías propias y quienes aceptan la realidad como es se me antojan sabios anónimos y dignos de admiración.

En fin.

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Foto: El filósofo Forrest Gump en la película del mismo nombre.

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“Proposición honesta”
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Cecilia Casado | 30-06-2017 | 7:11| 0

 

Vivimos una época convulsa. El Planeta y la Humanidad que lo habita parecen estar enfangados en una pelea continua para ver quién sobrevive a quién. Hasta ahora el Planeta iba resistiendo mal que bien a pesar de los descalabros padecidos, del maltrato continuado que le era infligido por parte de la Humanidad. Pero ya va clarificándose el diagnóstico nada halagüeño de que la “enfermedad que padece es crónica y de difícil remedio”.

Si le dijesen a la gente que –son ejemplos- la Torre Eiffel, el Coliseo romano, las pirámides de Egipto y la mitad de los atolones del Pacífico van a desaparecer dentro de, pongamos, trescientos años, ¿cuántos no nos encogeríamos de hombros, poniendo esa cara que todos sabemos poner, que dice: “y a mí que me importa, si no voy a estar…”

Me ha gustado esta “Proposición honesta” que ha llegado a mis manos. La comparto con énfasis y una pizca de esperanza, todavía.

 Proposición honesta.-

Yo propongo que entre todos podemos cambiar el mundo, individualmente, sin esperar a que nadie nos salve. Somos los únicos responsables de nuestros actos.

Con GESTOS SENCILLOS Y PRIMORDIALES podemos hacerlo. Si tú que tienes perro, recoges sus deposiciones o tú que eres padre educas a tus hijos en el respeto, cuidado y protección del entorno en el que vivimos. Si cada uno de nosotros no tirara ni un solo papel al suelo, ni un plástico al mar, no habría tanta degradación en el planeta. Son gestos mínimos con un significado y resultado muy grande.

Propongo que es hora de valorar lo que tenemos y dejar de perseguir aquello que nos dicen es bueno para nosotros. Olvidemos los sueños imposibles y vivamos el presente, lo real, lo que nos sucede en cada momento, en este espacio único y maravilloso que nos brinda la Creación. Salvemos nuestros parques, montes, mares y jardines, por los que paseamos todos los días. Seamos portadores de buenas semillas para los que vienen detrás. Los niños de ahora, adultos mañana, agradecerán el legado que les dejemos. Existe un libro que habla de “La huella que dejamos”. No dañemos más la naturaleza, somos parte de ella. Tengamos conciencia para no dejar en manos de otros lo que cada uno tiene el deber moral de hacer.

Propongo que “Todavía la luz” es posible, esa última luz que nos sobrecoge y salva cuando más cansados estamos de vivir. Esa luz que nos deslumbra en el momento preciso donde nos derrumbamos como una pared y que tiene el poder de reanimarnos y hacernos volver a la vida.

Hoy más que nunca necesitamos poesía para contrarrestar las heridas que nos produce el mundo. La poesía cura, salva, nos lleva a profundidades desconocidas de nosotros mismos. Y nos hace crecer, humanizarnos, volvernos más justos valorando lo pequeño por hermoso y no por diminuto. Con la poesía descubrimos que no estamos solos, que alguien respira al otro lado de la pared, que otras almas sienten lo mismo que nosotros y que por ello todos estamos hermanados.

Como dice el poeta: la muerte nos iguala a todos. No dejemos que la vida nos pase por delante; formemos parte de ella, cojamos las riendas y seamos dueños de nuestras decisiones, sin culpar al otro, sin esperar a que ningún gobierno, sociedad o sistema nos devuelvan la alegría de sabernos vivos y poderosos.” 

Marian Fernández López. Poeta.

Tú la has llamado, Marian, “proposición honesta, Declaración de intenciones o Manifiesto” y resumes el sentir de tantas personas que han decidido tomar conciencia y responsabilidad de la propia actuación.

Es difícil, pero no imposible; lo que ocurre –y me temo que seguirá ocurriendo- es que ya vagamos por la estepa de la comodidad, circundados de vagancia y ausencia de compromiso. Hemos sido “arrojados” a una sociedad con poca conciencia donde la regla de oro es “vive y deja vivir” que se ha traducido erróneamente en “hago lo que me da la gana y lo que hagan los demás me la bufa”.

Es difícil, pero no imposible.

De momento vamos poquito a poco, en nuestro pequeño mundo, haciendo que tome fuerza esta “proposición honesta” que es vida pura.

Amén..

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Sobre el autor Cecilia Casado
Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.

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