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De Historia, mito y leyenda. San Sebastián y el Segundo Imperio francés (A. D. 1864)
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Carlos Rilova | 16-01-2017 | 10:30

Por Carlos Rilova Jericó

Como ya saben quienes leen asiduamente este correo de la Historia la Asociación tiene una deuda pendiente con algunos de ellos. Se trata de la nueva “Historia de Gipuzkoa” para la cual, desde estas mismas páginas, se pidió un mecenazgo que, es necesario decirlo, fue generosamente otorgado.

Estaba yo, pues, esta semana cumpliendo con la parte que me toca de esa deuda, la relativa al revuelto, romántico y, por eso mismo, interesante, siglo XIX guipuzcoano, cuando di con unos hechos que no sé bien cómo calificar (¿retazo?, ¿anécdota?), que no encajaban en el marco de ese capítulo, pero a los que no quería dejar olvidados otros sesenta años, en el mismo sitio en el que yo me los encontré.

Estaban en una revista titulada “San Sebastián”, en el nº 21, publicado en el año 1955, que apareció, como todos sus números, el 20 de enero, que es, justo, aparte del día en el que juran los presidentes de Estados Unidos su cargo (como lo van a comprobar esta misma semana), aquel en el que se celebra el santo de la ciudad.

Bien, pues justo debajo del artículo que José Berruezo dedicaba a la cuestión -tan traída y llevada- de cómo San Sebastián logró ser capital de Gipuzkoa en 1854 (desplazando a Tolosa, que lo era desde 1844) estaba ese otro insólito artículo, firmado por Fausto Arocena, autor de obras de Historia que aún hoy conservan su vigencia.

Lo que contaba parecía sacado de uno de esos “Western” crepusculares de los años setenta del siglo pasado. De hecho, podría haber sido un guión firmado por Sergio Leone o un episodio más del momento culminante de la serie de aventuras del teniente Blueberry. Esa que empieza con “Chihuahua Pearl” y tiene su apoteosis en “La última carta”, pasando por “Balada por un ataúd”, “Fuera de la ley” o “Angel Face”.

Los hechos son los siguientes: en 1864 durante la guerra entre los patriotas mejicanos y el Ejército expedicionario enviado por el emperador francés Napoleón III para imponer en ese país otro emperador -de nombre Maximiliano y cuyo principal objetivo era convertir México en un satélite del ambicioso imperio francés- se hicieron prisioneros. Una parte de ellos -al parecer sumamente peligrosos y recalcitrantes- fueron deportados nada menos que a la propia Francia para evitar que siguieran liderando a los ejércitos patriotas en contra del invasor francés, del emperador Maximiliano y de esa alta burguesía mexicana que, bajo diferentes regímenes y desde la Independencia de España hasta hace poco menos de cien años, desangró el país en guerras civiles como aquella y en otras posteriores en las que (como ya contamos en algún que otro correo de la Historia) empujaron al campo de batalla a enormes masas de desesperados, que para nada necesitaban un emperador lleno de entorchados, ni empresas “científicas” que los trataban de manera bestial.

El caso es que, siempre según el relato de Arocena, en Francia se ofreció a esos soldados patriotas volver a México. Siempre y cuando rindieran pleitesía y acatamiento a los planes de Napoleón III. Como se negaron, acabaron deportados en Francia y de allí, según Arocena, para evitarse el ambiente hostil en el que se encontraban, pasaron a España. No sabe nuestro autor si por Behobia, junto a Irún, o por Dantxarinea, en la cabeza de Navarra.

De allí llegaron hasta San Sebastián y quedaron en un difícil limbo. No podían regresar a México y no tenían recursos para vivir. Así (e insisto: siempre según el relato de Fausto Arocena) su situación llegó a ser tan desesperada que, para poder seguir pagándose el alojamiento y la manutención, se ofrecieron a trabajar como albañiles en las obras de fortificación del Castillo de Urgull.

Así lo hicieron hasta que los patriotas se hicieron con el poder en México y, naturalmente, también se hicieron cargo de ellos. Antes de irse, los deportados dejaron un par de recuerdos -siempre al decir de Fausto Arocena- en aquel San Sebastián de la época de la Guerra de Secesión erizado de chisteras, paletós, crinolinas y otras novedades de París (víctimas mejicanas de la política imperialista de Napoleón III incluidas).

Una fue una marca en el arranque de uno de los arcos de la galería Norte del Castillo de Urgull, en la cumbre del monte, que decía “1864 MÉXICO”. La otra fue la promesa formal a su casera, Micaela Zugasti, de abonar todos los gastos en que habían incurrido y que sus escasos recursos dejaban impagados. Una promesa que, años después, habría sido cumplida, pagándose religiosamente lo debido por las arcas del nuevo estado mejicano salido de la victoria sobre Napoleón III…

Hasta ahí los retazos de lo que podríamos considerar una especie de relato mítico, de leyenda urbana que Fausto Arocena decía haber sacado de una revista y de un libro de la Colección Austral de los que, desgraciadamente, no daba ningún título ni referencia.

La realidad que se puede documentar -a fecha de hoy, a falta de concluir la campaña de investigaciones para este año entrante de 2017- parece ser bastante diferente: en 1864 San Sebastián y otras partes de España y Francia retenían a fuertes contingentes de prisioneros mexicanos. Al parecer eran los defensores de Puebla. Una localidad mexicana que en 1863 había resistido ferozmente al Ejército expedicionario francés que venía a imponer el llamado “Imperio Mexicano”.

Eso es lo que nos cuenta documentación recientemente publicada (en el año 2013) bajo los auspicios de las autoridades de ese estado mexicano (el de Puebla) en un libro titulado “Apuntes para servir a la historia de los defensores de Puebla que fueron deportados a Francia”. En ese volumen se reúnen escritos diversos manejados por un testigo y protagonista de los hechos: el general Epitacio Huerta, encargado, precisamente, de las cuestiones administrativas de ese Ejército patriota y que se movió entre París, Tours, Nueva York, Madrid y San Sebastián para hacerse cargo de estos deportados, sus deudas, su regreso a México…

Para ser más exactos, el general Epitacio Huerta sólo se hizo cargo de aquellos de entre los 532 deportados que se negaron a aceptar la sumisión al imperio francés y fueron dispersados, a su suerte, recalando algunos de ellos en San Sebastián. Ciudad en la que, en efecto, contrajeron fuertes deudas que el general Huerta -recurriendo incluso al general Prim en Madrid- trató de saldar. Por el momento es todo lo que se puede contar de esa interesante aventura de la Historia que ocurrió, por increíble que parezca, no en una pantalla de cine o en las viñetas de un cómic, sino en una ciudad vasca, donde pasaron horas amargas muchos oficiales patriotas mexicanos que se negaron a aceptar los designios de Napoleón III. Algunos de ellos descendientes de vascos, por cierto, con apellidos como Ortíz de Zarate, Echenique, Rentería, Guevara, Letechipia…

Este viernes 20 de enero, cuando se celebren las tamborradas en honor de San Sebastián, será un buen momento para recordar que el Segundo Imperio francés -como el primero- dejó en la capital guipuzcoana algo más que inspiración para los uniformes de algunos de esos tamborreros.

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