Diario Vasco
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Aprendizajes de urgencia. La soledad.
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Cecilia Casado | 27-10-2017 | 06:18| 20
 
Vivo sola y no tengo pareja. Dicho así ya cualquiera se hace una composición de lugar: señora con perrito, prejubilada aunque con ganas, con amigas divertidas y algún que otro amigo ocasional. Aficionada a los viajes hacia fuera y hacia adentro, más o menos cultivada y con más o menos buena salud. Un currículo de lo más sencillo y normal, vamos…
Pero sé –y puedo hablar de ello en primera persona- que la soledad es un arma de doble filo, un cuchillo que aunque uno crea que está acostumbrado a manejar con soltura y precaución nos puede dar un tajo sangrante en cualquier momento. Porque nada es permanente, nada es seguro y no hay quien pueda alardear de controlarlo todo en el tema de las emociones.
La soledad elegida, la soledad manejada de forma inteligente, es como una rara y cara especia que condimenta los platos si se añade en su justa medida pero que, en grandes dosis o mal utilizada, puede llevar a estropear el sabor de cualquier plato o incluso llevar a una intoxicación severa.
Observo que hay una pelea constante –pelea hacia adentro, con uno mismo- entre el concepto de soledad igualado a libertad y el concepto de soledad que significa miedo a la vida. ¿Quién no conoce a alguien que “nunca está solo” y, sin embargo, adolece de una terrible soledad espiritual interna? Esa vida que se sigue arrastrando junto a quien ya no se ama, pero que uno se ha acostumbrado a soportar y disfraza la soledad del alma con el engaño del cariño y, sobre todo, valora el ruido y la sombra del otro diciéndose que más vale eso que nada, que algo es algo y alimento es caldo…
Estar solo físicamente es un aprendizaje de urgencia que a muchísimas personas nos ha tocado llevar a cabo. Cuando se muere tu pareja con la que creías que ibas a envejecer en armonía; cuando se acaba el amor y hay que afrontar la realidad de la incompatibilidad de sueños; cuando uno pierde lo que imaginaba que tenía o cuando no se alcanza las expectativas que se creía desear.
Da igual que haya trabajo, familia y amigos que puedan dar soporte y ayuda a esa sensación de frustración que invade a quien se ha quedado solo; no hay alivio para quien cree que le ha sido arrebatado aquello a lo que estaba acostumbrado y que, por esa costumbre precisamente, se había convencido de que era su derecho tenerlo.
Hablo de las personas que se enfrentan a una soledad abrupta, al abandono, al accidente fatal, a la desgracia que les golpea aunque fuera una desgracia anunciada…
Aprender a estar solo significa exactamente eso: ser capaz de aceptar los días –o los meses- en los que no hay cerca ningún ser humano con quien realmente nos apetecería compartir ese momento vital. Aprender a estar solo significa también evitar rodearse de ruido, de planes, de eventos y compañía superficial para no tener que pensar, para poder distraerse del trabajo interior que no queda más remedio que comenzar…alguna vez en la vida.
El aprendizaje de la soledad empieza por lo externo, por lo físico. Que llegue un día de fiesta y no haya “nada que hacer”, ningún plan interesante, nada que mueva la ilusión por dentro y entonces, en ese momento terrible de la constatación de que se está solo, pararse a sentirse en la esencia de lo que se es y ACEPTAR ese momento vital como algo que sirve para re-conocerse a uno mismo después de haber vivido “olvidando” quién se era realmente.
El aprendizaje de la soledad pasa por quedarse tranquilo con uno mismo sin ponerse nervioso porque haya demasiado aire alrededor.
Ser capaz de abrir las ventanas y dejar que la energía que susurra malos pensamientos se aleje de nosotros, ser capaz de salir a la calle sintiendo la fuerza de estar vivos aunque no vayamos colgados del brazo de nadie.
Y es una tarea que se puede llevar a cabo de forma intensa, como los cursos de inmersión total para aprender un idioma; si uno se lo propone con auténtico interés, la aceptación de la soledad –y su consiguiente disfrute- se puede alcanzar en mucho menos tiempo del que uno pueda imaginar.
Me acuerdo ahora de una vecina muy mayor que se quedó viuda hace un par de años y desde entonces la veo con amigas por el barrio, me cuenta que se va de viaje a no sé dónde…porque ha aceptado que es ley de vida que la gente mayor se muera… y “¡hay que seguir viviendo”!
Mejor no tener que esperar a ser “muy mayor” para aprender esa lección tan necesaria…
Felices los felices.
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Protocolos del whatsapp
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Cecilia Casado | 24-10-2017 | 06:40| 9
 
Si es que no me aclaro, cada día que pasa recibo una nueva lección de cómo tienen que funcionar las cosas en esto de la mensajería automática y me cuesta saber a qué carta quedarme.
Y me explico.
Soy amante de las nuevas tecnologías, chafardeo por las redes sociales un poco y si hay que usar el whatsapp y estar en media docena de grupos, pues estoy y ya está; todo sea por sentirme más o menos integrada en un entorno que –todo hay que decirlo- a veces me zarandea y por el que me dejo llevar más de lo que me gustaría sin estar totalmente de acuerdo, pero intento ser amable y eso tiene un precio.
Cuando alguien me mandaba un whatsapp de esos que no me interesan nada de nada porque no son más que un refrito pastelero me limitaba a no hacer caso y punto. Hasta que me explicaron que los buenos usos del invento obligaban de cierta manera a, por lo menos, responder con un emoticono simpático, para que la persona que me había enviado lo que fuera supiera que yo lo había recibido…y agradecido.  Enseguida comprobé que eso no es cierto –el interés en mi persona- puesto que basta con hacer una lista de difusión y todo lo que tú quieras va automáticamente a las personas de esa lista sin que tú tengas ni que acordarte de quienes la conforman. Lo que se llama spam puro y duro.
Por el contrario, me ocurre que a veces envío whatsapps personales del tipo qué tal estás o a ver cuándo nos vemos y… ¡ni te contestan!. Entonces me quedo pensativa, un poco mosqueada por no entender bien el protocolo de ahora sí, ahora no… y me da por pensar que hay personas que verdaderamente no precisan comunicarse conmigo ni tan siquiera de una manera tan superficial. Y voy observando y reflexionando sobre alguna invitación que hice y a lo que no se respondió ni sí ni no, o a una pequeña petición que también fue desoída por personas que, luego me di cuenta, estaban todo el día conectadas al invento del que hablo.
¡Cómo ha cambiado la forma de interactuar entre nosotros! ¿Dónde quedaron aquellas llamadas telefónicas tranquilas, de sofá y cigarrillo, distendidas para ponerse al día o contar penas o compartir alegrías?
Ahora resulta que para hablar con alguien por teléfono primero tienes que enviar un whatsapp preguntando a ver si le viene bien a esa persona que le llames, vamos, pidiendo permiso para marcar su número y, eventualmente, molestarle.
Una amiga me llegó a decir que el teléfono es INVASIVO, que molesta e interrumpe, que no hay por qué responder a esa demanda de inmediatez. Yo creía en mi ingenuidad que conservo como oro en paño para algunas cosas que cuando alguien te llama, si quieres contestas y si no quieres, pues no. Luego puedes devolver la llamada cuando te venga bien…o no. No se trata de salir de la ducha chorreando agua –como hacíamos antes- cada vez que suena el timbre de llamada, sino de permitir que los demás se pongan en contacto con nosotros y nosotros con ellos de una manera tranquila y racional.
Pues parece ser que sigo sin acertar. Si llamo porque llamo y si no respondo porque no respondo. Con el whatsapp, parecido. Que si me mandan un mensaje y lo leo y no contesto al instante parece que estoy haciendo un feo o un desprecio y me tengo que activar la función esa de no ver las dos rayitas azules de los demás para que los demás no vean las mías…aunque en los grupos no funcionan y hay mucho detective vigilando.
De vez en cuando me agarro un rebote y digo a todo el mundo que me voy a borrar del whatsapp, que me dejen en paz, que me agobio con tanto mensajito inoportuno, que tan sólo me interesa ver las fotos de mis niñas en la distancia, pero luego se me pasa porque me doy cuenta de que estoy atrapada en la red, en los usos y costumbres de este momento presente que, por otro lado, me gusta vivir con la mayor intensidad posible.
Con el whatsapp me pasa como con algunas cosas en la vida: que no entiendo el protocolo. Que por un lado me enseñan unas normas y por el otro me dan las herramientas para infringirlas; que sigue siendo válido el haz lo que yo digo y no lo que yo hago, que hay tanta hipocresía como ha habido siempre y hemos mejorado muy poco en nuestro comportamiento con los demás mientras seguimos exigiendo que a NOSOTROS se nos trate con deferencia y respeto.
Así que seguiré intentando hacer las cosas lo mejor posible… a pesar de todo.
Felices los felices.
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Reflexión del lunes. Tranquilidad vs razón
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Cecilia Casado | 22-10-2017 | 20:47| 11
Vivimos tiempos revueltos. Hay días en los que es un auténtico sobresalto despertarse en la mañana y una pequeña odisea incorporarse a la rueda del mundo. Si tomas el desayuno acompañando el café con las noticias es casi seguro que, a poca conciencia crítica que hayas desarrollado, se te revuelva en el estómago. El té o la leche con cereales tampoco son más resistentes.
El caso es que luego te lanzas a la calle, a la vida, al trabajo y compruebas –en mi caso un poco horrorizada- cómo las gentes se metamorfosean en adalides de las ideas de otros (¡qué mérito hacer que parezcan suyas!) y enarbolan argumentos como estandartes para acaparar razones que alimenten su ego o su ideario personal, que me parece que es lo mismo aunque no estoy del todo segura.
En la pescadería se habla de “sedición y secesión” entre merluzas de anzuelo, salmonetes de roca y antxoas del Cantábrico. En el bar de mi cafecito de media mañana aparecen –sin haber avisado- un par de expertos en “fuegos e incendios” que saben (SABEN) positivamente cómo y cuándo los pirómanos han estado a punto de destruir Galicia y las comarcas aledañas. No quiero ni imaginarme las lecciones magistrales sobre esto, lo otro y lo de más allá que se impartirán estos días –estos últimos tiempos- en comedores proletarios o máquinas del café de las empresas que todavía las mantengan.
Ante este desgaste neuronal, emocional e intelectual continuado al que nos aboca la falta de indiferencia ante lo que ocurre en este mundo nuestro, me propuse aplicar una máxima de esas que tengo guardadas como “fondo de armario espiritual” : “Elijo la tranquilidad antes que tener la razón”.
Cuando salió en una sobremesa el tema de “El día de la Hispanidad”, dejé que se desgañitaran los que proclamaban a voz en cuello el “genocidio español sobre los pueblos indígenas de América” sin mover apenas los músculos de mi rostro, indiferente en apariencia y callando mis “razones” también a la facción que ironizaba acerca de que serían probablemente los antepasados de quienes así hablaban los que habían cometido el expolio/conquista…
Pude poner en práctica también esa pequeña perla cultivada tan interesante cuando se empeñaron en llenar de paralelismos más o menos inconexos –es que las líneas paralelas NUNCA se juntan- la situación que vive Cataluña con la que vivió en su momento Euskadi. Ahí volví a callar mis “razones” y dejé que se acaloraran los demás  poniendo a prueba los límites de su presión sanguínea.
Paso patinando por encima de las controversias sobre si llegaremos a viejos cobrando la pensión de jubilación o el Estado quebrará antes mandándonos a la última posición de la fila de países en vías de desarrollo. Es A LU CI NAN TE la cantidad de “analistas políticos”, “economistas de salón” o “politólogos de barra de bar” que han proliferando últimamente. Aquí todo quisque tiene una opinión y unas razones más y mucho mejores que las del vecino. O como suelo decir yo: “Aquí el más tonto hace relojes”.
El caso es que, desde que no defiendo acaloradamente –como antaño- mi percepción de “la cosa”, gano en tranquilidad todo lo que los demás pierden en obtener victorias pírricas sobre su oponente dialéctico. No quiero decir en absoluto que me haya vuelto indiferente al drama humano que nos circunda, lo que quiero decir es que he comprendido que no me sirve de nada defender una posición o unas razones frente a personas que, lo tengo comprobado, lo único que quieren es precisamente lo único que yo también pretendía: tener razón.
No me sirve de nada polemizar sobre si las ayudas sociales se las llevan los justos o los injustos, me sirve de muy poco enzarzarme en la defensa de los que escapan de una guerra buscando salvar lo que queda de sus maltrechas existencias. Se han quebrado ya las vigas maestras que sustentaban mis razones intelectuales dejando paso a un sencillo discernimiento que me impele a hacer cosas en vez de defender con palabras lo que pensamos que “otros” deberían hacer.
Me reafirmo: “elijo la tranquilidad antes que tener la razón”.
Felices los felices.
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Pobres perros
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Cecilia Casado | 20-10-2017 | 08:20| 9
elur-simpatico
Elur, mi precioso bichón maltés de diez años, padece epilepsia. Esta enfermedad se le declaró hace ya casi cinco años como consecuencia colateral de una meningoencefalitis que se le produjo de la noche a la mañana y que hizo que pasara de ser un perrillo saltarín –con el que me iba al monte tranquilamente- a un tranquilo, simpático y discapacitado perrillo que anda con paso “turulato”.
En su día acudí a varios veterinarios para saber el origen, evolución y posible curación de su enfermedad y de todo lo que me dijeron saqué en claro dos cosas. La primera que la crianza de perros bonitos y con pedigrí es un negocio puro y duro de mezclas más o menos endogámicas con el único fin de que salgan “perros guapos” que puedan tener un buen encaje en el mercado de animales. Es decir: como ocurrió con mi madre cuando decidió que quería un perro para “jugar” con él a sus ochenta años, que no le gustaron los que había para adoptar en la Protectora y hubo que comprarle un “perro de marca”, previo pago de muchos maravedíes…
elur
Elur vino de un criadero con todos los papeles en regla: partida de nacimiento y certificados varios que garantizaban que el perro era de “buena familia”. El capricho de una anciana hecho realidad y un ser vivo de cuatro patas lanzado a una vida “humanizada” en contra de la más mínima libertad y derechos que le asisten como ser vivo.
Pero esto es lo que hay –como me fui enterando a base de preguntar aquí y allá. Adoptar un perro es un acto de generosidad y comprarlo en una tienda es un acto de puro egoísmo, cuando no de capricho puro y duro. Con esto no quiero decir que TODOS los perros comprados lo hayan sido por intereses espurios… pero bueno.
El caso es que me muevo desde hace varios años en un “círculo perruno”, los mal llamados “dueños” de perros interactuamos muchísimo, sin conocernos de nada nos saludamos y hablamos de nuestros perros, como si fueran bebés, de lo bien que comen o lo mal que duermen, de sus enfermedades y de las habilidades de unos u otros veterinarios. Compartimos sugerencias, ideas y consejos, todo alrededor de un objetivo común: el perro.
Así he sabido de los males y enfermedades que se ceban en las diferentes razas, casi como una generalidad fatídica. Del pastor alemán al yorkshire, pasando por el terranova y el coollie, el bulldog francés –ejemplo de perro customizado a gusto del consumidor- hasta llegar a los perrillos tan pequeños que parecen auténticos juguetes a pilas. (Con todos mis respetos, por supuesto).
elur-octubre-2017
Elur, mi precioso y querido bichón maltés, lleva AÑOS manteniéndose a base de cortisona para regular su estabilidad motriz. Obviamente, este fármaco le produce efectos secundarios muy graves. Contrajo una gingivitis ya que no se le podía sedar para hacerle una limpieza bucal de toda la flora microbiana que se había instalado en su dentadura, debido a que su corazón probablemente no resistiría una anestesia completa. De resultas, lleva ya un año tomando antibiótico genérico a la vez que, sin pausa alguna, se le van cayendo sus necesarios dientes y viendo cómo su ingesta de alimentos deja de ser afanosa y deliciosa: se acabó roer huesos.
Como consecuencia del último ataque epiléptico –hace menos de una semana- tiene que tomar Diazepan para estar tranquilo y de resultas de esta nueva medicación se pasa veinte horas al día durmiendo con lo que su calidad de vida se ha visto mermada considerablemente quedando esta reducida a comer, dormir y salir un rato al parque por la mañana y otro rato por la tarde; más, no quiere.
Subo y bajo a la Protectora de Animales con relativa frecuencia, donde aportan a Elur cuidados médicos y desde donde me animan a darle mucho cariño, atención y todos los mimos posibles. Es un ser vivo enfermo al que hay que cuidar en lo físico y también en lo psíquico, qué duda cabe.
Pero tengo rabia por dentro. Esta emoción me asalta cada vez que pienso lo estúpido que es el ser humano, capaz de modificar razas y hacer cambalaches para el puro negocio sin pararse a pensar en que todo eso tiene un precio, un precio muy alto que, no me cabe la menor duda, acabamos todos pagando. En mi caso, el dolor y la tristeza de no ver a Elur disfrutando de su naturaleza vital –como hago yo con mi naturaleza vital humana- como consecuencia del capricho egoísta de tener un perrillo que ha sido “diseñado” para lucirlo y dar compañía y cariño como fin de sus tristes existencias.
Algo así como las parejas que se quieren poco y mal y pretenden arreglar el tema teniendo un hijo “que los una”. Algo así como las personas antipáticas y asociales que se compran un perro para poder hablar con él en vez de hacerlo con otros seres humanos. Algo así como lo que le ocurre a mi pobre perrillo que está arrastrando su existencia entre cuatro paredes en vez de dar saltos por el campo persiguiendo mariposas como sería lo adecuado a su naturaleza.
Ya sé que este post es triste y algo enfadado; o más bien enfadado y algo triste y con la espada de Damocles que me dice que me vaya preparando para un desenlace que va a ser el más duro de todos: llevarlo a un veterinario para que lo maten cuando la enfermedad haya minado sus defensas y no le quede apenas esa mínima fuerza vital en sus ojillos para seguir mirándome con su amor especial cada mañana…
En fin. Lo que se aprende si uno quiere aprender…
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Jubilados
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Cecilia Casado | 16-10-2017 | 07:04| 8
 
Desde que no tengo que ir a trabajar, el tiempo, las horas del día, una detrás de la otra, han ido adquiriendo un valor intrínseco, específico y personal que hasta ahora (y mira que he vivido años) no habían tenido. Cuando mi única alternativa era deslomarme intelectualmente por un salario mensual –aunque llegué a convencerme de que lo hacía a gusto e incluso era feliz haciéndolo- no tenía demasiada conciencia del paso del tiempo como no fuera para vigilar que sonara pronto la sirena de salida los días laborables. A partir de ese hito la vida comenzaba realmente para mí (y para tantos otros).
Sin embargo, desde que no tengo ya que ir a trabajar, primero gracias a la crisis que se llevó por delante mi puesto de trabajo (y tantos otros), y luego porque me llegó la hora de empezar a recuperar de las arcas públicas las cotizaciones que salieron de mi bolsillo privado durante la friolera de cuarenta y dos años, la primera hora del día es sagrada y hermosa en cada uno de sus sesenta minutos.
Abrir la conciencia y los ojos pausadamente, sin ser despertada por la alarma antiaérea del móvil, desperezarme lánguidamente comprobando si los cuatro puntos cardinales de la cama siguen estando en su sitio, posar un pie y luego el otro en la tierra, en la vida, en la alfombra suave de mi libertad.
Preparar el té con todo el mimo posible, meditar sobre la profundidad de la cosa mientras un par de tostadas se broncean lentamente para bendecirlas con aceite oscuro e intenso, como un amor maduro…
Pero también la segunda y la tercera horas son sagradas y hermosas. Todas ellas. Porque nada me aprieta, porque nadie me agobia, porque no suena el teléfono, ni recibo treinta correos electrónicos al día, porque no tengo reuniones, ni se repite mi nombre cincuenta veces en una misma mañana. Las horas, el tiempo del reloj es sagrado porque es exclusivamente mío. La cosecha que no esperaba recoger hasta los sesenta y cinco fructificó casi diez años antes; algo verde y bastante menguada, pero suficiente –con qué poco podemos vivir dignamente- para hacerme crecer las alas.
Ahora puedo dedicarme a reflexionar sobre lo que más ha importado a la humanidad cuando no había que ir a cazar mamuts. Las preguntas del millón, del tipo: “Quienes somos, de dónde venimos y a dónde vamos? ¿Qué es el ser? ¿Qué es la esencia? ¿Qué es la nada?”*** Ahora comprendo que es preciso pararse a mirar al vacío circundante para poder entender la inmensidad del caos. Embutirse en la espiral ruidosa que nace con nosotros para, en medio de ella, hallar el verdadero silencio. Como hacen sabiamente los jubilados que se pasan horas delante de las obras en cualquier rincón de la ciudad. Ahora puedo comprenderles y, sin lugar a dudas, romper una lanza a su favor.
Los que aún trabajan atados a la férula impositiva de las ocho –o más- horas al día, no podrán entenderlo. Pero algún día se darán cuenta de que es la jubilación el comienzo de un largo curso de filosofía. Una “carrera” que puede ser tan larga como la suerte –y la salud- deparen y tan fructífera como uno libremente decida que sea. Ya no habrá “exámenes” ni “notas de fin de curso”; tan sólo la satisfacción íntima –e inmensa- de saber que ahora sí, por fin, cualquier actividad emprendida puede estar perfumada con el exquisito aroma de la libertad. Cuestión de darse cuenta de ello…
No seré yo quien lo desaproveche.
Felices los felices.
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*** Siniestro Total. Letra de una canción.
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Sobre el autor Cecilia Casado
Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.

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