Diario Vasco
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Autor: A partir de los 50
Reflexión del lunes. “Vacaciones y amor”
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Cecilia Casado | 07-08-2017 | 7:21| 0

 

Cuando llevas una vida estresada y acabas todas tus jornadas cayendo en la cama como si fuera el descanso eterno, el concepto “vacaciones” es la única tabla de salvación a la que puedes agarrarte.

Creo recordar que así­ fue en mi vida durante muchos lustros. Pero cuando el alma se serena y jubilas el reloj y la prisa y comprendes que todos tus dí­as son “víspera de fiesta” desaparecen del esquema mental postales de colores y sueños comprados a golpe de tarjeta de crédito. Rascas la superficie y aparece lo que de verdad importa: lo que a cada uno le mueve por dentro para seguir sonriendo a la vida.

Aprovecho parte de las vacaciones de mis hijas para compartir  amor en su compañí­a; ellas dejan de lado por un tiempo su rutina, sus prisas y la lucha por llegar al mismo sitio donde yo quise una vez llegar -que ya no me acuerdo cuál era- y se acercan unos dí­as al nido que les dio el primer calor y el primer empujón para volar.

Lo llenarán de risas y sonrisas, de voces cantarinas y algún que otro llanto de la chiquitina -“los bebés se expresan sin tapujos-, la casa se pondrá “patas arriba” en un amoroso caos que seguramente me removerá nostalgias, habrá despertares pausados  y muchos besos de buenas noches.

Vacaciones y amor. Como en aquellos tiempos en que los períodos de descanso los compartía con quien amaba; primero con mi pareja, luego con mis hijas. De la mano de algún ser querido, en una compañí­a que creí­ imprescindible y eterna, se deshojó el calendario en una vida que estuvo compartida, nunca solitaria, ni por fuera ni mucho menos en el interior que es, a fin de cuentas, donde se guarda la verdad que nos define.

Luego la biografía continuó a salto de mata, a veces bien acompañada, otras veces en soledad pura y dura, que no por ser elegida deja de ser una forma diferente de vivir en contraste con lo que estaba acostumbrada. Las vacaciones dejaron de ser “familiares” y se convirtieron en una especie de maratón viajera para llenar de sellos el pasaporte y los huecos  del corazón con el convencimiento de que visitar confines lejanos y diferentes me aportaría tanta paz y descanso como quedarme sentada sintiendo la caí­da de la tarde en la mera puerta de mi casa.

Ahora llegarán mis amores de verdad a vivir “sus” vacaciones a mi lado. Algún día recordarán ellas también con su peculiar nostalgia, el tiempo de verano pasado en la casa que las vio nacer, durmiendo en “su cuarto” aunque con cama nueva, decoración cambiada e incluso con diferente “aroma”.

Porque ya habrán aprendido que nada es inmutable, que lo que nos esforzamos porque no cambie se da de bruces con el caminar cotidiano que no es dos dí­as seguidos igual a sí­ mismo.

Mirarán mis hijas por los ventanales de su infancia una ciudad que les parecerá mucho más pequeña porque ellas han crecido y recorrido el mundo conociendo grandes urbes. Y yo las miraré a ellas y a mi hermosa nietecita sintiendo que soy yo la que se ha hecho un poco más pequeña desde la perspectiva de los años vividos con una celeridad inimaginable.

Estas son mis vacaciones de verdad, los dí­as que paso en casa al amparo de las mujeres de mi pequeña familia y del amor que compartimos entre nosotras. Vacaciones de desayunos demorados, de playa o monte, de paseos por los parques, de comida casera con siesta de postre. Vacaciones de risas sin prisas para reajustar los engranajes afectivos y concentrar las emociones; una “recarga de pilas” para capear los kilómetros que nos separan y que se me clavan como aguijones.

Vacaciones con la agenda bloqueada, mi prioridad absoluta está definida por “imperativo” amoroso.

Nos volveremos a encontrar “a la vuelta”.

Felices los felices.

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Sin quejas veraniegas
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Cecilia Casado | 04-08-2017 | 6:29| 0

 

Este mes de Agosto he decidido restringir sustancialmente mi nivel de queja y/o protesta por los desmanes y/o abusos que en esta ciudad de mis entretelas vamos a sufrir autóctonos y/o foráneos por parte de “los otros”. Algo así­ como dejar de fijarme en todo lo que me molesta y/o hacia lo que tengo predisposición a que me moleste- y mirar hacia otro lado o mirarlo con benevolencia y santa paciencia.

Me aburren soberanamente las quejas cutres en las redes sociales publicando el ticket de algún bar/restaurante mesándose los cabellos porque les han cobrado cinco euros por una caña o cuarenta y cinco por tres salmonetes. Ni te cuento ya lo que me chirrían los juicios/comentarios/críticas/reflexiones sobre si el carril-bici es bueno o malo para la salud (de ciclistas y peatones), el rollo de los pisos turísticos que cumplen o dejan de cumplir las normativas y la cara de vinagre de los inquilinos fijos del inmueble que no soportan el ruido y la fiesta de los inquilinos eventuales. Ni quiero escuchar más quejas del ama de casa habitual que ve con asombro cómo los tomates se ponen por las nubes, las vainas se convierten en delicatessen y en las rebajas aparecen partidas gigantescas de prendas birriosas y de dudoso gusto y calidad fabricadas en la otra punta del mundo para que nos creamos que todavía somos una ciudad chic.

Y como estoy harta de las quejas, a ver cómo hago yo para quejarme de las mismas sin que parezca que soy una contradictoria con el alumbrado fundido.

En realidad, lo de quejarse o no quejarse es más bien una actitud que por algún motivo escondido hemos decidido adoptar. Porque bien sabido es que hay gente que “se queja de vicio” y que muchos no saben mirar alrededor si no es con la lupa que busca el fallo, la grieta, el error o la culpa ajenas.

Pero los que más me ponen de los nervios con su queja sempiterna son los “compañeros de ascensor”, esos que en vez de darte los buenos días te miran con cara de estar agonizando y te sueltan el consabido: -“Uf, vaya tiempo que hace” y total, porque cae sirimiri cuando a ellos les apetecerí­a ir a la playa. O los que suspiran como si estuvieran incubando un virus y resoplan y se agitan porque “hace un calor insoportable” cuando llegamos a los 30º cuatro veces al año, como si la felicidad de sus carnes dependiera del tiempo meteorológico (que al final acabo pensando que sí­ que depende).

Restrinjamos la queja, dejémosla a un lado, aunque sea en vacaciones, aunque sea en verano, aunque sea por hacer algo diferente a lo que hacemos todo el año.

Que eso no quiere decir que hayan desaparecido por arte de birlibirloque los motivos para protestar, pero estoy convencida de que estos van mucho más allá de las pequeñas molestias cotidianas de la convivencia con el tiempo de ocio y/o jolgorio propio o ajeno.

Si tuviera que quejarme me quejaría de lo mal que me hace sentir la burla continuada de los que mueven los hilos, me quejarí­a de los que me roban impunemente, de quienes hacen leyes a su imagen y semejanza para su propio beneficio. Si es por quejarse me tendrí­a que quejar de la insania de tantos hombres que siguen creyendo que las mujeres -y el cuerpo de la mujer- son predios a los que pueden acceder cuando les da la gana.

Me quejarí­a de muchí­simas cosas más: de la falta de amor y solidaridad que se ha instalado en nuestra sociedad, de la indiferencia manifiesta entre unos y otros teléfono móvil interpuesto, del relajamiento de los valores humanos que hace que miremos hacia otro lado en las ocasiones en las que deberí­amos “fijarnos” mucho en lo que ocurre y actuar en consecuencia y del mal carácter de ciertas personas que tenemos que pagar los demás sin comerlo ni beberlo.

Pero vamos que ya estoy divagando y al final se me olvida de qué iba este post.

Eso, que ya está bien de quejarse por todo y a todas horas.

(“¿Puedo decir que estoy hasta el moño de los portazos del vecino a altas horas de la noche? ¿No? Bueno, pues no me quejo y seguiré aguantándome”)

En fin.

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Bailando
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Cecilia Casado | 02-08-2017 | 7:14| 0

Desde pequeña he sido muy “bailona”. En casa lo tenía difícil porque la música molestaba así que recuerdo que bailaba en silencio, en la soledad de mi cuarto, siguiendo el ritmo de lo que cantaba “hacia adentro”; no había espejo pero yo inventaba pasos y coreografías, seguramente influenciada por los programas de la televisión que eran el único referente profano que tenía, aunque en el colegio también hacíamos ciertas “coreografías” cantando y desfilando a la gruta del fondo del jardín donde había una imagen de la Virgen y a la que nos dirigíamos más con paso militar que disoluto.

Luego vinieron los guateques y había que bailar “agarrao” que era lo único que les gustaba a los chicos, pero las chicas nos animábamos a bailar el twist o el rock entre nosotras ante la mirada casi despreciativa de los gallitos que fumaban displicentes esperando a que llegara el rato de las “lentas”. Un rollo.

A las fiestas de los pueblos cercanos a Donosti no iba, me lo tenían prohibido completamente, vaya usted a saber por qué, supongo que una “señorita” tenía el círculo personal rodeado de alambre de espino por decreto ley…familiar. Así que el goce supremo y la liberación bailable me llegó con la primera discoteca a la que pude acceder a mi ya más que “madura” edad de quince años.  El “Parisien” en la redenominada Avenida de España, abría sus puertas también en sesión de tarde y, con los libros del Insti bajo el brazo y la minifalda escondida en el bolso, allí que nos íbamos las amigas, a pegar saltos como locas y a consumir, faltaría más, que aquello era un negocio y no una oenegé.

Me gustaba tanto bailar que empecé a perfeccionar pasos con una amiga tan locuela como yo y, sin tener los dieciocho cumplidos, los sábados y domingos por la tarde íbamos a “trabajar” de go-gós a discotecas de la provincia. Nos pagaban, vaya que si nos pagaban, y luego era un horror tener que justificar en casa la ropa, los discos y libros y los maquillajes nuevos.

Se bailaba lo que se bailaba, nada de ritmos latinos ni étnicos, estábamos dando el primer salto hacia la Europa moderna, la que marcaba las pautas en música y en cine y era imitada por EEUU con bastante más gloria que pena, todo hay que decirlo.

En las bodas aprendí a bailar pasodobles, valses y los ritmos que me enseñaban la parentela e invitados con una edad imposible para el rock y los ritmos de moda. Pero el caso era bailar; me gustaba tanto que me recuerdo con mi embarazo de siete meses pegando saltos en un bodorrio al que me tocó asistir.

Después hubo un paréntesis de varios lustros en los que mi “baile” consistía en correr de casa al trabajo, del trabajo a casa y, entremedias, atender a mi familia, contarles historias a mis hijas y, muy de vez en cuando, encontrar un hueco para salir con las amigas a cenar. Lo de ir luego a bailar no se estilaba en mi círculo; eso quedaba para las solteras o divorciadas. Las casadas o bailábamos con el marido o criábamos varices.

Pero antes de cumplir los cincuenta di un buen golpe de timón a mi vida; me divorcié por segunda vez y retomé el gusto por el baile. Me apunté a una academia de esas que enseñaban todo lo que había que saber para moverte en una pista con un señor que te guiaba a su gusto y ritmo. Por cierto que ahí conocí a mi última pareja con la que compartí muchísimas satisfacciones en la pista de baile…y fuera de ella. Porque de repente todas queríamos bailar salsa, merengue, bachata y hasta swing. Ahora ya la que no domina la zumba y el “perreo” se queda obsoleta antes de empezar, así que me alegro de haberme librado de la furia del reggeton en mi juventud porque soy consciente de que, con la excusa del baile, lo que se hace es agarrarse un calentón de los buenos…en posición vertical y con la música de fondo. Allá ellos y ellas que lo bailan…

Todo este prolegómeno e historial aburrido para acabar contando que, ayer, justo cuando acabó la tormenta de media tarde que bajó de las montañas de improviso, puse la radio a tope y me tiré media hora bailando como loca –que es como más gusto da bailar y hacer ciertas cosas- bajo la mirada alucinada de mi perrillo. Al final le invité a compartir unos pasos y se dejó coger en brazos y así andábamos, él y yo, obnubilados perdidos dando saltos. 

Un ejercicio cardiovascular estupendo, divertido y barato; sin necesidad de gastar en equipamiento caro y generando alegría, energía a tope y sonrisas a chorro.

Y no me dolió después nada.

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*** Kees Van Dongen “La danseuse de corde” (1910)

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Reflexión del lunes. “Pobre Barcelona”
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Cecilia Casado | 31-07-2017 | 7:38| 0

 

Desde el pueblecito de “mi otro mar” en el que recalo en verano hasta la gran urbe hay menos de dos horas en tren, así que la tentación es grande y la disfruto sin recato. A pesar de todo lo que se dice y lo que no se dice últimamente del overbooking  que sufre, pensé tontamente que, total, un visitante más no se iba a notar demasiado….

El viajero que llegue por primera vez a Barcelona se sentirá envuelto en el mismo halo especial que circunda a las “grandes”: París, Londres, Roma, Praga. Es esa especie de burbuja invisible –pero real- que envuelve a la misma muchedumbre que saca fotos compulsivamente, al idéntico rebaño detrás del paraguas de su pastor, como un imán todos atraídos a las mismas calles, los mismos edificios y monumentos. Gaudí y el Barça, los grandes artífices de la invasión barcelonesa; poco más para el visitante ocasional, ese que dispone tan sólo de unas horas –o como mucho unos  días- para verlo “todo”.

Barcelona se engalana como enseña deportista, política y turística. Que vengan cuantos más mejor aunque luego hayan de quejarse en el foro pertinente. Morir de éxito creo que se le llama a eso.

Cien veces visitado un lugar –como es mi caso- el placer se vuelve recóndito, exquisito. Pasear por las Ramblas o entrar al famoso mercado –casi de cartón piedra- que en ellas se ubica es una peregrinación sin redención al final del camino. Porque no es lo mismo –aunque parezca igual- recalar una vez en la vida en esta ciudad maravillosa que visitarla todos los años, como turista, eso sí, pero con el espíritu de quien pasea “por casa” y no por un lugar rutilantemente desconocido.

Yo también vivo durante casi todo el año en una ciudad muy visitada donde ya es habitual encontrar turistas en todas las páginas del calendario… y en todas las esquinas. Pero no he sentido (todavía) que me invadan, que me molesten en el sentido estricto de la palabra. Sin embargo, en mi última visita a Barcelona, me sentí incómoda formando parte de una marabunta que los autóctonos, los que pagan allí sus impuestos y mantienen con su esfuerzo la ciudad hermosa, bella y casi siempre limpia, seguramente miran con recelo cuando no con franco rechazo.

Que el turismo es bueno para la economía y uno de los ejes vitales para dar de comer al ciudadano de a pie no voy a discutirlo aunque yo no haya tenido nunca nada que ver con el gremio de la hostelería ni ponga mi vivienda habitual en alquiler para sacarme unos jugosos dineros cuando la demanda así lo permite.

Tan sólo puedo contar aquí que me sentí arrastrada por la turba, despersonalizada yendo en la misma dirección que todos los demás y –por qué no decirlo también- fastidiada por haber caído en mi propia trampa; toda la vida peleando por ser “viajera” en vez de turista y voy a acabar en la misma balsa estancada que tanto denosté en otros tiempos.

Barcelona en mi recuerdo de hace cuarenta años cuando me llevaron de la mano a un garito inefable de la calle Lancaster en pleno Barrio Chino que me erizó los vellos de puro miedo transgresor a la Barcelona de ayer mismo cruzando la Plaza de Catalunya entre palomas y policías con igual temblor en la parte de atrás del cerebro. Barcelona en mi recuerdo de algunos sábados por la tarde merendando en una granja de azulejos blancos del Nou de la Rambla y el bar sin gracia alguna del mismísimo Paseo de Gracia donde me tomé un triste cortado a precio de chocolate vienés antes de dedicarle un guiño –o corte de mangas- a la Casa Batlló cuya entrada cuesta hoy un 20% más que la entrada al Palacio de Versalles y correr al subterráneo para agarrar el tren que me lleva de vuelta a casa, al silencio aburrido y carente de interés de un lugar donde todavía puedo ver mi figura en el espejo en vez de una muchedumbre que corre hacia algún lado con el móvil en la mano.

En realidad no sé muy bien qué he querido expresar con mis palabras; el disgusto o el malestar o la constatación de que criticamos al turista despersonalizado y acabamos haciendo lo mismo que él… No sé, tengo dudas… pero volví a Barcelona, visité el Palau Güell sin agobio alguno, comí en la vieja posada del Senyor Parellada y me relajé un rato en la encantadora cafetería del Palau.

Aunque creo que lo mejor del día fue la compañía…

En fin.

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¿Por qué comemos mal si hay dinero para comer bien?
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Cecilia Casado | 28-07-2017 | 6:47| 0

 

 

Jamás se me había ocurrido mirar de reojo la compra que hacen otros clientes en un supermercado hasta que me di cuenta de que, invariablemente, quienes estaban detrás de mí en la cola, cotilleaban los artículos que iba dejando en la cinta que avanza inexorable hacia la cajera.

Así que incorporé a mis entretenimientos inocentes esa mirada con código de barras cuando me toca ir –obligada por la necesidad- a una gran superficie. Como en “mi otro mar”, donde no existe el colmado de la esquina en el que me dan los buenos días por mi nombre y una sonrisa y voy un martes a primera hora –el lunes es nefasto y el viernes o sábado ya ni te cuento- a abastecerme de lo que creo que voy a necesitar durante la semana.

Hoy me he puesto las botas de cotillear la compra ajena porque hemos coincidido tres carritos en la única caja operativa del hiper: de 9 a 10 de la mañana funciona así, ahorrando personal. Bueno, pues esto podría ser un estudio sociológico si me pagaran por hacerlo, pero como es cosa mía, contaré aquí el batiburrillo de ideas –y de productos- que he visto en dos carros llenos hasta los topes.

Uno de ellos “conducido” por una pareja patria y otro por una pareja de extranjeros. Ambas en el mismo rango de edad –más cerca de los cuarenta que otra cosa- y todos con aspecto de haber estado acometiendo una tarea cansina y desagradable, como es la de aprovisionarse de TODO lo que uno pueda imaginar sin restricción alguna.

Lo que primero me ha llamado la atención han sido las grandes botellas de plástico conteniendo líquidos imprescindibles para la salud: agua (que no entiendo yo por qué no se bebe la del grifo con lo barata y buena que es) y luego esas bebidas de diferentes colores tan populares, pasando por el amarillo pálido hasta llegar al marrón oscuro. Botellas de 2Lts. en packs de 6 unidades. Ahí es nada.

Al lado iban –bien apretadas- las latas de cerveza contadas por docenas junto a los tetrabriks de algo que quiere ser vino y no sé yo qué es porque creo que nunca lo he probado conscientemente. Luego la leche a mansalva: desnatada o normal, con soja o sin lactosa, mezclada con cereales o con las galletas hechas migas. Nunca me entrará en la cabeza que sigamos bebiendo leche después de que nos destetaran hace décadas, pero bueno, son costumbres que no se razonan demasiado. Al igual que los miles de yogures, postres lácteos, flanes, púdines, cuajadas y un largo etcétera cocinados todos industrialmente a base de polvos, huevinas y algo de leche, y muchísimo azúcar, claro está.

Después había bolsas de plástico de gran tamaño conteniendo fritos diversos, bollería de todo tipo por docenas y panes recién sacados del congelador vía horno. Bandejas con preparados cárnicos de diversa índole, pero destacando lo que se puede poner a la barbacoa: salchichas, magros del cerdo, muslos de pollo mutante y sus alotas correspondientes y algún que otro conejo abierto en canal. Pescados, pocos, la verdad.

El apartado de frutas y verduras lo monopolizan los melones y sandías y esas bolsas con hojas de ensalada lavada y lista para comer. Los tomates pelín plastificados y los melocotones como pelotas de frontón –de aspecto duro y tieso.

Bueno, ya paro porque me aburro hasta yo misma. ¿Que qué había en mi carro? Pues papel higiénico, líquidos de limpieza, arroz, lentejas, zanahorias, patatas, cebollas, ajos, calabacines, berenjenas y brécol. Aceite AOVE de arbequina y aceitunas gazpachas. Pescado del Mediterráneo bien fresco, bien lavado y a buen precio que irá derecho al congelador. La carne, ni olerla. Los huevos, camperos y el vino de la Ribera del Duero. La fruta y los tomates se la compro a un payés que tiene “puesto” en un camino de tierra cerca de casa. El pan en el “forn” de los que hay por doquier y alguna coca salada que me encantan.

Alguien dejó escrito que “somos lo que comemos” y doy fe de ello: mis kilos de más están ahí, con D.O. y habiendo invertido en ellos mis buenos dineros.

En realidad comemos demasiado y –desgraciadamente- demasiado mal. Yo, la primera, que me paso por el forro el límite calórico diario con una sensación viciosilla de estar cometiendo un pecado nefasto en una mujer de mi edad. Pero qué importa pesar algo de más, lo que sí que importa es comer cosas que ya sabemos que son “malas” para nuestro organismo. Curiosamente, mirando los carros de la compra ajenos, observo que lo malo y lo peor –alimenticiamente hablando- no sólo no es lo más barato sino todo lo contrario. Porque que me digan que hay personas que se ven obligadas a comer “barato” porque no les queda otro remedio…tristeza es. Pero que quienes peor comen sean –para más INRI- los que más pagan por esa comida-basura…eso ya no tiene ni nombre. O sí…

En fin.

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Sobre el autor Cecilia Casado
Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.

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