Diario Vasco
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Autor: A partir de los 50
Pobres perros
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Cecilia Casado | 20-10-2017 | 9:17| 0

elur-simpatico
Elur, mi precioso bichón maltés de diez años, padece epilepsia. Esta enfermedad se le declaró hace ya casi cinco años como consecuencia colateral de una meningoencefalitis que se le produjo de la noche a la mañana y que hizo que pasara de ser un perrillo saltarín –con el que me iba al monte tranquilamente- a un tranquilo, simpático y discapacitado perrillo que anda con paso “turulato”.
En su día acudí a varios veterinarios para saber el origen, evolución y posible curación de su enfermedad y de todo lo que me dijeron saqué en claro dos cosas. La primera que la crianza de perros bonitos y con pedigrí es un negocio puro y duro de mezclas más o menos endogámicas con el único fin de que salgan “perros guapos” que puedan tener un buen encaje en el mercado de animales. Es decir: como ocurrió con mi madre cuando decidió que quería un perro para “jugar” con él a sus ochenta años, que no le gustaron los que había para adoptar en la Protectora y hubo que comprarle un “perro de marca”, previo pago de muchos maravedíes…
elur
Elur vino de un criadero con todos los papeles en regla: partida de nacimiento y certificados varios que garantizaban que el perro era de “buena familia”. El capricho de una anciana hecho realidad y un ser vivo de cuatro patas lanzado a una vida “humanizada” en contra de la más mínima libertad y derechos que le asisten como ser vivo.
Pero esto es lo que hay –como me fui enterando a base de preguntar aquí y allá. Adoptar un perro es un acto de generosidad y comprarlo en una tienda es un acto de puro egoísmo, cuando no de capricho puro y duro. Con esto no quiero decir que TODOS los perros comprados lo hayan sido por intereses espurios… pero bueno.
El caso es que me muevo desde hace varios años en un “círculo perruno”, los mal llamados “dueños” de perros interactuamos muchísimo, sin conocernos de nada nos saludamos y hablamos de nuestros perros, como si fueran bebés, de lo bien que comen o lo mal que duermen, de sus enfermedades y de las habilidades de unos u otros veterinarios. Compartimos sugerencias, ideas y consejos, todo alrededor de un objetivo común: el perro.
Así he sabido de los males y enfermedades que se ceban en las diferentes razas, casi como una generalidad fatídica. Del pastor alemán al yorkshire, pasando por el terranova y el coollie, el bulldog francés –ejemplo de perro customizado a gusto del consumidor- hasta llegar a los perrillos tan pequeños que parecen auténticos juguetes a pilas. (Con todos mis respetos, por supuesto).
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Elur, mi precioso y querido bichón maltés, lleva AÑOS manteniéndose a base de cortisona para regular su estabilidad motriz. Obviamente, este fármaco le produce efectos secundarios muy graves. Contrajo una gingivitis ya que no se le podía sedar para hacerle una limpieza bucal de toda la flora microbiana que se había instalado en su dentadura, debido a que su corazón probablemente no resistiría una anestesia completa. De resultas, lleva ya un año tomando antibiótico genérico a la vez que, sin pausa alguna, se le van cayendo sus necesarios dientes y viendo cómo su ingesta de alimentos deja de ser afanosa y deliciosa: se acabó roer huesos.
Como consecuencia del último ataque epiléptico –hace menos de una semana- tiene que tomar Diazepan para estar tranquilo y de resultas de esta nueva medicación se pasa veinte horas al día durmiendo con lo que su calidad de vida se ha visto mermada considerablemente quedando esta reducida a comer, dormir y salir un rato al parque por la mañana y otro rato por la tarde; más, no quiere.
Subo y bajo a la Protectora de Animales con relativa frecuencia, donde aportan a Elur cuidados médicos y desde donde me animan a darle mucho cariño, atención y todos los mimos posibles. Es un ser vivo enfermo al que hay que cuidar en lo físico y también en lo psíquico, qué duda cabe.
Pero tengo rabia por dentro. Esta emoción me asalta cada vez que pienso lo estúpido que es el ser humano, capaz de modificar razas y hacer cambalaches para el puro negocio sin pararse a pensar en que todo eso tiene un precio, un precio muy alto que, no me cabe la menor duda, acabamos todos pagando. En mi caso, el dolor y la tristeza de no ver a Elur disfrutando de su naturaleza vital –como hago yo con mi naturaleza vital humana- como consecuencia del capricho egoísta de tener un perrillo que ha sido “diseñado” para lucirlo y dar compañía y cariño como fin de sus tristes existencias.
Algo así como las parejas que se quieren poco y mal y pretenden arreglar el tema teniendo un hijo “que los una”. Algo así como las personas antipáticas y asociales que se compran un perro para poder hablar con él en vez de hacerlo con otros seres humanos. Algo así como lo que le ocurre a mi pobre perrillo que está arrastrando su existencia entre cuatro paredes en vez de dar saltos por el campo persiguiendo mariposas como sería lo adecuado a su naturaleza.
Ya sé que este post es triste y algo enfadado; o más bien enfadado y algo triste y con la espada de Damocles que me dice que me vaya preparando para un desenlace que va a ser el más duro de todos: llevarlo a un veterinario para que lo maten cuando la enfermedad haya minado sus defensas y no le quede apenas esa mínima fuerza vital en sus ojillos para seguir mirándome con su amor especial cada mañana…
En fin. Lo que se aprende si uno quiere aprender…
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Jubilados
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Cecilia Casado | 18-10-2017 | 7:15| 0

 
Desde que no tengo que ir a trabajar, el tiempo, las horas del día, una detrás de la otra, han ido adquiriendo un valor intrínseco, específico y personal que hasta ahora (y mira que he vivido años) no habían tenido. Cuando mi única alternativa era deslomarme intelectualmente por un salario mensual –aunque llegué a convencerme de que lo hacía a gusto e incluso era feliz haciéndolo- no tenía demasiada conciencia del paso del tiempo como no fuera para vigilar que sonara pronto la sirena de salida los días laborables. A partir de ese hito la vida comenzaba realmente para mí (y para tantos otros).
Sin embargo, desde que no tengo ya que ir a trabajar, primero gracias a la crisis que se llevó por delante mi puesto de trabajo (y tantos otros), y luego porque me llegó la hora de empezar a recuperar de las arcas públicas las cotizaciones que salieron de mi bolsillo privado durante la friolera de cuarenta y dos años, la primera hora del día es sagrada y hermosa en cada uno de sus sesenta minutos.
Abrir la conciencia y los ojos pausadamente, sin ser despertada por la alarma antiaérea del móvil, desperezarme lánguidamente comprobando si los cuatro puntos cardinales de la cama siguen estando en su sitio, posar un pie y luego el otro en la tierra, en la vida, en la alfombra suave de mi libertad.
Preparar el té con todo el mimo posible, meditar sobre la profundidad de la cosa mientras un par de tostadas se broncean lentamente para bendecirlas con aceite oscuro e intenso, como un amor maduro…
Pero también la segunda y la tercera horas son sagradas y hermosas. Todas ellas. Porque nada me aprieta, porque nadie me agobia, porque no suena el teléfono, ni recibo treinta correos electrónicos al día, porque no tengo reuniones, ni se repite mi nombre cincuenta veces en una misma mañana. Las horas, el tiempo del reloj es sagrado porque es exclusivamente mío. La cosecha que no esperaba recoger hasta los sesenta y cinco fructificó casi diez años antes; algo verde y bastante menguada, pero suficiente –con qué poco podemos vivir dignamente- para hacerme crecer las alas.
Ahora puedo dedicarme a reflexionar sobre lo que más ha importado a la humanidad cuando no había que ir a cazar mamuts. Las preguntas del millón, del tipo: “Quienes somos, de dónde venimos y a dónde vamos? ¿Qué es el ser? ¿Qué es la esencia? ¿Qué es la nada?”*** Ahora comprendo que es preciso pararse a mirar al vacío circundante para poder entender la inmensidad del caos. Embutirse en la espiral ruidosa que nace con nosotros para, en medio de ella, hallar el verdadero silencio. Como hacen sabiamente los jubilados que se pasan horas delante de las obras en cualquier rincón de la ciudad. Ahora puedo comprenderles y, sin lugar a dudas, romper una lanza a su favor.
Los que aún trabajan atados a la férula impositiva de las ocho –o más- horas al día, no podrán entenderlo. Pero algún día se darán cuenta de que es la jubilación el comienzo de un largo curso de filosofía. Una “carrera” que puede ser tan larga como la suerte –y la salud- deparen y tan fructífera como uno libremente decida que sea. Ya no habrá “exámenes” ni “notas de fin de curso”; tan sólo la satisfacción íntima –e inmensa- de saber que ahora sí, por fin, cualquier actividad emprendida puede estar perfumada con el exquisito aroma de la libertad. Cuestión de darse cuenta de ello…
No seré yo quien lo desaproveche.
Felices los felices.
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*** Siniestro Total. Letra de una canción.

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La limpieza de los lunes
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Cecilia Casado | 16-10-2017 | 7:35| 0

 
Desde que vivo sola es que no ensucio apenas, -o será que me estoy volviendo miope-, pero el caso es que paso el dedo por los muebles y ni polvo encuentro; la lavadora que antes echaba chispas cada dos días tan sólo se pone en marcha una vez a la semana (tengo que calcular cuánto me ahorro en jabón y suavizante). Pero a pesar de estas apreciaciones puramente subjetivas sobre la higiene doméstica, como me gusta respirar aire poco viciado dedico los lunes a hacer limpieza.
Antes pasaba el aspirador por toda la casa y por la agenda, por si me sobra algún teléfono que no quiero para nada, pero desde que compré un robot limpiador dejo que haga de su capa un sayo. Cambio las sábanas de la cama, las toallas del baño y le doy un repaso a mi manera de encarar la vida –que siempre hay que hacer ajustes en esa maquinaria. Los cristales ni los toco, que hay muchos y grandes y ya se limpian, o así, con la lluvia; también dejo algunos asuntillos íntimos pendientes por si se lavan con la lluvia… o el paso del tiempo. Los cuartos de mis hijas los aireo con la brisa mañanera y los dejo como están: perfectos, preservados y llenos de amor; ellas lo agradecen cuando vuelven a dormir entre sus nostalgias.
La cocina que esté ordenada. El frigorífico limpio y sin ningún producto caducado –también algunas relaciones han ido a la “basura” emocional por estar “caducadas”, que los perecederos me gusta que perezcan en la plenitud de su sabor y frescura. (Entiéndaseme bien, por favor).
Los baños son mi “asignatura pendiente”; odio limpiarlos, lo odio, lo odio, lo odio… Menos mal que sólo utilizo uno de los dos que hay, que si no… Freud diría que sigo teniendo fijaciones escatológicas, me da igual, pero siempre he sido muy “fina” yo… pero llega un momento en la vida –casi siempre a partir de cierta edad- en que hay que enfrentarse con la propia porquería. (Iba a poner otra palabra, pero me ha parecido innecesario ser ordinaria). La vida nos salpica mucho barro, polvos viejos y telarañas antiguas, reproches del siglo pasado, rencores apestosos y resentimientos que es mejor que vayan directamente por el desagüe del inodoro previo bautizo con ese líquido de color verde que dicen que todo lo purifica. Y no tocarlos sin guantes, que pueden contagiar algo tóxico.
Mi “niña bonita” es el cuarto de estar porque, como su propio nombre indica, es donde estoy muchas horas al cabo del día, donde escribo entre plantas y músicas, mirando la ciudad y la mar al fondo, un espacio verde (ahora hay alfombra verde, lámpara verde, cuadro verde y muchas plantas con abundante clorofila) que me acoge, me protege y me da ánimos para seguir sintiendo que puedo llenar cada día mi vida de un nuevo sentido. Aquí agarro el plumero y voy limpiando –uno a uno- el polvo de los libros, de los recuerdos de mis viajes, de los marcos y sus fotos. Lo limpio, pero no solamente los lunes, sino cada día, porque hay espacios que deben ser preservados con buena energía y aire puro para que al respirarlo nos llene el cuerpo y el espíritu de buen temple.
De mi dormitorio no digo nada porque es un lugar “sagrado” y ya sabéis que lo sagrado merece devoción aparte.
Los lunes hago limpieza para quitarme alguna porquería que se me haya quedado pegada en el alma sin darme cuenta (o dándomela). Los lunes tomo pequeñas decisiones, repaso y corrijo el fin de semana al que siempre le hago algún tachón, y termino la jornada con una pequeña cena especial. Siempre me doy un premio cuando siento que hago bien mi trabajo, me compro unas flores, estreno una vela de olor o comienzo un nuevo libro. Es un día personal e incluso algo íntimo, ya saben mis amigos que no quedo los lunes porque los dedico a mis “limpiezas rituales”, mi forma perfecta de empezar bien la semana…
Y a los que se quejan porque es lunes y hay que volver al trabajo o a los afanes cotidianos…una colleja virtual, para que aprendan a pensar que no tener trabajo puede ser mucho peor que tenerlo o que vivir sin afanes es como atravesar un desierto que no acaba nunca. Por eso una vez más…
Felices los felices.
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Media hora de seguridad
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Cecilia Casado | 13-10-2017 | 7:08| 0

 
Leído así, en solitario y estrenando la página, el título de este post podría no significar nada; o poca cosa. Pero para mí tiene un significado más que importante a raíz del descubrimiento que hice hace ya algún tiempo. Un descubrimiento simple, sencillo y, seguramente un poco tonto, pero como yo no ando sobrada de pudores me voy a atrever a compartirlo por si a alguien le puede servir.
Uno de mis mayores caballos de batalla a lo largo de toda la vida ha sido la impulsividad. Cruel paradoja para una persona que, si se lo propone, sabe ser reflexiva –todos tenemos esa capacidad, al fin y al cabo somos animales racionales-, pero que en momentos en los que la adrenalina inunda el cerebro utiliza su más atávica y certera forma de defensa: el impulso de atacar o de huir. Curiosamente la impulsividad y la reflexión van de la mano, no puede existir la una sin la otra, son un estado cognitivo.
Como se supone que la virtud está en el término medio del equilibrio, se me ocurrió empezar a proporcionarme un tiempo de seguridad a la hora de reaccionar ante situaciones imprevistas o intempestivas que no precisasen de una reacción primaria e inmediata.
Me explico. Recibo un e-mail (antes se decía una carta) en el que se me comunica una situación que me va a afectar de manera contundente: una noticia desagradable, que alguien ya no me quiere,  que un ser querido está sufriendo, que se frustran unas vacaciones, que se escapa un poquito de felicidad… lo que sea. En vez de darle directamente a la tecla de “responder” y reaccionar impulsivamente, me concedo media hora de seguridad. Treinta minutos en los que me obligo a NO HACER NADA como respuesta al estímulo recibido. Nada de agarrar el teléfono y empezar a preguntar qué pasa, cómo es posible, eso no está bien… Media hora de margen para que la noticia atempere su carga explosiva y se dispersen las ondas producidas de manera tan invasora.
No es una tontería, puesto que cuesta un montón llevarlo a la práctica. (Atreveos a probar). Hay momentos en la vida en que, ante un estímulo, reaccionamos al segundo –irreflexiva/impulsivamente- y, si bien en una situación de emergencia eso puede salvarnos la vida (una agresión física, una catástrofe –natural o de las otras-), en la cotidianeidad lo único que hace es desequilibrarnos por dentro y dejarnos deshechos y a merced de las consecuencias de ese impulso incontrolado.
Es importante también observar cómo responden los demás a esos estímulos inesperadamente molestos; ver qué hacen ellos y vernos reflejados muchas veces en esas salidas de tono de elevar la voz para callar al otro o cuando a alguien no le gusta una conversación y se levanta arrastrando la silla y se larga haciendo gala de una muy mala educación.
Es importante –en mi opinión- tomar conciencia de que muchas veces lo que nos desagrada no es más que un reflejo en un espejo invisible que una “mano negra”nos ha puesto delante para que nos demos cuenta.
Esa media hora de seguridad me ha servido, sobre todo, para no enfadarme de manera inadecuada con quien creía que me había agredido, para no devolver una pedrada que me han dirigido con (supuesta) alevosía, para demostrarme a mí misma que puedo y debo encajar ciertos comportamientos ajenos sin ponerme como una loca. Y sobre todo, para instaurar en mí un hábito que me proporciona mucho beneficio. Esa media hora de seguridad se convierte, la mayoría de las veces, en horas e incluso días de toma de distancia de problemas y situaciones invasoras que, como han venido, luego se van.
Sin dejar rastro en nuestro ánimo. O apenas.
Felices los felices.
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La risa, la gran ausente
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Cecilia Casado | 11-10-2017 | 7:37| 0

Acabo de tomar conciencia de lo poco que he reído a lo largo de mi ya más que larga vida. Fue justo a la salida del teatro, de una función de Tricicle –no es publicidad, es que tengo que contar las cosas como ocurrieron- tomando esa cervecita de confraternización y comentando la jugada de la hora y media pasada frente a un escenario. Riendo a carcajadas. Casi con calambres en el plexo solar de tanto dar rienda suelta a una hilaridad incontenible.
Inútil hablar del buen hacer de los cómicos citados (porque no necesitan más alabanzas de las que ya han cosechado), más bien la reflexión viene de la mano de la constatación de que hacía “años” que no me reía con tanta gana.
Entonces es cuando tomo conciencia de que soy más bien tirando a “seria”, de esas personas que en una reunión pueden hacerse notar porque habla mucho, pero nunca porque se ríe mucho. Mi risa, esa gran desconocida…
Recuerdo que una vez tuve un novio que se reía como un cavernícola: haciendo tanto aspaviento y ruido que yo misma se lo recriminaba; igual es que me parecía inconveniente o de mala educación o, lo más seguro, que le tenía mucha envidia por no ser capaz yo misma de desfogarme con la misma naturalidad que él. (Ya sé que no vale de nada, pero si le viera ahora lo mismo le pediría disculpas por mi cerrilidad).
¿Qué me ha coartado a lo largo de mi vida a dejarme llevar por la risa cuando esta surgía desde lo más hondo?  Lo sé, vaya que sí lo sé.
No me hace falta ir a ninguna terapia para contarle a un oído poco interesado que mi infancia no estuvo rodeada precisamente de sana alegría, de esa que lleva a las niñas a corretear, gritar, cantar, armar bulla –si es eso lo que les apetece hacer-, sino que mi tiempo lejano vuelve a mí con el recuerdo del silencio impuesto. -“Calla, no hagas ruido, que tu madre está descansando”. –“No hables tan alto, no te rías, que molestas”. Y como en casa no podía, pues lo intentaba en el colegio, en la calle, en el parque, donde me desbocaba sin remedio y acababa siendo la niña medio loca que corría, gritaba, reía, saltaba y tiraba piedras a los chicos cuando estos intentaban decirme lo mucho que les gustaba por el certero método de insultarme o lanzarme un escupitajo. Lo de levantarme las faldas nunca lo intentaron, se ve que me crié en un barrio con fuertes connotaciones del sentimiento de pecado…
Que reímos poco o muy poco eso ya lo sabemos todos, que tal y como está el mundo actualmente no empuja precisamente a ningún tipo de hilaridad. Quizás es que empezamos viendo en la televisión niños muriéndose de hambre mientras cenábamos –con aquellos programas de “Informe Semanal” que abrieron la primera brecha en la conciencia colectiva del españolito de a pie- y hemos acabado por buscar nosotros mismos el morbo doliente en todas las noticias que se producen a cada instante. Como si hubiéramos aparcado la capacidad de emocionarnos con la parte bella de la vida –que la hay, vaya que sí la hay- y ya no fuéramos capaces más que de reaccionar ante el dolor, la desgracia, los cataclismos y la parte oscura del alma humana.
Y ahí ya no cabe la risa; ni para mí ni para nadie, desgraciadamente.
Como si nos hubiéramos acostumbrado a una cierta circunspección ante los acontecimientos, a limitar las efusiones de alegría –por una buena noticia en lo personal- a lo menos estruendoso posible, no vaya a ser que ofendamos sin querer al que está delante que igual no lo está pasando bien por sus propios motivos. Es como si diera vergüenza reir, casi como si fuera políticamente incorrecto hacerlo con la que está cayendo aquí y allá y por todas partes y al que se carcajea del chiste agudo o de la ironía inteligente se le fuera a mirar con malos ojos, por atrevido o inconsciente, por insolidario o egoísta…
Así que, gracias al buen cuerpo y mejor ánimo que se me quedó después de la sesión –pagada- de carcajadas en el teatro, he decidido soltar el nudo que aprisionaba mi risa. No quiero decir que vaya a ir ahora por la calle riéndome sin ton ni son, pero voy a permitir que la sonrisa con la que viajo habitualmente pueda desparramarse en risa franca si alguna situación así me lo provoca.
Igual es que, sin darme cuenta, voy ya necesitando sacar a flote a aquella niña ruidosa y alegre a la que empujaron al fondo de la piscina hace unas cuantas décadas…
Así que, de nuevo, felices los felices…
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Sobre el autor Cecilia Casado
Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.

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