Diario Vasco
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Autor: A partir de los 50
La planificación errónea
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Cecilia Casado | 18-09-2017 | 7:36| 0

La verdad es que mis esquemas mentales van cambiando de año en año casi sin que ponga de mi parte más esfuerzo que el de dejarles ir “a su bola”. Voy constatando que, así­ como durante años llegaba el nuevo curso y ya andaba preocupada con apuntarme aquí­ y allá, que si a la Inteligencia Emocional, al Arte Contemporáneo o a la Escritura Automática, ahora se abren las matrí­culas y no se me mueve una pestaña para apuntarme a nada.

¿Qué me ha ocurrido para perder el interés casi de golpe por todo lo que durante muchí­simo tiempo fue importante para mí­? Pienso y pienso en ello hasta que, por fin, encuentro una respuesta que me satisface, aunque esa satisfacción pueda durarme bien poco, ya me conozco, me contradigo y me quedo tan tranquila.

El caso es que cuando estaba en el mercado laboral sentí­a que el tiempo libre o de ocio había que ocuparlo de alguna manera más productiva que dedicarme a la holganza pura y dura -sin contar la lectura de libros y el visionado de pelí­culas-; una especie de gusanillo interno que me empujaba a hacer algo, no sé, aprender a cocinar lentejas o meterme en un taller de teatro amateur disparatado o decidir que querí­a aprender a bailar los ritmos que jamás de los jamases me habían importado un comino. Modas. Tonterí­as. Paliativos.

Y claro, que si los martes y jueves de siete a nueve de la noche de Octubre a Mayo y los lunes de cinco a siete por cuatrimestres separados, para luego darme cuenta de que, cada vez que me salía otro plan, un concierto, una obra de teatro, la escapada entre semana, el viajecillo fuera de fechas o, simplemente, el cansancio de un catarrazo, tener que dedicarme a sopesar qué me interesaba más: si el plan imprevisto y goloso o la obligación de asistir a clase, !que para eso habí­a pagado mis buenos maravedíes! Eso sin contar que mayormente- había que pagar los cursos enteros al comienzo quedándote únicamente el recurso al pataleo si estos no respondían a tus expectativas.

Así las cosas, ya el año pasado dejé casi todo mi calendario en blanco, no me apunté a nada de nada externo, con la excepción del Cí­rculo de Mujeres que es algo personal e intransferible cada quince dí­as. Me di cuenta de que no necesitaba en absoluto tener la agenda del otoño/invierno/primavera repleta de actividades que me ayudaran a llenar el tiempo o vaciar la mente. Una nueva parcela de sensación de libertad se abríó ante mí­.

Lógicamente, al tener la agenda como el desierto del Kalahari, cada nuevo plan que surgía en lontananza era bienvenido. Nada de mirar a ver si estaba disponible porque… !estaba disponible!. De esa manera tan sencilla y resolutiva me fui una semana en Noviembre a Berlín sin haberlo previsto apenas y otra semana a Praga en Abril cuando acabó el tiempo vacacional oficial; pude acudir con mis amigos a cuanto evento fue apareciendo en el horizonte sin tener que faltar a ninguna clase. Me convino todo el rato quedar a cenar un miércoles o a comer un jueves, liberada mentalmente del: “mañana tengo clase y no debo faltar”. Ahora mismo estoy preparando maletas para celebrar el comienzo de curso con otra escapada por Europa, de esas con billetes baratísimos por haber terminado la temporada oficial.

!Si es que no tengo nada planificado! Y, precisamente por ese motivo, puedo apuntarme a cualquier plan que me guste en el momento, con la tranquilidad de la inmediatez ilusionante …

¿Me voy a sentir más segura sabiendo que de aquí a Junio ya tengo todo el pescado vendido? Pues, ya no. La vida ya no la voy a seguir planificando en tanto en cuanto pueda evitarlo; quiero improvisación alegre, ilusión por sorpresa, poder decir que sí­ cuando me requieran sin el rollo ese tan feo de: ya tengo un compromiso contraí­do con anterioridad.

A fin de cuentas, para qué vamos a engañarnos, la vida puede cambiar en un instante, lo sabemos aunque nos convenga hacer como si no lo supiéramos…

!Quién me ha visto y quién me ve! !Cuán cierto es que mucho se cambia con los años!

En fin.

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Series: la nueva adicción
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Cecilia Casado | 15-09-2017 | 7:49| 0

 

Este año 2017 lo estrené con no demasiado buen pie. Tuve que lidiar -todaví­a en plenas Navidades- con un abandono afectivo importante (que me pareció importante en ese momento aunque luego vi que me habí­an hecho un favor enorme) y para paliar de alguna manera el revoltijo emocional y distraer el ego, las neuronas y la parte del corazón maltrecha, mi hija pequeña me regaló una suscripción con una empresa multimedia que da entretenimiento visual a tutiplén. Pensé que era todo un detalle por su parte -que no es lo habitual que los hijos se preocupen por la estabilidad emocional de sus progenitores- así­ que, más por hacer aprecio que por verdadero interés, me informé de cuáles eran las series estrella de esa compañí­a.

¡Si hice, ya hice! Empecé con Homeland y todavía no he parado, después de tragarme The Crown, The Fall, y ahora estar abducida con Dexter y con ganas de “Orange is the new black”. House of Cards, Breaking bad, Sherlock y unas cuantas más tan solo las aguanté unos capítulos, será que mis gustos ya no van parejos con los trending topic al uso.

Las series. La nueva medicina contra el aburrimiento, panacea para superar malestares psí­quicos diversos, burladero para no enfrentar situaciones complejas, cajón de sastre para neuras y psicopatí­as varias de la vida cotidiana… Están tan bien concebidas que no puedes ver tan sólo un capí­tulo al dí­a -excepto que tengas mucha fuerza de voluntad o poco tiempo libre-; justo en los últimos cinco minutos ocurre algo sorprendente que pone patas arriba las emociones del espectador y destila el veneno adictivo que te hará seguir queriendo más y más y mas…

Como vivo sola casi todo el tiempo me ha costado darme cuenta de hasta qué punto el fenómeno serial ha inoculado su ponzoña en los espectadores/adictos. Ya me voy fijando más y preguntando y me he dado cuenta de cuántas parejas que viven juntas comparten sus comidas con una serie en la tablet sobre la mesa, se llevan el ordenador a la cama para ver algún capítulo juntos y ya no quiero saber más…

Preguntando aquí­ y allá resulta que mucha más gente de la que yo pensaba está bien anclada cada dí­a frente al televisor/ordenador dando cuenta de capí­tulo tras capí­tulo de lo que le haya vendido un avispado proveedor de telefoní­a o similar. Lo de las pelis parece que queda para los novios que van al cine los sábados o los cinéfilos que se apañan mejor buscando en Internet las joyas del séptimo arte que ya están al alcance de casi todos.

Por cierto, España sigue siendo paí­s “pirata” por excelencia en esto de bajarse pelis de Internet, me alucina que se siga permitiendo este dislate, pero no quiero polemizar, aunque soy de la opinión de que lo que tiene un precio hay que pagarlo, faltarí­a más…

Los libros que leí­a con fruición, los paseos kilométricos por la ciudad despertándose, la música mientras se piensa en las musarañas, una buena siesta, comer con las amigas, de birras con los amigos, el silencio para preguntarse cosas incómodas… todas estas actividades que para mí­ eran sagradas, necesarias, cotidianas y satisfactorias han tenido que apretujarse hacia las esquinas para hacer sitio a “su majestad la serie”.

No sé si estoy muy satisfecha de mí­ misma o me congratulo de tener temas de conversación al dí­a con los demás. Que antes era el : ¿has leí­do lo último de fulano o has visto la última de mengana? y ahora la pregunta del millón es :- ¿por qué temporada de X vas ya? o ¿Y si me pido para mi cumple los DVD’s de Juego de Tronos?

Mi hija me dice que no me preocupe demasiado, que soy una mujer muy al dí­a para la edad que tengo…

En fin.

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Cumpleaños
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Cecilia Casado | 13-09-2017 | 7:49| 0

 

Cada año por estas fechas me ocurre lo mismo, una especie de déjà-vu que me convulsiona por dentro, un relámpago de lucidez teñido de nostalgia, el calambrazo del amor y el calor insoportable de las lágrimas a punto de desbordarse.

Es el dí­a de mi cumpleaños y me despierto con el cuerpo descansado, la mente todo lo lúcida que se puede esperar de una “adulta mayor” como ya soy y el corazón revuelto pensando en ti. Sé que no me llamarás a primera hora como hiciste durante casi cuarenta años para felicitarme y quedar conmigo para darme tu “regalito”, siempre decías así­, “regalito”, en diminutivo, como quitándole importancia al hecho de que, lo sé, siempre acababa sabiéndolo- te habías recorrido varias tiendas buscando algún objeto personal que me agradara.

De aquellos tiempos conservo todavía un precioso peine de carey de cinco púas grandes -“para quitarme los nudos de la melena, dijiste”; un espejo precioso, también de buen diseño, con mango grande “para contemplar mi sonrisa, dijiste. Y un estuche de manicura que parece eterno. Un bolsito pequeñito de Loewe que conservo como oro en paño y en el que te gastaste “la paga” de un par de meses: yo tenía veintidós años y empezabas a estar a mi lado como una presencia amorosa, real, comprensiva y muy cercana.

También por aquellas fechas me regalaste un vestido de noche, negro, de diseño joven pero chic… !qué cosas se te ocurrí­an! Aunque alguna vez metieras la pata, como con aquel Vespino que me ofreciste a mis diecisiete y que luego te reapropiaste porque dijiste que ya no lo necesitaba.

Cada año por estas fechas, más que nunca, echo en falta tu presencia, tus risas y, lo confieso, tu regalo de cumpleaños. Nunca me preguntaste qué querí­a o qué necesitaba, dejabas volar tu imaginación en alas del cariño que me tení­as y siempre me dabas una sorpresa, como aquella vez que se te ocurrió comprarme unas sábanas -bonitas, desde luego- y con las que dormí­ abrazada a tu recuerdo hasta que la lavadora y ciertas penas las dejaron inservibles.

!Cómo me gustaría que estuvieras a mi lado ahora mismo! Que vieras lo guapa que sigo estando -buenos genes, no tiene mucho valor- y lo guapa que me gusta verme -eso ya es mérito propio. Poder contarte una vez más que tu recuerdo me mueve en no pocas ocasiones, sobre todo cuando flaqueo y me duele el alma y pienso en ti, papá, y en la vida que tuviste y en lo que te tocó en suerte o elegiste equivocándote o, simplemente, te hicieron pagar sin haber cometido ningún delito.

A la edad que cumplo ahora tú ya estabas jubilado -como yo misma- y muy ilusionado con la vida feliz que se te presentaba por delante liberado del despertador y la rutina laboral. Lo que nadie imaginaba es que un demonio devorador estaba a punto de nacer en tus entrañas y te llevó por un via crucis de quirófanos, penas y hospitales durante casi doce años hasta que dijiste, basta, no puedo más, me rindo, y nos dijiste adiós.

No estoy triste recordándote, papá, sino contenta de imaginar que me estás viendo y alegrándote por haber heredado tu deseo de vivir feliz, tranquilo, con buena música y mejor lectura, en paz conmigo misma y con la mayor cantidad posible de silencio interior en la existencia. Tú eras creyente, te fuiste con esa fe a cuestas y ojalá que tuvieras suerte y desde donde creías que ibas a ir me estés viendo ahora tecleando tranquila y sosegada mientras afuera la vida gotea contra el ventanal con ansia y el viento mueve los árboles y las conciencias.

Eres bisabuelo aunque no hayas podido tener en tus brazos a la preciosa niña-pajarito que nos ha llenado de regocijo; eres el abuelo de dos nietas que te adoraban por tus bromas, tu cariño y dedicación y tu forma de besar pinchando con el bigote. Sigues siendo el padre controvertido que fuiste en mi infancia, el padre comprensivo que me levantó de todos mis tropezones juveniles e incluso adultos y el padre amoroso que me daba las gracias por cada momento bueno que pudimos pasar juntos cuando la vejez fue una realidad.

Felicidades, papá, por seguir estando tan vivo en tu esencia después de tantos años. Mi primer brindis de hoy será para ti.

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Tu gurriata.

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Hoy no es mi día
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Cecilia Casado | 11-09-2017 | 8:07| 0

 

La otra noche hubo una buena tormenta de esas que son como las paellas de los que no saben hacer paella: tení­a de todo. Rayos y centellas, viento fortí­simo y lluvia en forma de aguacero. No dejó títere con cabeza en el jardí­n, donde los olivos soltaron las aceitunas, las hortensias los pétalos de color y las bicis de los vecinos jetas que las atan a las farolas chorreantes y relucientes. Mi perrillo lo pasa mal con los truenos así­ que hemos dormido ambos de sobresalto en sobresalto.

Al levantarme descubro que el girasol que adquirí para alegrarme la vista se ha caí­do de la mesa de la terraza y presenta graves contusiones. El melón que le compré al payés de al lado, pequeño, amarillo, atrayente, revela un interior muy poco católico, no dan ganas de hincarle el diente y con razón, puesto que es el típico “melón pepino”, así que abrazo el plan b que es desayunar pan con aceite en vez de fruta. ¡Pan! No me acordé de comprar… A ver si las galletas de avena con un té bien caliente me hacen un apaño, pero está claro que hoy no es mi dí­a: se han quedado blandas con la humedad de esta tierra…

Después de tan triste refrigerio matutino vamos Elur y yo a dar el paseo preceptivo para “hacer los deberes”, función que mi perrillo desarrolla como un reloj en cuanto pone las patas fuera de casa… momento aciago en el que me doy cuenta de que, con el atolondramiento del mal desayuno, he olvidado proveerme de la bolsa de plástico correspondiente. Miro a izquierda y derecha y el campo se me muestra en todo su esplendor; nadie por aquí­, nadie por allá -excepto los caracoles madrugadores- y ni un triste pañuelo de papel en mi bolsillo, así­ que nos alejamos silbando y disimulando, sin mirar atrás -la del sentimiento de culpabilidad soy yo, mi perrillo no sabe de reglas sociales-, con la sensación de haber cometido un delito.

De vuelta a casa, destemplada por el fresquillo matutino, decido hacer lentejas. No las puse a remojo ayer, pero decido que no pasa nada: son pardiñas. Mientras se van cociendo, paso al baño para ducharme; no compruebo el chorro de agua hasta que, ya sin ropa, constato con desagrado que el agua sale congelada. Vuelta a la cocina a vigilar el termo: apagado, con la tormenta de ayer debió de saltarle el magnetotérmico. Lo enciendo y me vuelvo a vestir que no es cosa de agarrarme un resfriado a finales de verano, que es cuando más rabia da.

Intento leer un rato mientras se hacen las lentejas y ocurre lo imprevisto: que me quedo dormida en el sofá y tan sólo me despierta el olor a quemado de las legumbres que se han chamuscado irremediablemente tras una pelea de media hora mientras yo no hacía nada por impedirlo.

Hoy no es mi dí­a, vuelvo a pensar.

Pero es tonterí­a todo esto, porque en realidad, estos pequeños incidentes ocurren continuamente en nuestra vida; lo que pasa es que si se dan tres o cuatro de golpe da la sensación de que los hados están en nuestra contra.

Tengo que acostumbrarme de una vez por todas a que las cosas puedan “salir mal”, que por mucho que me empeñe hay un margen de error que siempre está ahí­, agazapado, para saltar en el momento más inesperado.

También pienso que hay que saber perder, aguantarse sin protestar continuamente por las cosas que no salen perfectas, porque es más la energí­a que se invierte en quejarse que la necesaria para aceptar ciertas vicisitudes como parte de las pérdidas de la vida.

A veces la familia también sale como los melones/pepino, los amigos se mustian como el girasol y yo misma me peleo con mi otro yo y acabo como las lentejas: incomestibles.

Los renglones torcidos supongo que sirven para algo…

En fin.

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El chocolate y el sexo
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Cecilia Casado | 08-09-2017 | 7:30| 0

 
Siempre me ha hecho mucha gracia esa gente que dice que el chocolate –sobre todo si es negro- es una especie de sustitutivo del sexo. No sé cuál es el fundamento científico (y si no lo hay me interesa poco el tema), pero sí sé que el cacao contiene una sustancia denominada teobromina que es mayormente adictiva. Igual es por eso que tantas personas cuentan que se toman su trozo de chocolate lo más puro posible justo antes de dormir…
De ahí a buscarle tres pies al gato y mezclar churras con merinas no hay más que un paso; si te acuestas con el sabor amargo del cacao en la boca y la teobromina en el estómago seguramente te entre un gustillo placentero que te distraiga de otros placeres igual de carnales o más. (Lo de lavarse los dientes antes de dormir como que no pega mucho aquí)
Lo curioso del asunto es que hay que profundizar en él para sacar conclusiones, porque vamos a ver, ¿qué rango de edad se infla de chocolate siempre que puede? ¡Pues los niños, faltaría más! Y ¿quiénes son los que dicen que mejor un par de onzas de rico cacao procesado que medio revolcón mal aprovechado? ¡Pues los que están “fuera de servicio”, faltaría más!
Personalmente, el chocolate nunca me ha llamado demasiado la atención, soy más de cosas saladas que dulces, y como por esa regla de tres mi vida sexual se hubiera visto reducida a lo que proponía el Doctor Ogino y poco más, puedo afirmar que lo de que el chocolate es un sustituto del sexo es una tontería como la copa de un pino que está en boca de quienes o venden cosas cubiertas o rellenas de chocolate o no tienen con quien practicar las mieles del dulce fornicio.
Cuando el deseo sexual huye de la persona -o existiendo todavía no es viable satisfacerlo- puede llegar a resultar un pelín patético hacer como que no pasa nada o cantar las excelencias de un paliativo que, sinceramente, será todo lo rico que quieras, pero tiene todas las contraindicaciones habidas y por haber para la salud, al contrario de la práctica sexual que es saludable, adelgaza, fortalece, agiliza el cuerpo y deja la mente y el corazón y todo lo demás como en la gloria bendita.
En realidad buscamos el estereotipo en el que vernos reflejados: la señora anciana que adopta un perrillo para que le dé cariño y le haga compañía, la señora también mayor que enfrenta el aburrimiento conyugal después de las bodas de plata apuntándose a un bombardeo con las amigas en forma de cursos, cursillos, talleres y tallercillos. Unos van al gimnasio a machacarse para sentirse jóvenes –aun siendo jóvenes- y otros aprenden bailes latinos para sentirse jóvenes –aun no siéndolo ya ni por asomo. Y otros toman chocolate –o patatas fritas de bolsa o pizzas congeladas- como sustitutivo de lo que siempre falta en la vida porque nunca estaremos ni completos, ni satisfechos, ni conformes con lo que hemos sabido buscarnos, culpando a quien sea –la vida, el otro, el gobierno o a Corea del Norte- de aquello que tenemos en “disfunción”. Puede ser el sexo o una aceptación de lo que somos en esencia.
Por lo que a mí respecta se pueden seguir comiendo el chocolate los demás y que me dejen a mí lo que ellos no quieran…
En fin.
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Sobre el autor Cecilia Casado
Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.

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