Diario Vasco
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Autor: A partir de los 50
Lo que se lleva esta primavera
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Cecilia Casado | 12-05-2017 | 7:30| 0

 

Las tendencias ya no vienen de Paris; ni de Londres, ni mucho menos de Milán. Ahora mismo quien marca las pautas de lo que está de moda es Berlín. (Obsérvese que Frau Merkel lleva siempre el mismo modelo de traje de chaqueta en distintos colores) Y lo que se va a llevar oficialmente esta primavera es el color “miedo”. Sí, el miedo a levantar la voz, el miedo a decir lo que se piensa, el miedo a que hagan olas y el nivel de porquería suba esos cinco centímetros que faltan para que nos entre directamente en la boca.

El color de moda por antonomasia esta temporada va a ser el “negro miedo”. Elegante, austero, multiusos, formal, correcto y significativo de dignidad e invencibilidad, el negro se está adueñando ya de nuestro fondo de armario y de los escaparates de la vida.

Porque negra se ha vuelto la pantalla donde se reflejaban los sueños de varias generaciones que sienten su vida perturbada por la “peste” peor de todas: la de la indefensión ante la ignominia, el abuso de poder y la falta de justicia social. Situaciones por las que hemos luchado durante treinta años han completado un absurdo círculo y vuelto al punto de partida. ¿Dónde quedaron los derechos laborales, los logros sociales obtenidos por nuestra generación? Cuando se consiguió que hubiera cierta dignidad en el trabajo para una mujer, ¿Cómo es posible que mujeres jóvenes trabajadoras se vean amenazadas soterradamente con la rescisión de su contrato si se quedan embarazadas? ¿Cómo hemos llegado a que a un trabajador se le mande a la calle si cae enfermo más del tiempo que estima aceptable el empleador? ¿Quién ha permitido que los derechos adquiridos gracias a la pelea incesante de quienes ahora tienen entre cuarenta y cincuenta años se conviertan en humo?

Estas situaciones, impensables hace unos años, están siendo el pan nuestro de cada día e instalando el temor en la mente del ser humano. Estoy viendo a personas enfermas acudiendo cada día a su trabajo por MIEDO a que les echen si se cogen la baja más de una semana. Personas que llevan a sus espaldas más de veinte años de actividad laboral y que aguantan al pie del cañón una lumbalgia, una gripe, incluso un accidente laboral, por miedo total y absoluto a verse en la calle. Con la excusa y salvaguarda de un E.R.E. los patronos van quitándose de en medio a los débiles, a los enfermos, a los “viejos” y…a las mujeres.

Porque también estoy sabiendo de mujeres de más de treinta años que se ven ante la disyuntiva de tener hijos o perder el puesto de trabajo porque la empresa no está dispuesta a aguantar el permiso maternal subsiguiente. Aunque sigan hablando de una pretendida “conciliación” y siga en vigor oficialmente la posibilidad de que sea el padre el que acceda también al permiso por tener hijos.(No lo dicen claramente, pero van a la calle de cabeza)

 ¿De qué sirvió el esfuerzo por conseguir leyes laborales que no explotaran al trabajador –convenios, salarios, derechos y obligaciones? ¿Quién ha propiciado esta involución en la que nos hemos instalado casi con normalidad, como si no tuviéramos a nuestras espaldas más de treinta años de trabajo, de pagar impuestos y de ayudar a construir un país, una economía?

¿Ya está? ¿Así de fácil? ¿De quién es la culpa? ¿De los bancos, de la “crisis”, el quinto jinete del Apocalipsis?

Esta primavera no van a vestir de florecillas sobre tonos pastel más que aquellas personas que tienen un puesto de trabajo asegurado, léase funcionarios con plaza fija y miembros de las fuerzas de seguridad del Estado. Éstos también tendrán miedo, digo yo, porque es contagioso.

Esta primavera va a seguir estando de moda criticar a los corruptos, poner a parir a los bancos usureros, hablar mal del Gobierno y no mover un dedo por arreglar la situación. Ellos dirán con sorna: “ladran, luego cabalgamos” y seguirán marcando la tendencia de la moda para esta primavera.

En fin.

LaAlquimista

** Leyendo “Miedo líquido”. Zygmunt Bauman

*Este post fue escrito y publicado en Mayo 2013. Reflexione quien quiera reflexionar…

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“Todavía la luz”. Poesía salvadora
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Cecilia Casado | 10-05-2017 | 8:48| 0

 

Cuando escribo este blog con el corazón en la punta de los dedos siento como si una tenue música saliera de mi interior ya que susurrar sobre la pantalla las emociones es algo tan íntimo como escribirlas a la luz de una vela acariciando con una pluma la hoja de un diario personal. Porque hay sentires que no cambian aunque el estruendo de la tecnología ahogue el murmullo de la fuente clara en un rincón del bosque.

Decir las palabras y que éstas lleguen, colándose por los vericuetos del alma, sorteando barrancos emocionales, bajando a los valles donde se vierte el desencanto para seguir su camino imparable hasta el mar que todo lo abarca, que todo lo engulle y resurgir, la palabra, de entre las aguas revueltas de toda una vida como una gota, tan sólo una gota, de poesía… es el regalo de una magia que hay que saber percibir.

Estamos destrozando el mundo a mayor velocidad de la que saben medir los científicos; lo destruimos cada día cuando amparamos bajo nuestras alas la vulgaridad y damos carta de naturaleza a todo lo que es superficial, vacuo, inane y absurdo. Hemos puesto patas arriba la escala de valores que algún día lejano alguien susurró en nuestro oído y trastocado la emoción del reto por vivir cambiándola por la obsesión del reto por tener más y más cosas.

En el camino se han perdido casi sin que nos diéramos cuenta la sonrisa del niño que habita en nosotros, la ilusión de aquellos jóvenes que fuimos por lograr un mundo mejor y toda la poesía que alguna vez –aunque fuera tan sólo una- surgió de un corazón enamorado al que escuchamos latir desde la primera fila.

Quisiera poder retener algo de lo que fue importante para mí; hay una pelea que no cesa con el ruido, lo burdo inoculado en vena, la canalla que vocifera al paso de lo que no comprende. Ser vulgar y alardear de ello, como la hiena que pretendiera fuera música su risa, así andamos ahora apelotonados unos con otros, cada vez más iguales o menos diferentes, arrancándonos las insignias que alguna vez prendimos con orgullo en el corazón.

Entonces alguien enciende una luz y nos avisa de que hay una grieta por la que escapar.

Las “Bellas Artes” no han muerto, siguen vivas, jamás enfermas ni contaminadas, han resistido desde la época de aquellos griegos antiguos que idearon el fundamento de toda una forma de vida social que aún sigue en pie. De todas ellas, la declamación –que incluye la poesía- ha pasado a habitar los salones privados del palacio donde son “cortesanas” todas las demás, ha conseguido preservar la pureza intrínseca porque es el vate poeta y adivino a la vez de las emociones humanas que todos sienten y tan sólo los privilegiados –como alquimistas sagrados- pueden convertir en palabras.

Demos hoy un pequeño paseo por la poesía, esa fuente de eterna juventud del alma.

 

DETRÁS DE LA PARED NO HAY NADA

 

La frase me asustó en mitad de la noche y me desperté;

después me alertó, y pude al final del día comprender

que “Detrás de la pared no había nada”.

 

Cuando vives el presente te olvidas de la pared.

 

No dejes en manos del tiempo y del miedo

lo que la vida te concede a cada instante.

 

Marian Fernández López “Todavía la luz”. Poemario.

Editorial Punto Rojo.

Mi agradecimiento personal a Marian como ejemplo de que la vida tiene caminos y puentes por los que se puede transitar en soledad y seguir siendo felices.

 

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** Gustav Klimt. “Poesía”

 

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Reflexión del lunes. El “otro” Día de la Madre
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Cecilia Casado | 08-05-2017 | 7:44| 0

Ahora que ya ha pasado el inefable “Día de la Madre” me mojo en una reflexión a toro pasado porque siento la necesidad de poner los puntos sobre las íes en mi calendario festivo emocional, personal e intransferible.

Para empezar hace falta puntualizar –para quienes no lo vivieron por su juventud- que el “Día de la Madre” fue concebido como festividad religiosa el 8 de Diciembre, marcado en el calendario como la “Inmaculada Concepción”. Cuando se dieron cuenta de que la efeméride ocultaba un filón comercial más que aprovechable y con la excusa de acercarse a la costumbre de otros países, lo trasladaron al primer domingo del mes de Mayo, alejando el componente religioso del puramente lucrativo; muy avispado y emprendedor. Pero de marketing no quiero hablar.

Ayer fue el día de la madre, con minúsculas, porque a veces se nos llena la boca con gestos y palabras que significan muy poco. Día florido y negocio de floristerías –el segundo día en el año que más ramos se venden después del de Todos los Santos-. Digo que a veces nos quedamos colgados de la forma y nos olvidamos rascar un poquito en el fondo precisamente porque vivimos una época de velocidad emocional que poco deja a la reflexión profunda.

A mí siempre se me ha antojado que el Día de la Madre no podría celebrarlo más que por derecho propio, es decir, cuando tuviera hijos si es que los tenía alguna vez. Saber lo que significa ser madre en carne propia y festejar la alegría de tener hijos para amarlos y hacerlos felices seres humanos entre todos los demás seres humanos.

Porque ayer parece que se celebraba “el día del Hijo”, como si venir de mujer fuera un hecho extraordinario y no el principio básico de la supervivencia de la especie. “Todos tenemos una” (madre), decía el filósofo guasón de turno y elevaba la maternidad a las cumbres del Olimpo para dar paso –siglos después- a una marabunta de mujeres que protestan, reclaman e incluso abominan de las supuestas mieles pegajosas de parir retoños con más o menos ganas y amor en el cuerpo.

Reivindico el Día de la Madre –ahora que ya ha pasado- para las mujeres que han elegido serlo con amor, tesón, porfía y deseo propio y libre de toda presión. Que no se me malinterprete, por favor; lo que quiero decir claro y alto es que veneraremos o simplemente querremos a la mujer que nos ha traído al mundo si hemos recibido de ella el amor, entrega y cuidados que exige ineludiblemente la maternidad libremente asumida.

Soy madre y hago autocrítica. Si he parido cachorros “porque vinieron” o por dar gusto a otras personas o incluso por creer que eso me realizaría como mujer, más vale que me lo haga mirar aunque mis hijas sean adultas. Afortunadamente tuve la oportunidad de reflexionar largamente al respecto ANTES de quedarme embarazada por lo que el día de ayer, domingo 7 de Mayo, “Día de la Madre”, he tenido motivos para celebrar una efeméride que me satisface como ser humano, me privilegia como mujer y aporta felicidad a mi trayectoria vital.

Me sorprende o me entristece que haya tantas personas que sientan que “tienen que cumplir” con sus madres un día al año y el resto del calendario –con sus más y sus menos- la relación con esas mujeres sea de lo más superficial. Que se hagan paripés con los sentimientos y las emociones. Qué pena, por Dios.

Ya hace muchos lustros que a mi propia madre le invité a reflexionar sobre la maternidad -aunque parezca una idea de Perogrullo-,  y no fue inane mi propuesta ni el resultado dejó de marcar un antes y un después en nuestra relación materno-filial.

¡Es tan importante saber por qué amamos a nuestros hijos! Quizás, cuando esos hijos vean nuestro amor desparramarse sobre sus vidas aprenderán a amar a su vez a los suyos propios, a los demás y a nosotras, las madres que decidimos amarlos desde el primer instante.

El Día de la Madre de ayer, lo he celebrado en la intimidad de mi corazón que es donde la alegría tiene su única razón de ser. Ojalá que todas las madres que en el mundo son hayan sentido esa paz interior aunque sea por unos instantes o aunque sea en cualquier fecha del calendario…

En fin.

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Fotografía personal de la autora. Prohibida su reproducción o utilización.

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¿Te da miedo viajar sola?
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Cecilia Casado | 05-05-2017 | 7:10| 0

 

 

Vaya por delante que no soy más valiente y que tampoco intento convencer al personal de las ventajas de mi manera de hacer las cosas; tan sólo relato mi experiencia y reflexiono cuando me hacen preguntas que quizás no deberían ser formuladas. La última de la colección ha sido: “¿No te da miedo viajar sola?”, con la peculiaridad de que quien la formuló no se refería a viajes peligrosos a países en conflicto sino simplemente al hecho de facturar una maleta hacia alguna parte en vez de dos.

Muchísimas mujeres viajan solas a cualquier parte del mundo sin sentir que el desamparo las acompañe ni temer por su integridad física; es una actitud que viene refrendada no tanto por esa dichosa autoestima que parece que es el tronco del arbolado femenino sino por el rechazo frontal a ese concepto de “miedo” que nos han metido a machamartillo… a casi todas. A mis hijas les pareció lo más normal del mundo agarrar una maleta y subirse a un tren o a un avión porque –precisamente- había detrás una madre que les animaba a ello, dada la fuerza que tenemos transmitiendo seguridad o temor a nuestra prole.

Así que a Praga me he ido sola, aunque recibiera la visita de mi hija berlinesa durante unos días. Me he ido sola al igual que sola estuve en Cuba, en Perú o en soledad hice el Camino de Santiago. Y todos los años me voy a “mi otro mar” sin más compañía oficial que mi perrillo Elur. ¿Y qué? ¿Qué nos pasa a las mujeres que tanto cacareamos de ser independientes, libres y seguras de nosotras mismas si a la hora de dormir dos noches fuera de casa sin ”carabina” parece que nos va a comer el coco?.

Se nos olvida –y tengo la duda de si es inconsciente este olvido- lo que hemos luchado por la autonomía, la suerte de que el feminismo despertara las ansias de igualdad y justicia y en esa desmemoria retrocedemos de repente media docena de lustros para volvernos a encoger, como vivieron nuestras madres y abuelas, y mirar alrededor en busca de “compañeros de viaje” escudándonos en que “no nos gusta viajar solas” cuando puede que jamás hayamos probado ese placer que se antoja amargo y distante. Ante lo desconocido que se rechaza siempre me acuerdo de las ostras: se dice que son repulsivas, pero una vez las pruebas se convierten en un manjar, doy fe.

En Praga compartí un día completo con Amelia, una gallega de 30 años residente en Gran Bretaña, que aprovechaba unos días de asueto y vuelos a buen precio para recorrer la República Checa. Se nos unió Katry una colombiana de 26 trabajadora en Montpellier que decidió pulirse los ahorros dándose una vuelta por Praga. Ambas viajaban solas, como yo, nos reconocimos como “del mismo club” y acompasamos nuestro paso durante el tiempo de un recorrido por las piedras de Praga; después vinieron las risas y las cervezas. Todo perfecto.

Cuando viajamos solas no estamos más expuestas que en nuestra propia ciudad, al amparo de calles conocidas. ¿Tenemos miedo de que nos pase algo –no sé, un infarto, un atropello, un retraso en el vuelo- y no tener quien nos ayude o se ocupe de nosotras? La vida es demasiado corta como para andar midiendo todas las posibilidades, controlándolo todo, no dejando cabos sueltos que, a fin de cuentas, son los que más chispa y gracia le van a dar a la casi siempre rutinaria andadura vital que hemos elegido.

Me entristece –o me estremece, según los días- cuando escucho a alguna compañera decir: “Me encantaría hacer esto o lo otro, pero no me atrevo sola”. Por eso muchas veces acabamos las mujeres emparejadas malamente, al amparo inventado de alguien que nos utiliza en justa reciprocidad, o con algún grupo de amigos o amigas que no nos satisface del todo, pero al que nos acoplamos pensando estúpidamente: “es lo que hay”…

Viajo segura y tranquila con el smartphone -y el mejor sistema operativo que me puedo permitir- en el bolsillo. Puedo ir de aquí allá sin perderme siguiendo el puntito azul titilante en la aplicación “maps”. Si estoy cansada y me despisto en algún barrio lejano utilizo la aplicación pertinente para que me venga a recoger un vehículo con chófer en pocos minutos. Tengo el SOS a mano por si me tropiezo y me pego un batacazo. Sé el tiempo que va a hacer dentro de dos horas, el horario de los museos, dónde comer cerca y barato. Y, si quiero, chateo con mis hijas y mis amigas contándoles lo que siento y enviándoles fotos de lo que veo. Es decir, que sola, lo que se dice sola, hoy en día, con la tecnología que tenemos en las manos, es más bien difícil estar.

En realidad –y esto no lo digo con la boca pequeña- la percepción del viaje es algo inmutable independientemente de si pides cubierto para uno o para dos. Incluso mucho me temo que, en algunos casos, hay una especie de plus por no tener que aguantar a nadie al lado ni que nadie nos aguante a nosotras, que ésa es otra.

Las mujeres que hemos peleado desde el minuto uno por encontrar nuestro lugar en el mundo sin necesidad de tener a “un gran hombre” cubriéndonos las espaldas, sabrán de qué hablo y qué se siente. Y las que viven su vida felizmente emparejadas que viajen también, que nada ayuda más a abrir la mente, a paliar intolerancias y ensanchar el corazón que la contemplación de otras realidades diferentes a la propia.

 

En fin.

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** La sombra de la fotógrafa se aprecia en la foto y “conejito viajero” en el bolsillo del plumi.

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Historias de Praga. Muchedumbres.
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Cecilia Casado | 01-05-2017 | 6:39| 0

 

Me avisaron que me quitara de la cabeza la romántica idea de visitar Praga eludiendo la horda de turistas que invade la ciudad con dramática tenacidad, bien sea tiritando de frío o desfalleciendo de calor. Sin embargo, cuando me aconsejaron un pequeño viaje de 3 ó 4 días creí dar con el mal menor del asunto y decidí visitar la ciudad durante una semana completa. En el fondo sigo siendo la misma ingenua de siempre que intenta nadar por la calle de la esquina de la piscina… que es por la que se va “contracorriente”.

Inauguré mi estancia emocionada y dispuesta al ritual que sigo allá donde voy por primera vez, que no es otro que el de aprenderme los lugares que se pueden disfrutar de forma gratuita, ya que exceptuando lo que tiene que ver con la religión que no perdona ni una en cuanto a pagar peaje en iglesias, sinagogas y lugares más o menos “santos” y con el Patrimonio Artístico –que ahí se verá la generosidad de cada Estado-, todas las ciudades maravillosas lo son porque la naturaleza y la historia las ha llenado de esos magníficos dones.

 

Praga es ubérrima en sus dones pues no hace falta más esfuerzo que el de perderse por cualquier calle del centro pisando sus adoquines con buen calzado y elevar la vista; sí, hacia arriba, un poco antes del cielo para impregnarse de la belleza de fachadas, balconadas, templetes, estatuas y gárgolas que adornan sus edificios. Sin necesidad de ser un entendido en arquitectura, ya que lo único preciso es mantener la mente abierta, como cuando estábamos menos condicionados, y apreciar la sencillez que oculta la belleza.

 

Existe en Praga ahora la costumbre –que no he visto en otras grandes ciudades- de dar tours gratuitos para animar a contratar después los que conforman el negocio de los guías. En el que me apunté pude conocer a un filólogo reciclado en guía de turismo, a un fotógrafo intentando reinventarse fuera de su país y a un historiador de arte decepcionado, todos ellos formando parte de la “corte de exiliados” de inevitable sufrimiento hoy en día. Mujeres-guía no me tropecé con ninguna, qué casualidad.

Está bien que te enseñen lo que hay que ver, salpimentando el discurso con alguna que otra historiqueta (sacadas de la wikipedia o similar) y adornándolo todo con anécdotas de primero de bachiller; a fin de cuentas, al ir en grupo-rebaño uno se siente rebautizado de la nostalgia de aquellas excursiones del instituto en las que se desgañitaba infructuosamente el profesor al que le había tocado acompañar a la chiquillada. En estos casos acepto agradecida lo que me ofrecen tan sólo a cambio del óbolo final que, si bien no es obligatorio, vergüenza daría no dejarlo sabiendo que forma parte del sustento de quienes han dedicado tres horas a pasearnos por la ciudad.

 

En Praga se habla checo y quien crea que con el inglés –u otro idioma- va a comerse un rosco está muy equivocado ya que si algún  praguense habla otro idioma lo disimula muy bien no vaya a ser que  tengan que ser amables con el visitante y eso es algo que, desgraciadamente, no tienen por costumbre practicar. En hostelería hay menos problema porque chapurrean malamente o incluyen en los menús traducciones surrealistas de los platos a otros idiomas europeos. De la falta de empatía y amabilidad del pueblo checo en general y del praguense en particular podría mojarme y mucho, aunque como ya estaba prevenida –aunque me costaba creérmelo-  no me he enfadado apenas y cuando ellos me gritaban en su idioma porque les hacía repetir lo que no entendía con cara de poker yo me carcajeaba en el mío: defensa propia.

 

Sin embargo, lo desagradable no tiene fuerza suficiente para eclipsar la hermosura de la ciudad. La del río Moldava –que es mucho más que el de Smetana- y sus puentes, los barcos que lo surcan, las terrazas al borde del agua, los parques y miradores. La belleza del Castillo y el Palacio, de la catedral de San Vito –el del baile- y del Niño Jesús de Praga –el de las estampitas-; del Karlovy Most –el puente de Carlos- y sus estatuas lúgubres, de los miles de fotos preciosas que se pueden tomar –incluso con palo selfie- y hasta de los bonitos imanes para la nevera.

 

Me he traído en el corazón la ciudad que he recorrido de punta a punta en tranvía, vuelta y vuelta, observando a la gente subir y bajar, afanarse mirando al móvil, cargar con sus bolsas y sus niños y sus caras de cansancio de vuelta a casa. Tranvías viejos, no las líneas que rodean el centro turístico donde patrullan los vagones más modernos o los coches antiguos paseando turistas. La ciudad vive y respira de espaldas a las hordas que la invaden, igual hasta nos odian, como odiaron los checoeslovacos a todo aquel que les invadió a lo largo de su historia, con más que justa razón ese odio, aunque me pregunto cómo me hubiera apañado sin la aplicación “maps”, a quién le hubiera preguntado con éxito si cuando lo intenté con sonrisa y un “please” nadie se dignó hacerme el menor caso.

 

Praga maravillosa, dulce y sumisa para hacerse querer a precio de oro, sus calles empedradas y empinadas de Mala Strana –la ciudad vieja- que tanto me han recordado a Montmartre por sus viñedos en las estribaciones del Castillo; Praga sin habitantes, escondidos todos en sus vidas, ajenos a la turba invasora llena de euros, dólares, yenes y rublos que entregarán a cambio de sus viejas coronas checas, esos CZK impronunciables que cambiarán de manos espurias después de haber engañado en el ratio del trueque o cobrado comisiones abusivas en un chalaneo semi-legal de casas de cambio que no son bancos ni por asomo. Al enemigo que enriquece la economía patria, ni agua…debe de ser la consigna tácita, pero nada subliminal a aplicar al turista.

 

He sido turista, entono el mea culpa, no he podido hacer otra cosa a pesar de haberlo intentado. Sin pisar un hotel o un restaurante del centro, he querido “mezclarme” como de refilón con la gente de la ciudad y no me ha sido posible; he acudido a comprar al mercado vietnamita de Holesovice donde tampoco coseché ni sonrisas ni las fresas que se vendían a precio de vellón. Ni siquiera la sonrisa joven de mi hija –los días que estuvo a mi lado- sirvió de “Ábrete sésamo”.

 

Pero he cumplido mi sueño de conocer Praga. Siete días y siete noches que han dado para muchas vivencias, miles de fotos en la retina y alguna menos en la memoria del teléfono móvil. Y la sensación que me he traído de vuelta a casa es definitivamente magnífica. Lo confieso feliz: he vuelto FAS CI NA DA.

 

Ahora tengo tiempo para profundizar en lo visto, vivido y sentido y componer, por fin, la imagen de Praga que me acompañará durante mucho tiempo todavía. Quien ya ha estado sabe de qué hablo y quien no…siempre puede dedicarse a soñar en la espera…

En fin.

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 Fotografías: Cecilia Casado

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Sobre el autor Cecilia Casado
Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.

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