Diario Vasco
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La vida “on-line”
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Cecilia Casado | 01-12-2016 | 09:18| 12

 

“Como cada día le despierta la alarma del teléfono móvil a menos cuarto. Atrás quedó el viejo despertador que, con su tic tac, ha marcado tantas horas durante tantos años. Alarga la mano en la oscuridad y detiene la musiquita; con los ojos medio abiertos desactiva el “modo avión” y se incorpora a la nueva rutina que se ha instalado en su vida desde hace un par de años.

Como un goteo, van cayendo sobre la pantalla del móvil, los mensajes de whatsapp que ha recibido durante el tiempo en que ha dormido. Los abre, los lee y no los contesta. Nunca contesta a esos mensajitos –la mayoría absurdos e indeseados, olvidables- que le envían su hijo, un amigo bastante pelma y el grupo de colegas del trabajo.

Sin despegar la cabeza de la almohada, levanta los brazos y coloca el móvil a la altura de los ojos; la posición es forzada para mantenerla mucho rato, pero ya se va acostumbrando. Lo primero de todo, el Tiempo. A ver si está lloviendo o si va a llover. Y la temperatura, por si hace falta el jersey gordo o basta con la sudadera debajo de la chamarra de todos los días. Después, el Facebook, y una mirada rápida a las mil y un tonterías que han puesto sus “amigos”; es el cumpleaños de una amiga –menos mal que avisa la aplicación- y apunta mentalmente mandar un mensaje de felicitación por whatsapp cuando haya desayunado: fácil, rápido, barato y con eso ya se ha cumplido.

A continuación, y todavía en la cama caliente, echa una mirada a la prensa digital; uno que se ha muerto y copará los telediarios, otra que se divorcia y los de siempre tirándose los trastos a la cabeza. Los titulares de atentados fanáticos y los desastres naturales se los salta. También los de mujeres asesinadas y niños encontrados en la basura. A ver qué dicen del partido de ayer; o del de mañana. Hay que ponerse al día. La llamita del Tinder le indica que hay varios mensajes, a ver si hay suerte o es lo de siempre, avisos por si picas con unas mujeres que es imposible que sean de verdad, a veces le han salido hasta fotos de actrices que él conoce de verlas en la tele, bueno en Sálvame o así, ahí hay truco y no piensa quedar con ninguna, pero está divertido ver los cuerpazos y las tonterías que dicen. Meetic es el rollo de siempre, pero le echa también un vistazo.

Ya son las siete y diez, como siempre con prisas. Se levanta y va –por fin- al baño. Se mira en el espejo: no tiene demasiado mal aspecto así que decide saltarse el afeitado. La ducha, cuando vuelva de trabajar, que le sienta mejor. Se viste apresuradamente con casi la misma ropa de ayer. Un café recalentado y a correr otra vez. A ver: el móvil, las llaves del coche, la cartera. Los guantes, el gorro, que hace frío.

En el ascensor, vuelve a echar un vistazo rápido a la prensa en la pantallita del móvil. Van cayendo comentarios, noticias, muchísima publicidad que salta y hay que borrar. Mientras se acerca al coche, da un último vistazo al Facebook: hay catorce fotos nuevas de un colega que se empeña en relatar sus viajes en directo, siempre dando envidia, será capullo…

Otra vez la cola de la rotonda, a ver si acaban el desvío de una vez –entran ya los mensajes de whatsapp como peces en la red- se ríe o se sonríe y añade unos cuantos emojis aquí y allá. La app “salud” le chiva que ayer caminó 24.000 pasos –un poco menos de doce kilómetros entre ir y venir por los almacenes y subir escaleras para entregar paquetes-; lo de las calorías ingeridas y consumidas lo va a quitar, es un rollo que no sirve para nada.

En el aparcamiento de la empresa tiene todavía un par de minutos para echar un vistazo a las esquelas, a ver si se ha muerto alguien conocido y no se va a enterar. Le quedan tres minutos para fichar y llegar a la máquina del café, el segundo del día, luego caerá otro en el bar, éste con leche, para empujar el bocadillo de tortilla de media mañana, entre entrega y entrega.

La mañana pasa rápida, se le pasa rápida con los whatsapps de los colegas, hay que ver qué poco curra la gente, todo el día pendiente del dichoso móvil, pero mejor así que en una oficina con la mirada del jefe en la nuca todo el día…”

En fin.

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Mi relación con la enfermedad
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Cecilia Casado | 29-11-2016 | 09:01| 46

 

Toda mi vida he cargado con el “sambenito” de tener buena salud. Cada vez que en casa alguien iba al médico aquejado de alguna patología importante yo tendía a sentirme mal, como si el hecho de no padecer enfermedades de fuste me desviara de la obligada solidaridad familiar. Mi madre me lo ha recalcado toda la vida con un deje de reproche en la voz: “Es que tú, como siempre has tenido buena salud…” y yo quería tener, no sé, una migraña, un zumbido de oídos, una rodilla renqueante para ser como los demás, para no tener que deber nada a nadie por mi buena suerte. Ocurre como cuando te jubilas antes de tiempo que te miran como si hubieras sobornado a algún funcionario poco puntilloso para poder dedicarte todos los días al dolce far niente que se supone es el estado continuo e irreversible de quienes ya no pertenecemos al elenco laboral.

Pero a lo que iba.

Yo también coqueteo con la enfermedad de vez en cuando, más a menudo incluso de lo que me gustaría, pero la carne es débil y…ya se sabe. De un tiempo a esta parte estoy desarrollando una alergia a tomar un tipo de medicamento que me deja los labios hechos unos zorros, hinchados, como ahítos de botox, una cosa exagerada y muy poco lucida que me obliga a quedarme en casa el máximo de tiempo posible a la espera de que el antihistamínico de turno haga su efecto y deje de llamar la atención por tener unos “morros” impactantes. Curiosamente, algunas mujeres pagan buen dinero porque se los pongan como me los ponen a mí los dicoflenacos , antiinflamatorios o el metamizol magnésico a los que parece que soy alérgica y de los que, de vez en cuando, no me queda más remedio que echar mano porque a mí también me duelen algunas partes de mi cuerpo físico.

Cuando me pega el “bajonazo” y estoy para que me recojan con pala tengo tendencia a dar poco la tabarra. Es decir, se lo cuento a mis amigas (sobre todo a las que tienen relación con la “cosa médica”), pero no soy de necesitar que me hagan comiditas o me vengan a dar palique para hacerme compañía; si acaso –y tan sólo en los casos en los que no me puedo mover porque me ataca una lumbalgia- que me paseen un ratito al perrillo, pobrecito, que él no tiene habilidades para salir solo a la calle a “hacer los deberes”.

Cuando caigo enferma tiendo a aceptarlo sin enfadarme ni conmigo misma ni con la vida. -¡Estoy enferma, no puedo continuar con mi vidanormal! Y ese aviso en voz alta me pone en mi sitio. Nada de forzar la máquina y seguir como si no pasara nada, ni hablar de apurar el impulso de la energía para demostrar ¿? que soy fuerte o alguna tontería de esas que nos han enseñado a las mujeres a llevar por bandera y sufrir en silencio hasta caer reventadas.

Aprendí en mis años familiares que la enfermedad es un invitado no deseado a quien no se puede ignorar porque hace mucho ruido con su pataleo impertinente. Aprendí que vale más la pena reconocer al “enemigo” y plantarle cara que hacerse “el duro” para acabar, qué duda cabe, hecho migas física y emocionalmente por querer aparentar una fortaleza que no se tiene.

Difícil fue también para mí aprender a diferenciar la enfermedad real de la enfermedad imaginaria, esa que se utiliza para esclavizar a los demás y crear culpas emocionales esparcidas haciendo molinetes, como queriendo que los demás –los sanos- se fastidiaran de alguna manera y fueran un poco menos felices ya que otros no tienen que apearse del tren de la salud como ellos.

Cuando me pongo enferma, cuando me duele algo físico tanto como para tener que parar mi ritmo, lo acepto sin demasiadas alharacas y me meto en cama o me tumbo en el sillón. Procuro tener libros a mano –que también son una especie de medicamentos para mí- y dejar que el tiempo pase, que el descanso se infiltre en vena, que pasen las horas sin echar nada en falta, sin desear ni rabiar por no poder salir a la calle, permitiendo que la energía alterada vuelva a su cauce. Dormir o dormitar, pensar o vaciar la mente, mirar por la ventana la lluvia o el sol, disfrutar de sábanas limpias y fruta fresca, cerrar la agenda y el calendario y abrir los canales que me conectan con lo que verdaderamente soy, allí donde, probablemente, se haya producido un pequeño “colapso” energético que me ha tumbado sin esperarlo.

Cuando enfermo pienso si ha sido “por mi culpa”, por haber estirado demasiado de alguna cuerda, por borrikota o si el parón obligado no es una especie de aviso para prevenir algo peor o incluso un regalo para que vuelva a tomar conciencia de lo que soy; humana, imperfecta y débil aunque a veces uno quiera arrogarse otros estatus.

No pasa nada por dejar de bailar un par de días mientras el cuerpo recupera las fuerzas de su caminar cansado.

En fin.

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Dinero al 0,0% de interés
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Cecilia Casado | 28-11-2016 | 07:49| 42

 

Mi Banco de toda la vida me felicitó el pasado día de mi santo con un email de lo más “sonoro”, comunicándome que, debido a bla bla bla, a partir del próximo 1 de Enero 2017 el interés que producirá un tipo de cuenta de ahorro especial que mantengo –con cuatro chavos, todo hay que decirlo- será del 0,00%. ¡Con un par, oyes!

Ante estas agresiones se me activa el cerebro reptiliano y, ni media hora de seguridad, ni nada; agarré el teléfono y llamé a la sucursal que me corresponde para decirles que mil gracias por avisarme de que a partir de Enero ya no contaré con los céntimos de euro mensuales que me producía mi “capital”. Todo legal, faltaría plus, excepto la tomadura de pelo…

Esto me ha recordado a cuando yo misma en mi mismidad intransferible le prometí a cierta persona “darle buenos intereses afectivos” si depositaba en mi corazón parte de sus amores. Al cabo de los años, le dije algo parecido al cuento chino que me ha endilgado  la Banca. O fue al revés –ya no me acuerdo bien. El caso es que uno cree que puede tener un mínimo de “seguridad” en lo emocional o en lo económico y tampoco.

Me pregunto si también les habrán mandado un email similar a los grandes accionistas, inversores o quienes sean que mantienen en ese Banco cientos de miles de euros como CAPITAL con mayúsculas. Me imagino al Consejo de Administración de la entidad frotándose las manos ante la perspectiva más que golosa (y legal) de reducir a cero patatero los intereses de las cuentas de los pequeños ahorradores –que son multitud-, pero que a las grandes fortunas, no. ¡A ver si van a hundir su propio negocio!

Y no es por llamarles ladrones –no vaya a ser que me denuncien por calumnia o libelo, que luego se demuestra que soy yo quien tengo mala fe y no ellos- sino por defender mi patrimonio intelectual. Vamos, que a mí me pueden quitar el parco beneficio de mis eurakos si modifican –legalmente- su Reglamento de Régimen Interno o hasta sus Estatutos, pero no me voy a quedar callada ni conforme si a mi inteligencia le dirigen el más mínimo insulto. “Boba, ingenua, inocente” –me están llamando y ni siquiera a la cara, por email.

Así que me voy echando pipas a la ventanilla de mi entidad financiera de siempre, donde he venido durante cuarenta y dos años ingresando mi salario y ahora mi pensión de jubilación, para llevarme en el bolso hasta el último céntimo de mis “ahorros de toda la vida”. Que serán magros, pero siguen teniendo dignidad. Y como lo del “colchón” es un poco viejuno y en el banco de al lado no son más generosos, me lo voy a pulir todo en menos que canta un gallo. Tampoco es que haya demasiado, pero sí lo suficiente como hacer un par de reparaciones domésticas y reservar algún billete de avión para ver a la familia.

 (Copia de la comunicación enviada por la Entidad Bancaria Oficial y Legal que gestiona mi cuenta de ahorro y que en su día llamaron varias veces a mi teléfono móvil para ofrecerme el producto y vendérmelo en papel de regalo)

“El rendimiento de las cuentas de ahorro se está viendo afectado por la continua caída de los tipos de interés. Llevamos ya varios meses con tipos negativos, por lo que no podemos demorar más la decisión de adaptar tu cuenta a esta realidad de mercado: a partir del 1 de enero de 2017 la remuneración de la Cuenta xxxx pasará a ser el 0% TAE.

Eso sí, mantenemos las señas de identidad de la cuenta: SIN comisiones y CON total disponibilidad, para reintegros/ingresos a partir de 500€, lo que significa que la Cuenta xxxx seguirá siendo una herramienta adecuada para ordenar tu ahorro.”

En el fondo –y para ser sincera- creo que lo que me ha molestado de verdad es el tuteo y ese tonillo de “coleguitas”…

También pienso que cuánto cambian las cosas, que lo que importa es lo que es LEGAL y no lo que es ÉTICO, qué le vamos a hacer, ayer mismo supe de un conocido al que su mujer ha echado de casa –divorcio express interpuesto- porque ha conocido a otro y a él ya no lo aguanta. Lo legal es esperar a ver qué pasa con el piso en común y mientras tanto él a la calle, que ella necesita el piso porque tienen un chaval de diez años y, claro, la Ley es la Ley, con traiciones o sin ellas. Igual que lo de los Bancos, vamos…

Me voy corriendo no vaya a ser que todos los pequeños ahorradores de la zona hayan tenido el mismo rebote que yo y nos apliquen un corralito de barrio a la que menos te lo esperas…

En fin.

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“Black Friday” , porque sí somos tontos…
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Cecilia Casado | 23-11-2016 | 09:22| 60

 

Ya tenemos entre nosotros otra costumbre más importada de EEUU. Después del dichoso (y ridículo) Halloween, nos guste o no, va infiltrándose en la mente del españolito consumidor y da pena ver cómo, incluso sin saber de dónde viene el concepto y la idea, ya hablamos del “Blak Fraidei” como si de algo “nuestro” se tratara. Como nos van a martillear (de hecho, ya nos están martilleando) con la cantinela de que es lo ideal para adelantar las compras navideñas y aprovechar buenos descuentos, voy a compartir aquí un par de argumentos (en plan altruista) por si alguien quiere salir indemne de la campaña de acoso y derribo que se avecina.

Lo primero de todo es plantearse si nos viene bien gastarnos un pastizal –el que lo tenga, claro está- en comprar cosas que realmente no necesitamos o en hacer obsequios/regalos a personas de nuestro entorno que tampoco necesitan nada de ello porque ya todos tenemos más que cubiertas las necesidades primarias, secundarias y si me apuras, hasta las terciarias.

Que no digo yo que uno tenga que renunciar al placer ¿? de hacer regalos porque coinciden unas fechas en las que mucha gente se los hace mutuamente, pero lo que sí propugno es una reflexión –aunque sea pequeñita- si DE VERDAD estamos haciendo esto bien. Y “esto” es gastar por gastar, por aprovechar el “black Friday” o dejarse arrastrar por el tsunami de consumismo navideño.

Ya sabemos todos que es muy difícil desprenderse de costumbres acendradas, que cuando una persona habla de “las cosas de toda la vida”, quizás lo único que hace es agarrarse a una idea romántica –de cuento de hadas- para maquillar la “black” realidad (que ésa sí que puede ser negra en muchas ocasiones) y jugar a vivir durante unas semanas en un mundo piruleta de purpurina y papel de regalo, de grasaza en forma de mazapán y sonrisas de circunstancias.

Y está bien jugar a ser tradicional, a rememorar las nostalgias infantiles, aquellas navidades que nunca más pudieron volver a ser iguales porque nosotros crecimos y dejamos de creer en los Reyes de todo tipo; pero esa inocencia perdida no debe convertirse en estupidez adquirida, no repitamos el error un año y otro más también, haciendo ver a nuestros hijos que “aquí no pasa nada”, que esto es jauja y vamos a seguir celebrando las fiestas caiga quien caiga, aunque haya que pedir prestado o darle un mordisco mortal a la tarjeta de crédito.

Me pregunto si realmente es bueno para el ser humano dejarse llevar por el perfecto engaño urdido por quienes tienen mucho que vender a quienes tienen poco para comprar. Porque tontos no somos, la verdad. Entonces ¿qué ocurre por estas fechas en las que convertimos el sentido común en el menos común de los sentidos?

En México, cientos de miles de familias con muy pocos ingresos contratan créditos abusivos para poder hacer regalos y celebrar las navidades. En Alemania, el concepto de tarjeta “Visa” a la que le cargas lo que quieres, simplemente, no existe. Y aquí, en este país nuestro, en esta sociedad que por un lado se mesa los cabellos ante tanto desmán especulativo y tanta corrupción institucionalizada… ¿seguiremos siendo los borregos alienados de cualquier cosa que quiera vendernos la publicidad y el marketing?

Mi “black Friday” particular se resume en dos letras de una sola palabra: NO. Y feliz como una lombriz…

En fin.

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Crecimiento personal “El derecho a cambiar de opinión”
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Cecilia Casado | 21-11-2016 | 07:43| 41

 

A la gente le da mucha rabia que se cambie de opinión, incluso hay veces en que se lo toman como algo personal, tal que si hubiera en algún lugar un documento firmado con la sangre propia en el que uno se comprometiera a seguir una línea recta vital sin desviarse de ella ni un milímetro. Sin embargo, en la pelea que mantenemos para seguir a flote a pesar de vientos, mareas y empujones diversos, creo que bien podríamos permitirnos ir rectificando el rumbo del timón según “las vamos viendo venir”. ¿Por qué no?

Hace poco, como consecuencia de que modifiqué un plan previsto con una amiga por darse la circunstancia de que mi estado de ánimo no era proclive al mismo, me tuve que tragar la frase siguiente: “Cambias más de opinión que de camisa”. Otro topicazo en mitad de la cara. Y me callé porque, como ya he dicho, mi estado de ánimo no estaba para ponerle farolillos y lo dejé correr y me fui con el enfado de mi amiga a cuestas a reflexionar sobre la actitud recriminada.

Revisando mi biografía constato que he cambiado de opinión en cosas muy importantes en varias ocasiones. Cambiar de opinión significa –y creo que es una generalidad en la que podemos incluirnos casi todos- que la perspectiva con la que enfocábamos una situación o a una persona ha variado sustancialmente. Ahí también entran a formar parte del equipo de juego los sentimientos, vaya que sí, y esta deriva es motivo contundente para empujarnos a cambiar de opinión.

Puede ocurrir que una persona nos pareciera “maravillosa” y luego se nos cayera el velo de los ojos: pues cambiamos de opinión sobre ella y cuando ya nos parece “vulgar y corriente” la desbancamos del top de nuestro ranking personal de admiración/amor/cariño o lo que sea.

Entonces nos llaman “veletas”, inestables o directamente nos miran con cara de reprocharnos algo malo.

¡Qué sería de nosotros si nuestras opiniones sobre la vida, las cosas, las personas fueran inamovibles! Probablemente seguiríamos anclados en una “edad de piedra mental” que poco beneficio  aportaría a la evolución de la sociedad. ¿Por qué no va a ser importante e incluso enriquecedor cambiar de opinión, ver nuevas perspectivas, descubrir senderos ocultos?

Tenemos todo el derecho del mundo a cambiar de opinión, a dejarnos sentir y escuchar el yo íntimo y profundo “que sabe” y manda mensajes claros e inconfundibles sobre los pasos a seguir para que fluyan las emociones, el sentir, la paz interior, para que el ánimo esté sereno en vez de apesadumbrado o en continuo conflicto con la propia identidad del ser.

Cambiar de opinión es también un ejercicio de libertad. Y es en este caso cuando más duros somos con nosotros mismos, exigiéndonos en demasiadas ocasiones, una especie de “compromiso inamovible” que, aun a sabiendas que no nos beneficia sino que nos aboca a la infelicidad, seguimos manteniendo por un prurito absurdo de orgullo. Como quien dice “yo, si hago una promesa la cumplo aunque me vaya la vida en ello”. Pues muy bien, allá usted y sus promesas, allá usted y su inflexibilidad mental y emocional. Allá usted si le sale un tumor por guardar tanta dureza en el alma o allá usted y cómo maneja su vida aunque la esté forrando de cemento en vez de con una maleable sustancia emocional.

De la misma manera, si somos capaces de aceptar un cambio de opinión personal, también estaremos preparados para asumir los cambios de opinión ajenos sobre nosotros, esos vaivenes que nos dejan atorados sin saber bien cómo reaccionar cuando son los demás quienes cambian de opinión y nos apartan de su camino, de sus planes, de sus intereses, de sus afectos.

Es justo y necesario comprenderlo…en los dos sentidos.

En fin.

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Sobre el autor Cecilia Casado
Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.

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