Diario Vasco
img
Autor: A partir de los 50
Reflexión del lunes. “Blanca como la leche”
img
Cecilia Casado | 24-07-2017 | 7:43| 0

 

Vivo al borde del mar en invierno y en verano por lo que me es difícil desligarme de la cultura del “moreno” de playa. Además soy de la generación que iba de viaje de novios a Canarias buscando el sol que nunca fue pródigo en las tierras del norte. Pero tan sólo varios lustros después, la climatología ha dado otra vuelta de tuerca y nos tiene a todos achicharrados de febrero a noviembre por lo que lucir bronceado es poco menos que obligatorio en cualquier hoja del calendario.

Pero yo no olvido. Ni mi ADN, tampoco. Y siempre pregono a los cuatro vientos -por si sirve de ayuda a algún despistado- mi experiencia personal con los baños de sol.

Después de toda una vida tomando el sol cuanto me vino en gana, desarrollé una queratosis actínica en el rostro (consultar en Google); que tuve que visitar el Oncológico por primera vez en mi vida y pasar por tratamientos nada amables y por quirófano; que después de casi dos años peleando con el tema conseguí dejarlo en stand by –y toco madera y cruzo los dedos.

Me dijeron que no volviera a exponerme al sol de ninguna de las maneras. Las palabras exactas fueron: “si quieres ir a la playa que sea con burka” y he seguido las órdenes de mi oncóloga a rajatabla quien me explicó concienzudamente que el moreno de la piel no es sino el comienzo de quemaduras (y melanomas) ya que somos de raza BLANCA y así lo atestigua una epidermis de tal color. Que broncearse no es más que una moda de los últimos cuarenta años y que en otros países se sorprenden de  que busquemos la desintegración del ADN que producen los rayos UVA y de que lo aceptemos (y propiciemos) en aras de unos cánons de belleza arbitrarios y estúpidos. (Hasta hace pocos lustros el moreno de la piel era signo de “clase baja”)

Cuando miro mi cuerpo en el espejo me veo tal cual soy; con una piel suave y blanca, mayormente tersa en su conjunto (para qué vamos a hablar de los puntos conflictivos) y luminosa en lugares precisos. En estos cinco últimos años en que no he expuesto mi cuerpo al sol he experimentado un cambio radical en la epidermis. Si quiero consolarme, me digo que he rejuvenecido y si quiero alegrarme tomo nota de que he retrasado de una forma radical su envejecimiento y deterioro, pero llega el verano y estoy BLANCA, como me trajo mi madre al mundo.

Por todo lo anteriormente expuesto, ruego a quien me lea dedique dos minutos de su tiempo a reflexionar sobre si vale la pena correr riesgos –con terribles posibilidades de devenir en cáncer de piel- tan sólo para verse más guapos en el espejo o que los demás les halaguen. Ya sé que no es lo habitual escarmentar en cabeza ajena, pero no me duelen prendas en compartir mi experiencia y aconsejar por sobre todas las cosas no ponerse como lagartijas al sol, concienciarse de que lo mejor del sol es la sombra y si no queda más remedio que ir a la playa porque hay algo en nuestro interior que nos dice –todavía- que no vamos a estar guapas o guapos sin lucir moreno, pues protegerse con una crema factor 50+ -que no protege del todo, la protección al 100% NO EXISTE- amen de sombreros, gorras y sombrillas diversas. Sin olvidar que algunas cremas vienen ya con algo de “color” incluido…así que quien no se consuela es porque no quiere.

Porque más vale con pamela que con peluca…

En fin.

LaAlquimista

https://www.facebook.com/laalquimistaapartirdelos50

Por si alguien desea contactar:

apartirdeloscincuenta@gmail.com

 

 

Ver Post >
Zorionak, Amanda
img
Cecilia Casado | 21-07-2017 | 7:22| 0

 

Cuando llega el cumpleaños de alguien querido se remueven las fibras emocionales y queremos hacer algo que aporte un poquito más de felicidad a esa persona. Un detalle, que sepa que es importante para nosotros, incluso gastando dinero sacando del bolsillo lo que únicamente puede expresarse desde el corazón. Existe una buena intención evidente, el afán de agradar, el gusto por provocar la sonrisa, el deseo generoso de “acariciar” un corazón…

Pero el cumpleaños de un hijo adquiere una dimensión inusitada e inevitable máxime cuando es la “madre de la criatura” quien quiere hacer algo especial que salga inundado de amor desde esas profundidades que sentimos las mujeres que hemos elegido la maternidad como un medio y un fin en sí mismo.

Hoy es el cumpleaños de mi hija pequeña -¿pequeña en qué?- y ella debería ser la única protagonista de la efeméride; sin embargo, me cuesta desligarme de la fecha, del recuerdo, de la vivencia única, intransferible, que sentí un día como hoy hace veintisiete años.

Quizás tan sólo me comprenderán las madres porque a veces  la cualidad de “hijos” se olvida con el paso de los años por egoismo o por necesidad. Quizás mi propia hija considere que le robo el protagonismo de su día, pero la fecha me abre la espita de los recuerdos, la emoción de una mujer que deseaba por encima de todo tener otro hijo y que consiguió que su deseo se convirtiera en realidad transitando para ello el camino íntimo y misterioso que recorremos al sentir cómo nos crece en el vientre una vida a la que no podremos garantizar nada con seguridad excepto un amor sin límite aunque imperfecto.

Hoy es tu día, Amanda, mi niña rubia, artista creativa soñadora de sirenas, la niña/mujer que toma decisiones sobre su propia vida, la mujer/niña que sigue regalándome peluches llenos de besos, la hija que se preocupa si me pongo enferma, que da una amorosa vuelta de tuerca a nuestra relación, la del beso de buenas noches en la distancia y el emoticono en forma de corazón de buenos días para paladear con el desayuno.

¡Ya quisiera poder estar contigo en un día como hoy! Pero tu trabajo y tu camino te han movido de país una vez más, ayer en Alemania, hoy en Francia y tan sólo espero a que llegue “mañana” para que el buen viento te acerque a esta tierra nuestra que no te olvida y que deseo no olvides nunca. Los hijos se van lejos, lejísimos a veces, y nosotras las madres nos quedamos en el pequeño espacio que hemos construido con mayor o menor fortuna mirando la pantalla del móvil o del ordenador, siguiendo la pista de los retoños tan virtuales y cercanos, tan lejanos, siempre amados.

La fecha de los cumpleaños de mis hijas es también fiesta para mí. Y lo sabéis, y tú también lo sientes, mi niña, que es un día grande para las dos y los casi mil kilómetros que nos separan hoy no son nada para nosotras, nada en absoluto.

Hoy es tu día feliz y feliz sé que estás al lado de quien bien te quiere y te mima en lo posible -y espero que también en lo imposible. Te llamaré y nos veremos la sonrisa gracias a la tecnología, habrá palabras cariñosas y besos al aire y la nostalgia que se colará por algún resquicio del cumpleaños, qué duda cabe.

A falta de una fiesta, una sopa de pescado de las que te gustan o una tarta con velas, no me quedan más que las palabras que vuelan hacia ti en este soporte digital que quiero se temple con mi cariño y que me gustaría hiciera como aquellas cartas de amor de otro tiempo cuya tinta se diluía bajo alguna lágrima sincera e inesperada.

Hoy te renuevo mi promesa de quererte siempre, siempre, siempre. El abrazo y los besos esperarán ilusionados el momento en el que las mujeres de nuestra pequeña familia nos juntemos de nuevo.

Hoy el regalo eres tú, por lo que significas en mi vida…

Maite zaitut.

Mmmy.

LaAlquimista

 

www.amandaarroutea.com

https://www.facebook.com/Amanda-Arrou-tea-Painter-

 

 

Por si alguien desea contactar:

apartirdeloscincuenta@gmail.com

 

 

 

Ver Post >
Recuperar los olores
img
Cecilia Casado | 19-07-2017 | 7:30| 0

 

Después de un mes en “mi otro mar”, retomamos – Elur y yo- la carretera que atraviesa Los Monegros buscando el verde, los montes, y ojalá la lluvia. Llegar a las nueve de la noche e intentar aparcar cerca de casa solo puede lograrse gracias al “ángel aparcador” que algunas “santas” personas tenemos asignado. Obrado el milagro Elur, que no ha dicho esta boca es mía durante 500 kms. empieza a excitarse, se menea en el asiento trasero y ladra de contento así que le doy preferencia sobre el equipaje y sale del coche derecho al jardín salvaje que hay junto al portal.

Como no le he puesto correa lo observo y vigilo no vaya a hacer una de las suyas. Pero el perrillo hunde el hocico en la hierba y va, atento a sus olisqueos, recorriendo el familiar perímetro verde con el afán primitivo de reconocer el rastro perdido o acaso olvidado durante tanto tiempo. Va de aquí para allá, se aleja y retrocede, bailotea en círculos, no levanta la vista ni un segundo, pienso si tendrá los ojos cerrados para agudizar la percepción olfativa, menea la cola sin parar, se le ve contento y feliz…

Entiendo que ha reencontrado su espacio de confort y seguridad; aparece un schnauzer con el que suele juguetear a veces y no se acerca a saludarle, él sigue olfateando la tierra y la hierba alta –que no sé qué hace el ayuntamiento que no la corta, parece el MatoGrosso este barrio-, me fijo con atención en su actitud y aparco también las prisas para descargar equipaje, hay tiempo de sobra.

Así que decido yo también recuperar mis “olores” de referencia y me siento en la terracita del bar que tengo tan a mano y me pido un zurito y un pintxo de los que me gustan para ir “aterrizando” poco a poco. Vigilo con un ojo a mi perrillo saltarín y con el otro el coche cargado hasta las cartolas. Son las nueve y media de la noche y me gusta sentir el ocaso. Tranquila. Feliz.

Recuperar el ritmo de la vida cuando se vuelve a casa después de una larga ausencia suele ocasionar muchas veces un choque abrupto en lo psicológico y emocional. Que si hay que deshacer maletas, poner lavadoras, ordenar y organizar. Mirar el correo acumulado, abrir los grifos para que las cañerías respiren, saludar a las plantas y comprobar que han sido bien cuidadas aunque haya que retirar las hojas secas. Abrir ventanas, dar el parte de que ya hemos llegado bien, cenar cualquier tontería, caer en la cama derrotados para no poder conciliar el sueño de lo cansado que se está.

Así que esta vez he cambiado el chip del regreso gracias a mi querido Elur, dando prioridad a recuperar los “olores” necesarios que, desde luego, no incluyen ningún tipo de trabajo doméstico.

Me doy una magnífica ducha y, mirando las estrellas, despido el día para caer en un sueño reparador. Siete horas después amanezco tranquila y sabiendo qué tengo que hacer: caminar hasta la orilla del mar. Allí “huelo” el salitre que conozco, me dejo invadir por la brisa fresca de la mañana y vuelvo a trazar el mapa en el que me siento segura y feliz, como hizo la víspera mi perrillo.

Saco una foto de la barandilla de La Concha y la envío a mis amigos. Según van contestando con alegría sé que vuelvo a estar en “mi sitio”. Los que no dicen nada…son ellos los que se han movido a otro lugar y hay que aceptarlo.

Una vuelta a casa siempre supone un reencuentro o un desencuentro; la vida da sorpresas y de todas hay que sacar la lección correspondiente. Y saber reconocer los buenos olores de los amigos que siguen estando ahí…

En fin.

LaAlquimista

https://www.facebook.com/laalquimistaapartirdelos50

 

Por si alguien desea contactar:

apartirdeloscincuenta@gmail.com

Ver Post >
Reflexión del lunes. “El cuerpo-dolor”
img
Cecilia Casado | 17-07-2017 | 7:47| 0

 

 

Salgo muy pronto de casa por las mañanas en este “mi otro mar” y, algunos días, cojo el coche. Como hoy mismo. Los turistas duermen y son los camiones de reparto los que copan las vías; aparcan en “carga y descarga” o donde les sale del mismísimo trigémino, faltaría más, están trabajando y eso les da patente de corso. Así las cosas, más vale ir con cuidado que igual voy medio dormida y ellos, los conductores/repartidores llevan ya un par de horas –y un par de cafés (bautizados o no)- batiéndose el cobre como para fijarse en si vengo o dejo de venir por la carretera a menos de 50 kms./h. como está mandado.

Gracias a que iba con cuidado y muy atenta he conseguido frenar a tiempo cuando uno de ellos se ha incorporado a la carretera sin intermitente ni mirar por el retrovisor y metiendo el turbo como si fuera una ambulancia en vez de un camión reponedor de bebidas. Frenazo y bocinazo por mi parte –o bocinazo y frenazo- y, faltaría plus, el brazo del conductor que sale por la ventanilla y me hace el gesto universal de “qué pasa, no puedes aguantarte o qué”.

Como iba a la playa a meditar sobre la inmortalidad del cangrejo he dejado que el buen hombre siguiera su camino sin despertar al monstruo iracundo que tengo en stand by desde hace varias semanas.

Pero un par de horas después, de vuelta del paseo y baño matutino, desandando el camino, en un cruce al que me incorporo con el semáforo en verde, un cochecillo pequeño –más pequeño que el mío- aparece furibundo por la izquierda después de saltarse el STOP que le obligaba a parar, mirar y luego decidir.

Volantazo, frenazo y bocinazo esta vez por ese orden. Miro a mi izquierda y veo a una mujer joven –más joven que yo- que me mira con cara de “bueno, no ha pasado nada, eh, tan amigas y tal…” Sin mirarle a los ojos le hago el gesto universal de “pasa, pasa…” y dejo que se aleje sin recibir por su parte ningún gesto de esos que nos hacemos los conductores en plan solidario o corporativista cuando nos facilitamos una maniobra.

Así las cosas, vuelvo a arrancar y, casi en primera, llego a casa, meto el coche en el garaje y decido dejarlo ahí hasta que pase la mala racha.

Quizás hoy no era mi mejor día, quizás he dormido un poco a saltos y he tenido sueños raros, quizás mi “cuerpo-dolor” está enfrentándose a una nueva crisis, como esas dolencias recidivantes que crees haberlas domeñado y un buen día vuelven a manifestarse porque no se habían curado, tan sólo adormecido a la espera de más energía negativa para recobrar fuerzas y salir a luchar y tumbar a quien se ponga por delante.

Releo con atención el libro que me ocupa estos días, “Un nuevo mundo, ahora” de Eckhart Tolle.

“El cuerpo-dolor y el ego son parientes cercanos. Se necesitan el uno al otro. El suceso o situación desencadenante se interpreta, y se reacciona a ello, a través de la pantalla de un ego altamente emocional. Es decir, se distorsiona por completo su importancia. Miras el presente a través de los ojos del pasado emocional que llevas dentro. En otras palabras, lo que ves y experimentas no está en el suceso o la situación, sino en ti. En algunos casos, puede estar en el suceso o situación, pero tú lo amplificas con tu reacción. Esta reacción, esta amplificación, es lo que el cuerpo-dolor desea y necesita, pues de eso se alimenta.”

Ahora necesito mi tiempo para dilucidar si el ego alterado y mordiente era el de los conductores que casi chocan conmigo…o el mío propio que anda un poco desorientado últimamente por aquello de que no vivo en un mundo piruleta y que a veces siento que sigo atrapada en el flujo del pensamiento y en la emoción que viene de la mano.

 Por si las moscas, el coche quieto en su sitio que todavía tengo dos buenas piernas para ir a donde quiero y necesito ir.

 En fin.

 LaAlquimista

https://www.facebook.com/laalquimistaapartirdelos50

 Por si alguien desea contactar

apartirdeloscincuenta@gmail.com

Ver Post >
Disgusto en el mercadillo
img
Cecilia Casado | 14-07-2017 | 9:05| 0

 

 

 

Los miércoles, mercado, así que no dejo de darme un garbeo por el mercadillo semanal del pueblo como una costumbre para cambiar de horizonte –la playa silenciosa y el mar por el océano de mercancías y griterío- y, de paso, comprar fruta y verdura del entorno a buen precio.

Me entretengo observando a los autóctonos y a los extranjeros; los primeros, abasteciendo su despensa o su armario y los otros, los “guiris” buscando tipismo, gorras y pareos y comiendo churros asesinos a pleno sol. Sentada en un barcito con un rico cortado es imposible no pegar la hebra con otros clientes y, ya de paso, abastecer el stock de posibles “reflexiones” para el blog. Ver desfilar ante tus ojos a una muchedumbre que no te ve es cosa como para pensárselo dos veces, luego nos quejaremos de que “nos vigilan”.

De repente se da un súbito arremolinamiento del personal, algo ha pasado y para saber qué la gente se acerca y mira; en unos instantes hay una docena larga de personas alrededor de una señora de mi edad –más o menos- que empuja un carrito con una criatura de un par de años y eleva la voz en un lamento mientras hace aspavientos con los brazos. Escena congelada: todos miran el espectáculo y cómo la buena mujer va poniéndose cada vez más roja comenzando a hiperventilar sin remedio.

A ver, el curso de primeros auxilios que hice en el trabajo –cuando trabajaba- me dejó el aprendizaje de que primero de todo hay que calmar al “accidentado”, darle tranquilidad y la confianza en que va a ser auxiliado prontamente. No sé qué me dio que me levanté de la silla y me acerqué para escuchar lo que clamaba: ¡le habían robado la cartera del bolso que llevaba colgando –imprudentemente- del manillar de la silleta del bebé!

Bueno, pues no pasa nada, por favor, nada grave por lo menos, pero la buena mujer sigue angustiándose y llorando y repitiendo la cantinela: –“¡¡¡El móvil, las llaves del coche, la cartera, las tarjetas, ladocumentación…!!!!” Y cuanto más lo repetía más se acaloraba y entre grito y grito la niña pequeña –angelico, su nieta, supongo- ahí mirando a la yaya haciendo pucheros con cara de susto (el miedo y la angustia se contagian).

Le ofrecí a la señora mi móvil para que llamara a algún familiar para que vinieran a buscarla y, ya de paso, me ofrecí a llevarla en mi coche a su casa si le convenía más. Mientras le daba el teléfono, y con la mejor intención, le dije que se calmara o le iba a dar un jamacuco y habría que llamar a una ambulancia. Me miró con cara de alivio y preguntó: -¿Eres enfermera? (Y digo yo, por qué enfermera y no médico, pero en fin), así que aproveché que me lo ponía en bandeja y le dije que sí, y fue mano de santo, se fue calmando de a poquitos; lo que hace el poder de la mente, mira tú… Y los mirones que hacían corro, cuando vieron que ya se había acabado el numerito pues se disolvieron tranquilamente, faltaría más.

 Ya puestas intenté hacerme la filósofa diciéndole que, afortunadamente, sólo le habían quitado “cosas” y que la niña y ella estaban perfectamente, que peor hubiera sido que les hubieran hecho daño a cualquiera de las dos para robarle. Me miró con cara de estar escuchando estupideces en un momento tan trágico, así que, en cuanto terminó de hablar con su hijo –al que había llamado entre quejidos y llantina renovada- , recuperé mi móvil, le deseé buen día y me alejé tranquilamente de la “escena del crimen”.

En realidad pensé que alguien necesitaba el dinero más que ella, ya que me convenzo de que cuando un raterillo roba lo poco que se puede robar en un mercadillo será porque está bien acogotado por la vida; seguramente hurtan para comer –lo cual es una lástima-  aunque por si las moscas llevo el bolso bien amarrado.

Dicen que los problemas que se solucionan con dinero no son problemas así que deseo que todas las desgracias que me ocurran en la vida sean de esa índole. Nuestro pequeño mundo se convierte en el eje del Universo cuando nos toca ser los protagonistas involuntarios de algún suceso fortuito así entiendo que entre el pasmo, la rabia y el susto, la buena señora no estuviera para “filosofías” en zapatillas. Eso me hizo recordar todo lo (material) que en la vida me han robado y sonrío porque aquello pasó y yo sigo aquí, más feliz que una perdiz y sin sentir que he perdido –junto con las cosas perdidas- nada de lo que ahora considero imprescindible para vivir: salud y paz. Y que no falten.

En fin.

LaAlquimista

https://www.facebook.com/laalquimistaapartirdelos50

Por si alguien desea contactar:

apartirdeloscincuenta@gmail.com

 

 

 

 

Ver Post >
Sobre el autor Cecilia Casado
Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.

Otros Blogs de Autor