Diario Vasco
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Autor: A partir de los 50
Crecimiento personal. Vaivenes de la vida.
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Cecilia Casado | 11-04-2016 | 7:30| 0

En no pocas ocasiones nos gustaría creer que estamos bien asentados sobre los pilares de nuestra biografía sin que vientos o elementos vayan a zarandearnos más de lo que quisiéramos tener que soportar. También en no pocas ocasiones la vida sucede de diferente forma a como nos la habíamos planteado; vigas que se quiebran, techos que se derrumban, diques que se desbordan y neuronas que fallecen antes de tiempo: todo ello nos lleva y nos trae incluso sin pasaporte por derroteros insospechados…

Pasaporte para viajar sí que tengo, lo saqué hace muchos años para conocer “otros mundos” y desde hace unos pocos lo utilizo casi únicamente para no verme desplazada del mío propio, del mundo de mis afectos y amores, del mundo donde he dado en asentar parte de mi vida.

Voy y vengo a México donde ahora están mis hijas bienamadas y esa pequeña criaturita de cinco meses que me tiene “sorbido el sentido”. Voy y vengo y me aguanto el cansancio de los miles de kilómetros recorridos, intento encontrar cómodos los asientos de los aeropuertos, me hago daño en los brazos aupando maletas de veintitrés kilos y enhebro nuevas amistades con los ocasionales compañeros de avión, en esa intimidad obligada de codos que se rozan y miradas que se cruzan.

No me quejo, me manifiesto. Los vaivenes de la vida son inevitables y si no “inventamos” para cada uno de ellos una actitud positiva…mal lo tenemos. ¡Qué envidia me dan esos conocidos que pasean a sus nietos en cochecitos las tardes de sol! ¡Qué envidia les doy yo a ellos que viajo a países exóticos para estar unas horas con mi nietecita! ¿Quién está conforme con las cartas que le han tocado en suerte?

Pero el árbol más recio y la planta más ligera se alimentan de sus raíces… y a ellas vuelvo, una y otra vez, como atraída por un imán con el que no deseo discutir; vuelvo a mi mar, mis vientos y mis árboles, a mis paseos y al aire con olor a salitre; vuelvo a mi casa y mis paredes silenciosas, cada vez con menos eco de risas infantiles o cantos juveniles; vuelvo a cerrar círculos haciéndoles guiños a los vaivenes de la vida, una y otra vez, como cuando no me cansaba de subir al columpio, arriba y abajo, adelante y atrás, excitada por pequeñas pulsiones de adrenalina que me hacían reir e, incluso sin saberlo, ser feliz.

Vuelvo la vista atrás y no son pocos los vaivenes que ha sufrido mi vida; afectivos, emocionales, vitales todos. Tracé rutas en una dirección y volví a recorrerlas en sentido contrario, abriendo y cerrando círculos, inventando contradicciones y borrándolas, hollando caminos y apartando las piedras para volver sobre mis pasos, herida o lastimada, contrita o quizás un poco más sabia; siempre el vaivén.

Inesperados avatares me sorprendieron con la guardia baja a la vuelta de esquinas mal alumbradas; situaciones no imaginadas ni deseadas me asaltaron por intenciones ajenas, cambios de rumbo y golpes de timón en contra de mi voluntad o a pesar de ella; vaivenes todos que, como las olas del mar, siguen viniendo a besar la orilla de la playa donde, descalza y expuesta al viento, sigo yendo a descansar.

El penúltimo vaivén ha sido alegre, feliz, lleno de esperanza. Un viaje nuevo con los amores de siempre y alguno más; una experiencia renovada de sentir a mis hijas felices y recoger con las puntas de los dedos un poquito de esa felicidad para traérmela a casa, a mi casa llena de amor aunque solitaria y esperar confiada la llegada del próximo vaivén. Porque cuando los hijos son felices…¡qué gran peso nos quitan de encima!

En fin.

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Envejecer bien o envejecer mal
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Cecilia Casado | 08-04-2016 | 8:00| 0

 

No todo el mundo envejece. La línea de la vida suele quebrarse a veces de forma abrupta y nada sabemos ya de lo que sienten los que se van y no queda más sentir que el de los que se quedan, llorando la ausencia.

De los que estiran y estiran su biografía al ritmo de adelantos médicos y óptimos auspicios de longevidad, he dado en fijarme en quienes envejecen bien y quienes envejecen mal. Bien entendido –como siempre- que es una apreciación personal sujeta a un amplio margen de error.

En mi opinión los  que “envejecen mal” son aquellos que cruzan los dedos cuando se menciona la vejez en su presencia, a los que les da yuyu sugerir tan siquiera el futuro más que cierto de la decadencia, la decrepitud y la muerte, aquellos que a los ochenta y cinco años siguen ahorrando para “el día de mañana” y que, sin ánimo de ofenderles, están convecidísimos de que el tema de la muerte no va con ellos. Pues eso, allá ellos.

En realidad yo quiero hablar de quienes envejecen bien, porque me interesa más sumarme a ese equipo en el que veo que hay como una alegría y desenfado más agradable que el que hay en el otro lado del campo donde se pasan el tiempo yendo a médicos en cuanto hay un carraspeo o inflándose de pastillas o remedios de todo tipo para prevenir lo que es ineluctable.

Los que envejecen bien –los observo detenidamente para apuntarme lo positivo- son esas personas que no llevan la cuenta de los años que supuestamente les quedan por vivir sino que se deleitan con el presente como lo que es: un regalo. Envejecer bien es alegrarse de las arrugas de la piel porque todavía están ahí y aun se puede acariciarlas con una rica crema. Envejecer bien es sentarse cuando uno se cansa de bailar y tomar una copita de algo rico disfrutando de la calidad más que de la cantidad. Envejecer bien es dejar de lado la queja continua –esas frases demoledoras del tipo: “yo ya no estoy para esos trotes”, “ya se me ha pasado la edad de esto”, “tengo que tener mucho cuidado con lo otro y lo de más allá”- y cambiar el rol de plañidera o quejica sempiterno por el de la persona que se alegra conscientemente de estar viva y disfrutando de la luz de la mañana, el calorcito del mediodía y la sopa sabrosa de la noche.

Envejecer bien consistiría –empiezo ya a vislumbrarlo- en no dárselas de seguir manteniendo la fuerza de antaño (y producirse lumbagos y contracturas en plan chulito), en aceptar las limitaciones que deparan los muchos kilómetros recorridos, acoger el cansancio con amor y celebrar las canas pintándolas de colores o dejándolas como están.

Quien envejece bien tiene un post-it en el frigorífico de cuándo empieza la temporada del bonito y no cuál es el límite del colesterol permitido, tacha los días que faltan para ese pequeño regalo vacacional en vez de replegar las velas para que no las azote el viento. Envejecer bien es el lujo de mantener la misma esencia de toda la vida, la que nos hizo ser irresponsables a los quince, soñadores a los veinticinco, adultos un poco después y casi nos tiró a la cuneta de lo anodino a los cuarenta. Obrado el “milagro” de a partir de los cincuenta ya las piedras del camino se sortean casi sin mirar y el futuro es una película que no nos apetece ver porque estamos ocupados en protagonizar el rodaje del presente. Nada más. Y nada menos.

En fin.

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Encontronazos culturales
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Cecilia Casado | 01-04-2016 | 1:42| 0

 

Llevo un par de semanas en México y ya ni me acuerdo del olor del salitre; quiero decir que llevo un par de semanas sin comer pescado porque aquí no es la costumbre y tan sólo es factible encontrar unos filetes congelados de origen desconocido que mejor ni preguntar. Pobre de mí, que no como carne más que para llevar la contraria en Cuaresma, héme aquí, empanada (o emparedada) entre el calor tropical yucateco y mis nostalgias vascas.

Y es que no lo puedo evitar por más que me resisto a meter en mi maleta nada que huela a nacionalismo; por no traer, no he traído ni siquiera los tan socorridos sobres de jamón ibérico envasados al vacío que tanto apoyo psicológico dan a los viajeros desgajados de sus raíces. También tengo que confesar que llevo más de quince días sin probar una gota de vino, líquido bizarro por estos lares donde es más común beber bebidas de cola que agua de manantial; y para cerrar el capítulo de mis sufrimientos añadir que el último trozo de pan lo ingerí en el bus que me trasladó de Donostia a Madrid en forma de amable y sencillo bocadillo de tortilla.

Ya desnuda de mis soportes existenciales (el pescado, el pan y el vino) me convierto a ritmo de cumbia en la versión mitad “gore” mitad kitsch de mí misma, una mezcolanza para adaptarme al medio y no perecer en el intento. Y lo digo con conocimiento de causa, no por llamar la atención, que conste. En esta tierra ubérrima en tantas cosas me convierto en gazapo que salta entre los coches para no ser atropellada, olvido dar cuerda al reloj porque sé que la puntualidad es una broma de mal gusto y poco considerada socialmente, adapto mi piel al color del entorno y aprendo a machamartillo a hablar con el mismo tonillo indolente y simpático que la gente del lugar, a tratar al personal de usted en vez de tutearlo, a decir “joven” al camarero/mesero tenga la edad que tenga, a agarrar un taxi y cualquier cosa de las que solemos “coger” habitualmente en España para que no se me rían a la cara y, sobre todo, a explicar un par de docenas de veces al día de dónde soy y por dónde vengo a estas tierras mexicanas.

La adaptación al medio va calando en mis muchas grietas y cada vez son menos los mercachifles que me ofrecen hamacas, huipiles made in china y artículos de falso henequén. Si me dieran un poco más de tiempo acabaría desayunando huevos motuleños en vez de pan tostado con aceite, untando totopos en guacamole y comiendo tacos de cochinita pibil como quien se come una pescadilla a la plancha. Mis costumbres de toda la vida –por muy acendradas que creyera tenerlas- acabarían metamorfoseándose en lo que fuera que hubiese a mi alrededor, tal fuerza y poderío tiene el entorno en el que nos movemos para intregrarnos en la corriente social de la mayoría.

Acabaría –probablemente- rezando a la “guadalupana”, haciendo siestas de tres horas y pasando el ochenta por ciento de mi tiempo corriendo de un extremo a otro de la ciudad sin apearme de mi auto automático. Renunciaría de por vida a los largos paseos a cualquier hora del día para que no me tomaran por una vieja excéntrica, reduciría mi vida social a las reuniones dentro de la vivienda propia o ajena y en un par de años como máximo, me convertiría en una matrona a lo largo y a lo ancho de mi personalidad.

Pienso entonces que no nos mantenemos incólumes a la influencia del entorno, al alcance de otra cultura, que el aire que se respira es el que alimenta el espíritu también y que el cambio se produce con voluntad o sin ella por parte del individuo. Aquellas personas que llevan años viviendo lejos de sus raíces difícilmente podrán encontrar el camino de vuelta a sí mismos si alguna vez deciden retomarlo. Cambio o evolución. O incluso involución según las coordenadas. El ser humano ha tenido que tragar con carros y carretas para sobrevivir. Hoy en día sigue ocurriendo lo mismo, los mamuts acechan fuera de la cueva.

En fin.

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La Semana Santa ya no es lo que era
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Cecilia Casado | 25-03-2016 | 12:00| 0

 

Ahora mismo estamos divididos en dos facciones irreconciliables: los que salen de vacaciones en Semana Santa y los que se quedan en casa. No hay más cera que la que arde y, por las fechas, debería arder mucha. La Semana Santa se ha reciclado de acuerdo a pulcros intereses mercantiles; nada da más dinero que una habitación “con vistas” a las procesiones en el Sur o un “todo incluido” en un hotel al borde del mar con los arcones congeladores a rebosar de pescaítos y croquetas. La galera surca el calendario y nosotros somos sus galeotes; voluntarios, pero galeotes. Se ha vendido todo para todos los destinos. Medio mundo trabaja a destajo para que la otra mitad disfrute de sus vacaciones: esto es el equilibrio, una paradoja inevitable.

Yo misma estoy en la otra punta del mapa habitual por motivos más que justificadamente lúdicos y felices y, por supuesto, me creo con derecho a ello. De vez en cuando pienso un rato en los que no pueden viajar o disfrutar porque están en paro o les acordona una valla de alambre en alguna frontera europea; también guardo mi minuto de silencio dolido y compungido por la barbarie de todas las guerras, por las bombas, los muertos, las familias destrozadas y ansío en el fondo de mi corazón que termine el dolor y que la paz sea el camino. Pero hace calor y no sé si pedirle al camarero una cerveza o un mojito.

Mirar el mundo y la vida por el agujerito pequeño de la propia realidad, convencerse de que lo que nosotros hacemos es “lo normal y lo correcto” cuesta muy poco; de hecho nos enseñaron desde muy pequeños a ir arrimando el ascua a nuestra sardina según la conveniencia del momento. Aquellos padres o abuelos de mi infancia que se quedaban en casa en Semana Santa rezando, asistiendo a oficios religiosos, sintiendo el dolor de los clavos perforando la carne del Cristo y comiendo torrijas como penitencia por aquello del ayuno y la abstinencia, ya no se acuerdan de nada. Y a sus hijos o nietos –nosotros- nos parece ridículo y absurdo haber vivido durante cuarenta años (algunos muchos más) bajo la férula de costumbres religiosas impuestas a machamartillo. Así que nos liberamos de aquella servidumbre hace unos cuantos lustros, declaramos el Estado oficialmente laico y dejamos de ir a misa excepto en bodas –cada vez menos- y funerales –cada vez más. El único duelo apresurado es por los atentados cercanos, nunca por los lejanos, sería un sinvivir si no.

La Semana Santa debería cambiar de nombre porque ya no es lo que era. Quiero decir que se me antoja un poco absurdo imaginar cómo unos padres inteligentes les van a explicar a sus hijos este paripé que de religioso no tiene más que el nombre y de santo ni un triste aroma lejano.

Recuerdo las semanas santas de mi infancia (también tristes y oscuras) con los cines cerrados, la radio emitiendo gregorianos o algo de J.S.Bach, la película de Marcelino pan y vino un año tras otro, los sermones de la montaña retransmitidos en sonsonete desde alguna catedral, el recogimiento familiar, la falta de ganas, el aburrimiento de unas fechas supuestamente vacacionales en las que ni siquiera se podía comer pollo porque estaba prohibido –aunque la norma eclesial permitiera el marisco y la merluza del Cantábrico. ¡Entonces éramos “santos” todos por decreto ley! Recuerdo aquellos tiempos porque la memoria me sirve para compararlos con estos, tan distintos. Siento que son mejores ahora porque ya no nos damos golpes en el pecho pase lo que pase en la televisión (y cuanto más lejos mejor); probablemente sean mejores estos tiempos  porque la calidad de vida se mide de forma diferente, viajando sobre todo, gastando dinero, bien o mal, pero gastándolo y publicando en facebook las fotos mágicas de los mágicos destinos elegidos. Los que se han ido “al pueblo” beben vino y comen jamón, que tampoco está mal.

Ha cambiado tanto la Semana Santa que ya no la reconoce ni dios, pero no importa, él también tendría que reciclarse caso de que se fijara en lo que pasa por aquí…

En fin.

 *Propongo avivar los recuerdos relatando los que todavía sobrevivan de nuestras infancia. ¡Seguro que resulta una tarea muy divertida!

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“Blog de guardia”
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Cecilia Casado | 17-03-2016 | 8:00| 0

 

Ya casi me iba a toda prisa cuando una amiga lanza la sugerencia de dejar abierto el Blog por si alguien quiere seguir compartiendo reflexiones, pensamientos o contando cosas, sin más.

Una especie de “Blog de Guardia” -como las farmacias- por si alguien tiene necesidad de “darle a la tecla” y sentirse arropado con los comentarios compartidos.

A mí me parece bien y aquí lo dejo. Lo que no puedo prometer es comentar o estar presente porque precisamente soy yo la que me ausento sí o sí del país y de mí misma para compartir el amor con quien así lo necesita y, a su vez, lo regala.

Espero dar señales de vida si la paz y el sosiego me lo permiten y la tecnología juega en mi equipo.

Be happy.

Abrazo fuerte de feliz…todos los días.

Alqui.

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Sobre el autor Cecilia Casado
Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.

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