Diario Vasco
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Autor: A partir de los 50
Angulas de verdad
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Cecilia Casado | hace 22 horas| 0

 

Soy lo suficientemente mayor como para contar en mi recuerdo con un tiempo pasado en el que, en las fiestas de invierno, se comía angulas. Mi abuela me contaba que antes de que fueran signo de “mesa pudiente”, había sido el pollo el rey de la fiesta, en una postguerra en la que unos tenían mucho y lo ocultaban y otros teniendo poco lo escondían también.

Hay un salto inmenso en cuanto a poder adquisitivo desde los años sesenta hasta los ochenta que es cuando comíamos angulas con cierta naturalidad quienes teníamos en aquella época un relativo buen sueldo a fin de mes. Nos parecía justo y equitativo realizar dispendios pillados por los pelos aunque –o precisamente porque- la generación anterior hubiera pasado una guerra y padecido la inevitable escasez alimenticia. Pero éramos jóvenes, qué puñetas, y nuestra biografía no guardaba (todavía) esos rincones oscuros del poco poder adquisitivo e incluso del hambre que padeció parte del país al que le pilló el golpe de estado del 36 en el lado equivocado, aunque ciertamente legal.

Éramos jóvenes, insisto, y el futuro nos pertenecía; y mientras devorábamos con ansia el presente nos deleitábamos con las pequeñas libertades posibles a la vez que poníamos en nuestra mesa algún que otro manjar. Como las angulas “de verdad”, aquellas que eran blancas o negras –según el color del lomo- y que íbamos a comprar a Hendaya vivitas y coleando para luego matarlas con agua y tabaco, cocerlas y comérnoslas en raciones de casi un cuarto de kilo  por persona, a lo grande, para desviar otras cuitas -que nada tenían que ver con el estómago- a la trastienda donde se acumula lo polvoriento, lo que demasiadas veces se piensa que se puede dejar para tiempos mejores, esa dichosa procastinación que suena a delito en el Código Penal y que, sin haberse inventado todavía, ya utilizábamos con más bien poco rubor.

He comido angulas muchísimas veces en mi vida: en casa y en restaurantes –celebración interpuesta- como un dispendio posible y nada inmoral, menos caras resultaban entonces que los menús degustación que ofrecen ahora los restauradores estrella y que a nadie que los frecuenta se le mueve un pelo por gastar en una comida de cuatro personas incluso más que el sueldo mensual de un trabajador de base.

Y había mucha gente a la que no les gustaban, las angulas, esos “gusanos” que a saber qué lodos del río arrastraban cuando se pescaban de madrugada con fanal en el Urumea o el Bidasoa. Comer angulas era un poco sibarita, como beber champagne en vez de cava o sidra champán –que hizo furor en la generación de nuestros padres.

Con el tiempo se socializaron las crías de la anguila y pasaron a las grandes superficies donde había que hacer colas de horas para comprar máximo un kilo de tal supuesto manjar al precio –al cambio de hoy- de unos sesenta euros el kilo. No era tanto, por supuesto que no, y allí que nos íbamos con la santa paciencia a cuestas para conseguir nuestro cupo. Eso duró hasta los noventa que fue cuando  llegaron los japoneses (no sé si es una leyenda urbana) y se las llevaron todas para que crecieran por oriente y se convirtieran en adultas anguilas con mucho aprecio –y precio- consideradas.

Entonces surgió el emprendedor por excelencia, el “listillo o visionario” que se decía entonces, que decidió fabricarlas con pasta de pescado, imitarlas haciendo como espaguetis con el lomo pintado, un engañabobos que no parecía convencería a los más listos, un negocio ridículo al que todo el mundo auguró triste fracaso porque…¿quién que haya probado lo auténtico se conformaría con una imitación desnaturalizada?

Es el signo de los tiempos, nuestros hijos han nacido en la cultura de la angula de mentirijillas y quizás nuestros nietos conocerán el jamón falso, el pseudo vino o el güisqui instantáneo y les parecerá bueno y correcto poner cara de deleite con esas imitaciones, como los relojes de oro hechos en China o las personas que parecen buenas y amables y esconden en su interior falsedades sin cuento.

Es el engañabobos por excelencia, la manipulación más increíble, hacer creer a quien jamás ha comido en su vida “angulas de verdad” que las “de mentira” son igual de buenas…y, sin embargo, ya es una gran verdad, o una posverdad avalada por igual por tirios y troyanos.

Con los años me ha pasado con el amor lo mismo que con las angulas; que habiendo probado lo auténtico no soy capaz de mover un dedo por llevarme lo falso como si todos los valores –emocionales y gastronómicos- se hubieran subvertido sin remedio.  No quiero sucedáneos de nada… ni en mi mesa ni en mi corazón.

Y las “angulas de verdad”, esas que siguen vendiéndose al vergonzante precio de 630€ Kg. –venta online directamente del criadero-, ya que no puedo disfrutarlas por impedimentos diversos –digamos que morales y económicos o ambas cosas- las voy a seguir llevando en mis recuerdos al igual que todavía conservo las cazuelitas de barro y los tenedores de madera, junto a las viejas cartas de amor y aquellas utopías  tan hermosas que fueron el motor de la juventud de toda una generación, de aquellos que hemos comido muchas “angulas de verdad” en nuestra vida…

Felices los felices.

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¿Son un timo las rebajas?
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Cecilia Casado | 17-01-2018 | 8:15| 0

 

No voy a decir nada que no sepamos ya –sobre todo las mujeres-, pero me sigue llamando la atención la flagrante insidia con que nos saludan desde sus anaqueles las tiendas de ropa destinadas a hacernos creer que nos están dando duros a cuatro pesetas. Que yo no digo que no haya gangas apreciables o despreciables entre los metros cúbicos de manufactura textil fabricada en países donde la explotación del trabajador campa a sus anchas. Supongo que se puede encontrar alguna prenda estupenda, sin manchas de maquillaje o rouge, con todos los botones en su sitio, sin hilachas aparentes y con las cremalleras en funcionamiento con un descuento sustancial sobre lo que marcaba la etiqueta.

Confieso que he picado…y lo voy a contar. A principios de Diciembre le eché el ojo a un bolso de los que me gustan, con colorines y donde me quepan el paraguas, un libro, las gafas de sol, un foulard de repuesto y un kilo de mandarinas si me cruzo con ellas por la calle y me apetecen. El bolso –con fondo de tucanes exuberantes- no era caro, pero pensé –ay cuánto daño hicieron las abuelas con sus “sabios consejos”- que bien podía esperar unas semanas y comprarlo en las rebajas. Así que esperé al primer día laborable después de Reyes y me fui más que contenta a la tienda de mis sueños.

Efectivamente, allí estaba, en el sitio de honor, mi bolso de tucanes, pero esta vez bajo un letrero que decía “New collection”. ¿¿¿???

bolso

Pregunté con el deseo de protestar y me contestaron dándome la razón –porque era más que evidente-. “Rebajados” estaban una serie de bolsos que yo no había visto en mi visita anterior, obviamente sacados de las catacumbas para las rebajas, pero los bonitos, los de la verdadera temporada otoño-invierno, esos habían renacido de sus cenizas, reinventados, para la “nueva colección de invierno”, con su precio inicial inalterado. Debo decir que, rabiando, pero me lo compré. Rabiando por haber sido tan tonta, por confiar, por haberme privado de un disfrute más extenso…

En las rebajas de las grandes firmas (grandes por lo extensas, no por lo exquisitas) aparecen fardos de prendas impensablemente feas –y baratas- que nadie ha visto durante el otoño/invierno y vienen con la etiqueta del precio en grande y/o fosforito para hacernos creer que nos llevamos un chollo comprando por pocos euros lo que, supuestamente, valía tres veces más en el albarán manipulado del director de marketing de turno.

Pues las cosas no son así, de verdad que no. Que para obtener buenos descuentos todavía hay que irse al pequeño comercio, ése que trabaja con márgenes de este mundo y no del espacio sideral, ése que vende el material a un precio razonable y que, en rebajas, no puede dejarlo a un 70% de su p.v.p. oficial. ¿Quiere eso decir que si un abrigo –por poner un ejemplo- cuya etiqueta marca como precio original 395€ (ejemplo real) me lo están rebajando la friolera de 276,50€? ¿Y todavía siguen ganando? Si las matemáticas no mienten y pago por él 118,50€ estoy manteniendo un negocio que se lleva márgenes absolutamente escandalosos.

Aunque el “pequeño comercio” también va aprendiendo los trucos y retira lo que no ha vendido para Reyes, lo hace desaparecer de estanterías y escaparates, y los rellena con pingos y trapos sacados de algún outlet que hace el agosto cualquier mes del año que se anuncien rebajas. Como no tengo ninguna amiga que se dedique al comercio me faltan datos fidedignos, pero a poco que piense sobre lo que veo me sale la cuenta de la vieja: dos y dos siguen siendo cuatro aunque me quieran engañar con su peculiar aritmética.

Lo que quiero es decir las cosas claras para que “piquemos” lo menos posible. Las rebajas ya no son lo que eran y, excepto que le hayamos echado el ojo a algo anteriormente y comparemos ahora su precio –y su calidad- y lo podamos adquirir más barato y no como me ha ocurrido con el bolso de tucanes, el resto –o casi todo el resto- son artículos fabricados “ex profeso” para la campaña de rebajas.

Que seamos conscientes de que nos dan gato por liebre “low cost” y como hay toda una psicosis colectiva que se encargan ellos mismos de fomentar, para que la gente salga “de rebajas” como si fuera ésta una actividad estandarizada en la vida de los ciudadanos de a pie. Y no es necesidad lo que nos mueve sino consumismo puro y duro a fin de cuentas, pero claro, así tapamos otras carencias que son mucho más difíciles de compensar…

Felices los felices.

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Reflexión del lunes. Calmar la mente
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Cecilia Casado | 15-01-2018 | 9:18| 0

 

Una de las señas de identidad que he mantenido durante unas cuantas décadas ha sido la de “vanagloriarme” de tener una mente vivaz; vivaz o despierta, ágil o comprometida, como esas personas que siempre están en varios frentes, rozando casi la hiperactividad. Saltando de la cama desde el punto de la mañana como impulsada por un resorte extraño –que no sentía como propio- que me empujaba a apurar la vida y el reloj, deprisa, deprisa, al trabajo y luego a todo lo demás: la organización de la intendencia familiar, el cuidado de las hijas, rascando cuando era posible una mísera hora diaria para algo muy necesario y personal como hacer yoga o leer o meditar sobre la inmortalidad del cangrejo. La vida más o menos vulgar y corriente de una mujer adulta casada y con hijos que intenta conciliar sus dos vidas, la personal y la profesional.

A este ritmo feroz –que todo me lo fue devorando- han transcurrido varias décadas de mi vida sin darme más cuartelillo que algunos paréntesis ociosos o vacacionales o cuando las defensas corporales bajaban como los pantanos por debajo de su mínimo necesario y se producía una especie de “sequía emocional” que afectaba a todo el “sistema de riego”. Conmociones y desbarajustes, rupturas y quebrantos, épocas horribilis y treguas suplicadas: es imposible mantener el ritmo de carrera sin sufrir luxaciones ni esguinces y en estos temas la mente y sus neuronas también tienen sus límites aunque no seamos demasiado conscientes de que las estamos poniendo a prueba.

Desde hace unos años a esta parte –y gracias a la prejubilación- mi ritmo vital (mental) ha bajado el pistón de forma descarada. Por necesidad, pero también por decisión deliberadamente tomada con absoluto convencimiento de la necesidad de “modificar la velocidad de crucero”.

Ahora voy por la vida con el paso mucho más pausado –incluso físicamente, ya no voy corriendo de aquí para allá- y me permito observar a mis congéneres cuando antes tan sólo estaba atenta a no pisar una baldosa medio suelta para no tropezar en mi andar atolondrado o demasiado veloz.

Ahí están mis amigas y amigos “en activo” con una agenda que echa humo buscando el hueco para relajarse entre tanta obligación y/o compromiso profesional y/o social. Todos los días de la semana con su cartel inamovible: los lunes esto y lo otro, los martes lo de más allá, para llegar al miércoles y su afán obligatorio, dando el salto al jueves intenso y agobiante para alcanzar el viernes, por fin, preludio de trabajos de fin de semana, de obligaciones familiares o compromisos ineludibles, arrastrándose hasta el colofón del domingo por la tarde, paradigma del sofá, mantita y series y coqueteando con el riesgo de cualquier debacle física y/o mental: un ictus, un infarto, una úlcera, un cólico, un cortocircuito en el “sistema de alumbrado”.

No parece muy práctico querer calmar la mente, quizás porque se vislumbra como un aprendizaje que se aparta del símbolo de la eficacia, como paso previo a la decrepitud del cuerpo, como desechos de la vida una vez que la vida se ha vuelto obsoleta en todos sus retos y sentidos. Sin embargo, esta es una fake news, algo que nos han hecho creer falsamente para no parar, para no aflojar, para llegar a la edad provecta siendo abuelos atómicos o profesionales que morirán con las botas puestas; un timo –como tantos otros- de quienes están más que muy interesados en que todo siga igual, al mismo ritmo frenético que impida pensar.

Porque esa es la madre del cordero: mientras se corre de aquí para allá intentando ganar dinero para comprar el próximo deseo que hay que pagar cash, no pensaremos. La mente no piensa en forma consciente cuando corre –bien lo saben los deportistas- tan sólo un piloto automático reptiliano sigue activado. Y eso es un arma de doble filo, me temo.

Ahora que puedo –y quiero- calmar mi mente me sumerjo en una nueva experiencia vital. Quizás me comprendan quienes hayan sentido la misma necesidad, y los que no, pues tampoco pasa nada…

Felices los felices.

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Sistema infalible de alarma
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Cecilia Casado | 12-01-2018 | 8:26| 0

 

La mente humana a veces se anticipa a cualquier tipo de tecnología por inventar. Esa es la conclusión que he sacado después de unos cuantos lustros de comprobar que hay un instinto animal que se mezcla con el orden neuronal y que sirve para avisarnos de más de un peligro al acecho, algo así como la capacidad de los animales de presentir los movimientos telúricos.

Le llamo el “sistema infalible de alarma” y –en mi caso- funciona como sigue. Imaginemos que he tomado una decisión de cualquier tipo, trascendental o en la superficie de las cosas, y que esa decisión tiene que llevarse a cabo en una fecha determinada. Sirve desde contraer matrimonio a cambiar de domicilio, desde una cita galante a un viaje en ciernes, cualquiera de las mil y un decisiones que nos vemos obligados a tomar a lo largo de la vida.

Pues puede ocurrir –y siempre me ha ocurrido cuando la decisión era manifiestamente errónea- que unos días antes de que tome carta de naturaleza en mi vida, me despierto de madrugada sacudida por una especie de descarga eléctrica (neuronal sin duda), bañada en sudor y desasosiego, presintiendo el “terremoto” que se me avecina si sigo adelante con lo previsto.

Así me ocurrió hace pocos meses cuando ya tenia apalabrada la venta de mi casa por la locura que me dio de querer mudarme a otra sin más necesidad que la emocional. Me desperté “sabiendo” que iba a cometer un grave error y, obviamente, cancelé el precontrato.

También sentí el mismo latigazo de alarma hace quince años, en vísperas de adquirir la moto que se me había metido entre ceja y ceja. No hice caso aquella vez y quise salirme con la mía. Su uso y disfrute fue mucho menos del esperado y acabó abruptamente en un gravísimo accidente –del que fui sujeto pasivo-que me tuvo fuera de la circulación durante cinco meses.

No es que sean premoniciones, ni mucho menos; es simplemente el sistema de alarma sencillo e infalible que traemos de serie y que no nos han enseñado a descifrar.

¿Quién no se ha despertado en mitad de la noche con una angustia indefinible en vísperas de un cambio vital? ¿A quién no le ha asaltado una pesadilla horrorosa justo cuando una decisión importante está dando vueltas por la cabeza?

Dirán que es la proyección del miedo, dirán que son los fantasmas del propio cerebro que se reflejan en imágenes; dirán lo que quieran, pero hay otra interpretación que también vale la pena tener en cuenta.

¿No existe la alarma anti-humo que funciona a la perfección en cuanto un par de personas se fuman a la vez un cigarrillo en una habitación de hotel? Esos sensores increíbles, que pueden desencadenar un pequeño diluvio, porque están programados para decidir que donde hay humo también hay fuego…

Esos sensores también existen en nuestra mente… ¿alguien lo duda?

Sirven para anular una boda aunque ya hayan sido enviadas las invitaciones, para rechazar una oferta de trabajo en apariencia demasiado ventajosa, para alejarse a la carrera de una persona que pretende meterse en nuestra vida dándonos mala espina entre las rosas de un ramo.

Esos sensores detectan infaliblemente la toxicidad de ciertas personas y suenan, lanzan llamadas de alarma imposibles de ignorar, por más que nos empeñemos –demasiadas veces- en hacer caso omiso o pensar que el sistema ha saltado erróneamente.

Suena la alarma cada vez que se pilla mintiendo a alguien en quien se confiaba, cuando se recibe una puñalada trapera de un familiar, cuando se agarra la maleta y se sale huyendo de una situación que debería ser gestionada mediante el diálogo. Saltan luces y sirenas cuando la persona que dice querernos demuestra con sus actos lo opuesto a lo que dicen sus palabras.

Esa “alarma” está dotada de la mejor “tecnología” que existe en el mundo…y cada uno somos dueños indiscutibles de su patente. Usarla en el propio beneficio o no, esa ya es otra cuestión…

Felices los felices.

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Ventajas de la soltería.
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Cecilia Casado | 10-01-2018 | 8:32| 0

 
“Tengo 65 años y estoy felizmente soltero. Mi casa está tal y como me gusta, como lo que se me antoja, voy adonde quiero, veo las películas que me apetecen y nunca tengo que preocuparme por si he hecho algo mal”. Ricky B.
Este párrafo lo he entresacado de una encuesta norteamericana sobre las ventajas de la soltería. Lo destaco aquí porque es el único testimonio de un varón entre una decena de mujeres que opinan sobre el tema.
No vamos a descubrir la pólvora si afirmamos que el hombre es mucho más proclive a vivir emparejado que la propia mujer; por interés y por condicionamiento social los hombres saben –y bien que lo saben- que son más valorados en ciertos puestos de trabajo si están casados que si no lo están. Curiosamente, esa normativa tácita es absolutamente la inversa cuando de una mujer profesional se trata: molan más las solteras o las que aseguran que no piensan en la maternidad.
“Estoy siempre disponible cuando me necesito a mí misma; nada de esperar a que se me presente otra persona. Puedo cubrir mis propias espaldas las 24 horas del día, 7 días a la semana, 365 días al año.”  Dina Strada.
Digamos que al hombre se le educa –en su casa y fuera de su casa- para “tener” una mujer y “fundar” una familia. Digamos también que a la mujer se le educa –en su casa y en todas partes- para ser la benefactora/criada del hombre y la familia bajo el eufemismo de “realizarse como mujer y como madre”.
Pero el caso es que los tiempos van cambiando y no solamente para mal como nos muestran los políticos continuamente. Van cambiando porque ha ido abriéndose una brecha generacional que aboga por la idea -y la lleva a la práctica- de mantenerse solteros, indiferentes a las voces alarmistas de que la demografía y la caja de las pensiones hay que alimentarlas. Y nos cuentan que las ventajas de permanecer soltero –o de quedarse soltero para los restos después de un divorcio- son muchas tirando a muchísimas.
“Estando soltera puedo invertir toda mi atención y energía en mi carrera profesional, en cumplir mis sueños y en convertirme en la mejor versión de mí misma.” Angela Caerlang.
Sobre todo para las mujeres, que no se sabe de dónde hemos sacado esa capacidad que tenemos para desenvolvernos entre las vicisitudes de la vida con mucho mayor acierto y seguridad que la mayoría de los hombres. Y para quienes han tomado conciencia total y absoluta de que el hecho de casarse/vivir en pareja exige un peaje altísimo que solo se puede pagar con una moneda de lo menos común: el amor. Y es por ello que se intenta salir adelante enarbolando conceptos que la sociedad patrocina para que todo siga igual y se sigan formando familias aunque luego se demuestre que no son más que núcleos disidentes los unos de los otros. (De las familias felices hablaremos poco, más que nada porque andan por ahí desperdigadas y no suelen querer contestar a las encuestas y porque, como decía Tolstoi, “todas las familias felices se parecen”.)
“Estar soltera después de una década de matrimonio fue aterrador al principio, pero ahora me alegro. Muchas mujeres que se casan a los veintipico años, jamás llegan a vivir la vida por su cuenta (y yo me incluyo). Ahora me he dado cuenta de lo valioso que es este tiempo. Puedo reordenarme las ideas, los sueños y las prioridades. Llevo la batuta de mi vida. La soltería te proporciona una autonomía que nada más es capaz de darte.” Katie Mitchel
Llevo soltera más de veinte años, después de haber probado las mieles matrimoniales en dos ocasiones…así que sé a qué precio está el percal. Comprendo ahora –porque de mis errores he aprendido- cuáles fueron los motivos por los que creí que la única vía emocional y social de realizarme como persona y como mujer era el matrimonio. Toda la sociología, la antropología y la psicología de los últimos lustros nos ha aclarado los intríngulis de las motivaciones que llevan al ser humano a emparejarse frente a la Ley… y eso tiene su peso.
Pero cuando te casas no te detallan los “efectos secundarios” en un prospecto como están obligadas a hacer las farmacéuticas; el casorio “cura” algunas cosas y “estropea” otras y hay que haber pasado por ese estrecho pasillo para darse cuenta de lo bien manipulados que hemos estado durante décadas. Porque lo que no es amor es interés y hombres y mujeres hemos puesto en la balanza lo que nos sumaba y lo que nos restaba de esa situación y…cada uno ha tomado sus propias decisiones “interesadas”.
Resumiendo: que “a quien Dios se la dé san Pedro se la bendiga” y a los solteros felices y contentos que no nos importe que nos miren a veces como si nos faltara algo… que nosotros sabemos dónde está escondido el tesoro que ilumina nuestros días.
Felices los felices.
LaAlquimista
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Sobre el autor Cecilia Casado
Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.

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