Diario Vasco
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Autor: A partir de los 50
Cosas de mi amona
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Cecilia Casado | 17-01-2010 | 10:23| 0

        


         Esta semana he hecho limpieza en casa, de esas en las que una se ve atacada como de una fiebre suprahumana que le impele a llenar bolsas y más bolsas de objetos, papeles y ladrillos que fundamentan toda una vida.


        En un arcón que originariamente contuvo dos docenas de botellas de vino, aparecieron medio centenar de cintas de casete. ¿Qué hacer con ellas? ¿Cómo tirar a la basura la banda sonora original de media vida?. Los vinilos, ni tocarlos, son sagrados y siguen guardados como oro en paño para que los tiren a la basura –o no- mis generaciones futuras.

        Revisándolas, las cintas, deseché auténticos despropósitos musicales que me moriría de vergüenza de mencionar aquí, pero que en su día creí que me agradaban (o me los regalaron, quien se acuerda ya); además de las cintas originales estaban aquellas que “copiábamos” de algún disco original –el emule de la época- y otras enigmáticamente etiquetadas. Así que saqué de un armario la vieja radio con casete incorporado e inserté una cinta en la que ponía “abuela”.

        Mi amona formó parte en su juventud del Orfeón Donostiarra – Julia Ozcáriz era su nombre- y la que tuvo, retuvo, y con sus ochenta años le insté , en una tarde lluviosa de café con leche y mediasnoches, a que cantara, para grabar de cara a la “posteridad” canciones de la época. Y allí estaban sus versiones languidecidas del “Sleeping-car”, “Maritxu” y tantas otras que conforman la historia de una época, canciones populares vascas desde principios del siglo XX hasta la posguerra. No hace falta decir que me emocioné cumplidamente al escuchar la voz trémula y cariñosa del final de su vida.

         Mi abuela se esforzó en sus ochenta para entender cómo funcionaba un fax, o qué era un walkman o un microondas. A pesar de eso, seguía pidiéndome que le comprara papel “Galgo” para escribir sus cartas a pluma –nada de bolígrafo- , se acostaba con su primitivo transistor Vanguard pegado a la oreja buena y ni qué decir tiene que nunca permitió que en su cocina hubiera otro horno que el de toda la vida.

       Porque en los años de mi abuela, las cosas eran “las de toda la vida” y ahora… sigo teniendo los armarios llenos de objetos que me niego a tirar porque son el testimonio de la vida, la de mi abuela y la mía.

      Otra vez será…

      En fin.



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Una sonrisa “boba”.
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Cecilia Casado | 15-01-2010 | 7:09| 0

        


 


Es esa sonrisa que se lleva puesta en el rostro y que, como si fuera un hilo enganchado a la ropa, alguien te dice que lo llevas prendido, que te lo sacudas y tú le miras, con tu sonrisa, y dices, no, no, deja que está bien así.

Es esa sonrisa que regala en silencio los buenos días al entrar a comprar el pan, al subir al autobús, al cruzarte en la puerta del banco con alguien que quiere salir cuando tú quieres entrar, la sonrisa que pone nervioso a tu vecino en el corto viaje compartido en el ascensor, la sonrisa que hace que algunos te miren por la calle como si fueras de otro planeta.

Y no es así, en absoluto. Llevar en el rostro una sonrisa no es más que un deseo de transmitir una briznita de alegría al otro, el fútil intento de compartir un segundo de sosiego, una inventada y gratuita manera de rozar las lindes de lo tranquilo y feliz.

Estas chuminadas no se me ocurren porque sí, sino que las saco de mi observación.
Por ejemplo, digamos que mañana me pongo la sonrisa especial como aquel que se pone el abrigo con la bufanda a juego y no se lo quita hasta que regresa a casa. Un accesorio más, como los pendientes, o la corbata, o el gorro, un detalle.

El truco del almendruco es que, cuando una persona va por la vida con la sonrisa en la boca, es muy difícil que nadie le ponga una zancadilla. Bueno, casi nadie.

En fin.

Nota bene.- Pues había hace mil años un slogan que decía: “Sonría, por favor”. Me acabo de acordar.


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Sobre la muerte (Por LaAlquimista)
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Cecilia Casado | 14-01-2010 | 1:52| 0

                                      


  No voy a frivolizar sobre este tema y mucho menos ahora que todo se tambalea en lo cercano y en lo lejano. Murieron sepultados por un alud los amigos de una amiga, gente joven, llena de vida e ilusiones, con proyectos por realizar, antes de llegar a la mitad del camino. Y el dolor que se expande como un reguero de lágrimas no deja sitio para la reflexión, el pensamiento anulado, tan sólo queda un grito hueco.

        Después, en la madrugada, el terremoto lejano inunda la mañana de muertos sin nombre, lejos de la frontera de nuestra vida, menos sentidos, anónimo dolor que difícilmente puede ser compartido. 

       La muerte es un azar imposible de esquivar, puede venir de la mano de una vieja herida enferma, del instante irreflexivo en que decidimos tener más prisa de lo acostumbrado, del impulso doloroso de la soledad, de ese balcón tan alto y tan a mano, de esos cables azules que prometen el descanso.

       Ya está todo dicho sobre la muerte, toda reflexión añadida es cansina y huele a viejo, por eso supongo que es mejor hablar de lo que está en su antesala: la vida.

       Y en la vida está –todavía- ese abrazo que nos quema el alma porque lo estamos negando a quien lo necesita, esa llamada retenida y aparcada en un gris y frío sótano envuelta en rencor, ese tiempo frío y solitario que nos empeñamos en vivir de espaldas al amor.
El sombrero que quizás no tenga ocasión de volverse a usar, el anillo que se arranca del dedo junto con una promesa que se tropezó con un disgusto… esos pequeños instantes felices que nos negamos a veces, esas pequeñas cosas a las que hemos desprovisto de su valor, todo eso desaparecerá con la muerte y el único consuelo será haberlo olvidado antes de que esta llegue.


      En fin.


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Foto: C.Casado


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Viernes femeninos (Por LaAlquimista)
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Cecilia Casado | 13-01-2010 | 3:01| 0

                               


Cuando me casé –hace un par de siglos ya- era la época de las parejas abiertas, -o eso decían- una especie de necesidad para compensar todo lo que había estado cerrado hasta entonces, y si bien no comulgábamos con ciertas libertades –porque habíamos comulgado durante muchos años los domingos en la iglesia-, intentábamos, nosotras, las chicas jóvenes recién casadas o arrejuntadas, preservar una pequeña parcela individual y que no todo fueran “bienes gananciales”.

Y así se instauraron entre mis amigas los bien llamados “viernes femeninos”. Ese día, esa noche, había espantada femenina del hogar; el marido o concubino, o se iba a la sociedad o al cine o a cenar a casa de su madre –pero eso no compensaba porque había que aguantar las críticas a la nuera- y la esposa-la parienta, como decían ellos-,es decir mis amigas y yo, nos íbamos de cena, de copas y de bailoteo. Todavía éramos muy jóvenes y muy ingenuas y creíamos que, aunque casadas, podríamos seguir reservándonos un pequeño espacio para una más que necesaria libertad.

Nos partíamos de risa contando anécdotas íntimas y picantes –yo creo que exagerábamos e incluso que inventábamos ciertos “detalles”-, criticando con más bien poca malicia las artes y oficios de nuestra pareja y comíamos y bebíamos y fumábamos y bailábamos hasta que se fundían los plomos. Lo de ligar era ciencia-ficción y si ocurría ya teníamos motivo para el descacharre del viernes siguiente.


          

Luego, al filo de los veintimuchos, empezaron las deserciones forzadas: que si le tengo que dar el biberón al niño que sólo me come a mí, que si mi marido se mosquea si le dejo solo en casa, que si estoy tan cansada que mejor no salgo…

Algunas, las más aguerridas o con menos problemas personales, seguimos saliendo a quemar la noche hasta que los años nos fueron quemando a nosotras . Incombustibles no éramos, pero donde hubo un buen fuego siempre se pueden sacar algunas brasas.
                       
El otro día fui a una “cena de chicas” para celebrar el cumpleaños de una de las supervivientes (por cierto que a la jodida no le sobran ni grasa ni arrugas) y fue como un déjà-vu . Las mismas risas hablando de los mismos eternos temas –exagerando lo que hiciera falta-, las anécdotas convertidas en “perlas cultivadas” y de los maridos, ni palabra. Ni de los hijos, ni del trabajo. Ni de política, ni de religión (ni de fútbol, claro) ¿De qué estuvimos hablando durante más de 5 horas…? Pues no sé si me acuerdo muy bien pero sé que llegué a casa contenta y feliz de haber estado disfrutando con mis amigas de algo parecido a aquellos “viernes femeninos” … del siglo pasado.


             

En fin.


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La quinta del “53″. Por LaAlquimista
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Cecilia Casado | 12-01-2010 | 2:07| 0

 


          


Hubo años peores para nacer, obviamente, pero 1953 fue el que me vio asomar la nariz al mundo y por ende mi mejor punto de referencia. Como mi familia era normal y corriente para la época me enviaron al colegio de monjas –ni soñar de colegios públicos- y allí aprendí todas mis futuras trapacerías y adquirí los boletos para el diván del psicoanalista. Desde los cuatro años hasta los 14, diez años subiendo y bajando cuatro veces al día la cuesta de San Bartolomé, con una capa horrorosa sobre el uniforme negro en invierno (¿no se habrían inventado los abrigos?), botas katiuskas para la lluvia y zapatones Gorila para el resto del curso.

Lo duro era la carencia de puntos de referencia comparativos, tal parecía que no existía más mundo que el minúsculo espacio comprendido entre las nueve de la mañana del lunes, inaugurando la semana con la asistencia a misa y las seis de la tarde de los viernes, despidiendo el tiempo lectivo con el rezo del rosario.

Pero los dioses no eran tan tiranos y teníamos, para nuestro gozo y desasosiego, un colegio de curas –o sea, chicos, chicos- justo detrás del nuestro. No sé a qué acuerdos llegarían unos y otras –curas y monjas- pero nuestros horarios no coincidían. Ellos, los varoncitos, después de clase jugaban al fútbol o al baloncesto y por las mañanas entraban antes a clase –ya se sabe, curtir el cuerpo durmiendo menos- y nosotras, pobres criaturas, teníamos que zascandilear por el patio o la cuesta haciendo tiempo para poder “tropezarnos casualmente” con la bandada de bestias pardas que salía del colegio en pantalón corto.

Eso de que se ofrecieran a acompañarte a casa y a llevarte los libros lo empecé a ver en las películas de la época –Marisol, Rocio Durcal,etc.- pero en la pura realidad lo más que conseguíamos de su atención era que nos tiraran chinitas o nos empujaran pasando corriendo a nuestro lado. (No sé si luego aprendieron a hacerlo mejor, pero me temo que no).

Teníamos el uniforme y la ropa de los domingos, nada más. Y no es que fuéramos “pobres” es que es lo que había y punto pelota. Así pues, el sábado y el domingo por la tarde, nos poníamos los calcetines altos con las borlitas colgando, la falda escocesa con su imperdible dorado – los vaqueros todavía no eran fáciles de comprar, había que ir a Francia- y el chaquetón-montgomery o el abrigo de paño y a pasear por “el Tontódromo” arriba y abajo, comiendo pipas, mascando chicle o con el chupachups por bandera, justo hasta el momento en que había que echar a correr para estar en casa antes de que dieran las diez. (B.S.O. Joan M.Serrat).

Y nos hicieron medio tontas sin quererlo y luego tuvimos que sudar sangre para corregir la cantidad de información recibida y procesarla y separar el grano de la paja y comprender que no por enamorarte a los quince dejabas de ser una chica decente y empezar a llevar la contraria y a llevarte los primeros bofetones (literales o figurados).

Algunas tuvimos más suerte que otras según las circunstancias, pero todas, creo que prácticamente todas las niñas que vivimos aquella época en nuestra bendita ciudad de provincias, tenemos en común parecidas vivencias de la época, las ilusiones compartidas en secreto y aunque unas fueron por aquí y otras salieron por allá, en el fondo nos encanta volver a recordar –ya sin ira, ya sin trauma- aquellos años en los que aprendíamos a vivir entre besos y tropezones.

Ahora miro a mi alrededor y veo que van faltando muchas, sobre todo van yéndose ya los chicos, como si tuvieran prisa, cuando entonces soñábamos con ser eternos y no sabíamos –o no queríamos saber- que íbamos a repetir el mismo ciclo de nuestros abuelos y que, por más que luchen en contra, están ahora mismo repitiendo nuestros hijos.

La única diferencia es que no voy a decir aquello de que “con Franco vivíamos mejor”.

En fin. Otro día más.


LaAlquimista.


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Foto: Procesión colegio Compañía de Maria.




 


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Sobre el autor Cecilia Casado
Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.

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