Diario Vasco
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Autor: A partir de los 50
Pequeñas alegrías
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Cecilia Casado | 15-11-2017 | 8:01| 0

 
Algunos despertares me pillan atravesada en la cama, sudando. Lejos de ser el resultado de una lujuriosa sesión, significan que han encendido la calefacción central demasiado pronto y que mi estado de ánimo está afiebrado. No mi cuerpo, no, sino mi psique o donde quiera que se fragüe el origen del desasosiego.
Esas mañanas –no necesariamente de lunes- sé que me levantaré con el pie izquierdo, que estaré de mal humor y, en consecuencia, todo aquello cuanto emprenda me saldrá torcido. Que se me derramará el té al servirlo, que mi perro no controlará los esfínteres (tan sensible mi Elur a mis estados emocionales), que el jersey rojo habrá encogido en la última lavadora y hasta es posible que me queme al sacar el pan de la tostadora. No llamarán los amigos ni yo tendré ganas de llamarlos a ellos. Estaré sola, comeré sola, dormiré sola. Un asco de perspectiva, vaya.
Pero como ya me conozco esos despertares y lo que viene después, estoy aprendiendo –o por lo menos intentándolo- a introducir algún pequeño cambio en el guion recidivante que me asalta a traición. Así que, lo primero de todo, me prohíbo levantarme sin antes haber relajado mis neuronas. Busco en la oscuridad la mejor postura, nada de posición fetal, bien estirada aunque relajada, y comienzo a visualizar alguna situación amable, agradable, alegre incluso, que me gustaría me alcanzara en las próximas horas.
Pienso en mi listado de “pequeñas alegrías”, esas emociones que son infalibles, que siempre me ponen de buen humor, que me dejan el ánimo suave como una hoja recién caída del árbol. Hago repaso mental de esas cosas sencillas que tanto me han gustado desde siempre: las ganas de canturrear por la casa, la ilusión por hablar con un ser querido, el gusto por vestirme guapa con los pendientes a juego con la sonrisa.
Visualizo mi día perfecto (o casi). Como cuando me llama una amiga y me dice que quiere verme porque hace mucho tiempo que no; o si recuerdo cómo iba con mis hijas pequeñas a recoger hojas del otoño. Quizás cruce por mi mente el aroma de unas alubias cremosas, felices con sus “sacramentos” o me asalten las ganas de ese libro que quiero leer y nunca pillo libre en la biblioteca.
Entonces pongo en orden ese batiburrillo de impresiones, suspiros y deseos amordazados y tomo la mejor decisión posible. Llamo a esa amiga a la que hace mucho tiempo que no y le invito a salir. De camino cruzo el parque y recojo unas cuantas hojas rojas y picudas para marcar páginas en el libro que –ya he decidido sin dudarlo- voy a comprar hoy mismo.
Con esas pequeñas decisiones tomadas, abandono el lecho y me pongo en marcha, llena de “pequeñas alegrías” que van a dar sentido a mi vida el día presente. No mucho más, pero no mucho menos para recobrar el equilibrio emocional que a veces se nos descalabra a los humanos porque no hacemos más que echar gasolina al fuego de la mente donde se están cociendo tantos pensamientos negativos.
Esa hoguera indeseada donde nos quemamos porque los hijos están lejos, porque la pareja está lejos aunque duerma al lado; ese fuego que abrasa por la fuerza del deseo de dejar atrás lo que desagrada y que quema también por la cobardía que impide llevar a cabo lo que tanto se ansía.
Guardamos en stock “pequeñas miserias” cotidianas, irreversibles, que hurgan en los recovecos del espíritu hasta llenarlos de malos augurios. Quizás para compensar tanta tristeza inevitable haya que inventarse “pequeñas alegrías” que recompongan el equilibrio.
A veces me sale bien el truco. De esas veces es de las que hablo aquí…
Felices los felices.
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 *** Banksy. Muro de Gaza. 2005
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Reflexión del lunes. El ego de los “intelectuales”
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Cecilia Casado | 13-11-2017 | 8:45| 0

La anécdota que suscita la reflexión del post de hoy es prestada por una amiga, pero quiero dejar bien claro que lo mismo podría haberme ocurrido a mí.
El caso es que algunas mujeres se ponen muy contentas (los hombres no tengo ni idea) cuando “tropiezan” en su camino con alguien que tiene y cultiva inquietudes intelectuales; si ese alguien es un hombre ya es miel sobre hojuelas porque se supone –y apunto por si acaso que las suposiciones son gratuitas- que antes o después del “empotramiento” (qué vulgar me he vuelto, válgame el cielo, pero es que me dejo arrastrar por lo que se masca en los corrillos) va a ser posible un intercambio de fluidos neuronales además de los propios de la coyunda en sí; es decir, un tipo con el que hablar de algo más interesante que “comentar la jugada”.
Y a mi amiga Elsa –que de alguna manera tendremos que llamarla- le tocó la lotería, al decir propio y ajeno, en forma de un hombre con eso que se llama ahora la “azotea bien amueblada” y antes se le decía “leído y con estudios”. Al principio nos contaba embelesada, subyugada y un poco abducida, la inmensa suerte que tenía con el tipo en cuestión a la vez que cruzaba los dedos sonriendo picarona y deseando que le durara mucho más que lo que duran estas cosas. (Sin chistes burdos con la durabilidad del asunto).
Pero pasaban las semanas y dejó de deleitarnos a sus oyentes con el relato de sus excelsos momentos amatorio/intelectuales; supongo que también por no estomagar a quienes no tenían qué llevarse a la boca. Así que le pregunté a bocajarro –para horror de la concurrencia- si ya no partía nueces ni humedecía sábanas con ese “hombre de su vida” que había encontrado en una conferencia sobre la vida y obra de Zygmunt Bauman. (Por cierto que a todos nos dejó patidifusos y un poco anonadados cuando nos explicó las posibilidades de ligue que pueden ofrecer eventos de ese jaez.)
Descubrimos entonces que las “conversaciones interesantes” de sobremesa –o sobrecama- habían ido reduciendo el perímetro verbal, que en un principio les abarcaba a ambos, a un reducido e impenetrable espacio en el que tan sólo cabía él, el maestro, el de las clases magistrales y largos –y al final tediosos- discursos de sabiduría impostada gracias a muchas lecturas y demasiado ego.
Nos contó del descubrimiento y sufrimiento añadido del tamaño INMENSO del ego de ese señor, cualidad esta que opacaba con creces cualesquiera habilidades suplementarias que pudiera ejercer con mi aterrada y silenciosa a la fuerza, amiga. Relató algunas reuniones a las que le había invitado su amigo/pareja eventual, con gentes de la misma ralea, empeñados todos desde el minuto uno y hasta apurar el caliz de la posverdad hasta las heces, en declamar su discurso desde el púlpito o torre del homenaje al que se habían subido, convencidos, todos y cada uno de ellos de ser poseedores, no ya de la verdad absoluta, sino de argumentos de masa y contundencia superiores a los de cualquier otro ser humano pensante en varias leguas a la redonda.
Mi amiga Elsa, guapa, inteligente y un poco loca –como corresponde a su edad y condición- estaba triste mientras los demás nos carcajeábamos sin rubor alguno, porque había tenido que renunciar a la parte sabrosa de la relación para no acabar con un ataque de nervios cada vez que al magíster se le ocurría lanzar su discurso sobre cualquier tema: política, economía, medio ambiente, psiquiatría o miserias del ser humano de las que él, sin duda alguna, se sentía ajeno.
Pero después de las risas, vinieron las reflexiones y tuvimos que entonar un mea culpa colectivo por todas las veces en que nosotros también –yo, tú, él y nosotros- hemos dado la chapa verborreica a quienes no tenían necesidad alguna de escuchar nuestro “mensaje” y, sin embargo, nos lo han aguantado de alguna manera, permitiéndo que nuestro ego –grande o pequeñito- saliera a la superficie para maquillar nuestro sencillo ser con los atributos, oropeles e impostados adornos de una “intelectualidad en zapatillas”.
En realidad, esto de los intelectuales y el ego es más viejo que el hilo negro, que a ver quién le convence al que se cree que es más que los demás porque hilvana discursos plagiados de los pensamientos de quienes, de verdad, son sabios y no pierden el tiempo alardeando de sus conocimientos…que se calle de una vez y deje de dar la chapa.
El mejor broche de la noche fue cuando otra compañera de fatigas le dijo a Elsa que, la próxima vez, en la siguiente relación, se fijara más en el contenido de los silencios que en las alharacas de las palabras.
Elsa se ha bajado en el móvil la app de Tinder, decidida a alejar de sí el posible trauma que, dice, seguro que espera agazapado para saltarle a la yugular en cuanto se descuide un poco.
Quizás algún día mi amiga haga como yo –y tantas otras- que preferimos los hombres con el ego pequeñito y el corazón grande. O algo así.
Felices los felices.
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Aprendizajes de urgencia. Evitar reproches
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Cecilia Casado | 10-11-2017 | 8:25| 0

Es el título de este post un título con trampa, porque según cómo lo interprete el lector o lectora estará marcando la línea del subsiguiente razonamiento. Es decir: si al leer “evitar los reproches” se ha pensado en “cómo escaparse de los reproches ajenos”, no será lo mismo –evidentemente- si la interpretación ha sido “cómo puedo dejar de hacer reproches a los demás”.
Así las cosas, queda claro que cada uno tiene libertad de contar la feria según le va en ella. Y servidora, en el afán de “mojarse”, va a tirar hacia la segunda posibilidad porque la primera la tengo en vías de superación desde hace ya bastante tiempo gracias a una cuidada y fortalecida autoestima.
Sin embargo, lo de dejar de hacer reproches a los demás… me sigue costando Dios y ayuda. Sobre todo cuando estoy convencida de que “tengo razón” y mi corazón me empuja a reclamar lo que considero que es mío dándole patente de corso a mi mente sobre las consideraciones de los demás.
Lo que sí tengo claro acerca de los reproches es que son una “herramienta” que siempre, siempre, rasguña, rompe, raja, hiere y lo deja todo hecho un asco, irrecuperable incluso. Hacer un reproche es la mejor manera que existe de deteriorar relaciones, perder amistades, provocar daño innecesario y no recoger más beneficio que un malestar interno difícil de soslayar.
¿Hasta qué punto es únicamente el ego herido el que quiere hablar por la boca cuando se verbaliza el reproche? El ego. El monstruo ese… que tan a menudo se cuela en el camino del corazón hasta la mente –o viceversa- y destruye a su paso lo mejor de nuestra esencia si no somos precavidos. El ego. Que sitúa  nuestros pensamientos por encima de los de los demás y los minimiza de forma autoritaria, quitándoles sentido, poder, derechos…
Para evitar hacer reproches a los demás, para evitar hacer y hacerme daño en una innecesaria declaración de guerra que nadie me ha solicitado, no he encontrado más que un método que sea efectivo: darme la media hora de seguridad, que a veces se convierte en días. Cuando estoy hirviendo por dentro de ganas de “dar la charla” a quien creo que me está provocando con su actitud o su desapego o su falta de consideración, me doy (me obligo más bien) media hora de silencio, de introspección de obligado cumplimiento y apago el fuego para que mi mente deje de estar en ebullición.
Una vez calmada –o casi- ya puedo hacer frente a mis demonios internos con más tranquilidad. Y entonces es cuando me voy dando cuenta de que hacer reproches a los demás causa en ellos el mismo efecto que causan en mí cuando me los dirigen: rabia, distanciamiento y decepción.
Por lo que no me queda otra, en un ejercicio de sana inteligencia, que no provocar en los demás emociones negativas que los alejen de mi cariño. Sobre todo cuando quiero a esas personas y además puede que hasta las necesite afectivamente.
Cuando he estado esperando algo que no ha llegado, intento amoldarme a la situación poniéndome en los zapatos del otro y dejando un margen para sus propias razones en vez de ocupar todo el espacio con las mías.
A veces lo consigo; otras sigo refunfuñando conmigo misma.
Felices los felices.
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Tinta de chipirón
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Cecilia Casado | 08-11-2017 | 8:16| 0

 
No creo que descubra ningún secreto si confieso que la mayoría de las mujeres y hombres de mi generación acarreamos con una inducida “moralina” que acalambra algunas reacciones naturales y obliga a actuar en contra de lo deseado por no dar la nota, por no quedar mal. Esa actitud –bastante nefasta en lo personal- lleva al individuo a activar continuamente filtros sociales que proporcionan una especie de “invisibilidad” para poder sentirse más protegido.
Hago este pequeño prolegómeno porque necesito situar en ambiente la anécdota que voy a contar, vivida de primera mano en compañía del protagonista de la misma. Quiero relatarla con cierta distancia, me gustaría evitar el juicio –ya que el prejuicio sigue agarrado a algún clavo de mi mente-; en fin, que hace ya varios días que la presencié y no dejo de darle vueltas. Luego veré si soy capaz de saber porqué.
El caso es que estaba con un buen amigo mío disfrutando de una comida casera y rural para rematar una excursión de otoño por los caminos de Navarra. Era un pequeño restaurante tranquilo y bien atendido en Leitza, una suerte haberlo encontrado. Después de las alubias, vinieron el ajoarriero y los txipirones en su tinta y ahí es donde mi amigo –que me ha dado carta blanca para contar esta pequeña historia- tuvo la mala suerte de que se le cayera del tenedor una negrísima cría del calamar, salpicándole la camisa y dejándosela como un “pollock”.
Contrariado y molesto, se levantó y me dijo que iría al lavabo a intentar arreglar el desaguisado, llevándose con él un jersey del que se había desprendido al entrar en el caldeado ambiente del comedor. Yo pensé que intentaría enjugar las manchas y tapar luego el manchurrón cubriéndose con el jersey. (Es obvio que eso es lo que YO habría hecho y por eso pensé que lo haría él). Pero cuál fue mi sorpresa cuando le veo que vuelve sonriente y resolutivo con la camisa manchada en la mano y habiéndose puesto el jersey “a pelo” sobre el cuerpo.
Se me levantaron todavía más las cejas del asombro, cuando veo que se dirige a la puerta de la cocina del restaurante y le ruega al camarero, de forma educada y amable, que le solucionen el problema limpiándole las manchas de tinta negra de la camisa.
Me quedé a lu ci na da, de verdad, jamás en la vida se me habría ocurrido esa solución a un problema que yo misma hubiese causado. Es decir, que una cosa es que el camarero te tire encima la comida y se sienta obligado a arreglarlo y otra cosa es que uno mismo se ponga el pecho lleno de “medallas” porque le ha temblado el pulso.
Mi amigo me miró extrañado a su vez por mi notorio asombro y me preguntó que qué veía yo de raro en la petición de que le limpiaran las manchas en el mismo restaurante. Yo me eché a reir a carcajadas al imaginar los comentarios dentro de la cocina… -“Mira, la mujer tan feliz diciéndole al hombre que le lavemos la camisa por no hacerlo ella”. O quizás, “Estos son un lío, que a ver cómo justifica él en casa las manchas si ha dicho que iba a un funeral”. Y así hasta cuatro o cinco posibilidades más que fuimos ambos desgranando entre risas y entrechocar de copas de vino.
Y es que mi amigo tiene toda la razón del mundo, que vamos por la vida como si no pudiéramos ayudarnos unos a otros, ocultando o escondiendo nuestras “manchas” sin solicitar ayuda cuando hace falta, con lo fácil que es pedir las cosas bien pedidas, con sonrisa amable y educación… sin presuponer que al otro lado vamos a encontrar resistencia, negatividad, mal humor o indiferencia.
Qué cierto es que las normas y reglas que usamos son quebradizas, endebles y en no pocas ocasiones, absurdas. Esa rigidez autoimpuesta que nos condena a ir por la vida como si pedir ayuda en las pequeñas cosas –y no digamos ya en las grandes- fuera algo mal visto, siempre cada uno apechugando con lo suyo, como si viviéramos en una isla de sordos, mudos, ciegos.
Con el café y los postres –deliciosos, invitadores- trajo el camarero la camisa impecable, desaparecidas las manchas y con una mano de planchado de regalo.
Ya le dije: “deja buena propina que hoy se la han ganado con un tipo como tú”.
Felices los felices.
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 ** Dedicado a mi amigo J.S. que tanto me enseña en los buenos ratos de la amistad.

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Reflexión del lunes. Derechos de ida y vuelta.
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Cecilia Casado | 06-11-2017 | 8:48| 0

Con el paso de los años –y de los lustros- una va dejando caer ciertas capas de impulsividad que tuvieron su momento de gloria en el pasado. Ocurre ahora (me ocurre) que ya soy menos rápida a la hora de devolver “pelotas” dialécticas, o como se dice ahora “dar un zasca”; pero eso no quiere decir que me quede en modo “zen” sino que me doy el tiempo –apenas unos minutos- para reaccionar ante ese tipo de estímulos previa revisión de los “apuntes”.
Suele ocurrir con mucha frecuencia que, en un grupo, haya alguna persona que reivindica sus “derechos” cada vez que emite una opinión acerca de casi cualquier tema. Son aquellos que tienen siempre a mano alguna coletilla del tipo, es que yo soy libre para… o tengo todo el derecho a… sentando sus reales por encima de las normas tácitas del grupo o sembrando un desbarajuste verbal con salidas de tono.
Entonces, también suele ocurrir que los demás se callan (nos callamos) porque la buena educación nos ha enseñado a no saltar a la yugular a las primeras de cambio sino a darnos un margen antes de ponernos al mismo nivel que el supuesto “adversario”. El uso y la costumbre consiste en no decir lo que uno piensa y luego, ya en petit comité o a la espalda, criticar y poner a parir a quien ha soltado un desafuero y ha dejado a los demás en k.o. técnico.
En realidad, ese pretendido “derecho” que esgrime el que alza la voz para acallarnos, es un derecho “de ida y vuelta”; vamos, que TAMBIÉN nosotros lo tenemos aunque no lo esgrimamos habitualmente, seguramente porque tenemos un poquito mejor educación o un poquito más de respeto.
Hice la prueba hace poco. Tomando un café vespertino con un amigo surgió –cómo no- el tema de todos los días: la situación en Catalunya.
Le escuchaba –porque era su turno de palabra- con la atención debida, máxime porque es catalán y mayor que yo, condiciones ambas que (supuestamente) le habilitaban a mis ojos para emitir una opinión ponderada sobre tan espinosa cuestión.
Pero resultó que el buen hombre se me fue por las ramas. Pegó un brinco tipo salto mortal y acabó disertando sobre supuestos paralelismos entre “su tierra y la mía”. Cuando dijo una “boutade” de las gordas –de las gordas para mí, que llevaba escuchando casi un cuarto de hora sin decir ni mú-, le interrumpí y le dije: “no, no y no. Por ahí no sigas que vas muy mal”.
Al verse interrumpido bruscamente compuso un gesto airado para a continuación espetarme de malas maneras: “Yo tengo todo el derecho a expresar mi opinión en libertad…y si no te gusta, te aguantas”.
¡Toma ya! ¡En mitad de la cara y a plena luz del día!
Entonces no sé qué me pasó, porque yo no soy así habitualmente, pero se me ocurrió contestarle con sus mismas palabras. “Pues YO TAMBIÉN tengo derecho a expresar mi opinión en libertad, y mi opinión es que has dicho una tontería como la copa de un pino…y si no te gusta, te aguantas.”
No aguantó. Se levantó de la silla y se marchó sin despedirse. No he vuelto a saber de él, ni para bien ni para mal, aunque sabe que nos hemos de encontrar de nuevo en algún momento puesto que pertenecemos al mismo grupo que se reúne cada cierto tiempo y dudo mucho que deje de acudir por no verme a mí.
Ahí quedó en el aire, su alegato y mi respuesta. “Yo también tengo derecho a…” lo que se quiera. Son derechos de ida y vuelta, se reflejan en el mismo espejo… basta con detenerse a pensar en ello.
Que estamos demasiado acostumbrados a callar, a rumiar y a enfadarnos por dentro en vez de enfadarnos por fuera, como corresponde. Os invito a hacer la prueba la próxima vez. Ya veréis cómo funciona…
Felices los felices.
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Sobre el autor Cecilia Casado
Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.

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