Diario Vasco
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Autor: A partir de los 50
Veraneando en Donosti
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Cecilia Casado | 20-07-2016 | 7:01| 0

 

Un día radiante de verano disfrutaba yo de una cervecita mirando el donostiarra mar. En la mesa de al lado, unos turistas patrios alababan el excelso panorama con que se les alegraba la vista. Me miraron y les miré sonriendo como una madre orgullosa de un hijo que ha metido un gol en el partido del colegio y ellos sentenciaron: “Imposible comprender que los donostiarras se vayan a otros lugares teniendo esta belleza a su disposición”. El aserto me dio en la línea de flotación puesto que soy la primera que caigo en ello y alabo las excelencias de “mi otro mar” donde resido un par de temporadas al año, y les di la razón tomando una nota mental para reflexionar sobre el asunto.

De vuelta estos días a mi Donosti querida me ha atacado una especie de “rabieta” pensando que durante mes y medio al menos “tendré que padecer” mi ciudad en vez de disfrutarla, haciendo oposiciones al paradigma de la contradicción a la que aludían los turistas del párrafo anterior. Creo que me ocurre algo parecido a tantos pamploneses que abandonan su ciudad ante la perspectiva de los sanfermines; o de los parisinos que dejan la ville lumière en manos de huestes foráneas durante el mes de Agosto. Renegando de alguna manera de lo que tenemos y dejando al recién llegado el honor de disfrutar lo que ya nos parece poco deseable porque andamos en pos de algo diferente, de algo nuevo aunque sea efímero.

Volví, pues, a casa, saludé a mis plantas –amorosamente cuidadas en mi ausencia por mano amiga- y me lancé a la calle, a ver el mar, al reencuentro silencioso con el decorado en el que, año tras año, sigo representando la “obra” de mi vida. Dejé el barrio silencioso y medio desierto para adentrarme en una vorágine estival de ruido, coches, multitud. Música y jolgorio por doquier, la ciudad resistiendo el exceso humano, expandiéndose como vientre fecundo, la playa desbordada de humanos –que no de humanidad- sobre una arena indiferente y un mar impertérrito, ajeno a consideraciones filosóficas o sociales.

El cartel veraniego será igual que todos los años: Festival de Jazz y la lluvia que se avecina –a pesar de las Clarisas y los huevos que les llevan-; miles de guiris y visitantes foráneos, el dolor de los abusos de cierta parte de la hostelería, los comediantes y músicos callejeros, el “ambiente” recurrente. Un poco de teatro a precio exagerado para que los donostiarras paseen sus galas y algún concierto en su ronda habitual. La muchedumbre fiel a los fuegos artificiales de la Semana Grande y la costumbre familiar del helado de después elevada a la categoría de “idiosincrasia donostiarra”. Los trenes de cercanías trasegando multitudes y jóvenes y mayores llenándolo todo –paseos, bancos, jardines, playas, montes- mientras procuran aflojar el bolsillo lo menos posible a la vista de la tenacidad de los “luiscandelas” de todos los veranos.

El veranito de Donosti con paraguas y zapatos a juego con el bolso. Los que pueden se van para luego volver y contar lo felices que fueron en otras latitudes dejando abandonada su ciudad en manos desconocidas, como esperando que la cuiden (a la ciudad) en su ausencia, como si ésta fuera poca cosa para pasar aquí el verano, como hacemos con tantas personas y situaciones que no se valoran hasta que se han ido tan lejos que ya no queda de ellas ni la sombra del recuerdo.

La mitad del tiempo de verano la paso en mi ciudad y la otra mitad yo también la abandono. Soy vulgar y corriente, como casi todo el mundo… y muy poco original. Queriendo salir de alguna manera del rebaño donostiarra he sacado plaza en el rebaño de otro sitio para hacer allí, sin pudor alguno, lo mismo que critico hacen aquí los que aquí llegan.

Se me está pegando lo que hacen algunos políticos: defender una cosa y su contraria y volvernos locos a todos.

Soy feliz cuando estoy en Donosti y cuando me alejo de ella, cuando contemplo mi mar y cuando admiro otro diferente; esa pulsión que me acerca y me aleja irremediablemente de la misma cosa según el estado de ánimo que me habita.

Como una marea emocional que esgrime carta de naturaleza en el ámbito de mi recorrido vital, como tomando conciencia de la impermanencia de todas las cosas y adelantándome al paso de baile antes de que la orquesta cambie de canción.

En fin.

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Entre el amor y el odio
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Cecilia Casado | 18-07-2016 | 7:01| 0

 

La historia de la humanidad está plagada de sangre. Todos los testimonios así lo confirman; desde Herodoto y Homero hasta nuestros tiempos, insignes relatores de las batallas y sus hechos, hagiógrafos casi todos ellos, pluma dirigida por los vencedores, han dejado para la posteridad la huella de victorias y derrotas con millones de seres humanos masacrados por el afán del hombre que empuña una espada. Si vis pacem, para bellum, antigua frase romana,  si quieres la paz, prepárate para la guerra, mal atribuida a Julio César, se ha malinterpretado como concepto agresivo o idea expansionista, aunque lo que propugna es lo opuesto: se evitará una guerra o el ataque de otro país si se está bien armado para defenderse. Es decir, que quien posea una buena defensa será respetado y no será atacado. Mil quinientos años habrá pasado el escritor de tan famoso aserto revolviéndose en su tumba.

¿Existe arma más potente y demoledora que el odio? Un pensamiento formado por ideología destructora moverá una mano, le bastará con mover un solo dedo para apretar el botón, accionar la palanca, poner en marcha la maquinaria precisa para destruir, masacrar e intentar eliminar de la faz de la tierra al objeto de dicho odio. Ideología religiosa, política, escala de valores humanos trastocados, racismo, oscurantismo, intransigencia, homofobia. Odio al diferente, al que es más bajo o más alto, al que habla otro idioma o adora a otros dioses; odio al que tiene los rasgos sacados de un molde diferente, al que tiene pensamientos divergentes de los propios, al que viste otro ropaje, canta otras canciones o sueña con un mundo diferente del que diseñó el odiador.

¿Existe sobre la faz de la tierra un bloqueador de esa fuerza tan potente? ¿Alguien ha patentado el antídoto para ese veneno llamado ODIO?

No son preguntas retóricas las mías; exigen respuesta porque siento que al menos hay UNA respuesta.

Fácilmente hemos acostumbrado mente y corazón a escuchar hablar del odio en detrimento de su opuesto, el amor. Del amor casi no hablan ya ni los poetas. Si acaso algún prócer de alguna iglesia cuando le enfocan las cámaras. Quizás los gurús que desayunan con pétalos de flores en un ashram lejano; quizás gente sencilla y anónima que no dejan nada trending topic o impactante grabado en la piedra rosetta de las redes sociales.

Llena la boca de improperios, denuestos y voces airadas contra la violencia generada por el odio, enrocamos el pensamiento alrededor de la terrible energía negativa que provoca que la mano se alce empuñando la espada. Seguimos contribuyendo a “preparar una guerra” que no solamente destruirá los cuerpos -porque ya habrá destruido primero las mentes- y que acabará, si no se le pone una barrera, aniquilando también nuestro espíritu, las almas de quienes creen y sienten tenerlas.

Mi pequeña cruzada estos últimos dolorosos días es de “andar por casa”: tan sólo consiste en no abonar el discurso del odio con más odio, evitar el morbo consensuado de contemplar escenas apocalípticas por televisión, eludir la conversación enfervorecida de rabia y horror, guardar en silencio la pena por el dolor ajeno, enviar al Universo mi pequeña energía llena de todo el amor que puedo albergar, sentir una tristeza compartida aunque lejana, quedarme en el lado que me ofrece luz y no en el que me arrastra hacia la sombra.

Al odio de mi hermano replico con el amor que me queda; no sé si es poco o mucho, pero todavía sigue siendo amor.

Invito a reflexionar sobre ello…

En fin.

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Reflexiones a la orilla del mar (III)
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Cecilia Casado | 15-07-2016 | 7:11| 0

 

Tórtolas y palomas que picotean la arena buscando su desayuno se retiran discretas y prudentes cuando me acerco a la orilla del mar de buena mañana. Me miran clavar la sombrilla haciéndome culpable de la invasión humana que colonizará la playa dos horas después; pero para mí son precisamente esas dos horas las que me aportan el “desayuno” que me tonifica para todo el día.

Hoy la mar estaba tan tranquila que parecía ausente; ni una brizna de aire acariciaba la superficie del agua y mi cuerpo ha reclamado el goce de entregarse a tan tentadora invitación. Pero en el mismo instante en que ya tenía los pies en el agua me ha perturbado un pensamiento recurrente: en mi orden de las cosas primero está el paseo tonificador por la arena, después la recompensa en forma de baño. Una vez más, dejándome llevar por las reglas que me he impuesto, he renunciado a trasgredirlas y he encaminado mis pasos hacia la izquierda, como cada día, para bajar preceptivamente el desayuno y realizar el ejercicio cotidiano. Al cabo de veinte minutos de caminata, como una ironía inesperada, ha cambiado el viento abruptamente y el agua se ha encrespado, despertándose sobresaltada del amable letargo y unas olas, primero tímidas, luego dueñas y señoras, han dado por finalizada la magia que había entrevisto.

He detenido mis pasos, también abruptamente, y he torcido el gesto ante el mensaje diáfano que acababa de recibir: “por tonta, por no haber aprovechado el momento perfecto que se te ofrecía, por haber jugado a controlar el tiempo y la ocasión, por haber supuesto que nada es inmutable porque a ti no te interesaba que lo fuera.”

¡Cuántas veces a lo largo de nuestra andadura cotidiana no habremos dejado de aprovechar una pequeña y gloriosa oportunidad que se nos ofrecía generosamente!

¡Qué ocasiones perdidas se estarán todavía riendo de nosotros un poco más allá del alcance de nuestras manos!

Queremos tener el control sobre todos los actos de la vida, por pequeños que estos sean y no nos damos cuenta de la impermanencia de las cosas hasta que ya es demasiado tarde y  el momento mágico ha pasado.

 La devastadora rutina. Levantarse a la misma hora, tomar un café o no tomarlo, caminar a coger el bus o arrancar el auto, comer a la hora exacta algo preparado sin cariño, pasear a la hora del paseo, cenar coincidiendo con las noticias, dormir cuando el reloj dé la orden.

Rechazar, también por rutina, una invitación extemporánea, una salida inesperada, un pequeño goce generoso; cuadricularse ante la idea de que entre semana no se sale porque al día siguiente hay que madrugar, insistir en que es mejor dormir media hora más que ir caminando al trabajo, obligarse a comer lo que aparezca en el plato, sentir que lo correcto es dos horas de sofá viendo la tele o de ordenador en vez de acercarse al mar a ver la puesta de sol. Perderse el milagro de las cosas mínimas creyendo que ya habrá tiempo “en su debido momento” de disfrutarlas.

Esta mañana me he enrabietado y he jurado que no va a volver a pasar, que de una vez por todas tiro al contenedor gris el esquema mental grisáceo que dice que primero se da el paseo y luego se sienta uno en la terracita, que la siesta se hace después de comer y no antes, que el sexo sabe más rico el domingo por la mañana que en un arrebato entre semana y que hay un orden en las cosas que de natural no tiene más que el deseo personal de acomodarlo a nuestra estrechez de miras.

¿Y qué, si hacemos las cosas cuando a uno le apetecen y tiene la oportunidad de hacerlas estén o no dentro del Orden del Día?

Mañana el mar no tendrá la placidez de hoy, no será el mismo, quizás sea parecido o diferente. Yo tampoco seré la misma, afortunadamente.

 En fin.

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Crecimiento personal “El derecho a equivocarse”
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Cecilia Casado | 13-07-2016 | 7:07| 0

Con el paso de los años uno aprende a “venderse su propio humo” y se apunta a creer que va teniendo las ideas más claras, que sabe lo que quiere y lo que no quiere, que la experiencia es un grado y todas esas frases hechas que son como buñuelos, apetecibles por fuera y bastante huecos por dentro. Quizás esta actitud se dé por pura autocomplacencia en el mejor de los casos y en el peor porque ¿quién reconocerá su error al elegir el camino vital.?

Fuimos adoctrinados para sopesar pros y contras antes de tomar una decisión, a valorar lo aparente y escudriñar lo que queda oculto, a calcular fríamente si vale la pena elegir un determinado trabajo, una pareja, el lugar donde vivir, la forma en qué gastar el dinero y hasta las veces que hay que dejar suelta la libido. Todo bastante controlado para producirnos los menos sobresaltos posibles. No obstante, a la fuerza ahorcan y cuando ocurre un desastre porque las circunstancias han jugado con cartas trucadas nos revolvemos contra nosotros mismos si es que no podemos echarle la culpa del desaguisado a alguien que esté cerca y se deje.

A estas edades que ya empiezan a ser un poco provectas descubro con gozo que tengo todo el derecho del mundo a meter la pata y cometer errores. Pese a quien pese.  ¿Qué sería de mi vida si no fuera capaz de dejarme llevar en un momento determinado por la pasión del corazón o la llamada de la niña pequeña que todavía me habita?

¿Por qué tengo que flagelarme si he gastado el dinero en algo que parecía prometer y luego no era más que humo o invertí el tiempo en alguien que no prometió nunca nada pero que daba a entender que sí? ¿Qué más da si agarro un catarrazo por bañarme en el mar cuando todavía hace frío si yo iba tras el canto de una sirena? ¿Qué importancia puede tener reconocer que por mucho que me empeñe en hacer las cosas “bien” ese concepto es tan volandero como todo lo que pesa menos que el aire?

Pretender hacer las cosas “correctamente”, sin errar el tiro, viene a ser algo así como la soberbia de querer llevar siempre la razón, es decir, marcar caminos, definir líneas de actuación, pretender incluso que los demás hagan la paella con nuestra receta perfecta y no con la suya del tres al cuarto. Y es que nos permitimos muy poco equivocarnos e igual es porque no sabemos ser ecuánimes y somos juez y parte inflexible a la hora de revisar y condenar. Duras condenas –demasiadas veces- que machacan la autoestima y despellejan el alma, por no contar lo que ocurre en la máquina de pensar que se vuelve cada vez más chirriante por falta del lubricante emocional que permite la amplitud de miras.

Estoy feliz de darme cuenta de que, ahora sí, por fin, puedo permitirme el lujo de equivocarme…en lo que sea. Con un buen margen de actuación duermo mucho más tranquila y no tengo pesadillas que avisen de eventuales meteduras de pata porque éstas están ya incorporadas al “modus operandi” del que soy dueña y señora.

Por una vez en la vida -y ya era hora- puedo “arrogarme un derecho” sin tener que pedir el refrendo de la “autoridad competente”. Por fin –y ya era hora- en vez de jurar en arameo cuando percibo el fallo cometido, el desliz inopinado o que, una vez más, ésta o aquella persona ha vuelto a jugármela, me permito sentir el derecho a haberme equivocado por presuponer más bondad de la que había, más inteligencia de la declarada o tanta amistad como la que yo misma había dado.

No pasa nada mientras yo no le dé importancia. Y a estas alturas de la película cada vez tengo menos ganas de acumular en la mochila problemas o inquietudes que no aportan nada. No me enfado, tomo nota y para la próxima vez ya estoy avisada…si es que me acuerdo.

¿Que me he equivocado? Pues una sonrisa y, por el mismo precio, a seguir pensando que “la vie est belle”.

En fin.

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Un callejón sin salida no tiene salida
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Cecilia Casado | 11-07-2016 | 9:13| 0

 

No siempre se puede viajar por los caminos de la vida sin sobresaltos.  Aunque instalemos el GPS emocional nos perdemos por vericuetos con tal de llegar al destino deseado, para luego programar otro y otro más hasta la estación final que nos espera a todos. Aunque nos esforcemos en planificar la vida, ésta tiene su propia pulsión y no respeta -porque no tiene porqué respetar- las órdenes que le enviamos; es irreverente, desobediente y algo anárquica, todo un aviso a navegantes al que no sabemos atender porque nos parece un caprichoso paso de danza.

Cuántas veces habremos girado en la rotonda equivocada atraídos por el corazón para acabar, dolidos y estupefactos, en un callejón sin salida. Con gatos y cubos de basura o con un muro que impida el paso, pero callejón sin salida emocional a fin de cuentas.

El bien querer a las personas nos dignifica de no pocas miserias que acompañan los pasos humanos. Querer bien significa –en lo que yo entiendo aunque me pueda equivocar- desear relacionarnos con amorosa sencillez y sonrisa pacífica con la gente. A pesar de los pesares, de los credos o dogmas apuntalados, a pesar de las pequeñas tiranías del árbol genealógico, a pesar –finalmente- de viejas afrentas y rancias disputas.

Quiero querer bien a las personas y no me sale. No me sale bien, quiero decir. Será porque no acabo de entender la extraña satisfacción de quien guarda en su corazón telarañas con mi nombre, será porque se mezclan humildad y esperanza tendiendo la mano –una, mil veces aún- a quien me la rechaza con palabras que parecen amables después de haberla mordido sin piedad.

No, no hablo de autocompasión ni de qué buena soy yo y qué malos son los demás. Hablo de otra cosa.  Hablo de los callejones sin salida en los que nos mete la vida cuando más confiados estábamos de haber tomado la dirección correcta.

Mi familia de origen está desestructurada a pesar de que seguimos todos vivos -excepto el pater familias que se marchó, cansado de vivir y de luchar- hace ya veintidós años. Desde entonces hemos seguido rumbos poco coincidentes. Primero distantes, más tarde encontrados, después soliviantados y ahora, después de esos más de cuatro lustros, bajo el manto de una clamorosa indiferencia.

Las constelaciones familiares –tan de moda últimamente a pesar de que Bert Hellinger las “inventara” hace ya muchísimos años-, son una herramienta muy útil para liberarse de enredos familiares e implicaciones sistémicas. Todo lo que sacude a los miembros de una familia sube directamente desde las raíces, por el tronco, hasta llegar a las ramas más altas y débiles. Es decir, la carga vital de los abuelos (paternos y maternos), la influencia determinante sobre sus hijos, nuestros padres, y que determinó a su vez el “modus operandi” de éstos con nosotros, sus hijos.

Enredos y líos de familia, culebrones insospechados, secretos defendidos a machamartillo, mentiras, miedos, trampas, traiciones y mezquindades diversas. También las buenas intenciones, el silencio de los inocentes, la valentía de los rebeldes, la sangre derramada sin razón, el amor que se silencia y el amor que no se calla. Todo cuanto conforma al ser humano, sentimientos y emociones, concentrado en una pequeña caja de Pandora de la saga familiar a la que cada uno pertenecemos.

Uno deja atrás la infancia y, tanto si ésta estuvo llena de luz como de sombras, cree que puede superarla con tan sólo mirar hacia delante. No es cierto; el pasado nos persigue por más que queramos espantarlo como a las moscas en verano. Por eso se nos dice lo importante que es el momento presente, el famoso “ahora”, y es buen consejo, vaya que sí, pero cuando uno se halla en un callejón sin salida porque el pasado sigue merodeando alrededor de lo que ocurrió hace muchos años, cuando la familia sigue enrocada en la negación del perdón o del alivio y prefiere mirar hacia otro lado como si se pudiera hacer desaparecer de un plumazo a los hermanos que han compartido diez, quince o veinte años de vida, gozando y padeciendo juntos, llega el momento de mirar a la realidad a los ojos y tomar una decisión positiva y contundente.

¿Acaso cada ser humano no tiene sus amores, reconocimiento, alegrías y buen hacer en el mundo, independientemente de que los demás miembros de la familia consideren que es una persona non grata para el núcleo familiar? ¿Quién ha sido alguna vez profeta en su tierra?

Es triste envenenar la savia familiar limitándose a encuentros en funerales y dejar pasar las alegrías vitales tronchando el árbol original, partiéndolo en dos, desgajando sus ramas que acabarán  secas y podridas. Es una negación de la realidad porque la constelación familiar se seguirá moviendo aunque nos empeñemos en borrar a hermanos y hermanas, sobrinos y sobrinas.

 Lo dicho; un callejón sin salida no tiene salida.

En fin.

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Sobre el autor Cecilia Casado
Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.

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