Diario Vasco
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La mirada del otro
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Cecilia Casado | 05-11-2009 | 16:47| 0

Me gusta mucho salir a pasear con mi hija pequeña los sábados por la mañana –a ella también le agrada, entre otras cosas, porque siempre “cae” algo-. Me cuelgo de su brazo, ya que se avergonzaría de colgarse de mi mano como ha hecho hasta hace bien poco, y también porque así puedo ir mirando a las musarañas sin miedo a dejarme los dientes contra cualquier obstáculo urbano.

Durante el último paseo conjunto no dejé de percatarme de las miradas que le dirigían algunos mozalbetes de su edad –rozando la veintena- y otros –descarados- de edad más cercana a la mía. De hecho, en un momento determinado, un grupito de deportistas –vestían chándal y calzado al uso- se volvieron al unísono a nuestro paso (al suyo y al de mi sombra) y silbaron admirativamente.

–“Vaya, le dije, sólo falta que te pidan autógrafos…”
– “Oye, que a ti también te miran, me espetó ella.”.
-“¿A mí? ¿Que me miran a mí…?”

Hoy salgo a pasear sola dispuesta absolutamente a tomar nota de cuanta mirada –masculina– se pose en mi persona. Me convenzo de que será una especie de “experimento sociológico”, ningún otro fin me lleva al paseo errante (de la vanidad no me apetece hablar ahora). Bien es cierto que no salgo a la calle con el aspecto de ir a recoger aceitunas pero tampoco me arreglo más de lo que se consideraría correcto para una “señora” de mi edad; es decir, que si me encuentro con mi madre que no me tenga que decir lo que me decía mi abuela: “Jesús, hija, qué pintas llevas”.

Mi ciudad es apacible en grado sumo a cualquier hora del día, pero en una mañana laborable, con buena temperatura, andan los que trabajan y los que no, como lagartijillas al sol. En los paseos los bancos están solicitados; las terracitas también y barandillas y pretiles soportan el peso de quienes disfrutan del paso de las horas como si la urgencia de vivir no existiera para ellos. Y hay muchos hombres solos, jubilados o prejubilados, parados o en desempleo, de vacaciones o porque les han mandado a comprar el pan, el caso es que, fijándome, contabilizando, la cuenta se me escapa de lo sencillo. Y con el rabillo del ojo vigilo si alguno me sigue con la mirada.

Siento sobre mí la mirada del otro –ésa que tan magníficamente describe Fernando G.Salgado en su homónima novela- y esa mirada añade ritmo a mi paso y alegría a mi corazón. Quizás me he acostumbrado a ser “transparente”, a creer que los ojos del hombre ya no reparan en mí, normas inventadas por otros y aceptadas por nosotras, las de más de cincuenta, que se convierten en leyes cuando nos las creemos a pies juntillas.

Recordar un cosquilleo olvidado, sentir el peso de unos ojos en el cabello, en la espalda, en el trasero, notar que las piernas se alargan y ser consciente del paso bien firme de los pies. Unido esto al regalo del calorcillo otoñal hace que la autoestima suba grados y la sonrisa se ensanche. Sí, ya sé que es de bobos andar sonriendo por la calle, pero cuando hay motivos…

Ahora que lo constato –que todavía algunos hombres me miran-, voy a mirar yo también.

Puedo ¿no?


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Sexo para mayores de 50 (Por LaAlquimista)
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Cecilia Casado | 04-11-2009 | 14:12| 0

Cuando ya andaba por los setenta mi padre solía justificar sus deleites gastronómicos con la siguiente frase: “Total, hija, para un placer que me queda…” Y de tanto escuchárselo repetir un día le apostrofé: “A ver, aitá, lo dices…¿por el sexo?”. Silencio. Más silencio. Caray, yo tenía entonces treinta y tantos y dos hijas, a ver si vamos a seguir toda la vida utilizando eufemismos…

Me explicó, después de carraspeos varios, que no es que el hombre –y seguro que cuando decía “el hombre” no estaba utilizando el masculino genérico sino el masculino particular, renuncie a las prácticas sexuales sino que la naturaleza, en su bendita sabiduría, lo libra de dicha “esclavitud” en un momento determinado. Mi padre siempre me hacía reír, incluso cuando quería ponerse serio.

Pero ahora que ando yo por los cincuenta y tantos y veo a mi alrededor posturas raras –y no precisamente kamasutrianas- con respecto a tamaño tema… me acuerdo de mi padre y de su sabiduría en zapatillas.

Tengo alguna amiga que se congratula de no tener “ganas de hacerlo” más. Entonces le pregunto si es porque su marido está barrigón, calvo y no puede… suspiro profundo y respuesta me da: “ a ver…” Pero también tengo otra amiga que, después de diez años divorciada, se ha vuelto a enamorar –a los 55- de un hombre de su edad y se pasan el tiempo libre en la cama. ¿En qué quedamos?

Mis hijas, angelicos del señor, dan por sentado que su madre –es decir yo, con mi cuerpo serrano y mis ganas de vivir- no tengo vida sexual o no tengo por qué tenerla. Y cuando hago alguna alusión, más que intencionada, sobre el tema se ponen visiblemente nerviosas y o bien lo obvian o lo rechazan abiertamente. Como yo no me callo ni debajo del agua alguna vez he saltado. –“¿qué pasa? ¿es que os creéis que aquí sólo lo hacéis vosotras? ¡Que todavía no tengo telarañas en el cerebro…¡

Hace años procurábamos no hacer ruido para que los niños no se enterasen antes de tiempo del fin que tenían las cabriolas y los jadeos en el dormitorio de sus padres; ahora parece que hay que esperar a que se vayan de marcha para poder echar un kiki tranquilos. Hemos cerrado el círculo, maldita sea. Y dejamos que sean ellos los que enarbolen los prejuicios como arma contra nosotros sin darse cuenta de que, algún día, también se volverán contra ellos.
(¿Es eso pues lo que nos ha pasado a nosotros?)

Pero no hay manera. Lo peor, lo horrible de los prejuicios es que se transmiten generacionalmente y, en este caso, no es herencia genética sino educacional/social. Consultado el caso con amigos que tienen hijos veinteañeros me cuentan más o menos lo mismo, que sus hijos los han colocado irreversiblemente en el cajón de los “no operativos sexuales” y punto pelota.

Yo prefiero reirme como se reía el perro pulgoso y dejar que piensen lo que quieran pero esa actitud tan sólo me dura el primer cuarto de hora; luego me doy cuenta de que tengo que sacarles de su error, contarles la cruel verdad, enfrentarles a la realidad, y sobre todo, reivindicarme, que a partir de los cincuenta hay sexo, vaya que si lo hay, tanto o más que el que puedan tener ellos con su pareja –calidad vs cantidad- y eso sin hablar de cuando se enfadan (y no lo hacen), cuando están cansados de esas jornadas maratonianas (y no lo hacen), cuando les asalta el horroroso miedo a embarazarse antes de tiempo (y tampoco lo hacen).

La menopausia nos pega un buen palo a las mujeres, pero no nos quita las ganas de hacer el amor. Claro, contando que haya quien esté bien dispuesto a ello. A mí me encanta constatar la estupefacción de algunos hombres jóvenes.

Así cada cosa está en su sitio.


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Salud, dinero o amor
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Cecilia Casado | 03-11-2009 | 09:25| 0

Por LaAlquimista.-


 


La tonada popular de Sciamarella me sigue resonando todavía en el inconsciente cada vez que se unen los tres conceptos. Y siempre me he preguntado si en este caso el orden de los factores alteraría el valor del producto. Es decir: ¿salud + dinero + amor = felicidad?


Y si fuera amor + salud + dinero… ¿cuál sería el resultado?.


 


Porque a partir de los cincuenta nos sobra de uno, nos falta de otro y se nos ha olvidado el tercero. Esto sería una generalidad y una trampa porque con una vida laboral más que cumplida, -y no pienso mencionar crisis alguna-, se supone (sólo se supone) que las deudas monetarias deberían estar saldadas. Así que dinero, mal que bien, algo hay.  Con una vida laboral más que cumplida se supone (y afortunadamente sólo se supone) que la salud está más que quebrada o en vías de. Y para terminar, con una vida laboral que nos deja tocados del ala y una salud que reclama atención continua… ¿qué pasó con el amor…? Entonces no gusta tanto la canción.


 


Cuando jóvenes hablábamos de amores, cuando maduros de logros y ahora –oh porca miseria- de achaques propios y ajenos. Yo propongo invertir el sentido, hacer que los últimos sean los primeros, una pequeña trampa a mi alcance.  Sentir que lo que me mantiene unida a la vida es el amor en todas sus variantes –que no son pocas-; los hijos –quien los tenga-, la familia –quien la disfrute-, los amigos – ese bien tan escaso-, la naturaleza –pobrecita ella, dando boqueadas pero todavía esplendorosa en este país-, el arte -alimento del espíritu-, lo espiritual –alimento para la buena circulación de la sangre-.


 


Cuidar con amor el cuerpo escuchando su llamada –sí, existe el sexo a partir de los cincuenta, pero esto es harina de otro costal-, mimarlo con la buena alimentación a la que hay acceso, regocijarse porque el cuidado amoroso prodigado siempre revierte en beneficio propio. Amar profundamente y compartirse en la medida de lo posible y de ahí fluye la savia que mantiene la salud en armonía con el Universo y con nosotros mismos.


 


De dinero no me interesa hablar. Teniendo cubiertos más que los mínimos vitales , privilegio de una pequeña parte de la humanidad, de la que formo parte, abundar en el tema es para mí pérdida de energía.  La mejor función del dinero es igual a la mejor capacidad del amor: compartirlo. Entonces se consigue que la pescadilla se muerda la cola quedando en el medio el cogote de la salud.


 


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La capacidad de decidir (Por LaAlquimista)
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Cecilia Casado | 01-11-2009 | 18:49| 0

A medida que hemos ido construyendo la casa interior – yo ando reformando continuamente mi choza, ni soñar con palacios – siguiendo dictados educacionales, religiosos y sociales, a la hora de incluir nuestra propia “argamasa”, ¿quién no se ha encontrado con un terrible conflicto de intereses? Porque hay materiales que no son de recibo (hipocresía, conformismo, humillación, mendacidad) pero sí de uso extendido. Baratos y cómodos, al alcance de malos obreros y capataces indulgentes, pero en ningún caso obligatorios. Una ha visto levantar el edificio –y no es tan sólo una metáfora- para luego contemplar con pasmo la aparición de vicios ocultos, resquebrajamiento de tabiques y bamboleo general de la estructura.

Quizás, para cuando nos hemos dado cuenta, ya estaban en pie las cuatro paredes de nuestra vida, con techumbre provisional y corrientes de aire por doquier. “Resistirá, pensábamos.” Y, afortunadamente, nos equivocábamos. Llega entonces el tiempo de revocar muros, remozar fachadas y sanear canalizaciones. Pero… ¿y si lo que queremos es tirarlo abajo, demolerlo completamente y construir uno nuevo en su lugar (o en otro solar)?. Entonces hemos pinchado en hueso.

- “¿Tú estás loca? ¿A estas alturas de la vida? (o lo que es lo mismo “¿a tu edad?”) ¿volver a empezar? ¿tirar por tierra tanto esfuerzo…?
- -“Aguanta, mujer, aguanta”. *

Pero ya está dentro el gusanillo de la duda. Afloran las neuronas sobrevivientes, se ponen en formación y dan el parte. –“Puedo decidir, tengo esa capacidad, es un ejercicio de libertad”, haciéndote recordar tus sueños juveniles –hoy maduras pesadillas-, las lecturas progresistas –polvo en la estantería del fondo-, el viejo olor a rebeldía, la pataleta existencial, nunca del todo desaparecidas, quizás mantenidas en estado vegetativo durante lustros.

Y un buen día despiertas del sueño en que nos mecimos (nos mecieron) y hay como una iluminación fatídica –sin símiles de palomas aunque también valdrían-, fatídica y hermosa a la vez y hay también una voz, no en sordina sino clara y fuerte, que nos dice: ponte en marcha, aún es tiempo.

Y nos vamos encontrando en el camino…

• Donde se lee “mujer”, léase también “hombre”.


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Alquimia
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Cecilia Casado | 31-10-2009 | 18:41| 0

Por LaAlquimista.


 


La alquimia, además de lo que tenía de ciencia compleja que mezclaba física, química, medicina, astrología, semiótica, etc., también era una disciplina filosófica y como tal se la puede repescar (todavía) en este presente de altas tecnologías.


 


Porque eso es lo que nos hace falta a los que hemos saludado –con guiño cómplice o con sonrisa torcida- al centinela invisible que cuidaba la barrera de los cincuenta: filosofía.  Filosofía para encarar la recta final que todos esperamos que sea larga, larguísima. Cuando cumplí cincuenta años hubo algún graciosillo bienintencionado que me dijo: “Bueno, ya has vivido la primera mitad de tu vida”. ¿Cien años? Dios mío, qué horror, sobre todo porque pensamos (sabemos) que a partir de un determinado momento –fatídico por otra parte- , un momento sin marcha atrás, el motor va a empezar a renquear seriamente y no hay, diga lo que diga la ciencia, piezas de repuesto que valgan. De eso se trata pues, de poner nuestra filosofía particular en la mesilla de noche y tirar p’adelante cruzando los dedos.


 


Una filosofía de la alquimia o una alquimia filosófica o simplemente un cuento chino, pero que nos sirva. Hay cosas que ya no puedo hacer. Pero lo terrible es que hay cosas que “creo” que no puedo hacer y las meto en el mismo cajón de las que sí puedo de forma que voy reduciendo mis posibilidades erróneamente. Creía que no podría hacer el Camino de Santiago, sola y andando. Y si bien no lo hice completo –que son más de 700 kms. desde Roncesvalles-, caminé en solitario, con la mochila a cuestas, durante 300 kilómetros, desde León hasta Santiago. Y la sorpresa fue encontrarme peregrinos, -y sobre todo peregrinas- con muchos años más a cuestas que yo.  Bien. Pude hacerlo.


 


Me encuentro entre las personas que hemos creído honradamente que el precio de la libertad era la soledad. Con la alquimia/filosofía, en un pase mágico y elemental a la vez, he descubierto justo lo contrario, que el “precio” de la soledad es la libertad. La pregunta del millón es: ¿Cuánta gente esta en condiciones mentales de aceptar, a estas alturas, la idea de libertad?.


No, qué difícil ser libres, acaso mejor seguir atados a la noria que  marca el largo y tedioso camino. Camino a ninguna parte, vuelta y vuelta a la misma realidad (matrimonio, trabajo, entorno social). Ahora puede ser un buen momento para soltarse, para desenganchar esa yunta por tantos años asumida y levantar la cabeza; sigue habiendo un horizonte.


 


Estuve haciendo mentalmente una lista de todo lo que puedo –y quiero- hacer todavía; y era tan larga que tuve que pasarme al papel para que no se me olvidara nada. Poco a poco tengo que ir confeccionando mi menú perfecto, con todos los ingredientes a mi alcance, para la nueva dieta “a partir de los 50”.


 


Para todos los bolsillos y para todos los estómagos.


 


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Sobre el autor Cecilia Casado
Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.

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