Diario Vasco
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Autor: A partir de los 50
Primavera de libros
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Cecilia Casado | 24-03-2017 | 8:46| 0

 

Se acaba el invierno y los libros que han acompañado el frío y la lluvia de tantas tardes de recogimiento desperezan sus páginas en busca del soplo de aire liviano, templado, favorecedor de ser llevados al aire libre; un parque, el balcón, la terracita de un café… las letras del invierno se desperezan y quieren volar más alto, siempre un poco más alto.

Aquí va la lista de los libros leídos –en papel- en los últimos tres meses. ¡Compartir es vivir!

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La “niña bonita”.- El libro que se vende como rosquillas y que me ha confiscado casi un mes de mi tiempo lector.

“El laberinto de los espíritus”  de Carlos Ruiz Zafón. Nov. 2016 (922 páginas) Demasiadas páginas para una trama deslavazada que no tiene la talla ni la enjundia ni el interés de las otras novelas de la tetralogía de “La sombra del viento”. Aquella novela sí que daba un subidón de buena literatura. Regalo agradecido, por supuesto. 6/10

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Lecturas livianas: (para pasar el rato y sin que inviten a la reflexión profunda) Aquí también se incluyen los “fiascos” literarios con los que he tenido que pelear. (Ver puntuación)

 “Todo esto te daré”  de Dolores Redondo. (2016) Expectativas truncadas de cuajo. Después de la exitosa (y buenísima) “Trilogía del Baztán”, la autora nos regala una novela previsible, con una trama de poco fuste y calado. Le han dado el Premio Planeta y quizás eso lo explique todo… Una pena. Leído rápido y un poco en diagonal.   6/10             

 “Falcó”  de Arturo Pérez Reverte. (2016) Una trama bien construida sobre un mercenario ”tipo Bogart” en la España demoledora y demolida de la Guerra Civil. Una obra menor del autor que no aporta mucho de especial aunque él diga que se siente satisfecho.      6/10     

 “Cielo nocturno”  de Soledad Puértolas. (2008) Novela sencilla, festoneada de nostalgias. Tiempo de juventud y descubrimiento. Escritura lenta, sin estridencias, al más puro estilo al que nos ha acostumbrada su autora.                                                       6/10

 “Media vida”  de Care Santos. Premio Nadal 2017. Con los premios literarios me ocurre como con los Oscar, Goya y Cesar, etc. Que no entiendo qué es lo que están premiando. Una novela de posguerra en los años 50/60 para hilar recuerdos y traumas de las niñas que cayeron irremediablemente en los internados de monjas.           6/10

 “Vidas escritas”  de Javier Marías. (1992) Recopilación de anécdotas sobre la vida de escritores icónicos. Con el puntito personal del autor. No gran cosa.                                                          6/10

 “Los penúltimos días de Jean Paul Balart” de Gabriel Marat. Un imaginativo enredo sobre Kant y una familia de parásitos de la alta burguesía del siglo XX. Como trama argumental enarbola la búsqueda de la fuente de la eterna juventud. Lees y lees y esperas que la novela se vuelva interesante, pero no demasiado.                      5/10

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Lecturas enjundiosas: (que ayudan a incrementar el acervo cultural a la vez que estimulan el intelecto)

 “Puertas y ventanas abiertas”  de Mariasun Landa. (2016) Experiencia lectora, experiencia escritora. El Euskera como vehículo literario y los efectos colaterales, a veces, conflictivos. Un ensayo muy interesante y bastante ameno.                                          7/10

 “La historia del silencio” de Pedro Zarraluki. Lectura ágil de las relaciones de varias parejas de amigos en la Barcelona de los años 90. Aquellos tiempos del amor libre y de lealtades sin teléfono móvil. De cuando éramos todavía jóvenes, pero ya desencantados.            7/10

 “Instrumental”  de James Rhodes. Este hombre ha conseguido contar su historia soslayando los detalles escabrosos que la originaron. De cómo la música pudo salvar la vida a alguien que se autodestruye a consecuencia de los abusos sexuales sufridos durante su infancia. Una historia también sobre la “culpa” de la víctima inocente. Me ha aportado muchas ideas con luz especial.            8/10

 “Recuerdos míos”  de Isabel García Lorca. Una biografía de la hermana del gran poeta llena de dulzura a pesar de definir un tiempo en el que hubo muchísimo dolor. Un libro muy bonito, mucho.     8/10

 “La ley del menor”  de Ian McEwan. Inteligentísima novela llena de reflexiones sobre la condición humana. Una jueza que protege a los niños, pero que no es capaz de protegerse de la absurda vida sin amor que ha elegido vivir. Contradicciones humanas.               8/10

 “La oficina”  de Lars Berge. Desasosegante novela sobre la neurosis general que afecta al mundo laboral de los empleados de oficina. Parecería una farsa bien montada si no tuviera tantos visos de realidad. Un buen autor, una buena novela.                              7/10

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Lecturas con peso específico: (para sustraerles la sustancia a base de neuronas)

 “Un nuevo mundo, ahora” de _Eckhart Tölle, (2005) La utopía necesaria de poder construir un mundo mejor a través de la revisión del papel de la consciencia. Peleas y victorias con el ego para llegar a la comprensión certera de quiénes somos.                                 9/10

“Modernidad y holocausto” de Zygmunt Bauman (1989) Estudio sobre el proceso completo de destrucción en una sociedad moderna. La inhumanidad como función de la distancia social. Libro complejo y demoledor en sus tesis difícilmente discutibles. Me ha deprimido un punto…(inevitablemente, ya lo presentía).                                 9/10

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Lecturas atragantadas: (que pretendían ser interesantes y que no he podido llevar a buen puerto)

 “Los herederos de la tierra” de Ildefonso Falcones. Leí con mucho agrado “La catedral del mar” y “La mano de Fátima”, pero aquí no he podido afrontar las casi mil páginas de una historia que se enroca sobre sí misma y con personajes y situaciones poco creíbles. Hay autores que mueren de éxito y no sé yo si éste no va a ser uno de ellos. Lo devuelvo a la biblioteca sin remordimiento alguno. ———-

 “El ataud de la novia” de Unni Lindell. Un thriller escandinavo con un lío tremendo de nombres raros y de personajes inconexos. Me pone nerviosa y lo dejo.                                    ———————–

* La puntuación es fruto de una opinión personal que no tiene más valor que el que uno le quiera dar…

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Se van muriendo
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Cecilia Casado | 24-03-2017 | 8:38| 0

 

 

Ayer me encontré en mi paseo matutino con José Luis. Nos conocemos desde que yo tenía diecisiete años y él ya era un hombre hecho y derecho. Con amigos comunes, siempre sintonizamos; vamos, que nos caíamos bien. Es por eso que, a lo largo de todos estos lustros, nos complace pararnos a charlar un rato cuando nuestros pasos se cruzan por la ciudad.

Ayer le ví un poco bajo de moral, como si estuviera pasando una mala racha y le pregunté qué le pasaba, que parecía un poco “mustio”. José Luis –es preciso recalcar- siempre fue un hombre guapísimo y de buena planta. Simpático además y de corazón tranquilo. Sus parejas le han hecho sufrir lo que no está escrito y hoy es el día en que está solo y conforme con su vida. No ha tenido hijos.

Me contó enseguida los motivos de su aparente “tristura”, porque ya sabe que cuando le pregunto algo no es por quedar bien sino porque me interesa realmente. –“Es que mis amigos se han ido muriendo todos”.

José Luis tiene bien cumplidos los setenta y dedica su tiempo a disfrutarlo pausadamente, sin sobresaltos, con largos paseos y la asistencia continuada a las salas de cine. Vive solo porque el perro que adoptó durante muchos años ya falleció y no quiere volver a sufrir la angustia que padeció tras la enfermedad y muerte de su fiel compañero.

– “¡Qué mala suerte tengo!” – me confesaba. -“Mis amigos de toda la vida, los del barrio con los que tan buenos momentos pasaba, todos fallecidos. No me queda familia, ¿qué hago ahora si ya no tengo edad de hacer nuevas amistades?”

No le gustan Internet ni las tecnologías de ningún tipo más allá del aparato de televisión; tampoco tiene móvil porque para qué, si nadie le va a llamar. Nació en los años 40 y su generación decidió que el placer máximo que podía ofrecer la ciencia y los avances era el cine. Lo que le ha gustado siempre de verdad era compartir con otros seres –humanos o caninos-, la charla, los paseos, las risas, las caricias, el amor y sus condenas.

Como muy bien me ha dicho: “somos seres humanos, no quiero convertirme en un androide lleno de cables figurados en mi cerebro”.

Y le he dicho, llámame, hombre, y nos damos un paseo por ahí tú y yo, con cervecita o sin ella, para recordar viejos tiempos o criticar los presentes… Ahí es cuando me ha dicho que no tiene móvil, que bueno, que igual algún día me llamaba, que gracias por el ofrecimiento, que la vida sigue a pesar de todo, que qué pena que se han muerto todos sus amigos antes que él, pero que no se siente solo, que está conforme porque no le duele nada ni va al ambulatorio más que para vacunarse contra la gripe cada año.

Ya sé, Txelís, que no vas a leer estas líneas, pero igual te las imprimo y las meto en un sobre y te las envío con sello incluido –como en los viejos tiempos que te gustan a ti-, pero quiero decirte que te comprendo perfectamente, que los amigos son la sal de la vida, algo sagrado –sobre todo cuando no se tiene familia a mano-, pero que no te angusties demasiado, que aunque estén vivos –los amigos- no siempre están ahí disponibles para los momentos especiales, que los amigos vivos también pueden ser escurridizos aunque cuando se mueren los echemos de menos.

Es lo que tiene cumplir años por manojos que se nos van olvidando los inconvenientes de la juventud, los palos que nos dio el amor, las zancadillas de la familia, las pequeñas infamias de la amistad y que, en su ausencia, nos nace la nostalgia de aquello que tuvimos en un tiempo pasado que…como bien decía el poeta, nos parece mejor únicamente porque ya no lo tenemos.

Te doy las gracias por el abrazo estrujador que me diste en mitad de la calle, por tu picardía diciéndome que “estoy igual de guapa que siempre” y por hacerme reflexionar sobre mis amigos vivos…

Ahora tengo que buscar en una vieja agenda tu apellido –que he olvidado- y buscar en la guía telefónica de papel tu teléfono o tus señas y transcribir a mano estas palabras a un folio blanco con mi vieja pluma de tinta que seguro que sigue funcionando bien para una buena causa como esta.

En fin.

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“Las chicas del parque”
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Cecilia Casado | 22-03-2017 | 8:18| 0

 

El parquecillo cercano a casa es una especie de paraíso para mi bichón maltés, Elur. Como no hay parterres plantados dejamos que los animales disfruten de la hierba y cuidamos de que no queden “regalitos” entre las margaritas silvestres. Hay un colegio en medio de la plaza, juegos infantiles, una fuente y muchos bancos. En horas lectivas y ausencia de infantes y preadolescentes el lugar podría incluso considerarse bucólico con su estanque y su puente mitad japonés, mitad diseño de Ikea.

Los bancos al sol en las mañanas de invierno son un pequeño lujo y privilegio de paseantes ociosos o jubilados tranquilos. (¿Habrá jubilados intranquilos?) Muy a menudo recalo en uno de ellos con mi perro y mi libro y descanso las piernas después de los paseos preceptivos –el personal de primera hora de la mañana y el que comparto con Elur.

El otro día encontré libre el banco mejor situado –con el sol de marzo a la espalda- y tomé asiento agradecida.

Al filo del mediodía vino a sentarse a mi lado una sonriente ancianita que me saludó amablemente. A los pocos minutos vinieron una y otra más y no tardé en darme cuenta de que eran habituales del parque… o de “ese” banco en particular. Ellas, muy modosas, evitaron hacerme ver que yo era una “invasora” de su espacio, pero como cabíamos casi cómodas las cuatro no consideré necesario marcharme sino que “pegué la hebra” como suele ser habitual en mí.

Ya las tenía vistas de otras veces, “las chicas del parque” les llamaba para mi coleto, fieles al ritual de la hora del Ángelus. Así que me presenté y les dije que se les veía muy guapas. Al instante me cantaron su edad, con el orgullo de saberse bien conservadas, ancianas pero felices de vivir todavía conservando cierta dosis de alegría y la calidad de vida que es tesoro donde los haya.

Entre los ochenta y los noventa están todas. Arregladas en sus atuendos y con la cara lavada iluminada por el toque coqueto del rouge de labios. No sé de qué hablarán en sus citas diarias, pero me admiró de ellas el empuje y las ganas de juntarse al aire libre y continuar con la vida, como si no existieran las penas y siguiera habiendo un mañana. Tienen hijos y nietos y hasta bisnietos y les gusta que “no se metan en su vida” porque todavía tienen capacidad para llevar las riendas. Me preguntan por mi madre, -ya nos hemos juntado un par de veces-, por qué no sale de casa, por qué ha dejado de interesarse por lo que hay al otro lado de las ventanas del salón y yo me entristezco, no sé qué decir porque cada uno tiene sus razones íntimas para hacer lo que hace y de la manera que quiere hacerlo.

Les digo que son el ejemplo que quiero seguir si llego a su más que provecta edad, que seguiré saliendo al parque aunque mi perrillo ya no esté conmigo, me preguntan si adoptaré otro y les digo que lo dudo mucho. Suspiran cuando les cuento lo lejos que está mi familia, pero ya saben que los móviles de hoy acortan las distancias aunque ninguna lo tiene –que yo sepa.

Me dicen –la más dicharachera de ellas- que reunirse en el banco cada día es como una terapia contra la soledad, que hablan y comparten, que se ayudan escuchándose, que es muy importante saberse parte de un grupo que protege de una forma diferente pero no menos efectiva que la propia familia. “Compartir con las amigas –afirman- da alegría a la vida”. Y yo les digo que sí, que yo también tengo amigas que me ayudan a recuperar el paso cuando lo pierdo o incluso a perderlo si lo llevo demasiado rígido.

Les cuento del blog y de lo que hago: -“¡Qué pena, no tenemos Internet, ¿no escribes en el periódico “de verdad”?, entonces les digo que imprimiré el post donde hable de ellas –éste- y que agradezco saber que están ahí, como baluarte contra la soledad de la edad anciana, ellas que se han ido juntando en el banco del parque y se cuentan la vida y se ríen y quieren seguir haciéndolo durante muchos años todavía. Un “Círculo de Mujeres” más.

Entonces es el momento de marcharme porque llega la rezagada del grupo y no es cuestión de que se quede de pie por mi culpa. Les pido permiso para sacarles una foto –de espaldas- y aquí están, para todos los lectores, “las chicas del parque”, las que me recuerdan cada día que la vie est belle…

En fin.

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Foto: “Las chicas del parque”. C.Casado

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Reflexión del lunes. “Interés”
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Cecilia Casado | 20-03-2017 | 8:22| 0

 

Siempre he sido de llamar mucho a mis amigos, de organizar comidas y cenas, salidas y jolgorios varios. Con el paso del tiempo y unos cuantos batacazos he aprendido a elegir mejor a los destinatarios de mis deseos de socialización; es fácil darse cuenta de quién es aunque no siempre esté y de quién está de vez en cuando pero sin ser. Bueno, yo me entiendo y creo que el que hile fino también.

Por eso, porque le veo el plumero al más pintado a la primera de cambio una amiga de las que cuentan me hizo partícipe de una confidencia y me ha dado permiso para compartirla por aquello de que opiniones de desconocidos suelen ser de insospechado valor, a veces.

El caso es que se queja amargamente –y le comprendo y me duele por ella puesto que no se lo merece en absoluto- de que una persona de su entorno a quien aprecia tiene por costumbre –con todos, no solamente con ella así que no se lo puede tomar como algo personal- condicionar una cita, un encuentro a otros planes, eligiendo siempre el que mejor le conviene. Es decir, ante una propuesta de salir un sábado, casi seguro de que contestará que sí, pero dependiendo de si queda con tal o cual persona con la que también tiene previsto salir, un plato de segunda mesa total y absoluto.

A mí cuando me cuentan una cosa así me da la risa floja porque me conozco el paño ya que reconozco que he sido durante algún tiempo sujeto paciente de tal “ejercicio de libertad y sinceridad”. La persona que juega a dos barajas (o tres, vaya usted a saber) se las da de “sincera y de libre, ella no oculta nada, ella es como es, utiliza su libertad para elegir lo que más le conviene y el que se pique que se rasque.”

Una vez fui “malota” y cuando un tipo que me gustaba más que yo a él me dijo que -“bueno, depende, estoy pendiente de si viene a visitarme una amiga de fuera”, me comí el sapo con patatas –porque no me quedaba otro remedio- y cuando me volvió a llamar para quedar (puesto que parecía que hubiera por mi parte una disposición tácita) le contesté que “uy, qué ganas de verte, pero ya te diré algo porque igual me invitan al concierto del Kursaal y claro, como comprenderás…”. No me volvió a llamar –ni yo a él, faltaría plus- y tan sólo me acordé de él cuando mi amiga dolida me hacía partícipe de sus cuitas.

El ejemplo le sirvió de algo a mi amiga –o eso espero- y de paso le manifesté que buena cosa es que los amigos espurios se muestren como lo que son y que tan sólo está en nuestra mano la libertad de aceptarlos o dejar que corra el aire. A veces –y quiero pensar que, como a ellos- también nosotros hemos imitado ese comportamiento y utilizado o pretendido utilizar a “amigos o conocidos” como plan B, como rueda de repuesto o, simplemente, hemos salido con ellos por matar el rato y sin interés especial.

Siempre habrá alguien que esté convencido de que sus prioridades explícitas no ofenden o molestan a los demás; igual es porque son personas que miran el mundo a través de su ombligo, igual es porque son el peor ejemplo que se convierte en el mejor ejemplo o, simplemente, están ahí para que los demás crezcan un poco, reflexionen, hagan autocrítica y observen que la vida y las gentes no se mueve con un único y personal patrón.

Se nos va viendo el plumero a todos…lo queramos o no porque lo que no es amor, es interés.

En fin.

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Reflexión del lunes. “Vida de perros”
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Cecilia Casado | 19-03-2017 | 8:32| 0

 

Mi perrillo Elur ya no puede salir del barrio como no sea en brazos o en coche: sus limitaciones motrices son las que son y marcan la pauta. Así pues, “me lleva” a dar una vuelta por sus jardines favoritos tres veces al día. La primera, de mañanita, se pone pesado porque no le apetece “aguantarse”. Y allí vamos, con el frío del invierno a la calle, como en los tiempos en que tenía que ir a trabajar. A esas horas hay poco movimiento. Camiones de reparto y niños en la parada del bus con padres o abuelos a su vera. A veces, bajo los soportales, duerme algún indigente con un tetrabrik como almohada sin inmutarse del ajetreo madrugador. El colmado de la esquina ya está abierto y aprovecho para una compra rápida; son amables y me dejan introducir a Elur y dejarlo atado en el rincón de los carritos. Los bares también están abiertos y comienza el trasiego de cafés y cruasanes. Cuando llueve mi perro tira de la correa para volver a casa: le desagrada mojarse y mucho más el impermeable perruno que ya no me empeño en ponerle. Los coches se desperezan y dejan espacios libres como si huyeran del barrio; los vigilantes para que se pague por aparcar patrullan con la cabeza gacha abducidos por sus smartphones; no obstante, siguen poniendo multas con cara de indiferencia a quien se pase cinco minutos de lo estipulado. Es invierno y hace frío, como está mandado.

Al filo de la una de la tarde, ya sabe mi perrillo que “toca paseíto” y, como si fuera capaz de leer las manecillas del reloj de la cocina empieza a rondar la puerta –si estoy fuera, esperándome, si estoy en casa invitándome a salir con él. Este paseo no es una parca “vuelta al ruedo” sino un recorrido en toda regla por el parque aledaño, sus recodos, los parterres, los bancos al sol o a la sombra y las terrazas de los bares circundantes. Procuro que también mi disfrute vaya paralelo al de Elur así que me siento en un banco un poco apartado y lo dejo suelto para que hocique por aquí y allá tras sus deleites olorosos. Soy consciente de que no está permitido dejar a un perro sin su correa, pero no quiero privarle del disfrute, pobrecito mío, pegando cuatro saltos en la hierba y jugando como un cachorro –a sus casi diez años- con algún otro perrito juguetón de su tamaño.

Los bancos al sol los días de sol están muy solicitados. En el lado derecho del parque se sientan “las chicas” y en el derecho “los chicos”. Tengo que averiguar cuál es el criterio de separación de sexos, abueletes por un lado y abuelitas por el otro. Con cuidadoras o sin ellas al lado, se forman grupitos que ya se van conociendo y tienen cita ineludible cada día a la misma hora. Con el mal tiempo, se les puede ver por las cafeterías del barrio apurando cafesconleche. Si me dejan, pillo sitio y me quedo mirando al infinito tras el que zascandilea mi perrito.

Primero llega una, la primera, se sienta y me saluda. Luego la segunda, también puntual. La tercera –que va en silla de ruedas empujada por una joven latina- siempre llega un poco tarde y no dejan de hacérselo notar: ella mira a su cuidadora con ojos sonrientes y le echa la culpa, faltaría más. Me preguntaron la edad el primer día que coincidimos y me dijeron que “era una cría”. Por comparación, lo soy, obviamente. Ellas rondan los noventa y hablan de cosas sencillas, pero no por ello poco interesantes. De lo que van a poner para comer el domingo para agasajar a los hijos/nietos/bisnietos que les visitarán o de los zapatos supercómodosbuenosybaratos que han comprado en las rebajas este año. Del tinte que les dan en la pelu que “ya no les coge tan bien como antes” y de la merienda con chocolate con churros que toman cada sábado, religiosamente, después de la misa vespertina.

No les he escuchado todavía hablar de médicos ni de enfermedades, ni quejarse de casi nada, excepto de la mala educación de la chavalería que evitan minuciosamente en cuanto se abren las compuertas del colegio vecino. Hay una que tuvo perro y me pregunta por el mío: dice que se le murió a la par que el marido y que ya no quiso tener otro. Las otras le ríen el chiste; yo también. Me preguntan a ver si mi madre está viva: les digo que sí. Que si vive feliz como ellas: les digo que no. Y no insisten más.

Elur se cansa de corretear y vuelve a mi lado para que le llene de agua el cuenco de plástico que siempre llevo conmigo. Satisfecha su sed, se queda bajo el banco a la sombra a esperar que me entre el hambre y decida emprender la retirada.

A la tarde/noche tengo que buscar otro rato para volver a sacar a mi perro a la calle. Si es hora de bares todavía tira hacia la plaza donde sabe dan pintxo pote: le encanta husmear a pie de barra buscando migas de croqueta o de tortilla de patatas. Se pone las botas el tiempo que a mí me dura un zurito de charla con los amigos o vecinos del barrio. Socializamos muchísimo, él con otros perros y yo con sus dueños.

Y luego me da por pensar que mi querido Elur ya va acercándose al último tramo de su vida, que al igual que las ancianitas del parque tan sólo desea que sus días sean tranquilos, sosegados al sol, jugueteando a arrancarme los calcetines para poder lamer mis pies y, a su manera, eso lo sée, decirme que me quiere tanto como yo lo quiero a él. Entonces miro con otros ojos a esas mujeres tranquilas al sol y pienso que quizás ellas también sienten lo mismo sobre sus vidas ahora…

Una vida sencilla la nuestra cuando estamos juntos Elur y yo, lo que se dice malamente dicho “una vida de perros”.

En fin.

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Sobre el autor Cecilia Casado
Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.

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