Diario Vasco
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Amor maduro
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Cecilia Casado | 16-06-2017 | 06:05| 9

 

 

Caminaban delante de mí con un andar pausado y firme. Altos y esbeltos, su sombra perfilaba a su pesar una vida extensa y acaso intensa, de mujer y hombre que han aprendido y accedido a acomodarse en pareja al baile de la vida.

Ella rodeaba la cintura de él desde atrás con su brazo y él, en un gesto cariñoso por lo inusual, agarraba entre las suyas la mano de la mujer.

Fue un flechazo fotográfico y procedí a tomar la instantánea. Plasmé la imagen varias veces para corregir el desenfoque que producía el movimiento de los cuerpos, el caminar de esta pareja que, en un instante, me provocó un latigazo de nostalgia por un futuro inventado.

Seguí caminando tras ellos mientras atravesaban mi mente  imágenes improbables: sortear el otoño de la vida de la mano de alguien amado, sentir una especie de seguridad fantaseada en compañía, hablar de las cosas sencillas con quien sabe y quiere escuchar, hacerle una finta al presumible silencio del final de la puesta en escena…

Van de la mano. Contemplemos la fotografía. Soñemos todavía un poco. Nadie lo impedirá, nadie lo sabrá. Ni siquiera ellos.

Les adelanté e hice lo que suelo hacer cada vez que tomo una foto  de alguien que pueda ser reconocible: pararme, hablar y pedir permiso para utilizarla.

Ella, guapa y serena, con esa belleza que no se aja ni con el paso de la vida entera; él, muy alto y recto, con el porte varonil que hemos soñado las mujeres en un hombre mayor. Me presenté y les conté lo que había sentido unos instantes antes al verles y la intención de escribir sobre sus manos entrelazadas. Ni les enseñé la foto ni me pidieron que se la mostrara.

Amables, sonrientes los tres, caminamos juntos hasta el final de la calle. Allí nuestros caminos dejaban de hablar para seguir el ritmo de la gente cruzando el semáforo.

Me quedé con la foto de sus manos enlazadas.

El resto podéis inventarlo a voluntad… A fin de cuentas, la vida no siempre es lo evidente, lo que se muestra por la calle, ni las palabras correctas ni los pensamientos ocultos. La vida es el invento personal de cada uno, la risa del loco o la rabia del inocente, el miedo del fuerte o la valentía del ignorante. Nada es lo que parece y todo puede parecer en algún momento lo que es. Yo qué sé, qué sabe nadie si esas manos se sostenían mutuamente o era una mano amante la que guiaba a dos manos extraviadas…

En fin.

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Fotografía: Cecilia Casado

 

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Mimar y dejarse mimar
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Cecilia Casado | 14-06-2017 | 07:07| 8

 

 

Este verbo de la primera conjugación puede que sea uno de los que menos utilicemos en la vida cotidiana; por lo menos, quienes no tienen al alcance de la mano a tiernos infantes que precisen de un trato con excesivo regalo, cariño y condescendencia. Los niños, ya se sabe, son ese pozo sin fondo–oscuro a veces- en el que dejamos caer la parte inconsciente de nosotros mismos que retenemos bajo cien llaves cuando se trata de relacionarnos con los adultos. Así pues, a los niños está permitido darles caricias y halagos, incluso es bueno para su desarrollo emocional y psicológico, que sientan ese plus de amor que implican los mimos.

Tratar a alguien con especial cuidado, delicadeza y con mucha consideración es también otra forma de conjugar el verbo mimar. Curiosamente –y para desgracia general- es una acción que casi está “mal vista” que se prodigue entre personas adultas, como si hubiera algo de vergonzante o de inadecuado en ello.

Hoy hablo de los mimos porque he tenido en mi mano la felicidad de recibirlos estos días pasados como un regalo inesperado; incluso se podría definir como insólito en estos tiempos en los que nos han acostumbrado a lidiar con malos modos, antipatía generalizada y un desapego que no se sabe de dónde ha nacido ni a dónde quiere acabar llegando.

Un viaje sorpresa de mi hija pequeña. A saber qué espoleta se ha activado en su mente pletórica de juventud para empujar a su corazón generoso a tomar un avión y volver al “txoko de la ama” durante unos días que no estaban pintados de rojo en el calendario. Para darme mimos. Porque me hacían falta y su intuición no le falló.

Llegó rebosante de sonrisas con su maletita roja y sus regalos. Abrazó amorosa a nuestro perrillo mientras me miraban –ambos- con ojitos bonitos llenos de amor. ¿Una estampa empalagosa, fuera de la realidad?

Ahora que ya ha volado de vuelta a las tierras germanas que la acogen puedo dejar que repose el calor de sus besos, caricias y abrazos y se asome una tímida reflexión sobre la necesidad y el gusto de sentirnos mimados… en nuestra vida de adultos.

¿En nombre de qué regla social hemos aceptado de forma tácita renunciar a los cariños y mimos que tan necesarios nos fueron en la infancia para conformar una personalidad sana y segura? ¿Qué estúpido prejuicio nos hace enrojecer ante los cuidados delicados que quien bien nos quiere desea prodigarnos? ¿Acaso, si los recibimos, es porque no nos los merecemos…?

Estos últimos días he redescubierto el gusto por dejarme mimar que amarilleaba en una esquina del corazón; más que eso, he tirado la última barrera que mantenía –de forma estúpida- para resistirme a un abrazo de más de veinte segundos. He sentido que la niña a la que yo mimé hace más de veinte años se apoderaba de mi espíritu de mujer adulta mayor y volvíamos a ser, juntas, dos niñas sonrientes y felices de dar y recibir las caricias amorosas que salen del alma cuando no se le ponen trabas al sentimiento.

No hay estampa más triste que la del niño que se lanza a los brazos del adulto al que ama y que es rechazado con un: “quita, quita, que empalagas…” Ese desplante se queda guardado en algún rinconcillo del cerebro y seguramente aflorará en el momento menos adecuado.

¿Cómo aprenderemos a mimar y cuidar a alguien si primero no somos capaces de “practicar” con nosotros mismos? ¿Qué resorte emocional acciona la “alarma” para quedarnos paralizados cuando alguien nos envuelve entre sus brazos y nos expresa su cariño?

¡Cuánta emotividad perdida, cuánto amor desperdiciado, cuánta educación fría y desafortunada…!

Nunca es tarde para aceptar y para dar, para sentir y compartir, para responder a los besos de los hijos que se han hecho mayores y que todavía nos quieren. Nunca es tarde para dejarse, por fin, mimar un poco…

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Reflexión del lunes. “Sexo”
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Cecilia Casado | 12-06-2017 | 08:06| 15

 

Cuando ya andaba por los setenta mi padre solía justificar sus deleites gastronómicos con la siguiente frase: “Total, hija, para un placer que me queda…” Y de tanto escuchárselo repetir un día le apostrofé: “A ver, papá, lo dices… ¿por el sexo?”. Silencio. Más silencio. Caray, yo tenía entonces treinta y tantos y dos hijas, a ver si vamos a seguir toda la vida utilizando eufemismos…

Me explicó, después de carraspeos varios, que no es que el hombre –y seguro que cuando decía “el hombre” no estaba utilizando el masculino genérico sino el masculino particular, renuncie a las prácticas sexuales sino que la naturaleza, en su bendita sabiduría, lo libra de dicha “esclavitud” en un momento determinado. Mi padre siempre me hacía reír, incluso cuando quería ponerse serio.

Pero ahora que ya he cumplido los sesenta y veo alrededor posturas raras –y no precisamente kamasutrianas- con respecto a tamaño tema… me acuerdo de mi padre y de su discreta sabiduría.

Tengo alguna amiga que se congratula de no tener “ganas de hacerlo” más. Entonces le pregunto si es porque su marido ha traspasado una barrera sin retorno en el tema y no puede… Suspira profundamente y respuesta me da: “A ver…”

Pero también tengo otra amiga que, después de diez años divorciada, se ha vuelto a enamorar –a los 55- de un hombre de su edad y se pasan el tiempo libre en la cama. ¿En qué quedamos?

Mis hijas, angelicos del señor, dan por sentado que su madre –es decir yo, con mi cuerpo serrano y mis ganas de vivir- no tengo vida sexual o no tengo por qué tenerla. Y cuando hago alguna alusión más que intencionada sobre el tema se ponen visiblemente nerviosas y o bien lo obvian o lo rechazan abiertamente. Como yo no me callo ni debajo del agua alguna vez he saltado. –“¿Qué pasa? ¿Es que os creéis que aquí sólo lo hacéis vosotras? ¡Que todavía no tengo telarañas en el cerebro…¡”

Hace unos años –cuando estaba casada- procurábamos no hacer ruido para que los niños no se enterasen antes de tiempo del fin que tenían las cabriolas y los jadeos en el dormitorio de sus padres; ahora parece que hay que esperar a que se vayan de marcha para poder echar un kiki tranquilos. Hemos cerrado el círculo, maldita sea. Y dejamos que sean ellos los que enarbolen los prejuicios como arma contra nosotros sin darse cuenta de que, algún día, también se volverán contra ellos. ¿Es acaso eso lo que nos ha pasado a los de nuestra quinta?.

Pero no hay manera. Lo peor, lo horrible de los prejuicios es que se transmiten generacionalmente y, en este caso, no es herencia genética sino educacional y social. Consultado el caso con amigos que tienen hijos en los veinte o los treinta años me cuentan más o menos lo mismo, que sus hijos los han colocado irreversiblemente en el cajón de los “no operativos sexuales” y punto pelota.

Yo prefiero reír como se reía el perro pulgoso y dejar que piensen lo que quieran, pero esa actitud tan sólo me dura el primer cuarto de hora; luego me doy cuenta de que tengo que sacarles de su error, contarles la cruel verdad, enfrentarles a la realidad, y sobre todo, reivindicarme, que a partir de los cincuenta hay sexo, vaya que si lo hay, tanto o más que el que puedan tener ellos con su pareja –calidad vs cantidad- y eso sin hablar de cuando se enfadan (y no lo hacen), cuando están cansados de esas jornadas maratonianas (y no lo hacen), cuando les asalta el horroroso miedo a embarazarse antes de tiempo (y tampoco lo hacen).

La menopausia nos pega un buen palo a las mujeres, pero no nos quita las ganas de hacer el amor o practicar sexo. Claro, contando que haya quien esté bien dispuesto a ello. A mí me encanta o me chirría –según el ánimo- constatar la estupefacción de algunas personas más jóvenes. Así cada cosa está en su sitio.

Había que decirlo.

En fin.

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*** Cuadro. Salvador Dalí “El enigma del deseo”

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Sin móvil por la ciudad
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Cecilia Casado | 05-06-2017 | 08:33| 10

 

No sé a vosotros, pero pocas cosas hay que me den tanta rabia como llegar a la calle y darme cuenta de que me he olvidado en casa algo  y tener que volver por ello. Así que el otro día, cuando a veinte metros del portal, eché mano al bolso y no encontré el móvil lo tuve muy claro: “paso de volver, paso”. Y metí el turbo hacia mi cita cafetera/mañanera apartando de un manotazo el estremecimiento que me asaltó por un segundo al saberme en la calle y sin móvil, “desnuda” de alguna manera…

Al llegar al cabo de la avenida y pararme en el semáforo ya me di cuenta de que había metido la pata aunque ya no era cosa de desandar lo andado, si no quise volver estando cerca no iba a hacerlo ahora que ya me había alejado un par de cientos de metros. Recompuse el gesto, levanté la barbilla y seguí adelante con paso firme, desarmada y rumbo a la vida.

El hecho de cruzarme con peatones cabizbajos –aunque no apesadumbrados- sobre sus teléfonos móviles me produjo una sensación extraña, como de absurda superioridad por haberme dejado la cadena en casa y poder caminar ligera, mirando al frente y no los adoquines de la calle. Con estupor fui calculando el porcentaje de gente abducida por los aparatejos, los jóvenes todos o casi todos, los adultos bastantes y las personas mayores –mayores que yo- prácticamente ninguna.

Llegué a mi cita con la mente despistada y cuando mi amigo cafetero levantó la testuz de su móvil para saludarme compuse un gesto fuera de lugar que le obligó a preguntarme qué me pasaba. –“¡Que me he dejado el móvil en casa!”, contesté compungida detrás de una media sonrisa de circunstancias.

Tomamos el café con leche y la tostada de semillas con aceite con la urgencia de los estómagos vacíos y los corazones llenos de cosas por contar: en una semana la vida se aplica a sorprendernos y esas vicisitudes se nos antojan interesantes cuando se las relatamos a una persona amiga que  escucha con sonrisa afable. Calmadas las ansias alimenticias pusimos rumbo al mar para hacernos todas las playas posibles al paso ligero del camello más lento de la caravana (es decir, servidora).

Son un par de horas tranquilas, a veces en silencio, a veces parloteando de esto y de lo otro, nada de filosofías ni de arreglar el mundo cuando se está haciendo la digestión de los hidratos de carbono. Mi amigo sacaba de vez en cuando su móvil y lo miraba con disimulo, como excusándose por hacer algo que sabía yo no podía hacer. Le sonó un par de veces y liquidó la llamada con un: “luego te llamo”, regalándome una sonrisa extra en cada ocasión.

En realidad, yo no estaba en lo que estaba, me costaba relajarme y dar ligereza a mi paso como en otras ocasiones. Pensaba en mi móvil, abandonado en la mesa de la entrada, vibrando con cada nuevo whatsapp, emitiendo gemiditos con cada mensaje, saltando con los emails, angustiado con el timbre de una llamada, contando los tonos hasta que salte el contestador, almacenando una voz conocida o extraña…

Después de estos paseos matutinos a la fresca suelo pasar por el mercado donde disfruto del privilegio del pescado que ayer mismo era pez, de los tomates de fina piel y jugo rojo, de las cerezas gordas con las que siempre me ha gustado hacerme pendientes… pero ese día quería saltármelo, volver a casa directamente, inquieta, preocupada por llevar casi tres horas desconectada de un universo que no me estaba echando en falta en absoluto.

Así que me paré en un banco, dos minutos de respirar hondo y preguntarme en voz alta a ver si estaba tonta: “¿Estás tonta, Cecilia, o qué puñetas te pasa!!!?” Me recordó la situación y la sensación a cuando dejé de fumar hace tres lustros y me ahogaba por los paseos necesitando –o creyendo que necesitaba- la nicotina para respirar.

Compré unos salmonetes que llevaban mi nombre y las primeras vainas de la temporada, a juzgar por el precio de première que tuve que pagar. Agarré el bus de vuelta pretextándome cansancio físico y ganas de quitarme la ropa sudada.

Al abrir la puerta de casa se enredó entre mis piernas mi querido perrillo Elur celebrando mi regreso como si me hubiera ausentado a las antípodas; ladridos alegres y caracoleos incesantes, levantaba las patas delanteras para que lo cogiera en brazos, feliz de reencontrarme, feliz de saberme viva y de vuelta.

Me puse a jugar con él y después de la sesión de lametones por su parte y de caricias por la mía, fui a la cocina a poner el pescado a la fresca y las vainas en una fuente a remojo. Me arranqué la ropa y agradecí el chorro potente de agua en la ducha que refrescaba mi cuerpo y calmaba mis tonterías.

No se puede ser más feliz y pretender fastidiarlo…

En fin.

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Dibujo: Javier Olivares

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El privilegio de vivir sin prisas
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Cecilia Casado | 02-06-2017 | 15:59| 17

 

Miro hacia atrás y apenas lo recuerdo, aquel tiempo en que había en mi rutina timbres y alarmas y luces que iluminaban el camino por el que, cada mañana, como una sombra de mí misma, me lanzaba a la vida, al trabajo, a la vorágine de la espiral de una mujer independiente. Miro hacia atrás y se aturullan las horas y los días, calendario del revoltijo, verano y vacaciones, invierno y túneles apenas alumbrados, niñas creciendo entre cuentos nunca terminados y el ruido de la prisa, siempre la prisa…

Lo más inteligente que pude hacer fue convencerme de que era mi libre elección, repetir el mantra del conformismo e incluso pensarme privilegiada: un buen trabajo, una buena casa, un amor que desbordaba las tapas azules del libro de familia. El amor lo sujetaba todo, el amor era la coartada perfecta, nunca discutida: madrugones, entregar el testigo y cubrir mi ausencia, el coche acelerado, las horas laborales que minaban la juventud y la fuerza a cambio del salario a fin de mes, el amor para querer y sentirse querida, con prisa matutina, con ansia nocturna por dormir y no pensar…

Ya apenas recuerdo aquellos años, aquella prisa por vivir.

Mis hijas han heredado la maldición del siglo que les vio nacer; ambas madrugan, trabajan, se entregan a su reto vital. Van corriendo, en auto o en metro hacia su destino; vigilan y cuidan sus amores, llenan la despensa, besan lágrimas y ríen cuando pueden, creo que duermen poco, muy poco, como alguna vez hice yo…

He dado la vuelta al tablero y retornado a la casilla de salida; con cuarenta años de trabajo a la espalda y toda la vida por delante, ya no necesito echar los dados porque cada mañana, en cada nueva jugada, dejo que fluya mi destino sin que ningún reloj le marque las horas.

¡Qué bueno es vivir sin prisas! Que la primera decisión del día sea elegir el mejor desayuno según la apetencia del momento, demorar la mañana extendiendo mantequilla o regando aceite sobre el pan caliente. Abrir las ventanas y oler la vida y decidir qué hábito de tela va acorde con el ánimo: soleado y de colores, lluvioso de entretiempo, añadir un collar o unos pendientes para alegrar un poco más el espejo.

Dejar que corra el agua caliente y nos inunde el vapor acogedor, frotar el cuerpo lentamente, acariciarlo y lavarlo sin el cronómetro salvaje de otra época. Gastar agua y gastar tiempo, nos sobran ambos en la sociedad occidental que está tan carente de otras cosas, sobre todo de valores humanos.

Pasear sin contar los pasos ni los cuartos de hora, llegar hasta el mar y decidir en el momento si me paro o doy la vuelta; comprar sin pensarlo un pescado o unos tomates si paso por el mercado o volver a casa con hambre y saber que en la nevera habrá algo sano y sabroso para preparar, sin prisa, porque no me esperan en ningún sitio….

Dejar que la compañía llegue sola, de la mano del cariño espontáneo, atrás quedaron las agendas anegadas de planes, citas, compromisos, obligaciones, entradas y salidas sociales, sin resquicio para la paz interior. Se jubilaron conmigo las clases de los lunes, el taller de los martes, el cine del miércoles, la compra de los jueves y las cenas de los viernes. También se diluyeron en la bruma existencial los fines de semana turbulentos que me agotaban física y anímicamente; y el domingo acechador, demoledor y aburrido, antesala del mismo suplicio de todas las semanas..

Ahora puedo –y quiero- con la lluvia acelerar, con el sol demorarme. Con la luz cantar por dentro y en la noche descansar, leer, dormir, soñar todavía.

Cada día cuenta por dos, cada semana se hace mes y los años son inmensos, llenos de posibilidades y buenas sorpresas, el calendario no significa apenas nada, cada día es víspera de fiesta…

¡Qué maravilla, qué privilegio, vivir sin prisas…!

“Celui qui est pressé, est déjà mort ». (Proverbio árabe o así).

« Quien tiene prisa, ya está muerto”.

 En fin.

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Sobre el autor Cecilia Casado
Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.

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