Diario Vasco
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El mejor adorno (Por LaAlquimista)
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Cecilia Casado | 09-11-2009 | 14:56| 0

Gracias al cambio de horario es ya de día cuando suena el despertador, así que puedo salir al balcón y otear el horizonte creando mi propia previsión meteorológica, que si no coincide con la versión oficial del telediario de la víspera por lo menos no me enfado con el hombre del tiempo. Hoy toca nublado pero sin agua a la vista, mejor esto que las tormentas anunciadas, menos da una piedra.

Mientras me ducho voy pensando qué ropa será la más adecuada a mis energías de hoy, no entiendo a esas personas que, por prisas o necesidad, eligen la noche anterior la ropa que se van a poner al día siguiente, ¿cómo es posible adivinar de qué estado de ánimo te despertarás? ¿Y si has tenido sueños eróticos…?

Nada de gris o de negro, hoy no voy a ser otra mujer invisible. Aunque tan sólo sea la misma rutina de siempre, el trabajo o hacer la compra, me voy a preparar como si fuese una ocasión especial.
¿Acaso no es especialmente importante un nuevo día? Sí, ya sé que peco de optimismo, pero por el mismo precio… Pero es un nuevo día de los que me quedan por vivir –que no sé cuántos son-.

La falda vaquera –no demasiado corta obviamente- me da un toque que me agrada y le pondré unos leggings negros que son muy socorridos. Una blusa blanca y la cazadora de cuero roja, botines de medio tacón y, lo más importante, los pendientes y la barra de labios a juego con una sonrisa de tamaño mediano/grande. El espejo no se resquebraja; bien, puedo pues salir a la calle tranquilamente. (Las dos gotas de eau de parfum son opcionales pero las recomiendo vivamente).

En el ascensor –largo trayecto ya que vivo en un piso muy alto-, la sudamericana del quince, prieta y embutida en colores, me mira de arriba abajo y sonríe. El señor mayor del bastón del doce baja la mirada después de pasarla sobre toda mi figura y para rematar, el adolescente granujiento del quinto me mira a la cara y no hace muecas mientras menea la cabeza insertada en un pinganillo. Prueba superada.

Hoy no voy a ser otra mujer invisible y para ello me he adornado con lo más atrayente y favorecedor que puede ostentar un ser humano: una hermosa sonrisa.

LaAlquimista

Nota Bene.- ¿Qué tal un comentario o crítica? Gracias.

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La segunda oportunidad (Por LaAlquimista)
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Cecilia Casado | 07-11-2009 | 10:46| 0

Era mucha mala suerte quedarse viuda hace unos lustros. No solamente por la pérdida en sí, pérdida humana y económica, sino porque, en la mayoría de los casos, la mujer quedaba abocada tristemente a la soledad, a la ausencia de hombre. Porque, a ver, los que quedaban disponibles eran los que no había querido ninguna y tampoco era la cosa como para correr tales riesgos. Y así la mujer viuda se arreglaba como podía que era mayormente renunciando al sexo, a ir al cine y a salir de vacaciones. Porque si había hijos mal y si no los había peor.

Pero no es tan duro ser viuda , estamos en la época de las segundas oportunidades. Porque si se muere tu marido lo pasas mal, eso seguro, pero puedes –después del período de luto- (¿existe eso todavía?), volver a estar en el candelero puesto que hay MUCHISIMOS hombres disponibles. Y no digo ya nada de si estas separada o divorciada, entonces las posibilidades de “rehacer” tu vida se multiplican por mil. Eso sí, con un hombre también divorciado o similar, pero menos da una piedra.

Y digo yo; si la mayoría de las separaciones matrimoniales tienen lugar porque es la esposa la que pone la demanda, esos hombres repudiados, rechazados, despedidos sin indemnización, enviados al triste “paro” de los que en vez de cobrar la pensión la tienen que pagar, esos hombres…van a encontrar casi seguro otra mujer* menos exigente que les va a dar una nueva oportunidad. Así ocurre que se entablan segundas relaciones sin haber corregido los errores que motivaron el fracaso de la primera, pero…¡qué prisa hay, qué necesidad de volverse a emparejar…¡

Y repetir más de lo mismo pero con una persona diferente. Porque uno no cambia, (una no cambia) y nos siguen molestando las mismas cosas (lo del tapón de la pasta de dientes y la tapa del wc) y seguimos teniendo el mismo mal genio. En cualquier caso, el mundo está lleno de hombres disponibles, lo veo por todas partes, en las academias de baile de salón o latinos –a buenas horas-, en las academias de inglés –a buenas horas-, en los cursillos de arte –más vale tarde que nunca-, y sobre todo en Internet.

Qué bonito poder volverte a enamorar a los cincuenta cuando ya has dejado de amar al amor de tu vida… y recobrar las ganas del sexo, y teñirte las canas con alegría, e intentar meterte en unos vaqueros de H&M y volver a salir a cenar y a tomar copas y quedarse en la cama hasta las tantas con un nuevo novio que se ofrece a bajar a por cruasanes.

Qué bonito empezar a conocer a sus hijos, sentir cómo te miran, invitarlos a comer y decidir que están muchísimo peor educados que los tuyos, faltaría más, y qué manera de tratar al padre y de sacarle los dineros y bueno, eso conmigo no hubiera pasado y tú dirás lo que quieras porque son tus hijos y siempre los vas a defender pero bueno, la pensión que les pasas, qué barbaridad y a tu ex, vamos hombre, que trabaje como yo, que me deslomo ocho horas y además tengo que llevar la casa y total para que tu sueldo se lo lleven ellos y encima las vacaciones que parecemos la familia Trapp y yo trabajando el doble… y en mala hora me he vuelto yo a juntar con un hombre, con lo bien que se está sola, sin perro que me ladre.

Esos hombres que buscan denodadamente una segunda oportunidad, esos hombres que no soportan vivir en un pequeño piso de alquiler, solos, teniendo que ir al súper a comprar y cocinar comistrajos y poner la lavadora y, el súmum del horror, planchar,, comer viendo la tele, cenar viendo la tele, pasar los fines de semana viendo la tele, están deseando encontrar alguna mujer “sencilla y cariñosa” que les resuelva la cuestión y, por el mismo precio, les caliente una cama que ellos mismos habían dejado helada los últimos inviernos.

¿Soy dura? ¿o soy realista?

(*) Donde pone “mujer”, léase también “hombre”.

 

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La mirada del otro
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Cecilia Casado | 05-11-2009 | 16:47| 0

Me gusta mucho salir a pasear con mi hija pequeña los sábados por la mañana –a ella también le agrada, entre otras cosas, porque siempre “cae” algo-. Me cuelgo de su brazo, ya que se avergonzaría de colgarse de mi mano como ha hecho hasta hace bien poco, y también porque así puedo ir mirando a las musarañas sin miedo a dejarme los dientes contra cualquier obstáculo urbano.

Durante el último paseo conjunto no dejé de percatarme de las miradas que le dirigían algunos mozalbetes de su edad –rozando la veintena- y otros –descarados- de edad más cercana a la mía. De hecho, en un momento determinado, un grupito de deportistas –vestían chándal y calzado al uso- se volvieron al unísono a nuestro paso (al suyo y al de mi sombra) y silbaron admirativamente.

–“Vaya, le dije, sólo falta que te pidan autógrafos…”
– “Oye, que a ti también te miran, me espetó ella.”.
-“¿A mí? ¿Que me miran a mí…?”

Hoy salgo a pasear sola dispuesta absolutamente a tomar nota de cuanta mirada –masculina– se pose en mi persona. Me convenzo de que será una especie de “experimento sociológico”, ningún otro fin me lleva al paseo errante (de la vanidad no me apetece hablar ahora). Bien es cierto que no salgo a la calle con el aspecto de ir a recoger aceitunas pero tampoco me arreglo más de lo que se consideraría correcto para una “señora” de mi edad; es decir, que si me encuentro con mi madre que no me tenga que decir lo que me decía mi abuela: “Jesús, hija, qué pintas llevas”.

Mi ciudad es apacible en grado sumo a cualquier hora del día, pero en una mañana laborable, con buena temperatura, andan los que trabajan y los que no, como lagartijillas al sol. En los paseos los bancos están solicitados; las terracitas también y barandillas y pretiles soportan el peso de quienes disfrutan del paso de las horas como si la urgencia de vivir no existiera para ellos. Y hay muchos hombres solos, jubilados o prejubilados, parados o en desempleo, de vacaciones o porque les han mandado a comprar el pan, el caso es que, fijándome, contabilizando, la cuenta se me escapa de lo sencillo. Y con el rabillo del ojo vigilo si alguno me sigue con la mirada.

Siento sobre mí la mirada del otro –ésa que tan magníficamente describe Fernando G.Salgado en su homónima novela- y esa mirada añade ritmo a mi paso y alegría a mi corazón. Quizás me he acostumbrado a ser “transparente”, a creer que los ojos del hombre ya no reparan en mí, normas inventadas por otros y aceptadas por nosotras, las de más de cincuenta, que se convierten en leyes cuando nos las creemos a pies juntillas.

Recordar un cosquilleo olvidado, sentir el peso de unos ojos en el cabello, en la espalda, en el trasero, notar que las piernas se alargan y ser consciente del paso bien firme de los pies. Unido esto al regalo del calorcillo otoñal hace que la autoestima suba grados y la sonrisa se ensanche. Sí, ya sé que es de bobos andar sonriendo por la calle, pero cuando hay motivos…

Ahora que lo constato –que todavía algunos hombres me miran-, voy a mirar yo también.

Puedo ¿no?

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Sexo para mayores de 50 (Por LaAlquimista)
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Cecilia Casado | 04-11-2009 | 14:12| 0

Cuando ya andaba por los setenta mi padre solía justificar sus deleites gastronómicos con la siguiente frase: “Total, hija, para un placer que me queda…” Y de tanto escuchárselo repetir un día le apostrofé: “A ver, aitá, lo dices…¿por el sexo?”. Silencio. Más silencio. Caray, yo tenía entonces treinta y tantos y dos hijas, a ver si vamos a seguir toda la vida utilizando eufemismos…

Me explicó, después de carraspeos varios, que no es que el hombre –y seguro que cuando decía “el hombre” no estaba utilizando el masculino genérico sino el masculino particular, renuncie a las prácticas sexuales sino que la naturaleza, en su bendita sabiduría, lo libra de dicha “esclavitud” en un momento determinado. Mi padre siempre me hacía reír, incluso cuando quería ponerse serio.

Pero ahora que ando yo por los cincuenta y tantos y veo a mi alrededor posturas raras –y no precisamente kamasutrianas- con respecto a tamaño tema… me acuerdo de mi padre y de su sabiduría en zapatillas.

Tengo alguna amiga que se congratula de no tener “ganas de hacerlo” más. Entonces le pregunto si es porque su marido está barrigón, calvo y no puede… suspiro profundo y respuesta me da: “ a ver…” Pero también tengo otra amiga que, después de diez años divorciada, se ha vuelto a enamorar –a los 55- de un hombre de su edad y se pasan el tiempo libre en la cama. ¿En qué quedamos?

Mis hijas, angelicos del señor, dan por sentado que su madre –es decir yo, con mi cuerpo serrano y mis ganas de vivir- no tengo vida sexual o no tengo por qué tenerla. Y cuando hago alguna alusión, más que intencionada, sobre el tema se ponen visiblemente nerviosas y o bien lo obvian o lo rechazan abiertamente. Como yo no me callo ni debajo del agua alguna vez he saltado. –“¿qué pasa? ¿es que os creéis que aquí sólo lo hacéis vosotras? ¡Que todavía no tengo telarañas en el cerebro…¡

Hace años procurábamos no hacer ruido para que los niños no se enterasen antes de tiempo del fin que tenían las cabriolas y los jadeos en el dormitorio de sus padres; ahora parece que hay que esperar a que se vayan de marcha para poder echar un kiki tranquilos. Hemos cerrado el círculo, maldita sea. Y dejamos que sean ellos los que enarbolen los prejuicios como arma contra nosotros sin darse cuenta de que, algún día, también se volverán contra ellos.
(¿Es eso pues lo que nos ha pasado a nosotros?)

Pero no hay manera. Lo peor, lo horrible de los prejuicios es que se transmiten generacionalmente y, en este caso, no es herencia genética sino educacional/social. Consultado el caso con amigos que tienen hijos veinteañeros me cuentan más o menos lo mismo, que sus hijos los han colocado irreversiblemente en el cajón de los “no operativos sexuales” y punto pelota.

Yo prefiero reirme como se reía el perro pulgoso y dejar que piensen lo que quieran pero esa actitud tan sólo me dura el primer cuarto de hora; luego me doy cuenta de que tengo que sacarles de su error, contarles la cruel verdad, enfrentarles a la realidad, y sobre todo, reivindicarme, que a partir de los cincuenta hay sexo, vaya que si lo hay, tanto o más que el que puedan tener ellos con su pareja –calidad vs cantidad- y eso sin hablar de cuando se enfadan (y no lo hacen), cuando están cansados de esas jornadas maratonianas (y no lo hacen), cuando les asalta el horroroso miedo a embarazarse antes de tiempo (y tampoco lo hacen).

La menopausia nos pega un buen palo a las mujeres, pero no nos quita las ganas de hacer el amor. Claro, contando que haya quien esté bien dispuesto a ello. A mí me encanta constatar la estupefacción de algunos hombres jóvenes.

Así cada cosa está en su sitio.

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Salud, dinero o amor
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Cecilia Casado | 03-11-2009 | 09:25| 0

Por LaAlquimista.-

 

La tonada popular de Sciamarella me sigue resonando todavía en el inconsciente cada vez que se unen los tres conceptos. Y siempre me he preguntado si en este caso el orden de los factores alteraría el valor del producto. Es decir: ¿salud + dinero + amor = felicidad?

Y si fuera amor + salud + dinero… ¿cuál sería el resultado?.< ?xml:namespace prefix = o ns = "urn:schemas-microsoft-com:office:office" />

 

Porque a partir de los cincuenta nos sobra de uno, nos falta de otro y se nos ha olvidado el tercero. Esto sería una generalidad y una trampa porque con una vida laboral más que cumplida, -y no pienso mencionar crisis alguna-, se supone (sólo se supone) que las deudas monetarias deberían estar saldadas. Así que dinero, mal que bien, algo hay.  Con una vida laboral más que cumplida se supone (y afortunadamente sólo se supone) que la salud está más que quebrada o en vías de. Y para terminar, con una vida laboral que nos deja tocados del ala y una salud que reclama atención continua… ¿qué pasó con el amor…? Entonces no gusta tanto la canción.

 

Cuando jóvenes hablábamos de amores, cuando maduros de logros y ahora –oh porca miseria- de achaques propios y ajenos. Yo propongo invertir el sentido, hacer que los últimos sean los primeros, una pequeña trampa a mi alcance.  Sentir que lo que me mantiene unida a la vida es el amor en todas sus variantes –que no son pocas-; los hijos –quien los tenga-, la familia –quien la disfrute-, los amigos – ese bien tan escaso-, la naturaleza –pobrecita ella, dando boqueadas pero todavía esplendorosa en este país-, el arte -alimento del espíritu-, lo espiritual –alimento para la buena circulación de la sangre-.

 

Cuidar con amor el cuerpo escuchando su llamada –sí, existe el sexo a partir de los cincuenta, pero esto es harina de otro costal-, mimarlo con la buena alimentación a la que hay acceso, regocijarse porque el cuidado amoroso prodigado siempre revierte en beneficio propio. Amar profundamente y compartirse en la medida de lo posible y de ahí fluye la savia que mantiene la salud en armonía con el Universo y con nosotros mismos.

 

De dinero no me interesa hablar. Teniendo cubiertos más que los mínimos vitales , privilegio de una pequeña parte de la humanidad, de la que formo parte, abundar en el tema es para mí pérdida de energía.  La mejor función del dinero es igual a la mejor capacidad del amor: compartirlo. Entonces se consigue que la pescadilla se muerda la cola quedando en el medio el cogote de la salud.

 

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Sobre el autor Cecilia Casado
Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.

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