Diario Vasco
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Autor: A partir de los 50
Afrontar la muerte de un ser amado
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Cecilia Casado | 16-09-2016 | 7:17| 0

La muerte no ha dejado profundas señas de dolor en mi vida; no así la enfermedad de mi padre, penosa, interminable, agotadora para él y para quienes le amábamos. Cuando tiró la toalla y sintió que ya no quería luchar más me alegré por él y le dejé marchar; ni lo agarré a mi vida ni me aferré a la suya, le despedí con la mezcla de dolor y alivio que se da cuando el sufrimiento se vuelve –por fin- liberación. Se fue con su energía a la “estrellita cariñosa” y allí sigue enviando cada noche un aliento que de alguna manera soy capaz de sentir después de más de veinte años.

Sin embargo, he visto a muchas personas de mi entorno sufrir por la muerte de un ser querido: la más terrible la de unos amigos que perdieron a su hijo de veinte años por “muerte súbita”. Falleció también un gran amigo mío con sesenta años pero nos había dado tiempo a despedirnos mil veces mientras brindábamos por la vida y yo no sufrí por él aunque sí lo hicieran sus hijas. El marido de una amiga murió después de años de lucha contra el cáncer y ella también respiró aunque ese respiro le provocara un muy común sentimiento de “culpabilidad”. Y el padre de mi hija mayor mas hacía muchos años que habíamos perdido el contacto.

La muerte, esa desconocida.

La muerte arrebata, roba, frustra, arranca del corazón ilusiones, proyectos, deseos y deja a quien la padece colateralmente, abandonado, en una especie de estupor, una pesadilla sin final, perdido el norte, desaparecidas de la noche a la mañana las veredas por las que hasta ese momento se caminaba. He visto sufrir a algunas personas, llorar, maldecir y blasfemar, gritar y desesperarse por haberse quedado sin la persona a la que amaban, con la que compartían la vida, rutinas, tiempo cotidiano, el soporte seguro de las penas que siempre llegan, la compañía con quien celebrar las pequeñas alegrías; alguien con quien charlar y discutir, con quien ir al médico y de compras, con quien “comentar la jugada” de la vida en sus inevitables miserias. La gente se queda sin el confidente o la compañera, amputada emocionalmente, arrancadas de cuajo las raíces, desbaratado de un manotazo el rompecabezas de la vida.

No sé qué es eso, mis dramas personales no llevan como componente la muerte devastadora (ni mencionar aquí qué ausencias me romperían en dos), por eso los dramas de los demás los vivo con compasión, con la empatía de “aquí estoy pero no sé muy bien qué hacer para acompañar tu dolor”, un duelo que hay que vivir, un túnel oscuro que hay que atravesar hacia la luz que –siempre- está al final.

Una vecina lleva llorando la muerte de su marido después de un año entero; está de baja por depresión y atiborrada de medicamentos gracias a los oficios de los médicos. Sola, con apenas amigos y alejada de unos hijos con los que rompió la relación hace años. El otro día coincidí con ella en el parque –sentada ante un café en una terraza- y le pedí permiso para sentarme a su lado. Nunca habíamos hablado ni cruzado más palabras que los rutinarios saludos que la educación nos impone y fue un impulso súbito el que me hizo acercarme. Me contó muchas cosas, sus penas (que al psiquiatra no le interesan –según ella-). Pedimos un par de rondas de cerveza y acabamos cotilleando sobre los actores de cine que vendrán al festival este año.

Al despedirnos me abrazó y me dio las gracias. Me sentí inmerecedora por mi compasión de tres al cuarto y por mi desvaída empatía puesto que no sé realmente cómo es el dolor que ella siente en lo más profundo de su ser. Luego pensé que me ha ayudado a reflexionar y que también le estoy agradecida por haberme puesto ante mi realidad privilegiada y ausente de dolor…en este momento.

La próxima vez que la vea tengo que decírselo… y pagar yo las cañas.

En fin.

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Gente que se deja querer
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Cecilia Casado | 14-09-2016 | 7:00| 0

 

Dejarse querer” era lo que yo entendía que podían permitirse las chicas guapas de cuando andábamos por los quince, aquéllas que habían recibido la belleza como un premio sin que hubieran hecho nada especial por merecerlo y que caminaban un par de palmos por encima de las demás como si fueran diosas. Como “el reparto de dones” me pilló leyendo un libro me tuve que conformar con la filosofía aquella tan injusta de: “la suerte de la fea la guapa la desea” y me pasé la adolescencia de patito feo buscando la forma de salir de la invisibilidad con la peregrina idea -leída en no sé dónde- de que “la verdadera belleza está en el interior”. Luego me convertí en cisne y todo eso que pasaba en el cuento pero no sé si me di mucha cuenta…

Hoy en día ya no miro a las mujeres y hombres guapos con ningún tipo de envidia porque ya he aprendido a “rascar” la superficie y buscar lo que me interesa haciendo un poco de espeleología emocional. No obstante, me temo que sigue habiendo mucha gente que “se deja querer” aunque sea de otra manera más sutil y manipuladora.

¿No os habéis percatado de que en vuestra lista de contactos siempre hay unos que llaman y otros a los que siempre hay que llamar? Me refiero a que, ya mayorcitos todos, el grado de sociabilidad o de interés en los demás –que también puede esconder una “necesidad insana”- viene a ser parecido a lo que dicen de las parejas, que siempre hay uno que quiere y otro que se deja querer…más o menos.

La agenda no miente; hay nombres que se repiten con frecuencia, aquellas amigas y amigos con los que hay una relación fluida de hoy te llamo yo y tú me llamas la próxima vez, de intercambio agradable de conversaciones, planes, propuestas de encontrarse y compartir sin echar cuentas de quién pone más o menos carne en el asador común. Sin embargo, están esos otros contactos con los que es mucho menos frecuente el trato, esa gente que si tú no la llamas tampoco lo hace, que no toma iniciativas para invitarte a salir ni llama para ver qué tal te va la vida, esa gente con la que tan sólo tenemos trato si somos nosotros quienes les llamamos a ellos. Sí, los que se dejan querer.

No es porque sus agendas estén sobrecargadas o tengan una vida social tan ajetreada que no tengan dónde hacernos un hueco sino que, simplemente, -y porque quizás los demás hemos dejado que piensen así- dan por sentado que no tienen obligación alguna de mantener viva una amistad, que cada uno es como es y no todos funcionamos de la misma manera y que la libertad es para que cada cual la utilice como mejor le convenga… Sí, ya me conozco el discurso.

La gente que sólo aparece en mi vida cuando soy yo la que organiza un encuentro –incluso después de haber insistido- está empezando a quedarse relegada también en mi corazón; la gente que se “deja querer”, como si la amistad fuera una calle de sentido único me está ayudando a encontrar mi sitio, ese lugar que es mucho mejor para mí, en el que –por fin- tengan cabida los que “saben querer” y los otros, los comodones, los perezosos, los abúlicos y los que parece que tienen fobia a compartir lo suyo con la misma generosidad que reciben lo que se les ofrece se queden, ellos también, en el sitio que les corresponde.

Me costó bastante darme cuenta y aceptar que hay personas que no corresponden al cariño recibido de igual manera, que se dejan querer porque está en su naturaleza. Está bien; aquí hemos venido a aprender…y a elegir a los amigos.

En fin.

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Crecimiento personal. “Saber agradecer”
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Cecilia Casado | 12-09-2016 | 7:15| 0

 

De vuelta en casa he ido derecha a saludar a mis plantas, a  explicarles que las echaba tanto de menos que en “mi otro mar” he adoptado a cuatro compañeras nuevas y que habrá que hacer sitio para que disfruten de la luz que nos entra a raudales. Ellas también se alegran de volverme a ver y de que, además de darles agua y favorecer la fotosíntesis, les quite las hojitas secas, recorte las florecillas mustias, esos pequeños cuidados amorosos que son típicos de nuestra relación y que agradecen haciendo más agradable el entorno con su lozanía. Amo las plantas vivas porque me ayudan a no olvidar que lo único que necesito para vivir es aire, luz, agua, alimento y un poco de cariño.

En eso somos iguales a Elur, mi perrito guapo, que no se queja de nada y lo poco que pide lo compensa con creces con sus caracoleos, sus pequeños lametones y los ladridos alegres que me regala cuando vuelvo a casa después de haberlo “abandonado” los quince minutos que tardo en bajar a comprar la prensa; es su forma de agradecer el cariño, la presencia, los cuidados hacia su pequeña existencia enferma.

De vuelta en casa he ido habitación por habitación sintiendo la energía acumulada en mi ausencia. He abierto ventanales y descorrido cortinas para que pueda el aire entrar en plenitud; he sujetado las puertas y permitido que el polvo acumulado cambie de sitio antes de ser invitado a desaparecer. En la cocina, un montón de papeles (que no correspondencia) indican que se ha procedido amablemente a vaciar el buzón, que manos amigas han mantenido la casa echándole “un vistazo” de vez en cuando. Todo está en orden y yo bien agradecida por ello.

De vuelta a casa con el equipaje lleno de experiencias y emociones encontradas: gente nueva, situaciones a estrenar, sol y luna mediterráneos, noches calurosas para gestar sueños todavía. No soy la misma que se fue hace unas semanas, el movimiento constante hace mella en mí, lo observo, le hago sitio y lo acojo. Quizás un poco más serena, quizás un poco más “hermosa” porque tiendo a aumentar de peso en cuanto salgo de casa gracias a las comidas tentadoras de las que ya no me privo porque se agotó el tiempo en el que me permitía renunciar a tentaciones que luego no volvían a presentarse, la renuncia –que no es más que miedo- se enquista en algún rincón del alma. Doy gracias por haberme dado cuenta a tiempo.

De vuelta a casa abrazo mi cama, extiendo unas bonitas sábanas nuevas y doy la vuelta al colchón para que los sueños caducados salgan por la ventana y dejen paso a la nueva cosecha de este año, -¿cómo no me di cuenta antes?. Floraciones de verano, vendimia de besos en septiembre, frutos de otoño que estallarán de sabor en invierno; cada emoción tiene su tiempo y el que me toca vivir ahora, el que me propicio sin inquietud alguna, me acoge de nuevo en casa al volver a la rutina moderadamente feliz que viviré agradecida.

Abrazar a mi gente, reir por tonterías cuando toca reir, ponerme seria y un poco trascendental en los encuentros del Círculo de Mujeres, invitar a mis amigas del blog al rico vermú artesanal de Reus, constatar que ha pasado un año más y que todas seguimos dando guerra, “soportándonos” y queriéndonos mucho. Ahora incluso nos lo decimos, hemos aprendido a no escatimar los “te quiero” allá donde el corazón es correspondido y sincero; nos desnudamos de ropajes superfluos y alejamos cualquier máscara de nuestros encuentros, damos las gracias por tenernos las unas a las otras.

Vuelvo a casa y abrazo a mis mujeres amigas, a las que corren con los lobos y a las que no, a las que tienen una habitación con vistas y a las que no pudieron conseguirla, a las que son grandes detrás de un hombre y a las que no tienen delante ninguno que les haga sombra. Mis amigas del alma, cuánto os debo.

Hoy empieza todo de nuevo, cada día con su afán y me preparo a ello cantando los versos que marcan un camino lleno de agradecimiento, dando gracias a la vida por las cosas pequeñas y por las más grandes. Last but not least:  mis hijas y el “pajarito” hermoso que nos ha colmado de amor y felicidad

“Gracias a la vida que me ha dado tanto
Me ha dado la risa y me ha dado el llanto
Así yo distingo dicha de quebranto
Los dos materiales que forman mi canto
Y el canto de ustedes que es el mismo canto
Y el canto de todos que es mi propio canto.”

Violeta Parra

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Fotografía: “Mi otro mar y yo misma” Álbum personal)

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Nuevo curso, igual rutina
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Cecilia Casado | 09-09-2016 | 7:10| 0

 

Nos acercamos al final de la temporada veraniega y a la agonía inexcusable de las vacaciones. Con el mismo mes de Septiembre de todos los años, comienza el nuevo curso en lo lectivo –que ha tenido vacaciones- y en lo político –que sigue haciendo pellas. Pocas cosas cambiarán y muchas seguirán siendo lo mismo, pero hay que hacerse la ilusión de que se estrena algo; aunque sea una página en blanco en el calendario vital.

Esta mañana me he despertado muy pronto, como siempre, con el trino de los pájaros junto a mi ventana. Los árboles del jardín se enseñorean de mis sueños y doy gracias de que son seres vivos y no ladrillos los que los entretejen.

No tengo televisión a mano –ni falta que me hace- y me llegan las noticias (tristes o desafortunadas todas) al ritmo que le marco al buscador de mi smartphone, que es más bien lento y moroso. No es que no quiera saber, es que no necesito saber…tanto y tan poco a la vez. Lo que es y su contrario, el discurso surrealista de quienes mueven los hilos en una maraña parkinsoniana, ya hay futbol cada día y los ciclistas siguen pedaleando mientras se decide que, como ha empezado el nuevo curso, hay que comprar “equipo” nuevo. Es decir, a gastar para que no se diga. Vamos a las tiendas por la “new collection” de lo que nos quieran vender convencidos de que no queda otro remedio, que lo del año pasado ya no vale, está obsoleto socialmente, de que todo puede seguir igual excepto la ropa del armario.

En mi tierra siguen las fiestas. Las regatas y los festivales. Todo es gloria y jolgorio y me alegro de que la gente dé rienda suelta a su alegría, si es que ésta es sincera y no impuesta. En “mi otro mar” tampoco andan a la zaga aunque aquí el festejo tiene otro ritmo, menos bullanguero, más sosegado, iba a decir que igual es porque se bebe menos, aquí no hay tantos bares ni la cultura sempiterna de que no hay fiesta sin borrachera o eso parece al menos en las calles. Se siguen bailando sardanas, comiendo sardinas y montando castellets; igual que en casa pero con “esteladas” en los balcones.

Vivimos bien, más que bien, aunque haya agoreras voces que se empeñen en decir que esto se acaba, que viene Paco con la rebaja. Se sigue publicando en portada los millones de euros de beneficio que obtienen “los unos”, mientras “los otros” pelean por el penúltimo recorte empresarial, sanitario, educacional o de cualquier institución que ha dejado libre de toda sospecha la partida presupuestaria para las fiestas mientras se cargó de un plumazo algunas ayudas de primera necesidad.

No sé, estoy un poco rara esta mañana y creo que necesito tomar el aire para reubicar mis pensamientos. Pero el aire es africano, hace mucho calor incluso antes de las ocho de la mañana y noto que no estoy “católica”. (Vaya expresión poco afortunada, deberíamos revisarla)

Septiembre es un poco como Enero, mes de ilusiones y proyectos. Se abre la inscripción en cursos que en muchos casos no sirven para mucho más que para llenar espacios de la gente que se ha quedado aburrida en su proyecto de vida. También se llenarán los gimnasios, que los excesos veraniegos pasan factura y hay que volver a ponerse en forma. Los amores de verano también fenecerán, esos que venían ya con la obsolescencia programada como los faros halógenos.

Pensaba ir con Elur hasta la playa para que huela el salitre de las algas que adornan la arena, pero me temo que no pasaremos del jardín. Intentaré explicarle que, a veces, no debemos luchar contra los elementos sino adaptarnos a ellos y saber aceptar que las cosas no son siempre como nos gustaría que fueran, que aunque digan que se inaugura un nuevo curso, es falacia repetida tanto que casi casi se ha convertido en verdad, pero es la misma rutina de siempre, no nos engañemos. Seguramente él no lo entenderá y sentiré que en eso somos iguales: yo tampoco entiendo muchas cosas.

En fin.

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Una mujer sola con sombrero
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Cecilia Casado | 07-09-2016 | 7:05| 0

 

Hace muchos años que vivo la vida en “singular” ya que dejé atrás la primera persona del plural en mi último divorcio y he sido más o menos fiel a aquella decisión, más que nada porque no se me ha presentado en los últimos tiempos una buena ocasión para reincidir. Algunos se divorcian para cambiar de pareja, yo me divorcié para cambiar de vida y, vive dios que la cambié.

Así las cosas, con el tiempo he ido convertiédome en una auténtica experta para buscarme la vida en un mundo hecho a medida de dos, como si todos naciéramos siameses: viajes con suplemento habitación individual, paella ración mínima dos personas, un asquito la verdad. Con el tiempo comprendí que ir sola por la vida tiene salvables desventajas y, a cambio, cuenta con un abanico inmenso de cosas a favor de quien elige esa opción pudiendo tener la otra, la de ir en pareja, vivir en pareja, morir en pareja. Como conozco ambas situaciones creo que tengo autoridad moral suficiente para hablar de ambas y no diré yo que una sea mejor o peor que la otra –allá cada cual con sus gustos y necesidades- sino que para vivir sola (que no significa estar sola) se requiere de mucha más preparación que para embarcarse en la historia que es común a la mayoría de la gente. Cuando se es dos, si uno no ve bien el camino, el otro puede mostrárselo; si se cae hay alguien al lado para ayudarle a levantarse; si hay que brindar por algo no hace falta beberse la botella uno solo.

Para ir sola por la vida hace falta adoptar una actitud libre de expectativas y ponerse un sombrero. ¿Qué tendrá que ver el sombrero con la no-dependencia emocional? Pues mucho, vaya que sí. Una mujer sola con sombrero siempre llama la atención –mucho o poco pero atrae miradas-, más si tiene gracia en el porte, más si sonríe, más si pisa fuerte. Da igual tener muchos o pocos años a cuestas, lo que importa es la actitud… y el sombrero.

Soy capaz de acudir felizmente sola a casi cualquier lugar siempre y cuando me acuerde de no formarme ninguna expectativa al respecto. Es decir, si me siento en una terracita a la fresca mi intención no va más lejos que tomar un refrigerio, no estoy esperando que se me acerque el hombre de mi vida a darme palique. Si voy al chiringuito de la playa por la noche es por el gusto de escuchar música y tomarme un mojito super rico, no mirando de reojo al personal a ver si consigo ligar o pegar la hebra. Cuando voy a la playa espero dar un buen paseo, sumergirme en el mar y cansarme de bracear, reposar bajo la sombrilla, mirar al horizonte y no echar cuentas de quién pasa por delante o de quién se pone detrás.

Sé que las mujeres –de cómo se sienten los hombres tengo muchas menos noticias- somos remisas muchas veces a andar solas por ahí; nos han metido en la cabeza que es algo poco…lo que sea y muchas preferimos (hemos preferido en alguna época) quedarnos en casa antes que andar proclamando a los cuatro vientos nuestra condición “desparejada”. ¿Quién ha olvidado los patéticos sambenitos de “solterona” y “amargada” que se regalaban a las mujeres que no tenían pareja?

Afortunadamente hemos cambiado algo el mundo (para bien y para mal) y ya podemos salir las que tenemos “una edad” a la vida sin preocuparnos del qué dirán de comadres y compadres varios. Nuestra expectativa es seguir viviendo felices y que cada vez nos importe menos –hasta importarnos un ardite- la mirada del otro, esa mirada que critica, juzga y condena a veces por desconocimiento y otras por envidia.

Y si nos ponemos un sombrero para que se nos vea bien,  mejor que mejor. ¡Pues no somos chulas ni nada!

En fin.

*Y las que estáis felizmente emparejadas…que San Pedro os la bendiga.

 

LaAlquimista

“Mujer con sombrero”. Chagall

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Sobre el autor Cecilia Casado
Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.

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