Diario Vasco
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Fecha: febrero, 2017
¿Qué clase de tirano era Napoleón?. Los “campos de reeducación” del emperador de los franceses (1812)
Carlos Rilova 27-02-2017 | 12:30 | 3

Por Carlos Rilova Jericó

Sobre Napoleón Bonaparte se han vertido más que ríos, embalses enteros de tinta.  Hasta tal punto que les recomiendo desconfiar de quien diga que es un experto en Napoleón y las guerras napoleónicas. Eso es algo, más que difícil, imposible de conseguir para un ser humano. Por una sencilla razón: desde que el emperador muere en Santa Helena en el año 1821, se han escrito cerca de 200.000 títulos diferentes sobre él, su imperio, sus guerras… Por lo tanto habría que ser prácticamente inmortal, tener la capacidad de sobrevivir sin hacer nada más que leer (ni comer, ni dormir, ni ninguna otra cosa) para leerse todos esos libros y escritos. Aparte de eso, naturalmente, hay todavía toneladas de documentos en muchos archivos que, dos siglos después de que el Corso pusiera fin a sus hazañas, estaban inéditos.

Doy fe personalmente de ello, habiendo contribuido en 2003 y de 2008 a 2015 (gracias al Archivo Municipal de Tolosa, un nudo de comunicaciones clave en el dominio imperial) a aumentar algo ese caudal de tinta sobre Napoleón y su imperio.

Así no debe extrañarnos, incluso si nos consideramos muy expertos en el tema napoleónico (cosa bastante pretenciosa por las razones explicadas), que podamos pasarnos toda una vida encontrando aspectos nuevos de aquel imperio que dio mucho de que hablar… A pesar de haber durado poco más de diez años.

Ese ha sido para mí el caso de lo que podríamos llamar “campos de reeducación” del emperador Bonaparte.

Un tema interesante, porque entre la mucha tinta que se ha vertido sobre el emperador, no ha faltado el debate sobre si Napoleón era un dictador o un propagandista de la revolución francesa y sus ideales de Libertad.

Así, por ejemplo, hay sesudos trabajos como el del profesor Thierry Lentz titulado “Napoleon-Hitler. The impossible comparision” (“Napoleon-Hitler. La comparación imposible”) donde se hace un somero, pero instructivo, estado de la cuestión de varias obras en las que se ha intentado comparar a Napoleón con Hitler. En algunos casos, como señala Lentz, llevando las cosas al extremo de la propaganda antinapoleónica más que al de la Historiografía seria.

Como revela ese artículo, el debate está servido. De hecho, el propio Lentz es una buena muestra de lo rampante que puede ser cualquier debate histórico sobre el emperador, ya que él mismo publicaba ese artículo en Napoleon.org. Una potente web dedicada a recoger el patrimonio histórico tanto del primer como del segundo imperio francés y cuyo tono, en general, es laudatorio hacia Bonaparte y su descendencia. Temas que, como saben quienes han dedicado algo de su tiempo o su carrera profesional a estos temas, se han convertido en algunos casos en verdadero culto al emperador, a su supuesto sobrino Napoleón III y, en general a todo lo que les rodeaba.

No voy a ir más lejos a ese respecto. Los datos ya están dados y cada cual puede sacar sus propias conclusiones leyendo artículos como el de Lentz y muchos otros cada vez más fácilmente disponibles en la red.

Lo único que constataré es que la idea de que Napoleón era un dictador con ribetes totalitarios que lo podrían equiparar -no digo “igualar”- con figuras como Hitler, es bastante popular y no sólo en esas reyertas entre historiadores.

Así por ejemplo, si echamos mano del Cine (una fuente de información fundamental para el imaginario colectivo), no es difícil dar con películas en las que se deja a Napoleón como un auténtico tirano. En “Master and commander” de Peter Weir, por ejemplo, el doctor Maturin (hombre de ideas revolucionarias y jacobinas, como saben los lectores de la serie de novelas que inspiró esa película) señala a su amigo, el capitán Jack Aubrey, que la disciplina, el orden, es la excusa de todos los tiranos para imponerse. Incluido el mismo Bonaparte…

En otras películas anteriores la comparación era aún más sangrante. Así en “The Living Daylights”, una película de la serie James Bond estrenada en 1987 y titulada en España “Alta tensión”, se puede ver a uno de los villanos característicos de estas películas mostrando a un aliado de Bond su colección de cachivaches de Historia militar entre los que hay una bizarra (en el sentido que dan los franceses a esa palabra) colección de figuras de cera a tamaño real. En ella Napoleón está junto a Genghis Khan y… el mismísimo Adolf Hitler. La categoría en la que se les considera a todos ellos por parte de los “buenos” de la película no deja lugar a dudas: se dice claramente que todos eran unos carniceros, unos genocidas…

Pero, dejando de lado toda esta discusión y esta mala prensa contra Napoleón, vayamos a los hechos, reconocidos incluso por fervientes admiradores del universo napoleónico.

Resulta que Napoleón tenía una peculiar costumbre que equipara a su imperio al Totalitarismo. Tanto nazi como, especialmente, soviético.

En efecto. Está fehacientemente demostrado que el emperador utilizaba, al estilo de los reyes absolutistas, ciertas “Casas de Salud”. Pequeños hospitales psiquiátricos en los que recluyó a varios opositores a su régimen.

Como decía, esto está admitido incluso por entusiastas del universo napoleónico como Liliane y Fred Funcken, que aun en fechas tan poco revisionistas como los años 50 del siglo pasado y en revistas tan poco revolucionarias como “Tintín”, publicaron la historieta titulada “El hombre que estuvo a punto de derrocar al imperio. La conspiración del general Malet”.

Los hechos que describe esta enésima historieta de los Funcken (y que hoy pueden leer en el volumen titulado “Napoleón”, de editorial Ponent Mon, que las recopila) son rigurosamente ciertos. Narran cómo en octubre de 1812, al saberse de la derrota napoleónica en Rusia, se organizó un complot contra Napoleón. El principal líder fue un general francés, Claude-François de Malet, recluido en la “Casa de Salud” del doctor Dubuisson. Su único desarreglo mental era un tanto subjetivo: como la mayor parte de los inquilinos de esa casa era de ideas republicanas o bien, sencillamente, antibonapartistas…

La cosa acabó mal. Los conspiradores no lograron hacerse con el control de la situación militar en París y Malet y sus cómplices fueron sometidos a Consejo de Guerra. Cuando el juez pidió nombres de más cómplices a Malet, éste respondió que lo habrían sido el propio juez y toda Francia de haber tenido éxito en el envite… Ni que decir tiene que Napoleón consideró que tener a Malet en un cotolengo, como dicen los catalanes, no era bastante y era preciso pasarlo por las armas. Cosa que se hizo, con rigurosa precisión, el 30 de octubre de 1812.

El sistema de internar en residencias psiquiátricas a los disidentes, que la Unión Soviética aplicaría con verdadera ferocidad, incluso tras la muerte de Stalin, parece ser que desapareció en Francia sólo tras la extinción del régimen napoleónico. Así lo señala un documentado artículo del doctor en Medicina Erwin H. Ackerknecht (profesor de la Universidad de Zurich) titulado “Political prisoners in french mental institutions before 1789, during the revolution, and under Napoleon I” (“Prisioneros políticos en instituciones mentales francesas antes de 1789, durante la revolución, y bajo Napoleón I”) fácilmente recuperable a través de su versión digital en PDF.

A partir de aquí, de estos hechos históricos, tienen ustedes toda una semana para sacar en conclusión a qué grado de totalitarismo llegó el imperio napoleónico. Buena suerte y feliz discusión.

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Aprendiendo Historia gracias al Cine ¿o a pesar de él…?. “El viento y el león” de John Milius (1975)
Carlos Rilova 20-02-2017 | 12:30 | 0

Por Carlos Rilova Jericó

Por alguna extraña inercia esta semana he decidido seguir hablando de la no siempre buena relación entre Historia y Cine.

Si la semana pasada, conmemorando el centenario de la detención de Mata Hari, hablaba de cómo la había mitificado la película de ese mismo título (“Mata Hari”), estrenada en 1931, esta semana me gustaría hablar de “El viento y el león”. Una película que ya he citado en ocasiones anteriores en este correo de la Historia, pero sólo de pasada, sin entrar a fondo en su contenido.

Fue estrenada en el año 1975 y dirigida por un director, John Milius, que, eso no se le puede negar, conocía muy bien su oficio. Es decir, el de rodar películas que hacían ir a la gente a las salas de Cine.

Eso, sin embargo, no significa que sus películas no fueran un abuso de confianza, por muy bien que estuvieran rodadas, por mucho que fueran un espectáculo visual de gran calidad.

Ese es el caso de “El viento y el león”. Es un abuso de confianza con respecto al público y es un espectáculo visual de gran calidad.

La ambientación de los exteriores, los trajes de época, el rodaje de la acción… todo está hecho con mucha maestría. Una que hoy, por desgracia, demasiadas veces, se deja en manos de unos efectos especiales que, a base de persecuciones increíbles, explosiones apabullantes y tiroteos más inverosímiles que el colt-ametralladora de las películas “de vaqueros” de John Wayne (sí, ese al que nunca se le acababan las balas, a pesar de que el tambor de un revólver sólo podía llevar seis), intentan ocultar guiones muy poco convincentes y una acción que sería capaz de aburrir a rebaños enteros de ganado ovino.

Pero esa maestría como cineasta de Milius no quita para que “El viento y el león” no deba ser tomada con toda la precaución posible. Al menos si queremos aprender algo de Historia gracias a ella.

Para empezar, Milius se toma grandes libertades con la Historia desde el principio. Es cierto que en el Marruecos de principios del siglo XX, en 1904, el jeque Raisuli (interpretado magníficamente por Sean Connery en “El viento y el león”) secuestró a ciudadanos americanos de apellido Perdicaris. Lo que pasa es que el secuestrado en cuestión era Ion Perdicaris. Un inmigrante griego vaga e imprecisamente nacionalizado estadounidense, al que aquello del “sueño americano” le fue bastante bien. Tanto como para viajar por países “exóticos” y, gracias a su bien nutrida cartera, atraer la atención de personajes a medio camino entre el héroe y el bandolero. Como parecía ser el caso del jeque Raisuli.

Milius y sus productores, desde luego, pensaron que la historia que se iba a contar en “El viento y el león”, funcionaría mejor si, en lugar de que un tipo barbudo -El Raisuli- secuestrase a otro tipo barbudo -Ion Perdicaris-, la secuestrada era una rubia y atractiva Candice Bergen interpretando a una apócrifa Eden Perdicaris, pues, en realidad, la mujer de Perdicaris se llamaba Ellen y, aunque se vio algo baqueteada por el secuestro, fue dejada atrás por El Raisuli.

Pero no es esa la única libertad que Milius se tomó con la Historia real en “El viento y el león”. Lo peor es el modo en el que interpreta los hechos que ocurrieron a principios del siglo XX en torno a un imperio marroquí que se iba a convertir, pronto, en un Protectorado tutelado por potencias europeas.

Según Milius, los alemanes enviaron tropas a luchar a Marruecos para capturar a El Raisuli. Tropas que a su vez se cosen a tiros con la Infantería de Marina estadounidense enviada por el presidente Teddy Roosevelt a resolver el ya famoso asunto. Las cosas tenían que ser así, porque de otro modo la película -huérfana de esos momentos de acción- podría haber sido un fracaso comercial.

Eso no significa, por supuesto, que las cosas fueran así. Ion Perdicaris fue liberado de un modo mucho menos contundente y los tiroteos entre soldados americanos y alemanes nunca tuvieron lugar en el marco incomparable de una pequeña “kasbah” marroquí. Como ocurre en “El viento y el león”.

Peor aún es el punto y final que Milius da a su película. Con un triunfal Teddy Roosevelt diciendo a sus colaboradores más cercanos que al día siguiente, con la señora Perdicaris liberada, se iba a poner a dictar condiciones sobre lo que iba a pasar en Marruecos a partir de esos momentos. Nada más lejos de la realidad…

Lo que pasó con Marruecos en esos momentos, y en los meses y años siguientes hasta 1905, no tuvo nada que ver con lo que Teddy Roosevelt dijera o dejase de decir.

La película, de hecho, es incapaz de mostrar los hechos históricos reales. Probablemente porque, para el espectador norteamericano medio, hubieran sido, como mínimo, extraños, inasumibles.

Sí, muy probablemente ese público no habría podido aceptar que, el futuro de ese estado fallido que es Marruecos en 1904, estaba no en manos de Estados Unidos sino en las de tres potencias europeas que podemos nombrar por orden de importancia en el asunto: Gran Bretaña, Francia y… España.

Pues sí, por difícil de creer que parezca, Teddy Roosevelt, por mucho que hubiera contribuido a la derrota española en 1898, no había conseguido -ni él, ni el magnate de los periódicos Hearst, ni Henry Ford, ni Edison, ni los Morgan…- que Estados Unidos se convirtiera en una potencia mundial que pudiera dictar nada.

De hecho, la victoria sobre España en 1898 lo único que había conseguido es que Estados Unidos empezase a dar miedo a las potencias europeas. Las mismas que, desde el momento en el que se cerraron los acuerdos de París que ponían fin al conflicto entre España y Estados Unidos, empezaron a buscar la manera de que esa última potencia -Estados Unidos- no les hiciera a ellas lo mismo que acababa de hacer con España.

Para ello los británicos negociaron hasta la extenuación con Fermín Lasala y Collado. Un hábil diplomático donostiarra enviado expresamente en 1900 a la, hoy, tan maltrecha embajada española de Londres para tratar de sacar adelante acuerdos favorables para la vapuleada España.

Durante los cuatro años que el que estas líneas escribe dedicó a reconstruir todo esto para sacarse un doctorado en Historia, descubrió, en efecto, que lo que cuenta “El viento y el león” a ese respecto se aleja bastante de la realidad que se puede encontrar en archivos británicos y franceses o bibliotecas como la British Library. Allí, por el contrario, se ven minutas urgentes en las que los estados mayores británico y francés temen ver a Estados Unidos tomando las islas francesas del Caribe o invadiendo, por enésima vez, Canadá. En esos papeles también se habla de congraciarse con España, que podría ser un elemento a contar como aliado en esas futuras guerras con Estados Unidos…

De ahí salió el Protectorado español sobre Marruecos y el afianzamiento de un imperio español en África que, de hecho, se mantuvo hasta finales del siglo XX en algunos casos.

Eso, y el Protectorado francés sobre ese imperio marroquí desmantelado que tan bien se describe en “El viento y el león”, fue algo que la incontenible fanfarronería de Teddy Roosevelt tuvo que digerir con la boca callada. Por una vez y sin que sirviera de precedente. Teniendo que esperar muchos años a que un cineasta norteamericano contase la Historia no como fue, sino como a él le hubiera gustado que fuera…

Lo más paradójico de todo esto fue que la película, además, se rodó en España -tanto escenas que se supone suceden en Marruecos como las que se supone suceden en el Medio Oeste norteamericano- y los supuestos marines americanos de la batalla final de “El viento y el león” eran, en realidad… soldados españoles haciendo de extras.

Ya hemos comentado, en ocasiones anteriores, que la Historia da muchas vueltas ¿verdad?…

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El día fatal de Mata Hari: 13 de febrero de 1917
Carlos Rilova 13-02-2017 | 12:31 | 0

Por Carlos Rilova Jericó

Este lunes era imposible elegir otro tema. Llevo, desde 2014, siguiendo los pasos a la que hoy llamamos Primera Guerra Mundial y eso ha marcado, en muchas ocasiones, el paso al que debía marchar este correo de la Historia.

Así las cosas, hoy casi tengo la obligación de hablar del fin de Mata Hari la (supuestamente) más famosa espía alemana de esa “Gran Guerra”.

Y tengo que hablar porque hoy, 13 de febrero de 2017, se cumplen exactamente cien años del momento en el que la agente H 21 -más conocida como Mata Hari- fue detenida en el número 103 de la céntrica Avenida de los Campos Elíseos de París. Donde en ese momento estaba el Hotel Palace, en el que la bailarina y aventurera se alojaba por aquel entonces al razonable precio de 30 francos al día.

Este hecho histórico que hoy cumple cien años, y ha movido metros de película y de papel de imprimir, en realidad estuvo a punto de no ocurrir.

Como nos cuenta uno de los biógrafos de Mata Hari mejor informados -el periodista Russell Warren Howe- el agente francés encargado de vigilar a Mata Hari, el capitán Ladoux, estaba metido en un buen problema en las fechas previas a aquel martes 13 de febrero de 1917.

¿Cuál era la naturaleza de esa situación problemática para el no muy brillante, pero esforzado, capitán Ladoux?. Pues sencillamente la de muchos de los agentes de los servicios secretos de la época que, tal y como los describe R. W. Howe, eran verdaderamente chapuceros. Como de opereta o salidos de las películas cómicas de cine mudo que triunfaban en aquel entonces.

Durante bastantes semanas -como mínimo entre diciembre de 1916 y mediados de enero de 1917- Ladoux había movilizado a varios agentes para que siguieran los pasos a Mata Hari, sospechando que era una agente doble. Algo que el propio capitán Ladoux tenía mucho interés en comprobar, puesto que era él quien había aceptado el ofrecimiento de Mata Hari de servir a Francia y a los aliados en calidad de espía.

De ese seguimiento, Ladoux no había sacado gran cosa. Salvo gastos considerables que sus superiores no veían precisamente con calma. Menos aún en una Francia donde la esperada victoria no llegaba y lo único que afluía hacia esa atribulada potencia eran centenares de ataúdes y hombres con diversos grados de espantosa mutilación. Provocada por la guerra tecnológica -de alto poder destructivo- que se estaba librando desde 1914.

Ladoux, que, así las cosas, no estaba en una situación precisamente fácil de explicar, se veía, en efecto, presionado por sus superiores para que encontrase -y pronto- alguna red de espías alemanes. A ser posible en París.

A decir verdad, como nos cuenta Russell Warren Howe, el capitán Ladoux no tenía muchos triunfos en la mano en esos momentos. Así que decidió apañar la menos mala de sus bazas. A saber: un mensaje cifrado alemán, captado por las radioescuchas instaladas en la torre Eiffel, en el que los alemanes revelaban los movimientos de su agente H 21.

No era gran cosa. Y Ladoux lo sabía. Más que nada porque esa información venía cifrada en una clave que los criptólogos franceses habían roto tiempo atrás. Un hecho -el de que esa clave estaba “muerta”- que los alemanes conocían perfectamente, revelando de ese modo que, en realidad, estaban tendiendo un señuelo. Una cortina de humo para despistar a los agentes franceses y desviarlos así de sus verdaderas redes de espionaje.

Como decía -y como vemos- lo que tenía Ladoux era bien poca cosa. Pero tenía que servir. Y sirvió. Con esas endebles pruebas, convirtió a Mata Hari en un perfecto chivo expiatorio de todo lo que se podía achacar a las verdaderas redes de espionaje alemanas que actuaban en Francia y, de hecho, en toda Europa.

Los superiores de Ladoux tampoco parecieron tener mayor inconveniente en que aquella exótica bailarina -de vida airada y aventurera- se convirtiera en la diana donde los franceses podrían desahogar su rabia y su frustración por la marcha de la guerra.

Todo ello según el patentado principio de que no hay nada mejor que echar la culpa a otro -u otra- de los propios errores, para de ese modo evadir cualquier responsabilidad.

Fue así como empezó el principio del fin de Mata Hari. Una penosa historia que se extendería durante casi todo el año 1917, que fue el tiempo que tardaron en juzgarla ante un tribunal militar para decidir, finalmente, en octubre de ese año, fusilarla en los fosos del castillo de Vincennes. Curiosamente la sede actual de uno de los principales archivos militares franceses de los que, a partir de hoy, todo el dossier Mata Hari debería salir desclasificado y ser puesto a disposición del público. Al haberse cumplido cien años de aquellos hechos.

¿Nos contarán esos venerables papeles algo que no sepamos ya gracias a biografías como la de Russell Warren Howe?. ¿Se confirmarán o se derrumbarán definitivamente leyendas como la que corría en San Sebastián hace cien años (y menos) acerca de que Mata Hari, en realidad, había sido vendida y traicionada por el escritor Enrique Gómez Carrillo en el Puente Internacional de Irún?.

El tiempo lo dirá. De momento, hoy, a cien años justos de la detención de la supuestamente famosa espía, lo único que está claro es que la leyenda forjada sobre ella -en gran parte gracias a la película protagonizada por Greta Garbo- es sólo eso: leyenda.

Hoy 13 de febrero de 2017, la Historia sólo puede decir que Mata Hari fue una víctima de las circunstancias. Arrastrada por una vida aventurera hasta una trampa que sólo podía cerrarse sobre ella porque un funcionario francés -a su vez- no podía permitir ser él la víctima propiciatoria de una borrascosa situación que requería víctimas, nombres, explicaciones que -mejores o peores- había que sacar de algún lado. Aunque fuera de un informe caducado de los servicios secretos alemanes que, por otra parte, era una clara trampa para los servicios secretos franceses…

Así de absurdamente se escribe, a veces, la Historia.

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¿Bienvenido Mr. Trump? o, cómo aprender algo útil de la Historia gracias a la República de Weimar (1933-2017)
Carlos Rilova 06-02-2017 | 2:18 | 13


Por Carlos Rilova Jericó

Desde la toma de posesión de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos, me está resultando una verdadera pesadez ver programas de esos llamados “informativos” o leer periódicos.

Y es que el nivel de maniqueísmo simplón al que están llegando esos medios al ¿analizar? este tema es bastante difícil de sobrellevar. Básicamente todo parece reducirse a un pensamiento digno de un niño de 8 años: si Trump se va, todos nuestros problemas se resolverán.

A eso yo respondería que ojalá. Pero eso sería tanto como desear que las ecuaciones matemáticas se resolvieran a gusto del que las está resolviendo y no según una pauta uniforme e invariable. O, por decirlo de otro modo, creer que la desaparición de Trump acabaría con todos nuestros problemas es una forma de pensamiento mágico, en el peor de los casos. En el mejor equivaldría, en ciencia médica, a creer que el problema es la fiebre y no la enfermedad que causa ese síntoma.

Lo cierto es que, a fecha de hoy, estamos en una situación que no se había vivido en el Mundo desde el año 1933, cuando la República de Weimar colapsó y la principal potencia económica de Europa, Alemania, se arrojó en brazos de Adolf Hitler.

En efecto, la mayoría de las opiniones sobre Donald Trump están teñidas del mismo simplismo, cobarde unas veces, simplemente mezquino otras, que predominaba en la clase política y la intelectualidad alemana de esa época.

Vamos a echar un vistazo a algo de lo que hay publicado sobre Weimar en español y podrán comprobar, en persona, que el “problema Trump”, por así llamarlo, es mucho más complejo de lo que parece a vista de telediario y su solución, por supuesto, implica medidas también complejas y que no pasan, precisamente, por borrar del mapa (no sé exactamente con qué medios: manifestaciones furibundas de gente que, al parecer, se olvidó de ir a votar, “impeachments”…) al actual presidente de los Estados Unidos.

Empecemos con la obra del economista César Roa Llamazares, “La República de Weimar. Manual para destruir una democracia”. En las páginas 106 y 107 de ese libro se nos dice que una parte de la clase política que, se suponía, debía mantener la República, pensaba, por el contrario, que ésta debía ser mermada, reducida, limitada, pues estaba destruyendo la que ellos consideraban la verdadera Alemania. Peor aún, había adoptado medidas económicas que favorecían en exceso a las clases trabajadoras (seguro de desempleo, negociación colectiva…), a las que, dada la coyuntura internacional, según esa clase política, había que disciplinar con medidas de austeridad económica… Seguro que esta música un tanto siniestra les suena, ¿verdad?.

Decisiones así, y el levantamiento del interdicto contra las milicias nazis (algo finalmente inevitable en la lógica de políticos de esa talla), no tardaron en colapsar ese régimen porque sencillamente una gran mayoría de desesperados (a causa de la política económica de austeridad) ya no tenían suficiente margen de maniobra intelectual para aferrarse a otra opción política que aquella que les prometiese soluciones simples e inmediatas. Exactamente como las que prodigaba, porra en mano y de manera expeditiva, el Partido Nazi.

El director del periódico liberal republicano “Ahora”, Manuel Chaves Nogales, fue uno de los españoles que visitó Alemania en la época. Tal  como lo refleja el libro de Félix Santos que recoge esos testimonios (“Españoles en la Alemania nazi”). Chaves Nogales tenía claro en 1933, en el mes de marzo en el que las elecciones auparían a Hitler al poder absoluto, que gran parte de ese apoyo provenía de unas masas obreras que acataban sus órdenes casi con delectación. Indiferentes a la detención de unos líderes obreros que nada tenían que ofrecerles. La presencia de 300.000 obreros aclamando a Hitler en la fiesta del 1º de mayo de 1933 (de lo que fue testigo Chaves Nogales) dejaban claro hasta qué punto se había camelado a quienes deberían haberse opuesto frontalmente a aquel movimiento político en realidad al servicio de quienes, como el canciller Von Papen (finalmente asimilado también por los nazis), abogaron durante la República por más austeridad económica, menos subsidios, menos garantías económicas…  Seguramente la música y la letra de esa canción les sonarán, otra vez, mucho, ¿verdad?.

Si de los testimonios de periodistas españoles de la época pasamos a otros manuales de Historia, descubriremos más cosas sobre cómo la nación más culta de Europa, la más avanzada, la más… etc…, se dejó llevar al redil del movimiento nazi.

Consultemos, pues, “La República de Weimar. Una democracia inacabada”, de Horst Möller, profesor universitario en Munich y especialista en las relaciones históricas franco-alemanas.

Nos dice el profesor Möller que la República de Weimar colapsó, tras unos cuantos años buenos, entre 1919 y 1933, por muchas razones de orden político, intelectual y también económico pero, entre esos factores, se hundió porque, como nos refleja certeramente en la página 341 de su obra, se creó una situación que permitió a los nazis poner a sus órdenes a una “generación con escasas oportunidades laborales, socialmente desarraigada y con un fuerte sentimiento de engaño respecto a sus posibilidades de futuro”… Seguro que esa letra y esa música también les suenan mucho Y no precisamente de haberlo oído en 1933, sino hace pocos días.

Por no alargar demasiado la lista de lecturas, vamos a fijarnos finalmente en las páginas 383 a 386 del libro del profesor de la Universidad de Minessota Eric D. Weitz titulado “La Alemania de Weimar. Presagio y tragedia”. En esas páginas, especialmente en la 386, el profesor Weitz describe a la élite alemana de la época (desde arzobispos católicos y clero protestante, hasta profesores universitarios pasando por generales y terratenientes prusianos) como claramente escorada a la Derecha, deseosa por un lado de gozar las mieles de los avances tecnológicos que iba ofreciendo aquella acelerada época posterior a la Gran Guerra, pero incapaz de aceptar la nivelación social que traía aparejada esa modernización económica.

La solución a esa contradicción que ansiaba algo, en efecto, tan contradictorio como una  “revolución conservadora”, acabó cayendo -por su propio peso- en manos de los nazis, que recogieron el mensaje de esas élites contra la República de Weimar y lo volvieron finalmente en su contra. Liquidando a la República, pero erigiendo al mismo tiempo un estado proteccionista, que ofrecía soluciones a todos los desamparados que, ante la debacle económica alentada o permitida por Weimar, habían buscado refugio en movimientos como el nazi, que compraban su desencanto y desesperación material y, a cambio de obedecer ciegamente sus órdenes (supusieran éstas el grado de inhumana crueldad que supusieran), les daban lo que la República no había sabido o querido darles. Es decir: seguridades materiales, horizontes…

La llamada “Globalización” ha cometido -a mayor y peor escala- esos mismos errores que devastaron a la República de Weimar. Ha creado una multitud de desheredados, de inadaptados sociales que sólo esperan, en su desesperanza, que alguien les resuelva el problema por decreto. El corolario de esto es que la democracia no está ahora en peligro en una potencia europea como lo estuvo en Alemania en 1933, sino en una superpotencia mundial como Estados Unidos y en la Confederación europea. Cuya clase conservadora no comprende cómo A + B esta dando como resultado esa “C” que representan políticos antipolíticos como Trump, Farage, Orbán o Marine Le Pen que, como en la Alemania de Weimar, llegan aupados por miles de descontentos que no han sacado nada bueno de esa Globalización. Salvo proletarización y pérdidas materiales que, acertadamente o no, sospechan han ido a parar a manos de privilegiados políticos como los Clinton, los Fillon y un largo etc… que ustedes pueden rellenar a placer con el nombre que les parezca.

Por eso es inútil clamar contra Trump, el problema no es él, sino la situación que lo ha creado.

Se ha jugado con fuego económico durante cerca de treinta y cinco años, desde 1973, cuando la ambición insaciable y el temor a un exceso de democratización -que anidaba por igual entre viejos conservadores y jóvenes leones neocapitalistas- hizo saltar por los aires todas las válvulas de seguridad implementadas en 1945 para evitar que catástrofes como la de Weimar se repitieran. El resultado está bien a la vista hoy: tenemos en la Casa Blanca a alguien que ha llegado allí prometiendo resolver los problemas de todos los perdedores (que son más de los que, por ejemplo, Starbucks podría contratar por un sueldo mísero y un contrato precario) a cambio de no importa ya qué. Justo como en la Alemania de Weimar.

¿Es posible que sabiendo todo esto, que teniendo libros como los de Möller o Weitz al alcance de la mano en nuestras bibliotecas, estemos dirigidos por gente tan avariciosa, tan estúpida (o ambas cosas a la vez) como para permitir que el Mundo haya vuelto a las puertas del infierno que se desató en 1933?.

Ustedes dirán…

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