Diario Vasco
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Autor: A partir de los 50
“Il dolce far niente”
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Cecilia Casado | 06-09-2017 | 7:30| 0

 
Mucho se ha hablado de esta herencia italiana de nombre tan romántico, pero que pocos o muy pocos son capaces de entender bien y practicar mejor. Siendo como son muchas y variopintas sus interpretaciones, lo mejor supongo es que cada quien se monte la feria como mejor le convenga.
Una traducción literal quedaría coja y poco comprensiva en castellano, pero la idea creo que todos la pillamos: hacer nada y no sentirse culpable, dedicar el tiempo de ocio a la contemplación de las musarañas, aburrirse sin remordimiento de conciencia, -lo que hace Hommer Simpson en el sofá de su casa-, dejar la mente en stand by, sumergirse en un silencio interior, provocar la ausencia de actividad… lo que uno quiera, en definitiva.
Lo que ocurre es que esta idea o costumbre no es el paradigma de nada; quiero decir que suele ser muy difícil identificarnos con el concepto de “dulce no hacer nada” porque, literalmente, somos IN CA PA CES.
Para empezar ocurre que estamos sobre activados en todo momento –por lo menos mientras no dormimos ya que la actividad cerebral durante el sueño también tiene sus bemoles y entresijos- con el tema de la inmediatez tecnológica y el contacto continuo con los grupos de whatsapp o los avisos de Twitter. Pudiera parecer una exageración, pero no hay más que mirar alrededor –en la calle, en el bus o metro, en un bar, restaurante, concierto…¡hasta en el cine!,- los dedos bailan sobre la pantalla del smartphone y aprovechan las terminaciones eléctrico/nerviosas del cerebro para no parar ni un instante de “hacer algo”.
Es por eso, digo yo, que el mero concepto de “hacer nada” (far niente) nos resulta incomprensible o por lo menos tan difícil y lejano como la física cuántica o la política de algunos partidos. Pero ya indica el enunciado del asunto que debe ser “dulce” (dolce), es decir, algo agradable, liviano, que deja buen gusto en la boca y una sonrisa meliflua en la cara, eso sin contar con los beneficios más o menos espirituales de la cosa.
Y, sin embargo, la realidad pura y dura es que NO. Que ni sabemos, ni podemos, ni queremos. Que esas tonterías son para los que tienen mucho tiempo que perder o pocos amigos o son unos pringados a los que nunca les apetece hacer un buen plan. Ahí están las legiones de humanos activos, super-activos, hiper-activos y mega-activos, sí, esos que no pueden parar quietos sin hacer nada, que buscan y rebuscan cincuenta minutos después de trabajar ocho horas para ir a hacer alguna actividad que les ayude a desfogarse del agobio mental y el estrés acumulado haciendo cosas que se han convencido les gusta hacer. Son los que van a correr, al gimnasio, a patinar, a dar ocho vueltas a la manzana paseando al perro, los que no saben estarse quietos sin hacer nada ni un minuto y –por lo menos a mí- cansan a quien tiene al lado por esa exageración (a mi entender) de “cosas que hacer”.
“Hacer nada” y encima disfrutarlo, ahí es nada, menuda sabiduría y menudo descanso para el cuerpo, para la mente y para el espíritu.
“Hacer nada” sintiéndose realizado, mirar por la ventana y pensar un rato –sí que hubo un filósofo que dijo que el mundo iría mucho mejor si el hombre aprendiera a estarse quieto, pero no me acuerdo ahora de quién fue y me da pereza mirarlo en Google-, pensar en que no hay necesidad de pensar en nada, tan sólo dejarse sentir un rato, a ver qué cuenta el cuerpo, seguro que se relaja rápidamente, incluso adormecerse un ratito, qué gozada, sin mirar el reloj -¿qué reloj?- y sentir que la vida está ahí, en el interior, disfrutona y dejándose disfrutar; que suene el teléfono y un amigo nos pregunte: “¿qué haces?” y tú –caso de que hayas contestado- le digas: -“NADA”, y te quedes contento, satisfecho, despreocupado y feliz.
Los orientales nos llevan siglos de ventaja en esto de “quedarse en blanco” gracias a las técnicas de meditación y a la presencia plena. Hemos querido imitarles, pero no creo que hayamos tenido demasiado éxito en general, nosotros seguimos llamando “vagos” a los que deciden quedarse quietos, tranquilos, serenos…
Estoy apuntada a un curso intensivo de “dolce far niente” desde hace ya varios meses; la profesora dice que soy su mejor alumna y yo digo que ella es mi mejor enseñante. El efecto reflejo/espejo/bumerán funciona de maravilla para estas cosas…
Creo que me he cansado un poco intentando compartir esta idea y esta pequeña experiencia así que voy a ponerme en modo “off” o modo “zen” las próximas horas.
En fin.
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Aprender a relajarse
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Cecilia Casado | 04-09-2017 | 8:05| 0

Eso de poner los nervios en off y tomar la vida con calma es uno de los mayores y más arduos aprendizajes que, a día de hoy, mal que bien voy llevando a la práctica…cuando me acuerdo. Quiero decir que me he vuelto más tranquila que lo que mi temperamento siempre vaticinó ya que he invertido en ello mucha energía, interés y paciencia.

Si tienes “carácter” parece que hay que saltar a la mínima y no dejar pasar nada sin aportar el grano de arena envenenado que termine por estropear la situación o hacer degenerar cualquier relación que ande un poco tocada del ala.

La observación de mi comportamiento y del comportamiento ajeno proporciona datos más que suficientes como para escribir una tesis completa o –más humildemente- realizar una profunda reflexión sobre cómo quiero que mis terminaciones nerviosas actúen según mi voluntad y conciencia.
Relajarse no es fácil frente a las continuas agresiones del entorno de la vida cotidiana; más costoso es todavía no echar cuentas del mal humor del vecino, proponerse no tomar como algo personal los malos modos de gente cercana –familiares o compañeros de trabajo- (los amigos suelen ser honrosa excepción), personas que como nosotros exteriorizan en forma de exabrupto el malestar interior resistente a dejarse domesticar.

Pero incluso la tarea más ardua en esta vida es accesible si se trabaja lo suficiente y uno se lo propone con verdadero fervor: así se suben <em>ochomiles</em> y se sobrellevan relaciones de más de veinte o treinta años, con disciplina y control de los nervios que demasiadas veces van a su bola…

Cada vez que alguien cercano levanta la voz, pierde los papeles o se pone como una moto por una situación que podría solucionarse igualmente con calma y sin gritos, se me activa automáticamente una especie de coraza que me protege de esa agresión y que en vez de empujarme a provocar el mismo escándalo me lleva a relajarme en proporción inversa al desafuero de la otra persona.

Esto parecería bueno y positivo –por lo menos para uno mismo- si no fuera porque cuando alguien está perdiendo los papeles o agobiándose en modo superlativo no hay nada que le fastidie y enerve más que encontrarse enfrente con quien no se inmuta o le envía el mensaje de: “calma, no perdamos la calma…” ¿A quién le gusta que le digan lo que hay que hacer metiendo el dedo en el ojo…?

Lo tengo más que comprobado: tan sólo me llevo bien con las personas que son capaces de dialogar sin poner el grito en el cielo porque para entendernos tenemos que hablar el mismo idioma y cuando los nervios nublan el entendimiento se pierde el don de hacerse entender por el otro.

Aunque gritar todavía sé y puedo hacerlo, no he perdido esa capacidad puesto que sé que en algún momento podría tener que utilizarla aún para mi supervivencia como valor en reserva del cerebro reptiliano que, desgraciadamente, no vamos a dejar de usar en este mundo, esta sociedad, llena de gente que grita o vocifera –con o sin micrófono interpuesto- para hacerse oir… que no entender.

En fin.

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Perder el tiempo
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Cecilia Casado | 01-09-2017 | 7:36| 0

 

Cuando eres joven y crees, sin ningún fundamento científico que lo avale, que tienes toda la vida por delante, una se permite perder el tiempo impunemente. Un fin de semana tirada en el sofá sin asomarte a la vida, unas vacaciones de verano perdidas por tener que recuperar asignaturas para septiembre o un par de años enteros y verdaderos sin saber bien por dónde te da el viento a la espera de tener que tomar decisiones. Pérdidas de tiempo inmensas, flagrantes, irrecuperables…

Atisbar la treintena ponía los vellos de punta, algo así­ como verle las orejas al lobo social que te decí­a que tení­as que formar una familia o similar, tener hijos o hipotecas, aquellas cosas que resumí­a mi abuela como “sentar la cabeza”.

Al llegar a los cuarenta se pasaba por una “crisis”, inventada o real, pero que todo el mundo te echaba en cara y entonces, de repente, parecí­a como si esa cifra fuera el ecuador vital, que a ver quién vive más de ochenta años con cierto decoro, y comenzaban las primeras dioptrías y las primeras canas, la tripa y las toses mañaneras, de repente tení­amos como compañeros de cama a unos indeseables llamados colesterol, decepción o -en demasiados casos- depresión pura y dura.

Con los cincuenta vivimos los cambios hormonales y los gatillazos sexuales, las arrugas nada bellas y descubrir que todo cuesta un poquito más: levantarse por la mañana, trasegar un par de cubatas, conducir quinientos kilómetros, dormir poco o acarrear las bolsas del super en una sola mano.

Los que han coronado la sesentena con cierta dignidad cacarean -cacareamos- el estribillo de la tranquilidad interior, la paz espiritual y todos esos mantras que, de repente, se nos hacen necesarios para adornar un poco lo que ha sido una biografí­a con más o menos descalabro.

Un buen dí­a se te ocurre ponerte a pensar en cuánto tiempo habrás perdido en tu vida, cuántos dí­as, semanas o meses incluso, habrás tirado miserablemente por la alcantarilla por no haberte propuesto hacer nada con un mí­nimo de conciencia o fundamento; ese tiempo del que nos creí­amos amos y reyes en la juventud y que sigue teniendo veinticuatro horas por dí­a y siete dí­as por semana…

Como cuando trabajaba y querí­a que pasaran rápido los cinco dí­as laborables, sin mirarlos ni sentirlos ni mucho menos vivirlos en conciencia, a la espera -estúpida espera- de que llegara el fin de semana liberador del cansancio para…¡no hacer nada en absoluto!

!Qué atrevida -y peligrosa- es la ignorancia de lo que es la vida en realidad!

Pero, total, para cuando empiezas a darte cuenta de cómo funciona esto, ya la has gastado y/o perdido más o menos, (la vida) ya no hay nuevas oportunidades y ni aunque las hubiera, porque una se ha cansado o aburrido o simplemente decepcionado de una misma (decepcionarse de los demás es una tontería que hacen quienes no se atreven a mirar en su interior) y entonces una se encoge de hombros y dice, total, para qué, y vuelve la vista hacia otro lado … y ¦sigue perdiendo lo poco o mucho que le queda de vida.

Quisiera no incluirme en la conclusión de esta reflexión, pero si quiero ser honesta ¿? mucho me temo que no me libraré…

En fin.

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Cambrils
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Cecilia Casado | 30-08-2017 | 7:35| 0

Llevo más de veinte años explicando a mis amigos dónde se ubica este pueblo tarraconense al que siempre llamo con el cariñoso nombre de “mi otro mar”. De repente, ya no hace falta situar coordenadas porque todo el mundo lo ubica en su gps emocional por culpa de un hecho luctuoso y triste. De repente, cada vez que digo “Cambrils” la gente se estremece, nos estremecemos todos sin tener que dar demasiadas explicaciones condimentando nuestro imaginario del miedo con escenas truculentas.

Cambrils y cualquier lugar del mapa habitado por seres humanos donde siempre habrá alguien con el alumbrado fundido y la intención de hacer daño en nombre de vaya usted a saber qué paranoia personal o colectiva.

Vuelvo ahora a Cambrils en este fin de agosto en el que gran parte del paí­s anda con prisas para lo que sea: empezar un nuevo curso, recuperar el ritmo laboral o simplemente seguir desesperándose ante la maquinaria de un Estado que quiere y no puede, o acaso sí­ pueda y no quiera, cómo voy a romperme la cabeza elucubrando sobre las neuronas ajenas.

Vuelvo a Cambrils para despedir el verano y los baños de mar, a recuperar el silencio perdido en la ciudad durante las semanas veraniegas de fiesta y multitudes. Piso de nuevo el Paseo Marí­timo y siento lo que ha cambiado, lo percibo a través de mis pies, de mis ojos, del corazón que ralentiza su marcha mientras se va entristeciendo…

La vida sigue, debe seguir en cualquier circunstancia, pero el miedo es acicate cuando los depredadores pueden acechar en la puerta de al lado y se inocula una paranoia inducida para que el colectivo, la masa que se mueve por impulsos y no por razonamientos, dé un paso atrás, un gran paso atrás, y se repliegue a la madriguera que considera segura. De todos los turistas que aman esta tierra aunque no sea más que por su arena dorada, ha habido muchos -demasiados- que han huido con el miedo entre las piernas. No sé si esto es precisamente el efecto buscado, que nos atemorice ser seres humanos, defender la dignidad de nuestras ideas y la vida que hemos construido para los nuestros.

El bar del paso a nivel está casi vacío, tan sólo los habituales del mus y las cañas con olivas siguen fieles a su sitio…porque no tienen otro. La piscina y el jardí­n están solitarios también, recibiéndome con un silencio que siento acogedor aunque esté electrizado de alguna manera.

Mis amigos cambrilenses respiran después del susto -a los que no les tocó vivirlo en primera persona- y de repente les siento un poco más cercanos, como sabiéndonos todos prisioneros en el mismo barco que flota a la deriva después de que el timón se ha roto en pedazos.

De repente, eso que creí­amos que sólo “les pasaba a los demás”, se ha acercado peligrosamente provocando una niebla colectiva que entristece los corazones de muchos y, desgraciadamente, nubla el entendimiento de algunos.

“Mi otro mar” se llama Cambrils y yo también soy Cambrils y Barcelona y Paris y Kabul y Alepo y Teherán y todas las ciudades donde -desde que el mundo es mundo- los seres humanos nos seguimos matando unos a otros por los mismos motivos de siempre: el odio al diferente, el nombre de cualquier dios y, sobre todo y por encima de todo, para seguir manteniendo el negocio suculento de los señores de la guerra, los respetables fabricantes de armas. Incluido este paí­s nuestro, faltarí­a más.

cambrils-atardecer

Una suave brisa mueve los árboles que acarician el barandado de mi terraza; hace calorcito rico, sin exageraciones. Llevo pegado el salitre del baño matutino en un mar limpio, acogedor desde este lado y tumba o limbo agonizante para quienes se adentran en él huyendo de la misma barbarie que hace pocos días visitó esta bonita localidad “dorada” y la tiñó de negro.

Me estremezco pisando las losas donde unos fueron asesinados y otros “abatidos”; no sé qué pensar, pero me temo que tendré que ponerlo en concordancia con lo que siento…

En fin.

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*** Cuadro de María Espinosa García. “Cambrils”

*** Fotografía: Atardecer desde mi terraza. C.Casado

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Semana Grande… ¿tortura grande?
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Cecilia Casado | 28-08-2017 | 7:43| 0

 

Desde hace muchos años paso el mes de Agosto sin moverme de mi casa; no obligada por imperativo laboral alguno a tomar vacaciones a la vez que la marabunta, soy de las que prefiere tomarse las cosas con calma y “hacer guardia” mientras el resto huye despavorido de la ciudad.

Pero el mes de agosto incluye una “semana grande” con fastos populares que suscita emociones de amor-odio según quién sea el entrevistado, porque no es lo mismo quedarse a disfrutar que quedarse en la ciudad a trabajar aplastado por el “disfrute” de los demás.

Justo ayer mismo hacíamos resumen un grupo de mujeres y qué verdad es que cada uno ve la feria según le va en ella. Desde el horror a la multitud que empuja a encerrarse en la “cueva” personal hasta el desmadre cotidiano y nocturno de bares, fuegos, conciertos, copas y trasnoche más o menos divertido.

¿Qué mueve a unos a escapar del ruido y la muchedumbre que atrae a otros hacia lo mismo como polillas a la luz? ¿Es cuestión de edad? ¿De posicionamiento personal? ¿De tener muchos o pocos amigos?

La Semana Grande donostiarra ha superado un año más el desafí­o de salir a divertirse para que no te llamen sociópata o por lo menos de “dar una vuelta para ver el ambiente”, ese pasatiempo tan de aquí que consiste en ir a mirar vestido de punta en blanco.

Digamos que apenas me he movido del barrio; digamos que llevo muchos años en fase “odio las multitudes”; digamos que he cambiado -para bien o para mal- mis prioridades de ocio o digamos -para ser justa- que me he hecho mayor sin eufemismos.

Sin embargo, tengo amigas de mi edad que no perdonan una, que siguen al pie del cañón saliendo cada noche al jolgorio citadino, que trasiegan cubatas con la naturalidad de un tiempo pasado aunque al dí­a siguiente tengan un resacón de padre y muy señor mí­o. Y también tengo otras incluso más jóvenes que yo que cierran puertas y ventanas para no tener que soportar el ruido que viene de la calle aislándose en su propio mundo de bienestar silencioso elegido.

Ahí­ está el amigo sesentero -de sesenta años- que me insiste para no quedarme en casa aduciendo que la juventud se pierde si el espí­ritu de jolgorio se marchita; y ahí­ está el otro amigo todaví­a en los cincuenta que no sale a la marcha de la noche ni aunque le apunten con una pistola.

¡Qué verdad es que cada quien busca su feliz apaño a su manera! Y con todo el derecho del mundo faltaría más!; por eso me rechina bastante que los mercachifles nos quieran vender el concepto “felicidad” lleno de música, risas, cuadrilla de amigos, alcohol y saltos por doquier. Miro algunos anuncios de la televisión y percibo el frenético ritmo explí­cito o subliminal en todo aquello que nos quieren colocar, que es la vida a fin de cuentas.

Supongo que muchos pican como yo misma hice en su día. Luego llega un momento en el que decides ir por el carril contrario y como no hay apenas sitio en las “autopistas y autovías” de la vida, no queda más remedio que explorar carreteras secundarias sin áreas de descanso abiertas las veinticuatro horas.

El barrio comienza a recobrar su perfil tumultuoso habitual después del paréntesis que lo ha convertido en un pequeño oasis; los huidos de agosto vuelven al trabajo, a la rutina. Es el momento de viajar a “mi otro mar” de nuevo donde se van vaciando hoteles y playas, los mojitos vuelven a servirse en vaso de cristal y aparece la calma de septiembre como el preludio del fin de la  “tortura” veraniega. Al final, cuando uno es absolutamente libre de su vida y su tiempo, es un gran placer moverse a favor del viento…

La vie est belle!

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** Imagen del “desembarco pirata” en el muelle donostiarra y prueba de que los milagros existen: no se ha ahogado nadie.

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Sobre el autor Cecilia Casado
Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.

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