Diario Vasco
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Historias de Praga. Muchedumbres.
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Cecilia Casado | 01-05-2017 | 17:40| 2

 

Me avisaron que me quitara de la cabeza la romántica idea de visitar Praga eludiendo la horda de turistas que invade la ciudad con dramática tenacidad, bien sea tiritando de frío o desfalleciendo de calor. Sin embargo, cuando me aconsejaron un pequeño viaje de 3 ó 4 días creí dar con el mal menor del asunto y decidí visitar la ciudad durante una semana completa. En el fondo sigo siendo la misma ingenua de siempre que intenta nadar por la calle de la esquina de la piscina… que es por la que se va “contracorriente”.

Inauguré mi estancia emocionada y dispuesta al ritual que sigo allá donde voy por primera vez, que no es otro que el de aprenderme los lugares que se pueden disfrutar de forma gratuita, ya que exceptuando lo que tiene que ver con la religión que no perdona ni una en cuanto a pagar peaje en iglesias, sinagogas y lugares más o menos “santos” y con el Patrimonio Artístico –que ahí se verá la generosidad de cada Estado-, todas las ciudades maravillosas lo son porque la naturaleza y la historia las ha llenado de esos magníficos dones.

 

Praga es ubérrima en sus dones pues no hace falta más esfuerzo que el de perderse por cualquier calle del centro pisando sus adoquines con buen calzado y elevar la vista; sí, hacia arriba, un poco antes del cielo para impregnarse de la belleza de fachadas, balconadas, templetes, estatuas y gárgolas que adornan sus edificios. Sin necesidad de ser un entendido en arquitectura, ya que lo único preciso es mantener la mente abierta, como cuando estábamos menos condicionados, y apreciar la sencillez que oculta la belleza.

 

Existe en Praga ahora la costumbre –que no he visto en otras grandes ciudades- de dar tours gratuitos para animar a contratar después los que conforman el negocio de los guías. En el que me apunté pude conocer a un filólogo reciclado en guía de turismo, a un fotógrafo intentando reinventarse fuera de su país y a un historiador de arte decepcionado, todos ellos formando parte de la “corte de exiliados” de inevitable sufrimiento hoy en día. Mujeres-guía no me tropecé con ninguna, qué casualidad.

Está bien que te enseñen lo que hay que ver, salpimentando el discurso con alguna que otra historiqueta (sacadas de la wikipedia o similar) y adornándolo todo con anécdotas de primero de bachiller; a fin de cuentas, al ir en grupo-rebaño uno se siente rebautizado de la nostalgia de aquellas excursiones del instituto en las que se desgañitaba infructuosamente el profesor al que le había tocado acompañar a la chiquillada. En estos casos acepto agradecida lo que me ofrecen tan sólo a cambio del óbolo final que, si bien no es obligatorio, vergüenza daría no dejarlo sabiendo que forma parte del sustento de quienes han dedicado tres horas a pasearnos por la ciudad.

 

En Praga se habla checo y quien crea que con el inglés –u otro idioma- va a comerse un rosco está muy equivocado ya que si algún  praguense habla otro idioma lo disimula muy bien no vaya a ser que  tengan que ser amables con el visitante y eso es algo que, desgraciadamente, no tienen por costumbre practicar. En hostelería hay menos problema porque chapurrean malamente o incluyen en los menús traducciones surrealistas de los platos a otros idiomas europeos. De la falta de empatía y amabilidad del pueblo checo en general y del praguense en particular podría mojarme y mucho, aunque como ya estaba prevenida –aunque me costaba creérmelo-  no me he enfadado apenas y cuando ellos me gritaban en su idioma porque les hacía repetir lo que no entendía con cara de poker yo me carcajeaba en el mío: defensa propia.

 

Sin embargo, lo desagradable no tiene fuerza suficiente para eclipsar la hermosura de la ciudad. La del río Moldava –que es mucho más que el de Smetana- y sus puentes, los barcos que lo surcan, las terrazas al borde del agua, los parques y miradores. La belleza del Castillo y el Palacio, de la catedral de San Vito –el del baile- y del Niño Jesús de Praga –el de las estampitas-; del Karlovy Most –el puente de Carlos- y sus estatuas lúgubres, de los miles de fotos preciosas que se pueden tomar –incluso con palo selfie- y hasta de los bonitos imanes para la nevera.

 

Me he traído en el corazón la ciudad que he recorrido de punta a punta en tranvía, vuelta y vuelta, observando a la gente subir y bajar, afanarse mirando al móvil, cargar con sus bolsas y sus niños y sus caras de cansancio de vuelta a casa. Tranvías viejos, no las líneas que rodean el centro turístico donde patrullan los vagones más modernos o los coches antiguos paseando turistas. La ciudad vive y respira de espaldas a las hordas que la invaden, igual hasta nos odian, como odiaron los checoeslovacos a todo aquel que les invadió a lo largo de su historia, con más que justa razón ese odio, aunque me pregunto cómo me hubiera apañado sin la aplicación “maps”, a quién le hubiera preguntado con éxito si cuando lo intenté con sonrisa y un “please” nadie se dignó hacerme el menor caso.

 

Praga maravillosa, dulce y sumisa para hacerse querer a precio de oro, sus calles empedradas y empinadas de Mala Strana –la ciudad vieja- que tanto me han recordado a Montmartre por sus viñedos en las estribaciones del Castillo; Praga sin habitantes, escondidos todos en sus vidas, ajenos a la turba invasora llena de euros, dólares, yenes y rublos que entregarán a cambio de sus viejas coronas checas, esos CZK impronunciables que cambiarán de manos espurias después de haber engañado en el ratio del trueque o cobrado comisiones abusivas en un chalaneo semi-legal de casas de cambio que no son bancos ni por asomo. Al enemigo que enriquece la economía patria, ni agua…debe de ser la consigna tácita, pero nada subliminal a aplicar al turista.

 

He sido turista, entono el mea culpa, no he podido hacer otra cosa a pesar de haberlo intentado. Sin pisar un hotel o un restaurante del centro, he querido “mezclarme” como de refilón con la gente de la ciudad y no me ha sido posible; he acudido a comprar al mercado vietnamita de Holesovice donde tampoco coseché ni sonrisas ni las fresas que se vendían a precio de vellón. Ni siquiera la sonrisa joven de mi hija –los días que estuvo a mi lado- sirvió de “Ábrete sésamo”.

 

Pero he cumplido mi sueño de conocer Praga. Siete días y siete noches que han dado para muchas vivencias, miles de fotos en la retina y alguna menos en la memoria del teléfono móvil. Y la sensación que me he traído de vuelta a casa es definitivamente magnífica. Lo confieso feliz: he vuelto FAS CI NA DA.

 

Ahora tengo tiempo para profundizar en lo visto, vivido y sentido y componer, por fin, la imagen de Praga que me acompañará durante mucho tiempo todavía. Quien ya ha estado sabe de qué hablo y quien no…siempre puede dedicarse a soñar en la espera…

En fin.

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Historias de Praga. Mientras el vino se enfría
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Cecilia Casado | 30-04-2017 | 15:38| 10

 

Seis días ya en Praga y ni un segundo el ánimo lo he tenido proclive a reflexionar sobre el teclado porque las vivencias avasallan, la belleza no pierde el tiempo en buscar palabras, es tiempo de callejear, oler, sentir, mirar, cerrar los ojos e imaginar todavía un poco más…

El sol se tiñó ayer de nubes y el frío volvió a pintar de invierno las calles; es momento pues de buscar cobijo para el cuerpo y alimentar el espíritu bajo techo. Busco la dirección de la National Gallery porque quiero aplaudir el último proyecto de Ai Weiwei –solidario artista, solitario en su aportación- y dedicar las horas de lluvia al placer inmenso de la contemplación del ARTE. Sorpresa donde las haya al comprobar que el museo está justo al otro lado de la calle, a dos semáforos de distancia… ¡Qué regalo inesperado! Arte del siglo XX, arte checo y europeo, qué gran descubrimiento el de Kupka, Emil Filla, Otakar Kubin, Vaclav Spala, Han Zrzvy y tantos otros. Impresionante la “colección francesa” con abundancia de “números uno” –incluyendo a Picasso como artista francés, habrá que aceptar la universalidad del arte-.

Qué dispendio tan amable el de las 250 coronas (menos de 10€) a cambio de varias horas de estimulación de los sentidos y vibración del espíritu, contradicción con el Museo Mucha cuya entrada cuesta lo mismo y tan sólo ofrece dos salas pequeñas y un audiovisual que no necesita más inversión que media hora escasa para verlo todo… Pero hoy no quiero lanzar quejas mientras se enfría la botella de Chardonnay que he metido en el frigorífico para dar un descanso al estómago de tanta cerveza, qué orgía gastronómica la checa con abundancia de sopas, carnes de todo tipo, gulash en “cazuela de pan”, strudels, dulces, punch, vino caliente, cerveza de chocolate y esos helados dentro de un cono de rosquilla tipo donut, forrado de nocilla y recubierto de canela, un desvarío de calorías y grasa que tan sólo comen los turistas y cuyo nombre no he necesitado aprender porque ya sólo de verlos me entraba un hartazgo psicológico.

Qué paz volver a “casa” y esperar a que el vino se enfríe… Lejos de la algarabía de cualquier hotel, cenar en zapatillas lo que uno cena habitualmente, abrir una botella de vino y brindar por la vida, paladear el bouquet fresco de la uva, con mantel y música de fondo, descansar los pasos cansados de vagabundear por una ciudad medieval, adoquinada desde toda su historia, perderse por callejas sin tiendas de souvenir, abrir la puerta cerrada de esas pequeñas cervecerías –que me recuerdan de alguna manera a las cantinas mexicanas- donde se bebe a destajo, llenas de hombres y de humo, oasis legal de la prohibición de fumar en lugares públicos, el espanto de cortar el humo con cuchillo como en los viejos tiempos, volver a casa con el cabello y la ropa oliendo a nostalgia de hace diez años, aquellos cigarrillos que también dejé de fumar cuando quise purificar mis pulmones y mi mente de la única manera que supe hacer; callejas y callejuelas, pasos perdidos al encuentro de aquello que alguna vez fui, viajar sola sin miedo a nada ni a nadie, recobrar la luz de la mirada de mi hija ausente y pasear de la mano un rato como cuando éramos las dos niñas.

Cruzar los puentes sobre el río Moldava una y otra vez, alejadas de la multitud o borrachas de gente, sentir el ruido constante de los interruptores de los móviles y tropezar en una esquina con el silencio y la bruma del río, alejarnos del brillo humano y descubrir los reflejos del atardecer, tropezar el paso y apoyarme en tu brazo joven y fuerte y amoroso, dejarme guiar por ti hacia la esquina donde estará el tranvía de vuelta a casa, escuchar tu respiración en la noche, como cuando velaba tu sueño y era tan feliz de haberte parido, qué cosas raras siento ahora mientras se enfría el vino y he decidido matar la tarde lluviosa escribiendo unas pocas palabras que no serán un carnet de voyage ni la relación de los pasos perdidos en las calles de esta ciudad hermosa, Praga me reconcilia con la vida y con mi corazón que suele andar a saltos entre la soledad y el ruido de la gente…

Gracias por el regalo de venir a acompañar mi viaje soñado, gracias por gastar tu tiempo laboral conmigo, porque la generosidad ahora adopta diversas expresiones, tú desde tu corazón berlinés hacia el mío que ahora está en Praga y se siente feliz de latir en paz mientras el vino se enfría…

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Os regalo el blog…
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Cecilia Casado | 24-04-2017 | 06:47| 5

Lo regalo durante una semana “por no poder atender“.

Cuando leáis estas palabras estaré lejos de aquí, cumpliendo uno de mis sueños y disfrutando de lo que la vida ofrece cuando no se le pide demasiado. Aunque tan sólo sea la capacidad de mantener la cabeza sobre los hombros sin demasiado “meneo” interior.

Desearme buen viaje ya no hará falta porque supongo-espero que habré llegado a destino; ni tampoco es precisa la buena intención –aunque nunca está de más- de que lo pase bien porque cuando viajo siempre lo hago movida por el impulso que me impide quedarme quieta por demasiado tiempo en mi lugar habitual. Soy así, me gusta cambiar de aires de vez en cuando y lo hago dejándome llevar por los “buenos vientos” que todos, con mayor o menor frecuencia, sentimos que nos empujan hacia delante.

Praga siempre fue mi sueño. Por Kafka y por Mucha, por un misterio que me inventé en algún sueño de madrugada; por su “primavera” y su carga histórica. He intentado ir a Praga en varias ocasiones: con mi pareja –cuando la tuve- y con una amiga –que todavía la tengo. En ambas ocasiones fueron ellos –mi pareja y mi amiga- quienes abortaron el viaje por sus propios motivos e intereses personales dejándome con el sabor amargo de la decepción.

Pero en la vida hay que saber sobreponerse a casi todo –de hecho, todo tiene remedio menos la muerte- y acepté que mi “destino” fuera viajar a Praga sin necesidad de compañía ni apoyo logístico de mano amiga. Una mujer que viaja sola está forjando en su interior una historia de fuerza y libertad que tan sólo otra mujer que viaje sola es capaz de comprender. Y como la vida da sorpresas cuando nosotros apostamos a su favor, este viaje se presenta con “regalo sorpresa”. A fin de cuentas, de Berlín a Praga tan sólo hay 350 kms. de distancia…

Así que os regalo el blog durante una semana como una pizarra limpia para escribir en ella y compartir… lo que a cada uno le mueva su generosidad. Una pizarra vacía o llena, tanto da, pero a vuestra disposición.

La foto, es una de mis favoritas.

Felices los felices.

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La moda de querer volar
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Cecilia Casado | 21-04-2017 | 08:10| 10

 

 

¡Qué listos son los que se alimentan de meter eslóganes por vía intravenosa al personal! Maniobras sutiles o burdas de distracción de la realidad que reconcome el alma y el bolsillo, con la puerta abierta para llegar al meollo del cerebro humano –la televisión- se aprovechan del desencanto general para incidir en pequeñas peculiaridades particulares que harán que el ciudadano de a pie, el vulgar y corriente que nunca destacará por nada llamativo, sienta que “le crecen alas”.

Hace tan sólo unos cuantos lustros –cinco o seis- el paradigma del éxito era tener buenas raíces (si eran “bienes raíces” mejor que mejor); estar asentado significaba tener un trabajo seguro y aunque parezca un dislate en estos tiempos, ese concepto existía, vaya que sí existía y no era baladí el deseo de conseguirlo. Por ejemplo: ser funcionario por oposición y con plaza fija. Hubo un tiempo en que aquello era “lo más de lo más” laboral y profesionalmente hablando. Uno hincaba su pequeño arbolito y esperaba a que echara las raíces: asunto resulto de por vida.

Ahora no. Ahora nos cuentan los poetas que la mujer soñada tiene que tener alas para seguir los sueños del hombre. A mí me suena a cuento chino para que la generación que nació en los albores del siglo acceda sin demasiado miramiento a exiliarse –solo o en compañía de otros- aceptando con la cabeza gacha que este país, este Estado, no va a poder proporcionarle ni tan siquiera la oportunidad de desarrollar su capacidad incluso después de haberse formado según mandan los cánones.

Ahora nos cuentan los expertos en marketing que hay que saber volar, como analogía a seguir soñando y volver a pedir una hipoteca, un crédito, un préstamo que será concedido por los dioses del Olimpo que ahora se han dado en llamar entidades financieras al servicio del consumidor.

Saber volar, tener alas, seguir soñando…no es más que el eufemismo que esconde la realidad, que es tan fea, tan penosa e incluso a veces tan desoladora, que hay que pintarle alas de colores para no deprimirse cada mañana al quitarse las legañas.

Frida Khalo, en su pasión y muerte, nos dejó una frase hermosamente poética: “Pies, para qué los quiero, si tengo alas pa’volar”. Poética y patética. Cuando uno está paralizado, señalado por la fatalidad… ¿qué otra salida le queda sino soñar que tiene alas pa’ volar?

Pero no es cierto; alas tiene la imaginación, el deseo y el ensueño de la mente desafinada. Alas tienen los aviones en los que se marchan los jóvenes a buscar el sustento que ni les caerá del cielo en esta tierra ni fructificará por muchas semillas que planten. Alas tienen las aves que nacieron con ellas puestas y que asumen su destino migratorio buscando el alimento con la fuerza y el dolor de la inevitabilidad.

Nosotros no tenemos más alas que las que pintamos en el sueño de un mundo mejor –aunque tan sólo sea mejor en lo personal, como egoístas que somos-; nosotros tenemos los pies en el suelo como hicieron nuestros padres y nuestros abuelos, seguiremos ganando el pan –por poco que sea- con el sudor de la frente y, toca madera, procuraremos llegar al final del camino arrastrándonos lo menos posible.

Cuanto más abajo estamos, más nos quieren hacer creer que podemos volar. Qué listos son los que pagan esas campañas publicitarias y qué ingenuos los que se las creen.

En fin.

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 ** “Over the town”. Marc Chagall

 

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Sala de espera de hospital
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Cecilia Casado | 17-04-2017 | 07:23| 11

Bendita suerte la mía que no me lleva apenas a hospitales desde la agonía y muerte de mi padre y ahora lo hace por cuestiones poco enjundiosas. Como esta vez en que me someto a unas pruebas para determinar una intolerancia a los analgésicos y antiinflamatorios en general. Y es que cuando me duele algo me tengo que aguantar porque si no es peor el remedio que la enfermedad, aunque bien es cierto que esto de los dolores físicos –siempre que no duren demasiado- me parece más fácil de sobrellevar que los dolores del alma, pero esta es otra cuestión.

Así que vas al hospital cuando te citan –incluso la gente llega antes de la hora- y ya sabes que te vas a tirar las tres siguientes en un ay a ver si lo que te inoculan vía dérmica o con pastillas se manifiesta de forma contundente; por eso te prohíben alejarte de la sala de espera, no vaya a darte un patatús en la cafetería y las camareras no sepan qué hacer contigo. Así que ahí me quedo, con el brazo al aire y sin poder sujetar el libro que –ingenuamente- había llevado para distraer el paso del tiempo; y sin otra alternativa que observar a la gente…

Unas pruebas alergológicas no son nada del otro mundo, aburridas lo más, así que me sorprendo al comprobar cómo bastantes pacientes vienen acompañados. Hombres con una mujer al lado (esposa, hija o madre según la edad y aspecto) y curiosamente, la mayoría de las mujeres, solas.

Ahora debería reflexionar sobre la costumbre de que los maridos pidan a sus esposas que les acompañen al médico o si son las propias mujeres las que exigen acompañar al hombre para luego no tener que andar preguntando qué te han dicho y controlarlo todo de primera mano. Por el contrario, a ver a qué mujer le apetece tener al lado a un acompañante masculino que seguramente no servirá más que de chófer voluntario y que da menos conversación que la silla en la que te sientas. Eso sigue vigente: la mujer habla y el hombre asiente.

La sala de espera es muy grande, caben fácilmente unas cincuenta personas, aunque lo más curioso es el silencio que impera; quienes hablan lo hacen en susurros, como con miedo de molestar no se sabe a quién y por supuesto, nadie habla con el de al lado, parecemos todos extraños en tierra hostil, mirando de soslayo al móvil del de al lado. Porque esa es otra: los móviles. Esos bastones, apoyos, muletas ineludibles para solventar cualquier situación rutinaria o inesperada. Refugio abierto las veinticuatro horas para revisar fotos, buscar a ver si hay alguien a quien poder enviar un SOS por whatsapp: –“Estoy en la consulta de alergias. Me aburro”. Ventana al cotilleo de la prensa digital, pantalla amiga para ver la serie favorita; siempre la cabeza gacha con el gesto universal del servilismo.

Yo también me aburro y me escaqueo de la sala a otra más grande donde hay una máquina de café. Allí el ambiente es más distendido y, sobre todo, más bullicioso. Me pillo un capuchino que está bastante decente y me siento junto a una señora mayor –mayor que yo- a degustarlo. Ella me mira y yo le devuelvo la mirada con sonrisa, así que le doy el pie para pegar la hebra y ya estamos… Dispuestas y contentas para una charla de más de una hora que nos lleva a Pilar y a mí por un recorrido amable de nuestras pequeñas/grandes biografías. Hablando, hablando, vamos señalando puntos de referencia comunes: el Ambulatorio, el barrio, los hijos, (me gana por 6-2), los maridos (le gano por 2-1) y todas esas pequeñas intimidades de poco fuste que se desgranan en las manos de una persona desconocida simplemente porque nos ha dirigido una sonrisa cuando los demás ni nos han mirado.

Al cabo de dos horas más salgo del Hospital con un diagnóstico en la mano y una nueva amiga en el corazón. ¡Y yo que creía que iba a ser una mañana desaprovechada!

Me agarro a estas pequeñas cosas para seguir sintiendo que la vie est belle!

Un beso para Pilar E. que probablemente no me leerá…

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 *Dibujo: Shiembcn

 

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Sobre el autor Cecilia Casado
Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.

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