Diario Vasco
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“La loca de la casa”
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Cecilia Casado | 02-03-2016 | 08:26| 29

Santa Teresa de Jesús llamaba así a la imaginación –luego Rosa Montero escribió una novela maravillosa poniéndole el mismo título-, “la loca de la casa”, la que contraviene las normas y se sumerge en ensueños que le hacen vivir otras vidas y visitar otros mundos.

Cuando niña, tener una imaginación fuera de lo común era tratado como una anécdota más para contar a las visitas, aunque de puertas para adentro supusiera más de una regañina y alguna cachetada por estar en las nubes creyendo ser quien no era o quien no debía ser.

Pero los años pasan y la imaginación, bien enseñada, evoluciona, crece, se viste con los ropajes de sutiles experiencias y se desborda por los límites aburridos de la vida cotidiana, se niega, como el campo, a que le pongan puertas y se acuesta cada noche en nuestra cama sin pedir permiso. Afortunadamente.

Atrás quedaron las ensoñaciones que metamorfoseaban a la niña traviesa en misionera disciplinada, a la adolescente granujienta en salvadora de algún pequeño mundo extraviado, a la mujer alineada –que no alienada- en icono de una vanguardia por inventar, atrás quedó la imaginación cansada en reinventarse cada mañana para volver a morir con la noche.

Y ahora, cuando el tramo que conforma el pasado abarca una superficie exageradamente inmensa vista desde la silla de la cocina y pensar en el mañana supone un esfuerzo, me pregunto si no hubiera sido mejor dejarme enredar mientras pude en los brazos de “la loca de la casa”.

Quizás ahora estaría bailando bajo los copos de nieve que adornan el invierno y sonriendo feliz, extendiendo los brazos hacia el compañero (imaginario o no) que mira con ojos alegres, dejando nuestras huellas blancas en el suelo de la noche y bebiéndonos el aliento helado el uno al otro, hermoso preludio de las horas siguientes que calentarán esta noche fría de invierno que se regala, como un don mágico, tan sólo para aquellos que tengan la imaginación suficiente.

En fin.

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Inteligencia Emocional: un chiste
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Cecilia Casado | 29-02-2016 | 08:20| 20

Este blog vive del intercambio entre quien escribe, quien lee y quien vuelve a escribir. En cuanto publico un post me quedo expectante, pelín ansiosa, por disfrutar del aprendizaje que me regala los comentarios de algunos lectores; los hay fijos y otros que pasaban por ahí, pero no hay día en que me defrauden y me obsequien con la ración de reflexión que tanto ansío.

Pero hay veces en las que la realidad virtual supera a esa otra que decimos realidad a secas y le da una vuelta de tuerca que lo pone todo patas arriba. Es decir, aplicamos a lo virtual la misma fuerza emocional que utilizamos, por decir algo, cuando abrazamos a una persona que nos es agradable abrazar, supongo que será porque cada vez nos resulta más difícil diferenciar lo uno de lo otro, pero ese es otro tema.

El caso es que, como respuesta a uno de los comentarios recibidos -¡qué placer interactuar con la gente, “escuchar” sus palabras y responder con las mías!- indiqué que tenía en casa un problema con la calefacción que me tenía aterida. Lo comenté sin intención espuria alguna, como esas coletillas que pongo al final de mis frases cuando digo lo de “feliz día viernes” y cosas así.

Un par de horas después recibí en la dirección email que está a disposición de los lectores una oferta para venir a ayudarme a solucionar mi problema de frío mediante el expeditivo y sabroso método de “envolverme en un abrazo de oso”. Con mi asombro y mi agrado luchando contra el sentido común que aún persiste a mi edad, sonreí, reí y sentí que mi frío vespertino podía quedar reducido a la nada gracias a que todavía hay personas amables en este mundo. (Sin ironías, faltaría más)

Pero el contrapunto surrealista lo puso una llamada telefónica de un amigo que se ofreció a “ayudar con el problema de la calefacción” (sic) creyendo que era algo mecánico de válvulas que no funcionaban, tuberías atascadas o llenas de aire.

También reí a carcajadas con la segunda “oferta del día”, pero no pude evitar compararlas ambas y darme cuenta de la diferencia que puede derivarse de utilizar la inteligencia emocional a no usarla en absoluto. Y me acordé de aquel chiste tan viejo que decía más o menos así:

“Una pareja están en la cama y ella le dice a él: -Cariño…que tengo mucho frío… -y él le contesta: -pues ya voy a traerte una manta. Ella, disconforme, insiste: Cariño…que tengo un agujerito…- y él responde ya medio enfadado: ¡Pues claro, será que la manta está rota y es por ahí por donde te entra el frío…!

Pues eso, que me encanta que haya hombres que sigan convencidos de que las mujeres utilizamos eufemismos para pedir calor físico y utilicen su “inteligencia emocional” para querer leer entre líneas y adivinar nuestros “deseos ocultos” (o inventarlos) detrás de algo tan natural y desprovisto de connotación sexual como contar que la calefacción no funciona bien.

Obviamente, yo también utilicé la mía –la inteligencia- para “arrimarme al ascua que más calentaba”…

En fin.

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¿Peatones suicidas?
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Cecilia Casado | 26-02-2016 | 13:25| 36

 

 

Ya conduzco muy poco por ciudad; esa circunstancia me ha hecho cambiar la forma de mirar a los peatones, ahora son mis congéneres más que los conductores y estoy desarrollando (incluso sin quererlo) una especie de solidaridad corporativa con ellos. Esta observación cotidiana me arrastra a reflexiones insospechadas y de ahí llego a alguna conclusión que me desasosiega como un viento al doblar una esquina. Creo poder afirmar que existe una “especie” que quiere suicidarse quizás porque ya están muy hartos de la vida y sus vaivenes y para ello han elegido el sistema del “atropello”. Me explico.

Vivo cerca de una gran avenida –de las muchas que hay en mi ciudad, Donosti,- repleta de semáforos y de vehículos, con carril bus y carril bici, es decir, un continuo trasiego de tráfico. Esta avenida la atravieso todos los días en mi deambular por el barrio. Bueno, pues un notario podría dar fe de que, cada vez que el semáforo se pone rojo para los peatones, hay unos cuantos que, si no ven ningún vehículo demasiado cerca, cruzan la avenida despreciando olímpicamente la señal que lo prohíbe y me atrevería a decir que seguros en su fuero interno de que están llevando a cabo “la pequeña aventura cotidiana”, un pequeño guiño para romper la rutina, el mínimo desafío que reivindica el pequeño revolucionario que todos llevamos dentro.

Ayer mismo, contemplando el baile de nubes a la espera de que se pusiera verde, vi venir de frente a un anciano apoyado en su bastón, con paso renqueante, que se lanzó a cruzar la calle como si llevara a la espalda un ángel de la guarda. O con un par. Al aviso mudo de “no viene nadie” se apelotonaron tras él cuatro o cinco peatones más que desafiaron a su buena suerte sin más pretensión –imagino- que la de ahorrarse diez segundos de reloj.

Me chocó bastante –ya que mi mente baila todavía al son de cierto sentido común- el desprecio (o quizás haya que llamarle arrojo o valentía) con que encaran el camino de la vida ciertos ciudadanos, eso sí, jugando con los nervios templados del conductor que va por la avenida a la velocidad que tiene que ir y se “topa” con el impaciente que echa su carrerita ridícula cuando ve que se le echa encima un coche que, quede claro, está en su derecho de circular porque tiene el semáforo en verde. A veces se salda la situación con un bocinazo e incluso un improperio gritado por la ventanilla. ¡Qué menos! Paradójicamente, si es al revés, el conductor despistado puede ser objeto de un  linchamiento de emergencia.

¿Y qué decir de los peatones pizpiretos, despreocupados ellos, que cruzan las calles, no ya en rojo, sino por donde el Ayuntamiento no ha pintado un paso de cebra o de peatones simplemente porque les viene mejor atajar por la mitad? Esos que se meten entre dos coches –procurando hacerlo cuando uno de ellos está maniobrando para aparcar o desaparcar- y le pegan un susto de muerte al conductor que está controlando su propia maniobra y no se apercibe del que se le cuela por el parachoques trasero.

Como conductora que soy sé que si atropellas a un viandante –aunque sea por su negligencia y su culpa- vas a tener un problemón de aúpa con las cosas del Seguro, la Ley Vial y la propia conciencia, así que seguramente por eso tengo mucho cuidado en no atravesar la línea roja que convierte a un peatón en un gazapo imprudente.

La reflexión también se parece a un acertijo: ¿Por qué hay tantos peatones que parece que quieren que les atropelle un coche? ¿Es vital ahorrarse los segundos –aburridos, eso sí- que tarda un semáforo en cambiar de color? ¿Confían en que los conductores tienen la obligación de velar por sus vidas?

El abanico de “aventureros” es variopinto: ancianos con bastón, ancianas con perrito, señoras con carrito de la compra, (incapaces todos teóricamente de echar a correr en un momento de apuro), gente mirando el móvil, mamás con sillita de niño y chavales con mochila a la espalda. Luego están los que llevan al lado un crío al que le están enseñando un poco de civilidad aunque, claro, eso lo hemos hecho todos con nuestros hijos, aburrirles esperando a que se ponga verde para luego, cuando vamos solos, cruzar como nos da la gana por donde nos viene mejor.

En fin.

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¡Benditas hormonas!
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Cecilia Casado | 23-02-2016 | 07:45| 24

Qué bien que vivimos en un tiempo en el que la química está al servicio de la física y nos pone parches (literal) cuando las revoluciones van desacelerando -todas las revoluciones, que conste. Porque antes-antes, ya se sabía, cuando a una mujer le venía ‘la retirada’ –suena a claudicación de ejército, ¿acaso lo sea?-, pues quedaba fuera de combate para muchas cosas. El marido se tenía que aguantar los sofocos y los dolores de cabeza y esperar él mismo, aterrorizado, a que le llegara su turno.

Pero si ellos tienen la Viagra, nosotras tenemos las hormonas. De diseño, sintetizadas, francesas, suizas o americanas (del Norte), en cualquiera de sus formas, el TRH (Tratamiento de Reemplazo Hormonal) nos pone las pilas a las de cincuenta y… pasa lo que pasa, que sobrepasamos el límite de velocidad. Que las ganas vuelven. Sí, vuelven a bombo y platillo, no como el hijo pródigo sino como los hijos a casa por Navidad, llenos de regalos, sonrisas, alegría y muchísimas ganas de pasárselo bien.

Y ellos, -‘los contrarios’- si no han acompañado al médico a ‘su señora’ se quedan a cuadros.

 - Pero…¿de dónde le salen a ésta estos furores que antes no tenía? Fijo que se ha echado un ‘querido’, pero…no, hombre qué va, imposible, si mi mujer sólo tiene ojos para mí… Entonces… ¿cómo es que está tan guapa de repente? Y contenta, que en vez de montarme la pirula porque me quedo dormido delante de la tele después de cenar, me despierta metiéndome mano, me empuja a la cama y…!que tengo que madrugar mañana…!

Y bueno, pues eso, que estamos de un florecido las ‘chicas hormonables’ que lo percibe todo el personal que hay por la calle, en el trabajo, en el súper, en el bar… ¡

Dicho queda como aviso a navegantes.

En fin.

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¿Qué hacer con las faltas de respeto?
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Cecilia Casado | 22-02-2016 | 08:30| 17

 

Dicen –y no les falta razón- que “donde hay confianza da asco”, entendiendo por esto que allí donde los defectos quedan en evidencia, unos habrá que los hagan notar con cuidado o delicadeza y otros, los de la confianza, los arrojarán a la cara del prójimo envueltos con salivazos.

De eso quiero hablar: de las formas. En mi opinión van unidas a dos factores importantes; por un lado la educación recibida y por el otro el grado de agresividad o energía negativa que uno saque a pasear en el momento de expresar lo que siente.

No es lo mismo que alguien nos diga: -“Siento si te molesto, pero con tu actitud en este determinado asunto, me has producido un malestar muy fuerte que tengo que hacerte notar”, a que se le hinche la vena al agraviado y diga: -“Eres una persona insoportable que siempre me haces sentir mal”. Y si además lo dice levantando el tono de voz, incluso gritando y mirando con ojos de querer arrancarte el maquillaje a mordiscos pues…mal vamos, mal vamos.

A mí me han perdido el respeto en bastantes ocasiones porque no es potestad mía controlar los nervios de los demás cuando los pierden. Casi siempre han sido personas a las que no les caía bien por diversos motivos (lo cual me parece muy lógico, ni espero caer bien a todos ni cualquiera me cae bien a mí) y que se han permitido decírmelo a la cara en forma de reproche y con malas maneras. Esas “malas maneras” son las que me han afectado realmente, mucho más que la crítica en sí que, por otra parte, es algo que necesitamos, -que nos critiquen- porque si no, no aprenderíamos mucho en esta vida. Pero las formas son las formas y el debido respeto es el debido respeto.

Dentro del seno de la familia es donde más se producen estas situaciones y donde es más difícil darles solución, bien porque haya posiciones enconadas y enfrentadas desde el comienzo de los siglos, bien porque “ya nos conocemos” y sabemos que es muy difícil limar asperezas viejas o atemperar rencores enquistados.

¿Qué hacer entonces cuando alguien de nuestro entorno cercano nos falta al respeto?

Lo primero de todo es hacérselo ver manteniendo la calma y sobre todo no desenvainar el hacha de guerra por más que esa persona esté atacándonos con la suya. Si persiste en su actitud, mal que nos pese, habrá que realizar una digna retirada sin ponernos a la misma altura del “faltón”. Luego, con la media hora de seguridad en la mano, reflexionar sobre si la situación tiene arreglo o si, otra opción, vale la pena arreglarla. Porque en no pocas ocasiones la buena voluntad de tender puentes produce un desgaste emocional tan elevado que se impone preguntarse si realmente vale la pena o es mejor dejarlo correr, que cada uno siga su camino y que, sea tu madre, tu padre, tu hermano, tu hijo o tu nuera, con personas que tienen por costumbre faltar al respeto a los demás con malas formas en su discurso, es muy poco probable que se pueda llegar a un entente amigable o amistoso.

Duele cortar lazos y más si son familiares, pero la salud emocional personal está por encima de todo ya que si nosotros no estamos bien en nuestra propia piel malamente podremos sentir algo parecido a la paz interior o a eso que se da en llamar felicidad.

Cuando alguien me falta al respeto procuro retirarme lo más cautamente posible del ámbito de acción de esa persona. Si no puedo hacerlo –porque es una relación de interés laboral- procuraré cruzarme lo menos posible en su camino. Y si es una persona a la que me unen lazos de cariño le expreso cómo me ha hecho sentir y le ruego que no vuelva a faltarme al respeto si quiere que sigamos manteniendo relación cariñosa. En cualquier caso, si se me niega el respeto que merezco como todo ser humano, adiós muy buenas…caiga quien caiga.

De ahí vienen mis dos divorcios, la ruptura con parte de mi familia de sangre y ciertas amistades que he dejado atrás en mi vida. De igual manera, algunas personas me “han dejado caer” de sus vidas por no resultarles yo adecuada o aceptable para sus fines o deseos.

Elegir con inteligencia y amor a las personas que queremos formen parte de nuestra vida es tarea imprescindible hacerla bien.

En fin.

LaAlquimista

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Fotografía sacada de Internet.

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Sobre el autor Cecilia Casado
Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.

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