Diario Vasco
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Autor: A partir de los 50
Trucos para ligar a partir de los 50
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Cecilia Casado | 26-01-2018 | 8:22| 0

 

Nada más escribir el título de este artículo me doy cuenta de que debería tener dos capítulos, el de ellas y el de ellos, pero como siempre digo que no hablo más que de lo que sé, los trucos masculinos (en caso de que existan) los voy a tener que dejar de lado. También pienso a priori que no voy a poder evitar caer en alguna generalidad más o menos vulgar, pero es inevitable, ya iremos separando el grano de la paja como podamos.

En primer lugar, he dicho “trucos”, y el que no sepa lo que significa que mire en el diccionario y se sorprenda. Lo digo para que no nos llamemos a engaño, que mis palabras no tienen “truco” y buscan literalmente lo que proponen. Es decir –por si alguien anda perdido entre la maraña del DRAE-, un truco es una trampa. Ni más ni menos. Pero sigamos.

Para atraer a alguien con fines más o menos erótico/románticos –por delimitar el concepto “ligue”- hay que engañarle, hacerle morder el anzuelo, hacer sonar un cascabel sobre su cabeza y conseguir que quede hipnotizado. Horadar el suelo bajo sus pies para que pise en falso y caiga –rendido- hasta el fondo, como en toda trampa que se precie. Y luego, obviamente, arrancarle la piel para darle buen uso y comerse su carne para alimentar el ego. (Eso es ligar, de amor mejor ni hablamos)

Las mujeres mayores de cincuenta años lo podemos hacer de las siguientes maneras (y todas efectivas aunque se repitan, que el macho de la especie no toma apuntes y es olvidadizo. Hablo en plan hetero porque es el que practico habitualmente).

1.- Truco de decir que se es más joven de lo que se es.  Mediante palabra (mentira podrida), acción (cirugía) u omisión (callando como muertas) Infalible. Si alguna vez “juego” a decir que tengo 50 años puede que me miren dos veces, pero se lo creen porque les interesa. Sobre todo si el interfecto tiene como mínimo diez más.

2.- Truco de dejar que el hombre hable TODO EL RATO de sí mismo. Para eso hace falta más bien poco; un par de preguntas dejadas caer como quien no quiere la cosa aquí y allá y al cabo de unos veinte minutos lo tienes listo para casi lo que quieras. Se puede rizar el rizo poniendo morritos y salpicando su monólogo de unos cuantos “ohhhs” y “ahhhs”. A este respecto se pueden aprender técnicas rápidas en un programa de citas de la tele; impagable como manual aunque infumable como modelo de nada.

3.- Truco de hacer ver que tenemos unas ganas horribles de irnos a la cama con “alguien como él”. Si no está demasiado borracho, nos responderá que él está loco de ganas de acostarse con alguien como nosotras. Directo al ego, es un golpe arriesgado pero casi siempre mortal. (Para él, of course) Ojo, la coyunda que no sea nunca en la casa propia. A tal fin conviene inventarse una tía anciana o un perro con malas pulgas.

4.- Truco de irse a ligar a otra ciudad que no sea Donostia porque aquí no “pilla” ni el apuntador como no sea a partir de las dos de la mañana y ya se sabe, a esas horas, los hombres y las mujeres son como los lavabos de las gasolineras: “o están ocupados o hechos una porquería”.

Los tímidos no salen mucho como no les arrastre algún grupo, los activos –aunque sean tímidos- están emparejados y los recién divorciados se creen los reyes del mambo y se van a las discotecas latinas donde impera el totumrevolutum de la necesidad a ritmo de bachata. De los viudos sé más bien poco excepto que una vez salí con uno a tomar una copa y se pasó el rato hablando de cuánto añoraba a su difunta.

Las divorciadas con muchos años a la espalda lo queremos todo y a la vez no necesitamos apenas nada. Quizás una alegría para el cuerpo o alguien con quien compartir mantita y peli; también siguen sobreviviendo algunas romanticonas que siguen dando la matraca con lo de la “media naranja” o “el hombre de mi vida”; no sé, no conozco a muchas…

En cuanto a cómo hacen los hombres de 50 años o más para ligar, no tengo ni idea, porque me parece que, caso de intentarlo, tan sólo lo hacen con mujeres que tengan como mínimo 15 años menos que ellos o con mujeres que tengan como mínimo 15 cms. más de perímetro que nosotras.

Quiero decir que a mí “no me entran”, ellos también acusan y recuerdan el maltrato recibido en las discotecas de los años ochenta por aquellas mujeres jóvenes (nosotras mismas) que nos divertíamos “dando calabazas” y que nos hemos convertido en mujeres poco simpáticas que nos seguimos creyendo que guardamos encantos ocultos para seducir al macho de la especie. Ahí hemos perdido todos, mujeres y hombres, por no saber vaciar la mochila de viejos estereotipos… pero eso sigue siendo una opción personal.

O sea que este fin de semana, al cine con las amigas  y luego a hacer risas sobre nosotras mismas sin molestar a nadie.

Felices los felices.

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Todo es tan inestable…
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Cecilia Casado | 24-01-2018 | 8:31| 0

 

Tuve un novio durante cinco años y cada vez que le preguntaba “¿me querrás mañana?”, me contestaba: “mañana te lo diré”. Obviamente era una broma entre nosotros, una especie de pequeño dislate necesario para recordarnos lo efímero del amor –y de la vida si vamos a eso. Un buen día se me olvidó hacerle la pregunta retórica y él no me lo echó en cara, pero nos fuimos distanciando poco a poco porque nuestras vidas eran paralelas y ya se sabe que esas líneas nunca se juntan. Hoy en día, de vez en cuando nos saludamos desde la vereda de nuestro propio camino y, si tenemos el capricho, nos tomamos un vino juntos.

Todo es tan inestable…

Tuve un trabajo durante treinta y seis años y cuatro meses y cuando aún faltaban diez años para alcanzar mi fecha de obsolescencia programada me encontré haciendo un camino sin retorno hacia las filas del personal desechado (ya que todos somos desechables). En dos bolsas reutilizables cupieron mis soportes de toda una vida laboral: algunas agendas viejas, fotos de comidas de hermandad ¿?, el sacapuntas de bola de nieve, los imanes de los pitufos y los dibujos infantiles que mis hijas me regalaban aunque no fuera el día de la madre, y allí se quedó “mi mesa”, y no dejé más huellas que las digitales en el teléfono o el ratón del ordenador. Todo mi ADN emocional me lo llevé conmigo.

Todo es tan inestable…

Tuve amores y amistades que fueron prioridades del momento en que las vivíamos, sueños compartidos y varias manos tirando del mismo carro ilusionado, proyectos que un buen día pasaron de ser “una opción más” a “una opción sin más” y que quedó abandonado por consunción o aburrimiento de los arrieros. Aunque se intente darle un pretendido halo de poesía al abandono de las ilusiones, éstas se quedaron flotando en el viento junto a los jirones del tiempo compartido.

Todo es tan inestable…

Nada hay que se mantenga sin peligro de cambiar, todo es susceptible de caer o desaparecer de la noche a la mañana. Basta un instante. Tan sólo un instante para que aquello que jurábamos  permanecería en el mismo lugar durante mucho tiempo cambie de estado sólido a líquido –lágrimas, lluvia que convierte la tierra en lodo- y luego a gaseoso –para expandirse indefinidamente- como el aire hueco y vacío de la ausencia.

Quizás cada persona necesite aferrarse a una pequeñísima parcela de inmutabilidad, allí donde florece el amor más intenso, más arraigado, quizás el más puro: el amor elegido, buscado, sembrado, cuidado, protegido y amparado. Eso siento cuando veo a mi hija mayor mirando a su pequeña hija, mi adorada nietecita, y nos coincide la mirada un instante, se nos confunde el reflejo amoroso, el que yo siento por ella y ella siente por su bebé…

Quizás no todo sea tan inestable…

Felices los felices

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Reflexión del lunes. Consejos envenenados
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Cecilia Casado | 22-01-2018 | 8:48| 0

 

Pedir consejo u opinión ajena cuando tenemos dudas de cómo llevar a cabo una acción –del tipo que sea- es una actividad bastante poco extendida por el planeta humano. No sé qué es mejor –yo también dudo-: si es preferible correr el riesgo del error a través del aprendizaje o asegurarse de un cierto “éxito” gracias al aporte del “conocimiento” ajeno añadido al propio.

Durante la primera época de mi vida me sentía muy segura de mí misma. (Curiosamente debería haber sido al revés, pero bueno). Tanto es así que tomé decisiones brutales –como casarme a los seis meses de conocer a un hombre- sin encomendarme ni a dios ni al diablo, con una especie de autosuficiencia que no estaba exenta de soberbia (ahora lo sé). Después, en la segunda época –ésta que atravieso y que espero dure lo más posible en condiciones aceptables- ya me he ido pensando más las cosas, reflexionando y, sobre todo, pidiendo opinión a quienes supongo también reflexivos, esas personas de mi confianza cuya visión del asunto personal no va a adolecer de imparcialidad e incluso de dureza.

De esta manera mis decisiones y giros de timón han sido más conscientes, más elaborados y menos impulsivos. Evidentemente, la decisión final y la responsabilidad de las consecuencias de mis actos es únicamente mía, las complicidades emocionales no son denunciables ante un juez… de momento.

Pero lo que nunca he hecho ni haré así viva ciento diez años es ampararme en el “visto bueno ajeno”, buscar un “nihil obstat” sin valor alguno, para llevar a cabo una acción objetivamente deleznable. Es decir: sabiendo que un acto es intrínsecamente reprobable en el sentido moral, ético e incluso social, pedir opinión y consejo a personas de la propia cuerda para oir lo que uno quiere oir para reafirmarse en la dura decisión que se quiere tomar y para la que está demandando testigos y cómplices emocionales, una especie de “seguro” para quitarse la responsabilidad de encima y diluirla entre los “consultados”.

Ejemplos tengo de todos los colores; ejemplos personales, padecidos en mis carnes e infligidos por mis progenitores que cuando “no podían conmigo” se ampararon en el criterio de aquello que se llamaba (y que mucho me temo se sigue llamando todavía) el “director espiritual” para hacer cosas tan “educativas” como apartarme del seno familiar mediante el internamiento en un lugar de pesadilla o –una vez comprobada la ineficacia del palo, la férula y el castigo,- expulsarme de la vivienda familiar para no tener que seguir lidiando con mis ideas o criterios de veinteañera rebelde y reivindicativa.

Cuento aquí mi caso personal –ya sin rencor ni acritud, que no soy de guardar mohos en la recámara- para levantar mi voz y expresar mi indignación en contra de aquellos padres y madres que hoy en día todavía “se quitan de en medio” a un hijo molesto con quien no saben gestionar ni mucho menos desarrollar el supuesto amor que le deben por el hecho de haber deseado –en algún momento del pasado- a ese hijo.

No hablo de hijos delincuentes, drogadictos, ni violentos. Hablo de los hijos que vienen a este mundo con el derecho bajo el brazo de recibir amor y cuidados y se encuentran –por incapacidad y falta de generosidad de sus progenitores, incluso de la propia madre- arrojados fuera del hogar familiar “porque están hartos de ellos”.

Quizás ellos solos no se habrían atrevido a hacerlo, pero como han pedido “consejo” y les han dicho lo que querían oir, pues igual resulta que les han colado “un consejo envenenado y peligroso” de cuyas consecuencias tan sólo van a ser responsables ellos mismos. Vaya usted a pedir cuentas al maestro armero cuando descubran que les han aconsejado mal…

En fin. (Hoy no pongo “felices los felices” por motivos obvios.)

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Angulas de verdad
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Cecilia Casado | 19-01-2018 | 8:25| 0

 

Soy lo suficientemente mayor como para contar en mi recuerdo con un tiempo pasado en el que, en las fiestas de invierno, se comía angulas. Mi abuela me contaba que antes de que fueran signo de “mesa pudiente”, había sido el pollo el rey de la fiesta, en una postguerra en la que unos tenían mucho y lo ocultaban y otros teniendo poco lo escondían también.

Hay un salto inmenso en cuanto a poder adquisitivo desde los años sesenta hasta los ochenta que es cuando comíamos angulas con cierta naturalidad quienes teníamos en aquella época un relativo buen sueldo a fin de mes. Nos parecía justo y equitativo realizar dispendios pillados por los pelos aunque –o precisamente porque- la generación anterior hubiera pasado una guerra y padecido la inevitable escasez alimenticia. Pero éramos jóvenes, qué puñetas, y nuestra biografía no guardaba (todavía) esos rincones oscuros del poco poder adquisitivo e incluso del hambre que padeció parte del país al que le pilló el golpe de estado del 36 en el lado equivocado, aunque ciertamente legal.

Éramos jóvenes, insisto, y el futuro nos pertenecía; y mientras devorábamos con ansia el presente nos deleitábamos con las pequeñas libertades posibles a la vez que poníamos en nuestra mesa algún que otro manjar. Como las angulas “de verdad”, aquellas que eran blancas o negras –según el color del lomo- y que íbamos a comprar a Hendaya vivitas y coleando para luego matarlas con agua y tabaco, cocerlas y comérnoslas en raciones de casi un cuarto de kilo  por persona, a lo grande, para desviar otras cuitas -que nada tenían que ver con el estómago- a la trastienda donde se acumula lo polvoriento, lo que demasiadas veces se piensa que se puede dejar para tiempos mejores, esa dichosa procastinación que suena a delito en el Código Penal y que, sin haberse inventado todavía, ya utilizábamos con más bien poco rubor.

He comido angulas muchísimas veces en mi vida: en casa y en restaurantes –celebración interpuesta- como un dispendio posible y nada inmoral, menos caras resultaban entonces que los menús degustación que ofrecen ahora los restauradores estrella y que a nadie que los frecuenta se le mueve un pelo por gastar en una comida de cuatro personas incluso más que el sueldo mensual de un trabajador de base.

Y había mucha gente a la que no les gustaban, las angulas, esos “gusanos” que a saber qué lodos del río arrastraban cuando se pescaban de madrugada con fanal en el Urumea o el Bidasoa. Comer angulas era un poco sibarita, como beber champagne en vez de cava o sidra champán –que hizo furor en la generación de nuestros padres.

Con el tiempo se socializaron las crías de la anguila y pasaron a las grandes superficies donde había que hacer colas de horas para comprar máximo un kilo de tal supuesto manjar al precio –al cambio de hoy- de unos sesenta euros el kilo. No era tanto, por supuesto que no, y allí que nos íbamos con la santa paciencia a cuestas para conseguir nuestro cupo. Eso duró hasta los noventa que fue cuando  llegaron los japoneses (no sé si es una leyenda urbana) y se las llevaron todas para que crecieran por oriente y se convirtieran en adultas anguilas con mucho aprecio –y precio- consideradas.

Entonces surgió el emprendedor por excelencia, el “listillo o visionario” que se decía entonces, que decidió fabricarlas con pasta de pescado, imitarlas haciendo como espaguetis con el lomo pintado, un engañabobos que no parecía convencería a los más listos, un negocio ridículo al que todo el mundo auguró triste fracaso porque…¿quién que haya probado lo auténtico se conformaría con una imitación desnaturalizada?

Es el signo de los tiempos, nuestros hijos han nacido en la cultura de la angula de mentirijillas y quizás nuestros nietos conocerán el jamón falso, el pseudo vino o el güisqui instantáneo y les parecerá bueno y correcto poner cara de deleite con esas imitaciones, como los relojes de oro hechos en China o las personas que parecen buenas y amables y esconden en su interior falsedades sin cuento.

Es el engañabobos por excelencia, la manipulación más increíble, hacer creer a quien jamás ha comido en su vida “angulas de verdad” que las “de mentira” son igual de buenas…y, sin embargo, ya es una gran verdad, o una posverdad avalada por igual por tirios y troyanos.

Con los años me ha pasado con el amor lo mismo que con las angulas; que habiendo probado lo auténtico no soy capaz de mover un dedo por llevarme lo falso como si todos los valores –emocionales y gastronómicos- se hubieran subvertido sin remedio.  No quiero sucedáneos de nada… ni en mi mesa ni en mi corazón.

Y las “angulas de verdad”, esas que siguen vendiéndose al vergonzante precio de 630€ Kg. –venta online directamente del criadero-, ya que no puedo disfrutarlas por impedimentos diversos –digamos que morales y económicos o ambas cosas- las voy a seguir llevando en mis recuerdos al igual que todavía conservo las cazuelitas de barro y los tenedores de madera, junto a las viejas cartas de amor y aquellas utopías  tan hermosas que fueron el motor de la juventud de toda una generación, de aquellos que hemos comido muchas “angulas de verdad” en nuestra vida…

Felices los felices.

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¿Son un timo las rebajas?
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Cecilia Casado | 17-01-2018 | 8:15| 0

 

No voy a decir nada que no sepamos ya –sobre todo las mujeres-, pero me sigue llamando la atención la flagrante insidia con que nos saludan desde sus anaqueles las tiendas de ropa destinadas a hacernos creer que nos están dando duros a cuatro pesetas. Que yo no digo que no haya gangas apreciables o despreciables entre los metros cúbicos de manufactura textil fabricada en países donde la explotación del trabajador campa a sus anchas. Supongo que se puede encontrar alguna prenda estupenda, sin manchas de maquillaje o rouge, con todos los botones en su sitio, sin hilachas aparentes y con las cremalleras en funcionamiento con un descuento sustancial sobre lo que marcaba la etiqueta.

Confieso que he picado…y lo voy a contar. A principios de Diciembre le eché el ojo a un bolso de los que me gustan, con colorines y donde me quepan el paraguas, un libro, las gafas de sol, un foulard de repuesto y un kilo de mandarinas si me cruzo con ellas por la calle y me apetecen. El bolso –con fondo de tucanes exuberantes- no era caro, pero pensé –ay cuánto daño hicieron las abuelas con sus “sabios consejos”- que bien podía esperar unas semanas y comprarlo en las rebajas. Así que esperé al primer día laborable después de Reyes y me fui más que contenta a la tienda de mis sueños.

Efectivamente, allí estaba, en el sitio de honor, mi bolso de tucanes, pero esta vez bajo un letrero que decía “New collection”. ¿¿¿???

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Pregunté con el deseo de protestar y me contestaron dándome la razón –porque era más que evidente-. “Rebajados” estaban una serie de bolsos que yo no había visto en mi visita anterior, obviamente sacados de las catacumbas para las rebajas, pero los bonitos, los de la verdadera temporada otoño-invierno, esos habían renacido de sus cenizas, reinventados, para la “nueva colección de invierno”, con su precio inicial inalterado. Debo decir que, rabiando, pero me lo compré. Rabiando por haber sido tan tonta, por confiar, por haberme privado de un disfrute más extenso…

En las rebajas de las grandes firmas (grandes por lo extensas, no por lo exquisitas) aparecen fardos de prendas impensablemente feas –y baratas- que nadie ha visto durante el otoño/invierno y vienen con la etiqueta del precio en grande y/o fosforito para hacernos creer que nos llevamos un chollo comprando por pocos euros lo que, supuestamente, valía tres veces más en el albarán manipulado del director de marketing de turno.

Pues las cosas no son así, de verdad que no. Que para obtener buenos descuentos todavía hay que irse al pequeño comercio, ése que trabaja con márgenes de este mundo y no del espacio sideral, ése que vende el material a un precio razonable y que, en rebajas, no puede dejarlo a un 70% de su p.v.p. oficial. ¿Quiere eso decir que si un abrigo –por poner un ejemplo- cuya etiqueta marca como precio original 395€ (ejemplo real) me lo están rebajando la friolera de 276,50€? ¿Y todavía siguen ganando? Si las matemáticas no mienten y pago por él 118,50€ estoy manteniendo un negocio que se lleva márgenes absolutamente escandalosos.

Aunque el “pequeño comercio” también va aprendiendo los trucos y retira lo que no ha vendido para Reyes, lo hace desaparecer de estanterías y escaparates, y los rellena con pingos y trapos sacados de algún outlet que hace el agosto cualquier mes del año que se anuncien rebajas. Como no tengo ninguna amiga que se dedique al comercio me faltan datos fidedignos, pero a poco que piense sobre lo que veo me sale la cuenta de la vieja: dos y dos siguen siendo cuatro aunque me quieran engañar con su peculiar aritmética.

Lo que quiero es decir las cosas claras para que “piquemos” lo menos posible. Las rebajas ya no son lo que eran y, excepto que le hayamos echado el ojo a algo anteriormente y comparemos ahora su precio –y su calidad- y lo podamos adquirir más barato y no como me ha ocurrido con el bolso de tucanes, el resto –o casi todo el resto- son artículos fabricados “ex profeso” para la campaña de rebajas.

Que seamos conscientes de que nos dan gato por liebre “low cost” y como hay toda una psicosis colectiva que se encargan ellos mismos de fomentar, para que la gente salga “de rebajas” como si fuera ésta una actividad estandarizada en la vida de los ciudadanos de a pie. Y no es necesidad lo que nos mueve sino consumismo puro y duro a fin de cuentas, pero claro, así tapamos otras carencias que son mucho más difíciles de compensar…

Felices los felices.

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Sobre el autor Cecilia Casado
Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.