Diario Vasco
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Autor: A partir de los 50
De vuelta a la playa
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Cecilia Casado | 22-08-2016 | 8:00| 0

 

Una de las diferencias básicas entre el Cantábrico y el Mediterráneo estriba en que en el primero no puedes sentarte a meditar cerca de la orilla por más de un rato relativamente corto: los paseantes te atropellarán o la marea –si es que está subiendo- te empapará. Pero en el Mediterráneo la cosa cambia sustancialmente; puedes sentarte casi con los pies metidos en el agua y no te avasallará una turbamulta paseante ni el agua dejará de mantener su ritmo cadencioso. Aquí la gente pasea por el paseo marítimo al caer la tarde y en la playa se limita a tomar el sol, jugar en el agua y dar de comer al dueño del chiringuito más cercano.

Esta situación es perfecta para las personas que, como yo misma, van a la playa únicamente por el placer de oler el mar, escuchar el mar, contemplar el mar y bañarse en él. Dejarse llevar por esos sentidos corporales y que el ánimo se acomode a un pensamiento volandero o a la simple y sencilla divagación.

Y observar a diestro y siniestro porque no es la playa el lugar idóneo –a mi entender- para leer un libro (cualquier clase de libro). El reflejo del sol daña la vista y el cansancio ocular aflora enseguida. Como revistas no leo y sudokus no hago y tampoco me expongo al sol en plan lagartija ni me quedo dormida no me queda otra que mirar al horizonte y perderme en ensoñaciones.

Ayer mismo, de vuelta de dar un largo paseo por la orilla –somos cuatro los paseantes a primerísimo hora de la mañana- fui observando que, a la altura de los hoteles que festonean la costa, la masa humana se concentra como si les acuciara la necesidad de agruparse frente a un hipotético enemigo. Un poco más allá, tan sólo cincuenta metros, extensiones de playa limpia y virgen dormitan al sol sin pies que profanen la arena ni gritos que asusten a los cangrejos. ¿Por qué se hacina la gente cuando tiene la posibilidad de ubicarse en espacios grandes? ¿Será por miedo o por pura vagancia? Todos los rusos juntos. Todos los alemanes juntos. Los catalanes de la zona a la altura del aparcamiento. Los turistas nacionales, alrededor del chiringuito. Creo que le llaman “efecto lapa”.

Las tumbonas. Esos mamotretos que alguna empresa con monopolio municipal –todas azules, todas cada año un poco más viejas- se alquilan al módico precio de 5€. Si te vas a casa y luego vuelves hay que volver a pagar el alquiler aunque sea en el mismo día. Al filo de la mañanita, cuando gusto de pasearme el entorno solitario y hermoso, observo a los “tumboneros” colocando su mercancía, de dos en dos, en las mejores posiciones cerca de la orilla del mar y orientadas hacia el astro rey. Luego van llegando los de casa y protestan, “eh, que la playa es pública” y van acomodándose alrededor de las solitarias y vacías tumbonas que están esperando a que alguna pareja de despistados abone los 10€ correspondientes por tumbarse sobre una superficie plástica, oliendo a aceites de mil cuerpos pretéritos. Las utilizan de otra manera los subsaharianos ilegales para esconderse debajo cuando asoman por el paseo los chalecos reflectantes de la guardia municipal de playas.

Ahí llegan: los vendedores ambulantes en la playa. Esa es otra y no de tamaño pequeño. Estando como está absolutamente prohibida la venta ambulante –no sólo en la playa sino en todo el pueblo- los pobres vendedores pululan por la arena ofreciendo sus mercancías made in china pero con marcas francesas imitadas. Cuando se acostumbran dejan de mirar los pechos de las adoradoras de Helios y se dedican a lo suyo: a ganarse la comisión que la mafia de turno les ofrece por cada bolso, cartera, gafas o gorra vendida. Los municipales miran desde lejos y no hacen nada porque no tienen orden de hacer nada, lo que siempre me ha llevado a pensar si el tinglado de venta ambulante en la playa no está dirigido por algún concejal con sonrisa de conejo por delante y muchos votos por detrás. Me desconcentran. Luego vienen las familias con sus niños y sus suegras y cuñadas –que son las que más gritan después de las madres. Los niños molestan bastante menos que sus mayores.

Es entonces cuando llega el momento de marcharme con viento fresco –aunque en realidad sea bastante calentito- y cuando echo la última mirada a la playa repleta, se me ocurre pensar que la crisis empuja al que no tiene dinero a disfrutar de un espacio lúdico, hermoso y natural que es gratis a la vez que los hoteles están repletos hasta la bandera de foráneos que vienen a dejar sus dineros en esta tierra maltratada por tanto y por tantos.

En fin.

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Helados de Semana Grande
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Cecilia Casado | 12-08-2016 | 7:19| 0

 

Yo tendría más o menos ocho años y del mundo ya sabía más de lo necesario para esa edad, a saber, que la vida podía ser terriblemente injusta y deliciosamente agradable a la vez. Y en ese tema los helados forman parte importante de mi recuerdo. De las horribles sesiones de dentista/torturador de la época, me he quedado con el helado “de corte” con el que después me aliviaba mi madre el sufrimiento. Era un premio de consolación (y vaya que si consolaba).

Pasar largas temporadas en casa de mis abuelos, alejada de mis padres y hermanas pequeñas, hallaba el pequeño espacio de equilibrio emocional cuando llegaba el domingo y con él el postre suculento en forma de helado, otro “premio de consolación” con aspecto lujoso que tapaba otras penas a la vez que las endulzaba.

Al no existir frigoríficos con congelador los helados eran artesanales (quién los pillara ahora entre las capas de grasa, colorantes autorizados y potenciadores de sabor al uso) y para degustar tal exquisitez no quedaba más remedio que recurrir a la inmediatez de la compra. En San Sebastián, en el barrio de Gros, existía un establecimiento que me fascinaba; una horchatería/heladería que abría únicamente de primavera a otoño y cuyos productos me atraían tanto como un abrazo cariñoso. “Heladería Española” era su nombre, venerado por la chavalería y por quienes podían permitirse el pequeño dispendio de una horchata, un helado de chocolate, café, chantilly, fresa, limón, vainilla o tutti fruti. No había más paleta de sabores… ni falta que hacía. El negocio sucumbió al cansancio y al asalto de los helados industriales hace ya algunos años.

El domingo, en casa de mis abuelos, si los vientos soplaban favorables, de postre había helado. Un helado que traían a la puerta en un termo de corcho –que luego fue poliespán-  de color verde, de la mano de un repartidor con bicicleta. Yo veía a aquellos chavales que dedicaban la sobremesa del domingo a repartir helados por el barrio a cambio de la simple propina que les dábamos y me parecía muy triste, pensaba que ellos eran “pobres” y nosotros “ricos”, que era algo así como creer que unos éramos más felices que otros y que la vara de medir tenía forma de helado de cucurucho.

Aunque también estaban “Los Italianos” y la heladería “Vesubio”. Establecimientos ubicados en el Centro y en la Parte Vieja habiendo resistido uno de ellos –casi en su formato original- hasta el día de hoy. Algunas panaderías/pastelerías también dedicaron una parte de su negocio a fabricar helados, pero primaba la cantidad sobre la calidad, buscaban el precio barato y popularizar la delicatessen que ya iba convirtiéndose en algo más popular. Fabricaban sobre todo “polos”, aquellas porquerías de hielo de colores que eran un mal sustitutivo del helado “de verdad”. Inventaron el bombón helado, el plátano helado y el helado “al corte”, y no había evento, celebración, boda, bautizo o cumpleaños que se preciara que no incluyera helado en el menú del postre, aunque no fuera más que una bola de vainilla al lado de la tarta preceptiva.

Pero a lo que iba. Que tus abuelos te invitaran a un helado cuando salías a pasear con ellos ya era motivo suficiente para justificar toda una tarde dando vueltas y saludando a gente (ellos, no yo). Tomar un helado era un lujo; un lujo al alcance de casi todos pero un lujo en una época en la que no se acostumbraba a tomar fuera de casa prácticamente nada. A ninguna madre se le hubiera ocurrido dar a su hijo una merienda que no fuera el consabido bocadillo preparado en casa; para eso estaban los abuelos.

Así que el hecho de tomar un helado estaba relacionado con algo especial; como la Semana Grande o que te hubieran llevado al dentista. Esos días de Agosto se salía de casa después de cenar y de postre te invitaban a un helado: eso era un lujo. Como el pollo de los domingos.  Ahora, que todos somos igual de pobres y ya no estamos para lujos, se ha transmitido de abuelos a nietos el recuerdo de un placer que hoy en día ya no lo es más que en un recóndito lugar de la memoria nostálgica. Aunque todavía haya quien se engañe creyendo que es una tradición. Como el pollo de los domingos.

Comienza la Semana Grande y una turbamulta ilusionada consumirá helados sin parar, antes, durante y después de…lo que sea.

Es el momento en el que instalo mi “frontera portátil” y me quedo lejos del ruido, del fragor de la fiesta…y de los helados. Vacaciones en el barrio desierto, les llamo yo.

Me retiro a mis aposentos, pero dejo el Blog ABIERTO a aportaciones, comentarios y apuntes diversos. Que no decaiga…

En fin.

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Crecimiento personal. “La vida en dos actos”
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Cecilia Casado | 10-08-2016 | 8:10| 0

 

Desde que atravesé el “ecuador” de la vida –menudo eufemismo- y fue un hecho que “ya no cumpliría los 50”, mi mente ha dado un giro de 360º y se ha posicionado otra vez en la casilla de salida aunque habiendo modificado al propio gusto y personal interés el tablero de juego.

Digamos que el vuelco comenzó en el año 2000 –por aquello de tener una fecha redonda sobre la que apoyarme; aquel año de infausto recuerdo me estrellé con mi moto frontalmente contra un auto que se saltó un STOP y estuve varios meses de baja. Además, el que creía “el hombre de mi vida” me traicionó arteramente (como se comenten todas las traiciones). Mi cuerpo reaccionó ante el sufrimiento que no sabía gestionar y formó un tumor en el pecho izquierdo que hubo de ser extirpado para comprobar que –bendita buena suerte- me iba a ser ofrecida otra oportunidad.

Me quedaban mis hijas y el trabajo, -valiosos puntales-, y los restos de mí misma, aunque no pasaron muchos años sin que la montaña laboral se llenara de grietas y me abocara indefectiblemente a una prejubilación forzosa. La vida patas arriba.

No fueron buenos tiempos, no lo fueron en verdad, pero como no tenía más que dos opciones –luchar o tirar la toalla- elegí la que me pareció emocionalmente más inteligente, la primera, porque tenía en mi corazón la responsabilidad de la vida de mis hijas. Así que hice lo que me tocaba hacer, es decir, reciclarme a mí misma. (Hay quien dice que se “reinventa”, pero me suena pretencioso)

Cumplidos los cincuenta años y con toda la vida por delante (toda la que me quedaba) miré hacia atrás UNA SOLA VEZ. Me ví a mí misma sin ser yo misma, acuciada por la presión familiar y social de “ser alguien” o “llegar a algo”. Años estériles de esfuerzo, trabajo y cansancio… ¿para qué? Para cumplir con el mandato educacional sin tener en cuenta mis verdaderos deseos, mis capacidades, mi voluntad y mi libertad. Como tantas otras mujeres (y tantos hombres) hice lo que se esperaba de mí que hiciera. Pero lo hice a mi manera, de forma que los resultados no fueron los marcados en la estadística al efecto. Estudié, trabajé, me casé, tuve hijos, me divorcié, di la nota, me peleé con mi pequeño mundo y acabé con cincuenta años con “una mano delante y otra detrás” emocionalmente. Perfecto. Ideal para volver a empezar. Fin del Primer Acto.

Swami Prajnanpad, un luminoso sabio hindú, definió las tareas de la vida de una manera tan simple, sencilla y rotunda que casi cuesta percibir su profundidad y nítida verdad: “hacer lo que tenemos que hacer, dar lo que tenemos para dar y recibir lo que nos toca recibir.” Simplemente eso.

Lo mejor de todo esto es que yo he vuelto a tropezarme con esta frase en un libro*, y también con el sentimiento de que llevo varios años haciendo justo lo que el sabio propugna; atisbos de íntima felicidad. Más que nada porque me doy cuenta de que nadie “inventa la pólvora” sino que hay una pequeña sabiduría dentro de cada uno de nosotros que nos indica el camino a seguir; otra cosa es que nos atrevamos a seguirlo.

En el Segundo Acto de mi vida estoy haciendo lo que tengo que hacer y no otra cosa: vivo tranquila, escucho a mi cuerpo, siento la Naturaleza, he dejado de perseguir cualquier meta. Doy y comparto lo que tengo para dar: mis palabras, mi tiempo, mis reflexiones, mi autocrítica. Y recibo lo que ahora me llega, que es tanto que jamás habría podido imaginarlo.

Leo por penúltima vez el libreto de mi vida y me doy cuenta de que lo que hice hasta los cincuenta no fue más que la preparación del terreno para lo que iba a sembrar después. Es decir, ahora.

En fin.

LaAlquimista

(*) “Vivir en el alma” Joan Garriga Bacardí

 

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Planes “sobre la marcha”
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Cecilia Casado | 08-08-2016 | 7:00| 0

 

En las antípodas de las personas que necesitan llevar una agenda rigurosa donde apuntan citas, compromisos y eventos con meses de anticipación -que son inamovibles por decreto ley-, están esas otras personas que todo lo hacen “sobre la marcha” y que no se comprometen ni con nada ni con nadie.

Como esto va de autocrítica, diré que me siento más identificada con el primer grupo aunque, de vez en cuando, me paso a las filas del segundo con total impunidad. Es decir, que para unas cosas soy muy ordenada y puntillosa y para otras pelín anárquica; porque puedo y quiero hacerlo y porque para eso tengo la libertad.

Pero el caso es que llego a preguntarme si estoy haciendo bien en cualquiera de los dos casos, porque ¿qué es mejor o más justo? ¿Aceptar –y cumplir- compromisos que nos llevan a tener buenas relaciones con el prójimo, además de socializarnos productivamente, o dejar que sean los impulsos de última hora los que nos lleven a acudir a las citas?

Pongamos ejemplos para ilustrar el dilema. Supongamos que un amigo nos propone hacer una excursión el domingo y le contestamos con un: “no sé, ya veré de qué humor me levanto ese día, sobre la marcha”. ¿No es acaso colocar a quien nos invita a compartir en el último lugar de la fila de nuestras preferencias y dejar que la amistad fluya únicamente con el albur de la apetencia del momento?

O supongamos que le digo a una amiga de salir a comer el viernes o cenar el sábado. Lo que yo quiero es que me diga que sí –o que me diga que no-, pero que no me maree con un “sobre la marcha ya te diré algo” porque entonces…¿qué tengo que hacer? ¿Esperar a que le sople el viento del buen lado a esa amiga para salir o no salir? ¿Aceptar la incertidumbre?

Bien es cierto que tenemos todo el derecho del mundo a no comprometernos con lo que no nos apetece de momento; y que usaremos la libertad para decir “sí” o “no” a cualquier propuesta; pero ese jugar a dos o varias bandas –que en el fondo no suele ser más que guardarse el as en la manga de elegir entre los posibles planes el que más acomode- siempre me ha dado cierto repelús.

Sin embargo ocurre que cuando se comentan los temas entre amigos, sale la famosa libertad de actuación y quien no quiere comprometerse defiende su postura diciendo que no pasa nada, que prefiere quedarse solo o sola antes que comprometerse, que elige la libertad por encima de la compañía, que compartir o no un trocito de vida con los demás no es prioritario, que –en definitiva- le dejemos en paz con sus decisiones.

Repetir una y otra vez que “cada uno es como es y libre de tomar sus propias decisiones” es un lugar ya demasiado común. Ya lo sabemos, vaya que sí. Pero el tema es mucho más enjundioso que todo eso; el tema habla de quienes usan dos varas de medir diferentes. Una para “nadar y guardar la ropa” y otra para hacerse los amables cuando les interesa y ser capaces de comprar unas entradas para el teatro, un concierto o los billetes para un avión con cinco meses de anticipación. Entonces sí que pasan de ir “sobre la marcha” porque el interés puede más que los principios.

Al final, volvemos a darnos de bruces con las contradicciones propias y las ajenas. Si es que no dejaremos de aprender nunca…

En fin.

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Donostia, la ciudad cara llena de pobres
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Cecilia Casado | 05-08-2016 | 7:08| 0

 

Para escribir este post me he documentado con cuidado. En vez de dejar que las ideas salgan de mi mente o broten del corazón y lleguen al teclado del ordenador sin pasarlas por ningún filtro (como suele ser habitual en mí), he buscado datos fiables para compararlos con la realidad que nos toca vivir a los donostiarras.

Según las estadísticas, Donostia-San Sebastián ocupa el primer o segundo lugar del Estado en cuanto a costo de la vida; es decir, que aquí todo es más caro o mucho más caro que en otras ciudades. Desde algunos impuestos municipales y el precio de los alquileres, pasando por los profesionales privados (medicina, enseñanza y servicios de asesoría), hasta la cesta de la compra, ese medidor infalible que machaca al ciudadano obligándole a pagar por los yogures y el pan más que en cualquier otro lugar. De la hostelería mejor ni hablamos puesto que en ese apartado se disparan todas las alarmas llegando a darse el disparate de que un hotel de 2 estrellas (por poner un ejemplo) cobre por una habitación doble en temporada alta la escalofriante cantidad de 195€ por noche. (Fuente: Booking.com). El m2 inmobiliario/habitable se pone a niveles “manhattianos” y la “milla de oro comercial” no le anda a la zaga. De los taxis no pensaba hablar, pero quiero compartir que el viernes pasado y ante la perspectiva de esperar al autobús nocturno treinta minutos, tomé un taxi del Boulevard a Amara: 10€ de vellón gracias a la tarifa más cara (o casi) de todo el país.

Visto esto cualquiera que tenga un mínimo de lógica en su haber dará en pensar que los donostiarras somos una especie privilegiada en lo económico, es decir, que nuestros bolsillos se llenan a tenor de lo que hay que desembolsar para conectarse al mundo cada mañana. Se podría deducir también que los salarios están en justo equilibrio con los precios de las cosas y que aquí, quien más quien menos, ingresa todos los meses una cantidad de dinero sabrosa además de contundente.

Sin embargo, en esta ciudad hay muchísimos “pobres”, entendiendo por tal aquellas personas que están necesitadas o no tienen lo suficiente para vivir. Obviamente a nadie le gusta llevar un letrero prendido en el pecho indicando sus carencias –económicas o de las otras-, pero no hay más que darse una vuelta por el “circuito de la necesidad” para comprobar que lo que digo no carece de fundamento.

Cada día veremos a mucha gente rebuscando en las basuras o haciendo cola en los centros sociales o religiosos de entrega de alimentos. Los expositores de verdura y fruta al aire libre ofrecen –porque tienen gran demanda- productos de poca o poquísima calidad a tenor del precio bajo que ostentan. Cada vez proliferan más los comercios que ofrecen textil sintético o calzado plastificado de tres al cuarto y hasta el mercadillo dominical se abastece de género de segunda o tercera mano. En los barrios no céntricos, en los barrios donde el m2 sigue costando carísimo aunque la calidad de los edificios deje mucho que desear, se abren negocios que parecen de otra época: arreglos de ropa, peluquería o estética baratísima y hasta el zapatero de la esquina está desbordado de trabajo. Empezamos a hacer como nuestros abuelos, a arreglar las cosas en vez de tirarlas y sustituirlas por otras nuevas como hemos estado haciendo en los últimos lustros en los que se nos llenaba la boca fardando del “estado del bienestar” y de nuestra fabulosa calidad de vida.

Las tiendas de ropa llenan sus cajas mayormente en época de rebajas y si no fuera por el cliente francés, algunas de ellas no podrían cantar beneficios a bombo y platillo. El comercio pequeño, el autónomo de barrio, se acuesta cada noche con la angustia de no saber si llegará a fin de mes… para pagar sus impuestos o a los proveedores.

Socializamos en los bares el día del pintxo pote porque es lo que uno puede permitirse y no las locuras que pagan los extranjeros en los bares del centro –y los donostiarras ricos- a precio de oro. Si salimos a comer o a cenar fuera alguna vez procuramos que sea “de menú” y con eso nos damos por satisfechos. Ir al teatro o a un concierto –visto el precio de las entradas- queda fuera de las posibilidades de alguien que no tenga más que un sueldo vulgar y corriente, ya que ahora ser “mileurista” parece ser un chollo o una especie de privilegio.

Esta situación tan anómala me hace sentir como quienes tienden a pasearse por delante de palacios o mansiones, admirando sus fachadas e imaginando el lujo del que disfrutan sus inquilinos y luego vuelven a sus casas humildes con la satisfacción de haber dado un agradable paseo por la zona vip de la ciudad.

 El otro día comentaba el tema con unos turistas nacionales a los que conocí porque me preguntaron en la calle donde había “un restaurante barato”. Se asombraban de los precios habituales y decidieron que, siendo cinco de familia, más les convenía apañarse con unos bocatas y degustarlos en algún parque. Pero después de un rato de conversación me regalaron una sentencia impagable. “No te quejes, -me dijeron- vives en una ciudad preciosa y eso tiene un precio”.

Así que, hoy también, me daré una vuelta para ver “el ambiente” –que es gratis-, pasearé por mi parque favorito o me acercaré hasta el mar a respirar bronceador de coco. Acabo de pagar el I.B.I., la viñeta del auto y el seguro del hogar, así que no tengo el bolsillo para farolillos…

En fin.

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 Fotografía: Diario Vasco

 

 

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Sobre el autor Cecilia Casado
Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.

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