Diario Vasco
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Autor: A partir de los 50
Aprendizajes de urgencia. Hablar con los mayores
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Cecilia Casado | hace 22 horas| 0

 
Mi perrillo cada vez camina más despacio así que lo más que puedo ofrecerle para su cotidiano paseo son los jardines de la plaza cercana. Cuando los niños están en el colegio, se convierte el lugar en una especie de oasis, silencio apacible y agua cantarina bajo los frondosos árboles. Me gusta, pues, sentarme en un banco, amparada en un libro, mientras Elur hocica por aquí y por allá, dentro de mi perímetro visual. Son buenos momentos para ambos al solecito del otoño.
Al amparo de los bancos al sol cuando hace fresco o a la sombra cuando hace calor, se sientan grupos de ancianas amigablemente parlanchinas, con o sus respectivas cuidadoras. Ya he hablado aquí de “las chicas del parque”, incluso las fotografié. Siguen presentes en mi vida, nos saludamos, intercambiamos sonrisas y algún que otro comentario sobre el tiempo y el poco novedoso día a día que a veces nos acompaña.
En la plaza también hay una iglesia muy concurrida sobre todo en horario vespertino de funerales. Entonces el trasiego de caminantes que se dirigen al templo es considerable, personas mayores en su mayoría que van a despedir a alguien con menor suerte que ellos…o eso quiero pensar.
Una de esas tardes, todavía calurosa, arrastrada por el viento sur que a veces nos regala el otoño, tomé asiento en mi banco favorito, cerca del puentecillo del jardín pseudo-japonés. Una señora mayor (mayor que yo) que ya lo ocupaba, comenzó a pegar la hebra rápidamente por el expeditivo método de acariciar a Elur y decirle cosas bonitas. Como me conozco el “truco” y estoy completamente de acuerdo con él, abrí la compuerta para una conversación amigable.
Resultó que la señora había acudido a mi barrio únicamente atraída por el funeral de la suegra de una sobrina política –creo que es un parentesco difícil de seguir- y como excusa para tener algo que hacer esa tarde. Faltaba casi una hora para el comienzo del servicio religioso lo que nos dio tiempo a “contarnos la vida” mutuamente.
¡Qué necesidad tan grande tenemos los seres humanos de hablar con los demás…y qué poco conscientes somos de ello hasta cierta edad! Porque en la juventud, todo el día con las amigas de aquí para allá, también se está todo el rato parloteando, “dando el parte” de lo cotidiano hasta el hartazgo.
Ahí estaba esta amable, educada y sonriente mujer, próxima a cumplir los noventa; activa en todo lo posible, autosuficiente dentro de la obvia limitación. Viviendo sola –“gracias a Dios no necesito a nadie que me cuide”- y pensando a veces por la noche en qué será de ella el día que ya no pueda valerse por sí misma porque la hija que tiene, recién jubilada y con sus propios hijos y nietos, “bastante tiene la pobre con lo suyo, que no es poco”.
Una mujer viuda de casi noventa años, jugueteando con su collar de perlas y contándome de su soledad elegida, del pánico que le daba pensar en ir a un “asilo”, de la vergüenza insufrible de imaginar que alguien tuviera que realizarle la higiene cotidiana, de no poder disfrutar de un momento de silencio si compartía la vivienda con alguna otra persona, tan aficionadas todas, a su edad, a charlar sin freno.
Porque a ella le gusta hablar, dialogar, intercambiar opiniones o experiencias, pero no soporta a “esas amigas” que se reúnen cada tarde en una cafetería y tan sólo saben hablar de médicos y medicamentos, dolores y penas, y cuando no es de la salud, parlotean de lo poco que les atienden los hijos y lo guapos que son los nietos aunque no encuentren trabajo de lo suyo.
Me explicó que si le llegaba una situación de no-retorno, vendería su piso guardándoselo en usufructo hasta la muerte a cambio de obtener una jugosa cantidad mensual que le permitiera contar con ayuda externa y que le trajeran la comida del restaurante que a ella le gusta. Para acabar sus días tranquila, bien cuidada y sin dar la tabarra a nadie.
Me explicó sus “planes de futuro” y me dieron ganas de abrazarla, tan guapa ella, tan señora, tan dispuesta a seguir encarando la vida de la manera más positiva y práctica posible. No me guardé las ganas de decirle que “yo de mayor quiero ser como tú” y nos abrazamos cuando llegó la hora del funeral.
Se volvió todavía y me dijo: -“gracias por la conversación” y yo le contesté: -“gracias a ti, Pepi, guapa”.
Felices los felices.
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Otoño en la piel
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Cecilia Casado | 20-11-2017 | 9:02| 0

 
Es obvio que no son consejos de belleza los que se van a leer aquí; de hecho, ni siquiera son consejos ni recomendaciones, tan sólo una impresión personal que puede que no tenga un valor relativo más allá de la frontera de mi corazón.
Yo cambio la piel en otoño. La cambio por desgaste de la anterior, por necesidad vital, vamos. Si por mí fuera seguiría con la misma unos cuantos meses más, puliendo aristas y recomponiendo entuertos, pero un algo tiene el previsto invierno de fríos internos y exceso de sopas y sofá y mantita (lo de las series, es opcional) que me impele a desprenderme con tiempo suficiente de las escaras que me han salido durante el tiempo de la ilusión primaveral y las emociones veraniegas.
Ya no queda nada de todo eso. El tiempo de brazos al aire y melena al viento ha terminado, casi siempre con menor gloria de la soñada y alguna pena inesperada, pero todavía con la memoria de algunos besos. Porque mientras hay besos hay esperanza.
El otoño del calendario no siempre va de la mano del otoño del corazón aunque marca una pauta a la que difícilmente se sustraen los humanos que dan importancia a las cosas del quererse por dentro. Ya sabemos que hay “viejos” de treinta y tantos y “chavales” de más de setenta. Cuestión de actitud y de elección y libertad personal (y un poco de buena suerte con la salud).
Este mes de Noviembre viene con vientos que chocan contra los ventanales de mi casa interior y quiero pensar que es porque los necesito. Como otros años también, en los que necesité poner patas arriba mi espíritu y adecuarlo a mi realidad, en estos momentos el trabajo a realizar viene atemperado por la experiencia soportada, pero no me exime de pasarlo mal arrancándome la “hojarasca” que me sobra.
Porque cambiar la piel desgasta. Desgasta incluso a los que no tienen conciencia de que cambian de piel, hasta a aquellos que nunca han pensado en esa “piel del alma” que con los años, con la vida, con las ilusiones rotas, va soltando sus pequeñas escamas de cansancio, lágrimas y desesperanza sobre nosotros, como si de un halo invisible se tratara. Invisible para los demás, pero nunca para quienes tienen la buena costumbre de echar una mirada hacia su propio interior.
Así que me tomo el día libre para preparar cuidadosamente “mi nueva piel”. Lo primero de todo, voy a aplicar una crema suavecita para que, si tengo que arrancar algún recuerdo doloroso, no me haga un estropicio. Luego la extenderé con mucho mimo por todos mis sentimientos, sin dejar ni uno solo, y que repose durante un buen rato; así es como consigo que las partes más sensibles reaccionen espontáneamente mostrando dónde está el mal. (Y digo “mal” por llamar de alguna manera a algo que voy a transformar en “bien”)
Después de la crema viene el agua. Caliente, templada o incluso fría, pero en gran cantidad. Ahí sí que hay que ser generoso a tope; necesitamos mucha agua para “limpiar” los restos de los sentimientos que se nos han quedado adheridos al alma durante el tiempo en que estuvimos expuestos al sol de los afectos, al calor de los amores, al ardor de las peleas. Que fluya el agua por dentro y por fuera. ¡Son las lágrimas tan buenas purificadoras…!
Y nos secaremos al viento. No al aire caliente artificial ni con el tacto suave y cálido de las toallas, sino abriendo de par en par todas las ventanas –incluso las atrancadas- y dejando que el aire limpio fluya por nuestra “casa interior” hasta llevarse la última gota de humedad.
Quizás alguien necesite utilizar un “jabón” de gran fuerza limpiadora porque tiene incrustado un recuerdo que no quiere salir o un trauma que se agarra malamente al alma., o acaso un dolor más lacerante. Entonces no queda otra que restregar bien fuerte para limpiar la piel porque de otra manera se irá sumando a lo que ya hay lo que está por venir, que vendrá, siempre viene. Y si no podemos hacerlo solos se pide ayuda que no será por falta de “herramientas”…
Yo cambio la piel en otoño y lo hago yo solita, sin molestar a nadie –o molestando lo menos posible. En silencio y a mi ritmo, con mucha aplicación y cariño porque, a fin de cuentas, es conmigo misma y con mi piel del alma renovada con quien voy a tener que pasar el invierno.
Felices los felices.
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Nuevas experiencias. “Reunión de vecinos”
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Cecilia Casado | 17-11-2017 | 8:15| 0

A mis años y con estos pelos he asistido por primera vez a una Asamblea Extraordinaria de la Comunidad de Copropietarios a la que pertenezco. Durante muchos lustros había conseguido dar esquinazo a tal “evento” y esquivado -haciéndome la loca- la moral obligación de aceptar formar parte de la Junta. Pero uno no acaba de conocerse nunca a sí mismo y el miércoles pasado, desechando a mi pesar un plan alternativo mucho mejor (acudir a una conferencia de mi admirada Rosa Montero), acudí junto a decenas de personas a lo que una vez escuché denominar como “reunión de locos con firma en el catastro”.
Uno de los temas a tratar me resultaba ineludible porque me había afectado directamente, así que me convencí de que mi presencia (y mi voto) eran necesarios, aunque esta fatuidad mía pronto se derrumbó a las primeras andanadas verbales de parte de la concurrencia.
Lo cuento aquí como una “primera vez”; para mí tiene el valor que se le da a toda experiencia desconocida y de la que todo el mundo participa, por lo menos un par de veces al año, y a la que yo había renunciado bien por desidia, bien por creer que no iba a poder aportarme nada.
Craso error, como casi siempre que tenemos un pre-juicio de alguna situación (no digamos ya de una persona) y el acercamiento a la misma nos confirma el error en el que vivíamos con imprudente atrevimiento.
¡Ir al teatro para deleitarse con los mejores actores dramáticos! ¿Para qué? ¡Asistir como público invitado a un programa en directo de lo que sea DeLuxe! ¿Para qué? ¡Subirse tres veces seguidas al Dragon Khan después de una comilona! ¿Para qué? Todas estas emociones –y alguna más- se pueden sentir en vivo y en directo de forma gratuita (lo de gratis, es un decir, porque hay un precio que seguro que voy a pagar en los próximos días) asistiendo a una bien surtida Asamblea de Vecinos.
Tomó la palabra el primer aguerrido copropietario para indicar que “las cosas se habían hecho mal”. A toro pasado, poco vamos a reclamar, pensé. Pero en seguida surgió la respuesta de otro “soldado de la palabra” para decirle que “no nos hiciera perder el tiempo con sus tonterías”. Sin anestesia. La bola empezó a rodar ladera abajo y ya no hubo dios que pudiera pararla en las casi tres horas siguientes.
Cuando alguien tomaba la palabra, una voz se elevaba más alta para acallarla o contradecirle. El que sabía mucho de algo –teóricamente- quiso hacer prevalecer sus conocimientos y le espetó a la Administradora que se callara “porque no tenía ni p. idea”. Con un par. El Presidente disfrazado de palmera caribeña no decía nada ni hacía nada por cortar los desmanes verborreicos ni reconducir los temas al orden del día establecido.
Unos se fueron y otros se pusieron a hablar entre sí. El tocapelotas que dicen que es inevitable en este tipo de reuniones, tomó la palabra en más de una docena de ocasiones, advirtiendo a la Asamblea de que “tenía mal día”, como si eso fuera la patente de corso para volvernos locos a todos con sus desafueros.
¡Esta es la mía! –pensé; aquí puedo soltar la energía (negativa) que me sobra y quedarme tan a gustito, como dicen que hacen tantos y tantos hinchas cuando presencian competencias deportivas.
Así que, en una de estas, levanté mi voz –que la tengo bien potente- y le dije al pelmazo que no hacía más que decir “tengo mal día” que se callara de una vez y que no nos lo hiciera pagar a los demás. Pues nada, ni se inmutó, como si hubiera pasado un mosquito rozándole sin picarle. Me fijé que llevaba alianza de casado y pensé que en su casa le conocerían mejor, o que le impedían hablar u opinar y aprovechaba las circunstancias para desfogarse…
Luego, ya en casa, delante de una sopa caliente, recapacité. Me di cuenta de que sigo siendo una criticona, de que me sigue pareciendo mal lo que hacen los demás cuando no me lo consultan, que me aburren los discursos sin ton ni son, que allí éramos todos diferentes y únicos a la vez, tan humanos, tan vulnerables, tan cazurros y tan visionarios. Personas humanas en plena efervescencia, los unos y callados como muertos, los otros.
Alcé mi mano para votar a favor de lo que me interesaba y comprendí que el precio de ese voto, de mi presencia nominativa, no era ni siquiera un granito de arena válido para casi nada. Que de no haber estado allí todo habría seguido su curso, que yo no era necesaria para nada y que, sobre todo, no me habría perdido el discurso inteligente y reconfortante de una de mis escritoras favoritas, lo que, obviamente, sigo lamentando en estos momentos.
Es como ir a votar con ilusión pensando que servirá para algo y luego te das cuenta de que “el discurso” que te habías creído es una auténtica patochada. Porque de lo que se iba a hablar, no se habló.
Y ahora pienso que la política es un triste remedo de las juntas de comunidad, que igual resulta que un Parlamento –con mayúsculas- no es tan diferente de un “patio de vecinos” mal avenidos.
No vuelvo más; por éstas que son cruces.
En fin.
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Pequeñas alegrías
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Cecilia Casado | 15-11-2017 | 8:01| 0

 
Algunos despertares me pillan atravesada en la cama, sudando. Lejos de ser el resultado de una lujuriosa sesión, significan que han encendido la calefacción central demasiado pronto y que mi estado de ánimo está afiebrado. No mi cuerpo, no, sino mi psique o donde quiera que se fragüe el origen del desasosiego.
Esas mañanas –no necesariamente de lunes- sé que me levantaré con el pie izquierdo, que estaré de mal humor y, en consecuencia, todo aquello cuanto emprenda me saldrá torcido. Que se me derramará el té al servirlo, que mi perro no controlará los esfínteres (tan sensible mi Elur a mis estados emocionales), que el jersey rojo habrá encogido en la última lavadora y hasta es posible que me queme al sacar el pan de la tostadora. No llamarán los amigos ni yo tendré ganas de llamarlos a ellos. Estaré sola, comeré sola, dormiré sola. Un asco de perspectiva, vaya.
Pero como ya me conozco esos despertares y lo que viene después, estoy aprendiendo –o por lo menos intentándolo- a introducir algún pequeño cambio en el guion recidivante que me asalta a traición. Así que, lo primero de todo, me prohíbo levantarme sin antes haber relajado mis neuronas. Busco en la oscuridad la mejor postura, nada de posición fetal, bien estirada aunque relajada, y comienzo a visualizar alguna situación amable, agradable, alegre incluso, que me gustaría me alcanzara en las próximas horas.
Pienso en mi listado de “pequeñas alegrías”, esas emociones que son infalibles, que siempre me ponen de buen humor, que me dejan el ánimo suave como una hoja recién caída del árbol. Hago repaso mental de esas cosas sencillas que tanto me han gustado desde siempre: las ganas de canturrear por la casa, la ilusión por hablar con un ser querido, el gusto por vestirme guapa con los pendientes a juego con la sonrisa.
Visualizo mi día perfecto (o casi). Como cuando me llama una amiga y me dice que quiere verme porque hace mucho tiempo que no; o si recuerdo cómo iba con mis hijas pequeñas a recoger hojas del otoño. Quizás cruce por mi mente el aroma de unas alubias cremosas, felices con sus “sacramentos” o me asalten las ganas de ese libro que quiero leer y nunca pillo libre en la biblioteca.
Entonces pongo en orden ese batiburrillo de impresiones, suspiros y deseos amordazados y tomo la mejor decisión posible. Llamo a esa amiga a la que hace mucho tiempo que no y le invito a salir. De camino cruzo el parque y recojo unas cuantas hojas rojas y picudas para marcar páginas en el libro que –ya he decidido sin dudarlo- voy a comprar hoy mismo.
Con esas pequeñas decisiones tomadas, abandono el lecho y me pongo en marcha, llena de “pequeñas alegrías” que van a dar sentido a mi vida el día presente. No mucho más, pero no mucho menos para recobrar el equilibrio emocional que a veces se nos descalabra a los humanos porque no hacemos más que echar gasolina al fuego de la mente donde se están cociendo tantos pensamientos negativos.
Esa hoguera indeseada donde nos quemamos porque los hijos están lejos, porque la pareja está lejos aunque duerma al lado; ese fuego que abrasa por la fuerza del deseo de dejar atrás lo que desagrada y que quema también por la cobardía que impide llevar a cabo lo que tanto se ansía.
Guardamos en stock “pequeñas miserias” cotidianas, irreversibles, que hurgan en los recovecos del espíritu hasta llenarlos de malos augurios. Quizás para compensar tanta tristeza inevitable haya que inventarse “pequeñas alegrías” que recompongan el equilibrio.
A veces me sale bien el truco. De esas veces es de las que hablo aquí…
Felices los felices.
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 *** Banksy. Muro de Gaza. 2005
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Reflexión del lunes. El ego de los “intelectuales”
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Cecilia Casado | 13-11-2017 | 8:45| 0

La anécdota que suscita la reflexión del post de hoy es prestada por una amiga, pero quiero dejar bien claro que lo mismo podría haberme ocurrido a mí.
El caso es que algunas mujeres se ponen muy contentas (los hombres no tengo ni idea) cuando “tropiezan” en su camino con alguien que tiene y cultiva inquietudes intelectuales; si ese alguien es un hombre ya es miel sobre hojuelas porque se supone –y apunto por si acaso que las suposiciones son gratuitas- que antes o después del “empotramiento” (qué vulgar me he vuelto, válgame el cielo, pero es que me dejo arrastrar por lo que se masca en los corrillos) va a ser posible un intercambio de fluidos neuronales además de los propios de la coyunda en sí; es decir, un tipo con el que hablar de algo más interesante que “comentar la jugada”.
Y a mi amiga Elsa –que de alguna manera tendremos que llamarla- le tocó la lotería, al decir propio y ajeno, en forma de un hombre con eso que se llama ahora la “azotea bien amueblada” y antes se le decía “leído y con estudios”. Al principio nos contaba embelesada, subyugada y un poco abducida, la inmensa suerte que tenía con el tipo en cuestión a la vez que cruzaba los dedos sonriendo picarona y deseando que le durara mucho más que lo que duran estas cosas. (Sin chistes burdos con la durabilidad del asunto).
Pero pasaban las semanas y dejó de deleitarnos a sus oyentes con el relato de sus excelsos momentos amatorio/intelectuales; supongo que también por no estomagar a quienes no tenían qué llevarse a la boca. Así que le pregunté a bocajarro –para horror de la concurrencia- si ya no partía nueces ni humedecía sábanas con ese “hombre de su vida” que había encontrado en una conferencia sobre la vida y obra de Zygmunt Bauman. (Por cierto que a todos nos dejó patidifusos y un poco anonadados cuando nos explicó las posibilidades de ligue que pueden ofrecer eventos de ese jaez.)
Descubrimos entonces que las “conversaciones interesantes” de sobremesa –o sobrecama- habían ido reduciendo el perímetro verbal, que en un principio les abarcaba a ambos, a un reducido e impenetrable espacio en el que tan sólo cabía él, el maestro, el de las clases magistrales y largos –y al final tediosos- discursos de sabiduría impostada gracias a muchas lecturas y demasiado ego.
Nos contó del descubrimiento y sufrimiento añadido del tamaño INMENSO del ego de ese señor, cualidad esta que opacaba con creces cualesquiera habilidades suplementarias que pudiera ejercer con mi aterrada y silenciosa a la fuerza, amiga. Relató algunas reuniones a las que le había invitado su amigo/pareja eventual, con gentes de la misma ralea, empeñados todos desde el minuto uno y hasta apurar el caliz de la posverdad hasta las heces, en declamar su discurso desde el púlpito o torre del homenaje al que se habían subido, convencidos, todos y cada uno de ellos de ser poseedores, no ya de la verdad absoluta, sino de argumentos de masa y contundencia superiores a los de cualquier otro ser humano pensante en varias leguas a la redonda.
Mi amiga Elsa, guapa, inteligente y un poco loca –como corresponde a su edad y condición- estaba triste mientras los demás nos carcajeábamos sin rubor alguno, porque había tenido que renunciar a la parte sabrosa de la relación para no acabar con un ataque de nervios cada vez que al magíster se le ocurría lanzar su discurso sobre cualquier tema: política, economía, medio ambiente, psiquiatría o miserias del ser humano de las que él, sin duda alguna, se sentía ajeno.
Pero después de las risas, vinieron las reflexiones y tuvimos que entonar un mea culpa colectivo por todas las veces en que nosotros también –yo, tú, él y nosotros- hemos dado la chapa verborreica a quienes no tenían necesidad alguna de escuchar nuestro “mensaje” y, sin embargo, nos lo han aguantado de alguna manera, permitiéndo que nuestro ego –grande o pequeñito- saliera a la superficie para maquillar nuestro sencillo ser con los atributos, oropeles e impostados adornos de una “intelectualidad en zapatillas”.
En realidad, esto de los intelectuales y el ego es más viejo que el hilo negro, que a ver quién le convence al que se cree que es más que los demás porque hilvana discursos plagiados de los pensamientos de quienes, de verdad, son sabios y no pierden el tiempo alardeando de sus conocimientos…que se calle de una vez y deje de dar la chapa.
El mejor broche de la noche fue cuando otra compañera de fatigas le dijo a Elsa que, la próxima vez, en la siguiente relación, se fijara más en el contenido de los silencios que en las alharacas de las palabras.
Elsa se ha bajado en el móvil la app de Tinder, decidida a alejar de sí el posible trauma que, dice, seguro que espera agazapado para saltarle a la yugular en cuanto se descuide un poco.
Quizás algún día mi amiga haga como yo –y tantas otras- que preferimos los hombres con el ego pequeñito y el corazón grande. O algo así.
Felices los felices.
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Sobre el autor Cecilia Casado
Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.

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