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Hace (casi) 100 años. La revolución de octubre que fue en noviembre
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Carlos Rilova | 30-10-2017 | 10:32

Por Carlos Rilova Jericó

vladimir-serov-1952-1-lenin-en-smolnyCómo no, esta semana era casi obligado hablar del centenario de la mal llamada “revolución rusa”.

Supuestamente ese centenario habría sido el miércoles de la semana pasada, el 25 de octubre. En realidad no es así porque en esos momentos, el 25 de octubre de 1917, en realidad, para Europa occidental, era el 7 de noviembre de 1917.

Ese desfase temporal venía de los dos diferentes calendarios utilizados en Rusia y en el resto de Europa. Rusia seguía utilizando el calendario juliano, el establecido por Julio César en el 46 antes de Cristo, y el resto de Europa (Inglaterra incluida, que aún en el siglo XVII usaba el juliano) había adoptado ya el calendario instaurado por el Papa Gregorio XIII en el año 1582.

Pero, aun así, hablemos de esa llamada revolución rusa que, en realidad, ya se había producido meses atrás, porque lo que ocurrió el 7 de noviembre de 1917 (según nuestro calendario gregoriano) fue tan sólo la revolución bolchevique, ya que la rusa propiamente dicha se había producido con la abdicación del zar Nicolás II ante un comité revolucionario en el mes de febrero (en la segunda semana de marzo según el calendario gregoriano) de 1917, del que los bolcheviques eran sólo una parte, aunque mayoritaria (que eso quiere decir “bolsehvik” en ruso), de uno de los partidos (el socialdemócrata) que formaba esa coalición que derroca al zar en febrero de 1917.

Este no es el único enredo de los hilos que forman eso que llamamos “Historia” y en los que es tan fácil caer a poco que nos descuidemos. Tanto los historiadores como quienes no pertenecen a nuestro sufrido gremio pero leen Historia.

En efecto, basta con darse una vuelta por nuestras bibliotecas en estas fechas para darse cuenta de la cantidad de hojas de papel en las que se ha escrito, en muchos libros, la Historia de ese acontecimiento que normalmente llamamos “revolución rusa” a la que, por inercia, o por culpa de Eisenstein, identificamos, sobre todo, con el golpe bolchevique de noviembre de 1917.

Si seguimos la obra de Eisenstein, o mucho de la iconografía creada por el régimen soviético que siguió a esa segunda revolución rusa del año 1917, parece que en San Petersburgo ocurrieron episodios verdaderamente épicos, con la Guardia Roja y otros elementos revolucionarios, como los marinos de la base de Kronstadt, armados hasta los dientes, con fusiles con la bayoneta calada, ametralladoras, coches blindados y, sobre todo, cartucheras y esas cintas de balas cruzadas sobre el pecho que se han convertido en todo un icono revolucionario desde entonces.

La realidad, si buceamos en esos miles de páginas plasmadas en numerosos libros, parece haber sido muy distinta.

Y esa versión de los hechos aparece en los puntos más insospechados de la gran biblioteca de la Historia.

Así, por ejemplo, si topamos, casualmente, o no, con un magnifico libro del profesor Emilio Gentile sobre la toma del poder por los fascistas italianos: “El fascismo y la marcha sobre Roma. El nacimiento de un régimen”, lo primero que nos encontramos en él es con la descripción de un Lenin, completamente disfrazado (con gorra, peluca y un vendaje) que en los momentos álgidos de aquel octubre/noviembre de 1917 se desplaza en tranvía por San Petersburgo, tratando de pasar lo más desapercibido posible… Nada que ver, desde luego con esos cuadros del llamado “realismo socialista” que lo representan, por ejemplo, en el centro de nutridos grupos de soldados y marineros en uniforme de campaña y dispuestos a barrer del mapa -con extrema violencia según parece- a los mencheviques y su Gobierno Provisional…

Esa versión la corroboran estudios aún más serios y documentados dedicados por entero a estudiar esa revolución de 1917. Como el firmado por el profesor de Harvard Richard Pipes, publicado apenas hace un año.

El relato que hace uno de los testigos o implicados más directamente en el golpe, León Trotsky, en su “Historia de la revolución rusa” reúne, desde luego, en su segundo volumen (al menos en la edición española publicada por la editorial Sarpe en 1985), algo de esa épica que luego alimentaría a los pinceles de los artistas del “realismo socialista”.

Trotsky habla de combates entre los partidarios de las directrices de los bolcheviques y los “junkers”, batallones de jóvenes escogidos, élite del Ejército revolucionario, que son llamados a defender el Palacio de Invierno en el que tenía su sede el Gobierno Provisional y era, por tanto, el objetivo del golpe bolchevique de octubre/noviembre de 1917.

Sin embargo, como subraya el libro del profesor Gentile ya señalado, Trotsky, en su versión de los hechos, concluye que todo se hizo con escaso derramamiento de sangre, simplemente desplazando de los lugares del poder a aquellos que los habían ocupado hasta entonces. Bien fuera en el Palacio de Invierno, (Kerensky huye disfrazado de oficial serbio y en un coche facilitado por la embajada norteamericana a buscar ayuda entre tropas leales) o en los grandes centros de comunicación que son la clave para que el golpe funcione, impidiendo al Gobierno Provisional recabar fuerzas…

En eso, según las opiniones más documentadas, habría consistido, después de todo, esa famosa revolución “rusa” de octubre que, en realidad, ocurrió en noviembre porque el Zar (que es al fin y al cabo es la forma eslava de la palabra “césar”) no podía aceptar el calendario impuesto por un Papa romano al que la Iglesia ortodoxa, por supuesto, no tenía porqué obedecer…

Todo ello, sin duda, algo en lo que pensar en esta breve semana que empieza hoy y que nos llevará, de cabeza, al centenario exacto de aquella segunda revolución rusa de 1917.

 

 

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