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Fecha: junio 5, 2017
Mañana es 6 de junio. Algo de Historia del “Día-D” en clave española (1944-2017)
Carlos Rilova 05-06-2017 | 11:30 | 0

Por Carlos Rilova Jericó

Mañana es 6 de junio. Mañana, por tanto, se celebrará, una vez más, el éxito del “Día-D”. Es decir, el día en el que las potencias aliadas desembarcaron en la Europa ocupada por nazis, fascistas y otros subproductos similares, para abrir un nuevo frente y formar la tenaza definitiva que acabaría con, al menos, dos de esos regímenes totalitarios. No, por casualidad, los que más problemas habían dado a esos aliados. Es decir, la Italia de Mussolini (ya prácticamente liquidada desde el año anterior) y la Alemania de Hitler, a la que le quedaba poco más de un año de vida.

Como siempre que tengo ocasión, me gusta recordar en esta fecha la participación de los españoles en esas operaciones.

También como siempre, hay que empezar esa labor histórica diciendo que, el gran problema con este caso, es que, gracias a Hollywood, tenemos una visión bastante sesgada hacia el punto de vista anglosajón sobre estos acontecimientos. Hay que esperar a las influencias del cine de la “American New Wave” de los años setenta, que busca más realismo en las películas, en todos los sentidos, para que aparezcan en pantalla algo más que británicos, norteamericanos y, en el mejor de los casos, franceses entre las fuerzas de desembarco que se lanzaron en 6 de junio de 1944 sobre el continente ocupado por los nazis y sus, más o menos, fieles aliados, amigos, compañeros de viaje, clientes más o menos agradecidos por el envío de material bélico para ganar determinadas guerras como la civil española…

Por ejemplo es el caso de la magnífica “Un puente lejano” que relata la operación “Market Garden”, la de más envergadura tras el “Día-D”, que buscaba liberar Holanda para ofrecer una base logística segura que permitiera la más rápida invasión de la Alemania de Hitler.

En esa película aparecían, con bastante papel, los paracaidistas polacos. Era una de las distintas unidades de ese país que, como ocurrió en el caso de muchos otros europeos continentales, se habían refugiado en Gran Bretaña formando cuerpos de esos que se llamó franceses libres, checoeslovacos libres…

Entre esas nacionalidades refugiadas también había españoles, aunque hasta hace pocos años no se les ha dado prácticamente ningún papel en esos objetos de recuerdo. Por un lado ha ayudado a eso que su número era mucho menor que el de los polacos, checoslovacos o franceses. Pero no ha sido esa la única razón.

De hecho, si revisamos los libros de Historia, descubriremos que esos hombres, esos españoles, integrados no en unidades propias como las de los polacos, sino en el Ejército británico y en las fuerzas francesas libres bajo mando del conflicto general De Gaulle, estaban prácticamente vendidos antes de que el Alto Mando aliado los pusiera sobre las playas de Normandía, pocos días después de que se hubiera vencido la resistencia nazi en ese punto de la Francia ocupada.

Así es, por ejemplo el libro del profesor Enrique Moradiellos “Franco frente a Churchill” recoge, en sus páginas 321 y 322, datos muy interesantes sobre conversaciones entre el primer ministro británico, Churchill, y el embajador de la España franquista un año antes de que la “Operación Overlord” -la que culminaría con el “Día-D” el 6 de junio- fuera puesta en marcha.

En esas conversaciones, el duque de Alba, es decir, el embajador de aquella España franquista, recogía muy satisfecho lo que Churchill le había dicho en un almuerzo privado: que Gran Bretaña consideraba que la España ocupada por el Ejército franquista desde 1939 no era, asombrosamente, un aliado de Hitler. De hecho, ni siquiera consideraba que Falange fuera un partido fascista… Todas estas discutibles conclusiones llevaban a Churchill (el mismo personaje que en películas como “Un puente lejano” aparece como un sólido muro frente a los nazis) a señalar al embajador franquista que Gran Bretaña no se inmiscuiría en lo que consideraba eran “asuntos internos” de España.

Enrique Moradiellos también señala en ese punto, que los norteamericanos eran de la misma opinión en aquel año previo al desembarco de 6 de junio de 1944. Es decir: no tenían intención de intervenir en los asuntos internos de España. El buen comportamiento de Franco durante el conflicto les había convencido de que mejor dejar las cosas así, quedando el gobierno norteamericano indiferente a si en España había como régimen de gobierno una monarquía, una república “o el que quiera” que sea, tal y como decía el documento que Moradiellos cita…

Sin embargo, esa clase de opiniones no sería ni firme ni unánime en los medios aliados. Los jefes de Estado Mayor norteamericano tenían opiniones mucho menos indulgentes hacia la España franquista. Consideraban, en agosto de 1943, con la invasión de la Italia fascista en marcha, que había que dejarse de políticas conciliadoras con una España que ayudaba con sus recursos económicos, e incluso con sus fuerzas armadas, al Eje Roma-Tokio-Berlín…

Pero la conclusión final de ese laberinto político-diplomático fue finalmente una sola: nadie en las fuerzas aliadas, ni en los mandos militares, ni en los cargos políticos, se atrevía a quitar de en medio a Franco. Por si acaso. No se planteaban, siquiera, una restauración monárquica bajo la férula británica. Como recordaba una carta de 29 de mayo de 1944 escrita por el pretendiente don Juan a uno de sus corresponsales, donde se interpretaba como un verdadero palo para la causa monárquica española el discurso pronunciado por Churchill ante la Cámara de los Comunes el 24 de mayo de 1944. Es decir, apenas una semana antes del desembarco de Normandía…

El resultado final, pues, iba a ser ese: costase lo que costase políticamente, los líderes aliados optaban por dejar más o menos en paz al régimen franquista. Eso, sin embargo, no se trasladó a los miles de combatientes españoles que, de muy buena fe, esperaban que a Franco, como aliado de Hitler, se le diera el pago lógico y correspondiente que se había dado ya a Mussolini o que se iba a dar a los japoneses.

Es decir, que esos soldados españoles que desembarcaron después del Día-D, ya estaban condenados de antemano. Murieran o sobrevivieran en el campo de batalla. Ellos, como los checoslovacos libres o los polacos libres, iban a ser sacrificados  a cuestiones de Alta Política y dejados sus respectivos países en manos de regímenes más o menos totalitarios…

De poco o nada sirvieron las gestiones de sus gobiernos legítimos, como ocurrió en el caso de las intensas rondas de visitas que llevó a cabo el último presidente legal del Gobierno español, el doctor Juan Negrín, en el año 1945.

Tanto heroísmo sobre los cielos de Inglaterra, en las playas de Normandía, en las calles del París ocupado o de la Alemania nazi, quizás hubiera merecido otro fin mejor, pero así se escribió la Historia en aquellas fechas llenas de sombras y de luces…

Sería un homenaje tardío, pero, insisto, sería muy conveniente también que desde el año que viene, por lo menos, hubiera representantes oficiales de España en los actos de homenaje que se harán mañana mismo, otra vez, en Normandía.  Para recordar que al menos varios miles de españoles lucharon y murieron  en ese frente de la Segunda Guerra Mundial, a partir del 6 de junio de 1944, por la Libertad de la que, se dice, disfrutamos ahora.

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