
El lunes mi perro cojeaba malamente y la veterinaria le sacó una garrapata bien incrustada –y chupando y comiendo- de la pata izquierda. Antibióticos y anti-inflamatorios y mimos y en brazos todo el día. Así que lo dejo atado a la puerta del colmado de la esquina para comprar lo básico –frigorífico parecido a desierto del Kalahari- y cuando salgo (con dos bolsas en cada mano) veo que el pobrecillo se ha soltado y está en mitad de la calle, buscándome y lloriqueando. Y en su tribulación “se ha hecho de todo” allí mismo. (Imagen ausente de glamour, sin descripción).
Ese es el momento crucial en el que suena el móvil y, obviamente, paso de atender la llamada. Llego al portal y, como puedo, hasta el ascensor y, cuando ya las puertas se cierran, entra con prisas un señor desconocido –para mí, al menos- con un perro collie de la correa. ¡Hombre, ya son ganas! Obviamente, a mi chucho le dan los dos minutos histéricos y empieza a querer subirse a mis brazos, y el otro perro, contagiado de los nervios, se revuelve en la cabina entre mis piernas, las de su dueño y las bolsas con la comida. El buen hombre no sabía dónde meterse –tampoco había mucho donde elegir- y me soltó una charla de cómo los perros se respetan o se temen entre sí según las razas y el tamaño de los dientes. (Me dio por pensar en Obama y Merkel)
En ese momento, vuelve a sonar mi móvil y, como sigo en el ascensor, sin nada mejor que hacer, lo contesto. ¡Pues resulta que es Julio Diego, llamándome desde la República Dominicana –o así- que no sé si pretende que cambie de operador de telefonía o tenga un orgasmo allí mismo, tan melosa es su voz, aunque no se le entienda ni cascorro lo que dice. Le digo que si quiere quedamos a tomar algo y que si no quiere, que no me vuelva a llamar, que me colapsa la línea y me quita posibilidades.
Ya en casa, compruebo que mi mala costumbre de dejar la lavadora puesta mientras me voy a la calle, por fin me va a hacer pagar las consecuencias; el agua se ha salido por la trampilla del filtro e inunda media cocina. La otra mitad, está seca, menos mal. Elur, atontado el pobrecillo, se mete en mitad del charco y lo patea a conciencia y cuando intento agarrarlo se escapa hacia el salón y se seca las patas en la alfombra (nueva).
Calma. Calma. No perder la calma. (Lo he leído en alguna parte). Voy al tendedero a por la fregona y el cubo, lo agarro con ímpetu y se me atraviesa el palo en la puerta justo cuando doy el paso adelante y me tropiezo y ahí estoy yo, en el puro suelo, a mis años, con el mocho enarbolado como un estandarte, una pierna para Tudela y el perro saltando encima de mí creyendo que es el cuarto de hora del jugueteo. Afortunadamente, la cadera sigue en su sitio –bueno, las dos caderas- y tan sólo me duele el brazo derecho que ha soportado el peso de la caída.
Me levanto como puedo, recomponiendo mis sayas –casualidad el día que no me pongo pantalones- cuando suena el teléfono fijo. A la carrera renqueante me voy hasta el salón…y…!adivina quien llama! Pues sí, el Diego Julio de antes que ahora intenta venderme la moto del ADSL a precio de bolsa de pipas y velocidad de Ferrari Testarrosa. Reconozco que le hablo de mal humor, es que tiene que comprender el muchacho, que lo que él hace conmigo es “acoso y derribo”, así que le digo que no insista más, que mi marido trabaja en Movistar y no puedo cambiar de operadora porque el teléfono me sale casi gratis. (Parece que le convence mi mentira, porque cuelga sin despedirse).
Una vez el estropicio doméstico controlado, estoy sin lavadora, con toda la ropa chorreando dentro del tambor lleno de agua, así que coloco un balde grande en el suelo, junto a la puerta y la abro cuidadosamente para que caiga el agua…en forma de catarata que desborda –obviamente- la circunferencia del recipiente y…vuelta a empezar.
Este es el momento en que elige para llamar a la puerta el operario que hace la lectura de los contadores del agua. Mi perro ladra de contento, pensando que es una visita y caracolea y da saltos encima del agua derramada… De perdidos, al río, voy, abro la puerta y le digo al buen hombre: -“Usted mismo, pise por donde quiera, está usted en su charco”; el tipo, rápido de luces, decide volver otro día.
Viendo el cariz que tomaban las cosas, puse en el equipo de música los coros de Carmina Burana a 20 watios de salida por canal, cerré las puertas y saqué de mi interior el manojo de demonios que me habitaba. Mano de santo.
El antibiótico le hizo efecto a Elur y se pasó el resto del día dormitando a mis pies; yo también.
En fin, que todas las desgracias sean así.
LaAlquimista
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Tengo constatado que, en la vida, como en la huerta, se recoge lo que se siembra y que todos podemos aspirar a la mejor “cosecha” siempre y cuando la hayamos cuidado convenientemente. Y sé de lo que hablo porque durante varios años tuve mi propio terreno donde crecieron lechugas, tomates, pimientos y vainas. Y un huerto con manzanos, melocotoneros y una hermosa parra, junto al jardín de rosales, gladiolos y muchas otras flores. Pero el cierzo de la vida y la mala intención de las personas agostaron aquel sueño y yo dejé que así fuera porque así tenía que ser.
Aprendí entonces –de esto hace ya más de quince años- que uno no debe siempre empecinarse en los sueños que no quieren ser, ni perseverar en los proyectos que no funcionan, sino observar la viabilidad de los afanes con dos dedos de frente para no despeñarse por el barranco de los empeños estúpidos.
Mi sueño de aquel entonces era tener una casa en el campo y, si bien sabía que no podría vivir en ella porque mi vida giraba en torno a mi trabajo en la ciudad, me empeñé en ir construyendo los pilares de un futuro que adivinaba de suaves y agradables perfiles. Invertí una herencia y muchos afanes en un espacio en plena naturaleza, justo a la salida de un pueblo que hacía de muga entre dos provincias cercanas. Y durante cinco años estuve yendo y viniendo, más bien huyendo de la ciudad, cada vez que tenía más de dos días libres en mi trabajo.
Era yo misma y otra mujer diferente a la vez con tan sólo recorrer ciento treinta kilómetros, una dualidad que peleaba consigo misma a la espera de la futura jubilación y el predecible descanso en el entorno elegido para pasar “los mejores años de mi vida”.
Fue un empeño estúpido. Estúpido porque elegí como compañero en el viaje a quien no tenía ganas de desplegar sus velas a mi lado, sino que viraba su derrota hacia otra dirección. Y por más que lo tenía que haber visto –delante de mis narices estaba- no quise verlo, ni aceptarlo, sino que pretendí, estúpidamente, adecuar la realidad a mis deseos con una tenacidad rayana en la testarudez.
Aquel trabajo de Hércules se vino abajo y lo lamenté profundamente, dejándome la cicatriz de una herida profunda que, curiosamente, después de tantos años ya apenas recordaba que tenía hasta que, esta mañana, de algún meandro de mi inconsciente, ha saltado al teclado del ordenador, propiciando el título y contenido de este post.
Me he acordado de mis proyectos arruinados, de los sueños abortados, de los mil y un afanes que tuve alguna vez y que dejaron su aliento en el camino, en mi “viaje a Itaca” por las aguas de la vida.
Y, sin embargo, no me siento fracasada ni con el peso de derrota alguna en la mochila, sino que siento que las cosas fueron así porque yo promoví que así fueran y que si permití zancadillas, golpes y alguna que otra puñalada trapera, fue porque tenía que aprender mis lecciones al precio que fuera.
Han pasado los años y ya no estoy atada a la noria laboral; puedo ahora disponer con libertad de la nave para dar cuantos golpes de timón quiera en absoluta libertad, dejándome empujar por el buen viento y sin tener que luchar contra los “cantos de sirena”.
Y sin embargo, ya no tengo interés en empeñarme en nada que no sea vivir dejándome fluir, porque he descubierto que de “empeños estúpidos” no surge más que infelicidad y frustración. Y una ya no tiene edad para ciertas cosas…
En fin.
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Decimos que el tiempo es oro y a veces lo menospreciamos vilmente dejándolo caer por huecos que llevan a ninguna parte o se esconden en penumbras absurdas. Pensamos que la vida hay que aprovecharla minuto a minuto, jugamos a ese “carpe diem” que no se sabe muy bien qué es pero que incita a vivir un poco más intensamente y, sin embargo, recurrentemente, como malos alumnos que piensan en las musarañas cuando la vida imparte sus lecciones, malgastamos ese bien tan preciado en situaciones que no valen prácticamente nada.
Le llamamos “distraerse” o “relajar el estrés”, pero en realidad lo que se hace es “desalimentar” nuestra mente y nuestro espíritu en una especie de retroceso de esos que no hay que dar ni para tomar impulso.
Y cada quien tiene su “estilo” en este afán de no centrarse, de no encarar la vida, de no agarrar el toro por los cuernos, dejándola pasar, día tras día, como si fuéramos a vivir eternamente, como si no formáramos parte de una “obsolescencia programada” también nosotros…
Pero no hablo únicamente de esas horas del día en que tenemos que reponernos del cansancio, la fatiga, los agobios y las preocupaciones, recurriendo a métodos tan poco ortodoxos como hacer zapping, hacer sudokus, crucigramas o chatear compulsivamente. Hablo también de ese encadenarse a situaciones hueras y vacías que pensamos van a llenar el hueco que se siente de continuo cuando no se centra uno en la vida en sí, cuando el cansancio perenne sigue molestando y se acuesta en la misma cama que la esperanza.
De poco sirve entonces aislarse, encerrarse en las paredes de cemento o de carne entre las que se malvive, de poco alivio es volver a estar con las mismas personas que lanzan su discurso cansino, aburrido y desesperanzador; no hay solución repitiendo cada día los mismos rutinarios errores. Todo esto es una absurda pérdida de tiempo.
Como mirar el sol naciendo un lunes por la mañana y creer en que las cosas se van a arreglar por sí solas, sin que tengamos que mover un dedo, como si la vida no tuviera nada que ver con nosotros y fuera un tren que corre hacia su destino sin que nada lo pueda parar. Los trenes se detienen cada cierto tiempo para que podamos subirnos a ellos hacia otro lugar, otra vida mejor que ésta, para que desciendan en nuestra estación otras personas que no saben que las estamos esperando y que se mueven porque no quieren perder el tiempo.
¡Qué gran pérdida de tiempo tantas relaciones que se mantienen con cansancio inmenso e infinito! Como si no supiéramos que sólo se empieza a vivir cuando se es verdaderamente libre… el resto no es más que una pérdida de tiempo.
En fin.
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Foto: Amanda Arruti
Yo es que soy muy de fechas, vamos que cualquier ocasión la pintan calva a mi entender para darme un homenaje. ¿Que llega el 14 de Febrero? Pues celebración al canto con quien se deje homenajear. ¿El solsticio de verano? Con champagne a la playa. ¿Plenilunio? Pues unos cuantos aullidos con alguien que los quiera disfrutar. ¿Día de la Madre? Eh…!que tengo dos hijas! Así que esta noche, me preparo para la luna llena en el jardín de “la casita de chocolate del bosque” mientras voy susurrándome al oído los deseos para mañana domingo primero de Mayo…
Me pido para el Día de la Madre que todas las madres del mundo quieran a sus hijos con “amor de madre” y no con “amor de madrastra”; y que, de rebote, desaparezcan las llamaditas hipócritas para decir “felicidades, mamá” si el resto del año no ha habido amor compartido… y quienes no tengan hijos piensen que, por lo menos, han tenido madre, que seguramente les habrá querido mucho.
Me pido para el Día de la Madre que nuestros hijos no tengan que sufrir ninguna guerra, que puedan vivir y trabajar con dignidad, que el mundo no siga convirtiéndose en un lugar inhóspito donde el amor es ridículo y el dinero verdad. Que no tengamos que llorar la muerte de nuestros hijos, ni su enfermedad, ni su pena y miseria. Que se mantenga el orden natural y yo me vaya primero y mis hijas sigan viviendo su vida, felices y contentas mientras yo les “vigilo” desde donde sea.
Me pido para el Día de la Madre que mis hijas quieran a sus hijos el día de mañana tanto como yo les quiero a ellas, es decir, hasta el infinito y más allá.
Me pido para este domingo que me sigan haciendo el regalo cotidiano de sus sonrisas y su amor sin necesidad de que sea el Día de la Madre.
Porque si este domingo es “mi día oficial” que sepáis, hijas mías, que todos los demás hasta acabar el calendario son vuestros y míos, nuestros, compartidos en una constelación lejana y cercana a la vez que nos une con un hilo mágico que nunca se romperá porque lo hemos elegido para tejer nuestro amor desde el principio de los tiempos.
Y que así sea.
LaAlquimista
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A veces llega la necesidad de “recargar las pilas”, como si el desgaste de vivir fuera excesivo y la energía se hubiera evaporado en cada afán, con cada trabajo y cada mañana, y al alumbrar la luz del nuevo día nuestra batería vital estuviera renqueante, al mínimo.
Pero para volver a insuflar fuerza a ese motor nuestro hay que vaciar primero todos los circuitos, cansados y dañados después de tanto tiempo, con restos de viejas historias, dolorosos traumas, fatigas pretéritas que no dejan espacio para la vida presente, llenos a rebosar de vida pretérita que sirve para bien poco.
Purgar y vaciar, dejar salir los residuos, aventar viejas penas, que el aire corra libre y sanador por los poros del cuerpo y los meandros de la mente, acompañando en esta “sanación” al espíritu que busca y necesita la paz.
El aturdimiento debe alejarse de la intención, es precisa conciencia absoluta del trabajo por hacer. Y para ello nada mejor que el silencio envolvente de la naturaleza que aporta la banda sonora original de tanta quietud, incluso en medio de la vida de seres vivos, animales, plantas, ríos, plantas, nubes, tierra.
Caminar hasta cansar el cuerpo para que el espíritu se relaje junto con el corazón cuando las pulsaciones encuentran su equilibrio, ir dejando en cada recodo del camino una tribulación, dejar que se sumerja en el agua fría de un lago la última pena acaecida, soltar al aire limpio de la mañana el suspiro hondo que envuelve la tristeza. Sin pensar en ello, pero sintiéndolo en lo más profundo.
Vaciarse para volverse a llenar, como un jarrón lleno de flores que precisa renovar el agua, como un niño que ha tenido una pesadilla y a quien su madre conforta llenándolo de besos, como la luz purificadora después de tiempo en un túnel sombrío. Vaciar los cajones de la memoria y dejarlos abiertos para que se llenen de un nuevo aroma… es posible recomenzar cada vez que sea preciso. Siempre.
Andar hacia ninguna parte por el sendero interior que vuelve a encontrarse con el rastro del corazón dejado por la última vez que pasamos por él, hace ya tanto tiempo…
Todo cuanto necesita el hombre para ser feliz está en la naturaleza, pero nos hemos olvidado de ella dándole la espalda para adorar a un becerro de oro de cristal y cemento que no aporta sino efímera satisfacción.
Cielo azul pintado tras los árboles, agua que refleja el misterio insondable y lejano, luz y tierra verde. Y el humano, un invitado de honor que se ha convertido en intruso en el paraíso.
Tan lejos y tan cerca… la posibilidad de empezar de cero, otra vez. Porque queda vida, quedan sueños, queda tiempo y sobre todo, esperanza.
En fin.
LaAlquimista
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Fotos: Cecilia Casado









