Diario Vasco
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Zorionak, Amanda
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Cecilia Casado | 21-07-2017 | 06:22| 9

 

Cuando llega el cumpleaños de alguien querido se remueven las fibras emocionales y queremos hacer algo que aporte un poquito más de felicidad a esa persona. Un detalle, que sepa que es importante para nosotros, incluso gastando dinero sacando del bolsillo lo que únicamente puede expresarse desde el corazón. Existe una buena intención evidente, el afán de agradar, el gusto por provocar la sonrisa, el deseo generoso de “acariciar” un corazón…

Pero el cumpleaños de un hijo adquiere una dimensión inusitada e inevitable máxime cuando es la “madre de la criatura” quien quiere hacer algo especial que salga inundado de amor desde esas profundidades que sentimos las mujeres que hemos elegido la maternidad como un medio y un fin en sí mismo.

Hoy es el cumpleaños de mi hija pequeña -¿pequeña en qué?- y ella debería ser la única protagonista de la efeméride; sin embargo, me cuesta desligarme de la fecha, del recuerdo, de la vivencia única, intransferible, que sentí un día como hoy hace veintisiete años.

Quizás tan sólo me comprenderán las madres porque a veces  la cualidad de “hijos” se olvida con el paso de los años por egoismo o por necesidad. Quizás mi propia hija considere que le robo el protagonismo de su día, pero la fecha me abre la espita de los recuerdos, la emoción de una mujer que deseaba por encima de todo tener otro hijo y que consiguió que su deseo se convirtiera en realidad transitando para ello el camino íntimo y misterioso que recorremos al sentir cómo nos crece en el vientre una vida a la que no podremos garantizar nada con seguridad excepto un amor sin límite aunque imperfecto.

Hoy es tu día, Amanda, mi niña rubia, artista creativa soñadora de sirenas, la niña/mujer que toma decisiones sobre su propia vida, la mujer/niña que sigue regalándome peluches llenos de besos, la hija que se preocupa si me pongo enferma, que da una amorosa vuelta de tuerca a nuestra relación, la del beso de buenas noches en la distancia y el emoticono en forma de corazón de buenos días para paladear con el desayuno.

¡Ya quisiera poder estar contigo en un día como hoy! Pero tu trabajo y tu camino te han movido de país una vez más, ayer en Alemania, hoy en Francia y tan sólo espero a que llegue “mañana” para que el buen viento te acerque a esta tierra nuestra que no te olvida y que deseo no olvides nunca. Los hijos se van lejos, lejísimos a veces, y nosotras las madres nos quedamos en el pequeño espacio que hemos construido con mayor o menor fortuna mirando la pantalla del móvil o del ordenador, siguiendo la pista de los retoños tan virtuales y cercanos, tan lejanos, siempre amados.

La fecha de los cumpleaños de mis hijas es también fiesta para mí. Y lo sabéis, y tú también lo sientes, mi niña, que es un día grande para las dos y los casi mil kilómetros que nos separan hoy no son nada para nosotras, nada en absoluto.

Hoy es tu día feliz y feliz sé que estás al lado de quien bien te quiere y te mima en lo posible -y espero que también en lo imposible. Te llamaré y nos veremos la sonrisa gracias a la tecnología, habrá palabras cariñosas y besos al aire y la nostalgia que se colará por algún resquicio del cumpleaños, qué duda cabe.

A falta de una fiesta, una sopa de pescado de las que te gustan o una tarta con velas, no me quedan más que las palabras que vuelan hacia ti en este soporte digital que quiero se temple con mi cariño y que me gustaría hiciera como aquellas cartas de amor de otro tiempo cuya tinta se diluía bajo alguna lágrima sincera e inesperada.

Hoy te renuevo mi promesa de quererte siempre, siempre, siempre. El abrazo y los besos esperarán ilusionados el momento en el que las mujeres de nuestra pequeña familia nos juntemos de nuevo.

Hoy el regalo eres tú, por lo que significas en mi vida…

Maite zaitut.

Mmmy.

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Recuperar los olores
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Cecilia Casado | 19-07-2017 | 06:30| 2

 

Después de un mes en “mi otro mar”, retomamos – Elur y yo- la carretera que atraviesa Los Monegros buscando el verde, los montes, y ojalá la lluvia. Llegar a las nueve de la noche e intentar aparcar cerca de casa solo puede lograrse gracias al “ángel aparcador” que algunas “santas” personas tenemos asignado. Obrado el milagro Elur, que no ha dicho esta boca es mía durante 500 kms. empieza a excitarse, se menea en el asiento trasero y ladra de contento así que le doy preferencia sobre el equipaje y sale del coche derecho al jardín salvaje que hay junto al portal.

Como no le he puesto correa lo observo y vigilo no vaya a hacer una de las suyas. Pero el perrillo hunde el hocico en la hierba y va, atento a sus olisqueos, recorriendo el familiar perímetro verde con el afán primitivo de reconocer el rastro perdido o acaso olvidado durante tanto tiempo. Va de aquí para allá, se aleja y retrocede, bailotea en círculos, no levanta la vista ni un segundo, pienso si tendrá los ojos cerrados para agudizar la percepción olfativa, menea la cola sin parar, se le ve contento y feliz…

Entiendo que ha reencontrado su espacio de confort y seguridad; aparece un schnauzer con el que suele juguetear a veces y no se acerca a saludarle, él sigue olfateando la tierra y la hierba alta –que no sé qué hace el ayuntamiento que no la corta, parece el MatoGrosso este barrio-, me fijo con atención en su actitud y aparco también las prisas para descargar equipaje, hay tiempo de sobra.

Así que decido yo también recuperar mis “olores” de referencia y me siento en la terracita del bar que tengo tan a mano y me pido un zurito y un pintxo de los que me gustan para ir “aterrizando” poco a poco. Vigilo con un ojo a mi perrillo saltarín y con el otro el coche cargado hasta las cartolas. Son las nueve y media de la noche y me gusta sentir el ocaso. Tranquila. Feliz.

Recuperar el ritmo de la vida cuando se vuelve a casa después de una larga ausencia suele ocasionar muchas veces un choque abrupto en lo psicológico y emocional. Que si hay que deshacer maletas, poner lavadoras, ordenar y organizar. Mirar el correo acumulado, abrir los grifos para que las cañerías respiren, saludar a las plantas y comprobar que han sido bien cuidadas aunque haya que retirar las hojas secas. Abrir ventanas, dar el parte de que ya hemos llegado bien, cenar cualquier tontería, caer en la cama derrotados para no poder conciliar el sueño de lo cansado que se está.

Así que esta vez he cambiado el chip del regreso gracias a mi querido Elur, dando prioridad a recuperar los “olores” necesarios que, desde luego, no incluyen ningún tipo de trabajo doméstico.

Me doy una magnífica ducha y, mirando las estrellas, despido el día para caer en un sueño reparador. Siete horas después amanezco tranquila y sabiendo qué tengo que hacer: caminar hasta la orilla del mar. Allí “huelo” el salitre que conozco, me dejo invadir por la brisa fresca de la mañana y vuelvo a trazar el mapa en el que me siento segura y feliz, como hizo la víspera mi perrillo.

Saco una foto de la barandilla de La Concha y la envío a mis amigos. Según van contestando con alegría sé que vuelvo a estar en “mi sitio”. Los que no dicen nada…son ellos los que se han movido a otro lugar y hay que aceptarlo.

Una vuelta a casa siempre supone un reencuentro o un desencuentro; la vida da sorpresas y de todas hay que sacar la lección correspondiente. Y saber reconocer los buenos olores de los amigos que siguen estando ahí…

En fin.

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Reflexión del lunes. “El cuerpo-dolor”
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Cecilia Casado | 17-07-2017 | 06:47| 9

 

 

Salgo muy pronto de casa por las mañanas en este “mi otro mar” y, algunos días, cojo el coche. Como hoy mismo. Los turistas duermen y son los camiones de reparto los que copan las vías; aparcan en “carga y descarga” o donde les sale del mismísimo trigémino, faltaría más, están trabajando y eso les da patente de corso. Así las cosas, más vale ir con cuidado que igual voy medio dormida y ellos, los conductores/repartidores llevan ya un par de horas –y un par de cafés (bautizados o no)- batiéndose el cobre como para fijarse en si vengo o dejo de venir por la carretera a menos de 50 kms./h. como está mandado.

Gracias a que iba con cuidado y muy atenta he conseguido frenar a tiempo cuando uno de ellos se ha incorporado a la carretera sin intermitente ni mirar por el retrovisor y metiendo el turbo como si fuera una ambulancia en vez de un camión reponedor de bebidas. Frenazo y bocinazo por mi parte –o bocinazo y frenazo- y, faltaría plus, el brazo del conductor que sale por la ventanilla y me hace el gesto universal de “qué pasa, no puedes aguantarte o qué”.

Como iba a la playa a meditar sobre la inmortalidad del cangrejo he dejado que el buen hombre siguiera su camino sin despertar al monstruo iracundo que tengo en stand by desde hace varias semanas.

Pero un par de horas después, de vuelta del paseo y baño matutino, desandando el camino, en un cruce al que me incorporo con el semáforo en verde, un cochecillo pequeño –más pequeño que el mío- aparece furibundo por la izquierda después de saltarse el STOP que le obligaba a parar, mirar y luego decidir.

Volantazo, frenazo y bocinazo esta vez por ese orden. Miro a mi izquierda y veo a una mujer joven –más joven que yo- que me mira con cara de “bueno, no ha pasado nada, eh, tan amigas y tal…” Sin mirarle a los ojos le hago el gesto universal de “pasa, pasa…” y dejo que se aleje sin recibir por su parte ningún gesto de esos que nos hacemos los conductores en plan solidario o corporativista cuando nos facilitamos una maniobra.

Así las cosas, vuelvo a arrancar y, casi en primera, llego a casa, meto el coche en el garaje y decido dejarlo ahí hasta que pase la mala racha.

Quizás hoy no era mi mejor día, quizás he dormido un poco a saltos y he tenido sueños raros, quizás mi “cuerpo-dolor” está enfrentándose a una nueva crisis, como esas dolencias recidivantes que crees haberlas domeñado y un buen día vuelven a manifestarse porque no se habían curado, tan sólo adormecido a la espera de más energía negativa para recobrar fuerzas y salir a luchar y tumbar a quien se ponga por delante.

Releo con atención el libro que me ocupa estos días, “Un nuevo mundo, ahora” de Eckhart Tolle.

“El cuerpo-dolor y el ego son parientes cercanos. Se necesitan el uno al otro. El suceso o situación desencadenante se interpreta, y se reacciona a ello, a través de la pantalla de un ego altamente emocional. Es decir, se distorsiona por completo su importancia. Miras el presente a través de los ojos del pasado emocional que llevas dentro. En otras palabras, lo que ves y experimentas no está en el suceso o la situación, sino en ti. En algunos casos, puede estar en el suceso o situación, pero tú lo amplificas con tu reacción. Esta reacción, esta amplificación, es lo que el cuerpo-dolor desea y necesita, pues de eso se alimenta.”

Ahora necesito mi tiempo para dilucidar si el ego alterado y mordiente era el de los conductores que casi chocan conmigo…o el mío propio que anda un poco desorientado últimamente por aquello de que no vivo en un mundo piruleta y que a veces siento que sigo atrapada en el flujo del pensamiento y en la emoción que viene de la mano.

 Por si las moscas, el coche quieto en su sitio que todavía tengo dos buenas piernas para ir a donde quiero y necesito ir.

 En fin.

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Disgusto en el mercadillo
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Cecilia Casado | 14-07-2017 | 08:05| 4

 

 

 

Los miércoles, mercado, así que no dejo de darme un garbeo por el mercadillo semanal del pueblo como una costumbre para cambiar de horizonte –la playa silenciosa y el mar por el océano de mercancías y griterío- y, de paso, comprar fruta y verdura del entorno a buen precio.

Me entretengo observando a los autóctonos y a los extranjeros; los primeros, abasteciendo su despensa o su armario y los otros, los “guiris” buscando tipismo, gorras y pareos y comiendo churros asesinos a pleno sol. Sentada en un barcito con un rico cortado es imposible no pegar la hebra con otros clientes y, ya de paso, abastecer el stock de posibles “reflexiones” para el blog. Ver desfilar ante tus ojos a una muchedumbre que no te ve es cosa como para pensárselo dos veces, luego nos quejaremos de que “nos vigilan”.

De repente se da un súbito arremolinamiento del personal, algo ha pasado y para saber qué la gente se acerca y mira; en unos instantes hay una docena larga de personas alrededor de una señora de mi edad –más o menos- que empuja un carrito con una criatura de un par de años y eleva la voz en un lamento mientras hace aspavientos con los brazos. Escena congelada: todos miran el espectáculo y cómo la buena mujer va poniéndose cada vez más roja comenzando a hiperventilar sin remedio.

A ver, el curso de primeros auxilios que hice en el trabajo –cuando trabajaba- me dejó el aprendizaje de que primero de todo hay que calmar al “accidentado”, darle tranquilidad y la confianza en que va a ser auxiliado prontamente. No sé qué me dio que me levanté de la silla y me acerqué para escuchar lo que clamaba: ¡le habían robado la cartera del bolso que llevaba colgando –imprudentemente- del manillar de la silleta del bebé!

Bueno, pues no pasa nada, por favor, nada grave por lo menos, pero la buena mujer sigue angustiándose y llorando y repitiendo la cantinela: –“¡¡¡El móvil, las llaves del coche, la cartera, las tarjetas, ladocumentación…!!!!” Y cuanto más lo repetía más se acaloraba y entre grito y grito la niña pequeña –angelico, su nieta, supongo- ahí mirando a la yaya haciendo pucheros con cara de susto (el miedo y la angustia se contagian).

Le ofrecí a la señora mi móvil para que llamara a algún familiar para que vinieran a buscarla y, ya de paso, me ofrecí a llevarla en mi coche a su casa si le convenía más. Mientras le daba el teléfono, y con la mejor intención, le dije que se calmara o le iba a dar un jamacuco y habría que llamar a una ambulancia. Me miró con cara de alivio y preguntó: -¿Eres enfermera? (Y digo yo, por qué enfermera y no médico, pero en fin), así que aproveché que me lo ponía en bandeja y le dije que sí, y fue mano de santo, se fue calmando de a poquitos; lo que hace el poder de la mente, mira tú… Y los mirones que hacían corro, cuando vieron que ya se había acabado el numerito pues se disolvieron tranquilamente, faltaría más.

 Ya puestas intenté hacerme la filósofa diciéndole que, afortunadamente, sólo le habían quitado “cosas” y que la niña y ella estaban perfectamente, que peor hubiera sido que les hubieran hecho daño a cualquiera de las dos para robarle. Me miró con cara de estar escuchando estupideces en un momento tan trágico, así que, en cuanto terminó de hablar con su hijo –al que había llamado entre quejidos y llantina renovada- , recuperé mi móvil, le deseé buen día y me alejé tranquilamente de la “escena del crimen”.

En realidad pensé que alguien necesitaba el dinero más que ella, ya que me convenzo de que cuando un raterillo roba lo poco que se puede robar en un mercadillo será porque está bien acogotado por la vida; seguramente hurtan para comer –lo cual es una lástima-  aunque por si las moscas llevo el bolso bien amarrado.

Dicen que los problemas que se solucionan con dinero no son problemas así que deseo que todas las desgracias que me ocurran en la vida sean de esa índole. Nuestro pequeño mundo se convierte en el eje del Universo cuando nos toca ser los protagonistas involuntarios de algún suceso fortuito así entiendo que entre el pasmo, la rabia y el susto, la buena señora no estuviera para “filosofías” en zapatillas. Eso me hizo recordar todo lo (material) que en la vida me han robado y sonrío porque aquello pasó y yo sigo aquí, más feliz que una perdiz y sin sentir que he perdido –junto con las cosas perdidas- nada de lo que ahora considero imprescindible para vivir: salud y paz. Y que no falten.

En fin.

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Carta a una mujer separada. Reedición
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Cecilia Casado | 12-07-2017 | 06:15| 8

 

Este post tiene cinco años y es –de lejos- el que más e-mails personales ha originado. Casi todos de mujeres en la cincuentena o rondándola; de España y de Latinoamérica –es cosa misteriosa que el blog alcance a ser leído en otros países. Es la carta que le escribí a una amiga que –por fin- se había separado después de haber estado quejándose de su mal matrimonio durante años y posponiendo su decisión por el miedo –siempre el maldito y absurdo miedo- a qué hacer con su vida una vez que se viera “liberada” de los apegos y las cadenas emocionales con las que se había atado libremente a su marido.

La vuelvo a traer aquí, sin moverle ni una coma. Creo que nos hace falta a muchas mujeres recordar lo valientes y fuertes que podemos llegar a ser.

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Carta a una mujer recién separada.-

Hola guapa:

Me he quedado a cuadros cuando he recibido tu e-mail en el que me contabas que, por fin, habías sacado fuerzas para afrontar la realidad de tu matrimonio, después de tantos años de altibajos, y te has separado. No es que no me esperara el desenlace, sino que la sorpresa viene motivada por tu valentía de hacerlo finalmente sin dar tres cuartos al pregonero.

¿Qué podría yo decirte diferente a todo lo que ya habrás escuchado cientos de veces y que te habrá machacado de alguna manera? Además, no soy de esas amigas que dicen “ya era hora” o “por fin te has decidido”; yo soy más bien de esas amigas que, en vez de dar palmaditas en el hombro (o besitos suaves) suele meter el dedo en la llaga, llamar a las cosas por su nombre e intentar ver lo positivo aunque se esté dentro de un túnel.

Porque me temo que ahí estás tú, en el túnel que hemos tenido que atravesar las personas que hemos dado un paso al frente y nos hemos atrevido a romper un contrato matrimonial después de muchos años y varios hijos. Es un túnel de manual, de primera lección del libro gordo de Petete de cualquier psicólogo. Un túnel largo y oscuro en el que nos hemos metido confiando, esperando que al final haya una salida a la luz, pero que, encontrándonos adentradas en él, ya no vemos el punto por el que nos hemos aventurado y tampoco vemos el final. Es decir, oscuridad total y absoluta.

Claro, y ahí entra el miedo, faltaría más. ¿Cómo no sentir miedo al emprender la odisea de romper toda una vida de costumbres, de seguridad (mal o bien entendida), de rutinas protectoras? ¿Cómo afrontar el ser, una vez más, la “mala de la película”?

Porque eso suele ser un divorcio, un lanzamiento de trastos (viejos) a la cabeza para ver quién hace más daño al otro y en este caso, el tuyo, al haber dado tú los pasos necesarios para decir “BASTA”, las críticas, maledicencias y maldiciones van a caer sobre tu cabeza. Menos mal que tendrás el apoyo de tu entorno familiar, por precario que este sea. Menos mal que tienes algunas amigas que te apoyan y van a seguir sosteniéndote en tu camino hacia la dignidad.

Sí, dignidad digo, porque es lo que tú estás intentando recuperar con el gran salto hacia delante que has dado. Pero no te avergüences, nos ha pasado a todas las que hemos sido artífices del punto final de una relación, que cuando queríamos ser “nosotras”, recuperar esa “esencia” que se nos había diluido en el magma insondable de la pareja, nos han llamado de todo y nos han querido hacer sentir culpables por no aguantar lo inaguantable. Sobre todo habiendo hijos de por medio, arma arrojadiza donde las haya.

Pero a lo que voy. Mucho me temo que vas a tener que pasar pisando sobre las piedras cortantes que están bajo tus pies. Y que te va a hacer daño, pero… siempre te dije que para hacer una tortilla es necesario cascar los huevos. Vamos, que esta es tu lucha por tu propia vida en un presente de libertad, dignidad y paz interior. Y mira que digo “presente” y no digo “futuro” como si fuera algo que va a ocurrir más adelante. No, ya está ocurriendo AHORA, ya has recuperado las llaves de tu vida, ya has vuelto la vista hacia tu propia esencia, todo esto está pasando en este momento en que te sientes asustada por la magnitud del paso dado, preocupada por el día a día e incluso, en algunos momentos, insegura de si has obrado bien.

En realidad, no vas a hacer nada que no hayas hecho ya en el pasado. Es decir, vas a seguir luchando, trabajando, soñando y participando de la vida igual que has hecho hasta ahora. Porque levantaste tu familia, tuviste a tus hijos, los amaste desde el fondo y no te has limitado a mantenerlos; porque llevas diecisiete años trabajando en un proyecto que no ha superado la larga crisis en que se vio sumergido. Y esos diecisiete años son la prueba rotunda de que sabes y puedes vivir con mayúsculas defendiendo lo tuyo, protegiendo tu identidad, demostrando a tus hijos que nadie debe doblegarse ante la iniquidad, dándoles el mejor ejemplo de amor que les puedes dar: enseñarles lo que es la propia dignidad.

El tema económico será una pequeña espada de Damocles sobre tu cabeza, pero piensa que lo poco que te quede es fruto únicamente de tu esfuerzo y tu trabajo y que la satisfacción de la no-dependencia es inmensa. La soledad también te dará zarpazos en algunas noches frías cuando eches en falta el abrazo de quien no supo quererte ni estar a la altura de las circunstancias. Aprenderás entonces a abrazarte a ti misma, a dignificarte con la fuerza y el amor que ya llevas por dentro, que no ha muerto ni nadie podrá quitarte jamás.

Vienen tiempos duros, ya lo sabes, pero ya verás qué placer, poco a poco, comprobar cómo va germinando la semilla de tu libertad interior y transformándose en un pequeño campo de paz que después ya será para siempre.

Ah, un consejo, si me lo permites con todo el cariño: no hables mal de tu ex marido a nadie. A tus hijos entrégales la libertad de que juzguen por sí mismos sin verse condicionados por ninguna energía negativa por tu parte. Ellos siempre te agradecerán que seas una PERSONA con mayúsculas, una gran madre y, por qué no, una SEÑORA.

Nos vemos a la salida del túnel. Allí te estará esperando tu propia identidad, renovada, renacida, limpia y dispuesta. No lo dudes.

Un abrazo fortísimo.

Alqui.

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En fin.

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Sobre el autor Cecilia Casado
Hay vida después de los 50, doy fe. Incluso hay VIDA con mayúsculas. Aún queda tiempo para desaprender viejas lecciones y aprender otras nuevas; cambiar de piel o reinventarse, dejarse consumir y RENACER. Que cada cual elija su opción. Hablar de los problemas cotidianos sin tabú alguno es la enseña de este blog; con la colaboración de todos seguiremos creciendo.

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