Diario Vasco
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Autor: A partir de los 50
Al cuerno con la talla 38 (Por LaAlquimista)
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Cecilia Casado | 11-11-2009 | 11:01| 0

Hace un par de años surgió una agria polémica motivada por la nada subliminal tiranía a que sometían a la población femenina en general algunos grandes fabricantes de ropa en particular, insistiendo en llenar abrumadoramente sus estanterías con prendas de la talla 38. Que si aquello incitaba a la anorexia, que si se trataba de crear un modelo estético femenino del siglo XXI, como en el primer Renacimiento propugnara Boticelli pero peor nutrido, que si los iconos del cine, la moda, la música, todas delgadísimas (el colombiano Botero riéndose a sus anchas)… Una vez convencidos todos de que aquella diatriba no fue más que un “malentendido”, se les perdonó el desliz a aquellos fabricantes y todas seguimos dejándonos los dineros en sus tiendas (nada de boicot, por Dios, hasta ahí podíamos llegar).

Bueno pues ayer necesité comprarme unos pantalones y, como en el centro de la ciudad están los mismos perros con distintos collares juntos, entré en la primera tienda que me vino a mano. Enseguida eché el ojo a los pantalones que quería, nada del otro mundo, vaqueros negros fondo de armario. Como en esos locales nadie te atiende –a menos que lo supliques-, empecé a revisar el montón de pantalones buscando mi talla (la 42). Pues no. Cachisenlamar. Vale, pues en vez de negros, grises. Vuelta a revisar el montón de los pantalones grises y tampoco. Todas las prendas se detenían en la talla 38. (¿Será posible? ¿es esto una pesadilla?). Paciencia, señor.

Oteando por encima de las cabezas compradoras distingo a una vendedora que ordenaba prendas descolocadas y me dirigí a ella. Veamos el diálogo.
– “Buenos días, ¿tienen pantalones de la talla 42?.
– Pues claro (nada de devolver el saludo), ¿ no ves las etiquetas? (¿y ese tuteo?)
– Lo que no veo, señorita, es pantalones con etiqueta de la talla 42.
– A ver (dejó lo que estaba haciendo y con cara de soportar lo insoportable y agarrando la primera prenda que estaba cerca me la puso delante de la cara). Mira, en la etiqueta pone “talla: 32-34-36-38-40-42”. ¿Ves? Hay hasta la 42.
– Ah, disculpe usted, ¿sería tan amable de sacarme unos pantalones vaqueros negros de la talla 42?.
– Mira en el montón de allá.
– Ya he mirado y no veo ninguno.
– Pues si no hay es que no hay.”

Que conste que yo en estas situaciones ya no me cabreo, son muchas conchas de galápago encima y en el fondo me daba pena la pobre chica, ocho horas por el salario mínimo –supongo- recogiendo prendas del suelo y volviéndolas a doblar, todo el día así es como para gastarse el sueldo en ansiolíticos, la verdad. Pero a lo que iba. Lo ponía en todas las etiquetas de la tienda, que el fabricante (los de siempre) hacían prendas DESDE la talla 32 hasta la 42. (No es un error, TALLA 32).

Pues he descubierto cuál es el truco del almendruco. Resulta que ciertas marcas, al fabricar hasta la talla 42 ó 44, estaban consiguiendo que SEÑORAS MAYORES, -como yo, como nosotras- con un cuerpo serranísimo y un espíritu de lo más jovial, se vistieran con los mismos modelitos que las mocitas de veinte y claro…eso disminuía las ventas, el interés de la juventud y todas esas cosas de las que se habla en las reuniones “con los de Marketing.” Así que, cumplimos con la normativa ¿? Haciendo cuatro pantalones de la talla 40 y tres de la 42 y ya está. Muerto el perro se acabó la rabia.

Pero a mí no me la dan: reciben “camiones” dos días a la semana. Es cuestión de estar al tanto y pillar la talla 40 y la 42 que se quiera. O una XL que también las hay, bien escondidas que están, pero las hay.

Y si no les gusta que estemos guapas, modernas y con un look ochentero… pues que se lo tomen en dos tazas. Y al cuerno con la talla 38.

Por cierto…¿la talla 32 no es para niñas de 10 años sin desarrollar?

LaAlquimista.

Nota bene.- ¿Qué tal una crítica o comentario? Gracias.La preciosidad de la foto siempre tuvo la talla 44

Por cierto que la preciosidad de la foto siempre tuvo la talla 44…

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¿Vale más solo que mal acompañado? Por LaAlquimista
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Cecilia Casado | 10-11-2009 | 5:31| 0

 

 

       No sé quién se inventa los refranes al igual que tampoco sé quién se inventa los chistes, pero éste es uno de los refranes más contradictorios que conozco: “Más vale solo que mal acompañado”. Lo escuché por primera vez de boca de mi padre cuando, con ocho años, mi amiga del alma me dio la espalda por un asunto de importancia vital: si jugaba a cromos conmigo siempre le ganaba, así que decidió ir a probar fortuna a la otra esquina del parque. Obviamente no podía entender la sencilla enseñanza que me quería dar mi padre, podía haberse molestado en explicarme algo más, yo tan sólo sabía que tenía que llorar por no tener con quien jugar, por la soledad recién estrenada. Ahí creo que el fátum empezó a cebarse en mí.

       Unos años más tarde, cuando dejé de salir con mi novio de toda la vida harta de aburrirme los domingos en un bar viendo fútbol o de que me dejara en casa a las 10 para  largarse de parranda con sus amigos, intenté consolarme con el refrán de marras, y tampoco. Entonces me di cuenta de la cantidad de veces que lo escuchaba a mi alrededor, de cuántas situaciones se resolvían con dicho aforismo, como si el zapatazo anímico de quedarse más solo que la una pudiera compensarse con la sutil soberbia subyacente en el maldito dicho.

       ¿Qué tu marido se enamora de una mujer 15 años más joven y te da como solución 500€ al mes para que le críes a los niños?, pues eso, más vale sola que mal acompañada. ¿Qué tus amigas deciden que ya no les apetece salir por la noche a cenar ni a tomar una copa?, otra vez, más vale sola –en casita- que mal acompañada. ¿Qué tus compañeros de trabajo babean por el jefe y a ti te miran como bicho raro porque no vas a tomar cervecitas con ellos? Pues de nuevo mejor sola –mientras los demás se divierten- que mal acompañada. Y así ad nauseam.

      Pero no es cierto, he descubierto -lista que es una- que hay una gran mentira detrás de todo esto porque veo a mi alrededor personas que prefieren mil veces estar mal acompañadas que SOLAS, que hay muchas mujeres * que siguen viviendo con un marido aburrido, sin chispa alguna y poco cariñoso por el PAVOR a quedarse solas. (Y no hablemos ya de intereses o necesidades puramente económicas, entonces la tasa de conformismo se pierde en la estratosfera). ¿Y el pobre hombre que soporta día tras día ver que el único que se alegra de su vuelta al hogar familiar es el perro…?

      Supongo que hay en todo esto un factor educacional que nos impele a “soportar”, como si de un fatal destino se tratara, situaciones de profunda infelicidad por mor del buen comportamiento social, por hacer lo que se espera de nosotros que hagamos, por la paz un Avemaría…

Y ahí es donde, con más de cincuenta años y viviendo en un país de costumbres aparentemente libres, incluso para las mujeres, podemos todavía dar un giro de timón tan fuerte como sea necesario. Porque nunca estaremos TOTALMENTE solas, aunque no haya pareja afectiva, habrá familia o hijos o amigos o incluso, amantes. Y es mejor disfrutar de lo que tenemos que quejarse por lo que nos falta.

Lo dicho: ¿Me echo novio o me compro un perro?

(*) Donde pone “mujer” léase también “hombre”.

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El mejor adorno (Por LaAlquimista)
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Cecilia Casado | 09-11-2009 | 2:56| 0

Gracias al cambio de horario es ya de día cuando suena el despertador, así que puedo salir al balcón y otear el horizonte creando mi propia previsión meteorológica, que si no coincide con la versión oficial del telediario de la víspera por lo menos no me enfado con el hombre del tiempo. Hoy toca nublado pero sin agua a la vista, mejor esto que las tormentas anunciadas, menos da una piedra.

Mientras me ducho voy pensando qué ropa será la más adecuada a mis energías de hoy, no entiendo a esas personas que, por prisas o necesidad, eligen la noche anterior la ropa que se van a poner al día siguiente, ¿cómo es posible adivinar de qué estado de ánimo te despertarás? ¿Y si has tenido sueños eróticos…?

Nada de gris o de negro, hoy no voy a ser otra mujer invisible. Aunque tan sólo sea la misma rutina de siempre, el trabajo o hacer la compra, me voy a preparar como si fuese una ocasión especial.
¿Acaso no es especialmente importante un nuevo día? Sí, ya sé que peco de optimismo, pero por el mismo precio… Pero es un nuevo día de los que me quedan por vivir –que no sé cuántos son-.

La falda vaquera –no demasiado corta obviamente- me da un toque que me agrada y le pondré unos leggings negros que son muy socorridos. Una blusa blanca y la cazadora de cuero roja, botines de medio tacón y, lo más importante, los pendientes y la barra de labios a juego con una sonrisa de tamaño mediano/grande. El espejo no se resquebraja; bien, puedo pues salir a la calle tranquilamente. (Las dos gotas de eau de parfum son opcionales pero las recomiendo vivamente).

En el ascensor –largo trayecto ya que vivo en un piso muy alto-, la sudamericana del quince, prieta y embutida en colores, me mira de arriba abajo y sonríe. El señor mayor del bastón del doce baja la mirada después de pasarla sobre toda mi figura y para rematar, el adolescente granujiento del quinto me mira a la cara y no hace muecas mientras menea la cabeza insertada en un pinganillo. Prueba superada.

Hoy no voy a ser otra mujer invisible y para ello me he adornado con lo más atrayente y favorecedor que puede ostentar un ser humano: una hermosa sonrisa.

LaAlquimista

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La segunda oportunidad (Por LaAlquimista)
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Cecilia Casado | 07-11-2009 | 10:46| 0

Era mucha mala suerte quedarse viuda hace unos lustros. No solamente por la pérdida en sí, pérdida humana y económica, sino porque, en la mayoría de los casos, la mujer quedaba abocada tristemente a la soledad, a la ausencia de hombre. Porque, a ver, los que quedaban disponibles eran los que no había querido ninguna y tampoco era la cosa como para correr tales riesgos. Y así la mujer viuda se arreglaba como podía que era mayormente renunciando al sexo, a ir al cine y a salir de vacaciones. Porque si había hijos mal y si no los había peor.

Pero no es tan duro ser viuda , estamos en la época de las segundas oportunidades. Porque si se muere tu marido lo pasas mal, eso seguro, pero puedes –después del período de luto- (¿existe eso todavía?), volver a estar en el candelero puesto que hay MUCHISIMOS hombres disponibles. Y no digo ya nada de si estas separada o divorciada, entonces las posibilidades de “rehacer” tu vida se multiplican por mil. Eso sí, con un hombre también divorciado o similar, pero menos da una piedra.

Y digo yo; si la mayoría de las separaciones matrimoniales tienen lugar porque es la esposa la que pone la demanda, esos hombres repudiados, rechazados, despedidos sin indemnización, enviados al triste “paro” de los que en vez de cobrar la pensión la tienen que pagar, esos hombres…van a encontrar casi seguro otra mujer* menos exigente que les va a dar una nueva oportunidad. Así ocurre que se entablan segundas relaciones sin haber corregido los errores que motivaron el fracaso de la primera, pero…¡qué prisa hay, qué necesidad de volverse a emparejar…¡

Y repetir más de lo mismo pero con una persona diferente. Porque uno no cambia, (una no cambia) y nos siguen molestando las mismas cosas (lo del tapón de la pasta de dientes y la tapa del wc) y seguimos teniendo el mismo mal genio. En cualquier caso, el mundo está lleno de hombres disponibles, lo veo por todas partes, en las academias de baile de salón o latinos –a buenas horas-, en las academias de inglés –a buenas horas-, en los cursillos de arte –más vale tarde que nunca-, y sobre todo en Internet.

Qué bonito poder volverte a enamorar a los cincuenta cuando ya has dejado de amar al amor de tu vida… y recobrar las ganas del sexo, y teñirte las canas con alegría, e intentar meterte en unos vaqueros de H&M y volver a salir a cenar y a tomar copas y quedarse en la cama hasta las tantas con un nuevo novio que se ofrece a bajar a por cruasanes.

Qué bonito empezar a conocer a sus hijos, sentir cómo te miran, invitarlos a comer y decidir que están muchísimo peor educados que los tuyos, faltaría más, y qué manera de tratar al padre y de sacarle los dineros y bueno, eso conmigo no hubiera pasado y tú dirás lo que quieras porque son tus hijos y siempre los vas a defender pero bueno, la pensión que les pasas, qué barbaridad y a tu ex, vamos hombre, que trabaje como yo, que me deslomo ocho horas y además tengo que llevar la casa y total para que tu sueldo se lo lleven ellos y encima las vacaciones que parecemos la familia Trapp y yo trabajando el doble… y en mala hora me he vuelto yo a juntar con un hombre, con lo bien que se está sola, sin perro que me ladre.

Esos hombres que buscan denodadamente una segunda oportunidad, esos hombres que no soportan vivir en un pequeño piso de alquiler, solos, teniendo que ir al súper a comprar y cocinar comistrajos y poner la lavadora y, el súmum del horror, planchar,, comer viendo la tele, cenar viendo la tele, pasar los fines de semana viendo la tele, están deseando encontrar alguna mujer “sencilla y cariñosa” que les resuelva la cuestión y, por el mismo precio, les caliente una cama que ellos mismos habían dejado helada los últimos inviernos.

¿Soy dura? ¿o soy realista?

(*) Donde pone “mujer”, léase también “hombre”.

 

Laalquimista

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La mirada del otro
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Cecilia Casado | 05-11-2009 | 4:47| 0

Me gusta mucho salir a pasear con mi hija pequeña los sábados por la mañana –a ella también le agrada, entre otras cosas, porque siempre “cae” algo-. Me cuelgo de su brazo, ya que se avergonzaría de colgarse de mi mano como ha hecho hasta hace bien poco, y también porque así puedo ir mirando a las musarañas sin miedo a dejarme los dientes contra cualquier obstáculo urbano.

Durante el último paseo conjunto no dejé de percatarme de las miradas que le dirigían algunos mozalbetes de su edad –rozando la veintena- y otros –descarados- de edad más cercana a la mía. De hecho, en un momento determinado, un grupito de deportistas –vestían chándal y calzado al uso- se volvieron al unísono a nuestro paso (al suyo y al de mi sombra) y silbaron admirativamente.

–“Vaya, le dije, sólo falta que te pidan autógrafos…”
– “Oye, que a ti también te miran, me espetó ella.”.
-“¿A mí? ¿Que me miran a mí…?”

Hoy salgo a pasear sola dispuesta absolutamente a tomar nota de cuanta mirada –masculina– se pose en mi persona. Me convenzo de que será una especie de “experimento sociológico”, ningún otro fin me lleva al paseo errante (de la vanidad no me apetece hablar ahora). Bien es cierto que no salgo a la calle con el aspecto de ir a recoger aceitunas pero tampoco me arreglo más de lo que se consideraría correcto para una “señora” de mi edad; es decir, que si me encuentro con mi madre que no me tenga que decir lo que me decía mi abuela: “Jesús, hija, qué pintas llevas”.

Mi ciudad es apacible en grado sumo a cualquier hora del día, pero en una mañana laborable, con buena temperatura, andan los que trabajan y los que no, como lagartijillas al sol. En los paseos los bancos están solicitados; las terracitas también y barandillas y pretiles soportan el peso de quienes disfrutan del paso de las horas como si la urgencia de vivir no existiera para ellos. Y hay muchos hombres solos, jubilados o prejubilados, parados o en desempleo, de vacaciones o porque les han mandado a comprar el pan, el caso es que, fijándome, contabilizando, la cuenta se me escapa de lo sencillo. Y con el rabillo del ojo vigilo si alguno me sigue con la mirada.

Siento sobre mí la mirada del otro –ésa que tan magníficamente describe Fernando G.Salgado en su homónima novela- y esa mirada añade ritmo a mi paso y alegría a mi corazón. Quizás me he acostumbrado a ser “transparente”, a creer que los ojos del hombre ya no reparan en mí, normas inventadas por otros y aceptadas por nosotras, las de más de cincuenta, que se convierten en leyes cuando nos las creemos a pies juntillas.

Recordar un cosquilleo olvidado, sentir el peso de unos ojos en el cabello, en la espalda, en el trasero, notar que las piernas se alargan y ser consciente del paso bien firme de los pies. Unido esto al regalo del calorcillo otoñal hace que la autoestima suba grados y la sonrisa se ensanche. Sí, ya sé que es de bobos andar sonriendo por la calle, pero cuando hay motivos…

Ahora que lo constato –que todavía algunos hombres me miran-, voy a mirar yo también.

Puedo ¿no?

LaAlquimista

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Sobre el autor Cecilia Casado
Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.

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