Diario Vasco
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Autor: A partir de los 50
La necesidad de hablar con los demás
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Cecilia Casado | 01-02-2017 | 8:17| 0

 

Una de mis pequeñas pesadillas viajeras ha consistido en tener que soportar –en un tren, en un avión- la compañía de un desconocido locuaz, de esos que empiezan a desgranar su biografía antes de arrancar/despegar y matan su tiempo (a la vez que asesinan el tuyo) con peripecias personales que suponen son de interés general (y de quien se sienta a su lado en particular). Ante estos desmanes irrespetuosos me protejo admirablemente con un: “lo siento, voy a leer un rato” o “disculpe, pero tengo mucho sueño”. Dicho con una sonrisa y voz amable no suele ser mal interpretado el mensaje…

Pero últimamente estoy experimentando un cambio en mi disposición a la escucha pasiva, atendiendo a lo que me quieren contar y sin enervarme ni sentirlo como una invasión a mi privacidad. Tengo que aclarar que se trata de trayectos cortos o muy cortos, los que me llevan de vuelta a casa desde algún punto de la propia ciudad: en el bus.

Digamos que suelen ser señoras mayores –mayores que yo, quiero decir-, que se sientan confiadas a mi lado y aceptan mi sonrisa como una invitación a la charla amigable y explicadora. Ayer mismo, una guapa señora de unos setenta me contó –a lo largo de seis paradas- la intervención quirúrgica de su marido “a vida o muerte”, lo bueno que era el cirujano y el equipo médico, la estupenda atención hospitalaria, cómo los hijos se han volcado en el padre y ella, feliz de poder retener a su marido un tiempo más a su lado aunque tenga que subir cada día al hospital a estar con él varias horas, que a dormir no se queda, que no le dejan los hijos que ya se ocupan ellos. Y que le lleva sudokus que le encantan aunque antes hacía crucigramas, pero ya ves, cosas modernas…

Y resulta que me acuerdo de cuando mi madre me contaba de las “amistades” que hacía en el autobús de regreso a casa de misa de ocho en los Jesuitas, que se conocían todos y se saludaban y animaban en las pequeñas cositas del día a día que les daba tiempo a contarse en los quince o veinte minutos de “tertulia autobusera”.

¿Realmente hay tantas personas que tienen necesidad de hablar porque están solas o es simplemente una peculiaridad más de la personalidad? Lo que sí es cierto es que si voy sonriendo me habla la gente en la cola del súper o en la pelu aunque no me conozcan de nada (y en el bus no digamos) o sea que puede ser algo inducido por mi parte también.

Yo también tengo necesidad de hablar, faltaría más. Pero cuando uno considera que su baremo es el mismo que el que tienen los demás, es decir, familia, amigas, personas allegadas con quienes compartir las pequeñas quisicosas diarias, no para mientes en aquellos que están tan necesitados de hablar que aprovechan la oportunidad que les brinda la proximidad inevitable de un transporte urbano.

Ya no me limito a escuchar y poner cara de póquer sino que deslizo alguna preguntilla inocua para que esa persona se dé cuenta de que me interesa lo que me cuenta, aunque nuestro encuentro/relación sea tan fugaz. Me imagino a mí misma en alguna situación deprimente o depresiva, echando mano de cualquier ciudadana (o ciudadano) que esté al alcance de mi necesidad –en un banco del parque, mirando una exposición, haciendo cola esperando a que salga mi número en el INSS- en vez de contar mi vida en ciento cuarenta caracteres porque la soledad se infiltra como los aliens en las naves de la realidad.

Necesidad de hablar, de contar, de escuchar la propia voz; sentir que no se es invisible ni transparente, ni mudo ni sordo por no serlo en absoluto. Necesidad de la mínima proximidad con otro ser humano, simple, sencilla, cierta. En vez de quejarnos, comuniquémonos más…

En fin.

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Esas cartas que escribimos las madres…
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Cecilia Casado | 31-01-2017 | 7:15| 0

 

“Querida hija mía:

Hoy es el aniversario de uno de los días más felices de toda mi existencia, aquel en el que, hace ya treinta y seis años, tú viniste a este mundo.

No voy a recordarte con estas líneas las anécdotas bellas de tu nacimiento porque de tanto contarlas ya te las sabes de memoria. Quizás algún día, cuando me falle la memoria o la ilusión, seas tú misma la que puedas hacerme el regalo del recuerdo para poner en marcha la maquinaria emocionada de la nostalgia.

Pero hoy todo es alegría y por partida doble. No es este un cumpleaños cualquiera sino especial porque tienes a tu lado por segundo año a tu preciosa hijita, tu bebé, mi nieta/pajarito.

Siento que ya necesito regalarte muy pocas palabras; siento que ya lo entiendes todo sin necesidad de que yo hilvane recuerdos y adjetivos. Has llegado tú también al extraño reino de la maternidad, allí donde el amor reviste de paciencia las noches insomnes, allí donde el mejor premio es una sonrisa, un lugar en el que las reglas cambian porque lo único que importa es que esa nueva y amada criatura abra sus ojos cada mañana llevando a la vida –a tu vida- una mirada de amor, esperanza, fuerza e ilusión. Ahora ya sabes qué se siente cuando se tiene en brazos a una criatura; ahora podemos estar más cercanas tú y yo, juntas en el círculo que gira alrededor de tu querida hija, mi querida nieta.

Hoy te felicito porque es un día magnífico, para ti, para mí, para la familia que has formado, para el mundo en el que participas aportando tu granito de arena –o un gran puñado- ayudando a los demás.

Hoy te felicito porque eres mi ejemplo, porque ya desde siempre buscabas dónde implicarte, cómo compartir, la forma de ayudar. Buscabas tu camino y lo encontraste. Al principio creí que lejos de “casa”, hasta que me di cuenta de que la “casa” va con nosotros en el corazón aunque el cuerpo esté a miles de kilómetros de distancia del lugar donde se viene al mundo.

Zorionak, mi queridísima Xixili del alma, mi niña grande, mi pequeño sueño convertido en gran verdad. Felicidades por ser como eres, por estar viva y llena de energía, por el regalo de la vida que es una cadena entre todas las mujeres que nos han precedido y nos seguirán.

Hoy haremos un “skype” gracias a la tecnología que dulcifica distancias; te cantaré el Zorionak zuri en vez de “las mañanitas mexicanas”, pero las lágrimas de la lejanía ya habrán desaparecido de mis ojos a través de estas palabras que dejo aquí, prendidas del débil e invisible hilo de Internet, el único cartero amable que queda entre quienes están demasiado lejos para poder abrazarse en los días especialmente felices.

Gracias por estar ahí cuidando también de mi vida…aunque tú no lo sepas.

Te amo, neska pollita.

Mmmy.”

 

¡Qué rápida se me está pasando la vida, treinta y seis años ya!

Y curiosamente sigo sintiendo que tengo “toda la vida por delante”, a pesar de las arrugas de tanto calendario.

No me gusta mirar al pasado, pero a veces hace falta reflexionar y volver a tomar conciencia del punto exacto en el que nos hallamos. La impermanencia de las cosas, los sueños que se han perdido por un agujerito en el bolsillo del corazón, lo poco que apetece llorar y cuánto se añora la risa… todo eso, en fin, que uno siente y no siempre acierta a contar…aunque sea ante el propio espejo.

En fin.

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Pablo Ruiz Picasso (1938)

 

 

 

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¿Tienes miedo a la jubilación? -Un nuevo proyecto en marcha-
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Cecilia Casado | 27-01-2017 | 7:28| 0

 

Conviene aclarar que “jubilación” viene de jubileo, no de júbilo.  De jubilar3, infl. por jubileo, festividad celebrada cada 50 años, porque la jubilación se daba tras 50 años de servicio. (RAE) Quizás sea por eso que, llegado el momento, el común de los mortales afronta la jubilación con el canguelo propio de las situaciones desconocidas y que tienen “mala fama” de sobrellevar.  Curiosamente –y como contradicción más que admitida- casi cualquier trabajador está deseando dejar de hacerlo y disfrutar de lo que quede de calendario acogiéndose a la “ley” del mínimo esfuerzo.

Este post está dirigido a aquellas mujeres y hombres que o bien tienen la jubilación a la vuelta de la esquina o acaban de acceder a ella y… no tienen muy claro cómo afrontarla.

Vamos a dejar de lado los lugares comunes como: “cuidar de los nietos” o “viajar con el Imserso”, porque ni todo el mundo tiene hijos que demanden se les eche una mano con los suyos propios ni son mayoría quienes gustan salir de casa a pasar una quincena en lugares veraniegos semidesiertos fuera de temporada. Vamos a dejar de lado los topicazos sobre los jubilados que se sientan al sol con la mirada perdida en el infinito dando de comer a las palomas o los que se dedican a “mirar obras” en la calle.

Por el contrario, quienes estamos en el umbral indeterminado de pasar a la “tercera fase” de nuestra vida activa -aunque no sea laboral-, vamos a darnos la oportunidad de reflexionar sobre cómo llenar ese inmenso páramo de horas que se suceden desde que nos despertamos hasta que nos sentamos a cenar dando por concluida la “jornada”.

Para ello no existen soluciones genéricas ni panaceas alquimistas que curen el “mal” de no tener nada que hacer. Existen soluciones, sí, pero a nivel individual únicamente, allá donde la persona es capaz de hacer una reflexión profunda y permitir que brote de su interior esa vocecilla que le ha estado chivando en sordina durante muchos lustros lo que “verdaderamente” le gustaría llevar a cabo.

Pero el problema es que no todo el mundo escucha esa voz; hay quienes se quedan “en blanco”, aturdidos, desorientados, sin saber en qué ocupar su tiempo de vida, como si les hubieran amputado junto con la rutina laboral los mecanismos para desenvolverse y realizarse como lo habían hecho hasta ahora. Prueba de ello es que muchos profesionales liberales (o no sujetos a contrato por Cuenta Ajena) dejan pasar con poco disimulo la posibilidad de jubilarse y siguen y siguen hasta una edad en la que –ya casi por fuerza mayor- las circunstancias les obligan a dejar de trabajar definitivamente. Son personas que dicen amar el trabajo que hacen por encima de todas las cosas y que quizás estén ocultando el horror vacui que a cualquiera le puede asaltar pensando en todos esos días, meses y años en los que ya no sonará el despertador ofreciendo una perfecta excusa para vivir según la rutina en vez de ofrecer la maravillosa libertad de elegir cómo vivir la vida.

Este post no es retórico como otros que he escrito. Este post tiene un fin concreto y bien determinado, que no es otro que propiciar un intercambio de pareceres, ideas, soluciones y posibilidades al tema de la jubilación para quienes estén a punto de jubilarse o acaben de hacerlo. El intercambio quedaría fuera de los comentarios en el blog, sería REAL y PRESENCIAL, no virtual.

En la ciudad de Donostia-San Sebastián, empezaríamos con una primera reunión en un local público para exponer ideas y verse las caras y seguir después con encuentros periódicos en función del desarrollo de dichas ideas. Algo así como formar un “Club atípico del Jubilado”. (O como se nos ocurra llamarlo)

No es la primera vez que animo a los lectores del blog a participar en una actividad fuera de lo meramente virtual y dar el salto al otro lado de la pantalla. Hasta ahora las respuestas han sido más que satisfactorias para quienes dieron el paso (Club del Blog A partir de los 50 y Círculo de Mujeres –que siguen funcionando, el primero después de seis años y el segundo a punto de celebrar su primer aniversario.)

Este nuevo pequeño proyecto verá la luz con el apoyo individual de quienes en él deseen participar. La única colaboración que se pide es las ganas de hacer cosas y el deseo de compartir una circunstancia común.

Hoy sí que la coletilla final del post tiene un sentido literal y bien real.

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 Nos ponemos en marcha porque, jubilados o no…La vie est belle!

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Familias “desestructuradas”
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Cecilia Casado | 25-01-2017 | 7:58| 0

 

Hay que tener mucho cuidado con las palabras. A fuerza de repetirlas como loritos se puede acabar creyendo realmente en conceptos sin fundamento lógico alguno como si fueran auténticos dogmas. Es el caso –en mi opinión más que baqueteada en el tema familiar- de lo que se ha dado en llamar en los últimos tiempos una “familia desestructurada”.

Les dicen así a las familias nucleares en las que –casi siempre- los padres se han separado o divorciado arrastrando con ellos la estabilidad emocional y psicológica de los hijos hacia un pozo oscuro de aguas turbias. Es un término que alguien empezó a utilizar porque quedaba mejor que llamarlo por su nombre, porque una familia desestructurada no es otra cosa que un modelo de familia que la sociedad, la moral imperante e incluso algunos profesionales del ramo de la psique juzga y condena por sacar los pies del tiesto. Es decir, una familia “disfuncional”, que “no funciona como Dios manda”, siendo este un concepto discutible, ambiguo, subjetivo e injusto porque siempre estará supeditado a las normas, criterios y juicios (y prejuicios) de “ese Dios que manda”.

Sería tanto como decir que una empresa ha quedado desestructurada porque uno de sus directivos ha dimitido y ha sido sustituido por otro aparentemente más capaz; sería tanto como creer que un gobierno está desestructurado porque sus próceres o gobernantes tengan puntos de visión diferentes entre sí o que, más sencillo todavía, que la vida de cualquiera está desestructurada porque cambia de trabajo, de país, de pareja, de opinión ejerciendo la libertad que como individuo posee.

Estructurar significa según la RAE: “articular, distribuir, ordenar las partes de un conjunto”. Así que desestructurar significaría privarle a ese conjunto de sus cualidades básicas. ¿De verdad creemos que este concepto puede aplicarse con tino a las relaciones afectivas, a las raíces familiares?

Pero se utiliza, vaya que si se utiliza la palabreja (que ni siquiera está en el diccionario) para señalar con el dedo a quien se sale del tiesto. Como cuando me dijeron que yo había desestructurado mi familia al divorciarme; como cuando creemos que provenimos de una familia con tal sambenito porque no tenemos buena relación con alguno de sus componentes. Como los que piensan ingenuamente que no se reúnen todos por Navidad porque “la familia está desestructurada”.

¿Sabemos realmente lo que estamos diciendo? Igual es que volvemos unos cuantos lustros atrás para darles la razón a aquellos que determinaron sin consultar a nadie cuáles tenían que ser los “pilares de la sociedad” y le dieron el número de la suerte al concepto FAMILIA para que quedara bien claro que quien no se aviene al clan, quien se separa del meollo de la sociedad, quien “no tiene una” queda automáticamente “desestructurado” de la Sociedad.

Me ha costado mucho darme cuenta del engaño, de la estafa, de la inmensa falacia que es esto hasta que he llegado a la raíz profunda de la cuestión, que no es otro que el concepto de “familia cristiana” –religión que nos han inculcado mayoritariamente en la cultura occidental- en la que imperan valores como el respeto a la jerarquía y obediencia a los mayores (abuelos, padres, primogénitos), ayuda y colaboración mutua (extendiéndola hasta cualquier límite por injusto o ilógico que este sea) y aceptación sumisa de las normas que el Pater familias o en su defecto la Mater amatisima decida imponer.

Como es obvio en toda familia que se precie habrá alguien con la suficiente claridad mental y sentido común como para rebelarse ante esa “disciplina del amor” y echar a correr o acaso intentar negociar lo que con el tiempo comprenderá que es innegociable.

Las familias desestructuradas me parecen un lujo a día de hoy, entendiendo como tales aquellas que han conseguido romper la estructura férrea, oscurantista, egoísta, abusadora e indigna que podía mantenerlas unidas. Una familia en la que se pone freno a desmanes, abusos, injusticias, incoherencias. Una familia en la que sus componentes se revuelven contra quien marca normas dolorosas o realiza actos indignos y queda vacía o tan sólo llena de un desierto afectivo quizás tenga mucho más mérito que aquella otra que mantiene una estructura aparente a base de vigas carcomidas y puntales ocultos que –qué duda cabe- acabarán cayendo estrepitosamente cuando alguien tenga la suficiente valentía, claridad mental o fuerza para darle una patada y desestructurarla.

Así que no he aceptado que me contaran cuentos navideños de pena porque hay familias que no se juntan –ni se juntarán jamás- ni en esas fechas ni en otras. Me parece perfecto, coherente, sano y más que justo que las cosas estén claras y quien no se soporta ni se quiere, porque no hay ya ni respeto ni ilusión ni nada de nada, se desestructure cada uno a su conveniencia y busque proteger su salud psíquica alejándose de influencias que le resultan negativas.

Llego –por fin- a la conclusión de que mi familia de origen no está desestructurada sino con muy buena salud porque cada uno de sus miembros ha encontrado el camino vital que le es necesario sin doblegarse ya nunca más a la peregrina idea de formar “una familia como Dios manda”.

En fin.

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Salvar vidas desde el sofá de casa
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Cecilia Casado | 23-01-2017 | 8:00| 0

 

Hay días en que amanezco con el trigémino hinchado. Quiero decir que ya desde el punto de la mañana aparece el típico salvavidas tocando las narices al personal con su “buenismo de sofá” pidiendo firmas por whatsapp para arreglar el mundo. Y no es que esté en contra de las campañas de recogida de firmas para presionar a Gobiernos o estamentos para desfacer entuertos sociales y humanitarios–que mucho Change.org tengo consumido- sino que lo que me enfada es la facilidad con que el personal se autoengaña con una solidaridad de tres al cuarto dándole a un clic desde el sofá de la sala o la silla de la cocina.

¿Que se están muriendo de frío miles de refugiados en Europa? Pues nada, tú firma una petición a la autoridad competente de turno y ya entran en calor y se quedan tan agustito los que padecen hipotermia.

Si es que… de verdad, que se me hincha la vena ante tanta estupidez congénita (o adquirida con el paso del tiempo). Porque cuando les dices –a estos salvadores- que por qué no ingresan 100 eurakos a una ONG que esté in situ ayudando a los emigrantes te sueltan el discurso de “a saber qué harán con mi dinero” y te dejan con la palabra en la boca porque han quedado para cenar –o lo que sea.

Luego están las recogidas de ropa VIEJA, que tiene bemoles la cosa que vayas a dar tu abrigo raído o tu plumífero desmochado –que ya no usas porque está hecho una birria- y uno se crea honestamente que está ayudando al que pasa frío. Vamos, hombre, si es que hay que ser muy cafre. Vete a una gran superficie –que están de rebajas- y compra un anorak como Dios manda, que repela el frío y aguante el magro calor humano. Compra unas botas nuevas que no calen el agua ni la nieve y tira a la basura las viejas tuyas que ya no te pones porque están hechas una porquería.

¡Qué buenos y solidarios somos firmando una y otra vez y llamando a la mensajería de turno para que recojan en casa nuestra ropa vieja y, de paso, hacer limpieza de armarios y deshacernos de lo que nos sobra en el trastero!

Vale que yo también podría haberme marchado a una isla de Grecia a cocinar para los desafortunados o dar la mitad de mi pensión de jubilación a una ONG de mi simpatía. Vale que no soy ejemplo de solidaridad humanitaria ni de caridad cristiana ni de la otra, pero por favor, dejad de comerme la oreja con tanto activismo de sofá dándole a la tecla para poner el DNI y mi firma digital…

Cuando queremos ayudar al prójimo porque consideramos que pertenecemos a una parte privilegiada de la sociedad, hay muchas maneras efectivas de hacerlo. Mucho más efectivas que andar con mensajitos supuestamente bondadosos mientras agarramos la cartera con ambas manos para que no se nos escurra ni un solo billete.

Desde que comenzó la tragedia del Mediterráneo hay varias asociaciones generosas que se dedican en cuerpo y alma (sobre todo cuerpo) a salvar vidas in situ. Esas “empresas” son las que necesitan nuestro apoyo ECONÓMICO, y no firmas en pliegos digitales.

Proactiva OpenArms es una de las fundaciones pioneras. ¿Nos ayudas con algo más que buenas palabras?

https://www.facebook.com/proactivaservice/

Lo que cueste una cena, unos gintonics, el enésimo pantalón que no necesitamos, una sesión de peluquería, lo que gastamos un fin de semana con los amigos sin echar cuentas… porque nos sobra… ¡vaya que si nos sobra dinero!

Y las firmas también, pero después de una ayuda más real, más tangible, más eficaz y más humana.

En fin.

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Sobre el autor Cecilia Casado
Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.

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