Diario Vasco
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Autor: A partir de los 50
Resfriado: inmune a la tecnología
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Cecilia Casado | 09-10-2017 | 7:44| 0

 
Suelo alucinar un par de veces al día -como mínimo- cuando tomo conciencia de todo lo que puedo hacer gracias a la tecnología y a que otros se han estrujado el cerebro inventando unas cosas o descubriendo otras.
Eso de ver en vivo y en directo a mi nieta-pajarito  a casi diez mil kilómetros de distancia y sentir su sonrisa, me parece un auténtico regalo. También me agrada pagar con el móvil, no llevar papeles innecesarios en el bolso y sentir que estoy en el centro del universo informativo a toque digital.
Pero no hay app para que te pinten las canas –cuatro, pero tenaces- y hay que ir a “la pelu” de toda la vida y si chorrea el agua, se empapa la toalla y la camisa y sales a la calle con el cuello lleno de humedad, en un visto y no visto, ya te has resfriado. Sin virus ni bacterias de por medio, simplemente se te ha enfriado una parte del cuerpo y la maquinaria va a funcionar mal te pongas como te pongas.
¡Tanto adelanto tecnológico, descubrimiento científico, investigación farmacéutica, para que nadie, pero nadie, haya sido capaz de evitar el pesado “resfriado común”! Y como no es una enfermedad propiamente dicha, pues continuamos haciendo lo de siempre: trabajando y cansando el cuerpo y forzándolo sin tregua. Algo así como seguir por la autopista a ciento veinte por hora con un clavo en la rueda trasera derecha.
Hoy, que estoy resfriada, reflexiono sobre cómo de una manera tan tonta se me reblandece la rutina y queda desamparado todo lo que soy. Ya no apetece cocinar por no tener que hacer la compra, ni leer un libro porque la cabeza está medio líquida de tanto fluido que se expulsa y se sorbe por las fosas nasales. Se duerme mal porque el cansancio no es natural y el humor, ay, el humor, se llena de moho en unas horas y lo que menos apetece es compartir ese look tan poco favorecedor.
Un resfriado, ya ves que cosa más tonta, pero creo que es la primera vez que le otorgo carta de naturaleza, es decir, que reconozco lo que es, lo tomo en consideración y le doy su tiempo para que cumpla su función y luego desaparezca. Así que me convenzo de que tengo todo el derecho del mundo a tratarme bien y cuidarme –no como en los tiempos en los que iba al trabajo con pastillas en la mano derecha y el frasco de jarabe en la izquierda-; que no pasa  absolutamente nada si escucho a mi cuerpo y le doy un poco más de cama de lo habitual y me mimo como miman las madres a las niñas que están malitas.
Que paso ya de hacerme la fuerte y acepto mi debilidad de hoy, de ahora, ésta que no para de hacerme estornudar y me deja la cabeza, los ojos, la nariz, la garganta y el ánimo en general “hecho agua”.
Recuerdo que en otro tiempo estos resfriados periódicos se convertían en un auténtico “trancazo” de varias semanas por no querer cuidarme desde el primer día, siempre chantajeada por obligaciones, deberes y, lo que era lo peor de todo, un ego tirando a grande que pretendía engañar a quien fuera haciendo ver que tenía una fortaleza de piedra cuando en realidad estaba en fase blandiblú.
Así que un par de días en plan fantasma por casa y… poco más. Sin molestar a nadie y sin que nadie me moleste. Con el whatsapp en modo avión y una buena jarra de zumo de limón con miel y la conciencia bien tranquila de que estoy haciendo lo que verdaderamente mi cuerpo me está demandando: nada y esperar a que esto también pase. Ojalá hubiera caído en la cuenta antes…
Felices los felices.
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La “gastroterapia” de los miércoles
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Cecilia Casado | 06-10-2017 | 8:08| 0

 
Somos seis; amigas y residentes en San Sebastián. Se podría decir que estas son las dos características principales que nos identifican, aparte claro está, del interés por juntarnos semanalmente para, simplemente, compartir.
Cada miércoles le toca a una proponer el lugar donde juntarnos a comer como excusa para hablar de lo divino y de lo humano y, esto es lo mejor de todo, el esfuerzo y el interés que ponemos en “crecer juntas”.
Disfrutamos de esta agradable rutina desde hace varios años ya, tiempo en el que la amistad ha ido afianzándose a pesar de los desencuentros –pequeños, pero desencuentros- que son ley de vida (y de amistad) que puedan surgir.
Somos seis amigas del alma, confidentes en grupo o en petit comité, nuestras cuitas son sagradas, respetadas y selladas con esa promesa de fidelidad que algunas mujeres sabemos hacernos unas a otras. Tres casadas y tres sin perro que nos ladre; tres felices y tres también felices, cada una a nuestra manera y elección.
Son mujeres/hermanas a las que lo mismo les pido consejo que apoyo en la adversidad y a las que me atrevería a pedir un préstamo dinerario: no hay líneas rojas. O por lo menos yo así lo siento…
Hace una decena de años estas mujeres no formaban parte de mi vida, las he ido incorporando de a pocos y ellas también me han añadido a su “árbol genealógico de la amistad”; hace una decena de años yo no tenía apenas amigas porque vivía inmersa en el mundo de la pareja y sus penas y glorias y estaba convencida que lo más importante afectivamente ya lo tenía: alguien con quien compartir cama y cuitas y unas hijas a las que situar emocional e intelectualmente en la vida.
Un buen día todo se vino al traste; me quedé sin pareja, sin trabajo, el síndrome del nido vacío se cebó en mí como en tantas mujeres que lo perdieron todo sin darse cuenta de que les era arrebatado. Un buen día, empezaron a resonar las campanas amargas de la necesidad de “reinventarse”, “resurgir de las cenizas” o simplemente “abrirse a nuevas relaciones”. No olvidaré nunca la sentencia de mi hija mayor: “Ama, no necesitas un nuevo novio; lo que tú necesitas son AMIGAS”.
Los miércoles nos juntamos en una “terapia amistosa”, distendida y ante una buena mesa, seis mujeres que hemos comprendido y aprendido a disfrutar que también hay amor, cariño, confianza, lealtad y cierto punto de locura fuera del modelo convencional relacional al que nos hemos visto abocadas por culpa –o gracia- del signo de los tiempos que nos ha tocado vivir.
Aprendemos de las “aparentes locuras” de la benjamina aventurera del grupo, escuchamos amablemente estupefactas las sentencias de la “abogada del diablo”, reposamos los comentarios de la “discípula de Blay”, se aplauden los outfits y el savoir faire de Milady, y la calma sosegada, la sonrisa tranquila de nuestra “Annie Leibovitz” particular. Luego está servidora, que todo lo lía y lo confunde, pero que intento buscar la madera más resistente para tender los puentes que nos permitan cruzar las unas al encuentro de las otras.
Este es un post de agradecimiento a las amigas comprometidas que me permiten quererlas y que me regalan su cariño sin más expectativa que la de reducir las expectativas al mínimo posible para que la relación entre nosotras fluya tranquila y transparentemente.
Animo desde aquí a aquellos grupos de mujeres/amigas (o de hombres/amigos, por qué no) a reunirse de vez en cuando para compartir desde el fondo y desde la esencia, dejando de lado –o para otros momentos- la forma, lo superficial, lo que no suma sino que es un mero cero a la izquierda relacional.
Felices los felices…
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Viajar para ver. Berlín.
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Cecilia Casado | 04-10-2017 | 7:21| 0

 Conejito Viajero en Berlín-Conejito Viajero en Berlín-
Para ver y para aprender. Aprender que el mundo y sus gentes es diverso aunque sean vecinos, aprender que lo que es bueno para unos es veneno para otros y, qué duda cabe, realizar la reflexión necesaria para reubicarnos en el fiel de la balanza, desechando ese ego trasnochado que yergue la cabeza y grita: “¡lo mío es lo mejor!”
Conejito Viajero en la Isla de los Museos

Conejito Viajero en la Isla de los Museos

De mi reciente viaje a Berlín y sus cosas, sus gentes, sus costumbres… ¡Quién me iba a decir a mí que beber en el metro o por la calle, portando del gollete una cerveza de medio litro iba a ser algo aceptado y habitual! Que aquí, en este país mío y nuestro, son tan sólo los “borrachos” los que acarrean el alcohol consigo en horas diurnas; luego está el botellón –casi siempre nocturno- y más usual entre la juventud que otra cosa. Pero en Berlín, día sí y día también, en Kreuzberg o Mitte, he visto lo que cuento con mis ojos críticos y algo prejuiciosos y he tenido que darme otra vuelta de tuerca para evitar los pensamientos negativos ante una actitud que me resulta, por cultura y educación, francamente desagradable. Supongo que esto se hace porque la cerveza es bastante cara en los bares o pubs y francamente barata en el súper de cualquier esquina y porque está en la cultura germana eso de beber a cualquier hora que les apetezca y allí donde les pille y también, porque está permitido y no es ilegal.
 Alexanderplatz. Fersehturm
Para compensar, -botella en ristre o no- doy fe también de la civilidad berlinesa haciendo largas colas para acceder a un evento artístico, la ausencia de barahúnda acústica en los restaurantes donde la gente habla en tono NORMAL y no como nosotros que se nos reconoce por el estruendo que organizamos –en cuanto vamos más de dos juntos- en cualquier lugar al que se nos ocurra ir. No poca vergüenza ajena he pasado sufriendo a grupos de turistas patrios comportarse como chiquillos en el patio del colegio –a gritos- en restaurantes, aeropuertos y otros lugares donde el resto del personal no eleva el tono de voz una octava para comunicarse entre sí.
 OktobertFest en Berlín
Berlín y su más que extendida costumbre de no tener aseos en muchos locales públicos de restauración. En Alexanderplatz, centro neurálgico de la ciudad, recalamos en un restaurante que nos obligó a utilizar los baños públicos de la feria de Oktoberfest –previo pago, por supuesto- a pesar de haber realizado dos comidas enteras y verdaderas. Lo mismo se puede criticar de varios de los cafés de la zona –incluido un Starbucks- en los que puedes consumir pero no “desconsumir”. Ni pagando ni sin pagar; simplemente NO HAY.
Más fácil es acostumbrarse en Berlín a pagar en efectivo casi todo lo que comes puesto que muchísimos restaurantes NO aceptan tarjetas de crédito. Con tenerlo previsto es suficiente, claro está y de paso poder disfrutar de unos precios que, en general, son mucho más aquilatados que lo que acostumbran a serlo por otras zonas. Volvemos a los orígenes, a llevar el dinerito en el bolsillo sin miedo a perderlo o a que nos lo roben…
 Iglesia Memorial Kaiser Guillermo
Pero a lo que me está costando en Berlín –después de dos visitas en menos de un año- es acostumbrarme a la poca iluminación que derrochan en sus calles y avenidas y que da la sensación como de inseguridad aunque no sea tal, pero que llevo yo muy metido en la cabeza eso de no andar de noche por sitios poco iluminados…por si las moscas.
 berlin-septi-2017
Berlín es ciudad para vivirla, centro y foco artístico por excelencia, una ciudad a la que se le puede quitar sin lastimarla demasiado sus enclaves meramente turísticos y dejar una metrópolis viva, actual, vibrante y acogedora.
Tomo nota de cómo el ciudadano de a pie colabora en el reciclaje de sus residuos, devolviendo las botellas de cristal o las latas de bebida –hay puntos de recogida y reembolso en muchos supermercados- y percibiendo por ello un dinero que, si bien no soluciona la vida, puede ser suficiente para un pequeño alivio. Raro será ver en papeleras o cunetas latas o botellas porque siempre habrá alguien más necesitado que las recogerá cuidadosamente para su beneficio propio y la limpieza común.
 berlin-sep-2017-hoteles
Berlín y sus gentes que, poco a poco, voy conociendo y sintiendo como algo menos lejano que la historia que alguna vez nos contaron.
Y a quien siga pensando –sin fundamento alguno- que los alemanes son esas “cabezas cuadradas” cuya mala fama arrastran…que viajen y vean, por favor.
Felices los felices.
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Relación madre/hija
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Cecilia Casado | 02-10-2017 | 8:11| 0

Me hubiera gustado que los primeros párrafos de este post estuvieran escritos por mi madre para poder tener una perspectiva diáfana y equilibrada de lo que es una auténtica relación de “ida y vuelta”. No va a ser posible, sencillamente porque no debo ponerle a ella en este brete y porque tampoco sé si aceptaría manifestarse públicamente, bien entendido que incluso a su provecta edad sigue manteniendo la cabeza “bien amueblada”. Así que, como siempre, hablaré desde mi perspectiva, desde mi experiencia y emoción, desde mi conocimiento empírico –sea este amable o peliagudo.
Recién acabo de volver de pasar unas vacaciones con mi hija pequeña: veintisiete, casada, feliz. Primero estuvimos en Berlín las dos solas, apretujaditas bajo el paraguas, paseando sonrisas y cuitas de la mano, contando cosas en ese silencio que tanto contenido hemos aprendido a darle, preparando la cena de siempre o viendo una serie en la intimidad del sofá y la mantita. Días de muchos besos y abrazos, de recarga de pilas –por lo menos para mí- y rodeadas de una placidez beneficiosa para ambas.
Después nos fuimos a  Budapest junto a su marido y su suegra, en plan “happy family”, a un entorno lleno de hermosura que puede calar en lo profundo, generando emociones y fabricando hermosos recuerdos si la disposición y el sentimiento es proclive a ello, ya que hay que estar en paz para que el corazón se abra a cualquier tipo de belleza. Obviamente, la convivencia de a cuatro cambió las reglas del juego de forma sustancial.
¡Cuán cierto es que una madre ha de retirarse al segundo o tercer plano cuando la hija sale al escenario como una prima donna! Ya parece que nuestros deseos, gustos o intereses se ven relegados y ceden la prioridad absoluta a los deseos gustos o intereses que nuestra hija y su pareja hayan creado en su mundo privado.
Es una especie de cambio de ritmo abrupto el que ocurre, un nuevo paso de baile que la hija, por joven, por fuerte y por enérgica, lleva a cabo sin más problema aparente que el de chasquear los dedos… mientras que nosotras, las madres, cedemos el sitio que ocupábamos, con la mejor comprensión posible y el amor que nos habita, sintiendo que “nuestra niña” se lo merece todo, que adquiere prioridad junto a su pareja en el elenco de esta obra que representa emociones y sentimientos, que habla de encuentros y desencuentros, de algunas nostalgias y algún sentir remendado que suelta sus flecos detrás del telón sin que los personajes se den cuenta aunque el “público” lo advierta desde el patio de butacas…
Mi relación con mis hijas se va formando en el día a día, con vaivenes, mucho amor y algunos “morros”: el trabajo de desapego que supone aceptar plenamente la vida que han elegido vivir –solas o en compañía de otros- y el no menos arduo trabajo de hacerles ver que también nosotras tenemos nuestra vida al margen de la suya y que también queremos vivirla en plenitud –como ellas- sin saltarnos los mismos derechos y privilegios.
Es difícil, vaya que si lo es… Porque como hijas (e hijos) hemos aprendido a “sacar” lo mejor de nuestras madres (y padres) para beneficio propio, considerando que el amor nos es debido y lleva pareja una generosidad implícita a la que no apetece renunciar.
En nuestra cultura se da por sentado que la madre “lo da todo” por sus hijos aunque no se dé por sentado que los hijos deban hacer lo mismo por ella. No lo discuto porque quiero tener la fiesta en paz; tan sólo doy mi opinión sobre un asunto del que se suele hablar entre bastidores y pocas veces con el telón levantado.
Como conclusión –por concluir algo- diría que la relación que una madre tiene con una hija es algo difícilmente explicable para quienes no estén en la misma tesitura. Me parece que ser madre de un hijo varón es algo bien distinto, por las conversaciones que he tenido con mi consuegra sobre la forma de percibir a nuestros retoños. En cualquier caso, ya nunca podré saberlo…
¡Sigamos siendo felices…!
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Suegras viajeras
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Cecilia Casado | 22-09-2017 | 7:15| 0

 
El título del post no parecería nada del otro mundo si no fuera porque se refiere a un modelo un poco atípico de compañeros de viaje. Atípico, poco habitual o simplemente friki, seguro que alguien lo va a pensar.
El caso es que por mi cumpleaños mi hija pequeña ha tenido la maravillosa ocurrencia de ofrecerme una escapadita a Budapest; como ella y su marido viven en Berlín, yo sólo tengo que ir hasta Alemania y de allí ya volaremos a Hungría. Un regalo amoroso y goloso -qué duda cabe- que viene envuelto en un papel de regalo muy especial que no es otro que compartir esos días “en familia”; es decir, con su marido y su propia madre. ¡Hale, de viaje las suegras con los hijos, qué maravilla…!
Por supuesto que tengo que aclarar a la mayor velocidad posible que mi “consu” mexicana es una dulzura de persona, con un carácter jovial, agradable y que nos trata –a mí y a mi hija- con un respeto cariñoso que está más cercano al amor que a lo convencional en estos casos.
Ya antes de la boda de “los niños” en Yucatán compartimos un fin de semana de playa caribeña los cuatro juntos y cuantas veces he pisado México no he recibido de ella más que atenciones generosas. La semana pasada recaló en mi hogar donostiarra durante unos días de camino a su otro hogar berlinés: todo queda en familia.
Suele ser lo habitual en el pueblo mexicano la conciencia de tribu, de lo que une la sangre y antes parece que se dejarían amputar un dedo que fallar a alguien de la propia familia; me cuentan que siempre cuentan todos con todos para el apoyo y la ayuda –estoy generalizando, lo sé, pero es lo único que he visto en mis viajes por aquellas tierras americanas-, así que cuando te casas, te casas. Ya me lo aclaró ella cuando, después de la boda, le dije, “ahora somos consuegras”. –“No, contestó ella: ahora somos familia”.
Gran verdad es que todas las familias felices se parecen –hoy no toca hablar de las familias infelices- y haciendo honor a ese postulado…¡nos vamos todos juntos de vacaciones!
Por estas tierras del norte es que somos mucho más fríos y no solamente en lo meteorológico. Aquí se da como genérico lo que debería ser la excepción, familias que se sienten unidas únicamente para médicos, hospitales y tanatorios porque el resto del tiempo cada uno celebra/aguanta la vida a su manera y sin compartir apenas. Por estas tierras es bastante común que incluso los de la misma sangre se peleen por todo –no únicamente por las herencias, como en la ficción que ya sabemos que puede ser superada por la realidad.
Hay quienes tienen hijos y no los presentan a los abuelos, quienes contraen matrimonio y excluyen a un hermano de la invitación o, esto es lo más curioso, quienes se autoexilian de la propia familia porque “no quieren tener ninguna relación con ella”, sin olvidar los que expulsan del núcleo familiar a la oveja negra que les molesta, como si se pudiera de un plumazo emocional y malintencionado talar el árbol genealógico o emborronar el Libro de Familia.
Pues allá cada cual con su forma de relacionarse, faltaría más, pero estoy convencida de que rencores y resentimientos son caldo de cultivo para no pocas amarguras y cuarto y mitad de enfermedades psicosomáticas.
Pero desde que tengo un yerno mexicano, ahora tengo más familia y no seré yo quien se queje por ello. En realidad, la vida es tan corta y pasa tan rápido que hay que ser estúpido de verdad como para cerrar el corazón y los brazos a quienes vienen a sumar y no a restar. De momento, vuelvo a hacer la maleta y parto hacia donde me esperan con amor dispuesta a una convivencia que choca con algunos de los esquemas mentales que campan por esta sociedad pero que bien vale la pena intentar ignorarlos y dejarse llevar hacia donde ofrecen roce lleno de cariño.
Viajo ligera de equipaje, cada vez más y más, así que toda la tecnología que acarrearé con mi persona se reducirá a un smartphone, ergo el blog se queda a la espera de mi vuelta de estas vacaciones familiares que, estoy convencida porque esa es mi actitud, van a ser toda una lección para dar un paso adelante en el aprendizaje de mi  camino vital.
¡Guardadme el sitio!
Felices los felices.
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Sobre el autor Cecilia Casado
Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.

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