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¿Bienvenido Mr. Trump? o, cómo aprender algo útil de la Historia gracias a la República de Weimar (1933-2017)
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Carlos Rilova | 06-02-2017 | 12:24


Por Carlos Rilova Jericó

Desde la toma de posesión de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos, me está resultando una verdadera pesadez ver programas de esos llamados “informativos” o leer periódicos.

Y es que el nivel de maniqueísmo simplón al que están llegando esos medios al ¿analizar? este tema es bastante difícil de sobrellevar. Básicamente todo parece reducirse a un pensamiento digno de un niño de 8 años: si Trump se va, todos nuestros problemas se resolverán.

A eso yo respondería que ojalá. Pero eso sería tanto como desear que las ecuaciones matemáticas se resolvieran a gusto del que las está resolviendo y no según una pauta uniforme e invariable. O, por decirlo de otro modo, creer que la desaparición de Trump acabaría con todos nuestros problemas es una forma de pensamiento mágico, en el peor de los casos. En el mejor equivaldría, en ciencia médica, a creer que el problema es la fiebre y no la enfermedad que causa ese síntoma.

Lo cierto es que, a fecha de hoy, estamos en una situación que no se había vivido en el Mundo desde el año 1933, cuando la República de Weimar colapsó y la principal potencia económica de Europa, Alemania, se arrojó en brazos de Adolf Hitler.

En efecto, la mayoría de las opiniones sobre Donald Trump están teñidas del mismo simplismo, cobarde unas veces, simplemente mezquino otras, que predominaba en la clase política y la intelectualidad alemana de esa época.

Vamos a echar un vistazo a algo de lo que hay publicado sobre Weimar en español y podrán comprobar, en persona, que el “problema Trump”, por así llamarlo, es mucho más complejo de lo que parece a vista de telediario y su solución, por supuesto, implica medidas también complejas y que no pasan, precisamente, por borrar del mapa (no sé exactamente con qué medios: manifestaciones furibundas de gente que, al parecer, se olvidó de ir a votar, “impeachments”…) al actual presidente de los Estados Unidos.

Empecemos con la obra del economista César Roa Llamazares, “La República de Weimar. Manual para destruir una democracia”. En las páginas 106 y 107 de ese libro se nos dice que una parte de la clase política que, se suponía, debía mantener la República, pensaba, por el contrario, que ésta debía ser mermada, reducida, limitada, pues estaba destruyendo la que ellos consideraban la verdadera Alemania. Peor aún, había adoptado medidas económicas que favorecían en exceso a las clases trabajadoras (seguro de desempleo, negociación colectiva…), a las que, dada la coyuntura internacional, según esa clase política, había que disciplinar con medidas de austeridad económica… Seguro que esta música un tanto siniestra les suena, ¿verdad?.

Decisiones así, y el levantamiento del interdicto contra las milicias nazis (algo finalmente inevitable en la lógica de políticos de esa talla), no tardaron en colapsar ese régimen porque sencillamente una gran mayoría de desesperados (a causa de la política económica de austeridad) ya no tenían suficiente margen de maniobra intelectual para aferrarse a otra opción política que aquella que les prometiese soluciones simples e inmediatas. Exactamente como las que prodigaba, porra en mano y de manera expeditiva, el Partido Nazi.

El director del periódico liberal republicano “Ahora”, Manuel Chaves Nogales, fue uno de los españoles que visitó Alemania en la época. Tal  como lo refleja el libro de Félix Santos que recoge esos testimonios (“Españoles en la Alemania nazi”). Chaves Nogales tenía claro en 1933, en el mes de marzo en el que las elecciones auparían a Hitler al poder absoluto, que gran parte de ese apoyo provenía de unas masas obreras que acataban sus órdenes casi con delectación. Indiferentes a la detención de unos líderes obreros que nada tenían que ofrecerles. La presencia de 300.000 obreros aclamando a Hitler en la fiesta del 1º de mayo de 1933 (de lo que fue testigo Chaves Nogales) dejaban claro hasta qué punto se había camelado a quienes deberían haberse opuesto frontalmente a aquel movimiento político en realidad al servicio de quienes, como el canciller Von Papen (finalmente asimilado también por los nazis), abogaron durante la República por más austeridad económica, menos subsidios, menos garantías económicas…  Seguramente la música y la letra de esa canción les sonarán, otra vez, mucho, ¿verdad?.

Si de los testimonios de periodistas españoles de la época pasamos a otros manuales de Historia, descubriremos más cosas sobre cómo la nación más culta de Europa, la más avanzada, la más… etc…, se dejó llevar al redil del movimiento nazi.

Consultemos, pues, “La República de Weimar. Una democracia inacabada”, de Horst Möller, profesor universitario en Munich y especialista en las relaciones históricas franco-alemanas.

Nos dice el profesor Möller que la República de Weimar colapsó, tras unos cuantos años buenos, entre 1919 y 1933, por muchas razones de orden político, intelectual y también económico pero, entre esos factores, se hundió porque, como nos refleja certeramente en la página 341 de su obra, se creó una situación que permitió a los nazis poner a sus órdenes a una “generación con escasas oportunidades laborales, socialmente desarraigada y con un fuerte sentimiento de engaño respecto a sus posibilidades de futuro”… Seguro que esa letra y esa música también les suenan mucho Y no precisamente de haberlo oído en 1933, sino hace pocos días.

Por no alargar demasiado la lista de lecturas, vamos a fijarnos finalmente en las páginas 383 a 386 del libro del profesor de la Universidad de Minessota Eric D. Weitz titulado “La Alemania de Weimar. Presagio y tragedia”. En esas páginas, especialmente en la 386, el profesor Weitz describe a la élite alemana de la época (desde arzobispos católicos y clero protestante, hasta profesores universitarios pasando por generales y terratenientes prusianos) como claramente escorada a la Derecha, deseosa por un lado de gozar las mieles de los avances tecnológicos que iba ofreciendo aquella acelerada época posterior a la Gran Guerra, pero incapaz de aceptar la nivelación social que traía aparejada esa modernización económica.

La solución a esa contradicción que ansiaba algo, en efecto, tan contradictorio como una  “revolución conservadora”, acabó cayendo -por su propio peso- en manos de los nazis, que recogieron el mensaje de esas élites contra la República de Weimar y lo volvieron finalmente en su contra. Liquidando a la República, pero erigiendo al mismo tiempo un estado proteccionista, que ofrecía soluciones a todos los desamparados que, ante la debacle económica alentada o permitida por Weimar, habían buscado refugio en movimientos como el nazi, que compraban su desencanto y desesperación material y, a cambio de obedecer ciegamente sus órdenes (supusieran éstas el grado de inhumana crueldad que supusieran), les daban lo que la República no había sabido o querido darles. Es decir: seguridades materiales, horizontes…

La llamada “Globalización” ha cometido -a mayor y peor escala- esos mismos errores que devastaron a la República de Weimar. Ha creado una multitud de desheredados, de inadaptados sociales que sólo esperan, en su desesperanza, que alguien les resuelva el problema por decreto. El corolario de esto es que la democracia no está ahora en peligro en una potencia europea como lo estuvo en Alemania en 1933, sino en una superpotencia mundial como Estados Unidos y en la Confederación europea. Cuya clase conservadora no comprende cómo A + B esta dando como resultado esa “C” que representan políticos antipolíticos como Trump, Farage, Orbán o Marine Le Pen que, como en la Alemania de Weimar, llegan aupados por miles de descontentos que no han sacado nada bueno de esa Globalización. Salvo proletarización y pérdidas materiales que, acertadamente o no, sospechan han ido a parar a manos de privilegiados políticos como los Clinton, los Fillon y un largo etc… que ustedes pueden rellenar a placer con el nombre que les parezca.

Por eso es inútil clamar contra Trump, el problema no es él, sino la situación que lo ha creado.

Se ha jugado con fuego económico durante cerca de treinta y cinco años, desde 1973, cuando la ambición insaciable y el temor a un exceso de democratización -que anidaba por igual entre viejos conservadores y jóvenes leones neocapitalistas- hizo saltar por los aires todas las válvulas de seguridad implementadas en 1945 para evitar que catástrofes como la de Weimar se repitieran. El resultado está bien a la vista hoy: tenemos en la Casa Blanca a alguien que ha llegado allí prometiendo resolver los problemas de todos los perdedores (que son más de los que, por ejemplo, Starbucks podría contratar por un sueldo mísero y un contrato precario) a cambio de no importa ya qué. Justo como en la Alemania de Weimar.

¿Es posible que sabiendo todo esto, que teniendo libros como los de Möller o Weitz al alcance de la mano en nuestras bibliotecas, estemos dirigidos por gente tan avariciosa, tan estúpida (o ambas cosas a la vez) como para permitir que el Mundo haya vuelto a las puertas del infierno que se desató en 1933?.

Ustedes dirán…

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