Diario Vasco
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Reflexión del lunes. “Todo sigue igual”
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Cecilia Casado | 17-04-2017 | 06:39| 14

 

 

Ya ha acabado la Semana Santa y ahora empieza la de Pascua que también es festiva para quienes saben alargar el calendario. Se va a notar en que volverán algunos vecinos y la vida del barrio se recuperará poco a poco del coma inducido de la semana precedente.

He perdido de vista a la mayoría de mis amigos aunque sé que están vivos porque mandan alguna foto por whatsapp desde el lugar exótico, mediterráneo o peculiar que les habita. El líder mundial ha arrojado la madre de todas las bombas sobre un país que no recibe turismo.

En la casa de cultura del barrio han suspendido las actividades hasta nuevo aviso y las bibliotecas han cerrado “religiosamente”. Los cines han estrenado películas de serie C y la televisión reprogramado refritos. Los políticos han firmado una pequeña tregua para dejar de insultarse los unos a los otros blindando de la prensa su lugar de vacaciones más o menos familiares.

Estas dos semanas son el ejemplo más claro que existe en este país para demostrarnos a todos –bueno, a casi todos- que estamos cortados por el mismísimo patrón. Pocas voces disentirán de lo que hemos dado en llamar fiesta, costumbre o tradición. Y digo que serán las menos porque probablemente sean las que no tengan metido el cucharón en cualesquiera de los negocios inherentes al tiempo vacacional, la sacrosanta -por antonomasia- hostelería.

Todos ganan cuando la mitad de la población deja de trabajar para que la otra mitad pueda embolsarse algún salario –digno o no. Así lo veo yo. Unos gastan para que otros ingresen. Un equilibrio meditado, estudiado, tan sutil y certero como el panem et circenses que sigue vigente, muy vigente y mucho vigente.

El mundo patrio se ha puesto en stand by, ha ralentizado la resolución o discusión de sus problemas mientras el éxodo de los ciudadanos ansiosos de vacaciones mete el turbo rumbo a donde sea. Los actores no actúan, los cantantes aparcan los recitales, los articulistas no escriben y los que se quedan de guardia obligada esperan que pase algo –no sé, alguna tragedia lo más lejana posible- para poder rellenar las columnas de la prensa digital y la media hora obligada del telediario de la noche.

Los que no tienen mucho más que hacer siguen machacando en las redes sociales eventos o tonterías varias. La prensa rosa trabaja a destajo buscando celebs en bikini o deportistas con su nueva novia. De los que manejan el país, obviamente, no dirán ni mú. No vaya a ser que el “pueblo” se dé cuenta y monte una algarada a la vuelta de Semana Santa.

Lo que importa es que todo siga igual. Como vaticinó aquel cantante que probablemente no habrá leído a Orwell.

En fin.

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Semana Santa y olé
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Cecilia Casado | 13-04-2017 | 09:05| 14

 

 

¿Qué hubiera sido de mí –y de toda una generación- si en Semana Santa mis padres me hubieran llevado de vacaciones a cualquier sitio en vez de encerrarnos en casa a sufrir como idiotas?

No es una pregunta retórica, ni mucho menos, la del párrafo anterior, porque ahora sé que la mayoría de los errores cometidos a lo largo de la vida vienen de lo que nos (mal)enseñaron en la infancia y adolescencia.

Porque dirán que la época en la que nos tocó vivir –una dictadura con todas las letras y todas las consecuencias- no “permitía” demasiadas alegrías y que obligaba al ciudadano de a pie a cumplir a rajatabla con las tradiciones, costumbres y obligaciones religiosas.

Incierto. Falacia. Mentira podrida. Porque si bien es verdad que en lo público todo estaba prohibido –el cine, la música, la juerga y divertimento y que por televisión sólo “echaban” películas de tinte morbosamente religioso- en lo privado nadie obligaba a una familia con dos dedos de frente a encerrarse en una empatía ficticia de dolor por la pasión y muerte de Jesucristo. ¿Por qué los padres inteligentes no eran capaces de darse cuenta de que los infantes no merecían pasarse las vacaciones escolares haciendo vía crucis o escuchando sermones de las siete palabras con cara de pena?

¡Cuánto ha llovido entre aquella tristura impuesta –o impostada- de dar vueltas por la calle, “visitando monumentos”, -que así se le llamaba a entrar en las iglesias de la ciudad para respirar incienso y la energía extraña acumulada bajo los paños morados con los que se cubrían las estatuas y rezar, rosario en ristre o escapulario interpuesto, siguiendo las “estaciones” del Vía Crucis clavado en la pared!

Pero sigo pensando que nuestros padres, abuelos y demás parientes, eran –y ahora somos- responsables de todo aquello que se impone a los más indefensos, a quienes no se les da ni voz ni voto en las decisiones familiares: los hijos pequeños.

¡Qué envidia me daban y qué felices me parecían las amigas que se iban al pueblo a comer las torrijas de la abuela! Volvían asoleadas, cansadas de corretear todo el día por callejas y bajar a chapotear al río aunque hiciera frío. Las niñas y niños del barrio que desaparecían en Semana Santa, cargados sus padres con maletas llenas de cosas modernas, -regalos para el pueblo- invadiendo autobuses de línea renqueantes y vagones de tren abarrotados, rumbo a una felicidad inalcanzable para mi pequeña e inquieta persona.

Hoy en día se sigue yendo “al pueblo”. Y a los parques temáticos, a ciudades extranjeras lejanas o lejanísimas. A las playas paradisíacas, salvajes o abarrotadas, mediterráneas o caribeñas –según presupuesto o capacidad crediticia-, a hoteles de medio pelo o de muchas estrellas, con coche viejo o último modelo, en familia o con los amigos; el caso es salir a donde sea para “aprovechar” los días festivos de Semana Santa.

Los que nos quedamos “haciendo guardia” somos los menos. Por unos u otros motivos las circunstancias nos han empujado a tener que verlas venir (las hordas de visitantes) y no nos han dejado más alternativa que, o quejarnos de todo o mirar hacia otro lado haciendo como si no supiéramos qué fechas marca el calendario.

El miércoles hizo un día magnífico y lo aproveché para salir a comer con una muy querida amiga. El cafecito, en una terraza al sol cerca del mar. La vista, prendida del vaivén de extranjeros, mapa en ristre, caminando hacia la derecha, hacia la izquierda, en grupos pequeños que se iban convirtiendo en manadas con el paso de la tarde. La vista dejó de estar despejada y pronto sentimos que estábamos “rodeadas”, tal era el gentío circundante. Fue el momento de abrazarnos y despedirnos “hasta después de Semana Santa”, a la espera de volver a reencontrar la ciudad en su sitio y con las gentes de costumbre.

De vuelta a casa, de vuelta a mi barrio tranquilo, el aparcamiento lleno de sitios –como abandonado-, el bar de abajo “cerrado por vacaciones” y el colmado de la esquina aburrido con la dependienta bostezando me devuelven a una realidad paralela y diferente de la que acabo de vivir en el centro bullicioso de la city.

Aprovecharé estos días de caos calmo para pasear por “mi” parque, “mi” bosquecillo, leer mi libro favorito y reflexionar sobre cómo cambia la vida, la gente, la ciudad, la sociedad, a golpe de calendario.

Ajena a esa furia de moverse, de no saber o no poder estarse quieto, de tener que subir y bajar, entrar y salir, hacer y deshacer maletas, meterse en vorágines automovilísticas, propiciar accidentes en la carretera, llenarlo todo, ir como una marabunta, juntos y paralelos, sin tocarse apenas, en busca de una fugaz felicidad de la que se regresa encogido, cansado, frustrado a menudo, o satisfecho por saberse poderoso, pudiente, potente, con dinero suficiente para gastarlo con alegría y luego volver “al tajo” y criticarlo: los precios, la aglomeración, el overbooking, el cansancio, la mala comida, la peor atención, la lluvia o el sol, el follón de equipajes, los gritos de los críos, las broncas con la pareja; el salario mínimo, el paro que no cesa, la corrupción de los políticos, el mal genio de la suegra y las jaimitadas del cuñado.

Y a hacer planes para el puente de Mayo.

En fin.

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Temporada baja
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Cecilia Casado | 11-04-2017 | 06:39| 4

 

 

Uno de los regalos que nos hace la jubilación a quienes amamos los viajes es la posibilidad de visitar sitios nuevos o re-disfrutar los conocidos librándonos de la cruz llamada “temporada alta”. Recuerdo los tiempos en que, ya desde el 1 de Enero, miraba el calendario laboral y el gregoriano, haciendo cábalas de cómo sumar días de puente o fiestas a las vacaciones en un intento, no siempre conseguido, de estirar los días de asueto y exclamar –como si hubiera conseguido un logro para la humanidad-: “¡con tres días me cojo dos semanas!”. Pocas miras que tenía una…

Con los años vividos y un poco de esfuerzo creo que he podido conseguir no frustrarme, ni desesperarme por que llegue la Semana Santa y contemplar la perspectiva de quedarme en casita tan ricamente. Veré –veremos unos cuantos- cómo la desbandada habitual de las fechas ataca a familiares, amigos, colegas y conocidos vaciando en unas horas la ciudad que, en un paso de baile perfectamente coordinado, se volverá a llenar de foráneos  desbordando la capacidad de calles, paseos, parques y lugares comunes pretendiendo al unísono sacarse selfies con el “marco incomparable” como fondo.

Sin embargo, los viajeros apartados del mercado laboral o que conserven los famosos dos dedos de frente aprovecharán esos días vacacionales ajenos para –como hormiguitas (o cigarras) clandestinas- preparar la maleta y emprender el vuelo en cuanto el resto de los mortales viajeros esté deshaciendo las suyas. Practicando el más que inteligente: “cuando tú vuelves, yo voy”.

Se juega con ventaja, lo reconozco. Porque pagar la mitad por disfrutar el doble (o casi), es un auténtico privilegio si se valoran los lugares vacíos de hordas  y se conserva la capacidad de admirar cualquier perspectiva de postal sin más compañía que el decorado que le pertenece. Las escaleras de subida al Sacré Coeur después de Semana Santa, el Trastevere a finales de Abril o el Puente Carlos tan sólo con estatuas de piedra… un lujo al alcance de quienes priman calidad sobre cantidad.

Este va a ser mi primer año de jubilada-jubilada (es decir, como pensionista) y me han aconsejado que me apunte a las listas del Imserso para viajar por poco dinero. Me hace gracia cuando dicen que “sale más barato que quedarse en casa”, no sé, me parece un poco exagerado, pero bueno, igual es que quienes lo propugnan son eméritos en general que disponen de un presupuesto particular con mucho premio añadido por los méritos realizados. Tengo ciertas dudas de si me apetece compartir avión y comedor de hotel con parejas de jubilados que van de excursión juntos todos los años como en los viejos tiempos en el autobús del colegio. También es cierto que –me han dicho- se puede aprovechar la oferta barata de ir al Mediterráneo cuando el agua está congelada, alojarse en un bonito hotel de tres estrellas –aislado in the middle of nowhere- en pensión completa y luego irse por libre a pasear por el desierto paseo marítimo y contemplar los esqueletos de los chiringuitos de playa varados en la arena. Es una posibilidad nada desdeñable, desde luego…

De momento me he tomado el trabajo de comparar el costo de un viaje de una semana a una capital europea a la que le tengo ganas en una agencia y por mi cuenta. Un viaje organizado alrededor de las fechas festivas de la Semana Santa y la de Pascua, saliendo desde Madrid y con suplemento por habitación individual, fue presupuestado por la nada inestimable cantidad de más de 1.500€. –“Y date prisa quequedan poquísimas plazas”. Así que “por mi cuenta” he comprado por Internet unos billetes baratos directos desde Bilbao a mi lugar deseado de destino. He alquilado –también por Internet- un bonito apartamento en el centro de dicha ciudad –con descuento especial por una semana en temporada baja- e inauguraré “el resto de mi vida” con la alegría que me caracteriza (cuando no estoy de bajón) y el optimismo necesario para viajar con maleta pequeña sin miedo ni temor alguno a “enfrentarme al mundo” como mujer que viaja sola.

Que ésa es otra y no la menor. Porque no he encontrado amigas o amigos “disponibles” para viajar “fuera de fechas” –ya que trabajan y no están dispuestos a gastar sus vacaciones si no es sumándolas a los días festivos oficiales-; porque no tengo pareja que llevarme a la boca –es un decir- y si estoy esperando a encontrar compañía para mis viajes igual resulta que me llega la vejez en la espera y el intento. Así que prefiero vivir el presente (“presente” significa “regalo”), con las herramientas a mi alcance y disfrutar de mi jubilación viajera todo lo que pueda antes de que venga “Paco con la rebaja”. Ahora me toca ser “jubilada viajera” antes de que la vida y los años me conviertan en “viajera jubilada”.

Ya iré contando, que el blog me da “vidilla” allá donde vaya. De momento, la Semana Santa la pasaré en casita y bien tranquila. Aunque supongo que “jugaré” algún día a mezclarme con los visitantes y hacer de “turista en mi tierra” que es algo de lo más barato y divertido que se puede hacer sin salir fuera.

Señalo, por si alguien se queda con las ganas de saberlo, que el costo fuera de fechas se ha visto reducido a más de la tercera parte que el presupuestado originalmente. Y eso lo sabemos todos, el precio que tiene viajar en “temporada alta”, aunque nos quejemos mientras se apoquina…

En fin.

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Reflexión del lunes. “Bendito sea este lunes”
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Cecilia Casado | 10-04-2017 | 06:20| 10

 

 

Bendito sea este lunes que inaugura una semana en la que, quienes tienen aún trabajo, disfrutarán de la oportunidad de desarrollar sus capacidades y sentir que colaboran a la evolución de un proyecto común con los que son trabajadores como ellos. Que sea motivo de alegría saber que pueden seguir formando parte de los ya casi “privilegiados” que cuentan con un salario para mantenerse dignamente. Y si ese trabajo al que tienen acceso está mal considerado o peor pagado que piensen que hoy puede ser el día perfecto para reivindicar sus derechos o encontrar algo mejor.

Bendito sea este lunes que extiende siete días por delante para aquellos a los que el desorden circundante, las tropelías de muchos y la inoperancia de unos pocos -que son los que deberían arreglar el país en vez de estropearlo todavía más-, han dejado tirados en la cuneta de la vida. Que no les falte la fuerza y la esperanza para seguir adelante, infatigables todavía, para retomar el camino del que han sido injustamente arrojados. Queda mucha solidaridad en el mundo entre las buenas gentes de corazón decente.

Bendito sea también este lunes para los que tengan que enfrentarse esta semana a duras pruebas que, presumiblemente, harán tambalear su equilibrio físico y emocional. Males y enfermedades, propios y ajenos, nos colocan en una posición adecuada para crecer como personas en vez de consumirnos como seres humanos. Dentro de la aflicción y la posible congoja existe la luz de la propia esencia que ilumina la oscuridad circundante. Será el momento de sacar a relucir lo mejor que hay en el interior y todo el amor que lo acompaña.

Bendito sea este lunes para los que se despiertan con tristeza en el corazón y el espíritu angustiado por la soledad o el abandono. Las situaciones afectivas que convulsionan nuestro interior nunca matan excepto que les invitemos a ello. Duelen, desgarran y hacen enfermar, pero es un túnel en el que todos hemos estado perdidos alguna vez y que, aun con miedos y dudas, se puede atravesar en solitario con la certeza de que al otro lado espera una luz, una vida: la propia.

Bendito sea este lunes radiante de vida y de sol para todos aquellos privilegiados que no padecen dolencia, malestar ni carencias físicas aparentes. Las personas felices por definición que inauguran cada semana con proyectos, ilusiones, fuerza de espíritu y ganas renovadas de vivir porque sienten que dentro de ellos se encuentra el motor generador de todo cuanto de positivo y bueno puede ocurrirles. Se les llama optimistas –y en estos últimos tiempos revueltos- ingenuos, pero ellos arrastrarán con su sonrisa a muchos otros que la hayan perdido por el camino.

Y bendito sea también este lunes para quienes el prisma siga manteniendo sus colores rutilantes y se toman el trabajo de quitarle el polvo para que nada enturbie su deseo de seguir viviendo con ilusión el amor que llevan en su interior. Bendito sea el lunes que ofrece la posibilidad de hacer algo por nosotros mismos o por los demás, el tiempo virgen todavía de acciones que lleven a enriquecer lo que cada uno es como persona, la posibilidad de la alegría compartida y de la compasión sin condescendencia, el tiempo que se dedica a compartir lo que somos en realidad y nos hace crecer mientras nos enriquecemos con lo que se da más que con lo que se recibe. Un tiempo para el amor y la amistad, para sentirnos bien con nosotros mismos y, sobre todo, el preludio de siete días que pueden ser felices sin necesidad de que pase nada extraordinario; basta con la conciencia de estar vivo.

En fin.

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* Fotografía sacada de Internet

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El monstruo que llevamos dentro
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Cecilia Casado | 07-04-2017 | 06:31| 14

 

 

 

A ver cómo cuento esto de la forma más objetiva posible a pesar de ser yo una de las protagonistas estelares de la anécdota.

 Pues resulta que, un día de estos, volviendo a casa del paseo vespertino con mi perrillo Elur, huyendo de la lluvia  por los arkupes aledaños, me crucé con una señora mayor (mayor que yo) que, con gesto agrio y tono de voz muy disgustado, me hizo saber que “estaba harta de que los perros mearan en los soportales”. Como el comentario lo lanzó al socaire de su paraguas abierto –pero que escuché perfectamente-, le tomé la palabra y le pregunté por qué decía eso habida cuenta de que MI PERRO no estaba orinando sino olisqueando los ladrillos. Se revolvió al verse interpelada y levantó la voz una octava para decirme: “tu perro no estará meando AHORA porque no les has dejado, pero seguro que lo hace en otro momento”. Tuteándome sin habernos tomado un café juntas.

El surrealismo, si me pilla a contrapelo, me hiere en vez de producirme sonrisas así que, en vez de pasar olímpicamente del exabrupto de la ciudadana, me subió por la garganta la gorgona que habita en alguna de mis cloacas emocionales y le espeté, en parecido tono al suyo, pero tratándola de usted, que no dijera estupideces.

Una vez recogido el guante y vuelto a arrojar, representamos una escena de “entremés” más digno de una corrala suburbana que de un barrio de gente que debería saber mantener las formas.

Cuando alguien me toca las narices me suelo acordar de mi admirado José Antonio Labordeta y su glorioso: “¡A la mierda!” en el Congreso. O me acuerdo de esa “libertad” de la que hacen uso y abuso quienes expresan sin corsé intelectual opiniones sin fundamento, lanzan soflamas o simplemente vomitan por su boca el batiburrillo al que llaman pensamiento sin mirar sobre quién pueda caer o a quién pueda dañar. Es decir, que si los demás pueden decir lo que les dé la gana y en el tono que apetecen, ¿por qué me tengo yo que callar?

El rifirrafe se agotó en un par de minutos mientras ella se alejaba hacia su portal –vecino al mío- gritando sus insultos y haciendo aspavientos paraguas en ristre. La despedí como se merecía con parecida salva de calificativos.

Lamentable. Quiero decir que yo lamento haber dejado que asomara sus pezuñas el monstruo que todos llevamos dentro y algunos llevan por fuera. Pero ya está hecho. Si me hubiera visto mi madre me arrea dos bofetadas, como en los viejos tiempos, por poner en entredicho la cara educación que me dieron. Por cierto que la reflexión la hago a partir del comentario de una empleada de la O.T.A. que estaba a nuestro lado –y que presenció el incidente de principio a fin sin despegar los dedos de su whatsapp- en el que me afeó por “hablar mal a una señora mayor”.

A eso se reduce todo realmente. A que era una “señora mayor” –mayor que yo- y a quien la sociedad da el derecho de hacer o decir lo que le dé la gana como si tuviera patente de corso. ¡Pero si de este tema ya he hablado otras veces! ¿Me repito o es que la vida se desarrolla en un bucle?

A ver si va a ser que a eso se reduce todo, a que estamos demasiado acostumbrados a “no hacer caso” cuando nos ofenden o insultan, a enarbolar una dignidad de pacotilla levantando la barbilla y olisqueando el aire como si el ofensor no mereciera ni una mirada por nuestra parte, utilizando como única arma el tristemente famoso: “no hay mayor desprecio que no hacer aprecio”.

Pues esta vez no ha sido así. Ni la anterior, donde el protagonista estelar fue un joven en la veintena que se puso a gritarme por un quítame allá esas pajas en un semáforo, él cabalgando su moto, yo al volante de mi viejo corcel rojo. El que quiera que se ponga de mi parte o me ponga a parir, tanto da… porque ése no es el tema. La cuestión que de verdad me importa ha sido comprobar que “mi monstruo” sigue vivo y que si alguna vez lo necesito de verdad, va a asomar sus garras para defenderme de quien sea menester.

Aunque perdamos el combate por KO técnico, como esta vez.

En fin.

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Sobre el autor Cecilia Casado
Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.

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