Diario Vasco
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Autor: A partir de los 50
A vueltas con la maternidad
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Cecilia Casado | 08-02-2017 | 8:00| 0

 

 

Ya vale de dar la tabarra con la maternidad.

Está claro que aquí el que no corre, vuela. Estando como está el cotarro patrio atiborrado de polvo, suciedad y telarañas, los que se estrujan las meninges para sacar dinero de debajo de las piedras han decidido ahora que el tema de moda es hablar de la maternidad. De sus filias y sus fobias, siempre de boca –o pluma- de señoras a las que, las más de las veces, no las conocen más que en su casa a la hora de comer.

¿De verdad es tema sabrosón saber qué opinamos las mujeres de la maternidad? Digamos más bien, que lo que vende es poner a parir los mitos y tópicos y defenestrar el más que mal llamado “instinto maternal”. Es que no le veo ni la gracia ni el interés, de verdad.

Una, que es madre por partida doble, me llevo las manos a la cabeza escuchando o leyendo a esa “liberadas” que deciden sincerarse y confesar a quien les paga por ello que lo de la maternidad no es tan bonito como nos habían contado. ¡Vaya lucidez! Como si la vida –y todas sus situaciones y vicisitudes- no estuvieran llenas de contradicciones, controversias, luces y sombras y sus más y sus menos.

Pero lo que me fastidia del tema es el hecho de que las mujeres que han tenido hijos –deseándolos o no, voluntariamente o a la fuerza, con ilusión o por “accidente”- se permitan el dislate de hablar de ello como si fuera un tema de debate ecuménico, como si para los demás fuese de vital importancia conocer al dedillo el retorcido y emocionalmente proceloso proceso de su maternidad infelizmente asumida.

Porque no sé si se dan cuenta esas mujeres –y quienes las jalean- que hay “daños colaterales” muy profundos. ¿Cómo, quiénes? Pues los hijos que han tenido esas señoras a trancas y barrancas que, de repente –o el día de mañana- van a encontrarse con que la madre que los parió es una insensible que ha vendido su embarazo, parto, crianza y demás al mejor postor.

Nunca olvidaré la angustia con que, hace ya muchos años, una mujer amiga me contó el trauma de su vida, que consistía en que, siendo adolescente, su propia madre le había confesado que su embarazo no había sido deseado y que como no podía abortar en una clínica se había dedicado a saltar desde la mesa de la cocina con violencia por ver si la naturaleza hacía su trabajo y le libraba de ese feto que, con dieciséis años ya, estaba llorando como loca ante la absurda y cruel confesión de su propia madre.

Todos –y todas- sabemos que han existido y seguirán existiendo hijos no deseados. Vale, de acuerdo. Pero si han nacido, si los hemos acunado, si a fin de cuentas, se les ha aceptado… ¿a qué viene ahora la moda esta de empezar a decir que la maternidad lleva a tales o cuáles frustraciones?

No lo soporto, de verdad, y ya he tenido un par de diferencias con madres que reniegan de la maternidad en general y que luego dicen que aman a sus hijos mogollón en particular. Pues no me lo creo, fíjate lo que te digo. Porque, ojo, madres “malas” o desnaturalizadas ha habido siempre y las seguirá habiendo. Soy de las personas que creen que demasiadas mujeres no deberían haber tenido hijos nunca; por ser incapaces de amar a nadie en esta vida o por demostrar un egoismo exacerbado. Pero esas mujeres, esas “malas madres” pueden ser la tuya, la mía, la de cualquiera…y aunque a ellas les hace justicia y las pone en su sitio, a los hijos que tuvieron les puede amargar la vida.

La mujer que encara la maternidad como una carrera de obstáculos, como el paso obligado por una renuncia vital, la que siente que ser madre le va a negar la felicidad que vislumbra por otra esquina de su vida, ésa, digo e insisto, es una inconsciente que no sabe ni lo que hace –o ha hecho- ni de lo que habla (sobre todo si le pagan por hablar).

Ser madre es algo tan natural como no serlo. Opción elegida o realidad asumida, tanto da. Si has tenido un hijo –en esta sociedad occidental- todos vamos a entender que es porque has querido; así que no nos cuentes aquí lo mal que te ha ido, lo frustrada que te sientes por perder la juventud, los retos profesionales, la paciencia, el sueño o la talla 38.

Yo me pregunto qué sentirán los hijos de esas “contestatarias” el día de mañana, cuando lean las confesiones inconfesables de sus señoras madres. Lo que está claro es que a ellas, les importa bien poco…

En fin.

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Reflexión del lunes. “El ruido, las prisas, la infelicidad”
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Cecilia Casado | 06-02-2017 | 8:30| 0

 

Soy muy consciente del privilegio que supone vivir en una ciudad pequeña en cuanto a la cantidad de las molestias del tráfico y el nivel de ruido que conlleva la vida “civilizada”. Pero hay días en los que tengo la impresión de que he sido abducida a una horrenda megalopólis.

De repente, un día cualquiera al mediodía, todo es ruido y bocinazos en la calle. Hay ambulancias que atruenan el ambiente, que empujan a los coches a saltarse semáforos para dejarles paso –con presunta mucha razón, claro está-, y los conductores, presionados, con la adrenalina a tope, comienzan también a tocar el claxon, como en un infernal concierto que nadie ha previsto y se bajan las ventanillas y salen brazos insultantes, se escuchan voces vociferantes, -insultos también-, los rostros se deforman en muecas repugnantes y maleducadas; todo es un caos en un instante, se ha roto la poca armonía que quedaba…

Entonces la gente se pone nerviosa, pierde los papeles –lo he visto con mis propios ojos y escuchado con mis personales oídos; “imbécil, subnormal” (y le mentan la madre, le envían a que le sodomicen) y si es mujer “mujer tenías que ser, inútil, atontada” (y le dicen de todo menos guapa, a la altura del barro la honra y la decencia ajena). Nada del otro mundo, me temo.

Lo peor de todo –y lo digo con sinceridad- es que quienes así se comportan (¿lo he hecho yo alguna vez..?) están absolutamente convencidos de que tienen derecho a perder los papeles -y la poca educación que les queda- porque, vamos a ver…¡la culpa es de los demás…!

Igual llegan luego a sus casas –ahí ya ni les veo ni me los quiero imaginar- y siguen pegando gritos, calentitos como van, como patatas recién sacadas de la freidora, y dan bufidos a la parienta o a su madre o, pobrecitos, a sus hijos pequeños que verán una especie de “padre/monstruo” en ese señor que entra por la puerta acarreando el ruido, las prisas y su propia infelicidad.

(Vale, ya la he vuelto a liar, he puesto de ejemplo a un hombre y no a una mujer, me van a sacar punta al post, pero es que la realidad es la que es y, salvo pocas excepciones, la conducta colérica, enfadada, gritona y agresiva al conducir es patrimonio del macho de la especie.)

El ruido y las prisas siempre me han parecido la antesala de la infelicidad. O por no ponerlo como opuesto al concepto de “felicidad” –que vaya usted a saber qué entiende cada uno por ello-, sí que me parecen, el ruido y las prisas, una característica muy del ser humano de nuestro tiempo. Y como nos vamos acostumbrando ya nos va pareciendo de lo más normal. Por habitual lo incorporamos al decorado de nuestra cotidianeidad y vamos, poco a poco, quedándonos más sordos, más indiferentes ante estas agresiones.

Desde que vivo sola –hace ya dos años exactos- me he dado cuenta de que estoy mucho más tranquila, más silenciosa, menos infeliz. No quiere esto decir que mi hija pequeña, mi última compañera, fuera una gritona dominada por los nervios, en absoluto, más dulce que la miel ella es, sino que tan sólo tengo que cargar con mis propios incordios y como no los puedo volcar sobre nadie, no me queda más remedio que gestionarlos por mí misma y…solucionarlos.

Que me he quedado sin público, vamos. Y cuando no tenemos nadie con quien pagar nuestras debilidades…igual es el momento de reflexionar y empezar a volverlas un poquito más fuertes, menos ruidosas, más desaceleradas y que todo el conjunto nos lleve, piano piano, lejos de los bocinazos de la infelicidad social y urbana.

En fin. Reflexionando, que es gerundio…

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“¿Y si te quito el I.V.A.?”
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Cecilia Casado | 03-02-2017 | 7:25| 0

 

 

Por fin me he decidido a hacer una pequeña reforma en mi domicilio que –espero- me dé un poco más de comodidad. Una reforma que necesita de un gremio en toda regla, no de un amigo “manitas”, así que pedí presupuesto a un par de empresas que se anuncian en Internet. No voy a explicar aquí de qué gremio concreto se trata porque no quiero señalar con el dedo a quienes puedan ser “justos” y tengan que llevarse la mala fama de los “pecadores”.

Con este preámbulo y el título del post ya todos sabemos de qué voy a hablar, de cuál es la reflexión que me bulle en la punta de los dedos y cada lector en su magín se habrá disparado rápidamente hacia la conclusión final caso de que fuera él el protagonista y no la que suscribe.

Me mandaron un par de presupuestos bien presentados y razonados; con marcas, referencias y detalles técnicos innecesarios; los precios redondeados y bien claros, dando la suma final un importe sustancioso que me dejó las carnes temblando. Bueno –pensé- una vez en la vida y para los restos bien me merezco acondicionar mi “cueva” para hacer más cómoda la vejez que se avecina –aunque sea en lontananza. Pero cuál fue mi sorpresa al reparar en “la letra pequeña” a pie de página (muy pequeña, por cierto) que indicaba: “I.V.A. no incluido”.

Mi mente hizo rac rac y multiplicó a voleo la cifra final por 79 para añadir el 21% de impuesto correspondiente, convirtiéndose automáticamente el precio de lo ofertado en un pequeño dislate. Me cité con el eventual proveedor y le dije que bueno, que vale, que entiendo que es importante el trabajo a realizar pero que sabedora de que por lo menos en los materiales su margen de negocio oscila entre el 30 y el 50% ¿qué le parecería hacerme un descuento y compartir el beneficio para que todos nos quedáramos contentos?

Enseguida me di cuenta de que me iba a decir que sí; a pesar de que me había avisado de que estaban de trabajo “hasta la bandera” y de que habría que “hacerme un hueco” para la reforma solicitada, observé que el patrón de la empresa era buen negociante por la sonrisa que me dedicó, una sonrisa como de igual a igual, ya que yo le había comentado que profesionalmente también me había dedicado a temas comerciales. Pensaría que yo era una colega y cambió el tono de la conversación.

-       “Claro que te voy a hacer un descuento… e importante. ¿Qué tal si te quito el I.V.A. de la mano de obra y te facturo sólo la mitad de los materiales…?

Lo dijo con tanta rapidez, soltura y tranquilidad que era obvio que la práctica de tal amaño entraba dentro de lo “habitual y normal” en su gremio… y en cualquiera, que yo no me chupo el dedo.

Y en esas estamos, queridos lectores.

Dándole vueltas al discurso popular y populista contra la corrupción, comentando el lance con amigos, colegas y conocidos, recabando opiniones, echando mano de refranes al uso tipo “quien roba a un ladrón tiene cien años de perdón” o en el mejor de los casos, dedicando un par de minutillos al polvoriento discurso lleno de moralina de “a mí no me importa lo que hagan los demás, yo soy honrado a carta cabal y punto”… así estuve un par de días.

También debo añadir –para ser ecuánime en mi discurso- que supongo que este pequeño “fraude” es la única oportunidad que tenemos los contribuyentes de a pie –los que no formamos parte del entramado de corruptelas político/financieras que asola al país- de “resarcirnos moralmente”; es decir, levantar la cabeza –aunque sea por lo bajini- y decir: “pues yo también robo lo que puedo…que no soy tonto”.

Me abstendré de comentar aquí si le dije que sí o le dije que no puesto que no se trata de contar al mundo mi baremo ético-moral; lo que importa es la pequeña reflexión individual, claro está. Más que nada por no caer en el maniqueísmo fácil de colocarme en una supuesta posición moral superior (al empresario poco honrado) ni por reconocer pública y abiertamente que no soy una persona honesta y que cuando llamo ladrones a los que salen en la televisión como imputados me comportaría como una triste e hipócrita farisea.

En fin.

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La necesidad de hablar con los demás
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Cecilia Casado | 01-02-2017 | 8:17| 0

 

Una de mis pequeñas pesadillas viajeras ha consistido en tener que soportar –en un tren, en un avión- la compañía de un desconocido locuaz, de esos que empiezan a desgranar su biografía antes de arrancar/despegar y matan su tiempo (a la vez que asesinan el tuyo) con peripecias personales que suponen son de interés general (y de quien se sienta a su lado en particular). Ante estos desmanes irrespetuosos me protejo admirablemente con un: “lo siento, voy a leer un rato” o “disculpe, pero tengo mucho sueño”. Dicho con una sonrisa y voz amable no suele ser mal interpretado el mensaje…

Pero últimamente estoy experimentando un cambio en mi disposición a la escucha pasiva, atendiendo a lo que me quieren contar y sin enervarme ni sentirlo como una invasión a mi privacidad. Tengo que aclarar que se trata de trayectos cortos o muy cortos, los que me llevan de vuelta a casa desde algún punto de la propia ciudad: en el bus.

Digamos que suelen ser señoras mayores –mayores que yo, quiero decir-, que se sientan confiadas a mi lado y aceptan mi sonrisa como una invitación a la charla amigable y explicadora. Ayer mismo, una guapa señora de unos setenta me contó –a lo largo de seis paradas- la intervención quirúrgica de su marido “a vida o muerte”, lo bueno que era el cirujano y el equipo médico, la estupenda atención hospitalaria, cómo los hijos se han volcado en el padre y ella, feliz de poder retener a su marido un tiempo más a su lado aunque tenga que subir cada día al hospital a estar con él varias horas, que a dormir no se queda, que no le dejan los hijos que ya se ocupan ellos. Y que le lleva sudokus que le encantan aunque antes hacía crucigramas, pero ya ves, cosas modernas…

Y resulta que me acuerdo de cuando mi madre me contaba de las “amistades” que hacía en el autobús de regreso a casa de misa de ocho en los Jesuitas, que se conocían todos y se saludaban y animaban en las pequeñas cositas del día a día que les daba tiempo a contarse en los quince o veinte minutos de “tertulia autobusera”.

¿Realmente hay tantas personas que tienen necesidad de hablar porque están solas o es simplemente una peculiaridad más de la personalidad? Lo que sí es cierto es que si voy sonriendo me habla la gente en la cola del súper o en la pelu aunque no me conozcan de nada (y en el bus no digamos) o sea que puede ser algo inducido por mi parte también.

Yo también tengo necesidad de hablar, faltaría más. Pero cuando uno considera que su baremo es el mismo que el que tienen los demás, es decir, familia, amigas, personas allegadas con quienes compartir las pequeñas quisicosas diarias, no para mientes en aquellos que están tan necesitados de hablar que aprovechan la oportunidad que les brinda la proximidad inevitable de un transporte urbano.

Ya no me limito a escuchar y poner cara de póquer sino que deslizo alguna preguntilla inocua para que esa persona se dé cuenta de que me interesa lo que me cuenta, aunque nuestro encuentro/relación sea tan fugaz. Me imagino a mí misma en alguna situación deprimente o depresiva, echando mano de cualquier ciudadana (o ciudadano) que esté al alcance de mi necesidad –en un banco del parque, mirando una exposición, haciendo cola esperando a que salga mi número en el INSS- en vez de contar mi vida en ciento cuarenta caracteres porque la soledad se infiltra como los aliens en las naves de la realidad.

Necesidad de hablar, de contar, de escuchar la propia voz; sentir que no se es invisible ni transparente, ni mudo ni sordo por no serlo en absoluto. Necesidad de la mínima proximidad con otro ser humano, simple, sencilla, cierta. En vez de quejarnos, comuniquémonos más…

En fin.

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Esas cartas que escribimos las madres…
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Cecilia Casado | 31-01-2017 | 7:15| 0

 

“Querida hija mía:

Hoy es el aniversario de uno de los días más felices de toda mi existencia, aquel en el que, hace ya treinta y seis años, tú viniste a este mundo.

No voy a recordarte con estas líneas las anécdotas bellas de tu nacimiento porque de tanto contarlas ya te las sabes de memoria. Quizás algún día, cuando me falle la memoria o la ilusión, seas tú misma la que puedas hacerme el regalo del recuerdo para poner en marcha la maquinaria emocionada de la nostalgia.

Pero hoy todo es alegría y por partida doble. No es este un cumpleaños cualquiera sino especial porque tienes a tu lado por segundo año a tu preciosa hijita, tu bebé, mi nieta/pajarito.

Siento que ya necesito regalarte muy pocas palabras; siento que ya lo entiendes todo sin necesidad de que yo hilvane recuerdos y adjetivos. Has llegado tú también al extraño reino de la maternidad, allí donde el amor reviste de paciencia las noches insomnes, allí donde el mejor premio es una sonrisa, un lugar en el que las reglas cambian porque lo único que importa es que esa nueva y amada criatura abra sus ojos cada mañana llevando a la vida –a tu vida- una mirada de amor, esperanza, fuerza e ilusión. Ahora ya sabes qué se siente cuando se tiene en brazos a una criatura; ahora podemos estar más cercanas tú y yo, juntas en el círculo que gira alrededor de tu querida hija, mi querida nieta.

Hoy te felicito porque es un día magnífico, para ti, para mí, para la familia que has formado, para el mundo en el que participas aportando tu granito de arena –o un gran puñado- ayudando a los demás.

Hoy te felicito porque eres mi ejemplo, porque ya desde siempre buscabas dónde implicarte, cómo compartir, la forma de ayudar. Buscabas tu camino y lo encontraste. Al principio creí que lejos de “casa”, hasta que me di cuenta de que la “casa” va con nosotros en el corazón aunque el cuerpo esté a miles de kilómetros de distancia del lugar donde se viene al mundo.

Zorionak, mi queridísima Xixili del alma, mi niña grande, mi pequeño sueño convertido en gran verdad. Felicidades por ser como eres, por estar viva y llena de energía, por el regalo de la vida que es una cadena entre todas las mujeres que nos han precedido y nos seguirán.

Hoy haremos un “skype” gracias a la tecnología que dulcifica distancias; te cantaré el Zorionak zuri en vez de “las mañanitas mexicanas”, pero las lágrimas de la lejanía ya habrán desaparecido de mis ojos a través de estas palabras que dejo aquí, prendidas del débil e invisible hilo de Internet, el único cartero amable que queda entre quienes están demasiado lejos para poder abrazarse en los días especialmente felices.

Gracias por estar ahí cuidando también de mi vida…aunque tú no lo sepas.

Te amo, neska pollita.

Mmmy.”

 

¡Qué rápida se me está pasando la vida, treinta y seis años ya!

Y curiosamente sigo sintiendo que tengo “toda la vida por delante”, a pesar de las arrugas de tanto calendario.

No me gusta mirar al pasado, pero a veces hace falta reflexionar y volver a tomar conciencia del punto exacto en el que nos hallamos. La impermanencia de las cosas, los sueños que se han perdido por un agujerito en el bolsillo del corazón, lo poco que apetece llorar y cuánto se añora la risa… todo eso, en fin, que uno siente y no siempre acierta a contar…aunque sea ante el propio espejo.

En fin.

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Pablo Ruiz Picasso (1938)

 

 

 

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Sobre el autor Cecilia Casado
Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.

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