Diario Vasco
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Autor: A partir de los 50
Cambrils
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Cecilia Casado | 30-08-2017 | 7:35| 0

Llevo más de veinte años explicando a mis amigos dónde se ubica este pueblo tarraconense al que siempre llamo con el cariñoso nombre de “mi otro mar”. De repente, ya no hace falta situar coordenadas porque todo el mundo lo ubica en su gps emocional por culpa de un hecho luctuoso y triste. De repente, cada vez que digo “Cambrils” la gente se estremece, nos estremecemos todos sin tener que dar demasiadas explicaciones condimentando nuestro imaginario del miedo con escenas truculentas.

Cambrils y cualquier lugar del mapa habitado por seres humanos donde siempre habrá alguien con el alumbrado fundido y la intención de hacer daño en nombre de vaya usted a saber qué paranoia personal o colectiva.

Vuelvo ahora a Cambrils en este fin de agosto en el que gran parte del paí­s anda con prisas para lo que sea: empezar un nuevo curso, recuperar el ritmo laboral o simplemente seguir desesperándose ante la maquinaria de un Estado que quiere y no puede, o acaso sí­ pueda y no quiera, cómo voy a romperme la cabeza elucubrando sobre las neuronas ajenas.

Vuelvo a Cambrils para despedir el verano y los baños de mar, a recuperar el silencio perdido en la ciudad durante las semanas veraniegas de fiesta y multitudes. Piso de nuevo el Paseo Marí­timo y siento lo que ha cambiado, lo percibo a través de mis pies, de mis ojos, del corazón que ralentiza su marcha mientras se va entristeciendo…

La vida sigue, debe seguir en cualquier circunstancia, pero el miedo es acicate cuando los depredadores pueden acechar en la puerta de al lado y se inocula una paranoia inducida para que el colectivo, la masa que se mueve por impulsos y no por razonamientos, dé un paso atrás, un gran paso atrás, y se repliegue a la madriguera que considera segura. De todos los turistas que aman esta tierra aunque no sea más que por su arena dorada, ha habido muchos -demasiados- que han huido con el miedo entre las piernas. No sé si esto es precisamente el efecto buscado, que nos atemorice ser seres humanos, defender la dignidad de nuestras ideas y la vida que hemos construido para los nuestros.

El bar del paso a nivel está casi vacío, tan sólo los habituales del mus y las cañas con olivas siguen fieles a su sitio…porque no tienen otro. La piscina y el jardí­n están solitarios también, recibiéndome con un silencio que siento acogedor aunque esté electrizado de alguna manera.

Mis amigos cambrilenses respiran después del susto -a los que no les tocó vivirlo en primera persona- y de repente les siento un poco más cercanos, como sabiéndonos todos prisioneros en el mismo barco que flota a la deriva después de que el timón se ha roto en pedazos.

De repente, eso que creí­amos que sólo “les pasaba a los demás”, se ha acercado peligrosamente provocando una niebla colectiva que entristece los corazones de muchos y, desgraciadamente, nubla el entendimiento de algunos.

“Mi otro mar” se llama Cambrils y yo también soy Cambrils y Barcelona y Paris y Kabul y Alepo y Teherán y todas las ciudades donde -desde que el mundo es mundo- los seres humanos nos seguimos matando unos a otros por los mismos motivos de siempre: el odio al diferente, el nombre de cualquier dios y, sobre todo y por encima de todo, para seguir manteniendo el negocio suculento de los señores de la guerra, los respetables fabricantes de armas. Incluido este paí­s nuestro, faltarí­a más.

cambrils-atardecer

Una suave brisa mueve los árboles que acarician el barandado de mi terraza; hace calorcito rico, sin exageraciones. Llevo pegado el salitre del baño matutino en un mar limpio, acogedor desde este lado y tumba o limbo agonizante para quienes se adentran en él huyendo de la misma barbarie que hace pocos días visitó esta bonita localidad “dorada” y la tiñó de negro.

Me estremezco pisando las losas donde unos fueron asesinados y otros “abatidos”; no sé qué pensar, pero me temo que tendré que ponerlo en concordancia con lo que siento…

En fin.

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*** Cuadro de María Espinosa García. “Cambrils”

*** Fotografía: Atardecer desde mi terraza. C.Casado

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Semana Grande… ¿tortura grande?
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Cecilia Casado | 28-08-2017 | 7:43| 0

 

Desde hace muchos años paso el mes de Agosto sin moverme de mi casa; no obligada por imperativo laboral alguno a tomar vacaciones a la vez que la marabunta, soy de las que prefiere tomarse las cosas con calma y “hacer guardia” mientras el resto huye despavorido de la ciudad.

Pero el mes de agosto incluye una “semana grande” con fastos populares que suscita emociones de amor-odio según quién sea el entrevistado, porque no es lo mismo quedarse a disfrutar que quedarse en la ciudad a trabajar aplastado por el “disfrute” de los demás.

Justo ayer mismo hacíamos resumen un grupo de mujeres y qué verdad es que cada uno ve la feria según le va en ella. Desde el horror a la multitud que empuja a encerrarse en la “cueva” personal hasta el desmadre cotidiano y nocturno de bares, fuegos, conciertos, copas y trasnoche más o menos divertido.

¿Qué mueve a unos a escapar del ruido y la muchedumbre que atrae a otros hacia lo mismo como polillas a la luz? ¿Es cuestión de edad? ¿De posicionamiento personal? ¿De tener muchos o pocos amigos?

La Semana Grande donostiarra ha superado un año más el desafí­o de salir a divertirse para que no te llamen sociópata o por lo menos de “dar una vuelta para ver el ambiente”, ese pasatiempo tan de aquí que consiste en ir a mirar vestido de punta en blanco.

Digamos que apenas me he movido del barrio; digamos que llevo muchos años en fase “odio las multitudes”; digamos que he cambiado -para bien o para mal- mis prioridades de ocio o digamos -para ser justa- que me he hecho mayor sin eufemismos.

Sin embargo, tengo amigas de mi edad que no perdonan una, que siguen al pie del cañón saliendo cada noche al jolgorio citadino, que trasiegan cubatas con la naturalidad de un tiempo pasado aunque al dí­a siguiente tengan un resacón de padre y muy señor mí­o. Y también tengo otras incluso más jóvenes que yo que cierran puertas y ventanas para no tener que soportar el ruido que viene de la calle aislándose en su propio mundo de bienestar silencioso elegido.

Ahí­ está el amigo sesentero -de sesenta años- que me insiste para no quedarme en casa aduciendo que la juventud se pierde si el espí­ritu de jolgorio se marchita; y ahí­ está el otro amigo todaví­a en los cincuenta que no sale a la marcha de la noche ni aunque le apunten con una pistola.

¡Qué verdad es que cada quien busca su feliz apaño a su manera! Y con todo el derecho del mundo faltaría más!; por eso me rechina bastante que los mercachifles nos quieran vender el concepto “felicidad” lleno de música, risas, cuadrilla de amigos, alcohol y saltos por doquier. Miro algunos anuncios de la televisión y percibo el frenético ritmo explí­cito o subliminal en todo aquello que nos quieren colocar, que es la vida a fin de cuentas.

Supongo que muchos pican como yo misma hice en su día. Luego llega un momento en el que decides ir por el carril contrario y como no hay apenas sitio en las “autopistas y autovías” de la vida, no queda más remedio que explorar carreteras secundarias sin áreas de descanso abiertas las veinticuatro horas.

El barrio comienza a recobrar su perfil tumultuoso habitual después del paréntesis que lo ha convertido en un pequeño oasis; los huidos de agosto vuelven al trabajo, a la rutina. Es el momento de viajar a “mi otro mar” de nuevo donde se van vaciando hoteles y playas, los mojitos vuelven a servirse en vaso de cristal y aparece la calma de septiembre como el preludio del fin de la  “tortura” veraniega. Al final, cuando uno es absolutamente libre de su vida y su tiempo, es un gran placer moverse a favor del viento…

La vie est belle!

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** Imagen del “desembarco pirata” en el muelle donostiarra y prueba de que los milagros existen: no se ha ahogado nadie.

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Malos recuerdos
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Cecilia Casado | 25-08-2017 | 7:08| 0

 

El otro día estaba pasando el rato mirando en una tienda cosas que no iba a comprar cuando una chica -una chica de mi edad- me sonrió y me dijo: -Te conozco, eres Cecilia, ¿a que sí?. Una nube de niebla me recorrió entera porque fui incapaz de ubicar en mi álbum de personas humanas conocidas a dicha mujer.

Cuando me quedo en off no me corto un pelo así­ que le contesté que sí­, que yo era Cecilia, pero ella… ¡no tenía ni idea de quién era!

No me molesté en excusarme -porque no habí­a cometido ningún error- con el socorrido “es que soy muy mala para las caras”, así­ que esperé a que se identificara. Y lo hizo con otra pregunta:

Tú no saliste con un chico llamado X? Porque yo era de la misma cuadrilla y acabé casándome con su amigo Y…

Seguí sin acordarme de ella, ya lo siento, pero en cuanto me mencionó al tal “X” sentí­ que me flaqueaban las piernas y un malestar me invadía, como cuando estás sudando y alguien abre una puerta a la vez que una ventana y notas que te quedas frí­a en un visto y no visto.

“X”, de infausto y maldito recuerdo. El hombre que peor se portó conmigo en esta vida, el maltratador que llegó cubierto de sonrisas y acabó con la careta hecha jirones…

Pero a lo que voy.

Una tiene sus traumas prendidos a la piel y aunque haya querido quitárselos de la mejor manera posible y aunque crea que lo ha conseguido, en cualquier esquina de una tienda de rebajas puede asaltarnos la bofetada emocional de un recuerdo que dormía en estado más o menos comatoso en el fondo de nuestro cerebro.

Lejos estoy de molestarme con la mujer sonriente y amable que quiso charlar conmigo un rato, -yo también meto la pata sin querer muchas veces queriendo ser sociable-, pero lo que se removió en mi interior me dejó con el pie cambiado y el estómago revuelto.

Porque me acordé de lo que ocurrió en mi vida hace la friolera de treinta y tantos años cuando “X” destrozó a patadas -literales- mi biografía y me mandó a un hospital en estado de coma, con conmoción cerebral y rotura de parietal y un coágulo en el cerebro que -es obvio- no acabó con mi vida.

X” tiene nombre y apellidos y figura en el registro de denuncias de la comisarí­a de policí­a pertinente y oscureció mi camino vital durante un par de años dejándolo lleno de piedras cortantes, rasguños y cicatrices. Luego la vida continúa y una cree que ya ha aprendido la lección y sigue adelante, con más o menos ayuda, con más o menos fuerza…

Nunca se me había ocurrido escribir sobre aquel episodio tenebroso de mi vida, sobre aquella relación de amor/odio que marcó un antes y un después en mi forma de encarar el desafío vital. Porque “X” fue el punto de inflexión que me hizo tomar conciencia de cómo y cuánto miedo podemos sufrir las mujeres por culpa de un hombre que tiene “el alumbrado fundido” y paga sus propias carencias y frustraciones vertiendo la negatividad que le posee en forma de violencia contra quien considera más débil que él.

“X” vení­a de una familia de clase media/alta de la que habí­a sido arrojado precisamente por eso, por violento. De un matrimonio fracturado por maltrato hacia la mujer que le abandonó con denuncias interpuestas. “X” -qué absurdo llamarlo X cuando recuerdo perfectamente su nombre y dos apellidos, JMMS- apareció en mi vida justo en el momento en el que yo estaba más débil, más necesitada de todo, de cariño, de atención y con la autoestima pendiente de un hilo, por haberme divorciado abruptamente con una criatura de muy corta edad en el regazo.

Cuando alguien nos dice que no merecemos cariño, que no valemos apenas nada, que ¿quién nos va a querer?,  somos pasto o caldo de cultivo para otras personas enfermas que nos deslumbran con poco o casi nada, pero que nos hacen sentir que todavía valemos la pena… aunque sea una alhaja con dientes la que nos ha tocado en suerte.

!Qué malos recuerdos, ahora que lo tení­a olvidado casi todo!

Pero está bien; estoy tranquila. Han pasado muchos años y mucha vida como para no haber recuperado el ritmo suave de lo que siempre soñé que serí­a y ahora, por fin, he logrado ser: una mujer tranquila, segura, alegre y moderadamente feliz. A pesar de todo lo que nos ha pasado a todas…

En fin.

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Cosas de “conejito viajero”
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Cecilia Casado | 23-08-2017 | 7:23| 0


 

Es un peluche pequeñito que cabe en cualquier bolso. Un conejito simpático que me regalaron mis hijas hace ya muchísimas lunas, cuando andábamos de viaje las tres juntas –qué tiempos, qué nostalgia, qué felices éramos- y que dieron en llenar de besos al despedirse. -“Para que no te sientas sola, ni triste”, dijeron. Y “conejito viajero” fue así bautizado y empezó a recorrer mundo sin pasaporte visitando pirámides, puentes y relojes famosos, torres de todos los estilos y tiempos y sentándose a la mesa conmigo para roer sus zanahorias imaginarias.

 

Lo de llevar un “peluchito” en el bolso es una de esas tonterías llenas de significado que se nos ocurren a las personas que hemos tenido la valentía de “resucitar” a la niña que llevamos dentro y que, por aquello del paso del tiempo y los convencionalismos inútiles, habíamos dejado relegada a un lugar frío y oscuro del archivo emocional.

 Cuando “conejito viajero” me pidió que le sacara una foto en Jerusalem, en la plaza del muro de las lamentaciones, con un soldado israelí armado a un lado y otro soldado árabe armado a pocos metros, tuve que explicarle que la gran hipocresía del mundo consiste en rezar dándose cabezazos contra una pared o contra el suelo y al terminar disparar para matarse mutuamente en nombre del dios de turno. Ni qué decir tiene que esa foto no se la hice.

En otra ocasión estábamos en lo alto de los restos de piedra mayas  en los aledaños de una vieja selva y fue él quien no quiso que le expusiera a las viejas –y nunca disueltas- energías de tanta muerte, tanta sangre derramada y dolor provocado en nombre…de otros dioses. Fue en Chichén Itzá hace varios años, pero “conejito viajero” se acordaba, debe tener buen olfato, porque al volver al país de los aztecas y pisar Teotihuacan volvió a hacerme el mismo “numerito”; no quería posar en sitios donde se hubieran masacrado a seres humanos.

 Su actitud nos dio mucho que hablar y que reflexionar. ¿Por qué está considerada una aberración turística visitar los campos de exterminio nazi y no así las pirámides mayas y aztecas desde la que se realizaban sacrificios humanos?

 

El último año no hemos salido de la vieja Europa: el pobre se agarró tal tiritona por el frío de Berlín que acabé abrigándolo con uno de mis guantes de lana. En Praga lo pasó mejor porque disfrutamos de una primavera de ensueño y además se le nota más feliz cuando viajamos en familia. Pero donde es feliz de verdad es en el “otro mar”, noto que le gusta el calorcito y los aires mediterráneos y estar todo el día al aire libre contando las hormigas del jardín.

Una vez tuve un desliz imperdonable olvidándolo precisamente en esa casa. Acabábamos de regresar de un viaje a Londres y, en la vorágine de equipajes, se me cayó del bolso y se quedó pillado entre la cabecera de la cama y la pared. No me avisó, quizás cansado de tanto andar dando vueltas, y ahí estuvo, nueve meses solo. Seguramente tendría muchísimo tiempo para pensar… porque cuando pude por fin volver y buscarlo y encontrarlo con una fina película de polvo e indiferencia sobre su cuerpo, supe que tendría que soportar su mudo reproche durante unos días, hasta volverlo a llevar a ver el sol y tomar el aire y oler el mar y los mojitos del chiringuito y sentarse ante un plato de buena fideuá.

A veces hacemos algo similar con las personas: las olvidamos simplemente y cuando nos damos cuenta de que no están a nuestro lado caemos en la cuenta de que, quizás hayamos sido nosotros mismos los que hemos demostrado poco interés en seguir cultivando la amistad, olvidándonos de hacer crecer el cariño, dejando de trabajar la relación. Pero con las personas no se debe actuar como con “conejito viajero”, sacudirles el polvo y hacer como si no hubiera pasado nada, no. No es justo ni decente.

 

Esta pequeña historia me sirve para reflexionar… y para espabilarme la memoria ya que este año está siendo pródigo en “olvidos”. Así que cuando tenga que volver a hacer las maletas tendré buen cuidado en no olvidarme de mis buenos y simpáticos compañeros de viaje; de ningún “pelaje”.

 En fin.

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Madres, abuelas y viceversa
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Cecilia Casado | 21-08-2017 | 7:38| 0

Tengo dos hijas y una nieta que son las niñas de mis ojos y la alegrí­a de mi corazón. Por las mismas razones que otros jóvenes han tenido que alejarse de sus raí­ces amorosas, ellas han buscado y encontrado su camino vital lejos del txoko que las vio nacer; son emigrantes, inmigrantes, “exiliadas” o cualquier otro eufemismo que uno quiera aplicar para no llamar a las cosas por su nombre. Una vive en México y la otra en Alemania habiendo formado sendas familias.

Así­ las cosas, cuando podemos juntarnos en un amoroso totum revolutum de melenas largas y faldas cortas (ellas más que yo, por supuesto) mi casa , que sigue siendo “su”  casa,  se convierte en un auténtico hervidero de emociones, risas, juguetes por los suelos y vasos llenos de brindis por limpiar. Es el “caos” de las vacaciones en familia, ese tiempo que -dicen- es feliz mientras se lo espera y feliz también cuando se acaba.

Dicen -cuentan- algunas madres y abuelas que conozco que cuando viene la familia ausente a pasar sus vacaciones las rutinas se ponen patas arriba en detrimento de la “jefa” de la casa. Es decir: compra diaria con desembolso sorprendente, meterse entre fogones como en los viejos tiempos, fregar, ordenar, recoger, lavar, tender, limpiar y trajinar todo el dí­a con un mudo lamento y una callada resignación. Se les ama, se les añora, se les cuida, pero cansan que es un horror. Eso dicen y cuentan algunas comadres que conozco.

Ahora me ha tocado a mí­ y tengo datos para opinar. Que todos los hijos son diferentes es un hecho indiscutible y que todas las que hemos sido hijas y después madres (lo de abuelas es opcional) mantenemos relaciones muy sui generis con nuestros retoños es otro hecho incontrovertible. Hay madres que esperan que sus hijos las cuiden y otras que, ya en una edad más que provecta, siguen cuidando de sus retoños como en aquella infancia que vuelve durante unas semanas en las que los roles se confunden, se entremezclan y se “lían” sin poderlo evitar.

Mi hija mayor es madre de su pequeñina y a la vez es hija mí­a: una dualidad imposible de sostener el equilibrio mí­nimo necesario. Mi hija pequeña se transforma de nuevo en “la niña” cuando me visita y y…  ya no sé si soy madre, abuela ni dónde se ha ido la bloguera independiente que acostumbro a ser cuando no hay ni risas ni llantos pintando las paredes de la casa.

Abomino de los padres y abuelos que se quejan con denodado í­mpetu cada vez que reciben la visita de sus hijos y nietos; me rechinan las quejas sobre el trabajo extra, el gasto extra y el jolgorio extra. Pienso y siento que si tanto les molesta que ellos, los hijos adultos inviertan, gasten o regalen su tiempo de vacaciones visitando a los padres/abuelos, que les digan lisa y llanamente que no vengan, que se vayan a Disneyworld con sus niños o se alquilen un apartamento en una playa abarrotada. Que no finjan que se alegran de recibirlos si luego andan contando por las esquinas que, en el fondo, es un cansancio y un estorbo y que están “contentos cuando llegan, pero alegres y felices cuando se van”.

La vida es tan corta, los hijos se han ido tan lejos, los nietos crecen sin escuchar las nanas y viejas historias de los abuelos… que siento que estas semanas compartidas con todas mis niñas son lo mejor de todo el año; mejor que los viajes, mejor que las fiestas, mejor incluso que los silencios tranquilos leyendo un buen libro con mi perrillo a mis pies.

Mirando a mi hija volver a ser niña y compartir un cuento con su bebita de veinte meses me ha llenado de la profunda – y efí­mera- felicidad de sentir que algo hice bien en algún momento de hace más de treinta años. Y mi nietecita, ese ángel/pajarito de ojos vivaces, cabello rubio y corazón inocente me transmite con tan sólo una intensa sonrisa una corriente de amor y cariño que no tengo palabras para explicarlo…

Mirando a mis niñas jugar entre sí­, hacer tonterí­as, tirarse por el suelo, las grandes y la pequeñita, me ha provocado el deseo inmenso de mezclarme con ellas, volver a ser niña yo también y dejarme de tanta tonteria absurda de quejas por el “trabajo” de ser madre y abuela.

Y a los/las quejicas… ¡que no os falten nunca!

En fin.

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Sobre el autor Cecilia Casado
Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.

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