Diario Vasco
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Reflexiones a la orilla del mar (III)
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Cecilia Casado | 10-07-2016 | 11:18| 18

 

Tórtolas y palomas que picotean la arena buscando su desayuno se retiran discretas y prudentes cuando me acerco a la orilla del mar de buena mañana. Me miran clavar la sombrilla haciéndome culpable de la invasión humana que colonizará la playa dos horas después; pero para mí son precisamente esas dos horas las que me aportan el “desayuno” que me tonifica para todo el día.

Hoy la mar estaba tan tranquila que parecía ausente; ni una brizna de aire acariciaba la superficie del agua y mi cuerpo ha reclamado el goce de entregarse a tan tentadora invitación. Pero en el mismo instante en que ya tenía los pies en el agua me ha perturbado un pensamiento recurrente: en mi orden de las cosas primero está el paseo tonificador por la arena, después la recompensa en forma de baño. Una vez más, dejándome llevar por las reglas que me he impuesto, he renunciado a trasgredirlas y he encaminado mis pasos hacia la izquierda, como cada día, para bajar preceptivamente el desayuno y realizar el ejercicio cotidiano. Al cabo de veinte minutos de caminata, como una ironía inesperada, ha cambiado el viento abruptamente y el agua se ha encrespado, despertándose sobresaltada del amable letargo y unas olas, primero tímidas, luego dueñas y señoras, han dado por finalizada la magia que había entrevisto.

He detenido mis pasos, también abruptamente, y he torcido el gesto ante el mensaje diáfano que acababa de recibir: “por tonta, por no haber aprovechado el momento perfecto que se te ofrecía, por haber jugado a controlar el tiempo y la ocasión, por haber supuesto que nada es inmutable porque a ti no te interesaba que lo fuera.”

¡Cuántas veces a lo largo de nuestra andadura cotidiana no habremos dejado de aprovechar una pequeña y gloriosa oportunidad que se nos ofrecía generosamente!

¡Qué ocasiones perdidas se estarán todavía riendo de nosotros un poco más allá del alcance de nuestras manos!

Queremos tener el control sobre todos los actos de la vida, por pequeños que estos sean y no nos damos cuenta de la impermanencia de las cosas hasta que ya es demasiado tarde y  el momento mágico ha pasado.

 La devastadora rutina. Levantarse a la misma hora, tomar un café o no tomarlo, caminar a coger el bus o arrancar el auto, comer a la hora exacta algo preparado sin cariño, pasear a la hora del paseo, cenar coincidiendo con las noticias, dormir cuando el reloj dé la orden.

Rechazar, también por rutina, una invitación extemporánea, una salida inesperada, un pequeño goce generoso; cuadricularse ante la idea de que entre semana no se sale porque al día siguiente hay que madrugar, insistir en que es mejor dormir media hora más que ir caminando al trabajo, obligarse a comer lo que aparezca en el plato, sentir que lo correcto es dos horas de sofá viendo la tele o de ordenador en vez de acercarse al mar a ver la puesta de sol. Perderse el milagro de las cosas mínimas creyendo que ya habrá tiempo “en su debido momento” de disfrutarlas.

Esta mañana me he enrabietado y he jurado que no va a volver a pasar, que de una vez por todas tiro al contenedor gris el esquema mental grisáceo que dice que primero se da el paseo y luego se sienta uno en la terracita, que la siesta se hace después de comer y no antes, que el sexo sabe más rico el domingo por la mañana que en un arrebato entre semana y que hay un orden en las cosas que de natural no tiene más que el deseo personal de acomodarlo a nuestra estrechez de miras.

¿Y qué, si hacemos las cosas cuando a uno le apetecen y tiene la oportunidad de hacerlas estén o no dentro del Orden del Día?

Mañana el mar no tendrá la placidez de hoy, no será el mismo, quizás sea parecido o diferente. Yo tampoco seré la misma, afortunadamente.

 En fin.

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Crecimiento personal “El derecho a equivocarse”
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Cecilia Casado | 11-07-2016 | 09:51| 13

Con el paso de los años uno aprende a “venderse su propio humo” y se apunta a creer que va teniendo las ideas más claras, que sabe lo que quiere y lo que no quiere, que la experiencia es un grado y todas esas frases hechas que son como buñuelos, apetecibles por fuera y bastante huecos por dentro. Quizás esta actitud se dé por pura autocomplacencia en el mejor de los casos y en el peor porque ¿quién reconocerá su error al elegir el camino vital.?

Fuimos adoctrinados para sopesar pros y contras antes de tomar una decisión, a valorar lo aparente y escudriñar lo que queda oculto, a calcular fríamente si vale la pena elegir un determinado trabajo, una pareja, el lugar donde vivir, la forma en qué gastar el dinero y hasta las veces que hay que dejar suelta la libido. Todo bastante controlado para producirnos los menos sobresaltos posibles. No obstante, a la fuerza ahorcan y cuando ocurre un desastre porque las circunstancias han jugado con cartas trucadas nos revolvemos contra nosotros mismos si es que no podemos echarle la culpa del desaguisado a alguien que esté cerca y se deje.

A estas edades que ya empiezan a ser un poco provectas descubro con gozo que tengo todo el derecho del mundo a meter la pata y cometer errores. Pese a quien pese.  ¿Qué sería de mi vida si no fuera capaz de dejarme llevar en un momento determinado por la pasión del corazón o la llamada de la niña pequeña que todavía me habita?

¿Por qué tengo que flagelarme si he gastado el dinero en algo que parecía prometer y luego no era más que humo o invertí el tiempo en alguien que no prometió nunca nada pero que daba a entender que sí? ¿Qué más da si agarro un catarrazo por bañarme en el mar cuando todavía hace frío si yo iba tras el canto de una sirena? ¿Qué importancia puede tener reconocer que por mucho que me empeñe en hacer las cosas “bien” ese concepto es tan volandero como todo lo que pesa menos que el aire?

Pretender hacer las cosas “correctamente”, sin errar el tiro, viene a ser algo así como la soberbia de querer llevar siempre la razón, es decir, marcar caminos, definir líneas de actuación, pretender incluso que los demás hagan la paella con nuestra receta perfecta y no con la suya del tres al cuarto. Y es que nos permitimos muy poco equivocarnos e igual es porque no sabemos ser ecuánimes y somos juez y parte inflexible a la hora de revisar y condenar. Duras condenas –demasiadas veces- que machacan la autoestima y despellejan el alma, por no contar lo que ocurre en la máquina de pensar que se vuelve cada vez más chirriante por falta del lubricante emocional que permite la amplitud de miras.

Estoy feliz de darme cuenta de que, ahora sí, por fin, puedo permitirme el lujo de equivocarme…en lo que sea. Con un buen margen de actuación duermo mucho más tranquila y no tengo pesadillas que avisen de eventuales meteduras de pata porque éstas están ya incorporadas al “modus operandi” del que soy dueña y señora.

Por una vez en la vida -y ya era hora- puedo “arrogarme un derecho” sin tener que pedir el refrendo de la “autoridad competente”. Por fin –y ya era hora- en vez de jurar en arameo cuando percibo el fallo cometido, el desliz inopinado o que, una vez más, ésta o aquella persona ha vuelto a jugármela, me permito sentir el derecho a haberme equivocado por presuponer más bondad de la que había, más inteligencia de la declarada o tanta amistad como la que yo misma había dado.

No pasa nada mientras yo no le dé importancia. Y a estas alturas de la película cada vez tengo menos ganas de acumular en la mochila problemas o inquietudes que no aportan nada. No me enfado, tomo nota y para la próxima vez ya estoy avisada…si es que me acuerdo.

¿Que me he equivocado? Pues una sonrisa y, por el mismo precio, a seguir pensando que “la vie est belle”.

En fin.

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Un callejón sin salida no tiene salida
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Cecilia Casado | 11-07-2016 | 08:15| 24

 

No siempre se puede viajar por los caminos de la vida sin sobresaltos.  Aunque instalemos el GPS emocional nos perdemos por vericuetos con tal de llegar al destino deseado, para luego programar otro y otro más hasta la estación final que nos espera a todos. Aunque nos esforcemos en planificar la vida, ésta tiene su propia pulsión y no respeta -porque no tiene porqué respetar- las órdenes que le enviamos; es irreverente, desobediente y algo anárquica, todo un aviso a navegantes al que no sabemos atender porque nos parece un caprichoso paso de danza.

Cuántas veces habremos girado en la rotonda equivocada atraídos por el corazón para acabar, dolidos y estupefactos, en un callejón sin salida. Con gatos y cubos de basura o con un muro que impida el paso, pero callejón sin salida emocional a fin de cuentas.

El bien querer a las personas nos dignifica de no pocas miserias que acompañan los pasos humanos. Querer bien significa –en lo que yo entiendo aunque me pueda equivocar- desear relacionarnos con amorosa sencillez y sonrisa pacífica con la gente. A pesar de los pesares, de los credos o dogmas apuntalados, a pesar de las pequeñas tiranías del árbol genealógico, a pesar –finalmente- de viejas afrentas y rancias disputas.

Quiero querer bien a las personas y no me sale. No me sale bien, quiero decir. Será porque no acabo de entender la extraña satisfacción de quien guarda en su corazón telarañas con mi nombre, será porque se mezclan humildad y esperanza tendiendo la mano –una, mil veces aún- a quien me la rechaza con palabras que parecen amables después de haberla mordido sin piedad.

No, no hablo de autocompasión ni de qué buena soy yo y qué malos son los demás. Hablo de otra cosa.  Hablo de los callejones sin salida en los que nos mete la vida cuando más confiados estábamos de haber tomado la dirección correcta.

Mi familia de origen está desestructurada a pesar de que seguimos todos vivos -excepto el pater familias que se marchó, cansado de vivir y de luchar- hace ya veintidós años. Desde entonces hemos seguido rumbos poco coincidentes. Primero distantes, más tarde encontrados, después soliviantados y ahora, después de esos más de cuatro lustros, bajo el manto de una clamorosa indiferencia.

Las constelaciones familiares –tan de moda últimamente a pesar de que Bert Hellinger las “inventara” hace ya muchísimos años-, son una herramienta muy útil para liberarse de enredos familiares e implicaciones sistémicas. Todo lo que sacude a los miembros de una familia sube directamente desde las raíces, por el tronco, hasta llegar a las ramas más altas y débiles. Es decir, la carga vital de los abuelos (paternos y maternos), la influencia determinante sobre sus hijos, nuestros padres, y que determinó a su vez el “modus operandi” de éstos con nosotros, sus hijos.

Enredos y líos de familia, culebrones insospechados, secretos defendidos a machamartillo, mentiras, miedos, trampas, traiciones y mezquindades diversas. También las buenas intenciones, el silencio de los inocentes, la valentía de los rebeldes, la sangre derramada sin razón, el amor que se silencia y el amor que no se calla. Todo cuanto conforma al ser humano, sentimientos y emociones, concentrado en una pequeña caja de Pandora de la saga familiar a la que cada uno pertenecemos.

Uno deja atrás la infancia y, tanto si ésta estuvo llena de luz como de sombras, cree que puede superarla con tan sólo mirar hacia delante. No es cierto; el pasado nos persigue por más que queramos espantarlo como a las moscas en verano. Por eso se nos dice lo importante que es el momento presente, el famoso “ahora”, y es buen consejo, vaya que sí, pero cuando uno se halla en un callejón sin salida porque el pasado sigue merodeando alrededor de lo que ocurrió hace muchos años, cuando la familia sigue enrocada en la negación del perdón o del alivio y prefiere mirar hacia otro lado como si se pudiera hacer desaparecer de un plumazo a los hermanos que han compartido diez, quince o veinte años de vida, gozando y padeciendo juntos, llega el momento de mirar a la realidad a los ojos y tomar una decisión positiva y contundente.

¿Acaso cada ser humano no tiene sus amores, reconocimiento, alegrías y buen hacer en el mundo, independientemente de que los demás miembros de la familia consideren que es una persona non grata para el núcleo familiar? ¿Quién ha sido alguna vez profeta en su tierra?

Es triste envenenar la savia familiar limitándose a encuentros en funerales y dejar pasar las alegrías vitales tronchando el árbol original, partiéndolo en dos, desgajando sus ramas que acabarán  secas y podridas. Es una negación de la realidad porque la constelación familiar se seguirá moviendo aunque nos empeñemos en borrar a hermanos y hermanas, sobrinos y sobrinas.

 Lo dicho; un callejón sin salida no tiene salida.

En fin.

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Reflexiones a la orilla del mar (II)
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Cecilia Casado | 07-07-2016 | 11:19| 23

 

Hace ya dos semanas que me hallo en “mi otro mar”, disfrutando muy conscientemente del privilegio de poder darme un respiro de tanto cemento y ladrillo en unas fechas en las que todavía el Mediterráneo no está invadido de “piratas y corsarios ahítos de sol”. Las consecuencias de este “cambio de aires” geográfico y emocional se dejan sentir a los pocos días y todas se me antojan beneficiosas.

La primera de ellas –aunque no necesariamente la más importante- es que he dejado de pasar frío por las noches. Podría ser por dormir acompañada, -que tampoco estaría mal del todo-, pero en realidad es porque ya no tengo que meterme debajo de una funda nórdica en pleno mes de Junio sino que me basta con dejarme envolver por la temperatura ambiente de la costa mediterránea. ¡Cómo agradecen los huesos cansados un poco de calorcito!

Esto me hace comprender y ser tolerante con el auge de la colonia extranjera de ciudadanos del norte de Europa que, cada año, va creciendo y creciendo… Son inmigrantes bienvenidos con sus rublos y copeks de antaño traducidos a euritos calentitos. Los británicos, belgas, holandeses y alemanes también crecen y se multiplican -aunque no sea por la práctica del sexo- pues son jubilados que animan a otros jubilados a establecerse al sol, y tanto es así que cada vez voy conociendo a más gente “de fuera” que a catalanes de toda la vida. Tampoco está mal “cambiar de charca” de vez en cuando y croar junto a ranas diferentes.

La segunda consecuencia –y nada baladí- es que he adelgazado a ojos vistas. A menor vida social, corresponde una mayor calidad en la ingesta de alimentos pues comer y cenar en casa es de lo más sano que hay tanto para el cuerpo como para el bolsillo. Bien entendido que no hago remilgos a eventuales fideuás, paellas y esqueixadas, pero lo habitual es que mi agenda permanezca en stand by activándose únicamente en fin de semana, gracias a que tengo en gran estima preservar mi espacio –léase, playa muy matutina, algo de actividad intelectual hasta la hora del aperitivo –sustituyendo vermú por limonada y aceitunas por cerezas-, jardín vespertino con lectura a cuestas, terraza nocturna con película en el pc- para el íntimo disfrute con la compañía que voy aceptando (por fin), como la mejor del mundo: la mía. Esas horas diluidas en el dolce far niente, un poco de meditación y mucha contemplación silenciosa. Y como cuando estoy tranquila tengo menos hambre, menos ansiedad por la comida y, sobre todo, menos gula para apaciguar otras carencias que todavía me rondan el alma, ingiero menos alimento, ergo se me afina el perfil corporal.

La tercera consecuencia –que disfruto en gran medida- es cómo se  agudiza mi capacidad de observación. Intento que mi mirada sobre los vecinos de la urbanización sea liviana y exenta de juicio o prejuicio, pero no siempre acierto a colocar en la parte racional de mi mente sus afanes y trasiegos de sombrillas, tumbonas, hinchables, cubos, palas y niños vociferantes en dirección a la playa. Los abuelos con los nietos a reconcón, aguantan a la vuelta la piscina hasta la hora del arroz y luego –otra vez, por Dios, qué tortura- la playa vespertina hasta que las criaturas no pueden más. Casi me canso de verles tan cansados a todos…

En la terraza se acumulan idénticos olores a las mismas horas; sofritos al mediodía para arroces y albóndigas, y grasa quemada por la noche procedente de las barbacoas plenas de butifarras, chorizos, morcillas y demás derivados del cerdo. Me tranquiliza de alguna manera saber que los olores no engordan y espero a que se diluyan para proceder a sumergirme voluptuosamente en mi cuscús de verduras, ciruelas y dátiles o mi lenguado de playa a la plancha. Lo que me ahorro en vida social lo invierto en unas gambas frescas o una botella de blanc de blancs para paladear voluptuosamente, que placeres en soledad los hay todavía…y muchos.

Las largas y aburridas playas de arena dorada son un regalo de la naturaleza que el Consistorio se ve obligado a cuidar para disfrute público; me duelen como si fueran mías al verlas despertar cada mañana llenas de los desperdicios de la víspera, como si hubieran pasado la noche entre pesadillas. Botellas de plástico, cientos de colillas, envoltorios vacíos, latas y algún que otro pañal. La cuadrilla de limpiadores se agacha una y otra vez recuperando las porquerías abandonadas por quienes están de vacaciones en vez de trabajando, como ellos. No sé qué pensarán -ellos y sus riñones-, pero puedo imaginármelo. Curiosamente lo público y gratuito se valora poco en este país; en un parte temático que hay por aquí cerca cuya entrada cuesta muchos maravedíes, nadie se atreve a tirar al suelo ni un papelito, para que no les llamen lo que son. Está claro que en vacaciones el hombre se transforma, cambia la piel de todos los días por una…un poco más salvaje, menos civilizada y mucho menos higiénica.

Pero ya estoy entrando a criticar, juzgar y condenar. No siempre lo que observo me lleva a engrandecer el espíritu sino que a veces produce arañazos en la piel racionalista que habita a una soñadora como yo.

En fin.

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Asesinos del idioma
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Cecilia Casado | 06-07-2016 | 10:08| 47

 

Empezó la cosa con los SMS de los teléfonos móviles que para ahorrar espacio y cundiera más el precio se comenzó a abreviar las palabras; después llegó el maldito ‘chateo’ por Internet donde se economizaban fonemas y teclas por parte de quien no sabía ‘escribir a máquina’; al poco llegaron Facebook y Tuenti y todos o casi todos los usuarios siguieron defenestrando el idioma. Ahora estamos en pleno auge del whatsapp en el que más que escribir ponemos emoticonos y el infumable Twitter, el servicio de microblogging que parece haber sustituido al BOE y haberse constituido en el método de “parloteo” de políticos que no pueden escribir más de 140 caracteres para ponerse a parir.

No es fenómeno éste que se dé solo en España, no, en el resto de los países, tanto del entorno europeo como del espacio hispanohablante, están invadidos también por la costumbre de desnaturalizarse agrediendo a uno de los pilares básicos de la cultura e idiosincrasia de los pueblos: el idioma.

Académicos e insignes hombres de letras se han rasgado ya las vestiduras en inmolaciones públicas llegándose a la terrible constatación de que no hay nada que pueda hacerse para frenar tamaño descalabro.

Aunque no tenemos tanto derecho a quejarnos de los usos y costumbres que no nos acomodan; no olvidemos que son mayoría los adultos que se precian de incluir en su discurso –para dárselas de estar al día-  latiguillos y expresiones absurdas y horribles: “tio, eres un crak”, “nos hacemos un ‘sinpa’”, “mola mazo” , “va a ser que no…”, “es lo que hay”, “guay”, y el inigualable “te lo juro por Snoopy”; ahora ya se riza el rizo con los “fucking mothers” diversos que hasta los periodistas –profesionales del graciosismo sin gracia- utilizan sin rubor para contarnos las noticias a ritmo de rap. Eso sin contar el discurso maleducado del pueblo llano que incluye entre dos palabras un taco que, ¡vaya por Dios!, está admitido por la Real Academia Española de la Lengua.

En mis paseos por México para entenderme o hacerme entender he tenido que hacer un cursillo veloz de yucateco para interpretar adecuadamente los “mames guey”, “chambas”, “chidos” y demás chacotas. Al final decidí hablar como hablo siempre, normalito y tal y el que me entendiera, bien y el que no, pues saca unas chelas y tan compadres.

Leo artículos de prensa, de esos que semanalmente nos regalan sesudas posaderas de sillones de la Academia por los que cobran nada desdeñables emolumentos, perlados de palabrotas o vulgarismos o barbarismos o la última estupidez que ha puesto de moda alguna serie B televisiva. De vez en cuando me siento agredida desde la televisión de algún bar cafetero, por gente chillona, maleducada y grosera que ladra vocablos ininteligibles para mi mente sencilla y educada en los libros de gramática del colegio y los de literatura que luego tuve a bien  frecuentar.

Me produce tanta rabia, tanto enfado indignado, el hecho de que con creciente y pasiva impunidad se vaya degenerando el idioma tan bonito, tan hermoso, que nos ha caído en suerte que me digo a mí misma que no voy a colaborar ni un ápice a esa degradación.

Desde mi pequeño blog rompo una lanza por la educación (la buena) al hablar y abro una lista imaginaria para recoger firmas imaginarias también para no dejarnos arrastrar por la ola llena de detritus que intenta anegar los penúltimos valles limpios de nuestro idioma.

En fin.

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Sobre el autor Cecilia Casado
Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.

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