Diario Vasco
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Autor: A partir de los 50
Gente picajosa
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Cecilia Casado | 15-03-2017 | 8:11| 0

Hay gente a la que no se le puede decir nada, de verdad. Son esas personas -¿quién no se ha topado con alguna?- que toman como  personal hasta la predicción del tiempo. No sé si será porque consideran que el mundo de los demás debería orbitar alrededor de su whatsapp o porque tienen la autoestima tan en precario que se han vuelto frágiles emocionales. Yo les llamo “picajosos” aunque en sociedad se les suele llamar susceptibles o sensibles por aquello de no ofender.

Me ocurrió hace poco con una conocida a la que no saludé al cruzarme con ella por la calle simplemente porque no reparé en ella. Le faltó tiempo para recriminármelo al día siguiente cuando sí que nos dimos de bruces a la salida del colmado de la esquina. –“Oye, que ayer ibas por el Boulevard a eso del mediodía y no me saludaste”.  -“¿Ah, sí? Pues lo siento, chica, sería que no te vi”. –“Bueno, ya, ya…”. (Menudo diálogo de besugos)

En realidad este ejemplo es muy primitivo, pero se me quedó grabado por lo significativo. Luego, esa misma noche, presencié en televisión un rifirrafe en el Congreso de los Diputados entre sendos políticos que se arrojaron dardos envenenados de ironía por un quítame allá esas pajas que poco tenía que ver con el fondo de la cuestión que se debatía. Se hablan entre ellos –los de facciones opuestas- enconados, como si los temas a tratar fueran algo personal en los que cada uno tuviera que ridiculizar al adversario en vez de vencerlo en justa lid dialéctica. Vergüenza ajena se llama lo que muchas veces provocan porque la ironía es el sustituto de la inteligencia natural para quienes tienen un avispero donde otros tienen sustancia gris.

Pero saltando al día a día, me contaba un amigo el “problemón” que tenían en su familia porque la abuela que quedaba viva se cabreaba como un mono –palabras textuales- si no se le invitaba a cuanta celebración, festejo, reunión o cuchipanda celebraban los diversos hijos, nietos y demás parientes. Que decía que “ya no me hacéis caso y me dejáis de lado” y no eran capaces de hacerle ver que no se puede ser el perejil de todas las salsas ni estar presente todo el tiempo en el tiempo libre de los demás. 

Este tema nos llevó a reflexionar a mi amigo y a mí sobre cómo, cuándo y cuánto estamos presentes en la vida ajena, si en verdad cuentan con nosotros como nos gustaría y, si no lo hacen, si nos volvemos susceptibles…o picajosos. Empezaron a salir encima de la mesa los desplantes, feos, pequeños desprecios padecidos y –cómo no- los que nosotros habríamos inferido –queriendo o no- a los demás.

La conclusión fue que tendemos más a mirar con lupa lo que nos hacen padecer que lo que nosotros castigamos a los demás. Eso de “la paja en el ojo ajeno”, sigue estando de moda o todavía no somos capaces de utilizar el mismo baremo para juzgar en ambas direcciones. Yo hablé de una persona que se pasó la vida reprochándome hasta el más mínimo gesto, llevando cuentas de mis palabras a las que siempre les buscaba la posible ofensa personal y que jamás se paró a pensar que su indiferencia hacia mí podía tener el mismo peso y también hacerme daño.

Pero es algo que hacemos continuamente, vaya que sí. A poco que observemos veremos que muchas veces nuestras relaciones son como una partida de pimpón en la que ahora se manda la pelota para fastidiar y a continuación es devuelta con más fuerza y saña si es posible para que se fastidie el otro. Amigos que se molestaron porque les “sentó mal” un comentario que hiciste en Navidades y que tú consideraste una broma inocente y que el otro tomó como una ofensa en toda regla. Amigas a las que se deja de llamar porque nos gastaron una broma que nos pareció de mal gusto y que ellas situaron dentro de la “confianza” de la amistad.

Picajosos de ida y vuelta somos. Así más de una y más de dos relaciones se van por el sumidero sin remedio porque seguimos sintiendo (y defendiendo) unos y otros que siempre hay quien hace o dice algo inadecuado, molesto, desagradable o que nos pone frente a la carencia que nosotros mismos tenemos y que, al vernos reflejados, nos produce un rechazo considerable.

Así que he decidido “picarme” menos y disfrutar más de la vida. Ya contaré…

En fin.

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Reflexión del lunes. “Venganza”.
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Cecilia Casado | 13-03-2017 | 8:22| 0

Decir que uno no es vengativo es tan habitual como manifestar que no se es racista; o algo parecido. A ver quién es el guapo que reconoce con la cabeza levantada sus pequeñas miserias, excepto en el caso de que, en vez de considerarlas como tal, uno se crea que son herramientas perfectamente decorosas. Como la venganza.

En estos últimos tiempos estoy padeciendo la venganza por parte de una mal llamada “amiga” con la que corté la relación de una forma expeditiva por “diferencias irreconciliables”. ¿En qué consiste su satisfacción? Pues ni más ni menos que en ir cotilleando algunas confidencias que le hice para conseguir que terceras personas se enfaden conmigo. (No, no he pegado un salto a la adolescencia, estoy hablando de una mujer en plena cincuentena.) Supongo que son los “efectos secundarios” de la amistad, que produce sensación de confianza y entonces una baja la guardia.

Reconozco y entono mi mea culpa por no haber sabido ser más precavida y cuidadosa y haber guardado para mí una experiencia desagradable por la que tuve que atravesar y que confié a una mujer de mi entorno creyendo que ella la guardaría para sí misma. Lo que no tuve en cuenta es que, una vez cancelada la relación por mi parte, ella guardaba en su mano unos cuantos “ases” para convertirlos en venablos y utilizarlos en mi contra. Como ha hecho, como está haciendo. ¿Consecuencias? Pues que terceras personas involucradas en la situación se han revuelto contra mi persona (por las afirmaciones que hice en privado a la “amiga” en cuestión) y no han encontrado método más eficaz para desagraviarse que enviarme sms con insultos y amenazas.

Mi reflexión es autocrítica, no quiero que sea una andanada contra la falsa amiga. Autocrítica pura y dura porque… ¿Cuándo aprenderé a tener la boca cerrada y no contar detalles íntimos que involucran a terceras personas? Quizás es que estaba cómodamente convencida de que, entre mujeres, podíamos contarnos ciertas intimidades, con la complicidad real o inventada que aporta una supuesta afinidad o sororidad, no sé, otra de mis ideas que se va al traste.

Algo tan sencillo como tener una cita y que tu amiga te pregunte qué tal te fue con el tipo –al que ella también conoce porque es amigo de su exnovio- y tú le digas que fatal, oye, un chasco que no veas, yo que pensaba que bla bla bla y resulta que el hombre se comportó de forma que a mí me desagradó y, claro, tú vas y dices que una y no más santotomás y ella… se lo cuenta a su exnovio con el que tiene contacto todavía que se lo cuenta al interfecto que se siente humillado en su hombría o ego o lo que sea que tengan algunos ciudadanos justo debajo del ombligo y arremeta contra mí llamándome de todo menos guapa. Por sms, oye, qué delicadeza, y mira que quedan bien grabados y son prueba ante un Juzgado…

¿Tengo yo la culpa o la tiene mi ex amiga o la tiene también el tipo que me insulta y amenaza por haber hecho sobre él un comentario poco o nada amable?

La venganza está ahí, aunque no sea más que una “vengansita”; hay personas que no aceptan un “no” en la vida y arremeten contra quien lo expresa revolviéndose como cerdito en el barro y salpicándolo allá donde puedan. Pero de eso no nos damos cuenta hasta que ya es demasiado tarde, cuando la metedura de pata ha llegado hasta el fondo y a una le dicen lindezas de tipo amenazante con la única intención –supongo- que hacer que sienta miedo de ir por la calle y tropezar con un tipo cuyos avances “románticos” fueron atajados y que se cree con derecho al insulto y la amenaza. Obviamente lo tengo señalado con nombre y apellidos y número de tarjeta de residencia (es ciudadano extranjero) y a la que le vea rondándome llamo al 016 a la voz de ya.

Agradezco la oportunidad de reflexión. Y sobre todo agradezco ser capaz de no rebajarme a ir contando por ahí también las confidencias que en su día me hiciera esta “amiga” que ha querido vengarse de mí por haberle cerrado la puerta de la amistad con un sonoro portazo. Me da la razón por si me quedaba alguna duda sobre su amistad y sinceridad. Sigo aprendiendo.

En fin. 

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Poco sexo en nuestra vida
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Cecilia Casado | 10-03-2017 | 8:32| 0

 

 

El sexo para mí ya no es lo que era; más que nada porque me quedé sin pareja con quien compartir estos placeres y en una pequeña ciudad de provincias –y a mi edad- resulta complicado gestionar el tema. Así que, por decirlo de alguna manera, cambié mi chip y empecé a aceptar la nueva situación aunque de vez en cuando me daban ataques de rabia por no poder disfrutar de un placer que la naturaleza nos ha regalado sin discriminarnos por una vez.

Los “singles” de más de cincuenta años ya sabemos lo que hay que  hacer si queremos que la libido no se nos oxide: páginas de contactos en la red, discotecas fronterizas de madrugada o directamente llamar a profesionales del gremio y obtener con dinero lo que no se nos alcanza de otra forma. La vida misma, para qué darle vueltas.

Bien respetable es la decisión de “cortarse la coleta” en estas lides y pasar a la reserva voluntariamente; cualquier opción es respetable siempre y cuando nazca directamente del libre albedrío del individuo. Así que también quiero que se me respete la mía, es decir, la de no tirar la toalla todavía porque estoy viva y quiero seguir estándolo el mayor tiempo posible (como todos, por otra parte).

Así que es por eso que este tema lo saco a la palestra en no pocas ocasiones: con mis amigas que se parten la caja haciendo chistes a mi costa. Con mis amigos que esbozan una media sonrisa por no echarse a llorar directamente.

¿Qué me cuentan sobre las incidencias sexuales personas de más de cincuenta años? Pues lo de siempre, topicazos aburridos.

Si están casados y con las bodas de plata cumplidas, me miran como si estuviera tonta y me explican –sin rubor alguno- que “eso” ya ni se acuerdan de lo que es. Las mujeres les echan las culpas a los hombres… y viceversa, para llegar al punto de encuentro ineludible en el que ambos, hombres y mujeres, “pasan” del sexo porque, simplemente, ya no tienen ganas de hacerlo… con su pareja de toda la vida, obviamente.

Eso me da para rebatir que no es que la libido haya fenecido sino que lo que quieren es un poco de novedad en sus vidas y, bueno, pues que ya sabemos todos qué hay que hacer y punto. Luego están los que te cuentan que el enamoramiento y la pasión han dado paso al amor tranquilo y –muchos años después- a la camaradería fraternal para –en muchos casos- convertirse en compañeros de piso más o menos bien avenidos. Si hay hijos y nietos de por medio, se invierten las energías sobrantes en hacer de abueletes modernos y poco más.

Pero volvamos al sexo, por favor. Personalmente ninguna pareja me ha durado más de siete años, debe de ser mi número fatídico. Pero de lo que sí puedo dar fe ante notario es que esos siete años han tenido de todo lo que tiene que tener cualquier relación amorosa, pasión sexual incluida. Ya dicen que, cuando una relación empieza a declinar, lo que primero falla son las relaciones horizontales, digamos que es el chivato de alarma, la luz roja en el salpicadero de la relación que avisa de que algo va mal y que hay que solucionarlo.

Sin embargo, no se soluciona. Y luego pasa lo que pasa. ¿Cómo es que tantas personas son capaces de vivir/cohabitar en pareja renunciando a una de las funciones biológicas más divertidas de las que hemos sido dotados los humanos? Porque de comer, de atiborrarse de comida, nadie deja e incluso utilizando la ingesta de alimentos ricos y bebidas como sustitutivo del sexo. Crear endorfinas comiendo chocolate o bebiendo gintonic, qué tristeza por favor.

Pero es que las cosas son como son y no como nos gustaría que fueran y en este tema nos vemos abocados a enrocarnos o volver a la casilla de salida una y otra vez. Hace poco contacté con un “chico” de mi edad, de buen ver y mejor pasar, viudo por más señas, que buscaba pareja, pero con una única condición: que no le volviera loco con los temas de la cama, que él ya no estaba para esas fiestas. Y también puede ser que la eventual decrepitud de la psique vaya por delante que la del cuerpo; aquello que instauramos en nuestra mente como verdad inamovible ahí queda, encastrado para los restos.

Yo sigo con la lúcida esperanza de que la naturaleza humana pueda desarrollarse tal y como ha sido diseñada y en ningún manual de instrucciones pone que a partir de una edad determinada –en condiciones normales de salud- las hormonas desaparezcan de nuestro cuerpo; se alborotan o cambian de sitio, eso sí, pero mueren con nosotros… no antes. Que los dioses repartan suerte.

En fin.

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Sí, soy feminista
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Cecilia Casado | 08-03-2017 | 8:00| 0

 

¡Quién me ha visto y quién me ve! Y digo esto porque hasta hace algunos años yo también formaba parte de esas mujeres que identificábamos –erróneamente, ahora lo sé- el feminismo con una especie de cruzada contra el macho de la especie o como reivindicaciones extemporáneas de una izquierda poco correcta políticamente. Sin embargo, un buen día comprendí –más vale tarde que nunca- que mis actitudes vitales de las últimas décadas habían sido netamente feministas, tanto en el fondo como en la forma, sin que yo me diera cuenta (o quizás es que no quería darme cuenta).

Fui “feminista” cuando me negaba a servir cafés en las reuniones de trabajo -en las que participaba- porque era la única mujer presente y me “pedían” que lo hiciera. En aquellas ocasiones –muchísimas en mi vida laboral- me tildaban de “protestona” o “reivindicativa” y me ganaba las críticas –cuando no la animadversión- de compañeros y superiores. Yo fui “feminista” cuando protesté y peleé durante años y años por tener inferior salario que mi compañero varón ante idéntico trabajo. Lo intentaba, con la energía que nos habita cuando no se ha alcanzado el desencanto, cada vez que había una “revisión de puestos de trabajo” enrabietándome con las razones que aducía la dirección de la empresa para no igualar mi salario al de mi colega, razones tan peregrinas como demoledoras: “No eres bien mandada” o “la actitud también cuenta”. Cuando llegó el momento de la verdad me jubilaron con casi un 25% menos de pensión que a mi compañero que siempre puso cara de poker y jamás levantó un dedo para apoyarme. No se lo reprocho, igual es que tenía miedo de que le bajaran el sueldo para igualarnos.

Yo fui “feminista” cuando me enfadaba con mi marido –que también era padre- porque nunca llevaba a la niña al pediatra ni venía a las reuniones de padres del colegio–o a donde hubiera que ir si era en horario laboral- entendiendo para su comodidad y beneficio que “él no podía abandonar su trabajo”, argumento inventado que le hacía creer que sus responsabilidades laborales –y no familiares- eran superiores a las mías. Fui “feminista” cuando me enfrenté a una suegra que estaba convencidísima de que “los hombres” no tenían que moverse de la mesa y que las mujeres estábamos allí para servirles. Protestando por la flagrante desigualdad con respecto a los hombres que me rodeaban me gané fama de “difícil” como esposa, de “conflictiva” como trabajadora y de “contestataria” como ser humano.

 

Sin embargo, no me gustaba que me llamaran “feminista”, no, eso no me gustaba ni un pelo. ¿Por qué? Pues porque hubo una época en este país –y sobre todo en mi “pequeño país”- en que ser “feminista” era poco menos que sinónimo de izquierdosa, marimacho o amargada. Porque esos calificativos injustos y denigrantes eran los que imperaban –y todavía dan coletazos- en una sociedad mayoritaria de hombres y mujeres con poca conciencia que demonizaban a cuanta mujer levantara la voz –o el puño- contra la opresión machista de un sistema que era injusto en casi todas sus vertientes: en lo político, en lo legislativo, en lo laboral y que hacía gala de un paternalismo indecente para con las mujeres en general y para las que habíamos estudiado argumentos en la universidad en particular.

Yo no quise que me llamaran “feminista” en los años 70/80: me daba vergüenza. Y sin embargo, lo era, vaya que sí, cuando me agarraba pataletas por tener que llevar la firma de mi marido al banco para conseguir un talonario de cheques de la cuenta donde se ingresaba MI salario. Fui “feminista” cuando me peleé con todo lo que se movía porque no podía obtener mi pasaporte (con los dieciocho cumplidos) sin permiso de mi padre; fui “feminista” por salir unos días de vacaciones con una amiga en vez de con mi marido aunque tuve que pagar un alto precio por cada pequeña parcela de libertad conseguida.

Pero ahora los tiempos han cambiado para mucho mejor y ya puedo decir con la cabeza bien alta, a mis sesenta años, que sí, que SOY FEMINISTA con todas las consecuencias. Que por fin la sociedad se ha dado cuenta de que ser feminista no es pretender castrar a los varones sino luchar por la igualdad de oportunidades y de derechos entre hombres y mujeres.

Aunque en la calle queda muy bonito decir que a nadie le gusta el machismo y luego resulta –desgraciadamente- que de puertas para adentro las actitudes (tanto de muchos hombres como mujeres) son en demasiados casos todo lo contrario. Miremos, si no, alrededor; miremos en casa o en la del vecino; miremos en el patio del colegio, en el parque, en la oficina, en el ambulatorio, en los bares y discotecas, en los programas de televisión, en las revistas de cotilleos.

Hagamos nosotras, como mujeres, un examen de conciencia para ver si todavía estamos “amparando” actitudes machistas de esas que nos inculcaron en el siglo pasado. No más decirle a una hija: “Aguanta, que ya se sabe cómo son los hombres”. No más decirle a un hijo: “Tú, hazte respetar, que se vea quién lleva los pantalones”.

Quitémonos como mujeres libres esa absurda “vergüenza” de decir alto y claro, SÍ, SOY FEMINISTA.

Como proclamaba la insigne filóloga y lexicóloga María Moliner: “El feminismo es la doctrina que considera justa la igualdad de derechos entre hombres y mujeres”. Así que, o somos todos feministas o tendremos que hacérnoslo mirar…

En fin.

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Reflexión del lunes. “Consideración con los demás”
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Cecilia Casado | 06-03-2017 | 8:35| 0

Debajo de mi casa se aparca en batería. Quien decidió la distancia entre las rayas pintadas en el suelo debió de pensar que todos tenemos coches pequeños tirando a pequeñitos. En consecuencia, cada vez que aparca un coche mediano o grande es inevitable ocupar parte del espacio adyacente. Un despropósito municipal como tantos otros que nos lleva a lo siguiente.

Ayer mismo –mientras paseaba a mi perrillo- observé cómo un conductor apuraba centímetros para insertar su coche entre otros dos. De tal manera que su puerta del copiloto quedaba casi rozando (pero sin rozar) la del coche de al lado. Él salió por la suya con un curioso contorsionismo gimnástico debido al poco espacio sobrante. Ufano, ya se alejaba cuando se topó con mi mirada y mi sonrisa. Se paró –porque era evidente que yo iba a decirle algo- y me interpeló con el gesto de – “¿Pasa algo?”, al que yo correspondí verbalmente con un: “¡Qué poco sitio hay entre dos rayas!”. El hombre –un chico en la treintena- dedicó un segundo a observar lo que yo le indicaba y se encogió de hombros como diciendo: -“¿Y a mí qué me importa?”. Fin de la jugada.

Sé por experiencia que meterme en camisa de once varas no me reporta más beneficio que la reflexión y, a veces y no siempre, una pequeña satisfacción tipo “justiciera”. – “¿Y si le digo que es MI coche al que está dejando bloqueado? Seguramente entonces no podría alejarse tan ufano…, pero claro, sería una mentira…” Y mientras esto y lo otro pensaba ya mi perrillo tiraba de la correa y de mi pensamiento en otra dirección. Me alejé un poco rabiosa y otro poco más enfadada conmigo misma por no haber sido capaz de reaccionar mejor. Ese defecto mío –que durante una época creí virtud- de intentar decir a los demás lo que hacen mal para que lo corrijan…

¿Cuántas cosas hacemos al cabo del día escudándonos en el más que consolidado: “el que venga atrás, que arree”?

Si me levanto de la terracita del bar donde he disfrutado del café y el croissant, no me importa dejar platos sucios, migas y desechos diversos bien a la vista, como bienvenida para el siguiente usuario.  Si en una tienda grande de ropa se me cae al suelo un vestido, una camisa de la percha, ahí se quedan: total… Por no enumerar las pequeñas desconsideraciones domésticas de la convivencia: suciedad para que la limpie el otro, desorden indiferente, acabar con las galletas (o naranjas o yogures o cervezas) y actuar como si se liquidase el minibar de un hotel a la espera que venga la “camarera de piso” y lo reponga ella. Por no hablar del baño compartido donde se va dejando la porquería que nos sobra sin importarnos menos que nada que sea una persona querida (y que debería ser respetada) la que venga detrás a solucionar el desaguisado.

¿Qué nos impulsa a ser desconsiderados con los demás y quejarnos amargamente cuando son los otros los que nos castigan con la misma falta de consideración? ¿Es cuestión de educación únicamente?

Éstas y otras cuestiones me estuve planteando mientras daba la vuelta preceptiva con mi perro por los jardines aledaños. Cuando regresé a casa no pude evitar fijarme en el coche “abusador” y el coche “abusado”. Allí estaban, esperando a ver qué conductor llegaba primero, si el que tenía la puerta expedita o el que estaba totalmente imposibilitado de abrir las suyas. Y recordé que ya me había pasado en una ocasión en que tuve que abrir el portón trasero y trepar por sobre los asientos para llegar al del conductor en una pirueta que – con mi edad actual- sería de dudosa realización.

Quizás la convivencia con otros seres humanos pase por una inevitable desigualdad: la que se da entre los que se lo llevan todo por delante y los que se resignan a lo que les pasa. Lo que ocurre es que me da a mí que solemos estar saltando de un bando al otro según las circunstancias nos  van marcando el ritmo del baile…

En fin.

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Sobre el autor Cecilia Casado
Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.

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