Diario Vasco
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Autor: A partir de los 50
Cómo comer un pastel frente al mar sin ver el mar. (O cómo hacer complicado lo sencillo)
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Cecilia Casado | 26-10-2016 | 7:26| 0

 

En la placidez de una mañana laborable y otoñal, en el transcurso de mi habitual paseo por la ciudad, recalé en los aledaños del Club Náutico, allí donde antes no había nada y ahora el mirador sobre el mar proporciona asiento, descanso y solaz para el cuerpo y el espíritu.

Estaba yo mirando al mar –que es una actividad completa en cuanto a sensaciones para el cuerpo, relax para la mente y regalo para el espíritu- cuando a dos metros se sentó una mujer algo más joven que yo.

Turista o visitante parecía por el mapa de la ciudad que asomaba de su bolso. En la mano izquierda –con mucho tiento- llevaba una tartaleta o pastel de crema. -“Qué buen momento –pensé- para deleitarse con un dulce en este paisaje casi idílico, al solecito del otoño”. En esto, la mujer estiró su brazo por encima de la barandilla y con el pastel en suspenso sobre el agua a unos cinco o seis metros de desnivel intentaba con el teléfono móvil capturar una instantánea. Es decir, pretendía fotografiar un primer plano del pastel con el mar como fondo. -“¡Ay, madre, que se le va a caer al agua!” –pensé-, pero tenía buen equilibrio y la mano no le tembló. Quizás no le gustó el enfoque y por eso intentó cambiarlo: un poco más a la derecha, unos centímetros más hacia arriba… y yo miraba el pastel, el móvil, a la mujer y no entendía demasiado por qué no se lo comía de una vez.

Al cabo de un par de minutos de intenso interludio fotográfico, le dio el primer bocado a la tartaleta, un bocado que dejó la marca circular de sus dientes en el pastel. Y entonces lo volvió a fotografiar, con la isla en el horizonte, un pastel mordisqueado lentamente en una secuencia que ya iba pareciendo documental.

Como tengo tendencia a la observación –aunque pueda resultar inicua y siempre inocua- me quedé colgada de los movimientos deglutorio/fotográficos de la mujer y, si bien con disimulo, seguí observándola discretamente.

Tardó en comerse el pastel sus buenos veinte minutos, fotografió el proceso concienzudamente, se hizo varios selfies masticando y, cuando finalmente se lo terminó, se enfrascó en su smartphone –quise pensar que editando las fotos o enviándolas por whatsapp a sus contactos.

Al final se levantó y se fue. No le vi posar una mirada reposada al paisaje, ni los mínimos segundos de contemplación de un mar excelso; ni se quedó a disfrutar de la caricia del sol ni del silencio del entorno. Ella vino a comerse un pastel y dejar constancia para la posteridad del acto.

Entonces miré alrededor y constaté lo que ya me temía. De las dos docenas de personas que descansábamos en el lugar, casi todas –por no decir todas- estaban con el móvil en la mano, manipulándolo de alguna manera, más atentos al aparatejo que al fastuoso día de otoño, soleado, sin brisa, dulce y salado a la vez, tranquilo, gratuito, esperanzador…

Observo la realidad circundante, cabezas gachas sobre fondo gris y me reafirmo en que no deseo dejar de mirar hacia arriba, hacia delante, alrededor. No quiero privarme de sentir la luz del sol, el calor, la brisa, los rumores y el silencio, me niego a perderme todo esto por estar mirando si alguien me ha enviado un whatsapp o me han dado un nuevo “me gusta” en Facebook.

No quiero. Y no lo voy a hacer.

En fin.

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Fotografía: Me saqué una foto de mis pies porque no tenía un pastel a mano…

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Amigos, colegas y conocidos
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Cecilia Casado | 24-10-2016 | 7:23| 0

 

Hace poco me descubrí sonriendo cuando una de mis hijas aludió al poco efecto que debería producir la soledad en mi vida puesto que tengo “muchos amigos”. Al momento sentí satisfacción, como si me hubieran lanzado un piropo o colocado una medalla; luego me di cuenta de que no es oro todo lo que reluce. Y me explico.

Eso de decir “tengo muchos amigos” se puede convertir –como no se tenga cuidado- en un acto de soberbia o vanidad, ya que una cosa es lo que nosotros creemos y otra muy distinta cómo se ve esa misma cuestión desde “el otro lado”. Así que me puse a dilucidar no quién ocupa un lugar en mi corazón porque así lo he decidido yo sino en qué casos ocupo yo un lugar en el corazón de otras personas porque lo han decidido ellas…

Como no voy a barrer para casa –el autoengaño no me sirve ya- he intentado utilizar un método de cribado lo más objetivo e imparcial posible. (Todo lo objetiva e imparcial que consigo ser  en un día tranquilo y de relativa lucidez emocional y mental). El método consiste en ir pasando lista “una a una” de las personas que considero mis amigas y ver REALMENTE cómo es la relación entre ambos.

¿Cada cuánto tiempo tengo noticias de mis amigos? Ahí me pelearé con quien dice que no importa si no sabes nada de un amigo durante meses o años porque la amistad “sigue ahí”. ¡Pues no! Nuestra vida cotidiana está llena de pequeñas incidencias y circunstancias que la van conformando sobre la marcha y tan sólo un amigo que sepa de esas vicisitudes, de un eventual descalabro emocional, de la alegría por las pequeñas cosas o del quiebro de los sentimientos, puede ser considerado como tal con todos los honores, a mi entender. A mí no me sirve creer que tengo –es un ejemplo- una “amiga íntima” con la que no es posible coincidir en meses por otros intereses de agenda, aunque de vez en cuando, por guardar las formas del cariño, nos llamemos por teléfono con el manido: “hola qué tal va todo, bien y tú”. No vale, no cuela. Otra cosa son los amigos que están lejos geográficamente; ahí tampoco hay disculpa gracias a las tecnologías actuales.

Mi reflexión va en el sentido reversible del asunto, no se trata únicamente de cuánto quiero yo a mis amigos sino de cuánto me quieren ellos a mí: y a los hechos me remito, ahí no hay trampa ni cartón cuando se trata de ver quién llama para compartir planes, quién cuenta conmigo para hacerme partícipe de sus cuitas, quién se interesa por la salud de un familiar ingresado, quién quiere estar conmigo porque le intereso como persona.

Entonces los “amigos” empiezan a bailar en las listas de las diversas posibilidades y algunos se desplazan por derecho propio a la de “colegas” –porque nos une algún interés común- o a la más abarrotada y poco enjundiosa de los “conocidos”. Puedes pasar una jornada entera con los colegas, una comida, una excursión cultural y volver a casa con la sensación de que te lo has pasado bien…y poco más. Y si el tiempo compartido es con los conocidos la sensación es más superficial, incluso puedes llegar a pensar que podías haberte quedado en casita tan ricamente en vez de andar de pintxo pote compartiendo conversaciones anodinas y faltas de interés.

Pienso y pienso en cómo me verán ellos a mí, que también tendrán su propio “baremo” en el que me habrán incluido en una u otra lista, pero como no tengo una varita mágica para leer la mente ajena (afortunadamente) me quedo con los hechos prácticos: no me llamas ergo te intereso poco. Y así vamos dejando las cosas claras de una vez por todas.

Todos somos amigos, colegas o conocidos de alguien, así que tan sólo habría que conseguir un equilibrio más o menos aceptable entre lo que somos para los demás y lo que los demás son para nosotros. Parece un juego infantil, pero mucho me temo que no lo es.

En fin.

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Matrimonios de conveniencia
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Cecilia Casado | 21-10-2016 | 7:17| 0

 

 

Quizás hemos creído de buena fe que el concepto “matrimonio de conveniencia” se limitaba a aquéllos que se pergeñaban hace unos cien años o más entre familias que querían unir, conservar y enriquecer sus bienes o tierras como una costumbre tirando a decimonónica y trasnochada. O que en otras culturas y religiones se sigue utilizando en la actualidad “vendiendo” a la mujer para que procree, sirva y trabaje para el hombre. Sin embargo muy sorprendidos quedaríamos si parásemos la vista no demasiado lejos de nuestra casa y observáramos cómo funcionan muchísimos matrimonios de esta época y esta sociedad nuestra.

Quizás hayamos creído que un “matrimonio de conveniencia” se prepara cuando los miembros del mismo comienzan la andadura en común y no nos hemos parado a pensar que también puede ser la degeneración o metamorfosis de un matrimonio “por amor” al cabo de varios lustros de convivencia.

Los intentos que hice en el pasado de durar matrimonialmente junto a un hombre no superaron los siete años de convivencia. Dicen que es una cifra fatal –los siete años- y que sobreviene la crisis y es muy difícil superarla sin dejarse la piel en el empeño. A veces se intenta arreglar –esa crisis- con un nuevo hijo; o con una separación temporal para “tomar aire”. Otras, se acude a una terapia de pareja o a un crucero por el Nilo. En casi todos los casos, los que siguen adelante, lo deben de tener muy claro si es que el amor ya no es lo que era y se ha transformado en ese “cariño” que dicen nace de la convivencia más de “compañeros de piso” que de otra cosa.

No sé mucho de los matrimonios felices que se quieren después de veinte o treinta años como el primer día; no sé muchos de los que siguen bien avenidos, respetándose y queriéndose caiga quien caiga. Y digo que no sé porque no entro en “el dormitorio” donde la pareja desvela sus luces y sus sombras. Las parejas que “se llevan bien” no dicen ni mú. El insigne Tolstoi lo reflejó perfectamente en la genial frase de obertura de Anna Karenina. “Todas las familias felices se parecen; pero las infelices lo son cada una a su manera”.

Son las parejas que tienen problemas las que airean sus chirridos y manifiestan sus encontronazos, por no hablar de un larvado sentimiento de rabia y culpa hacia “el otro” que, como siempre, es el que tiene la culpa de la infelicidad propia.

Los matrimonios de conveniencia existen entre nosotros y están muy presentes en el entramado social al que pertenecemos. No hace falta ir demasiado lejos para toparse con unos cuantos, puede incluso que  haya alguno colgando de una rama del árbol genealógico…

Conocí de primera mano a un hombre “mal casado” e infeliz a tumba abierta; después de quince años de matrimonio la vida le había “engañado” –según él- en todo. No le llegó la felicidad al casarse con una mujer de mal carácter –que él creyó que se suavizaría con el tiempo. No le hizo feliz tener un hijo que fue educado según el criterio de su esposa y enfrentado al suyo propio. Ni le hizo feliz trabajar para proveer los caprichos –además de los gastos básicos- de su “familia”. Pero claro… ¿Separarse y ser el malo de la película? ¿Trabajar todavía más para mantener dos casas? ¿Tener que cocinar, lavar, planchar y ver la tele en solitario? –“No me conviene”, decidió. Así que siguió –y todavía sigue- con su “matrimonio de conveniencia”.

Cuando la historia es al revés, a veces –y sólo a veces-, la mujer pega un zapatazo (si está muy harta y tiene ingresos propios) y hace borrón y cuenta nueva. Pero si no tiene independencia económica o la suficiente fuerza emocional y autoestima, seguramente seguirá estancada en un matrimonio de conveniencia que acabará como el rosario de la aurora.

-       “¿A dónde vas a ir tú a tu edad?”

-       “¿Y si te pasa algo…quién te va a cuidar?”

-       “Mejor hacer cada uno su vida y seguir juntos”

-       “¡Qué mal ejemplo para los hijos!”

-       “Si me separo a mis padres les daría un gran disgusto”

-       “Si conozco a otra persona…ya veremos entonces”

-       “Uf, menudo follón, una separación, y lo que cuesta”

En realidad, hacer lo que a uno “le conviene” es algo que está muy bien aceptado por la sociedad siempre y cuando no se meta el dedo en el ojo del otro de manera descarada. Así se salvan muchas parejas: con relaciones paralelas, amantes de escapadas vacacionales, mirando hacia otro lado cuando toca y, sobre todo, dejando que la pareja tenga “su propia vida” sin tocar mucho las narices. O como le escuché decir a una mujer una vez: -“Me da igual lo que haga mi marido mientras en casa se porte bien”. Que lo que quería decir era –por supuesto- mientras siguiera trayendo el sueldo y entregándoselo a ella… ¡Otro “matrimonio de conveniencia”!

Nos creemos muy modernos porque manejamos la última tecnología y ya no tenemos que expresar nuestra opinión política en voz baja. E incluso puede que nos sintamos especialmente libres convencidos de que este país pertenece a la parte del mundo donde no hay guerras ni totalitarismos en el poder. Pero en el fondo también somos “ciudadanos de conveniencia” y preferimos tener a alguien al lado –o por encima- con tal de no enfrentarnos a la aterradora soledad que trae de la mano la libertad; cualquier forma de libertad.

En fin.

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“Haz lo que yo digo y no lo que yo hago”
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Cecilia Casado | 19-10-2016 | 7:20| 0

 

Ya desde pequeñita me gané más de un bofetón por poner en solfa situaciones o actitudes que veía alrededor. Mi pequeño cerebro –incluso cuando aún no tenía “uso de razón” según mis mayores- se cortocircuitaba cada vez que pillaba a alguien en flagrante contradicción. Todavía no había escuchado la famosa frase “haz lo que yo digo y no lo que yo hago”, pero camino iba de experimentarla aunque fuera por pasiva imposición.

Las chispas saltaron con el tema de los principios religiosos; no es que dudara de los dogmas de fe que me inculcaban, pero es que a mí me resultaba más fácil aceptar –por poner un ejemplo- el misterio de la trinidad divina que algunos chirridos del día a día. Cuando me decían que los “buenos” iban al cielo y los “malos” al infierno y se me armó un cacao mental descomunal porque la etiqueta de “bueno” o de “malo” veía yo que se adjudicaba arbitrariamente, o por lo menos con criterios que a mí me olían a chamusquina. Ahí creo que empezó a urdirse la semilla de mi futura apostasía.

En casa las cosas no iban mucho mejor; castigos o bofetadas estaban a la orden del día para ponernos luego todos a rezar o ir en procesión a misa el domingo, porque “la familia que reza unida permanece unida” –que fue un eslogan nauseabundo de la época- y era una falacia porque yo ya veía que unos y otros se llevaban mal entre ellos, criticándose, ninguneándose o, lo que es peor, haciéndose daño vilmente sin importar para nada el árbol genealógico.

Algunas monjas que me tocaron en suerte en el colegio hablaban continuamente de la pureza pero en el internado a donde me confinaron mis padres durante varios meses no nos dejaban ducharnos más que una vez a la semana y esa imposible relación entre la falta de higiene y la pretendida pureza no la llevé nunca de buen grado. Años después comprendí de qué pretendían “protegernos” las siervas del Señor.

Los chicos y los escarceos que nos traíamos entre manos con ellos también me dieron muchos disgustos: “si me quieres demuéstramelo” –decía el noviete de los quince- y si le dejabas meterte mano luego decía por ahí que eras una “cualquiera”. Los hombres un poquito más mayores –que no maduros- no me dieron demasiadas pruebas de coherencia emocional y también pretendían que yo fuera “suya” mientras ellos pretendían ser “de todas”.

Por aquellos mismos años vi también a “señoras” tratando al llamado por entonces “servicio doméstico” como esclavas y a patrones abusando de los obreros quedándose las cuotas de la S.Social que les descontaban del sueldo y cómo, agarrados del brazo, señoras y patrones, con la cabeza bien alta, iban los domingos a misa de doce haciendo de familias ejemplares de la comunidad.

Como anécdota más divertida del “haz lo que yo digo pero no lo que yo hago”, quién no recuerda a aquellos médicos que fumaban en la consulta del ambulatorio –antes de que lo prohibieran-; hasta una vez topé con un dentista que tenía los dientes hechos un asquito.

El tristemente famoso “haz lo que yo digo y no lo que yo hago” tenía diversas variantes multiusos. Una de ellas era “Cuando seas padre comerás huevos” –que hay que tener cultura literaria para saber el origen-, o “Sabe más el diablo por viejo que por diablo” –que me hacía mirar a mis abuelos y padres como reos del fuego eterno- hasta eclosionar en el más que abundante y cotidiano: “porque lo digo YO y punto”.

De aquellos polvos, estos lodos, qué duda cabe, así nos luce el pelo a todos en este mapa y este territorio, que todavía creemos que quienes alzan la voz (e incluso la férula del poder) tienen más razones que los que callamos porque no queremos entrar en discusiones bizantinas que desgastan y embrutecen a quien las mantiene.

Mucho mejor como les decía yo a mis niñas: “haz lo que yo hago si te parece bien y no eches cuentas de lo que digo que a veces son tonterías”.

En fin.

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Pequeñas fobias: el domingo
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Cecilia Casado | 17-10-2016 | 7:01| 0

 

Ya desde pequeña se me antojaba este día el peor de la semana. Le cogí manía por mil motivos que me parecían justificados. La misa mañanera en familia (que rompía todos los otros planes), la comida aburrida como el “Día de la Marmota”,-arroz y pollo-, la sobremesa con película en blanco y negro. De adolescente quería hacer cosas diferentes a pasear por el centro de la ciudad pero mis amigas tan sólo querían mirar y dejarse ver por los chicos que, seguro, se aburrían tanto como nosotras. De novia y recién casada la comida en casa de la suegra y jugar a los aburridos juegos de mesa a la espera del salvador lunes que nos reintegraba de nuevo al trabajo y a la vida.

Ahora que ya ni voy a misa ni tengo suegra, el domingo es el día que sobra en mi calendario. Rosa Montero lo describe con buen acierto en su libro “La carne”:

Pese a ser 9 de noviembre, ese domingo hacía un día templado y luminoso y el parque del Retiro estaba lleno. Cumpliendo la ley inexorable que Soledad conocía tan bien, todo eran parejas, por supuesto. Parejas solas o parejas con niños o parejas con perros. A veces, parejas con dos perros que a lo mejor también eran pareja. Como sin duda estaban emparejados los patos del estanque, y las tortugas y las urracas vestidas de pingüino, blancas y negras, que siempre iban de dos en dos, one for sorrow, two for joy…”

A pesar de mi aceptación de la soledad por buscada y elegida, me chirría a veces el empecinamiento social de bailar en pareja o en corro en vez de “bailar a lo suelto”. Mis amigos –casi sin excepción- dedican el domingo a sus familias (escuetas o abrumadoramente extensas); o bien a su pareja (que para eso la tienen). El domingo es el día en que las relaciones sociales se quedan en stand by, es el día en que a los que vamos de no-dependientes por la vida se nos divisa desde lejos porque que hay un espacio hueco y vacío a nuestro lado.

Ayer domingo salí pronto a la calle a pasear al perro; luego lo dejé en casa y me lancé a patear un parque, la longitud de la playa en marea baja, el paseo del río, otro parque y, finalmente, exhausta de caminar a paso ligero, regresé a casa para ducharme, vestirme de civil y volver a sacar al perro. Una terracita me invitó a un aperitivo leyendo la prensa. Todas las mesas circundantes abundaban en grupos familiares –con o sin niños, con o sin ancianos en silla de ruedas- y allí estaba yo y nadie más como yo, que he aprendido a no sentir ya las miradas de la gente y a no imaginar nunca más sus pensamientos.

¿Qué hacen las personas que se quedan solas un domingo? ¿Van al cine de las cinco con la turbamulta joven o a la sesión de las siete con las parejas? Yo sé lo que hacen, lo sé muy bien. Cuando no tienen nadie con quien estar un día domingo, quizás madruguen y den un paseo o quizás vagueen por la casa hasta la hora de comprar el pan o la prensa, o ambas cosas o ninguna, haciendo tiempo para la comida solitaria delante de la tele, la siesta en el sofá y pasar la tarde como se pueda esperando a que acaben las horas de impuesto e insoslayable “aislamiento social”. La vida habitual se detiene, la algarabía de la vida laboral desaparece; tan sólo abren los bares y las pastelerías (para que los que forman parte de un grupo familiar puedan tomar el aperitivo y comprar un postre rico); no hay excusas ni ajetreo en el que confundirse. El domingo es el día que sigue siendo “diferente” y que, de alguna manera, obliga a miles de personas a serlo mal que les pese. Los restaurantes están más o menos llenos, pero ¡a ver a quién le apetece comer solo rodeado de seres que charlan y ríen o –peor aún- de esas otras parejas que comen en silencio!.

Así que, para no deprimirme ni echar en falta nada ni a nadie, dedico los domingos solitarios –cuando ningún amigo llama porque está con sus murrias o alegrías familiares- a hacer ejercicio sin mirar a nadie y las tardes a leer un buen libro. (“La carne” de Rosa Montero, da para un domingo entero). Si me canso lo alterno con una película. Y cuando me canso también, aprovecho la anochecida para volver a pasear al perro…en solitario.

Los domingos y yo nunca hicimos buenas migas; ni cuando tenía familia al alcance de la mano ni ahora que no la tengo para sumarme al grupo e interactuar con alguien. Los domingos me ofrecen también la posibilidad de la reflexión, del recogimiento a veces, incluso del descanso mental necesario para volver el lunes a la vida, a la semana “normal”, a sentir que me “reinicio” y vuelvo a funcionar, activa, contenta, incluso moderadamente feliz.

A veces nos juntamos dos que sentimos igual y disfrutamos; pero al final siempre llegamos a la misma conclusión: los domingos no están hechos para las personas como nosotros.

Os los regalo, mis domingos, a quienes os quejéis de que no os gustan los vuestros…

En fin.

* Ayer, domingo, antes de acostarme vi el programa “Salvados” dedicado al barco Astral y su labor humanitaria recogiendo refugiados -que huyen de la guerra y la miseria-en el mar Mediterráneo. Entonces sentí que mis domingos son privilegiados en vez de extraños o tristes, que mi “pequeña fobia dominical” es absurda; más que absurda, indecente. Me fui a la cama con el alma encogida por tener tanto y encima no saber apreciarlo…

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Sobre el autor Cecilia Casado
Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.

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