De repente, la oscuridad

El gran apagón de «Nueva York» del 9 de noviembre de 1965 puso de manifiesto la enorme dependencia del mundo actual de la electricidad.

Eran las 5:16 de la tarde. Los niños estaban delante del televisor viendo la serie «The Three Stooges: Los Tres Chiflados». De repente se fue la electricidad y no volvió hasta muchas horas después.

He puesto Nueva York entre comillas pues a este apagón se le suele conocer con ese nombre, pero realmente fue un apagón que afectó a todo el noreste de Estados Unidos y al sureste de Canadá. Ocurrió en el sistema de interconexión eléctrica del este de Estados Unidos y Canadá que en aquel momento constaba de cuarenta y dos centrales eléctricas.

(Mapa de la zona aproximada que quedó a oscuras)

Desde el punto de vista del consumo energético fue un día normal; no hubo nada especial. Sin embargo en la central Sir Adam Beck nº 2 de Ontario (Canadá) un relé, cuya misión era dirigir el flujo de corriente, falló en dar la señal adecuada. Como resultado, un disyuntor que tenía que cortar la corriente cuando se sobrepasase una cierta intensidad, no lo hizo, lo que causó que un exceso de corriente circulase a través del sistema, lo que a su vez hizo que muchas centrales se desconectasen. Veintiocho de las cuarenta y dos centrales del sistema cayeron. Treinta millones de personas se quedaron sin electricidad.

(Nueva York al atardecer de aquel día. ¿No es sorprendente ver los rascacielos sin ninguna luz?)

En Nueva York 800 000 personas se quedaron atrapadas en el metro, muchas otras se quedaron en ascensores «como hámsteres en sus jaulas» –decía un comentarista del New York Times–. Los que estaban en sus coches podían seguir circulando, aunque sin semáforos el tráfico era bastante caótico, pero si se quedaban sin combustibles debían parase pues los surtidores funcionan con bombas eléctricas. Casi nadie se atrevía a salir a las calles por la oscuridad. Por poner un ejemplo, más de 500 personas se pasaron la noche en el rascacielos de cuarenta y dos pisos de Life Magazine. Muchos médicos tuvieron que hacer intervenciones quirúrgicas con linternas y en el Hospital de St. Francis nacieron cinco bebés a la luz de las velas. El aeropuerto Internacional Kennedy tuvo que cerrar durante doce horas pues se quedó sin radar y sin luces de pista. El aeropuerto de La Guardia tuvo más suerte pues lograron funcionar con un generador autónomo. Doscientos cincuenta vuelos se cancelaron o fueron enviados a otros aeropuertos, algunos fueron redireccionados a Las Bermudas, que no era exactamente un punto cercano.

Era un frío día de invierno y en el zoo del Bronx tenían muchos animales muy sensibles a la temperatura. Los cuidadores tuvieron que poner mantas entre los barrotes para evitar que murieran de frío; pero no todos los animales tuvieron esa suerte, ¡a ver quién era el guapo que envolvía en mantas a una cobra, una anaconda o un cocodrilo!

Los bancos de sangre empezaron a calentarse en exceso, pero entonces a alguien se le ocurrió que dado que la temperatura exterior era de entre 3,3 y 5 ºC lo mejor era sacarlos del inútil frigorífico y subirlos al tejado. Así lo hicieron.

Muchos alimentos congelados se echaron a perder; para muchas personas fue imposible calentar la cena pues todos sus utensilios eran eléctricos; muchos pasaron frío pues calefacciones y estufas se apagaron.

La noche era realmente oscura como en la Edad Media y eso trajo un regalo inesperado, un cielo precioso lleno de estrellas como no se veían desde hacía muchos años.

Este accidente provocó una revisión de la red eléctrica y puso de manifiesto su fragilidad. De allí surgieron recomendaciones de que aeropuertos, hospitales, gasolineras, estaciones de radio y televisión y algunos ascensores tuvieran generadores de respaldo. También se recomendó que hubiera luces de emergencia en escaleras, túneles de metro,… y que hubiera planes de evacuación y de control de tráfico.

Todo muy bonito pero en julio de 1977 una serie de rayos cayeron en el sistema eléctrico de Nueva York. De nuevo, una sobrecarga provocó la caída de varias centrales y Nueva York volvió a quedar a oscuras.

Me gustaría que reflexionáramos un momento sobe las consecuencias de una falta de electricidad durante varias semanas. Los problemas serían terribles. Por poner unos ejemplos de la vida cotidiana, ¿qué ocurría con el agua corriente? Al fin de cuentas, se mueve por bombas eléctricas. ¿Y qué me dicen de un inodoro sin agua corriente? Imagínense que viven en un rascacielos, en el piso treinta, y que su forma física no es muy buena, ¿cómo subiría? ¿Se atrevería a salir?

En 1994 hubo un terremoto bastante importante en Los Ángeles; tanto que muchas luces se apagaron y los ciudadanos pudieron ver lo que ya en imposible para tres cuartas de los habitantes de Estados Unidos y la mitad de europeos: La Vía Láctea o Camino de Santiago o Camino de Roma… Las organizaciones de emergencia del área de Los Ángeles recibieron cientos de llamadas, ¡cientos!, preguntándose si el aumento repentino del brillo de las estrellas y la aparición de «una nube plateada» (la Vía Láctea) había causado el terremoto. Para ellos aquella cinta blanquecina en el cielo era algo nuevo, extraño y desconocido.

Las estrellas más brillantes tienen magnitudes negativas, Sirio, la estrella más brillante del cielo (excluyendo el Sol), tiene una magnitud de -1,4. Venus que no es una estrella sino un planeta, es todavía más brillante: -4,5. En los cielos ligeramente polucionados por la luz, en aquellos en los que ya no se ve la Vía Láctea, podemos ver unas trescientas estrellas de segunda y tercera magnitud; pero hemos perdido casi siete mil estrellas de cuarta, quinta y sexta magnitud que eran perfectamente visibles antes de la electricidad.

Si alguna vez nos ocurre algún apagón disfrutemos de las estrellas. Parafraseando a Rabindranath Tagore: que las lágrimas por no tener luz no nos impidan disfrutar de las estrellas.

(Así se hubiera visto el apagón desde el espacio. Se trata de una composición artística, no es foto real)

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Diario Vasco

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