Diario Vasco
img
Autor: A partir de los 50
Toblerone. (Aeropuerto de Berlín-Schönefeld)
img
Cecilia Casado | 21-11-2016 | 7:05| 0

 

 

Los aeropuertos me han producido siempre una sensación de alegría. Lejos de deprimirme por colas, aglomeraciones y gente tirada por los suelos tan sólo pienso en el placer de llegar y, cuando toca, en el placer de regresar. Digo esto porque soy muy consciente de que jamás he volado por trabajo ni por desgracia o emergencia interpuesta.

En una mesa de la gran cafetería del aeropuerto alemán hago tiempo sin ponerme nerviosa; el vuelo tiene retraso pero no se sabe cuánto así que procuro relajarme leyendo un rato mi libro de viaje. En mi área de visión cercana, dos parejas rubias entradas en los cuarenta charlan animadamente; una de las mujeres acaba de regresar de la tienda sin impuestos enarbolando un enorme toblerone de esos que pesan casi medio kilo y se compran como regalo de última hora para quedar bien (o mal, según se mire)

Vuelvo a casa con el corazón caliente a pesar de las temperaturas gélidas de un Berlín soleado primero y una ciudad con pertinaz sirimiri después. Llueve con una lluvia como tonta, sin fuerza, como la que conozco de siempre, en la que el paraguas estorba más que ayuda; una lluvia que, como las esperanzas que se pierden, te deja empapada de tristeza casi sin que te des cuenta. Sí, ya sé que es un pensamiento un poco negativo, pero así lo he sentido durante un par de días.

La mujer rubia y grande desenvuelve el toblerone con gran esfuerzo de ruptura de cartón y papel metálico. Rompe una onza –enorme- con las dos manos y comienza a mordisquearla ávidamente. Es chocolate blanco, invento del demonio, si el cacao siempre ha sido de color moreno tirando a negro, será algo así como el café descafeinado, la cerveza sin alcohol o las parejas sin amor. Tienen su sabor saciador y estimulante y eso basta.

Cuando vuelva a casa voy a abrazar con gusto a mi perrillo, siempre me pregunto si son capaces los animales de “echar de menos”, si se alegran de verdad cuando nos reencuentran o, por el contrario viven en la inmediatez de las cosas, de los afectos, en un momento presente superficial, sin pensamiento alguno ni –por ende- sufrimiento.

Escucho un “crack” en la mesa del toblerone y es porque lo han estrellado contra el canto de la mesa para partirlo mejor; la pareja de la mujer rubia y grande se lo da en trozos cortados como diciendo: “toma, que pareces boba, que no sabes ni partir un chocolate”. Y ella agarra con avidez la siguiente onza y la ingiere a grandes mordiscos. Los demás la miran y no participan del festín, será que no les gusta el chocolate blanco industrial de los aeropuertos o que aquí cada uno come de lo suyo y punto.

Eso me recuerda mi extrañeza cuando en cafés y bares y pequeños restaurantes te preguntan si quieres la cuenta por separado, la costumbre de pagar cada uno lo suyo también identifica a todo un pueblo, no como en casa que la gente hace carreras para sacar la cartera como los vaqueros la pistola en las películas del oeste. Cada uno lo suyo y así todo queda claro, no hay agravios ni favores pendientes, ni facturas por reprochar más adelante, ni compra y venta de sentimientos. Vaya idea para patentarla.

Los ojos se me van a la mesa del toblerone. La mujer rubia y grande se ha comido ya más de la mitad. La miro con ojo prejuicioso y echo cuentas de las calorías que se está metiendo entre pecho y espalda, imagino sus arterias aguantando sedimentos, a su hígado peleando con el azúcar… y dejo de mirar y de pensar en ello porque, a fin de cuentas, no es cosa mía lo que hagan los demás con su estómago ni con su cuerpo.

Ya tengo ganas de un poco de silencio. Espero con avidez el momento de ocupar mi lugar en el avión y cerrar los ojos, abstraerme y dejar que mi mente se vacíe un rato y despertarme ya cerca de mi txoko, cansada y feliz, con las pilas afectivas a tope y con ganas de seguir haciendo cosas, mis cosas, las que a mí me parecen importantes. Voy a mirar si han puesto algo en el panel de “departures”. Ya parece que sí, que embarcamos…cada uno con su equipaje a cuestas…

Se lo ha comido todo.

En fin.

LaAlquimista

https://www.facebook.com/laalquimistaapartirdelos50/

Por si alguien desea contactar:

apartirdeloscincuenta@gmail.com

Ver Post >
Viajar ¿para qué? (Un paseo por Berlín)
img
Cecilia Casado | 18-11-2016 | 8:16| 0

*

Nací y llevo toda mi vida empadronada en una ciudad de provincias con muchas ínfulas de grandeza, Donostia-San Sebastián. Por ese motivo –que se lleva en la sangre y en la genética educacional- pensé muchas veces que “como aquí, en ningún sitio” y ese pequeño “catetismo ilustrado” me ha hecho desperdiciar no pocas oportunidades. No pude estudiar fuera porque mi familia no me lo permitió y cuando intenté desligarme de su férula y me fui a Madrid a buscarme la vida me sentí desamparada, perdidos los puntos de referencia, el horizonte del mar y la lluvia, los amigos en cualquier esquina, el runrún familiar que tan poco feliz me hacía, y volví, volví al “redil” donde mis padres diseñaron mi vida a su imagen y semejanza. Nada del otro mundo en los años 70.

Pero la curiosidad no me daba tregua y comencé a hacer pequeñas escapadas hasta que me fue dado hacerlas a lo grande (cada vez más lejanas), sabiendo que al regresar me haría siempre la misma pregunta: “viajar, ¿para qué?”. Mi padre nunca quiso “conocer mundo” y le horrorizaban las camas extrañas, las comidas a deshoras, las costumbres impredecibles. “Yo leo, hija mía, y la imaginación me lleva a todas partes sin necesidad de pasaporte” –me dijo no pocas veces cuando, a la vuelta de alguno de mis viajes por tierras lejanas y más o menos exóticas, le contaba mis peripecias e impresiones.

 

 

 

 

No sé, papá, igual tenías razón y esta locura que nos ha dado a todos últimamente (de veinte años para acá) de ir poniendo tachuelas rojas sobre el mapamundi, contando mil veces a oyentes o lectores indiferentes las andanzas propias, no sea más que la consecuencia de una especie de “huída hacia delante”, como si quisiéramos exorcizar la rutina concebida como plaga bíblica e imaginarnos en un mundo de realidad paralela, una especie de “Show de Truman” de andar por casa, donde nos miramos mientras nos miran sin llegar a ser capaces de vernos realmente.

 

 

Puedo ahora relatar mi experiencia en Berlín; que no comen pescado apenas y que en el transporte público no controlan si has pagado o no, allá tú y tu conciencia; que hace mucho frío en la calle y demasiado calor en los cafés, que la gente es amable y respetuosa y que hablan inglés como lo más natural del mundo, sin chovinismos estúpidos de que “aprendan ellos alemán”; que la gente arrastra los pies por los mismos empedrados aquí que allá, que hay alegría frente a una buena pinta de cerveza y que saben que son el punto de mira de toda Alemania, orgullosos de poder decir: “Berlín es pobre, perosexy” y que ni la orgullosa Munich conseguirá quitarles la capitalidad que ostentan.

 

 

He pisado las calles –algunas calles- de una ciudad que sigue redimiéndose de su pasado, evocándolo continuamente, sin ansias por olvidar aunque hayan pasado página. Lugares con nombre explícito: los restos del Muro de la Vergüenza pintados de vivos colores –East Side Gallery-, el paso entre Este y Oeste vigilado por los aliados, un ridículo Checkpoint Charlie con payasos disfrazados para foto turística, Monumento a los Judíos de Europa, la Topografía del Horror, el Museo Judío, el Reichstag y su visitada cúpula. Las ruinas de la iglesia Kaiser Whilhem, la Catedral y la Isla de los Museos,

la puerta de Brandeburgo y más museos y muchas plazas con edificios iguales entre sí y los parques, benditos parques, y el río y los lagos y los árboles y las piedras de la calle y, entre todo este maremagnum, las personas iguales aquí y allí, algunas con el ceño fruncido, la mayoría amables, respetuosas con el más débil, hacía siglos que no veía cómo se ofrece el asiento en el transporte público a las personas mayores, cómo se coge del brazo al que va inseguro, me siento como en una comunidad donde nadie me conoce y, sin embargo, confío en que me ayuden si me caigo al suelo en mitad de la calle, que me ayuden, no que me filmen con el smartphone, de repente siento como lo mejor del mundo compartir la mesa con desconocidos en cualquier cafetería o bar, que me miren y me sonrían, que acepten mis palabras sin pensar que les voy a pedir –o vender- algo, de repente gente abierta, amable, considerada, confiada…

 

Para eso viajo yo, para sentir un mundo diferente al pequeño mundo mío/nuestro de cada día donde se ve demasiado la envidia, el cotilleo y hace falta que pasen lustros y pruebas de fuego para poder decir que se tienen amigos. Cuando viajo hago amistades con naturalidad, cuento mi vida y me cuentan la suya y luego decidimos seguir adelante, mantener el contacto, visitarnos alguna vez –si vienes alPaís Vasco, ya sabes dónde está tu casa– (y luego resulta que vienen y yo voy) y que sea de verdad y no de boquilla…

 Viajar para volver a casa y recuperar tu cama y las “buenas” costumbres que no son mejores que otras sino subjetivamente valoradas; viajar para compartir un trocito de vida con gente que lleva velo o chilaba, escuchar idiomas incomprensibles de la pequeña Babel que es Berlín, entrar en un bar con la carta en Euskera o en Croata, comer kosher o halal sin poner muecas de asco, beber vino caliente y sopas hirviendo, salir a comer fuera porque la vida está en la calle no entre cuatro paredes y una pantalla de plasma, reir con el de al lado y enseñarle fotos de tus hijas y darte la mano con la misma sinceridad que si fuera un abrazo bien fuerte.

 

Viajar…para romper la cáscara frágil que nos envuelve, salir del ombliguismo, abrir la mente, conocer otras realidades, otras vidas que, al final, …¡son tan parecidas a la nuestra!

En fin.

**(Los monigotes de los semáforos son diferentes que aquí; éste es el de “pase”.

LaAlquimista

https://www.facebook.com/laalquimistaapartirdelos50/

 

 Por si alguien desea contactar:

apartirdeloscincuenta@gmail.com

 

 

Ver Post >
Berlín, nunca es tarde para aprender
img
Cecilia Casado | 14-11-2016 | 4:02| 0

 

Exposición de Chiharu Shiota. “Uncertain Journey” en la Blain Southern Berlin. Disfrutando de la exposición justo el día en que la clausuraban. A eso le llamo yo llegar a tiempo cuando nada se espera (o la suerte del principiante). A mis años todavía la conservo y no deja de sorprenderme.

Berlín no derrocha electricidad, -Alemania no derrocha nada, la austeridad le viene impuesta por la historia de sus últimos cien años- y sus calles están poco iluminadas (a veces poquísimo). De repente, una silueta llena de luz, de arte, de posibilidades para soñar e imaginar se recorta contra el cielo del anochecer. Verás las mesas de cafés y restaurantes alumbradas con una vela en el medio, una vela de las de siempre, con su palmatoria y su llama que, como te descuides, hará que arda tu cabello, tu pañuelo o el puño de tu jersey de lana. Esa penumbra -hija también del horror al despilfarro- alienta no pocos sueños, difuminando rostros y gestos, añadiendo misterio a algo tan sencillo como es la vida cotidiana.

 

 

 

 

Amo los museos porque amo el arte que en ellos se preserva; pero a veces duele el expolio pretérito y ver el busto de Nefertiti –tan hermosamente egipcio- a miles de kms. de donde el artista quiso que reposara me recuerda que la vida es injusta para quien tiene el ejército peor armado. Comprendo la lucha que todavía sostienen algunos países reclamando lo que les fue arrebatado en los tiempos de conquista e invasión. Que no fue tan sólo arte…

 

 

Gran país de acogida Alemania; en tiempos no tan lejanos ayudó a quienes buscaban un futuro y allí lo encontraron. Berlín es un crisol de pueblos que desean trabajar en paz y convivir sin sobresaltos. En el inmenso barrio turco ofrecen el té y café de oriente a precios que siguen siendo orientales. Gastronomía y costumbres de dos países tan diferentes se dan la mano sin que una palabra sea más alta que la otra.

 

 

 

 

Berlín busca su sitio en el Top de la modernidad. Tendencias artísticas de vanguardia tienen la oportunidad de desarrollarse con libertad en una ciudad que “se ofrece” para ser pintada, decorada, reinventada de la mano de arquitectos, escultores, pintores, poetas y artistas de todos los colores. Excepto en el barrio Mitte -el Centro por excelencia- no hay muro, pared, edificio con dos metros cuadrados lisos que no haya sido “colonizado” por graffitis, pinturas y decorados a cual más sorprendente. Lo que queda del triste Muro se ha convertido en la East Side Gallery, reproducida hasta la saciedad en imanes para nevera y fotos para Facebook. La calle toma la palabra…en todos los sentidos.

 

 

Berlín me ofrece la posibilidad de ser honrada porque nadie me controla si pago o no el billete del metro: no hay barreras, ni tornos, ni taquillas. En el bus, el conductor espera que le des los buenos días y que pagues el billete si no lo tienes; y si no lo haces…allá tú y tu conciencia (y el multazo que te darán si hay una inspección arbitraria y te pillan)

Berlín te permite gastar el dinero que tienes y no el que no tienes ya que las tarjetas de crédito habituales entre nosotros no están operativas en restaurantes y comercios en general; es decir, que al ahorrarse las comisiones de bancos e intermediarios los precios resultan mucho más aquilatados. La comida es asequible a todos los bolsillos siempre que no se quiera caer en el lujo absurdo. Pero eso sí, se paga con dinero contante y sonante.

¿Recordáis cuando se devolvían los envases de vidrio? Pues aquí hacen lo mismo con los de plástico y las latas, sí, se retornan al lugar de compra y te devuelven una cantidad por ayudar al reciclaje. (Ejemplo: reembolso de 0,29€ por cada lata de cerveza vacía. Esto lo saben bien los residentes y muy mal los turistas)

No es preciso viajar a la otra punta del mundo para aprender de gentes diferentes con costumbres extrañas; aquí al lado, nuestros vecinos europeos nos brindan la oportunidad de reajustar esquemas mentales…

Mientras sigo adaptándome para sobrevivir -a las temperaturas bajo cero- sigo disfrutando del privilegio que es tener un buen abrigo y comer caliente cada vez que lo necesito.

En fin.

LaAlquimista

Por si alguien desea contactar:

apartirdeloscincuenta@gmail.com

https://www.facebook.com/laalquimistaapartirdelos50/

Ver Post >
Berlín, una asignatura pendiente
img
Cecilia Casado | 09-11-2016 | 7:24| 0

 

Muchas son las ciudades que figuran en mi mapa de sueños viajeros pendientes, más que los años y oportunidades que –eventualmente- me queden por delante.  A Alemania siempre he ido de paso, rozándola de refilón camino de Holanda o a la vuelta para entrar en Suiza. Nunca fue destino ilusionado ni hallé una razón que me llevara allí. Sin embargo, ahora se juntan ganas y oportunidad de disfrutar de una semana en Berlín y, estando en una edad en que no quiero ni debo “dejar pasar una”, hago mis maletas y me lanzo al frío adelantado del invierno y al calor de los abrazos de mi hija y su esposo que allí residen desde hace varios meses.

Viajará conmigo el PC porque necesito soporte para escribir –dónde quedaron mis cuadernos Moleskyne con notas, citas, apuntes- pero va a ser una semana de compartir lugares y fabricar recuerdos no de alimentar el blog en directo.

¡Fabricar recuerdos a estas alturas! Cuando parecería que ya están los álbumes a rebosar de imágenes, que la memoria personal está saturada de vivencias con sus etiquetas, que ya la vida redujo la velocidad de crucero y vamos degustando despacito, poco a poco, paladeando el instante emotivo, grabando en la retina el destello acariciador…

Cada vez me interesa menos fotografiar lugares, ni ponerme delante de monumentos como una hormiga sonriente; mi silueta dentro del plumífero frente a la Puerta de Brandeburgo, frente al testimonial Muro, con la Philarmónica de fondo…¿qué sentido tiene? Por el contrario sí quiero plasmar los abrazos, las risas, el tiempo compartido en la alegría del reencuentro; los gestos cariñosos y un poco tontos que están de moda, quiero fotografiar las manos de mi hija, sus manos amorosas y llenas de arte que pasan frío sujetando pinceles. Quiero fotos de su juventud teñida de rosa –o del color de moda en los cabellos-, captar una vez más su mirada ilusionada hacia su esposo, guardarme un poco de esa fuerza vital que está todavía estrenándose…

Y cuando vuelva a casa vencer la pereza y pasar las fotos a papel, ponerlas en un álbum bien grande, para que mis manos lo sostengan y recuerden sonriendo cuando se me haga difícil y absurdo mirar el teléfono móvil, situación que estoy segura ocurrirá si llego a la vejez. Quiero que los recuerdos queden en la mente, en el corazón y acaso en unos trozos de papel que no precisen de conexión eléctrica para activarse.

Me voy a Berlín con el corazón rebosante y “conejito viajero” en el bolso. Dispuesta a comer lo que me pongan y a beber lo que me apetezca; a caminar y cansarme, a hablar hasta quedarme ronca, a dormir lo que se pueda y disfrutar el resto del tiempo. Sin normas ni limitaciones, sin horarios ni expectativas… Al ritmo que marque el frío o la nieve que nos empujará probablemente a lugares cerrados, qué pena, con lo que me gusta pasear y perderme sin rumbo nos asaltará  el ocaso hacia las cuatro de la tarde, qué haremos con una vigilia tan larga…

Voy a Berlín a conocerla desde dentro, con ojos de “residente temporal” gracias a mi hija y su esposo, para qué cargar con la lonelyplanet si ellos ya saben a dónde llevarme, si ya han seleccionado los mejores txokos para compartirlos conmigo. Ni siquiera tengo conciencia del “viaje”, ni como turista ni como viajera, y la asignatura pendiente quedará transformada en un déjà-vu de volver a caminar de la mano de mi hija como lo hicimos tantas veces –y en tantos países- años atrás, cuando ella empezaba a poner los primeros ladrillos en su personal fábrica de recuerdos y yo vivía la vida con toda la intensidad de que era capaz y me era permitido.

Dejo aquí el post con una gran sonrisa además de agradecida. Me tomo el tiempo de la tranquilidad feliz y demorada junto a mis seres amados… y queda el Blog abierto con un punto y seguido. Por si alguien desea contar viajes…o sueños.

Sigamos siendo felices.

LaAlquimista

https://www.facebook.com/laalquimistaapartirdelos50/

Por si alguien desea contactar:

apartirdeloscincuenta@gmail.com

Mural del Puente de Oberbaum. Berlín.

http://www.amandaarroutea.com/

 

Ver Post >
Burlarse del prójimo
img
Cecilia Casado | 07-11-2016 | 7:07| 0

 

En la naturaleza humana confluye el abanico completo de virtudes y miserias. Educacionales o “de serie”, socialmente sostenidas o de cuño personal, quien más quien menos tiene a bien hacer gala de su peculiaridad identificativa. Unos con más gracia que otros, todo hay que decirlo. Pero lo que más se lleva, lo que creo que más abunda –porque me asalta por doquier- son los “graciosos oficiales del reino”. No, no me refiero a los que les pagan por salir en la tele o por devanarse los sesos intentando hacer reir al personal con un guión; me refiero a los “graciosos” de andar por casa, los de la barra del bar o la máquina del café, los que abruman a la cuadrilla de amigos o destrozan la sobremesa familiar con sus gracietas insoportables.

Son aquellos que siempre tienen a punto la mofa y la befa sobre cualquier otro ser humano que haya metido la pata en cualquier orden de la vida. Se ríen del que se ha echado una novia diez años mayor o se parten la caja cuando al vecino le echa de casa la parienta (que se fastidie, por idiota). Son ese tipo de gente que hace chistes fáciles sobre los vulnerables, sobre los enfermos, sobre los que no llegan a fin de mes. Sin olvidar a los que tienen diferente color de piel o simplemente vienen de una parte lejana del mapa.

Son esos “graciosillos” que hacen chistes racistas, homófobos, machistas, que se burlan de todas las religiones, que denostan lo políticamente correcto porque a ellos “no les calla la boca nadie”. Son los que llaman “puta” a la mujer que se besa con alguien en público, son los que siguen diciendo “maricón” y burlándose de quien tiene una  sexualidad diferente a la suya. Los que se llenan la boca de tacos, palabrotas, exabruptos inconexos lanzados al espacio sideral en general y al resto de humanos que les rodea en particular.

Casi siempre espoleados por el alcohol; casi siempre riéndose de los demás y con nulo sentido del humor para lo propio. Son los que juran en arameo cuando alguien les pita en un semáforo en rojo para que espabilen, los que se ciscan en toda la familia ajena (a la propia que no la toquen porque entonces “matan”) cuando algo les parece especialmente injusto (con ellos, obviamente). Son esas personas conocidas, toleradas, populares y jaleadas por su grupo o manada que van por la vida riéndose del prójimo y con una actitud depredadora.

Ellos o ellas no suelen reconocerse en el perfil al que pertenecen. Creen que somos los demás los que no tenemos sentido del humor, los que no sabemos verle a la vida el lado divertido, quienes vamos de serios o de “estirados”.

Acaparan las conversaciones, se instalan en el protagonismo del grupo que les jalea y les invita a otra ronda, sacan pecho cada vez que se burlan de alguien y, para colmo, lo más patético, se carcajean de sus propios chistes.

No los soporto, de verdad. ¿Que por qué saco este tema? Pues por algo tan sencillo como que me he dado cuenta de que cada vez impera más la tendencia a deshumanizarnos a costa de burlarnos del prójimo. Debería ser una cuestión de respeto elemental, pero ya sabemos todos que ésta es una idea muy cacareada cuando queremos utilizarla como barrera protectora pero que nos saltamos sin pértiga cuando nos apetece invadir territorio ajeno.

Cuando escucho comentarios ofensivos hacia cualquiera que es diferente se me hincha la vena. Y no siempre consigo callarle la boca al bocazas de turno por la sencilla razón de que hacen demasiado ruido las risas de los demás… Será que no tengo ni pizca de sentido del humor con los imbéciles.

En fin.

LaAlquimista

https://www.facebook.com/laalquimistaapartirdelos50/

Por si alguien desea contactar:

apartirdeloscincuenta@gmail.com

 

Ver Post >
Sobre el autor Cecilia Casado
Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.

Otros Blogs de Autor