Diario Vasco
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Autor: A partir de los 50
La limpieza de los lunes
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Cecilia Casado | 16-10-2017 | 7:35| 0

 
Desde que vivo sola es que no ensucio apenas, -o será que me estoy volviendo miope-, pero el caso es que paso el dedo por los muebles y ni polvo encuentro; la lavadora que antes echaba chispas cada dos días tan sólo se pone en marcha una vez a la semana (tengo que calcular cuánto me ahorro en jabón y suavizante). Pero a pesar de estas apreciaciones puramente subjetivas sobre la higiene doméstica, como me gusta respirar aire poco viciado dedico los lunes a hacer limpieza.
Antes pasaba el aspirador por toda la casa y por la agenda, por si me sobra algún teléfono que no quiero para nada, pero desde que compré un robot limpiador dejo que haga de su capa un sayo. Cambio las sábanas de la cama, las toallas del baño y le doy un repaso a mi manera de encarar la vida –que siempre hay que hacer ajustes en esa maquinaria. Los cristales ni los toco, que hay muchos y grandes y ya se limpian, o así, con la lluvia; también dejo algunos asuntillos íntimos pendientes por si se lavan con la lluvia… o el paso del tiempo. Los cuartos de mis hijas los aireo con la brisa mañanera y los dejo como están: perfectos, preservados y llenos de amor; ellas lo agradecen cuando vuelven a dormir entre sus nostalgias.
La cocina que esté ordenada. El frigorífico limpio y sin ningún producto caducado –también algunas relaciones han ido a la “basura” emocional por estar “caducadas”, que los perecederos me gusta que perezcan en la plenitud de su sabor y frescura. (Entiéndaseme bien, por favor).
Los baños son mi “asignatura pendiente”; odio limpiarlos, lo odio, lo odio, lo odio… Menos mal que sólo utilizo uno de los dos que hay, que si no… Freud diría que sigo teniendo fijaciones escatológicas, me da igual, pero siempre he sido muy “fina” yo… pero llega un momento en la vida –casi siempre a partir de cierta edad- en que hay que enfrentarse con la propia porquería. (Iba a poner otra palabra, pero me ha parecido innecesario ser ordinaria). La vida nos salpica mucho barro, polvos viejos y telarañas antiguas, reproches del siglo pasado, rencores apestosos y resentimientos que es mejor que vayan directamente por el desagüe del inodoro previo bautizo con ese líquido de color verde que dicen que todo lo purifica. Y no tocarlos sin guantes, que pueden contagiar algo tóxico.
Mi “niña bonita” es el cuarto de estar porque, como su propio nombre indica, es donde estoy muchas horas al cabo del día, donde escribo entre plantas y músicas, mirando la ciudad y la mar al fondo, un espacio verde (ahora hay alfombra verde, lámpara verde, cuadro verde y muchas plantas con abundante clorofila) que me acoge, me protege y me da ánimos para seguir sintiendo que puedo llenar cada día mi vida de un nuevo sentido. Aquí agarro el plumero y voy limpiando –uno a uno- el polvo de los libros, de los recuerdos de mis viajes, de los marcos y sus fotos. Lo limpio, pero no solamente los lunes, sino cada día, porque hay espacios que deben ser preservados con buena energía y aire puro para que al respirarlo nos llene el cuerpo y el espíritu de buen temple.
De mi dormitorio no digo nada porque es un lugar “sagrado” y ya sabéis que lo sagrado merece devoción aparte.
Los lunes hago limpieza para quitarme alguna porquería que se me haya quedado pegada en el alma sin darme cuenta (o dándomela). Los lunes tomo pequeñas decisiones, repaso y corrijo el fin de semana al que siempre le hago algún tachón, y termino la jornada con una pequeña cena especial. Siempre me doy un premio cuando siento que hago bien mi trabajo, me compro unas flores, estreno una vela de olor o comienzo un nuevo libro. Es un día personal e incluso algo íntimo, ya saben mis amigos que no quedo los lunes porque los dedico a mis “limpiezas rituales”, mi forma perfecta de empezar bien la semana…
Y a los que se quejan porque es lunes y hay que volver al trabajo o a los afanes cotidianos…una colleja virtual, para que aprendan a pensar que no tener trabajo puede ser mucho peor que tenerlo o que vivir sin afanes es como atravesar un desierto que no acaba nunca. Por eso una vez más…
Felices los felices.
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Media hora de seguridad
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Cecilia Casado | 13-10-2017 | 7:08| 0

 
Leído así, en solitario y estrenando la página, el título de este post podría no significar nada; o poca cosa. Pero para mí tiene un significado más que importante a raíz del descubrimiento que hice hace ya algún tiempo. Un descubrimiento simple, sencillo y, seguramente un poco tonto, pero como yo no ando sobrada de pudores me voy a atrever a compartirlo por si a alguien le puede servir.
Uno de mis mayores caballos de batalla a lo largo de toda la vida ha sido la impulsividad. Cruel paradoja para una persona que, si se lo propone, sabe ser reflexiva –todos tenemos esa capacidad, al fin y al cabo somos animales racionales-, pero que en momentos en los que la adrenalina inunda el cerebro utiliza su más atávica y certera forma de defensa: el impulso de atacar o de huir. Curiosamente la impulsividad y la reflexión van de la mano, no puede existir la una sin la otra, son un estado cognitivo.
Como se supone que la virtud está en el término medio del equilibrio, se me ocurrió empezar a proporcionarme un tiempo de seguridad a la hora de reaccionar ante situaciones imprevistas o intempestivas que no precisasen de una reacción primaria e inmediata.
Me explico. Recibo un e-mail (antes se decía una carta) en el que se me comunica una situación que me va a afectar de manera contundente: una noticia desagradable, que alguien ya no me quiere,  que un ser querido está sufriendo, que se frustran unas vacaciones, que se escapa un poquito de felicidad… lo que sea. En vez de darle directamente a la tecla de “responder” y reaccionar impulsivamente, me concedo media hora de seguridad. Treinta minutos en los que me obligo a NO HACER NADA como respuesta al estímulo recibido. Nada de agarrar el teléfono y empezar a preguntar qué pasa, cómo es posible, eso no está bien… Media hora de margen para que la noticia atempere su carga explosiva y se dispersen las ondas producidas de manera tan invasora.
No es una tontería, puesto que cuesta un montón llevarlo a la práctica. (Atreveos a probar). Hay momentos en la vida en que, ante un estímulo, reaccionamos al segundo –irreflexiva/impulsivamente- y, si bien en una situación de emergencia eso puede salvarnos la vida (una agresión física, una catástrofe –natural o de las otras-), en la cotidianeidad lo único que hace es desequilibrarnos por dentro y dejarnos deshechos y a merced de las consecuencias de ese impulso incontrolado.
Es importante también observar cómo responden los demás a esos estímulos inesperadamente molestos; ver qué hacen ellos y vernos reflejados muchas veces en esas salidas de tono de elevar la voz para callar al otro o cuando a alguien no le gusta una conversación y se levanta arrastrando la silla y se larga haciendo gala de una muy mala educación.
Es importante –en mi opinión- tomar conciencia de que muchas veces lo que nos desagrada no es más que un reflejo en un espejo invisible que una “mano negra”nos ha puesto delante para que nos demos cuenta.
Esa media hora de seguridad me ha servido, sobre todo, para no enfadarme de manera inadecuada con quien creía que me había agredido, para no devolver una pedrada que me han dirigido con (supuesta) alevosía, para demostrarme a mí misma que puedo y debo encajar ciertos comportamientos ajenos sin ponerme como una loca. Y sobre todo, para instaurar en mí un hábito que me proporciona mucho beneficio. Esa media hora de seguridad se convierte, la mayoría de las veces, en horas e incluso días de toma de distancia de problemas y situaciones invasoras que, como han venido, luego se van.
Sin dejar rastro en nuestro ánimo. O apenas.
Felices los felices.
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La risa, la gran ausente
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Cecilia Casado | 11-10-2017 | 7:37| 0

Acabo de tomar conciencia de lo poco que he reído a lo largo de mi ya más que larga vida. Fue justo a la salida del teatro, de una función de Tricicle –no es publicidad, es que tengo que contar las cosas como ocurrieron- tomando esa cervecita de confraternización y comentando la jugada de la hora y media pasada frente a un escenario. Riendo a carcajadas. Casi con calambres en el plexo solar de tanto dar rienda suelta a una hilaridad incontenible.
Inútil hablar del buen hacer de los cómicos citados (porque no necesitan más alabanzas de las que ya han cosechado), más bien la reflexión viene de la mano de la constatación de que hacía “años” que no me reía con tanta gana.
Entonces es cuando tomo conciencia de que soy más bien tirando a “seria”, de esas personas que en una reunión pueden hacerse notar porque habla mucho, pero nunca porque se ríe mucho. Mi risa, esa gran desconocida…
Recuerdo que una vez tuve un novio que se reía como un cavernícola: haciendo tanto aspaviento y ruido que yo misma se lo recriminaba; igual es que me parecía inconveniente o de mala educación o, lo más seguro, que le tenía mucha envidia por no ser capaz yo misma de desfogarme con la misma naturalidad que él. (Ya sé que no vale de nada, pero si le viera ahora lo mismo le pediría disculpas por mi cerrilidad).
¿Qué me ha coartado a lo largo de mi vida a dejarme llevar por la risa cuando esta surgía desde lo más hondo?  Lo sé, vaya que sí lo sé.
No me hace falta ir a ninguna terapia para contarle a un oído poco interesado que mi infancia no estuvo rodeada precisamente de sana alegría, de esa que lleva a las niñas a corretear, gritar, cantar, armar bulla –si es eso lo que les apetece hacer-, sino que mi tiempo lejano vuelve a mí con el recuerdo del silencio impuesto. -“Calla, no hagas ruido, que tu madre está descansando”. –“No hables tan alto, no te rías, que molestas”. Y como en casa no podía, pues lo intentaba en el colegio, en la calle, en el parque, donde me desbocaba sin remedio y acababa siendo la niña medio loca que corría, gritaba, reía, saltaba y tiraba piedras a los chicos cuando estos intentaban decirme lo mucho que les gustaba por el certero método de insultarme o lanzarme un escupitajo. Lo de levantarme las faldas nunca lo intentaron, se ve que me crié en un barrio con fuertes connotaciones del sentimiento de pecado…
Que reímos poco o muy poco eso ya lo sabemos todos, que tal y como está el mundo actualmente no empuja precisamente a ningún tipo de hilaridad. Quizás es que empezamos viendo en la televisión niños muriéndose de hambre mientras cenábamos –con aquellos programas de “Informe Semanal” que abrieron la primera brecha en la conciencia colectiva del españolito de a pie- y hemos acabado por buscar nosotros mismos el morbo doliente en todas las noticias que se producen a cada instante. Como si hubiéramos aparcado la capacidad de emocionarnos con la parte bella de la vida –que la hay, vaya que sí la hay- y ya no fuéramos capaces más que de reaccionar ante el dolor, la desgracia, los cataclismos y la parte oscura del alma humana.
Y ahí ya no cabe la risa; ni para mí ni para nadie, desgraciadamente.
Como si nos hubiéramos acostumbrado a una cierta circunspección ante los acontecimientos, a limitar las efusiones de alegría –por una buena noticia en lo personal- a lo menos estruendoso posible, no vaya a ser que ofendamos sin querer al que está delante que igual no lo está pasando bien por sus propios motivos. Es como si diera vergüenza reir, casi como si fuera políticamente incorrecto hacerlo con la que está cayendo aquí y allá y por todas partes y al que se carcajea del chiste agudo o de la ironía inteligente se le fuera a mirar con malos ojos, por atrevido o inconsciente, por insolidario o egoísta…
Así que, gracias al buen cuerpo y mejor ánimo que se me quedó después de la sesión –pagada- de carcajadas en el teatro, he decidido soltar el nudo que aprisionaba mi risa. No quiero decir que vaya a ir ahora por la calle riéndome sin ton ni son, pero voy a permitir que la sonrisa con la que viajo habitualmente pueda desparramarse en risa franca si alguna situación así me lo provoca.
Igual es que, sin darme cuenta, voy ya necesitando sacar a flote a aquella niña ruidosa y alegre a la que empujaron al fondo de la piscina hace unas cuantas décadas…
Así que, de nuevo, felices los felices…
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Resfriado: inmune a la tecnología
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Cecilia Casado | 09-10-2017 | 7:44| 0

 
Suelo alucinar un par de veces al día -como mínimo- cuando tomo conciencia de todo lo que puedo hacer gracias a la tecnología y a que otros se han estrujado el cerebro inventando unas cosas o descubriendo otras.
Eso de ver en vivo y en directo a mi nieta-pajarito  a casi diez mil kilómetros de distancia y sentir su sonrisa, me parece un auténtico regalo. También me agrada pagar con el móvil, no llevar papeles innecesarios en el bolso y sentir que estoy en el centro del universo informativo a toque digital.
Pero no hay app para que te pinten las canas –cuatro, pero tenaces- y hay que ir a “la pelu” de toda la vida y si chorrea el agua, se empapa la toalla y la camisa y sales a la calle con el cuello lleno de humedad, en un visto y no visto, ya te has resfriado. Sin virus ni bacterias de por medio, simplemente se te ha enfriado una parte del cuerpo y la maquinaria va a funcionar mal te pongas como te pongas.
¡Tanto adelanto tecnológico, descubrimiento científico, investigación farmacéutica, para que nadie, pero nadie, haya sido capaz de evitar el pesado “resfriado común”! Y como no es una enfermedad propiamente dicha, pues continuamos haciendo lo de siempre: trabajando y cansando el cuerpo y forzándolo sin tregua. Algo así como seguir por la autopista a ciento veinte por hora con un clavo en la rueda trasera derecha.
Hoy, que estoy resfriada, reflexiono sobre cómo de una manera tan tonta se me reblandece la rutina y queda desamparado todo lo que soy. Ya no apetece cocinar por no tener que hacer la compra, ni leer un libro porque la cabeza está medio líquida de tanto fluido que se expulsa y se sorbe por las fosas nasales. Se duerme mal porque el cansancio no es natural y el humor, ay, el humor, se llena de moho en unas horas y lo que menos apetece es compartir ese look tan poco favorecedor.
Un resfriado, ya ves que cosa más tonta, pero creo que es la primera vez que le otorgo carta de naturaleza, es decir, que reconozco lo que es, lo tomo en consideración y le doy su tiempo para que cumpla su función y luego desaparezca. Así que me convenzo de que tengo todo el derecho del mundo a tratarme bien y cuidarme –no como en los tiempos en los que iba al trabajo con pastillas en la mano derecha y el frasco de jarabe en la izquierda-; que no pasa  absolutamente nada si escucho a mi cuerpo y le doy un poco más de cama de lo habitual y me mimo como miman las madres a las niñas que están malitas.
Que paso ya de hacerme la fuerte y acepto mi debilidad de hoy, de ahora, ésta que no para de hacerme estornudar y me deja la cabeza, los ojos, la nariz, la garganta y el ánimo en general “hecho agua”.
Recuerdo que en otro tiempo estos resfriados periódicos se convertían en un auténtico “trancazo” de varias semanas por no querer cuidarme desde el primer día, siempre chantajeada por obligaciones, deberes y, lo que era lo peor de todo, un ego tirando a grande que pretendía engañar a quien fuera haciendo ver que tenía una fortaleza de piedra cuando en realidad estaba en fase blandiblú.
Así que un par de días en plan fantasma por casa y… poco más. Sin molestar a nadie y sin que nadie me moleste. Con el whatsapp en modo avión y una buena jarra de zumo de limón con miel y la conciencia bien tranquila de que estoy haciendo lo que verdaderamente mi cuerpo me está demandando: nada y esperar a que esto también pase. Ojalá hubiera caído en la cuenta antes…
Felices los felices.
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La “gastroterapia” de los miércoles
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Cecilia Casado | 06-10-2017 | 8:08| 0

 
Somos seis; amigas y residentes en San Sebastián. Se podría decir que estas son las dos características principales que nos identifican, aparte claro está, del interés por juntarnos semanalmente para, simplemente, compartir.
Cada miércoles le toca a una proponer el lugar donde juntarnos a comer como excusa para hablar de lo divino y de lo humano y, esto es lo mejor de todo, el esfuerzo y el interés que ponemos en “crecer juntas”.
Disfrutamos de esta agradable rutina desde hace varios años ya, tiempo en el que la amistad ha ido afianzándose a pesar de los desencuentros –pequeños, pero desencuentros- que son ley de vida (y de amistad) que puedan surgir.
Somos seis amigas del alma, confidentes en grupo o en petit comité, nuestras cuitas son sagradas, respetadas y selladas con esa promesa de fidelidad que algunas mujeres sabemos hacernos unas a otras. Tres casadas y tres sin perro que nos ladre; tres felices y tres también felices, cada una a nuestra manera y elección.
Son mujeres/hermanas a las que lo mismo les pido consejo que apoyo en la adversidad y a las que me atrevería a pedir un préstamo dinerario: no hay líneas rojas. O por lo menos yo así lo siento…
Hace una decena de años estas mujeres no formaban parte de mi vida, las he ido incorporando de a pocos y ellas también me han añadido a su “árbol genealógico de la amistad”; hace una decena de años yo no tenía apenas amigas porque vivía inmersa en el mundo de la pareja y sus penas y glorias y estaba convencida que lo más importante afectivamente ya lo tenía: alguien con quien compartir cama y cuitas y unas hijas a las que situar emocional e intelectualmente en la vida.
Un buen día todo se vino al traste; me quedé sin pareja, sin trabajo, el síndrome del nido vacío se cebó en mí como en tantas mujeres que lo perdieron todo sin darse cuenta de que les era arrebatado. Un buen día, empezaron a resonar las campanas amargas de la necesidad de “reinventarse”, “resurgir de las cenizas” o simplemente “abrirse a nuevas relaciones”. No olvidaré nunca la sentencia de mi hija mayor: “Ama, no necesitas un nuevo novio; lo que tú necesitas son AMIGAS”.
Los miércoles nos juntamos en una “terapia amistosa”, distendida y ante una buena mesa, seis mujeres que hemos comprendido y aprendido a disfrutar que también hay amor, cariño, confianza, lealtad y cierto punto de locura fuera del modelo convencional relacional al que nos hemos visto abocadas por culpa –o gracia- del signo de los tiempos que nos ha tocado vivir.
Aprendemos de las “aparentes locuras” de la benjamina aventurera del grupo, escuchamos amablemente estupefactas las sentencias de la “abogada del diablo”, reposamos los comentarios de la “discípula de Blay”, se aplauden los outfits y el savoir faire de Milady, y la calma sosegada, la sonrisa tranquila de nuestra “Annie Leibovitz” particular. Luego está servidora, que todo lo lía y lo confunde, pero que intento buscar la madera más resistente para tender los puentes que nos permitan cruzar las unas al encuentro de las otras.
Este es un post de agradecimiento a las amigas comprometidas que me permiten quererlas y que me regalan su cariño sin más expectativa que la de reducir las expectativas al mínimo posible para que la relación entre nosotras fluya tranquila y transparentemente.
Animo desde aquí a aquellos grupos de mujeres/amigas (o de hombres/amigos, por qué no) a reunirse de vez en cuando para compartir desde el fondo y desde la esencia, dejando de lado –o para otros momentos- la forma, lo superficial, lo que no suma sino que es un mero cero a la izquierda relacional.
Felices los felices…
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Sobre el autor Cecilia Casado
Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.

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