Diario Vasco
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En recuerdo del padre muerto
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Cecilia Casado | 02-01-2018 | 07:24| 8

 

Hoy me toca recordar que hace veinticuatro años fue la primera vez que hablé de tú a tú con la muerte; por persona interpuesta –la tuya- y al no transmitirme miedo alguno, ningún miedo sentí yo. Te estabas muriendo, papá, y lo sabías; el cáncer te tuvo durante casi siete años dando tumbos del Oncológico a casa y de casa al Oncológico. Así que tuviste tiempo más que de sobra para hacerte a la idea, para familiarizarte incluso con la parca que te había señalado, y quienes estábamos a tu lado también tuvimos que aceptar una realidad que no dejaba resquicios a la esperanza.

Recuerdo que me hablabas de la muerte como de alguien imaginado y anunciado a quien por fin se va a conocer; no es que estuvieras ilusionado, -nunca tuviste vena masoquista- pero sí expectante, y aseverabas que no te asustaba, que tenías a mano el bastón de la fe y que gracias a él (y a Él) el tránsito previsto no se te haría extraño ni temible. Hablabas de la muerte –de tu propia muerte- con una naturalidad pasmosa, como si los humanos no hubiéramos dedicado la vida a temer el final, como si quisieras asegurarme de que “ibas a estar bien”. Yo, tu hija -adulta de repente- que no creía en ningún dios, -ni siquiera en el tuyo-, te escuchaba acongojada por dentro y circunspecta por fuera. ¿Era posible que la fe te sostuviera ante el dolor y el sufrimiento?

Porque eran dos cosas bien diferenciadas: la muerte y el sufrimiento previo. Me dijiste en alguna ocasión que habrías preferido que te atropellara un camión y que todo hubiera ocurrido en un abrir y cerrar de ojos, que para cerrarlos –los ojos- te estabas tirando una eternidad… para llegar a esa otra eternidad en la que creías. Y sonreías ante tu propio chiste porque entre tus virtudes siempre figuró el sentido del humor.

Yo, que no quería que te murieras porque la vida era mucho más agradable contigo al lado, no sabía qué decirte, así que no decía gran cosa. Más bien callaba –creo recordar ahora- o te contaba alguna de mis muchas anécdotas (reales o inventadas) para sacarte una media sonrisa. Mientras pudiste, seguiste viniendo a mi casa casi todas las tardes y me echabas una mano con la niña pequeña para que pudiera acudir a mis clases de yoga. O quedábamos en la calle y dábamos un paseo hasta la terracita donde te gustaba sentarte conmigo a merendar. Nos contábamos nuestras cosas como si no estuvieras ya condenado; le hacíamos un guiño a la vida, al calendario, a cada día que pasábamos juntos y nunca supe quién los valoraba más, esos momentos, si tú o yo, pero fue la forma que encontramos de ser un poco felices juntos aún y todavía…

Y cuando llegó el momento temido por todos menos por ti que lo esperabas ya un poco impaciente, a las cinco de la mañana de un dos de Enero, en cuanto me avisaron y llegué a la habitación de aquella clínica de infausto recuerdo –donde una enfermera ensoberbecida de autoridad pretendía impedirme entrar a despedirme de ti-, te contemplé, por fin, tranquilo y feliz. (Sí ya sé que el adjetivo “feliz” resulta aparentemente inadecuado en esa circunstancia, pero así fue como yo te intuí).

Habías cerrado los ojos y ya no respirabas, pero seguías estando con tu espíritu bien presente en la habitación. Y te hablé sin llorar, modulando mi voz áspera para que no te hiciera daño; te conté de mi amor por ti y te lo puse envuelto para llevar y quise añadir a tu equipaje mis bendiciones por todo lo que habías hecho por mí mientras estuviste en esta tierra. Por la vida que me diste y la fuerza y el carácter, por la sangre andaluza de tu madre que siento todavía habitarme en alguna noche cálida, por los sueños que me ayudaste a inventar y a perseguir, por el cariño inmenso de abuelo divertido y bromista, por los cuentos que reinventaste para mis niñas, por el primer cigarrillo compartido y el último que tú no pudiste y me hiciste fumar a tu salud.

Te prometí que nunca te olvidaría y que elegiría una estrella de la noche para ti –la “estrellita cariñosa” desde donde nos sonríes- y que mis hijas te verían allí antes de acostarse, que te mandarían un beso aunque ya no les pincharas con el bigote y que en el corazón nuestro siempre seguirías estando vivo. Y lo he cumplido. Te quiero todavía y siempre, papá.

Felices los felices, hoy más que nunca.

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Se acabó lo que se daba
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Cecilia Casado | 29-12-2017 | 08:19| 20

 

De siempre me han aburrido los resúmenes; me parecen una chapuza rápida para dejar constancia de todo aquello que ha sido hermoso o canallesco en algún momento y que se ve reducido a un titular o varios, quitándole belleza u horror al hecho en sí, tan personal cada uno de ellos, tan necesaria la memoria específica y detallada de lo ocurrido.

Cómo pretender en unas pocas líneas aglutinar los gozos y las decepciones de doce meses de calendario, sintetizar de manera fría, como lo es todo lo sintético, los despertares magníficos que engañaron a un corazón idealista haciéndole creer –pobre corazón- que el amor o cualquier causa noble era posible más allá de la última posverdad dictada por la moda absurda de quienes deciden obsoletos los valores que movían la sangre –y los cuerpos y las almas, si las hubiera- en otros tiempos.

La última página del calendario queda arrugada sin pena ni gloria aunque le inventemos hitos que nadie se cree y que nosotros tampoco vamos a creer, pero que son necesarios, los hitos y la invención, para quitarse de encima el frío o la lluvia o esa niebla que no se sabe de dónde sale cuando la vida parece que no tiene sentido. Y quizás no lo tenga, quién sabe nada, somos todos grandes hacedores de la nada de nuestras vidas, creadores omniscientes, magnánimos, fulleros y tramposos, moviendo las piezas, inventando trampas propias para guardar siempre en la manga la gran excusa, la que nos exima de aquello que tanto miedo nos da: pensar o tal vez soñar, acaso despertar, con conciencia o sin ella. Quién sabe nada.

Se acaba un año y no quedan cenizas ni testigos, todo se reabsorbe sin que nos demos cuenta aunque persistamos en el engaño de una cierta nostalgia, de una eximia sabiduría, como si el tiempo no hubiera sido perdido, qué otra cosa hacer con él, con el tiempo inasible, absurdo, traicionero amigo que siempre nos derrota por la espalda.

¿Habremos aprendido algo o habrá vuelto a ser un tiempo baldío, un campo siempre en barbecho a la espera de un maná soñado?

¡Qué pocas ganas de trabajar tiene el hombre, la mujer incluso, en hacerse un poquito más humano como debería ser su obligación!

Por doquier vemos a las víctimas de sus verdugos y, chillando detrás, ineficaces muchas veces, a los salvadores. Nada ha cambiado demasiado desde que se empezó a escribir el primer capítulo de la Historia.

Pueblos masacrados, mujeres exterminadas, infantes violados. Huestes y hordas vociferantes asesinando en nombre de su dios oficial, manadas animales abusando del más débil, mejor si es hembra o niño, guareciéndose en los recovecos de la ley o en portales en la madrugada.

Armas dañinas que aniquilan el espíritu de la Humanidad con su cabeza nuclear de la corrupción, el latrocinio, el abuso, la ignominia, la mentira, la traición institucionalizada si el uso y la costumbre lo ampara y la ética que sale en unos países por el Este y en otros por el Oeste, esos lugares, horrorosamente cercanos, donde la moral se confunde con un arbusto que da moras…

Reflexión innecesaria, baldía, huera, absurda, espuria, proverbial engañifa de fin de almanaque, colofón a campanadas de lo peor que podía haber ocurrido y que ocurrió, nefasta Ley de Murphy, maldición ancestral que se repite cada doce meses sin que provoque escarmiento alguno, tampoco propósito de la enmienda al faltar la aceptación del error, del pecado.

Colofón cruento y macabro del año 2017: Guerra en Siria, en República Centroafricana, en Sudán del Sur, este de Ucrania, guerra contra el Estado Islámico en Irak, Siria, Líbano, Libia, Afganistán, Egipto, Nigeria y Yemen. Guerra civil en Somalia, en México contra el narcotráfico, en el noroeste de Pakistán… el listado abrumaría al corazón inocente y aburriría al desencantado. El día de la marmota ataca de nuevo, seguimos en el bucle pesadillesco.

Haga cada quien su balance de situación de fin de año arrimando el ascua a su sardina para que le salgan las cuentas. Y brindemos con cava catalán que está muy rico y no tiene la culpa de nada.

Felices los felices y malgré tout ,,, ¡Feliz Año Nuevo!

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Saber callarse la boca
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Cecilia Casado | 26-12-2017 | 07:47| 16

 

A mitad de camino entre la filosofía zen y el desapego emocional se encuentra el arte de no reaccionar; la lucidez mental para tomar distancia de lo que realmente no nos afecta como personas y no merece por nuestra parte la más mínima reacción. No hablo de indiferencia, hablo de ausencia de reacción. Tendemos a tomar casi todas las cosas que pasan a nuestro alrededor como algo personal y las que ocurren lejos de nuestro cuerpo físico ni las consideramos.

Si quien está detrás de la ventanilla nos atiende sin sonrisa, si la persona que casi nos saca un ojo con el paraguas no se inmuta, si el conductor que no nos cede el paso nos grita, todas estas pequeñas nimiedades nos parecen una ofensa directa, como si de verdad nos importara un ápice la antipatía, el despiste o la mala educación del prójimo. ¿Que el otro está falto de modales, de cariño, de simpatía? Pues sinceramente, es su problema y ya va siendo hora de que nos demos cuenta de ello. Es “el otro” el que tiene que mejorar, corregir, reflexionar. A nosotros nos debe bastar con tomar la distancia adecuada y ser conscientes de que “no es un agravio personal”, que las personas que se comportan desabridamente con los demás no saben (o no pueden) actuar de otra manera; nada tiene que ver con nosotros.

Hace poco me encontré con una “amiga” entre comillas; nos solemos parar en la calle cuando nos encontramos y muy de tarde en tarde quedamos para tomar algo. Así pues, nos saludamos con la cortesía educada de siempre y enseguida observé que había en ella un poso de tristeza.

  • ¿Cómo estás? –le pregunté- te noto triste…
  • Sí, -me respondió-, me acabó de separar de mi marido…

Mi primera reacción fue pensar que en el último año nos habíamos visto cinco o seis veces y nunca me había hablado de su matrimonio, ni de que tuviera problemas en el mismo… Enseguida me di cuenta de que ella me estaba situando en el lugar EXACTO que yo ocupo en su vida, es decir, en la periferia pura y dura. Reubicación instantánea se le llama a eso.

Pero me dolió constatar que yo había tenido algunas confianzas con ella, que mi vida no le era desconocida, así que no supe callarme la boca y le dije: “vaya, pues nunca me habías contado que tuvierais problemas…” Cometí el error de “reaccionar” y tomarme como algo personal el hecho de que ella no hubiera tenido conmigo la misma confianza que yo le había demostrado en el pasado.

Si alguna duda podía tener acerca de la relación que teníamos esa persona y yo, quedó desvelada en un par de segundos. Le di unas cuantas palabras de ánimo y me despedí de ella lo más rápidamente posible. Luego tuve que hacer una pequeña reflexión del porqué me había yo tomado como algo personal su indiferencia hacia mí. ¿Acaso era mayor mi afecto por ella? No. No lo era. Así pues… hice mal en reaccionar, debía haber aplicado el magnífico arte de mantener la boca cerrada…

No es esta situación algo que me ocurra todos los días, pero sí con relativa frecuencia. Mi trabajo me cuesta saber cuándo tengo que poner un filtro y cuándo nadie se va a enfadar conmigo si no lo pongo. En cualquier caso, ¿qué ocurre cuando los demás se enfadan con nosotros porque no les ha gustado una determinada forma de reaccionar si eso forma parte de nuestro auténtico yo?

Cuando me enfado con alguien, después de que se me pasa el berrinche, paro mi locomotora mental –o eso intento- y reflexiono sobre los motivos por los que me he enfadado, dejando de lado lo que haya hecho o dejado de hacer la otra persona. Eso, la actitud ajena, no tiene nada que ver conmigo, es cosa “ajena”, sin lugar a dudas. Pero lo que es “mío” es la lectura emocional que hago de algo que me ha venido de fuera.

Que todo lo que nos interesa nos remueva por dentro, que lo que nos importa nos haga reaccionar con fuerza, con vehemencia incluso, sin poner freno alguno a las emociones, eso sí que es algo personal; el resto, la vida de los otros, esa vida de la que nos mantienen alejados…debemos saber apartarnos también y mantener la boca cerrada.

Diferenciar lo uno de lo otro es seguir aprendiendo.

Felices los felices

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Mi sentido de la Navidad
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Cecilia Casado | 22-12-2017 | 07:18| 12

 

Me crié en una familia muy religiosa marcados por el cuño de la época. Con mucha o poca fe de por medio, en casa la Navidad era la fiesta anual por excelencia; con la excusa de lo religioso por encima de cualquier otra consideración nos juntábamos a comer con la familia cercana, el día 25 de Diciembre y en Reyes. El resto, era de puertas para adentro y con más pena que gloria. El día 6 de Enero se cumplía con la tradición de los regalos, aunque de forma poco ostentosa, más testimonial que otra cosa.

Así lo hacían mis padres porque eran ellos los que marcaban el signo de la educación de sus hijos: religiosa por encima de todo y practicaban –e imponían- su particular concepto de la sobriedad que no impedía que mi madre tuviera abrigo de pieles, aunque los hijos tuviéramos que compartir una bicicleta entre tres. En casa hubo televisión en 1960, una biblioteca bien surtida, música clásica y servicio. Pero su concepto de la “sobriedad” no les permitió hallar motivo alguno para realizar dispendios consumistas, ni tampoco para aglutinarnos en una familia muy extensa (mi padre tuvo diez hermanos). Navidad y su sentido. Lo mejor eran las vacaciones escolares…

Cuando formé mi propia familia ya había dejado atrás cualquier sentimiento o inclinación religiosa; ya se sabe, en casa del herrero, cuchillo de palo.  Busqué –y encontré- mi parcela de coherencia y no bauticé a mis hijas, ergo la Navidad perdió para mí todo sentido religioso y tuve que buscarle otro para que mis hijas no fueran “las raritas” o se sintieran extrañas en su entorno social. Así que enfoqué el asunto hacia lo familiar, en intentar estar junto a la familia –o lo que quedaba de ella- organizando cuchipandas gastronómicas en casa e invitando a cualquiera que se descolgara del árbol genealógico. Y gastando dinero en regalos, no demasiados pero sí bien elegidos, para hacer a mis pequeñas un poco más felices, para “compensar” de alguna manera el divorcio, lo que se convirtió en un arma arrojadiza porque mis criaturas vivían la Navidad como el tiempo de “dobles regalos”, uno de los perniciosos efectos colaterales que viven los hijos de padres separados. Recibían presentes por partida doble, menudo chollo.

Han pasado los años y se me han perdido por el camino ideas, juicios y prejuicios, costumbres y maneras, a la vez que hay sillas vacías alrededor de la mesa. Ellas, sabias y conscientes, han elegido su camino y nada tengo que opinar ni intervenir en sus libres decisiones. Pero me quedan las mías, mi libre albedrío navideño…

Después de toda una vida luchando por ganarme los garbanzos, es decir, situando el ingreso de dinero mensual como prioridad vital, me llegó el momento –afortunadamente- de repensarme el asunto y mirar más allá del horizonte del saldo de la cuenta corriente. ¡Para qué nos vamos a engañar! Porque siempre he sido afín a ciertas “veleidades espirituales”, una especie de vocecilla interior que me decía que no todo tenía que ser pragmático en esta vida, que también había sitio para “otras cosas”. Y esas “otras cosas” han marcado mi vida –y la de mis hijas- de una manera contundente y de la que no me arrepiento en absoluto.

Apartado lo religioso –puesto que soy apóstata de hecho y la poca fe que me queda es en el ser humano-, sin interés alguno por adquirir objetos lujosos o de capricho y ahíto mi estómago de lustros de angulas y langostinos… ¿Qué me queda para celebrar la Navidad? Los seres amados, obviamente.

Así que me obligo a ser consecuente, coherente, racional y lógica, además de con dos dedos de frente y como este año mis dos hijas están en la otra punta del mapa, en vez de buscar y rebuscar, -o gimotear buscando compañía- este año me voy a ahorrar una pasta en gasto superfluo además de unas cuantas pastillas de Omeprazol.

No tengo apenas nada que celebrar, esa es la realidad, así que me quedaré tranquila con mi perrillo y tan sólo compartiré algún ágape nada escandaloso con mi pequeña familia donostiarra y procuraré hacer lo mismo que hago cualquier día en que no tengo planes con nadie: ser feliz conmigo misma, disfrutando de todo lo que tengo sin quejarme por aquello que (creo) me falta.

He acallado algunas incipientes voces que me decían: “¿!Pero, cómo vas a estar sola en Nochebuena?¡ ¡Te vienes a mi casa!”, explicando que la aceptación de la vida real, tal y como es, sin adornarla ni edulcorarla artificialmente, es un trabajo en el que estoy comprometida desde hace mucho. Ahora me toca poner en práctica las lecciones aprendidas sobre el papel, serán las primeras navidades en más de treinta años que no estoy con mis hijas…ni mi linda nietecita.

Pero como todo está en la mente –cuando no está en el corazón- sé que nada me ha de faltar…sea Navidad o mediados de febrero.

Felices los felices.

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No hay mejor lotería que la salud
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Cecilia Casado | 20-12-2017 | 07:42| 10

 

En dos días tendremos el “Gordo” en el aire y hay como un tema obligado en todas las máquinas de café y barras de bar: “¿qué harías tú si te tocara la lotería…?” . Aunque, reconozcámoslo, va engrosándose el grupo de quienes “no juegan” porque saben -qué sabios- que es tirar el dinero tras un sueño con mínimas probabilidades…

Cuando era pequeña me acuerdo de que, por estas fechas,  andaban mi madre y mi abuela con una actividad frenética cambiándose participaciones de lotería; que dile a la amona que no se olvide que tengo aquí la lotería del Banco y que ella me tiene que dar la de la farmacia de Manolita. Oye, Cecilita, recuérdale a tu madre que me guarde cinco pesetas de la lotería del Economato y yo le daré otro tanto de la parroquia de San Ignacio. Y así todo el rato, con papeles arriba y abajo y números apuntados por todas partes. Luego había que esperar al día 23 y comprar el periódico para repasar la lista de “la pedrea” y ver si nos había tocado lo puesto o un poquillo más, no se soñaba con hacerse millonario, simplemente se cumplía con una tradición. Así que se jugaba por costumbre, porque era de obligado cumplimiento el rito social de intercambiarse unos duros como un juego inofensivo, aunque algunas veces se generasen enfados porque a alguien se le había olvidado ofrecer lotería y, claro, eso igual lo has hecho adrede, por si os toca a vosotros para que nos fastidiemos los demás.

Sin embargo, en tiempos de poca bonanza, como son los que todavía atravesamos, cuando ya somos legión los descreídos en ninguna fe que no sea la de la nevera llena –o el cajón de los calcetines con un sobre lleno de billetes grandes-, cuando nos estamos retirando del mercado laboral con pensiones ridículas, cuando nuestros hijos pueden todavía llegar casi a los treinta sin saber lo que es un salario decente, ¿cómo es posible que se siga gastando el personal millones de euros en un juego cuyas probabilidades de ganancia son tan ridículamente ínfimas?

Me decía uno el otro día: -Bueno, total ya, de perdidos al río, yo me he comprado veinte décimos. Y otra añadía: -Pues yo, entre pitos y flautas no bajo de los trescientos euros… -¿Y tú?  Pues yo… yo entono el mea culpa por haber comprado UN décimo a medias con mi hija pequeña, (y porque le hizo ilusión a ella) con el firme deseo pedido con los puños apretados y los ojos cerrados muy fuerte de que me toque, como todos los años me viene tocando por estas fechas, una serie completa de salud y energía. Que son los mejores activos para disfrutar de la vida y sus encantos. Y la lotería que les toque a los otros, que para mí –como decía mi abuela-, “la mejor lotería es la salud”.

Por cierto que dicen los ateos, que una prueba irrefutable de que no existe el dios con mayúsculas es que la lotería siempre les toca a los ricos. Los que salen en la tele pegando saltos y brindando con cava del barato no son los millonarios de verdad sino los que han jugado un decimito y punto. Los otros, los de “El Gordo” de verdad, los que siguen enriqueciéndose, incluso sin jugar a la lotería, mientras el pueblo aúlla, se callan la boca y lo celebran a puerta cerrada con los de siempre y luego compran esos relojes de oro y brillantes que se anuncian en las revistas y los coches que valen tres veces lo que gana un “currito” en todo un año, mientras que el que madruga para pagar la luz y poner comida en la mesa, para no ser menos, se permite el lujazo de regalar una de esas colonias carísimas que se ven en la tele y que ayuda, a ella y a él, a soñarse ricos y felices durante unos días. Aunque no les toque la lotería, claro está…

Felices los felices.

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Sobre el autor Cecilia Casado
Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.

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