Diario Vasco
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Jubilación…¿truco o trato? Por LaAlquimista
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Cecilia Casado | 10-12-2009 | 22:38| 0

 


Como cada día, desde hace más de diez mil, el despertador me traslada al mundo real a las siete de la mañana; alargo el brazo y no está. No está porque lo escondí hace seis meses entre los calcetines de monte, sin pilas y castigado, pero se ha instalado en algún rincón de mi cerebro esa costumbre adquirida a lo largo de mi vida laboral y sigo abriendo los ojos a la misma hora. No me importa, ahora sé que puedo dar media vuelta y seguir durmiendo o pensando. Es buena hora esta de la mañana para aclarar las ideas, salpican sobre la almohada algo desordenadas pero diáfanas.

Me encuentro en el limbo de los justos, justamente entre la cola del paro y los viajes del Imserso, en una tierra de nadie en la que no hay lunes ni viernes sino únicamente días de calendario, cerrados como flores tardías que no van a vivir. Es el tiempo en el que alguien está decidiendo por ti si sirves para algo o estás obsoleto, el momento preciso en que pasas de ser un ser humano con peculiaridades, ideas y sueños a una mera cifra estadística; ese apeadero en el que estamos los que tenemos más de cincuenta y cinco años pero menos de sesenta.

¡Qué bonita edad para seguir disfrutando de la vida…¡ Con fuerzas, con ganas y algunas canas… pero absolutamente vivos. Sin embargo seguimos atados a la cadena que nos recuerda que todavía no somos jubilados, o que quizás no vayamos a serlo aún ya que aquellos a los que enseñamos a hacer nuestro trabajo están ahora decidiendo si resulta rentable prescindir de nosotros o no.
Mientras esa decisión se germina, me sigo despertando a las siete de la mañana y descubro, un día más, que no tengo que ir a trabajar.

Encima de mi cama hay una inmensa espada de Damocles haciendo juego con el papel de la pared, pero hoy me voy a dar un gran paseo por la orilla del mar sintiendo que, mientras ellos preparan el “trato” yo he descubierto el “truco”.

Se van a enterar…


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!Pero qué forma de comer…¡ Por LaAlquimista
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Cecilia Casado | 06-12-2009 | 12:08| 0

 



Y no me refiero a los modales en la mesa, que esa es otra, sino a la cantidad de comida –que no alimento- que somos capaces de meternos entre pecho y espalda para luego quejarnos de que “nos sobran unos kilitos”. Estoy a vueltas con el tema del exceso de comida por dos motivos: porque acabo de regresar de un viaje por un país donde sigue habiendo “o ricos o pobres” y porque se acerca –oh maldición entre las maldiciones- las fiestas consumistas por excelencia en el orbe occidental.

En el suntuosísimo buffet de los hoteles la gente normal y corriente descubre sin sonrojo alguno la necesidad de desayunar huevos con salchichas, con bacon ,con vegetales a la plancha, todo tipo de embutidos y añadirle aceitunas, quesos variados, salmón ahumado y pequeñas porciones de sushi. Luego frutas exóticas, yogures étnicos y trozos de tarta bañados en miel y chocolate, amén de pequeños croissants bien untados con mantequilla y esos preciosos botecitos de mermelada y café, mucho café con leche. En fin, que mirando sin ningún rubor lo que la gente se pone en el plato, directamente se te quitan las ganas.
El té con cereales y las dos tostadas que me tomo en casa me parecen un desayuno espartano, como de pobre, en comparación con el exceso circundante. Por la noche, durante la cena, se repite la misma historia. Turistas ahítos y con ojos glotones bailando la torpe danza del ir y venir con platos repletos de comida que luego, como es natural, se queda abandonada, en una especie de pastiche informe y asqueroso.

Reflexiones sobre el tema sobran a estas alturas de la película, pero si pienso que algo he aprendido en este viaje tengo que ser coherente y poner en práctica la enseñanza. El exceso en el comer nos viene impuesto por el entorno social, la machacona publicidad y la no menos insistente persistencia de nuestra suegra, madre, cuñada, hijos o amigos. “-Pero come más, por favor, sírvete, sírvete, no vas a comer tan poco, venga un poco más que está buenísimo…”.
Y nosotros, con las tripas revueltas, asqueados de haber ya comido más del doble de lo normal e imaginando con espanto la bandeja de los postres , ponemos cara de póker, balbuceando tímidamente un ”no, gracias, no puedo más” y entonces es cuando recibes una patadita por debajo de la mesa recordándote que tienes que ser amable, agradecida y todo eso para que luego no digan. Cuando llegas a casa tan sólo tienes ganas de vomitar.

Así pues, prometo firmemente no poner en mi mesa más que lo que con dignidad y buen gusto gastronómico pueda tener cabida en un estómago de tamaño normal. Y el que no quiera, que no venga.

Más barato. 

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“Mi marido sólo me pega lo normal” Por LaAlquimista
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Cecilia Casado | 26-11-2009 | 16:41| 0

 



Esta estremecedora frase forma parte ya de los anales de la historia judicial –declaración de una mujer maltratada-, terrible testimonio de una sociedad que se dice desarrollada. En los últimos días me ha amargado el desayuno la agria polémica suscitada por un artículo en un diario nacional en el que se achacaba de los males del machismo a las propias mujeres, polémica que tan sólo ha servido para desviar la atención de otros temas, dar más publicidad al rotativo y que al autor del artículo (hombre él, cómo no) se le hinche la vanidad. En fin.

Pero somos hijos de la cultura de “más vale una bofetada a tiempo” dirigida hacia los hijos díscolos y los que la recibimos en su día –la bofetada- quizás hayamos podido creer que era extensible al resto de los humanos: cónyuge, hijos, amigos y conocidos. Porque la verdad es que la gente se pega mucho. ¿Que digo una barbaridad…? No. Rotundamente, no. Lo que ocurre es que, como está mal visto, la gente se lo calla. No verás tú a una madre o a un padre dándole un soplamocos al hijo en el parque, pero sí que lo pueden hacer en su casa. Y si no, pregunta. Igual te contestan, igual no.

Decir que la culpa de la violencia machista la tienen las mujeres es como decir que la culpa de las guerras la tienen los hombres. Es una generalización retórica porque todos somos culpables de todo y todos somos inocentes de todo. Tan sólo hay que ver en qué lado de la trinchera te coge el tema. Las diputaciones tienen un servicio para atender a menores agresivos que maltratan física y psíquicamente a sus propios padres, abuelos y hermanos.

Algunas religiones supeditan claramente a la mujer a la férula del hombre; de hecho, dejan en manos de éste “educar” a la mujer y si es con el palo qué le vamos a hacer. Ellas lo aceptan. En esta sociedad muchas esposas le dan una buena bofetada al marido cuando se ponen “histéricas”. Ellos lo aceptan, con tal de que todo quede oculto.
Las situaciones de violencia de las que he sido testigo han quedado tapadas, impunes y exiliadas al país de “no pasa nada”.

Bendito fútbol que hace que se canalice la agresividad contenida; y los conductores (y conductoras) de primera hora de la mañana que vociferan, insultan, sacan el dedo medio enhiesto, esos que abren la boca como en un cuadro de Bacon, esos que daría miedo encontrárselos en la cocina de casa una noche cualquiera.

Al final es lo de siempre: “no existen opresores sino oprimidos”. Lo que ocurre es que, si te toca en el bando perdedor, pues eso, pierdes.

Asco de mundo.


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¿Se puede vivir sin noticias? Por LaAlquimista
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Cecilia Casado | 24-11-2009 | 18:18| 0

Había una frasecita hace años, de esas que todo el mundo tomaba por verdades verdaderas, que decía: “una persona sin información es una persona sin opinión”. Claro que todo es relativo, que incluso esto puede ser una falacia, porque ¡cuánta gente no habrá que se permita opinar sin saber nada de nada…¡. (Conocemos a unos cuantos de estos, seguro). Pero a lo que voy.



Las noticias del día se comentan en el trabajo, con los amigos, con la familia, uno se rasga las vestiduras por cómo ve que se hacen las cosas y en el interior de quien más quien menos se esconde un héroe valiente e inteligente que lo hubiera hecho mejor.
Pero cuando hay más tiempo libre, o cuando ya no se trabaja, no hay excusa para decir que “es que no tengo tiempo ni de leer el periódico”. Además, ni siquiera hace falta comprarlo ya que para eso están las ediciones digitales.

Y es horrendo, lo juro, pasear el tiempo por noticias mal redactadas, editoriales tendenciosas, artículos de opinión que confunden al personal –no quiero citar ejemplos, no me la juego- y eso sin contar con las páginas dedicadas al vulgar cotilleo que desprestigia al que lo escribe y avergüenza al que lo lee.

Me entra la duda de si ese “estar al día” corresponde únicamente a la necesidad de tener algo que comentar con los demás o si es un verdadero interés por lo que ocurre en el mundo. Resulta difícil creer que el ciudadano vulgar y corriente pueda preocuparse por TODO lo que ocurre en el planeta. Ni siquiera por todo lo que ocurre en el entorno cercano, son tantos los temas, es tanta la miseria.

Así que he decidido no leer la prensa durante unos días, ni encender la televisión. ¿Me quedaré sin información imprescindible? ¿Me quedaré sin opinión?. No lo sé, pero como es seguro que a mis pobres neuronas les vendrá bien un descanso voy a leer un libro de filosofía que tengo por aquí haciéndome guiños; no sé porqué me da que va a ser más liviano y relajante que las noticias cotidianas.


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!Que me quiten lo bailao…! Por LaAlquimista
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Cecilia Casado | 23-11-2009 | 09:05| 0

Cuando accedí a mi primer trabajo mi padre intentó imbuirme del estilo de la época; que si una parte del salario para contribuir a los gastos de casa, otra para ahorrar y una tercera para mis gastos. ¿Ahorrar? Pensé yo con mi recién estrenada veintena, ahorrar ¿para qué?, pregunté. –“Ahorra, -insistía él- que si no cuando tengas cincuenta años, verás”. Bueno, pues ya tengo cincuenta años y no he visto nada. Lo siento, papá.


Falacias educacionales

No he visto nada de lo que supongo tú querías prevenirme, miedos de la postguerra a la enfermedad, a la ausencia de trabajo, en definitiva, a la vejez sin recursos. Pues no he ahorrado nada, un desastre lo reconozco, y mira que me contabas la fábula de la cigarra y la hormiga, (siempre me identificaba con la cigarra cantarina pero, claro, eso no me atrevía a decírtelo) cada moneda escaqueada de la economía cotidiana ha servido para –por este orden-: comprar libros, viajar, ir al teatro, viajar, comprar discos, ir a museos, viajar…

He visto el mundo a través de las páginas de hermosas historias, he conocido otras culturas a golpe de autobús y mochila o de avión y samsonite, he soñado con los impresionistas en pinacotecas y subido al séptimo cielo escuchando óperas o espectáculos de rock, en definitiva, he gastado mi vida y mi dinero.

Pero lo que sí he ahorrado, día a día, pasito a paso, con frío y con lluvia, caminando y sudando, han sido experiencias, recuerdos, fotos en el alma, arena de algún desierto y niebla de alguna montaña. Y cuando todo se quede atrás, sin sentido alguno, no quedará de mí más que lo compartido y si resta algo de dinero que hagan una buena cena y brinden por mi recuerdo.

Porque jamás he querido ser la más rica del cementerio, si tuviera epitafio –que no lo tendré- mi última frase sería: “!que me quiten lo bailao¡”


Por LaAlquimista.


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Sobre el autor Cecilia Casado
Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.