Diario Vasco
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Autor: A partir de los 50
Crecimiento Personal. “Cuestión de un SÍ o de un NO
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Cecilia Casado | 20-06-2016 | 7:43| 0

 

“La contraseña que abre las puertas de la realización personal se compone de una sola sílaba: Sí, un simple SÍ. Sí a la vida, tal como es.”

Esta frase está sacada de un libro amigo: “Vivir en el alma” de Joan Garriga Bacardí, una persona que consigue el improbable milagro de sintetizar en pocas palabras las recetas más complicadas para que parezca que son tan fáciles de llevar a cabo como si el más elemental de los quehaceres culinarios fuera.

Decir sí o decir no. ¡Menuda tontería! Pero… ¿verdad que en alguna época de nuestra vida hemos estado con el “no” en la boca como si no supiéramos articular otra palabra? En realidad decir “no” a algo suele ser producto del miedo; miedo del niño al que le dicen que comparta su juguete favorito y dice “no” porque teme que no se lo devuelvan. Miedo de la joven que dice “no” –cuando está deseando decir “sí”- por miedo a lo que puedan pensar los demás de ella. Miedo del hombre maduro que dice “no” porque no se fía de quien tiene enfrente y piensa mal creyendo que así va a acertar. No conozco ningún “no” que no sea producto del miedo a perder algo, bien físico o bien espiritual.

Unos dicen “no” para conservar su tranquilidad, para poder seguir repanchingados en la comodidad que les es tan querida, aunque se pierdan la vida o parte de ella, aunque dejen de abrir puertas que ocultan maravillas, aunque entren a formar parte de esa legión de seres humanos quienes, al final de sus vidas, se arrepienten más de lo que no se atrevieron a hacer que de los errores cometidos.

Otros hemos dicho “no” porque nos sentíamos amenazados por el miedo de perder algo que nos era necesario: el amor familiar, la aprobación de los mayores, la consideración y el respeto de los iguales.

 Pero llega un momento en la vida –y más vale que llegue- en que de repente nos damos cuenta de que también existe otra posibilidad, la del que nada promete, la del SÍ que no es más que expresión del deseo de la voluntad, la del que abre puertas aunque no sepamos qué hay tras ellas. Decir a la vida y abrirse a la innombrable cantidad de opciones que existen eso que es una aventura maravillosa. Por supuesto que a veces las cosas tendrán su cara oculta, que habrá inconvenientes, cómo no va a haberlos, pero la diferencia sustancial es que cuando decimos en vez de decir NO estamos haciendo la mejor apuesta posible: apostamos por nosotros mismos.

Cuando me he visto en alguna situación dolorosa emocionalmente, de ésas que te dejan como paralizada y con la mente en punto muerto, en vez de decir “no” y cerrarme en banda he probado a “aceptar” lo que me venía y decir a lo que la vida era en ese momento. Bien entendido que no era un dulce de esos que no amargan sino más bien la puerta abierta para saltar de la sartén cuando el fuego está apagado y no hay riesgo de quemarse.

 Decir a lo que la vida es en cada momento sin empecinarse en la intransigencia propia ni escudarse tras esquemas mentales “de toda la vida” que pueden ser destrozados con un simple tiro que dé en la diana. Decir a lo que la vida me ofrece en cada instante y buscarle el lado bueno –que lo tiene- y disfrutar de ello. Sea cual sea la situación.

Hablamos de cosas serias, no de cosas fútiles o sin consistencia; hablamos de dejar que a veces sea el viento quien dé un golpe de timón sin que nos amarremos al mismo para seguir en la misma dirección que, cuántas veces, nos ha llevado directamente a encallar.

Hablamos de cosas serias, de seguir las intuiciones que nos dicen cuándo deberíamos arriesgar en una relación y cuándo deberíamos decir a la libertad, al derecho a decidir, a la posibilidad de un respiro.

Cada vez que me encuentro con alguien que está instalado en el “no” siento una sensación extraña: mitad sorpresa, mitad pena. Y no suele ser unilateral la sensación sino que me atañe plenamente cuando soy capaz de reconocer en el otro una actitud que me ha acompañado durante muchos años y que, ahora me doy cuenta, como un corte de pelo inadecuado, no me sentaba nada bien. Todo es cuestión de tomar conciencia y empezar a probar cosas nuevas. ¿A que ?

En fin.

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Harta de Vodafone
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Cecilia Casado | 17-06-2016 | 5:45| 0

 

 

Escribir este post denunciando mi experiencia personal con la compañía de telefonía no ha sido fácil. Hay una especie de prurito de “vergüenza ajena” en airear las pequeñas miserias de los demás; pero cuando no existe nadie que personalice ese “los demás”, cuando no hay una persona de carne y hueso, con nombre y apellidos -que yo conozca-, detrás del abuso, el engaño y la mala fe, me quedo tranquila y convencida de que no le voy a quitar el sueño a ningún honrado trabajador ni perjudicar a nadie en absoluto.

Pero a lo que vamos.

En el verano de 2015 acepté el ofrecimiento por parte de VODAFONE para suscribir el contrato que ofrecían en su promoción especial “One”: tarifa fijo/móvil con una buena relación calidad/precio, ADSL, Servicio Box de televisión gratis durante seis meses y entrega gratuita de un teléfono móvil inteligente (smartphone) de la marca VODAFONE. Firmamos –la compañía y yo- el contrato pertinente en el que todo estaba clarísimo incluyendo por mi parte un Compromiso de Permanencia por dos años. Todo –aparentemente- correcto y a gusto del vendedor y del consumidor. Debo indicar que esta “oferta especial” me llegó a través de comerciales telefónicos que me llamaron “hasta el aburrimiento” para hacerme comprender que yo era “una clienta elegida” y que querían tener conmigo “un detalle por mi fidelidad” a la empresa después de muchos años. Piqué, como es obvio.

Firmado el contrato en el mes de Julio, recibí en mi domicilio al cabo de varias semanas el kit de televisión llamado BOX. Lo instalé y no me gustó así que fui a la tienda a devolverlo. Lo entregué y me dieron el documento correspondiente a la entrega y firmé la baja voluntaria de tal servicio –que era gratuito por seis meses. Es imaginable mi sorpresa cuando encuentro en la factura del mes de Enero 2016 el cargo correspondiente a dicho servicio. Llamé a ese número de Atención al cliente donde, si tienes suerte, te atiende alguien en tu idioma y si no la tienes hay que poner el decodificador/traductor mental español/castellano/latino pertinente.

Me informaron de que “tenía que dar de baja el Servicio en Canal Plus” –que parece ser que era el proveedor de Vodafone para tal servicio. Les dije que ni hablar, que yo ya lo había dado de baja y devuelto el aparato en la misma tienda donde había firmado el contrato y que se ocuparan ellos de sus asuntos internos. Me dijeron que esperara un momento mientras consultaban, lo que supuso 24’ de “Don’t worry, be happysalpicados de los: “No se retire Doña Cecilia por favor” pertinentes para acabar diciendo que de acuerdo, que me harían el abono correspondiente. OK. Me ingresaron en el banco el importe cobrado erróneamente a los diez días. Pero en el mes de Febrero volvió a ocurrir lo mismo. Vuelta a reclamar, a tener santa paciencia mientras volvían a chequearlo todo y un nuevo abono efectivo a los diez días. Y en Marzo, y en Abril y en Mayo. Todavía me deben la Nota de Abono última después de mis reiteradas y mensuales reclamaciones. No ponen ninguna pega a devolverme el dinero, dicen  que bla bla bla echándo balones fuera, pero cada mes tengo que dedicar media hora de mi vida a charlar con un amable empleado que, soy consciente, no tiene la culpa de nada. Empleado que revisa mi contrato, comprueba que estoy al corriente de los pagos, que tengo TODA LA RAZÓN, que me pide disculpas en nombre de Vodafone y que me asegura que “el fallo ya está corregido y eliminado”. Mentira podrida. Pobre gente, obligada a mentir para conservar su puesto de trabajo.

Paralelamente, el famoso teléfono móvil marca VODAFONE que me regalaron ¿? empezó a fallar en el mes de Marzo por el lado de la batería. Duraba seis horas como mucho y no admitía carga completa. Al estar en garantía hice la correspondiente reclamación, pero oh sorpresa!, descubrí que por “política de la empresa” las baterías de sus móviles tienen únicamente una garantía de SEIS MESES. Les da igual que la LEY –con mayúsculas- explicite que son DOS AÑOS lo obligado. Les da exactamente igual; reclama si quieres, a ver qué te cuesta más si la batería nueva o el proceso burocrático de reclamación, así que –como mi paz interior también tiene un precio- compré una batería nueva para poder seguir utilizando el teléfono que ya no me parecía que hubiera sido “gratis”.

Y como no hay dos sin tres, la semana pasada el propio teléfono móvil ha comenzado a hacer cosas rarísimas. Se queda sin línea de teléfono –ni recibe ni puede hacer llamadas-, se bloquea al encenderse y las aplicaciones funcionan como les da la gana. Comprobado que no es fallo de la tarjeta me dicen que “habría que mirarlo” y enviarlo al Departamento Técnico. ¡Un teléfono que tiene diez meses de uso.! No quiero ni imaginar la pesadilla que me está acechando…

Tengo santa paciencia –siempre la he tenido- pero lo que me aburre infinitamente es tener que atender esas llamadas robóticas “para mejorar la calidad de nuestro servicio le rogamos puntúe la atención ofrecida por Vodafone…”, llamadas automáticas cada vez que se utiliza el servicio de Atención al Cliente y que, en mi caso, está siendo reiterativo y abusivo porque ELLOS me obligan.

Y, digo yo: ¿Quiénes son ELLOS?

“Señores de Vodafone”, les escribo este post publicado en mi blog personal para decirles que me tienen “Ustedes” bien harta. Sin más. Atentamente.”

En fin.

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Ráfagas de recuerdos
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Cecilia Casado | 15-06-2016 | 7:03| 0

 

La última tarde lluviosa me dediqué a hurgar en los viejos álbumes de fotos de  papel. Buscando la que no encontré hallé las que no esperaba, me ocurrió como a veces en las cosas del amor.

Aparecieron varias instantáneas de hace quince años, de cuando me compré una moto que pesaba 110 kgs. a la que a duras penas conseguía mantener en equilibrio en los semáforos en rojo. Era una moto chula, de esas de fardar melena al viento bajo el casco; allí estaba yo sonriente y satisfecha, con vaqueros y chupa de cuero sobre un corcel que tan sólo servía para ir a trote discreto por las avenidas de la ciudad, pero que me hizo sentir como si hubiera conseguido rescatar de la hoguera del tiempo algunas brasas de mi agonizante juventud. Sentí lo que se siente cuando se va rápido y haciendo ruido y todo el mundo te mira pero nadie te puede ver.

La moto me duró tres años hasta que saltamos juntas por los aires gracias a un coche que se saltó un stop impunemente en el cruce de la cárcel de Martutene. Choque frontal, cinco meses de baja para reflexionar sobre la velocidad…de la vida. Pero no es de eso de lo que quiero hablar.

Estas fotos me traen el recuerdo de mis ocho años, cuando iba de “paquete” en la moto de mi padre, una MV peligrosísima (según las normas de hoy), agarrada a su cintura mientras subíamos velozmente –o eso me parecía a mí en mi insignificancia- la cuesta de Aldapeta para depositarme en el colegio a primera hora de la mañana. Las demás niñas iban en autobús o caminando, pero yo llegaba abrazada a mi padre, en un corcel de hierro que provocaba la admiración de los chicos del colegio vecino y la desesperación de mi madre porque me ponía los pelos de punta y la falda del uniforme por los aires.

Sentía en mi rostro la envidia de algunas compañeras y no podía dejar de fomentarla, no por disponer de un bien de transporte cuando casi nadie tenía uno, sino por el hecho de tener a los ojos de mi padre el valor suficiente como para subirme con él en la moto y sin miedo. Que ésa era otra. Sin casco, ni él ni yo, petardeándome el escape en las canillas, sujetando de cualquier manera la maleta de cuero de los libros entre mi cuerpecillo y el suyo. Expuestos al peligro y a la “aventura”, los días en los que mi padre accedía a llevarme en moto con él conformaron la base de lo que sería con el tiempo una autoestima bien nivelada pero que en su momento parecía no ser más que la irreflexión propia de una niña. No juzgaré si mi padre era un inconsciente porque habría que situarse en el tiempo y el momento precisos.

A mi madre no le hacía gracia, pero mi padre disfrutaba de aquella pequeña y exclusiva complicidad que se había instalado entre nosotros. Nunca tuvimos un accidente, ni tan siquiera un patinazo. No sé si alguna vez alguien nos sacó una foto a los dos juntos en la moto, si es así se ha perdido o quizás algún día aparezca entre las cajas cerradas que sobrevivieron a mi padre y de las que todavía es depositaria mi madre como fiel cancerbero.

Cuarenta años después, yo también llevé en mi moto a mi hija pequeña de aquí para allá; con cascos homologados y una prudencia infinita, ella era feliz subiéndose a la Kymko conmigo, sé que se sentía orgullosa y excitada de compartir aquella pequeña osadía y había que verla con su rubia melena al viento (bajo el casco) sujetando la mochila del colegio cuando la esperaba a la salida algunas tardes. Se establece un recuerdo compartido, entre nosotras pervive  la memoria del abuelo y ese empuje que vence el miedo y la fuerza de cumplir ilusiones lanzándose a la vida, con o sin casco. Después del accidente que sufrí mi hija renunció al peregrino sueño de tener algún día una moto y yo nunca agradeceré lo suficiente a los dioses que ocurriera mientras iba a buscarla y no quince minutos después.

Los recuerdos me llegan como ráfagas y no me conmueve  ver que hay más biografía a mi espalda que en el horizonte. ¿Qué será la vida al fin y al cabo cuando estemos en la recta final sino una sucesión de recuerdos? ¿Volveremos alguna vez a los viejos álbumes?

¡Qué regalo poder recordar buenos y viejos tiempos! Personas a las que amamos, lugares en los que se nos deslumbró la mirada, situaciones en las que se nos estremeció el alma, gente que ya no está pero que vivirá unos instantes más en nuestro corazón al recordarla…

¿Y si nos olvidamos…será como no haber vivido?

En fin.

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¿Mujeres invisibles?
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Cecilia Casado | 13-06-2016 | 7:54| 0

 

Dicen las malas lenguas que “las mujeres” nos volvemos invisibles a partir de cierta edad. Así, sin anestesia, metiendo a toda la población femenina en el mismo saco, sin clemencia ni cuartelillo. Supongo que cuando se dice “todas las mujeres” hay detrás una idea subyacente de querer decir ‘todas las personas’, o quiero entenderlo así para librarme del debate de lo políticamente correcto o su contrario.

Sin embargo nadie dice que “los hombres” se vuelvan invisibles, ni tan siquiera hay una frase hecha o lugar común que exprese que la población masculina deje de estar presente en el imaginario “de la otra parte”, tenga la edad que tenga.

Pero no voy a hablar hoy de los hombres, es un tema que no domino bien, de hecho, en todos los “exámenes” a los que me he presentado he suspendido clamorosamente y por más que me he presentado a “la repesca” he vuelto a demostrar mi incapacidad comprensiva. Me pasa con ellos como con parte del arte contemporáneo, que me gusta mucho aunque me sienta incapaz de entenderlo.

Hago esta puntualización para que quede constancia una vez más de que prefiero hablar de temas que conozco –las mujeres y nuestras peculiaridades- y en los que me siento más cómoda debatiendo. A fin de cuentas, mujer soy y llevo más de cincuenta años viviendo en esta piel y ordenando estas neuronas.

Bueno, pues que hay una edad a partir de la cual se deja de atraer la atención del sexo opuesto.

Siempre me ha provocado un regusto difícil de expresar el hecho de intentar desmontar falacias de andar por casa, las nuestras, las de aquí, las que conforman nuestra “cultureta” y están más cerca del chiste fácil que de la gran verdad sociológica; pero las difíciles, las que están arraigadas en el ideario ecuménico, cuesta un poquito más por lo que llevo varios días observando y, a pesar de que dicen que son invisibles,-esas mujeres- yo las he visto.

Mujeres de una edad aparente comprendida entre los cincuenta y los sesenta y cinco, mujeres solas o en grupo, paseando o pateando la ciudad, mirando escaparates o sudando la camiseta. Mujeres vestidas sin aspavientos, el pelo lavado en casa y no siempre teñido; la mirada alegre, sencilla y franca. Y, curiosamente, casi todas con alianza en el dedo.

 Ese es el grupo de mujeres en las que no se fijan los hombres; esposas y madres que siguen al pie del cañón sustentando pilares importantes, vigas que –de romperse- arrastrarían la estabilidad de sus maridos y familia. Esas son ‘las santas’ que todo hombre que se precie se precia de tener en casa. Esas son las mujeres invisibles a los ojos de la sociedad y de los ojos depredadores de muchos hombres.

Luego están ‘las otras’; más llamativas y peripuestas y exudando todavía feromonas por entre el rebaño de machos disponibles (pocos y renqueantes). Las que intentan todavía conseguir a su hombre, (justo derecho); las mismas que, si se emparejan, a la vuelta de unos años también se volverán ‘invisibles’. Esas mujeres maduras que, como la buena fruta, están en su punto exacto para hincarle el diente. (Licencia metafórica)

Pues yo las he visto a todas. Las de cincuenta y las de sesenta. Las he mirado y admirado. Las he seguido por la calle un ratito, he puesto la antena a su conversación, he fotografiado a algunas desde lejos. Y las he sentido vivas, fuertes, sonrientes e incluso contentas y felices. Solas, de dos en dos o en grupito alborozado. Se acodan en la barandilla y sacan fotos, abarrotan los restaurantes haciendo festivo un día de labor, incluso en el tiovivo de AlderdiEder las he visto juguetonas, niñas mayores y felices reinventándose con alegría.

Cuando he buscado a los hombres… no he visto a ninguno. Confieso que se han vuelto “invisibles” para mí. Tengo que dilucidar qué me está pasando…

 En fin.

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Mi Enfermedad Psicosomática
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Cecilia Casado | 10-06-2016 | 7:05| 0

 

No soy ni médico ni psicoterapeuta, pero sí he sido enferma, así que entiendo que tengo suficiente conocimiento empírico como para hablar de la enfermedad en general y de la que padecí en particular.

Durante muchos años tuve que padecer trastornos gastro-intestinales; por mucho que me dedicara a la dieta mediterránea, no abusara del alcohol y mantuviera el peso adecuado a mi masa ósea, cada dos por tres se me cortaba la digestión con los consiguientes inconvenientes: dolor, retortijones y diarrea. Todo un clásico para estar de viaje por el Valle de los Reyes o las gargantas del Cares: el miedo al corte de digestión me acompañó durante años de forma lacerante y tan grande era que por temerlo lo convocaba.

Enfermedad la llamo porque yo estaba enferma, carente de salud en ese sentido, pero los médicos no lo llamaron así ya que las pruebas realizadas (de todo tipo, exhaustivas, recurrentes, intensas) no determinaron ningún diagnóstico concluyente más allá de aseverar que mi aparato digestivo se encontraba en “aparente buen estado”. Punto final. Ahí te las apañes con lo que venga después…

Sabía que había enfermedades psicosomáticas provocadas por la mente del propio enfermo, por situaciones emocionalmente no resueltas, por traumas o disturbios viejos e imposibles de detectar por ningún TAC o escáner. Sabía que lo que no es patología (Parte de la medicina que estudia los trastornos anatómicos y fisiológicos de los tejidos y los órganos enfermos, así como los síntomas y signos a través de los cuales se manifiestan las enfermedades y las causas que las producen.)… era otra cosa, así que me dediqué a buscar por mi cuenta en los escondrijos de mi mente las posibles causas de mi “patología ficticia”.

Acudí a profesionales del “alivio mental” -que me aliviaron la cartera básicamente-; también recurrí al eventual socorro de “ayudadores emocionales” y con éstos me fue bastante mejor. En cualquier caso me negué a tomar una sola de las pastillas que me recetaban los médicos para paliar los dolores porque eran eso, paliativos, y no podían atajar el origen del mal puesto que ningún galeno fue capaz de hallar una causa clínica al trastorno que me afectaba.

Para compensar, un buen profesional de la medicina me dijo “off the records” que lo que no se puede curar hoy en día con la medicina (tradicional o de la otra) es porque tiene un origen psicosomático y es únicamente el individuo el que puede arreglar en su cuerpo lo que él en su cuerpo ha promovido que ocurra. Se refería, huelga decirlo, a los “dolores del alma”.

Agarré el toro por los cuernos y me metí de lleno en la tarea de aliviar mi alma de dolores viejos, esos dolores que me acompañaban desde la niñez: ausencia de cariño, maltrato, búsqueda del amor de la madre aún en la edad adulta, familia de origen desestructurada, rabia por traición a la confianza y alguna más de esas “piedras” que –según parece casi todo el mundo lleva en la mochila pero que muy pocos se atreven, no solamente a reconocer,  sino a deshacerse de ellas.

Comprobé que mi enfermedad era psicosomática, vaya que si lo era, puesto que cuando finalmente fui capaz de liberarme del DOLOR que me atenazaba el alma a base de reconocerlo, afrontarlo y llamar a las cosas por su nombre y, por supuesto, realizar en mi vida EL CAMBIO que necesitaba… ¡Se acabó lo que se daba en mi pobre estómago!

Desde hace casi dos años, DOS AÑOS, que no me duele, ni se me corta la digestión, ni tengo convulsiones intestinales, ni rien de rien.  ¿A qué precio? Al de aceptarme como soy y dejar de pretender que los demás me acepten cuando sé que no les gusto. ¿A qué precio? Pues al de renunciar a querer conseguir un cariño que me ha sido negado durante toda la vida creyendo que sin él no podría vivir. ¿A qué precio? Pues al de mirar en mi interior y escuchar el mensaje que me venía de las tripas (y nunca mejor dicho). Allí se quedaron mis miedos, mis apegos y “supuestas” necesidades…

Espero que sirva de algo mi testimonio -que no puedo explicar más ni mejor –al menos en público. Además tengo prisa, he quedado para comer y disfrutar de la comida con quien comparte conmigo la vida sin juzgarme, condenarme… ni cortarme la digestión.

En fin.

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Sobre el autor Cecilia Casado
Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.

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