Diario Vasco
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Autor: A partir de los 50
Reflexión del lunes. “Vida de perros”
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Cecilia Casado | 03-04-2017 | 8:30| 0

 

 

Mi perrillo Elur ya no puede salir del barrio como no sea en brazos o en autobús: sus limitaciones motrices mandan y marcan la pauta. Así pues, “me lleva” a dar una vuelta por sus jardines favoritos tres veces al día. La primera, de mañanita, se pone un poco pesado porque no le apetece “aguantarse”. Y allí vamos, con el fresco matinal de la primavera a la calle, como en los tiempos en que tenía que ir a trabajar. A esas horas hay poco movimiento. Camiones de reparto y niños en la parada del bus con padres o abuelos a su vera. A veces, bajo los soportales, duerme algún indigente con un tetrabrik como almohada sin inmutarse del ajetreo madrugador. El colmado de la esquina ya está abierto y aprovecho para una compra rápida; son amables y me dejan introducir a Elur y dejarlo atado en el rincón de los carritos. Los bares también están abiertos y comienza el trasiego de cafés y cruasanes.

Cuando llueve mi perro tira de la correa para volver a casa: le desagrada mojarse y mucho más el impermeable perruno que ya no me empeño en ponerle. Los coches se desperezan y dejan espacios libres como si huyeran del barrio; los vigilantes para que se pague por aparcar patrullan con la cabeza gacha abducidos por sus smartphones; no obstante, siguen poniendo multas con cara de indiferencia a quien se pase cinco minutos de lo estipulado. Volvemos a casa con prisas de recuperar la taza de té caliente y el rato pausado de escritura frente al ordenador.

Al filo de la una de la tarde, ya sabe mi perrillo que otra vez “toca” y, como si fuera capaz de leer las manecillas del reloj de la cocina empieza a rondar la puerta –si estoy fuera, esperándome, si estoy en casa invitándome a salir con él. Este paseo no es una parca “vuelta al ruedo” sino un recorrido en toda regla por el parque aledaño, sus recodos, los parterres, los bancos al sol o a la sombra y las terrazas de los bares circundantes. Procuro que también mi disfrute vaya paralelo al de Elur así que me siento en un banco un poco apartado y lo dejo suelto para que hocique por aquí y allá tras sus deleites olorosos. Soy consciente de que no está permitido dejar a un perro sin su correa, pero no quiero privarle del disfrute, pobrecito mío, pegando cuatro saltos en la hierba y jugando como un cachorro –a sus casi diez años- con algún otro perrito juguetón de su tamaño.

Los bancos al sol los días de sol están muy solicitados. En el lado derecho del parque se sientan “las chicas” y en el derecho “los chicos”. Tengo que averiguar cuál es el criterio de separación de sexos, abueletes por un lado y abuelitas por el otro. Con cuidadoras o sin ellas al lado, se forman grupitos que ya se van conociendo y tienen cita ineludible cada día a la misma hora. Con el mal tiempo, se les puede ver por las cafeterías del barrio apurando cafeconleche. Si me dejan, pillo sitio y me quedo mirando al infinito tras el que zascandilea mi perrito. No les he escuchado todavía hablar de médicos ni de enfermedades, ni quejarse de casi nada, excepto de la mala educación de la chavalería que evitan minuciosamente en cuanto se abren las compuertas del colegio vecino. Hay una que tuvo perro y me pregunta por el mío: dice que se le murió a la par que el marido y que ya no quiso tener otro. Las otras le ríen el chiste; yo también. Me preguntan a ver si mi madre está viva: les digo que sí. Que si vive feliz como ellas: les digo que no. Y no insisten más.

Elur se cansa de corretear y vuelve a mi lado para que le llene de agua el cuenco de plástico que siempre llevo conmigo. Satisfecha su sed, se queda bajo el banco a la sombra a esperar que me entre el hambre y decida emprender la retirada. Mientras aguarda, se duerme un rato.

A la tarde/noche tengo que buscar otro rato para volver a sacar a mi perro a la calle. Si hace frío y llueve o si había decidido quedarme en casa tranquilamente, me da mucha pereza. Si es hora de bares Elur todavía tira hacia la plaza donde sabe dan pintxo pote: le encanta husmear a pie de barra buscando migas de croqueta o de tortilla de patatas. Se pone las botas el tiempo que a mí me dura un zurito de charla con los amigos o vecinos del barrio. Socializamos muchísimo, él con otros perros y yo con sus dueños.

Ya cansados –tanto él como yo- volvemos a casa con la intención de compartir una velada tranquila: él en silencio a mis pies y yo con mi película o mi libro. Pienso que tiene buena calidad de vida: techo, comida y mucho cariño. Como yo misma. Más que la parte enorme de la humanidad que huye, sufre, padece, enferma y muere sin remisión ni quien le quiera a su lado.

Una vida sencilla la nuestra cuando estamos juntos, lo que se dice malamente dicho “una vida de perros”.

En fin.

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Fotografías: Elur y yo

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Se van muriendo
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Cecilia Casado | 31-03-2017 | 8:02| 0

 

 

Ayer me encontré en mi paseo matutino con José Luis. Nos conocemos desde que yo tenía diecisiete años y él ya era un hombre hecho y derecho. Con amigos comunes, siempre sintonizamos; vamos, que nos caíamos bien. Es por eso que, a lo largo de todos estos lustros, nos complace pararnos a charlar un rato cuando nuestros pasos se cruzan por la ciudad.

Ayer le ví un poco bajo de moral, como si estuviera pasando una mala racha y le pregunté qué le pasaba, que parecía un poco “mustio”. José Luis –es preciso recalcar- siempre fue un hombre guapísimo y de buena planta. Simpático además y de corazón tranquilo. Sus parejas le han hecho sufrir lo que no está escrito y hoy es el día en que está solo y conforme con su vida. No ha tenido hijos.

Me contó enseguida los motivos de su aparente “tristura”, porque ya sabe que cuando le pregunto algo no es por quedar bien sino porque me interesa realmente. –“Es que mis amigos se han ido muriendo todos”.

José Luis tiene bien cumplidos los setenta y dedica su tiempo a disfrutarlo pausadamente, sin sobresaltos, con largos paseos y la asistencia continuada a las salas de cine. Vive solo porque el perro que adoptó durante muchos años ya falleció y no quiere volver a sufrir la angustia que padeció tras la enfermedad y muerte de su fiel compañero.

- “¡Qué mala suerte tengo!” – me confesaba. -“Mis amigos de toda la vida, los del barrio con los que tan buenos momentos pasaba, todos fallecidos. No me queda familia, ¿qué hago ahora si ya no tengo edad de hacer nuevas amistades?”

No le gustan Internet ni las tecnologías de ningún tipo más allá del aparato de televisión; tampoco tiene móvil porque para qué, si nadie le va a llamar. Nació en los años 40 y su generación decidió que el placer máximo que podía ofrecer la ciencia y los avances era el cine. Lo que le ha gustado siempre de verdad era compartir con otros seres –humanos o caninos-, la charla, los paseos, las risas, las caricias, el amor y sus condenas.

Como muy bien me ha dicho: “somos seres humanos, no quiero convertirme en un androide lleno de cables figurados en mi cerebro”.

Y le he dicho, llámame, hombre, y nos damos un paseo por ahí tú y yo, con cervecita o sin ella, para recordar viejos tiempos o criticar los presentes… Ahí es cuando me ha dicho que no tiene móvil, que bueno, que igual algún día me llamaba, que gracias por el ofrecimiento, que la vida sigue a pesar de todo, que qué pena que se han muerto todos sus amigos antes que él, pero que no se siente solo, que está conforme porque no le duele nada ni va al ambulatorio más que para vacunarse contra la gripe cada año.

Ya sé, Txelís, que no vas a leer estas líneas, pero igual te las imprimo y las meto en un sobre y te las envío con sello incluido –como en los viejos tiempos que te gustan a ti-, pero quiero decirte que te comprendo perfectamente, que los amigos son la sal de la vida, algo sagrado –sobre todo cuando no se tiene familia a mano-, pero que no te angusties demasiado, que aunque estén vivos –los amigos- no siempre están ahí disponibles para los momentos especiales, que los amigos vivos también pueden ser escurridizos aunque cuando se mueren los echemos de menos.

Es lo que tiene cumplir años por manojos que se nos van olvidando los inconvenientes de la juventud, los palos que nos dio el amor, las zancadillas de la familia, las pequeñas infamias de la amistad y que, en su ausencia, nos nace la nostalgia de aquello que tuvimos en un tiempo pasado que…como bien decía el poeta, nos parece mejor únicamente porque ya no lo tenemos.

Te doy las gracias por el abrazo estrujador que me diste en mitad de la calle, por tu picardía diciéndome que “estoy igual de guapa que siempre” y por hacerme reflexionar sobre mis amigos vivos…

Ahora tengo que buscar en una vieja agenda tu apellido –que he olvidado- y buscar en la guía telefónica de papel tu teléfono o tus señas y transcribir a mano estas palabras a un folio blanco con mi vieja pluma de tinta que seguro que sigue funcionando bien para una buena causa como esta.

En fin.

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Quejicas crónicos
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Cecilia Casado | 29-03-2017 | 8:04| 0

 

Qué verdad es que existen personas que son adictas al sufrimiento y qué verdad es también que es ésta una situación en la que se puede uno instalar sin tomar conciencia de la propia realidad. Que uno acaba diciendo: “es que yo soy así” como si fuera una maldición la que pesa sobre la cabeza de quien habla y se convence de que no puede cambiar. Y cuando uno está convencido de algo ya sabemos que no hay razón ni látigo que lo doblegue.

Desde el típico “agonías” que siempre anda quejándose del trabajo, del jefe, de los compañeros, de los clientes, de las secretarias, de los ayudantes, de los proveedores y de todo aquel con quien tenga contacto en el desempeño de su labor profesional, hasta la típica “sufridora” que se pasa la vida corriendo de aquí para allá abasteciendo a su familia, realizando tareas de Hércules con la compra diaria y el menú del día para contar después todo lo que hace por los demás: por el marido enfermo, por los hijos atareados, por los hermanos necesitados, por los padres ancianos, por los nietos, por las amigas con problemas y que nunca tiene tiempo para dedicárselo a sí misma porque, a ver, qué más quisiera ella que poder estar un día enterito sin pensar en nadie más que en sí misma…

Aunque haya diagnósticos de “adicción al sufrimiento” –y otras patologías graves desde el punto de vista médico- yo prefiero llamarles “quejicas crónicos” porque parece que las penalidades por las que supuestamente atraviesan sirven para crear los cimientos de la queja sempiterna, ésa que irrita a los que viven cerca porque lleva una carga de profundidad adherida que no es otra que la culpabilidad inducida.

Recuerdo cuando atravesé una época mala tirando a malísima y no sabía ni por dónde me daba el viento. Tenía reproches acumulados para varias temporadas, la despensa emocional abarrotada de rabias y resquemores y, para colmo, estaba convencida de que el Universo en general y la Humanidad en particular me debían algo. En aquellos tiempos tuve pocos amigos: digamos que más bien huían de mi lado y supongo que era porque no aguantaban mi plañidera actitud. La familia como siempre bien, gracias.

Pero hubo quien se vio reflejado en mí y tuvo el valor –y la generosidad- de contarme su propia historia y hacerme ver que mi actitud quejicosa no me estaba favoreciendo ni me iba a ayudar así viviera doscientos años. Fui buena alumna, me bajé de mi burro particular y quise solucionar mis problemas –más que nada porque tenía al lado dos preciosas criaturas que no se merecían tener una madre negativa que les contagiase su eventual incapacidad de afrontar las circunstancias vitales que se habían instalado de puertas para adentro del domicilio familiar.

Una vez aprendida la lección no es que haya dejado de quejarme –o de manifestarme, como me gusta añadir- sino que la queja entiendo que es “mía” y como tal tengo que apañármelas con ella sin lanzarla encima de los demás como si fueran confetis en una fiesta de cumpleaños. A veces está bien largarse lejos y pegar cuatro gritos –aunque sea en el coche y con la música a tope- para que se alivien las entrañas de pena o disgusto. A veces hay que bucear en el silencio y dejar que aflore la miasma interior y que desaparezca. A veces hay que agarrar el toro por los cuernos y exponerse al zarandeo y a la eventual cornada. Cada quien descubrirá el método que mejor le cuadre.

Excepto los que seguirán quejándose hasta el fin de su tiempo sin ponerle remedio, excepto los que una y otra vez cantarán su cantinela: “Mira, es que a mí me pasa esto y nadie me comprende” o “Tengo un dolor que nadie sabe lo que es” o, el más patético de todos: “ Tú es que eres muy feliz y no sabes cuánto sufro yo” y ahí se quedarán, en esa adicción al sufrimiento que tanto “placer” da a quien la padece y tanto aleja a quienes trabajan para no caer en ninguna adicción.

En fin.

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Reflexión del lunes. “Desilusión”
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Cecilia Casado | 27-03-2017 | 7:32| 0

 

A veces las cosas no salen como uno las había planeado; de hecho, a veces parece que los dioses que manejan los hilos de nuestra efímera existencia se divierten liándolo todo y partiéndose la caja cuando nos ven con cara de no entender nada y darnos de bruces contra las paredes de la vida.

De desilusiones está el mundo lleno –de desagradecidos, también- pero me he dado cuenta de que siempre nos desilusionamos los mismos, es decir, quienes primero hemos creído en algo bello, lo hemos elevado a la condición de hermoso cum laude y hemos afirmado cual Escarlata del siglo XXI, “¡sí, esto es lo que quiero, estoy segura de que nunca más volveré a pasar hambre!”. Felices y contentos, el pecho henchido y el cuerpo liviano, como si nos hubiéramos desprendido de los kilos que nos sobran a la vez que de nuestros temores.

Los cínicos dirán eso de: “benditos los que nada esperan porque nunca se verán decepcionados”. Y los que todo lo saben –que son legión-, los que creen conocernos “como si nos hubieran parido”, dirán que “ellos ya lo veían venir, la debacle, la desilusión…”. Y ahí han seguido, expectantes, vigilando como quien no quiere la cosa a que nos pegáramos la bofetada de la mano de la inevitable desilusión.

Y es que la gente ya no cree en el amor, qué cosa más pasada de moda, el amor ha pasado de ser el motor de todas las cosas a algo feo y viejo, propio de gentes sin dos dedos de frente, predio de ilusos, pasto de ingenuos, el gheto de quienes todavía no han comprendido el desastre de mundo en el que vivimos y no conocen la auténtica naturaleza humana de quienes lo habitan.

La gente ya no cree en el amor ni en muchas otras cosas. En nada que no sea tangible o se pueda llevar en la mano o por lo menos que tenga una app en el móvil. Creemos en lo virtual, lo que nos traen las ondas desde lejanos satélites, en noticias absurdas, falsas, manipuladoras. Creemos en fotos trucadas y en declaraciones de amor –o de guerra- en 140 caracteres; creemos en lo intangible e improbable de las promesas de los políticos, nos agarramos a la esperanza de lo que cuentan que pasará dentro de unos lustros, cuando ya igual ni estamos por aquí.

Y cuando el castillo de naipes se derrumbe, nos enfurruñaremos un rato para volver a buscar a los mismos vendedores de humo saludando desde otra cadena de televisión, otro partido político, otro marco diferente. Aunque eso no nos produzca desilusión porque ya sabemos que la vida y las gentes son así, descorazonadores, traidores, llenos de vacíos éticos y carentes de energía de la buena. Nos habremos acostumbrado tanto y tanto al engaño eterno que no nos arañará el alma ni una patada en el cielo de la boca. Insensibles. Inmunes a la desilusión.

Mientras tanto, fiel a mí misma, me sigo ilusionando y desilusionando al ritmo imparable de los latidos de mi corazón que todavía cree en muchas cosas –incluso en el amor- a la espera del golpe definitivo. De gracia…o de buena suerte.

En fin.

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Primavera de libros
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Cecilia Casado | 24-03-2017 | 8:46| 0

 

Se acaba el invierno y los libros que han acompañado el frío y la lluvia de tantas tardes de recogimiento desperezan sus páginas en busca del soplo de aire liviano, templado, favorecedor de ser llevados al aire libre; un parque, el balcón, la terracita de un café… las letras del invierno se desperezan y quieren volar más alto, siempre un poco más alto.

Aquí va la lista de los libros leídos –en papel- en los últimos tres meses. ¡Compartir es vivir!

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La “niña bonita”.- El libro que se vende como rosquillas y que me ha confiscado casi un mes de mi tiempo lector.

“El laberinto de los espíritus”  de Carlos Ruiz Zafón. Nov. 2016 (922 páginas) Demasiadas páginas para una trama deslavazada que no tiene la talla ni la enjundia ni el interés de las otras novelas de la tetralogía de “La sombra del viento”. Aquella novela sí que daba un subidón de buena literatura. Regalo agradecido, por supuesto. 6/10

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Lecturas livianas: (para pasar el rato y sin que inviten a la reflexión profunda) Aquí también se incluyen los “fiascos” literarios con los que he tenido que pelear. (Ver puntuación)

 “Todo esto te daré”  de Dolores Redondo. (2016) Expectativas truncadas de cuajo. Después de la exitosa (y buenísima) “Trilogía del Baztán”, la autora nos regala una novela previsible, con una trama de poco fuste y calado. Le han dado el Premio Planeta y quizás eso lo explique todo… Una pena. Leído rápido y un poco en diagonal.   6/10             

 “Falcó”  de Arturo Pérez Reverte. (2016) Una trama bien construida sobre un mercenario ”tipo Bogart” en la España demoledora y demolida de la Guerra Civil. Una obra menor del autor que no aporta mucho de especial aunque él diga que se siente satisfecho.      6/10     

 “Cielo nocturno”  de Soledad Puértolas. (2008) Novela sencilla, festoneada de nostalgias. Tiempo de juventud y descubrimiento. Escritura lenta, sin estridencias, al más puro estilo al que nos ha acostumbrada su autora.                                                       6/10

 “Media vida”  de Care Santos. Premio Nadal 2017. Con los premios literarios me ocurre como con los Oscar, Goya y Cesar, etc. Que no entiendo qué es lo que están premiando. Una novela de posguerra en los años 50/60 para hilar recuerdos y traumas de las niñas que cayeron irremediablemente en los internados de monjas.           6/10

 “Vidas escritas”  de Javier Marías. (1992) Recopilación de anécdotas sobre la vida de escritores icónicos. Con el puntito personal del autor. No gran cosa.                                                          6/10

 “Los penúltimos días de Jean Paul Balart” de Gabriel Marat. Un imaginativo enredo sobre Kant y una familia de parásitos de la alta burguesía del siglo XX. Como trama argumental enarbola la búsqueda de la fuente de la eterna juventud. Lees y lees y esperas que la novela se vuelva interesante, pero no demasiado.                      5/10

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Lecturas enjundiosas: (que ayudan a incrementar el acervo cultural a la vez que estimulan el intelecto)

 “Puertas y ventanas abiertas”  de Mariasun Landa. (2016) Experiencia lectora, experiencia escritora. El Euskera como vehículo literario y los efectos colaterales, a veces, conflictivos. Un ensayo muy interesante y bastante ameno.                                          7/10

 “La historia del silencio” de Pedro Zarraluki. Lectura ágil de las relaciones de varias parejas de amigos en la Barcelona de los años 90. Aquellos tiempos del amor libre y de lealtades sin teléfono móvil. De cuando éramos todavía jóvenes, pero ya desencantados.            7/10

 “Instrumental”  de James Rhodes. Este hombre ha conseguido contar su historia soslayando los detalles escabrosos que la originaron. De cómo la música pudo salvar la vida a alguien que se autodestruye a consecuencia de los abusos sexuales sufridos durante su infancia. Una historia también sobre la “culpa” de la víctima inocente. Me ha aportado muchas ideas con luz especial.            8/10

 “Recuerdos míos”  de Isabel García Lorca. Una biografía de la hermana del gran poeta llena de dulzura a pesar de definir un tiempo en el que hubo muchísimo dolor. Un libro muy bonito, mucho.     8/10

 “La ley del menor”  de Ian McEwan. Inteligentísima novela llena de reflexiones sobre la condición humana. Una jueza que protege a los niños, pero que no es capaz de protegerse de la absurda vida sin amor que ha elegido vivir. Contradicciones humanas.               8/10

 “La oficina”  de Lars Berge. Desasosegante novela sobre la neurosis general que afecta al mundo laboral de los empleados de oficina. Parecería una farsa bien montada si no tuviera tantos visos de realidad. Un buen autor, una buena novela.                              7/10

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Lecturas con peso específico: (para sustraerles la sustancia a base de neuronas)

 “Un nuevo mundo, ahora” de _Eckhart Tölle, (2005) La utopía necesaria de poder construir un mundo mejor a través de la revisión del papel de la consciencia. Peleas y victorias con el ego para llegar a la comprensión certera de quiénes somos.                                 9/10

“Modernidad y holocausto” de Zygmunt Bauman (1989) Estudio sobre el proceso completo de destrucción en una sociedad moderna. La inhumanidad como función de la distancia social. Libro complejo y demoledor en sus tesis difícilmente discutibles. Me ha deprimido un punto…(inevitablemente, ya lo presentía).                                 9/10

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Lecturas atragantadas: (que pretendían ser interesantes y que no he podido llevar a buen puerto)

 “Los herederos de la tierra” de Ildefonso Falcones. Leí con mucho agrado “La catedral del mar” y “La mano de Fátima”, pero aquí no he podido afrontar las casi mil páginas de una historia que se enroca sobre sí misma y con personajes y situaciones poco creíbles. Hay autores que mueren de éxito y no sé yo si éste no va a ser uno de ellos. Lo devuelvo a la biblioteca sin remordimiento alguno. ———-

 “El ataud de la novia” de Unni Lindell. Un thriller escandinavo con un lío tremendo de nombres raros y de personajes inconexos. Me pone nerviosa y lo dejo.                                    ———————–

* La puntuación es fruto de una opinión personal que no tiene más valor que el que uno le quiera dar…

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Sobre el autor Cecilia Casado
Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.

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