Diario Vasco
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Autor: A partir de los 50
Reconocer los errores
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Cecilia Casado | 03-03-2017 | 9:15| 0

 

Vivo en un barrio popular cerca del estadio de fútbol, motivo por el cual los días de partido el “ambiente” se pone por las nubes y las hordas motorizadas invaden las calles buscando donde aparcar durante las dos horas del orgasmo/sufrimiento colectivo. Los vecinos que tenemos coche, pero no tenemos garaje, ya sabemos la que nos espera como no andemos listos. Creo que la Guardia Municipal tiene orden de hacer mayormente la vista gorda ante el caos de estacionamiento porque no habría grúas suficientes en todo el país para ir levantando los vehículos mal estacionados.

El caso es que la víspera de Reyes me tocó desesperarme buscando una plaza libre en mi zona de Residentes –pura ciencia ficción- en las horas previas al partido previsto. Encontré, gracias a mi ángel de la guarda, un sitio en la zona Residentes/Carga y Descarga, que me permitía aparcar sin pisotear el Código de Circulación durante las horas vespertinas, comenzando el tic tac a la mañana siguiente. Más feliz que unas pascuas me fui a mi casa intentando recordar que tenía que cambiar el coche de sitio a la hora del paseo matinal de mi perrillo: nada del otro mundo.

Pero ocurrió que dormí mal, me desperté tarde y para cuando llegué a donde estaba mi coche –arrastrando a Elur de la correa- me encontré con que ¡albricias! ya habían pasado por el lugar los Agentes de Movilidad de Tráfico –esos que van en coche “apatrullando” la ciudad- y me habían dejado en el parabrisas la “receta” correspondiente: 200€ por Infracción Grave.

¡Qué rabia, por dios, qué rabia! Para un día que me duermo me va a costar un pastizal –pensé. Pero como en el dorso de la denuncia ofrecían la posibilidad de presentar un Pliego de Alegaciones –alegando razones, digo yo- me volví a casa y me senté ante el ordenador intentando que mi facilidad de palabra (escrita) me permitiera pergeñar algún argumento válido para que me anularan la sanción impuesta.

Así que me puse a relatar y resumir el caos imperante en el barrio cada vez que hay un partido de fútbol o evento multitudinario, describí, intentando dar pena, la angustia de los vecinos que no podemos aparcar aunque nos vaya la vida en ello. Reconocí haber sido consciente de aparcar en la zona Residentes/Carga y Descarga y de que tenía que haber sido más rápida en retirar mi vehículo. Indiqué que podían mirar mi “ficha” y comprobar que no había incurrido en ninguna sanción, multa o infracción alguna en los últimos treinta años –vamos que no tenía “antecedentes”-. Sugerí que la calificación de Infracción Grave me parecía “exorbitada” y que siendo pensionista del sistema –con una pensión mínima de Autónomos- una multa de 100€ (importe bonificado si se paga dentro de plazo) me descalabraría el presupuesto mensual. Conté la verdad sin inventarme una “película” sobre si el coche estaba sin batería o si había tenido que ir a auxiliar a mi madre anciana. Con la verdad a todas partes, pensé.

Un mes después de intenso silencio administrativo me llega a casa, por correo certificado y con acuse de recibo, la ratificación de la sanción con las advertencias subsiguientes en caso de no hacer efectivo el pago de los 100€.

Me dediqué entonces a una exhaustiva búsqueda telefónica hasta llegar al departamento municipal correspondiente donde, tras esperas y desesperas, me atendió un señor quien, muy amablemente, localizó mi expediente y me informó de que figuraba como motivo de la alegación: “olvido” y que no era motivo suficiente.

La decisión la había tomado su jefe quien, obviamente, no estaba disponible para discutir y/o negociar telefónicamente con los ciudadanos infractores la Ley que corresponda. Para eso están los abogados y no era el caso.

Voy a esperar al último día hábil para pagar la multaza de marras, pero lo voy a hacer con la cabeza alta, -o quizás debería llevarla gacha- porque los errores hay que pagarlos para aprender en la vida y no es tanto 100€ a fin de cuentas –mi cesta de la compra de diez días- para recordarme la próxima vez que contra la Ley, el Orden, el Ayuntamiento y el Estado no hay alegaciones que valgan, ni consideraciones, eximentes, ni zarandajas varias.

Por lo menos tengo la vergüenza de no “hacerme la tonta”, todavía me queda cuarto y mitad de dignidad para reconocer que he hecho las cosas mal, la honradez de no echarle a nadie –o a un marido guapo- la culpa de mis errores y, sobre todo, el discernimiento para comprender que, afortunadamente, aquellos problemas que se solucionan con dinero son solucionables, muy solucionables y mucho solucionables, como diría el inefable “jefe de este país”. Y que de aquí a los próximos veinte años jamás aparcaré indebidamente ni cinco minutos “fuera del tiesto” que me corresponde. También lo voy a copiar cien veces –una por euro- para que no se me olvide.

En fin.

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Carta a una lectora
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Cecilia Casado | 01-03-2017 | 8:15| 0

 

 

Guardo escrupulosamente toda la correspondencia que mantengo con aquellas personas que me escriben aceptando la invitación que hago al incluir mi dirección electrónica al final de cada post. De vez en cuando, releo esos correos y me quedo sorprendida, no de lo que me cuentan, sino de lo que he sido capaz de responder yo misma. Como es correspondencia privada suelo escribir distendida, sin miedo a meter la gamba o a que me salten a la yugular. A veces cuento cosas personales por pura empatía y ahí es donde la relectura me ha provocado una profunda reflexión.

Hablo de la respuesta que le envié a una mujer absolutamente anónima –no dio nombre y su dirección email no aclaraba nada- que me escribió contándome sus cuitas y buscando desesperadamente una solución a sus problemas. ¿Me reconozco en mis palabras? ¿Soy realmente así como me he descrito? ¿Consejos vendo y para mí no tengo? Reflexionando, que es gerundio.

“Buenos días X:

Conforme leía tu correo -por tres veces- he ido reconociéndome en algunas de tus afirmaciones. ¡Es un mal endémico de la mujer inteligente de este siglo sentirse así! Pero ¿qué hacer para la ubicación interna y la paz?

No creo en los libros de autoayuda; creo en las personas de autoayuda, es decir, en que de una persona aprendes una cosa y de otra aprendes otra, sin necesidad de leer en libros de colores teorías difíciles de llevar a la práctica.

Vaya por delante que yo no tengo autoridad moral para dar consejos ni soluciones de ningún tipo; lo único que puedo hacer es compartir lo que me ha ocurrido a mí por si ese ejemplo sirve a alguien más.

He aprendido a vivir con mis contradicciones, a aceptarlas plenamente. Que a veces tengo un discurso independiente y casi feminista y luego resulta que me encantaría encontrar al hombre de mi vida (una vez más) y comer perdices con él.

Que he aprendido a DISFRUTAR de la soledad, pero que… ¿a quién le amarga un dulce?

Mi truco ha sido dejar de BUSCAR. Dejar de ESPERAR. Quitarme de APEGOS absurdos. Y, simplemente, ser YO.

Yo y mi ESENCIA con todo lo que eso conlleva; mal humor a veces, bajones anímicos, ganas de mandar todo al carajo y una especie de odio al mundo en general y a ciertas personasen particular. Menos mal que se me pasa…

Aceptándome como soy es como he cambiado. O evolucionado. En vez de ir CONTRA MÍ MISMA me he puesto a jugar en mi propio equipo.

He aprendido a PERDONARME por no aceptarme como soy y eso es porque… ¡nos han manipulado tanto!

Teníamos que ser las hijas y mujeres y esposas y madres que ELLOS habían decidido que era lo correcto… ¿nos consultaron lo que queríamos?

Bueno, no quiero extenderme y abrumarte.

Tan sólo que sepas que, esta mañana de sábado, he reservado este tiempo para compartir contigo mis reflexiones y desearte todo el ánimo del mundo para que el trabajo de evolución en el que estás (estamos) inmersa siga adelante y dé sus frutos esperados.

Un abrazo cargado de energía positiva.

Cecilia”

Parece poca cosa mi respuesta –aunque esta mujer me respondió dándome sentidamente las gracias- pero en pocas líneas he resumido mi vida. Absolutamente. Desde la infancia hasta mi actual estado de “adulta mayor”. Tiene sus bemoles la cosa…

En fin.

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Reflexión del lunes: “Miedo a la libertad”
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Cecilia Casado | 27-02-2017 | 8:20| 0

 

 

No, no voy a escribir un post de auto-ayuda escarbando entre razones inconscientes de esas que llevan a inventar temores o a demonizar hipotéticas situaciones. Me aparto del desfiladero de lo difícil y prolijo y me voy al prado de lo más sencillo.

Vivo sola y no tengo pareja. Visto así tiene dos lecturas; (en realidad podría tener muchas más pero no vamos a hacer de esto una tesis) la primera lectura es la de: “pobrecita mujer”; la segunda la de: “vaya suerte que tienes”. Entre estos dos diagnósticos de discutible fundamento habita una verdad tan grande como una catedral y no es otra que la de que muchas veces nos agarramos al “rebaño” por el pavor que da dar saltos libremente no vaya a ser que “venga el lobo”. En roman paladino se dice de otra manera, pero no se trata de meter el dedo en el ojo de nadie y hacer daño; no es esa la intención ni la cuestión.

Andar libre por la vida no significa otra cosa que no tener que dar cuentas ni pedir permiso a nadie para llevar a cabo cuanta decisión queramos poner en práctica. Esta situación no es incompatible con el hecho de vivir en familia (del tipo que sea) aunque la sociedad se empeñe –y no siempre de manera infructuosa- en convencer al personal de que son prioritarios los compromisos, obligaciones y deberes del ser humano para con su entorno que la consecución de la ansiada “sensación de libertad” que cada uno pueda llegar a sentir en su interior.

Es tan grande el adoctrinamiento recibido que nos han llegado a convencer de que es lo justo, equitativo y saludable anteponer la comodidad o intención de los demás a la nuestra propia siempre que hablemos de las mil y una obligaciones “morales” que están ahí, aleteando como pájaros de película de miedo alrededor de nuestra cabeza e intenciones.

Desde los padres que no se van de vacaciones porque el hijo adolescente ha suspendido y tiene que recuperar, hasta otros parecidos que tampoco emprenderán un viaje porque los abuelos están muy mayores y es mejor no alejarse demasiado. Desde quienes a gusto gastarían los ahorros de muchos años en un flamante coche rojo o un viaje a San Petesburgo pero “no estaría bien”, hasta los que no se atreven a romper las rutinas domésticas por que no les monte una bronca el cónyuge o que haya paz. Situaciones en las que el ser humano renuncia voluntariamente a ser libre porque está convencido de que su deber moral es precisamente esa renuncia.

Ahora viene el párrafo en que el derecho de réplica entra en acción y unos cuantos bienpensantes (mejores pensadores que la que suscribe) dirán que la libertad también está en elegir no ser libres, o que bien se puede seguir siendo libre porque se ha elegido libremente dejar de serlo. Líos mentales, palabras y más palabras. Total, para acabar diciendo que cada uno hace lo que cree que tiene que hacer y no hay más que hablar; y si uno está equivocado, bueno, pues eso será lo que piense el otro, pero si yo pienso que hago bien que me dejen en paz y todos tan felices.

Me llama cada vez más la atención la convicción con que personas presuntamente inteligentes enarbolan argumentos que son como palos para meter entre las ruedas. Más me sorprenden aún algunos comentarios en sordina acerca de la vida que llevan unos y otros que no siguen a rajatabla esas “normas” que la mayoría silenciosa acata sin chistar.

Cuando me dicen que soy “valiente” por viajar sola, por hacer las maletas, aposentar a mi perrillo en el asiento trasero de mi viejo coche rojo y poner kilómetros entre los adoquines de mi ciudad y los árboles del bosque, no comprendo nada. Menos comprendo aún que me insinúen que la vida que llevo, tan sin normas, tan sin obligaciones, tan sin compromisos que me aten, es producto de una especie de “rechazo” que siempre he tenido a las normas de esta sociedad.

Y yo digo que no es cierto –a ver si van a saber más los otros de mis razones íntimas que yo misma- que lo único que me pasa, suponiendo que me pase algo, es que a mí la libertad no me da miedo sino todo lo contrario; me atrae como un magnetismo atávico o como una luz al final del túnel. La vida es la misma para todos y las cadenas que nos atan a la caverna de Platón son imaginarias, soy muy consciente de ello. Y cuando uno se da cuenta no le queda más remedio que perderle el miedo a la libertad.

En fin.

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“A enemigo que huye, puente de plata”
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Cecilia Casado | 24-02-2017 | 8:30| 0

 

Diría que personalmente no creo tener enemigos en el amplio sentido de la palabra, aunque quizás sea porque los que haya podido tener alguna vez estén ahora mismo muy, muy lejos de mi vida.

¿Cómo se originan los enemigos? Aparte de por desacuerdos y peleas de diversa índole duraderas en el tiempo, también hay un tipo de enemigo que surge –como los hongos- de la noche a la mañana. Y no es otro que ese aparente amigo que –como un Gregorio Samsa de pesadilla- amanece un día transformado en enemigo. Tú no te lo crees, -o no te lo quieres creer- pero está ahí, pataleando a tu lado como el escarabajo de la historia kafkiana.

Esa adquirida e inesperada característica revestida del caparazón de todo lo desagradable que imaginarse pueda es la costumbre más que extendida de abandonar a alguien por el expeditivo método de salir corriendo como alma que lleva al diablo. Sin apenas explicaciones y cortando con la espada socialmente admitida de hacer como que uno “no está bien” para perder de vista a alguien. La frase clave suele ser algo así como: “no eres tú, soy yo”.  Es decir: mandar a hacer puñetas al prójimo haciendo como que la culpa del abandono es del que huye y no del que se queda. Todo un ejercicio de manipulación emocional e hipocresía.

Entonces ese prójimo se queda boquiabierto y seguramente no sabrá qué pensar o sentir durante los primeros minutos, días o meses –en función de cuán grande haya sido el varapalo emocional- además de no poder despegarse la amarga sensación de que donde antes había un amigo ahora hay un enemigo. Entonces ese prójimo se pone a pensar qué ha pasado realmente, qué ha hecho tan rematadamente mal para que la persona que era cercana o querida hasta ese momento, haya pegado un zapatazo y desaparecido de su vida –y del whatsapp y de facebook de paso. Pero ya no hay nada que hacer: el amigo/enemigo ha conectado el turbo y cerrado las compuertas de acceso.

Quizás el problema no es el fondo de la cuestión sino la forma en que se plantea y lleva a cabo. Cuando uno no está conforme con la manera en que se llevan las cosas es lícito decirlo, intentar negociar e incluso llevarse el gato al agua. Ahí se verá la “habilidad del artista” para conseguir lo que se desea. Pero echar a correr negando la posibilidad de una conversación aquilatada o simplemente civilizada después de años de relación amistosa o amorosa… eso es de cobardes. O a mí me lo parece.

Que a uno le abandonen no es plato de gusto. Y una ruptura brusca –del tipo que sea- debería obligar a una  explicación –la que cada uno tenga en ese momento-. En lo afectivo y en todo orden de la vida. (También hay patronos que dan el finiquito a sus trabajadores sin la menor explicación: más enemigos.)

Sin embargo hay gente que no, que está harta de una  situación y, en vez de gestionarla de manera positiva, decide huir con nocturnidad y alevosía después de haber asestado el golpe, como hace el enemigo. Es lógico comprender que no todo el mundo tiene las herramientas adecuadas para gestionar situaciones enrevesadas; de hecho, cuando pintan bastos es muy común aplicarse el sálvese quien pueda y tomar por la calle de en medio sin mirar los cadáveres que quedan detrás.

Esas personas que huyen –no sé si por cobardía o por falta de inteligencia- se convierten en enemigos por la forma en que han actuado. Consiguen también dinamitar el edificio de la amistad que habían compartido: para ellos es el puente de plata.

En cualquier caso, dejar que corra el aire es cosa muy sana. Y si el amigo se convierte en enemigo, pues al final habrá que saber tomarse las cosas con filosofía y ponerle, no ya un puente de plata para que cruce al otro lado de la propia vida, sino despedirle con vítores y clarines que amenicen su espantá, que hay que saber aceptar que los que se quedan lo hacen porque nos quieren mientras que los otros… pues eso.

En fin.

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Pesadillas
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Cecilia Casado | 22-02-2017 | 8:12| 0

 

¿Quién no las ha tenido alguna vez? Son esos sueños que provocan angustia, ansiedad, miedo o terror. Se dan en la fase R.E.M. (Rapid eyes mouvement) –que es la “segunda sesión” del sueño y pueden estar asociadas a trastornos psiquiátricos o, simplemente, producidas por el estrés cotidiano o las preocupaciones.

A veces me despierto hacia las cinco de la mañana con la sensación de que “ya he terminado de dormir”. Pero como no son horas, agarro un libro y, bien calentita, me sumerjo en alguna lectura agradable. Ocurre entonces que al cabo de media hora me vuelve a entrar el sueño y no me hago de rogar: vuelvo a quedarme dormida. Es entonces cuando corro el riesgo de sufrir pesadillas.

Son sueños inquietantes, agresivos siempre, donde alguna persona querida o yo misma padece una situación de opresión, violencia o angustia exagerada. En esos sueños sé que grito –en el sueño, no en la realidad-, lloro, me desespero, se me saltan los dientes o me clava los suyos una rata. Aparecen bichos asquerosos o personas violentas que agreden a los tristes “protagonistas” del sueño. Suelen ser tan intensas que me despierto bañada en sudor, angustiada, con el ritmo cardíaco acelerado, incluso mareada y con la percepción de la realidad completamente distorsionada. ¿A quién no le ha ocurrido alguna vez?

Es entonces cuando intento diseccionar el sueño, buscarle la razón de ser y… la encuentro, vaya que si la encuentro.

Si he tenido una placentera sesión de Skype con mi hija y mi nietecita hermosa puede poblarse mi noche de una pesadilla en la que a la niña le ocurre algo y yo tengo que protegerla. Si he discutido con un amigo porque no estamos en sintonía y se me ha quedado la rabia dentro, casi seguro que esa noche tendré una pesadilla en la que mi amigo intenta estrangularme o yo lo empujo a él desde la azotea de mi casa. Si una amiga me cuenta con pelos y señales su intervención quirúrgica y el posterior tratamiento para salvar la vida, ya está cantado que voy a tener una pesadilla en la que estoy moribunda, arrastrándome por los pasillos de un tenebroso hospital y sin ningún médico que me atienda.

Es decir, la vigilia marca la pauta del descanso nocturno. ¿Cómo hacer para sustraerse a esas pesadillas si realmente no se padece un trastorno psiquiátrico? ¿Tomando tila antes de dormir?

Revisando, analizando mis vívidas pesadillas y reflexionando –ya repuesta, después de un buen desayuno- sobre ellas, voy tirando del hilo que las mueve para acercarme a la madeja que las fabrica. Es algo parecido a una “biografía psíquica”, un dossier que guarda celosamente los miedos del pasado, las angustias del presente y los temores hacia el futuro. Un completo manual de recovecos de la mente donde anidan los “ácaros existenciales”.

Puede que las pesadillas que nos asaltan de vez en cuando sean una especie de indicadores que recuerdan cuáles son los miedos que todavía nos habitan. No sé si para superarlos o para estar atentos y que no nos atrapen. Lo que sí tengo claro es que lo mejor para superar la pesadilla es no dejarla pasar, intentando olvidarla. Da muy buen resultado identificar al “enemigo”, -en el sueño y en la vigilia- ponerle la etiqueta correspondiente y lanzarse después sobre un buen desayuno. Y luego arreglar lo que haya que arreglar…si se puede.

En fin.

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* Fussli. “Íncubo” (1791)

 

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Sobre el autor Cecilia Casado
Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.

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