Diario Vasco
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Fecha: marzo, 2017
¿Qué hubiera pasado (o pasaría) si no hubiera habido Unión Europea?. Algunas reflexiones a 60 años vista (1957-2017)
Carlos Rilova 27-03-2017 | 11:43 | 3

Por Carlos Rilova Jericó

Esta semana no ha sido fácil dar con un tema sobre el que escribir. Más que por otra cosa, porque la principal efeméride histórica de esta semana tiene que ver con el aniversario de la creación de lo que luego sería la actual Unión Europea. Y es difícil dar con un tema histórico más aburrido, la verdad. Basta con compararlo con la otra alternativa que podría haber titulado “¿Dónde vas Alfonso XII?. A la guerra del Norte, a la Guerra del Norte… (1875-2017)”, pues este viernes pasado se cumplían años, también, del momento en el que el tatarabuelo del actual rey de España, el mencionado Alfonso XII, asumía plenos poderes y se ponía al frente de su Ejército para sofocar, definitivamente, la rebelión carlista que había arraigado en el Norte del país. Donde, por ejemplo en territorio guipuzcoano, se vivía en esos momentos de marzo del año 1875 una situación desesperada. Quedando sólo unas pocas plazas en manos de tropas regulares y voluntarios liberales locales que trataban de impedir que una capital como San Sebastián (con todos sus recursos estratégicos, financieros…) cayese en manos de los carlistas, para dar así un giro a la guerra.

Pues sí, es obvio que ese otro tema, el de la épica Guerra del Norte en 1875, podría haber sido mucho más entretenido que hablar sobre la fundación de la Unión Europea. Ese tedioso, burocrático y controvertido conglomerado de estados-nación.

Sin embargo, finalmente me he decidido por ese tema por dos razones. La primera es porque, pese a todos sus defectos, la Unión Europea es algo demasiado importante, históricamente hablando, como para dejar pasar por alto el 60 aniversario de su fundación. La otra buena razón por la que he sacrificado a eso un par de páginas dedicadas a describir una serie de batallas que -en manos de Hollywood- nos dejarían con la boca abierta, es que, casualmente, topé esta semana pasada con un viejo conocido. Se trata de la “Historia de España virtual (1870-2004)” dirigida por el profesor Nigel Townson. En ese libro se estudia lo que se ha llamado “Historia contrafáctica”. Es decir, una Historia que especula con qué hubiera pasado, qué curso habrán seguido los acontecimientos históricos, de no haber ocurrido tal o cual cosa. En el caso de ese libro, por ejemplo, si el general Prim (del que hablábamos por aquí hace unas semanas) no hubiera muerto en atentado en 1870 o si España hubiera entrado en la Segunda Guerra Mundial… y así sucesivamente.

Esa manera de abordar las cosas, muy cerca de la ucronía (que es lo mismo que un análisis contrafáctico pero con mucha Literatura, como ya demostré en estas páginas en el año 2014), hace que hasta el tema más aburrido (como puede serlo la Unión Europea) resulte pasablemente entretenido.

En efecto, no voy a abundar en cifras, datos y fechas sobre la Unión Europea que, seguramente, ya les habrán arrojado este fin de semana pasado en diversos artículos de fondo de distintos periódicos y suplementos. Tampoco voy a hablar mucho de cómo un político francés con altura de miras como Schumann (o financieros como Jean Monnet) y otros alemanes como Adenauer o italianos como Gasperi con iguales alturas de miras, echaron las bases en el año 1957 para que surgiera una serie de acuerdos comerciales entre países europeos, después un mercado común, una Comunidad Económica Europea…         

No. Sólo hablaré, y brevemente, del porqué, de las razones para crear ese mastodonte político que se ve tan cuestionado hoy día por unas poblaciones europeas castigadas por una inacabable crisis económica (con un hedor cada vez más fuerte a caída de Imperio romano) y que, lógicamente, no ven las ventajas de permanecer en esa confederación.

Quien quiera que haya visto imágenes de Europa en el año 1945, sabrá el porqué de la aparición del mastodonte político en cuestión. En esas fechas se constataba que la constante histórica en la Historia europea -desde la aparición de los Estados-nación en el siglo XVI- de sostener guerras constantes por la supremacía sobre ese continente que, también desde esas fechas, dominaba la mayor parte del Mundo, había llevado a un callejón sin salida. Uno tan oscuro y tan sin salida (salvo la mutua destrucción o el convertirse en vasallos de otras potencias mayores y mejor cohesionadas) que llevó a la creación de la Unión Europea apenas pasados doce años de esas escenas terribles que resumían tres siglos de guerras jalonados por nombres como Carlos I, Felipe II, Luis XIV y todos los Borbones españoles y franceses del siglo XVIII, Napoleón, Bismarck, Hitler…

Por eso llegó a existir la Unión Europea. Y al llegar a este punto parece un buen momento para preguntarse qué pasaría sin tan tedioso y burocrático aparato que, mal que bien ha funcionado estos últimos sesenta años sin guerras de importancia en Europa (excepto el drama yugoslavo, que dio una idea de las graves carencias de la UE) no existiera o dejase de existir.

En primer lugar es evidente que si el mastodonte con sede en Bruselas dejase de existir volverían a aparecer una serie de estados-nación entre los que, acaso, pronto aparecerían también nuevas veleidades de imponerse por la fuerza desnuda y brutal al resto de países europeos. A ese respecto, Alemania podría ser la candidata ideal dado que, como lleva demostrando desde su reunificación, su objetivo ha sido ejercer sobre gran parte de Europa una especie de imperialismo económico que se ha transformado en desagradables gestos políticos. Unos que sólo han empezado a moderarse algo con la salida efectiva de Gran Bretaña de la Unión y con la creciente amenaza, incluso dentro de Alemania, de movimientos que recuerdan mucho a los que devastaron Europa en los años 30, como Pegida o Alternativa por Alemania.

Sin excluir esa posibilidad, otra de las consecuencias que podría traer aparejada la inexistencia o la destrucción de la Unión Europea, sería lo que ya se intuía a la vista del Berlín en ruinas de 1945: una Rusia rediviva pronto avasallaría (en el sentido más literal del término) a ese conglomerado de países sin una Política común y sin posibilidad de defensa común siquiera teóricamente. A diferencia de lo que ocurre ahora, donde al menos hay una apariencia de fuerzas armadas europeas.

El modo en el que se comporta la Rusia donde Vladímir Putin lleva años gobernando en lo que parece más una pseudodemocracia que una democracia al estilo occidental, es un aviso demasiado evidente como para ignorar qué podría pasar si la Unión Europea, en  lugar de consolidarse, se difuminase todavía más, ahondando las causas del descontento y la desafección de muchos europeos o mostrándose sus líderes incapaces de articular una política verdaderamente europeísta.

En estos momentos, en este 60 aniversario de la fundación de la Unión, nos encontramos en un punto Jumbar (o “Jonbar” como quieren los puristas). Es decir, en uno de esos momentos en los que la Historia puede tomar un rumbo u otro.

No cabe duda de que para los millones de europeos que han disfrutado sesenta años sin guerra, sin peste, sin apenas hambre entre el 90% de ellos, sin nada, en fin, de lo que fue habitual entre 1500 y 1945, el curso de los acontecimientos más conveniente sería el de que se consolidase lo iniciado en 1957. Basta con ver quién se alegraría de que eso no fuera así al Este de Bruselas o al otro lado del Atlántico… Y desde ahí, sobran más palabras. Es hora de hechos para que, por muchos años, podamos seguir diciendo “Feliz cumpleaños, Europa”…

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¿El “sheriff” de brillante estrella?. Hollywood y (otra vez) la Historia (1754-2017)
Carlos Rilova 20-03-2017 | 1:58 | 0

Por Carlos Rilova Jericó

Hoy vamos a hablar, otra vez, de cine. Y, claro, cómo no, de Historia. Supongo que la mayoría de quienes leen este correo de la Historia cada lunes o, cuando menos, a menudo, habrán visto unas cuántas películas de esas que llaman “del Oeste”.

En casi todas ellas, desde las toscas fabricadas en serie en los años 50 del siglo pasado, hasta las más elaboradas que empezaron, por suerte, a ser producidas con el “New Cinema” de los años setenta, cuando aparece un representante de la Ley suele ir acompañado de una estrella prendida del chaleco, la chaqueta o la camisa. Un objeto, esa estrella, que así se ha hecho ya un objeto de nuestra cultura popular.

Hasta el punto de que -y esto no deja de tener su gracia- cuando la Disney hizo la enésima reinterpretación de la leyenda de Robin Hood, en una película de dibujos animados estrenada en 1974, el sheriff de Nottingham (representado por un corpulento lobo) luce sobre sus ropajes, más o menos medievales, una brillante estrella como símbolo distintivo de su rango.

Obviamente la Disney estaba haciendo un guiño a sus pequeños espectadores, también ahítos a esas alturas (doy fe) de cine “del Oeste” en el que un sheriff o llevaba estrella, o ni era sheriff ni era nada.

La realidad histórica, sin embargo, diverge un poco. Empecemos por considerar de dónde sale esta palabra (“sheriff”) y qué era un sheriff en el ordenamiento jurídico medieval, que luego fue exportado a las colonias inglesas de Norteamérica.

La etimología de la palabra es muy sencilla. Procede del alto inglés medieval. Una mezcolanza de lenguas que sonaban más a alemán que al inglés actual y también con una fuerte impronta de francés medieval, desde el 1066 en adelante (la época de Robin Hood). Desde que los normandos asentados en la costa francesa decidieron invadir Albión y derrotaron a los sajones en Hastings.

De ahí salió un vocablo que venía a sonar como “shire-reiver”. Algo que literalmente podía traducirse como “el que recorre el condado”. De ahí se fue degradando hasta acabar convirtiéndose en “shireiver” y, claro, “sheriff”.

Y ya se habrán fijado, a través del Cine y de las series de Televisión, que cerca de mil años después de que se crease ese puesto, los sheriffs de Estados Unidos siguen siendo, en efecto, una policía que recorre un condado. Una unidad administrativa que esa gran República ha mantenido incluso después de independizarse del rey británico.

Y aquí viene la gran pregunta:  ¿y esos “shire-reivers”, o “sheriffs”, llevaban una estrella como identificación?.

Pues la respuesta no es sencilla. Si cotejamos documentación española de la época Moderna (de 1492 a 1789) con documentación británica (o referente al mundo anglosajón) de esa misma época, parece ser que no.

Estos “vigilantes del condado” eran lo que en España se llamó, genéricamente, justicias. En ese concepto entraban desde cuadrilleros de la Santa Hermandad creada por los Reyes Católicos (ya hablaremos otro día de dónde sale ese nombre de “cuadrillero”), alguaciles y otros cuerpos similares desplegados para hacer valer la Ley. Entre ellos los alcaldes de cada población con fuero propio y categoría de, al menos, villa…

El distintivo de esas justicias era, por lo general, un bastón o vara. Dicha vara podía ser corta o larga. Había casos en los que la documentación la describía en esos términos, precisamente: “vara alta de Justicia”. Pueden ver dibujos en las crónicas de la Conquista de América, por ejemplo, de esos justicias de la Corona española destinados, o reclutados, allí, con esas varas altas que los identificaban como servidores de la Ley.

Curiosamente es también posible encontrar testimonios que muestran que los justicias del rey británico usaban el mismo sistema de identificación.

Por ejemplo en uno de los relatos históricos más interesantes que se pueden leer sobre la llamada “Guerra de los Siete Años” (1756-1763), la conocida en Norteamérica como “Guerra franco-india” (iniciada en 1754). Se trata de las memorias de un soldado de línea francés destinado a defender la colonia de Nueva Francia. Es decir, lo que hoy es Canadá. Su autor, Charles Bonin, conocido por el apodo o “nombre de guerra” de “Jolicoeur”, vivió extraordinarias aventuras en su período de servicio (por eso ésta no será la última vez que aparezca por aquí) y entre ellas la de caer prisionero de los británicos.

Durante su cautividad en las provincias británicas de América, que fue bastante laxa, permitiéndosele mucha libertad de movimientos, pudo observar de cerca a sus enemigos y describir sus usos y costumbres. Entre ellas la de cuál era el símbolo que utilizaban los justicias británicos para identificarse en aquellas lejanas provincias americanas.

Nada más, pero tampoco nada menos, que una vara de madera de color blanco que, una vez que Charles lo preguntó, se le describió como el símbolo que identificaba a los “sheriffs”,  a los oficiales de justicia (así los llama en su libro) del rey en aquella parte del mundo bajo dominio de Gran Bretaña…

De estrellas brillantes no vio Charles Bonin ni rastro. Salvo las del firmamento de aquel hemisferio americano, bajo cuya luz tantas veces durmió. No sabiendo si al día siguiente estaría vivo o habría sido muerto por los británicos o los “salvajes” aliados a ellos.

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Historia de las palabras. Palabras con Historia. “Para dar de comer aparte”. ¿Una expresión medieval que ha sobrevivido hasta hoy día?
Carlos Rilova 13-03-2017 | 12:32 | 0

Por Carlos Rilova Jericó

Como ya saben quienes siguen este correo de la Historia desde sus lejanos comienzos en junio de 2012, no es la primera vez que esta sección se ha metido a averiguar el origen histórico de ciertas palabras o expresiones. Por ejemplo “a palo seco”. Supongo que ésta tampoco será la última, porque hay muchas frases hechas, como esa, o como la que vamos a examinar ahora mismo, que utilizamos inconscientemente, sin saber si tienen, o no, una larga Historia detrás.

En el caso de la expresión “dar de comer aparte” o su variante más militar “hacer rancho aparte”, resulta difícil determinar cuál pudo ser el origen histórico de esa expresión.

Está claro, desde luego, que hoy quiere decir lo mismo que quería decir cuando salió a la palestra por primera vez. Es decir, que hay gente que, por una razón u otra, come aparte de otra gente.

¿Cuando pudo acuñarse esa expresión que, evidentemente, parece basarse en la observación de determinados grupos que se negaban a sentarse a comer con otros o eran enviados a comer aparte?. Probablemente en la Edad Media. Al menos es de ese período del que más referencias históricas tenemos sobre mesas o zonas de las mesas que segregaban a unos comensales de otros.

Cuenta por ejemplo el duque de Mandas en unas notas guardadas en su archivo personal, depositado a su muerte en 1917 en el Archivo General de Gipuzkoa, cuál pudo ser el origen de la palabra “beefeater”. Supongo que todo el mundo (hasta quienes no beben ginebra) tendrá clara la imagen de cierta marca de ese alcohol que toma su nombre, y su logotipo comercial, de los pintorescos guardias de la Torre de Londres que vigilan las famosas joyas de la Corona británica.

Decía el duque de Mandas en esa nota acumulada en sus extensos archivos, que normalmente “beefeater” se traducía como “comedor de buey”. Sin embargo, según la nota del erudito duque donostiarra que el origen de la expresión podía estar en que esos guardias del rey, o la reina, de Gran Bretaña, eran los herederos de los hombres de armas que en las cortes inglesas medievales comían de pie, en los “buffets” puestos  a los laterales de la mesa principal donde el rey y sus caballeros comían cómodamente sentados. La palabra original sería, por tanto, no “beefeater” sino una corrupción de “buffeteater”. Es decir, “los que comen en el buffet”, que no en la mesa principal y, evidentemente, serían, gentes a las que se daba de comer aparte.

Aparte de esta interesante apreciación, parece que la expresión podría haberse acuñado en Francia entre los siglos XIII y XV. Es una parte de la historia poco conocida (si la buscan en diccionarios especializados como los de José María Iribarren, Luis Junceda o Nestor Luján, la buscarán en vano) y que requiere, como mínimo, haber digerido algunos volúmenes de espesa erudición. Caso, por ejemplo, de la “Historia de la Teología católica” de Martin Grabmann, profesor de la Universidad de Múnich, que, como cuenta él mismo, decidió abordar esa Historia General de la que han llamado “Ciencia de Dios” en un tiempo tan turbulento como el año 1933. En ella podemos aprender, aparte de una larga lista de teólogos desde los comienzos de la iglesia hasta las tres primeras décadas del siglo XX, que esa rama del saber ha tenido un peso específico en tiempos pasados que hoy, quizás, se ha desdibujado un tanto, con eso que llaman “laicización”. Algo que, sin embargo, en la Edad Media no ocurría, llegando los teólogos a tener una importancia desmesurada y una consideración social similar a la que hoy se depararía, por ejemplo, a  uno de esos economistas que ejercen de “gurús” para la Reserva Federal de Estados Unidos o para el Banco Central europeo.

Más explícita (para quienes lean francés) es Alice Lamy, que en un artículo publicado en la revista especializada “Camenae”, en junio de 2011, describía cómo en la Universidad de la Sorbona (una de las tres más antiguas de toda Europa) se forma desde la Edad Media una élite de teólogos que tendrán un peso enorme tanto dentro como fuera de la Universidad. Para quienes hayan leído “El nombre de la rosa” y “Baudolino” del genial Umberto Eco, quizás ese fragmento de nuestra Historia medieval será bien conocido.

Lo cierto es que esa élite de teólogos que nos describe Alice Lamy con mano maestra en ese pequeño, pero sustancial, artículo, eran gente que, por lo general, comía aparte en aquella Sorbona de los siglos XIII y XIV, siendo poco dados a relacionarse con profesores de materias consideradas entonces como más triviales…

Ese parece ser el origen histórico de esa expresión que aún hoy utilizamos para dar a entender eso, que alguien se considera demasiado bueno para comer en la misma mesa que otros. Algo que valdría también -aunque en sentido inverso- para esos reyes medievales que hacían comer a sus guardias aparte, de pie, junto a mesas laterales. Esos “buffets” que hoy día, curiosamente, se han convertido en un aliciente a la hora de plantearse en qué sitio comer o qué hotel reservar para unas vacaciones, considerándose una muy buena opción la oferta de tener un “buffet” libre para desayunar o comer. Uno en el que, todo hay que decirlo, a diferencia de lo que pasaba en tiempos medievales, sí se permite sentarse a los comensales. Lo cual, obviamente, explicaría lo mucho que ha mejorado la cuestión de esa versión del “comer aparte” entre lo que suponía esa opción en una corte medieval inglesa y lo que supone en un moderno “resort”…

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Los nombres de las calles y su (olvidada) Historia. El general Prim en San Sebastián (1814-1870)
Carlos Rilova 06-03-2017 | 2:47 | 0

Por Carlos Rilova Jericó

Hoy no me iré muy lejos de San Sebastián. Hace tiempo que estoy a vueltas con el general Juan Prim, la memoria histórica, los cambios de nombre a las calles…  y, la verdad, es bastante difícil resistirse a dedicar este nuevo correo de la Historia a hablar de él y del porqué tiene dedicada una calle en San Sebastián.

Empezaremos por hablar de quién era Juan Prim. Si se ha leído una de las mejores biografías que se han escrito de su vida (que, como vamos a ver, da para mucho) la del profesor Pere Anguera, enseguida se capta que hay un par de buenas razones para darle su nombre a una calle. Aunque claro, como ocurre con estas cosas, que no dejan dormir tranquila a la opinión pública española de esa larga posguerra que dura desde 1939, todo es relativo.

Juan Prim y Prats nació en 1814, en la localidad catalana de Reus, poco después de que su padre tuviese unos instantes de paz tras contribuir, con el grado de capitán, a la derrota del emperador Napoleón. Juan siguió los pasos de su padre y, de hecho, los supero, ascendiendo muy joven, con apenas 25 años, al grado de coronel.

La época y el lugar eran propicios. Era la España romántica, la de la Primera Guerra Carlista y un hombre audaz como él, y con suerte ante el fuego enemigo, podía subir rápidamente por la escala. Así lo hizo. Y pronto, a partir de 1840, se fue labrando una leyenda. Sobre todo porque se metió en Política. Una manía también muy de la época entre los militares españoles, ya entonces divididos entre amigos de un régimen lo más antiguo posible y los que querían fomentar otro contrario, revolucionario, de libertades públicas… Como era el caso de Juan Prim y Prats, partidario del Liberalismo progresista, casi lindando con lo que hoy sería la Socialdemocracia y tan comprometido con esas ideas como para ingresar en una logia masónica. Cosa también bastante habitual entre los militares decimonónicos en general y entre los españoles en particular.

Con ese currículum pronto se vio metido, entre 1840 y 1868, en toda clase de conspiraciones, exilios y aventuras varias. La monarquía de Isabel II que tantos tumbos políticos dio entre reaccionarios, moderados y progresistas, unas veces estaba a bien con el general, dándole el mando de tropas, y otras, directamente, lo enviaba al exilio aunque, aun así, le concedía jugosos favores.

Ese fue el caso durante la Guerra de Crimea, en 1853. Oficialmente estaba autoexiliado en París cansado de equívocos y disensiones en el Madrid parlamentario de la época, pero solicitó que se le hiciese jefe de la misión española enviada como observadora a esa guerra entre Rusia de un lado y, del otro, Turquía apoyada por Francia (y el reino de Piamonte) y Gran Bretaña. Allí  Juan Prim empezó a demostrar que era un general culto, con dotes de mando y don de gentes. Se hizo respetar rápidamente por sus iguales franceses y británicos (sí, los mismos mitificados en poemas como el de Tennyson sobre la carga de Caballería británica contra los cañones rusos en Balaklava) y no se contentó con mirar. Al contrario, pidió mando efectivo y dirigió operaciones de guerra que se saldaron con resonantes éxitos. Tanto que el Sultán lo condecoró y le regaló una espada de gala.

La fama de Prim no hizo sino crecer dentro y fuera de España. Tanto que hasta las tropas del incipiente Imperio Británico llegaron a acatar sus decisiones sin  rebatirselas. Como ocurrió en Méjico en 1862 (algo hablamos de esto en otro correo de la Historia de hace unas semanas) donde decidió retirar el mayor contingente de tropas expedicionarias, haciendo que los británicos se retirasen a su vez. Con todo esto no es extraño que su nombre aparezca en las páginas de grandes obras de la Literatura Universal como “El retrato de Dorian Gray” de Oscar Wilde, por ejemplo.

En 1868, al fin, llegó su gran oportunidad. La equívoca monarquía constitucional de Isabel II había alcanzado un punto en el que nadie estaba contento con ella. Así, en ese año 1868, llegó la revolución democrática llamada “Gloriosa”, que pretendió aplicar en España uno de los sistemas políticos más avanzados de Europa y del Mundo. Pronto el general Prim se alzó como el principal líder de esa revolución democrática. Intentó llevarla a buen término. Sin embargo, aquella manzana de la discordia que era España en la época, dividida entre reaccionarios, republicanos, monárquicos irreductibles y un movimiento obrero cada vez más organizado y reivindicativo, incluso por medio de la violencia, acabó con un Prim que trataba de crear un régimen templado que superará, sin estridencias, todos esos problemas, gradualmente. Fue en la Calle del Turco, cerca del Congreso. Allí le dispararon el 27 de diciembre de 1870. Pudo llegar hasta el Palacio de la Presidencia del Gobierno, entonces en Buenavista, en la actual Plaza de Cíbeles, apenas sobrevivió un par de días más.

Todo esto lleva años dando lugar a numerosas especulaciones y ha dejado entre la opinión culta española la sensación de que Prim fue la gran oportunidad perdida que, de haber tenido éxito, de no haber muerto a causa de ese atentado en la Calle del Turco, hubiera evitado la deriva que llevó a España, desde su muerte, a dos guerras civiles (de 1873 a 1876 y de 1936 a 1939) y a dos dictaduras militares en el siglo XX. Una de ellas, la de 1939 a 1975, particularmente penosa y destructiva.

Todo esto, que apenas es un resumen de lo que ha dado para llenar páginas y más páginas de varios libros, hará que algunos piensen que Prim se tiene bien merecida esa calle en San Sebastián y en muchas otras ciudades. Otros habrá, sin embargo, que, vistas las cosas desde esta perspectiva, pensarán que mejor no. Acaso que se debería quitar su nombre y dar a esa calle el que le quisieron dar de 1936 en adelante, cuando las tropas sublevadas entraron en la ciudad y comenzaron a borrar y moldear la Historia a su gusto. Empezando por ahí, por los nombres de las calles. Algo que a punto estuvo de llevarse por delante al de esta calle dedicada a Prim desde 1890 por, como contaba Serapio Múgica en su libro sobre las calles de San Sebastián, haber contribuido en 1863-1864 al arrasamiento de las murallas donostiarras para proceder al ensanche del que forma parte esa misma calle.

Para el historiador lo cierto es que Prim merece seguir teniendo esa calle. Porque cuenta una parte fundamental de la Historia de la ciudad, de la provincia, del País Vasco, de España y de Europa (recordemos, otra vez, su participación en la Guerra de Crimea, por ejemplo), pero, la verdad, dada la política con la que se aborda eso de la nomenclatura de las calles en este país, casi tanto da que esa calle se llame “Prim” que (por poner un ejemplo absurdo) “de los Pokémon”. A diferencia de lo que ocurre en París, en esa ciudad, San Sebastián, que tanto tiende a imitar a la capital francesa en muchas otras cosas y ha sido capital cultural de Europa en el año 2016, las calles son placas huecas, como en la mayor parte de las ciudades españolas. Es decir, sin la menor explicación de qué o quién da nombre a ésta o a esta otra calle.

Una verdadera pena ese derroche de desconocimiento histórico que, como siempre sólo puede empobrecernos. Un poco más. Esperemos que no hagan falta más héroes supuestamente fallidos, como Juan Prim y Prats, para superar, por fin, esa pesada e ineficaz manera de hacer las cosas que, en el caso de ese general catalán, nos lleva (sólo para empezar) a perdernos una biografía de esas que, en manos de Hollywood, harían que, como poco, nos gastásemos cinco euros y un par de horas en ir al Cine.

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