Diario Vasco
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Matrimonios de conveniencia
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Cecilia Casado | 21-10-2016 | 07:40| 28

 

 

Quizás hemos creído de buena fe que el concepto “matrimonio de conveniencia” se limitaba a aquéllos que se pergeñaban hace unos cien años o más entre familias que querían unir, conservar y enriquecer sus bienes o tierras como una costumbre tirando a decimonónica y trasnochada. O que en otras culturas y religiones se sigue utilizando en la actualidad “vendiendo” a la mujer para que procree, sirva y trabaje para el hombre. Sin embargo muy sorprendidos quedaríamos si parásemos la vista no demasiado lejos de nuestra casa y observáramos cómo funcionan muchísimos matrimonios de esta época y esta sociedad nuestra.

Quizás hayamos creído que un “matrimonio de conveniencia” se prepara cuando los miembros del mismo comienzan la andadura en común y no nos hemos parado a pensar que también puede ser la degeneración o metamorfosis de un matrimonio “por amor” al cabo de varios lustros de convivencia.

Los intentos que hice en el pasado de durar matrimonialmente junto a un hombre no superaron los siete años de convivencia. Dicen que es una cifra fatal –los siete años- y que sobreviene la crisis y es muy difícil superarla sin dejarse la piel en el empeño. A veces se intenta arreglar –esa crisis- con un nuevo hijo; o con una separación temporal para “tomar aire”. Otras, se acude a una terapia de pareja o a un crucero por el Nilo. En casi todos los casos, los que siguen adelante, lo deben de tener muy claro si es que el amor ya no es lo que era y se ha transformado en ese “cariño” que dicen nace de la convivencia más de “compañeros de piso” que de otra cosa.

No sé mucho de los matrimonios felices que se quieren después de veinte o treinta años como el primer día; no sé muchos de los que siguen bien avenidos, respetándose y queriéndose caiga quien caiga. Y digo que no sé porque no entro en “el dormitorio” donde la pareja desvela sus luces y sus sombras. Las parejas que “se llevan bien” no dicen ni mú. El insigne Tolstoi lo reflejó perfectamente en la genial frase de obertura de Anna Karenina. “Todas las familias felices se parecen; pero las infelices lo son cada una a su manera”.

Son las parejas que tienen problemas las que airean sus chirridos y manifiestan sus encontronazos, por no hablar de un larvado sentimiento de rabia y culpa hacia “el otro” que, como siempre, es el que tiene la culpa de la infelicidad propia.

Los matrimonios de conveniencia existen entre nosotros y están muy presentes en el entramado social al que pertenecemos. No hace falta ir demasiado lejos para toparse con unos cuantos, puede incluso que  haya alguno colgando de una rama del árbol genealógico…

Conocí de primera mano a un hombre “mal casado” e infeliz a tumba abierta; después de quince años de matrimonio la vida le había “engañado” –según él- en todo. No le llegó la felicidad al casarse con una mujer de mal carácter –que él creyó que se suavizaría con el tiempo. No le hizo feliz tener un hijo que fue educado según el criterio de su esposa y enfrentado al suyo propio. Ni le hizo feliz trabajar para proveer los caprichos –además de los gastos básicos- de su “familia”. Pero claro… ¿Separarse y ser el malo de la película? ¿Trabajar todavía más para mantener dos casas? ¿Tener que cocinar, lavar, planchar y ver la tele en solitario? –“No me conviene”, decidió. Así que siguió –y todavía sigue- con su “matrimonio de conveniencia”.

Cuando la historia es al revés, a veces –y sólo a veces-, la mujer pega un zapatazo (si está muy harta y tiene ingresos propios) y hace borrón y cuenta nueva. Pero si no tiene independencia económica o la suficiente fuerza emocional y autoestima, seguramente seguirá estancada en un matrimonio de conveniencia que acabará como el rosario de la aurora.

-       “¿A dónde vas a ir tú a tu edad?”

-       “¿Y si te pasa algo…quién te va a cuidar?”

-       “Mejor hacer cada uno su vida y seguir juntos”

-       “¡Qué mal ejemplo para los hijos!”

-       “Si me separo a mis padres les daría un gran disgusto”

-       “Si conozco a otra persona…ya veremos entonces”

-       “Uf, menudo follón, una separación, y lo que cuesta”

En realidad, hacer lo que a uno “le conviene” es algo que está muy bien aceptado por la sociedad siempre y cuando no se meta el dedo en el ojo del otro de manera descarada. Así se salvan muchas parejas: con relaciones paralelas, amantes de escapadas vacacionales, mirando hacia otro lado cuando toca y, sobre todo, dejando que la pareja tenga “su propia vida” sin tocar mucho las narices. O como le escuché decir a una mujer una vez: -“Me da igual lo que haga mi marido mientras en casa se porte bien”. Que lo que quería decir era –por supuesto- mientras siguiera trayendo el sueldo y entregándoselo a ella… ¡Otro “matrimonio de conveniencia”!

Nos creemos muy modernos porque manejamos la última tecnología y ya no tenemos que expresar nuestra opinión política en voz baja. E incluso puede que nos sintamos especialmente libres convencidos de que este país pertenece a la parte del mundo donde no hay guerras ni totalitarismos en el poder. Pero en el fondo también somos “ciudadanos de conveniencia” y preferimos tener a alguien al lado –o por encima- con tal de no enfrentarnos a la aterradora soledad que trae de la mano la libertad; cualquier forma de libertad.

En fin.

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“Haz lo que yo digo y no lo que yo hago”
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Cecilia Casado | 18-10-2016 | 16:25| 23

 

Ya desde pequeñita me gané más de un bofetón por poner en solfa situaciones o actitudes que veía alrededor. Mi pequeño cerebro –incluso cuando aún no tenía “uso de razón” según mis mayores- se cortocircuitaba cada vez que pillaba a alguien en flagrante contradicción. Todavía no había escuchado la famosa frase “haz lo que yo digo y no lo que yo hago”, pero camino iba de experimentarla aunque fuera por pasiva imposición.

Las chispas saltaron con el tema de los principios religiosos; no es que dudara de los dogmas de fe que me inculcaban, pero es que a mí me resultaba más fácil aceptar –por poner un ejemplo- el misterio de la trinidad divina que algunos chirridos del día a día. Cuando me decían que los “buenos” iban al cielo y los “malos” al infierno y se me armó un cacao mental descomunal porque la etiqueta de “bueno” o de “malo” veía yo que se adjudicaba arbitrariamente, o por lo menos con criterios que a mí me olían a chamusquina. Ahí creo que empezó a urdirse la semilla de mi futura apostasía.

En casa las cosas no iban mucho mejor; castigos o bofetadas estaban a la orden del día para ponernos luego todos a rezar o ir en procesión a misa el domingo, porque “la familia que reza unida permanece unida” –que fue un eslogan nauseabundo de la época- y era una falacia porque yo ya veía que unos y otros se llevaban mal entre ellos, criticándose, ninguneándose o, lo que es peor, haciéndose daño vilmente sin importar para nada el árbol genealógico.

Algunas monjas que me tocaron en suerte en el colegio hablaban continuamente de la pureza pero en el internado a donde me confinaron mis padres durante varios meses no nos dejaban ducharnos más que una vez a la semana y esa imposible relación entre la falta de higiene y la pretendida pureza no la llevé nunca de buen grado. Años después comprendí de qué pretendían “protegernos” las siervas del Señor.

Los chicos y los escarceos que nos traíamos entre manos con ellos también me dieron muchos disgustos: “si me quieres demuéstramelo” –decía el noviete de los quince- y si le dejabas meterte mano luego decía por ahí que eras una “cualquiera”. Los hombres un poquito más mayores –que no maduros- no me dieron demasiadas pruebas de coherencia emocional y también pretendían que yo fuera “suya” mientras ellos pretendían ser “de todas”.

Por aquellos mismos años vi también a “señoras” tratando al llamado por entonces “servicio doméstico” como esclavas y a patrones abusando de los obreros quedándose las cuotas de la S.Social que les descontaban del sueldo y cómo, agarrados del brazo, señoras y patrones, con la cabeza bien alta, iban los domingos a misa de doce haciendo de familias ejemplares de la comunidad.

Como anécdota más divertida del “haz lo que yo digo pero no lo que yo hago”, quién no recuerda a aquellos médicos que fumaban en la consulta del ambulatorio –antes de que lo prohibieran-; hasta una vez topé con un dentista que tenía los dientes hechos un asquito.

El tristemente famoso “haz lo que yo digo y no lo que yo hago” tenía diversas variantes multiusos. Una de ellas era “Cuando seas padre comerás huevos” –que hay que tener cultura literaria para saber el origen-, o “Sabe más el diablo por viejo que por diablo” –que me hacía mirar a mis abuelos y padres como reos del fuego eterno- hasta eclosionar en el más que abundante y cotidiano: “porque lo digo YO y punto”.

De aquellos polvos, estos lodos, qué duda cabe, así nos luce el pelo a todos en este mapa y este territorio, que todavía creemos que quienes alzan la voz (e incluso la férula del poder) tienen más razones que los que callamos porque no queremos entrar en discusiones bizantinas que desgastan y embrutecen a quien las mantiene.

Mucho mejor como les decía yo a mis niñas: “haz lo que yo hago si te parece bien y no eches cuentas de lo que digo que a veces son tonterías”.

En fin.

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Pequeñas fobias: el domingo
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Cecilia Casado | 17-10-2016 | 06:07| 12

 

Ya desde pequeña se me antojaba este día el peor de la semana. Le cogí manía por mil motivos que me parecían justificados. La misa mañanera en familia (que rompía todos los otros planes), la comida aburrida como el “Día de la Marmota”,-arroz y pollo-, la sobremesa con película en blanco y negro. De adolescente quería hacer cosas diferentes a pasear por el centro de la ciudad pero mis amigas tan sólo querían mirar y dejarse ver por los chicos que, seguro, se aburrían tanto como nosotras. De novia y recién casada la comida en casa de la suegra y jugar a los aburridos juegos de mesa a la espera del salvador lunes que nos reintegraba de nuevo al trabajo y a la vida.

Ahora que ya ni voy a misa ni tengo suegra, el domingo es el día que sobra en mi calendario. Rosa Montero lo describe con buen acierto en su libro “La carne”:

Pese a ser 9 de noviembre, ese domingo hacía un día templado y luminoso y el parque del Retiro estaba lleno. Cumpliendo la ley inexorable que Soledad conocía tan bien, todo eran parejas, por supuesto. Parejas solas o parejas con niños o parejas con perros. A veces, parejas con dos perros que a lo mejor también eran pareja. Como sin duda estaban emparejados los patos del estanque, y las tortugas y las urracas vestidas de pingüino, blancas y negras, que siempre iban de dos en dos, one for sorrow, two for joy…”

A pesar de mi aceptación de la soledad por buscada y elegida, me chirría a veces el empecinamiento social de bailar en pareja o en corro en vez de “bailar a lo suelto”. Mis amigos –casi sin excepción- dedican el domingo a sus familias (escuetas o abrumadoramente extensas); o bien a su pareja (que para eso la tienen). El domingo es el día en que las relaciones sociales se quedan en stand by, es el día en que a los que vamos de no-dependientes por la vida se nos divisa desde lejos porque que hay un espacio hueco y vacío a nuestro lado.

Ayer domingo salí pronto a la calle a pasear al perro; luego lo dejé en casa y me lancé a patear un parque, la longitud de la playa en marea baja, el paseo del río, otro parque y, finalmente, exhausta de caminar a paso ligero, regresé a casa para ducharme, vestirme de civil y volver a sacar al perro. Una terracita me invitó a un aperitivo leyendo la prensa. Todas las mesas circundantes abundaban en grupos familiares –con o sin niños, con o sin ancianos en silla de ruedas- y allí estaba yo y nadie más como yo, que he aprendido a no sentir ya las miradas de la gente y a no imaginar nunca más sus pensamientos.

¿Qué hacen las personas que se quedan solas un domingo? ¿Van al cine de las cinco con la turbamulta joven o a la sesión de las siete con las parejas? Yo sé lo que hacen, lo sé muy bien. Cuando no tienen nadie con quien estar un día domingo, quizás madruguen y den un paseo o quizás vagueen por la casa hasta la hora de comprar el pan o la prensa, o ambas cosas o ninguna, haciendo tiempo para la comida solitaria delante de la tele, la siesta en el sofá y pasar la tarde como se pueda esperando a que acaben las horas de impuesto e insoslayable “aislamiento social”. La vida habitual se detiene, la algarabía de la vida laboral desaparece; tan sólo abren los bares y las pastelerías (para que los que forman parte de un grupo familiar puedan tomar el aperitivo y comprar un postre rico); no hay excusas ni ajetreo en el que confundirse. El domingo es el día que sigue siendo “diferente” y que, de alguna manera, obliga a miles de personas a serlo mal que les pese. Los restaurantes están más o menos llenos, pero ¡a ver a quién le apetece comer solo rodeado de seres que charlan y ríen o –peor aún- de esas otras parejas que comen en silencio!.

Así que, para no deprimirme ni echar en falta nada ni a nadie, dedico los domingos solitarios –cuando ningún amigo llama porque está con sus murrias o alegrías familiares- a hacer ejercicio sin mirar a nadie y las tardes a leer un buen libro. (“La carne” de Rosa Montero, da para un domingo entero). Si me canso lo alterno con una película. Y cuando me canso también, aprovecho la anochecida para volver a pasear al perro…en solitario.

Los domingos y yo nunca hicimos buenas migas; ni cuando tenía familia al alcance de la mano ni ahora que no la tengo para sumarme al grupo e interactuar con alguien. Los domingos me ofrecen también la posibilidad de la reflexión, del recogimiento a veces, incluso del descanso mental necesario para volver el lunes a la vida, a la semana “normal”, a sentir que me “reinicio” y vuelvo a funcionar, activa, contenta, incluso moderadamente feliz.

A veces nos juntamos dos que sentimos igual y disfrutamos; pero al final siempre llegamos a la misma conclusión: los domingos no están hechos para las personas como nosotros.

Os los regalo, mis domingos, a quienes os quejéis de que no os gustan los vuestros…

En fin.

* Ayer, domingo, antes de acostarme vi el programa “Salvados” dedicado al barco Astral y su labor humanitaria recogiendo refugiados -que huyen de la guerra y la miseria-en el mar Mediterráneo. Entonces sentí que mis domingos son privilegiados en vez de extraños o tristes, que mi “pequeña fobia dominical” es absurda; más que absurda, indecente. Me fui a la cama con el alma encogida por tener tanto y encima no saber apreciarlo…

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Recuerdos. “Txantxillo”
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Cecilia Casado | 13-10-2016 | 06:32| 21

 

De mi infancia en el donostiarra barrio de Gros guardo recuerdos imborrables.No porque fueran parte de un tiempo especialmente feliz sino porque los viví rodeada de personas de cierta edad (mis abuelos y mi tía abuela maternos) y mi mirada de niña se me tropezaba con las cosas de los mayores. Nunca jugué en las plazas aledañas a la iglesia de San Ignacio, mi abuela no me permitía ir sola, -“como perro sin amo” decía- y era de su mano que fui descubriendo el barrio y a sus habitantes.

Santiago Hernández, alias “Txantxillo” era un hombre pequeño de estatura que voceaba junto con sus padres el periódico de la tarde cerca del popular cine Trueba. “Unidad” se llamaba aquel periódico y la voz aflautada de un hombre de cuarenta años en un cuerpo que se quedó en el camino me daba risa. Mi abuelo compraba el periódico y me amonestaba por la burla inocente. ¡Qué sabía yo de la vida y sus dramas con siete años!

“No te burles de él –me decía- que bastante desgracia tiene el pobre”. Y esa condescendencia me colocaba en una situación violenta, me hacía sentir como si hubiera hecho algo malo al no entender cuál era el origen de mi culpa. Y preguntaba y no me respondían…

Txantxillo tenía la bondad incierta de quienes han sido tocados por la varita mágica de la ausencia de maldad; quizás su entendimiento nunca profundizó en el drama de la vida, (de su vida) ni fuera demasiado consciente de la diferencia que le separaba del resto de conciudadanos. Vivió con sus padres y luego quedó solo y solo siguió con la sonrisa desvaída y la mente desvariada, un homeless con vivienda propia y poco más, a pesar de la absurda y ridícula leyenda urbana que le adjudicaba propiedades y dineros que nunca tuvo. Quizás la maldad humana tiende a ridiculizar al más débil y hacerlo patético a los ojos que no entienden nada, que nada comprenden y ningún esfuerzo hacen por querer entender.

Txantxillo era todo un personaje, mas no envidiable. El desconcierto que suscitó en mi mente infantil se convirtió en pena en mis años jóvenes, cuando le veía arrastrando sus bolsas y luego un carrito, vestido casi con andrajos, tocando su viejo xilofón y pidiendo “una pesetita” a todo el mundo.

Entraba en los bares de lo Viejo y la gente joven se reía de él en su propia cara y ante su mirada que nada decía ni su boca que nada respondía. Algunos le jaleaban –con evidente malicia- y le preguntaban si tenía novia. Y que tocara algo diferente a la Internacional que era su música de cabecera…

Txantxillo –quiero suponer- tenía una personalidad inestable psicológicamente pero no lo suficiente como para no darse cuenta de en qué mundo vivía. En la ciudad glamorosa por excelencia pisaba sus calles como dueño y señor, sin miedo a que se le aplicara la perversa Ley de Vagos y Maleantes de aquella época; conocido por los municipales y los tenderos, las caseras del mercado y las amas de casa de Gros y la Parte Vieja que le toleraban con una condescendencia hija de la “caridad cristiana” imperante también en la época.

Quiero pensar que nadie le dio un empujón o le insultó –sigo imaginando que se le habría defendido- porque no es de recibo burlarse de quien va por la vida sin hacer daño a nadie, tan sólo tocando la Internacional en el xilófono –que luego sustituyó por un órgano a pilas- y moviendo su vaso para que le dieran “una pesetita”.

A quienes contaban que era muy listo porque teniendo millones salía cada día a mendigar “pesetitas” –que caían rotundamente, casi todo el mundo le daba no sólo pesetas sino buenos duros- se les decía: “pues, anda, vístete tú también de harapos y vete a pedir por ahí”. Quizás fuera incomprendido porque pocos se tomaron la molestia de hablarle en el idioma que él entendía. ¿Cuál sería?

Viene a colación este recuerdo porque unos de los artistas que han decorado los muros del edificio de La Bretxa con temas populares donostiarras”, -dentro del City Street Festival-le han hecho un pequeño homenaje; y ahí le veo pintado en un mural en la calle Aldamar como algo “nuestro”, como si por fin fuera a ser un personaje querido por todos los donostiarras, incluso por los que le espolearon alguna vez creyendo que su papel era el de bufón. ¡Qué poco sabe nadie de los recovecos del alma humana!

En fin.

*Santiago Hernández Redondo (Txantxillo) 1927-2003

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Crecimiento personal. “Tiempo para reflexionar”
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Cecilia Casado | 10-10-2016 | 05:49| 27

 

Compartía ayer mismo una cervecita vespertina con un hombre al que me estaba costando explicarle mi afán –como apostillaba él- por buscarle tres pies al gato allá donde yo tan sólo quería hacer una pequeña y sencilla reflexión. Le sorprendía que hubiera “tantas personas” empeñadas en buscarle sentido hasta al hecho de atarse los cordones cuando se han quedado sueltos; le sorprendía y le parecía una pérdida de tiempo romperse la cabeza intentando saber los porqués, los cómos y los paraqués, de las acciones humanas o de los designios divinos. Le da todo igual –y bien que lo remachaba- y tan sólo pretende que le dejen en paz: “vive y deja vivir”, esa es su filosofía.

Ya le avisé que “todo lo que digas podrá ser utilizado en tu contra” y que seguramente lo incluiría en este blog como motivo y tema de discusión. Se encogió de hombros y me dijo, a la vez que le hacía una seña al camarero para que trajera otra ronda, que mientras no pusiera su nombre le daba exactamente igual cómo utilizara sus palabras y sus ideas.

No voy a entrar aquí a cuestionar si me parece bien o mal la forma en que encara su vida –eso es cosa suya absolutamente- sino a explicar más extensamente lo que parece ser que no fui capaz de hacer con las cervezas de por medio.

Todo ser humano pensante sabe dónde le aprieta el zapato; lo sabe y punto. Otra cosa es que no quiera encarar la situación por lo de siempre: el miedo. El miedo a salir de la zona de confort, el miedo a verse como realmente se es y no gustarse, el miedo a perder a quien nos ve como no somos en realidad, el miedo, siempre el miedo…

También yo tengo miedo –faltaría más- pero me “ponen” los retos y de esa forma me digo a mí misma que vale la pena –que me vale la pena- quitarme el esparadrapo que llevo en algún lado desde hace tiempo y ver si lo que hay debajo está sanado o se ha podrido del todo. O a medio camino entre una cosa y otra.

Tengo que reflexionar, no me queda otra, para darme cuenta de por qué algunas cosas me siguen saliendo tan rematadamente mal o cuáles son los motivos que me despiertan la ansiedad incluso cuando creo que lo tengo todo controlado. Tengo que reflexionar sobre mis pequeñas miserias y saber por qué las sigo alimentando, no puedo dejar de cuestionarme si la vida que llevo –la vida que he elegido llevar utilizando mis circunstancias para mi propio beneficio, como todo el mundo, dicho sea de paso- es la vida que merezco llevar o si, por el contrario, podría obtener mucho más, más paz, más satisfacción, más sensación de estar a gusto conmigo misma.

Y cuando lo hago –le decía a mi colega cervecero- me siento “humana”, es decir, “pensante” y menos títere descerebrado como –le miré a los ojos- tantos y tantos que no quieren utilizar la herramienta que la naturaleza ha regalado a los humanos. –“A algunos” –apostilló, irónico.

Me preguntó si me sentía más feliz por reflexionar sobre “lo divino y lo humano” más allá de lo puramente social y convencional a lo que le respondí –con gesto socarrón- que de dónde se había sacado él que a mí me interesara el concepto “felicidad”…

-Touché! El creía que yo reflexionaba para ser feliz puesto que él no lo hacía, precisamente ¡para no sentirse infeliz…! Y cuando nos despedimos sé que se fue rumiando, rumiando…

En fin.

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Sobre el autor Cecilia Casado
Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.

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