Diario Vasco
img
Fecha: noviembre, 2017
Algo de Historia sobre el “Cupo vasco” (1876-2017)
Carlos Rilova 27-11-2017 | 12:30 | 0

Por Carlos Rilova Jericó

Esta semana pasada han circulado por ahí, por el éter informativo, un par de noticias interesantes para este nuevo correo de la Historia. Una de ellas era la venta, por una sustancial cantidad, de un cuadro pintado por Winston Churchill. El tema no estaba nada mal porque, en efecto, esa faceta del famoso primer ministro británico es bastante poco conocida. Como lo es el hecho de que escribiera un libro sobre el tema.

Quizás en una ocasión más oportuna podamos volver sobre esto, pero este lunes, sin duda, la noticia que más podía interesar a este nuevo correo de la Historia (aparte del atentado islamista contra los sufís de Sinaí, tema del que ya se trató aquí el 12 de enero de 2015) era la enésima bronca política organizada en España. Esta vez a causa del llamado “Cupo vasco”.

Con rara unanimidad, fuerzas tan dispares como la que está hoy en el Gobierno de España (es decir, el PP), el PSOE y Podemos, han votado a favor de que el “Cupo vasco” se mantenga. Otras, como Ciudadanos y la formación de izquierdas valenciana Compromís, sin embargo, votaron -y de manera furibunda- en contra.

Lo cierto es que la formación del señor Ribera, en esto, ha sido fiel a sus fundamentos ideológicos, que podríamos identificar con lo que a mediados del XIX, en la España isabelina, se llamó Liberalismo moderado.

En efecto. El Cupo vasco, lo que en su día se llamó “Concierto vasco”, fue, desde sus orígenes, un verdadero agravio para esa familia del Liberalismo. De hecho, para la mayor parte de los liberales que, en 1876, cuando empezó a hablarse de esta cuestión, estaban tratando de asentarse -ideológica y personalmente- tras el cataclismo de la, para España -excepto el País Vasco- Tercera Guerra Carlista (1873-1876).

Pues sí. Los ánimos estaban en 1876 y años siguientes muy caldeados a medida que se iba asentando el pálido sistema monárquico parlamentario que se dio en llamar Canovismo o Turnismo. Un sistema basado en el sufragio limitado a hombres de cierta fortuna personal y vetado a pobres, mujeres en general y un largo etcétera que, durante los años que iban de 1876 a 1923, trató de transformar ese sistema en una verdadera democracia parlamentaria.

El Canovismo fue un régimen prototípico de la Europa y la América del último tercio del siglo XIX. Se basaba en gran medida en la corrupción del voto, con compras descaradas del mismo y otros artificios que pueden contemplar, en todo su esplendor, en películas como “Gangs of New York” de Martin Scorsese.

Esa clase de sistemas liberales de sufragio limitado eran, después de todo, bastante tibios y muy poco amigos de estridencias políticas. De uno u otro signo.

Fue así como nació eso que ahora llaman “Cupo vasco”. En 1876 algunos diputados electos, por ejemplo los de lo que entonces era la provincia de Santander, clamaban en el Parlamento de Madrid contra lo que quedaba de los Fueros vascos.

Según esos diputados, si no se abolían los Fueros, los carlistas, que se habían alzado en armas (varias veces consecutivas desde 1833 en adelante) jamás pararían y España, como nación, peligraría.

Era una reacción lógica. Santander carecía ya de tales privilegios de origen medieval y, por otra parte, había tenido que sufrir las consecuencias de esas guerras mucho más que otras provincias españolas mucho más alejadas del frente principal de las mismas que, sí, en efecto, se centraba en Guipúzcoa, Vizcaya, etc…

La respuesta a esto por parte de otros diputados, concretamente de los electos en el País Vasco, fue que eso era un error de percepción, que los carlistas se habían sublevado para poner a un rey distinto en el trono de Madrid y que lo de los Fueros no era patrimonio exclusivo de esa facción antiliberal.

De hecho, las provincias vascas estaban llenas de eso que se llamó “liberal-fueristas” (magníficamente descritos en un libro de Historia firmado por Carlos Blasco Olaetxea). Es decir, gentes que consideraban enteramente compatible su ideología liberal (indistinguible de la de otros liberales españoles) con el mantenimiento de ciertos elementos del Fuero que, a su parecer, en nada disminuían el gobierno liberal de España.

Esas gentes, de hecho, habían formado batallones de voluntarios que fueron una ayuda fundamental para que los sucesivos gobiernos españoles liberales entre 1873 y 1876, pudieran resistir en el frente vasco hasta la victoria final sobre el Carlismo.

Cánovas, cuando hubo que decidir cómo se debía organizar España tras la victoria liberal de 1876, aparte de murmurar que “español es el que no puede ser otra cosa” (toda una premonición de dónde iba a acabar aquel sistema años después), estuvo dispuesto a oír a distintas personas sobre cómo arreglar aquel espinoso asunto de los Fueros vascos.

A uno de los que escuchó fue a su viejo compañeros de estudios en Madrid. Fermín Lasala y Collado, futuro duque de Mandas y de cuya muerte se cumplen el mes que viene 100 años justos.

El consejo de Lasala y Collado fue hacer algunas concesiones. Por ejemplo, que el servicio militar en el País Vasco se realizase por medio de una especie de cuerpo especial reclutado en las provincias vascas pero que estuviera, por lo demás, a las órdenes del Estado Mayor español.

Esa idea no prosperó demasiado, llevando a una emigración masiva (a Argentina sobre todo) de los mozos que debían ser sorteados para ir a quintas a cualquier lugar de España y no a cuerpos locales. Como los voluntarios vascongados formados en 1859 para ser enviados a luchar en la Guerra de África, dando así leal cumplimiento a lo que los Fueros vascos mandaban en aquellas fechas. Es decir, mantener ciertos privilegios a cambio de contribuir a la causa común española cuando fuera necesario.

Los únicos que se libraron de tener que emprender esa huida, fueron los hijos de quienes habían luchado al lado de la causa liberal en los batallones de los llamados Voluntarios de la Libertad. Esos que, de hecho, habían impedido que el pretendiente carlista tomase todas las provincias vascas en 1873…

Aparte de esa mínima concesión, lo que sí tomó carta de naturaleza en 1876 fue dar a las Diputaciones vascas (por lo demás ya niveladas con las del resto de España) un “Concierto”. Es decir, lo que hoy día es el “Cupo vasco”, que implicaba: recaudar sus propios impuestos, quedarse la mayor parte de los mismos para los servicios que prestaban y dar el resto, a tanto alzado y convenido, al Gobierno de España.

Con diversos altibajos como la llamada Gamazada (llamada así por el ministro Gamazo, que en 1893-1894 trató de atacar estas reminiscencias forales, empezando por Navarra y su ley paccionada de 1841), el sistema se mantuvo hasta la Guerra Civil. Después llegaron 40 años de una dictadura muy poco dada a estas concesiones, que castigó duramente a las “provincias traidoras”. Es decir, Vizcaya y Guipúzcoa, alineadas con el gobierno legítimo de 1936, y manteniendo algunas concesiones a Navarra y Álava, que se habían decantado masivamente por la sublevación franquista. Todo esto hace tiempo que está contado en magníficas monografías como las firmadas por el profesor Eduardo Alonso Olea.

Una de las primeras labores del Nacionalismo vasco en 1977 fue recuperar el polémico “Concierto”. Lo consiguió, claro está. Lo cual no deja de ser curioso porque cien años antes había abominado de esta concesión, vertiendo sobre Fermín Lasala y Collado, hasta el día de su misma muerte, en 1917, numerosas descalificaciones, considerándolo culpable de la abolición foral.

Como ven, esas son las vueltas políticas que ha dado, en 140 años, ese polémico “Cupo vasco” que ahora, una vez más, nos revela las grietas del llamado “régimen del 78” que, ciertamente, está necesitando (como todo edificio político más o menos viable y realmente democrático) una serie de serias reformas.

 

 

Ver Post >
La Historia y el (supuesto) escándalo de la rendición de Raqqa (1660-2017)
Carlos Rilova 20-11-2017 | 12:31 | 2

Por Carlos Rilova Jericó

Vi la noticia que ha dado pie a este nuevo correo de la Historia en Yahoo. Fue este jueves.

El autor de la misma decía que había sido un escándalo que la ciudad se rindiera a las fuerzas aliadas a cambio de permitir la salida de casi 4000 personas relacionadas con el ISIS. Combatientes de esa organización y familiares suyos.

Con buen criterio el encargado de comunicación de la Alianza internacional contra el ISIS, decía, según esa misma noticia, que no había ningún misterio en ese tema, que ya era público y notorio que se había pactado esa salida negociada.

Desde el punto de vista de la Historia, y más concretamente desde el de la Historia militar, sólo se le puede dar la razón. Por difícil que parezca.

Ese tipo de salidas negociadas para rendir una plaza fuerte asediada, como puede ser el caso de Raqqa, no tienen nada de raro ni de escandaloso. Es algo que lleva siglos haciéndose.

Cualquier especialista en Historia medieval, más o menos al tanto de eso que se ha llamado “Reconquista” en lo que ahora llamamos “España”, les puede decir que gran parte de las plazas que fueron tomadas a los musulmanes no cayeron  en medio de épicos combates entre las banderas de Castilla, León, Navarra, etc… y las de la Media Luna que ahora enarbola de nuevo el ISIS, o DAESH, como prefiramos. Todo lo contrario, Magerit (hoy Madrid), o Toledo fueron entregadas en condiciones pactadas. La propia Granada, en 1492, es otro caso más.

Y es que, desde que el ser humano ha desarrollado esa actividad que llamamos “Guerra”, ha habido distintas maneras de planteársela. De eso ha dado buena cuenta un especialista en el tema como Geoffrey Parker, que ha dedicado una gran parte de su carrera de historiador a investigar ese fenómeno y su desarrollo histórico.

Entre los pueblos llamados “primitivos”, por ejemplo. Lo normal, nos decía Parker, es que las bajas fueran muy limitadas. Incluso pactadas de antemano. Es decir, cuando se sumasen una decena de muertos, o menos, por ambas partes, la Guerra debía detenerse.

Entre los llamados “indios” norteamericanos, entre las naciones de lo que hoy es el Medio Oeste de Estados Unidos, la mayor muestra de coraje no consistía en matar al enemigo, sino en tocar su brazo, pecho, cara… en medio de una batalla. Eso tenía su lógica, pues el enemigo así desafiado, podía perseguir al que lo había puesto en evidencia con ese “toque”. Cosa que un enemigo muerto ya no podía hacer.

Otra forma de Guerra era la llamada “a la romana”. Esa cultura, la romana, tenía otro punto de vista sobre cómo llevar el asunto de la Guerra. Probablemente porque Roma fue, en sus inicios, una pequeña población rodeada de enemigos más poderosos que ella y que amenazaron, varias veces, con aplastarla y borrarla del mapa.

Para ellos la Guerra era, pues, ante todo, destrucción absoluta del enemigo. En la Europa medieval las cosas alternaron un tanto entre los dos extremos. Entre la guerra civilizada, por así llamarla, propia de pueblos supuestamente primitivos que ponían límites a la ordalía y entre la Guerra a la romana, de destrucción total. No hubo cambios en ese aspecto hasta el cisma religioso de 1517 y las guerras que le siguieron.

Entre 1618 y 1648, durante la llamada Guerra de los Treinta Años, predominó la Guerra a la romana, de exterminio y destrucción sistemática del oponente, al que se consideraba una criatura impía a la que había que destruir completamente. Sin posibilidad de llegar a acuerdos con él.

La matanza adquirió tales proporciones (incluyendo, como hoy en los atentados “low cost” de los “lobos solitarios”, civiles desarmados de cualquier sexo y edad) que la sociedad europea, la Cristiandad sin distinción de credo, quedó tan horrorizada que desde 1660, aproximadamente, hasta las guerras revolucionarias del siglo XVIII, se prohibieron prácticamente las guerras de exterminio.

Desde esa fecha son innumerables los asedios que acabaron en salidas pactadas en las que, como ha ocurrido en Raqqa, se dejaba incluso en libertad y armadas a las guarniciones que defendían esas plazas fuertes. El caso del fuerte William Henry en 1757 (pese a la matanza posterior perpetrada por los aliados nativos de los franceses), un hecho famoso gracias a “El último mohicano”, es un buen ejemplo de esas leyes de buena guerra que permitían pactar con un enemigo que se sabía ya vencido.

Esos usos han sobrevivido incluso hasta la Segunda Guerra Mundial. Así, por ejemplo, en 1945 el reconstituido gobierno de Dinamarca permitió a un enemigo tan maléfico y totalitario como hoy nos lo parece el ISIS -es decir, los soldados del Tercer Reich- salir del país una vez que el régimen nazi ya estaba en clara fase de derrumbe…

Así pues, lo ocurrido en Raqqa, lejos de ser una fácil y falsa piedra de escándalo, debería ser interpretado más bien como una buena noticia. Organizaciones como el ISIS -o el Tercer Reich- demuestran estar en evidente declive en cuanto sus combatientes, en lugar de inmolarse o luchar hasta la última bala -quedándose una para suicidarse- empiezan a entrar en tratos con un enemigo al que, hasta ese momento, habían considerado una abominación a la que sólo se podía sacrificar en honor al dios o al credo al que ellos habían jurado una, hasta ese momento, fanática lealtad.

Lo único con lo que habría que tener cuidado es con el manejo de esa derrota. Es decir, como se hizo en España al final de la última guerra carlista, la de 1873-1876, se debería, por ejemplo, ofrecer paz a los antiguos combatientes a cambio de lealtad al nuevo orden establecido.

Sin desestimar, por supuesto, la aplicación de modelos legislativos como las Leyes de desnazificazión alemanas que, en lo básico y elemental, desarmaban ya definitivamente al régimen vencido, considerándolo, a él y a quienes se atrevieran a reivindicarlo, automáticamente fuera de la ley.

Bajo esta óptica histórica, como ven, la salida de 4000 partidarios del ISIS de Raqqa no desmerece en absoluto la toma de esa ciudad por los peshmergas y otras fuerzas aliadas. Más bien todo lo contrario, con hechos así se empezaría a constatar la rápida desintegración de esa pesadilla política y militar que hemos sufrido, desde Oriente hasta el corazón de la vieja Europa, durante mucho tiempo…

Más allá de toda interpretación truculenta o conspiranoica (que también abundan en torno a este tema) esa es la cruda verdad de la caída de Raqqa y su evacuación por lo que quedaba del ISIS. Algo que, sin duda, no habrá caído nada bien entre su Alto Mando, que lo habrá recibido como lo que es: una señal bastante evidente de que su organización se desmorona. De manera lenta pero, al parecer, bastante segura, por el debilitamiento del cerrado fanatismo que hasta ahora lo ha sostenido.

 

Ver Post >
De aventuras americanas y otras obsesiones históricas españolas
Carlos Rilova 13-11-2017 | 12:30 | 2

Por Carlos Rilova Jericó

Los bombardeos publicitarios suelen tener diversas consecuencias. En el caso de quien estas líneas escribe no sabría describir la gravedad de las consecuencias del que hemos sufrido esta semana con respecto a la última película de Agustín Díaz Yanes: “Oro”.

A primera vista me ha llevado, de momento, a dedicar este nuevo correo de la Historia a ese tema. No exactamente a esa película, que aún no he visto y no sé si veré, sino al ambiente político del que ha surgido.

Tal vez, para ser justos, quizás ha influido en la decisión de elegir este tema -las aventuras americanas y las obsesiones históricas españolas- el hecho de que esté ultimando un trabajo de investigación sobre la expedición española a México en 1862. (Sí, las fechas son correctas: los años centrales del siglo XIX, la época de Lincoln, la reina Victoria, los ferrocarriles, los telégrafos, los barcos a vapor, etc…).

En cualquier caso, lo siento, pero no he encontrado mejor cosa de la que hablar. Quizás, muy a mi pesar.

Lo más chocante de “Oro”, del montaje publicitario a su alrededor, es la vetustez de las ideas en torno a la Historia de España que se trasluce en esa campaña y, es de imaginar, en la misma película.

Otra vez, en color y con escenas de acción calcadas del cine norteamericano, volvemos a un punto intelectual del que parece haber existido un interés casi morboso en que España no se mueva desde, por lo menos, la breve primavera política de 1976-1980.

En efecto, el Cine histórico español de este año 2017 que ya acaba, parece que no encuentra mejor temática de la que hablar que episodios históricos truculentos, derrotistas, repetidos hasta la saciedad para crear una imagen histórica de ese país -España- simple y muy precaria.

Los resultados son patentes. Entre 2016 y 2017,  sólo se han producido de este lado de los Pirineos dos únicos títulos de ese Cine que podemos llamar histórico: “1898. Los últimos de Filipinas” y “Oro”.

Su temática, como digo, no es precisamente innovadora. La segunda de ellas, abunda sobre la cuestión de la conquista americana y la búsqueda de las míticas ciudades de El Dorado o Cíbola. Un asunto sin duda apasionante, pero que en el Cine ha tenido una mala suerte verdaderamente funesta.

La esperpéntica dictadura franquista, a través de CIFESA (una empresa virtualmente incautada por ese régimen y remodelada al estilo del Fascismo italiano) produjo a ese respecto algo de celuloide ya rancio incluso antes de ser proyectado en pantalla. El caso de “Alba de América” (cursi y relamida hasta para aquella época) no requiere dar más explicaciones. Basta tan sólo con atreverse a visionar la película.

El mensaje estaba claro: España dio la luz de la religión cristiana a todo un continente, aquello fue poco menos que otra epifanía y los nativos americanos tuvieron una inmensa suerte -según parece- al convertirse en trabajadores forzosos en las haciendas y minas rápidamente incautadas por los colonos españoles.

Después, vinieron otros títulos. Como “Aguirre, la cólera de Dios”, del cineasta alemán Werner Herzog. A pesar de estar hecha en una época de saludable revisionismo histórico en general (de esa fecha es también “Pequeño gran hombre”, que desmonta las falacias del “Western” clásico), Herzog basó su película, en gran parte, en “La aventura equinoccial de Lope de Aguirre”. Una novela de Sender en la que, desde luego, no había ningún relato objetivo sobre ese ínfimo episodio dentro de lo que se ha llamado Conquista de América.

Más adelante, en los autosatisfechos años 80 del siglo XX, se volvió sobre el tema de la mano de Carlos Saura en “El Dorado”…

Todas esas películas, como ahora “Oro”, abundaban en el mismo error: tomar la parte por el todo -algo sencillamente descartado como vía para conocer la realidad desde, por lo menos, el siglo XVI- al considerar que lo que fue la Conquista de América, puede resumirse en la demencial búsqueda de El Dorado.

Esos hechos fueron una extraña y llamativa excepción, si consideramos lo mucho que se ha escrito sobre el tema (no sólo las crónicas de la época) sino la legión de manuales y monografías que ha producido el tema en España, en otros países de Europa y en América desde Boston hasta Buenos Aires.

La Historia de la América española, antes e incluso después de las Independencias americanas, es más bien justo lo contrario a la búsqueda de El Dorado.

Así es, la mayor parte de la Conquista de América, es la Historia de una empresa funcional y racional. Tanto que durará nada menos que tres siglos. Les propongo un sencillo ejercicio: después de ver “Oro” vuelvan a casa, conecten sus reproductores de DVD y pongan en ellos el de “La Misión”. Lo que verán ahí, es una ciudad española perfectamente asentada en la América de mediados del siglo XVIII, que apenas se distingue de cualquier otro asentamiento europeo de esa época. Observen bien los vestidos, los uniformes y las personas. No, no son franceses ni británicos (aunque puede que se lo parezcan). Son españoles y criollos, mestizos de nativos americanos, de negros y toda esa compleja sociología racial que se produce en sociedades coloniales como aquella.

La pregunta obvia sería ¿cómo es posible que todo “eso” surgiera si la tesis de “Aguirre, la cólera de Dios”, o de “El Dorado”, o de “Oro”, es la única interpretación posible de la Historia de la Conquista de la América española?

La respuesta, que también debería ser obvia, es que si hoy se plantean en España preguntas así, es porque películas como “La Misión” o “El último mohicano” (en su versión del año 1992) son hechas por directores de cine franceses o norteamericanos. Como Roland Joffé o Michael Mann. No por españoles que, es evidente, están a otra cosa.

Todo un síntoma que nos debería llevar a plantearnos qué está pasando en España -desde hace demasiado tiempo- con respecto a narrativas básicas para un país que, como vemos, se van reduciendo paulatinamente a un simplismo cada vez mayor y más abrupto. Uno que, sin duda, debería preocupar tanto en España como entre sus socios políticos y económicos, a la vista de la Anomia que relatos así acaban produciendo.

A menos que precisamente eso es lo que se busque. Es decir: causar Anomia y descomposición territorial y social en la cuarta economía de la Unión Europea…

Una idea ciertamente tan demencial como querer encontrar una ciudad entera fabricada en oro. Alucinación, por cierto, compartida no sólo por españoles sino por caballeros ingleses tan notorios como sir Walter Raleigh. A quién, por otra parte, eso le costó la vida por orden de su católica majestad, Felipe III, rey de España y de las Indias. Deseo fielmente transmitido por su embajador en Londres y orden sumisamente acatada por las autoridades inglesas de aquellos principios del siglo XVII. Unas que sabían muy bien que El Dorado podía ser una quimera, pero que las minas de oro y plata de Zacatecas eran muy reales y el rey de España era su dueño y señor absoluto, debiéndosele, por tanto, obediencia completa…

Un hecho éste del que, sin duda, se podrían sacar magníficas novelas históricas y aún más magníficas películas. Siempre que se quiera, claro está. Porque cuando no se quiere (o no se deja hacer), bien se sabe que no se puede. Ni por todo el oro del Mundo…

Ver Post >
“La plata embustera”. El envés de la Historia (A. D. 1700)
Carlos Rilova 06-11-2017 | 12:34 | 0

Por Carlos Rilova Jericó

Esta semana el correo de la Historia cumplirá una de las funciones oficiosas que se le atribuyen. Es decir, la de dar a conocer actividades de la Asociación de historiadores guipuzcoanos o de alguno de sus miembros.

En este caso se trata de la presentación este próximo día 8 de noviembre, a las 19:00, en la biblioteca de la Diputación Foral guipuzcoana Koldo Mitxelena, de un libro titulado “La plata embustera”.

Su autor es uno de los socios más jóvenes de esta Asociación, Iker Echeberria Ayllón, que, en su día, junto con otro autor, ya nos dejó aquí mismo una primicia de lo que parecen los inicios de una brillante carrera como historiador.

En este caso escribió sobre el origen de una palabra bien conocida por los donostiarras autóctonos y por esos millares de turistas que nos visitan ya prácticamente en cualquier época del año. A saber: “zurito”. La medida más pequeña de cerveza que se puede pedir en un bar de estas latitudes desde las que escribo y que, en contra de lo que pudiera parecer, fue así bautizada por uno de los muchos toreros que, a mediados del siglo XX, ejercían en la Semana Grande donostiarra.

Abundando en esa misma línea, Iker Echeberria acaba ahora de culminar, y publicar merced a la Universidad del País Vasco, “La plata embustera”.

¿Qué es este libro? ¿Qué es lo que contiene? Bien, quienes acudan a la cita de este 8 de noviembre lo podrán descubrir (casi con toda seguridad) leyendo esta pequeña obra magna al calor de los fuegos del invierno, después de oír a su autor.

Para quienes no puedan estar allí este miércoles, les diré que “La plata embustera” es, según su subtítulo, un libro sobre “Emociones y divorcio en la Guipúzcoa del siglo XVIII”…

Este subtítulo quizás nos aclara algo más las cosas sobre qué clase de libro es “La plata embustera” pero, lógicamente, esa obra es más, mucho más.

Para empezar “La plata embustera”, gracias a los buenos oficios de su autor, recoge para la Historiografía vasca (y por ende, española) el testigo de los últimos avances en ese campo del conocimiento.

Es decir, los desarrollados por la escuela francesa de los “Annales” y, sobre todo, los de la escuela italiana de la llamada “Microhistoria”. En otras palabras, “La plata embustera” consolida y da el espaldarazo en nuestra manera de hacer y escribir Historia a lo que ya tiene décadas de práctica en esos famosos “países de nuestro entorno”.

Con “La plata embustera” queda claro que no se ha interrumpido, y continúa por buen camino, la labor inmensa de figuras del prestigio de un Julio Caro Baroja (o de otras más “amateurs” pero no por eso desdeñables, como el padre Lasa), de un Alfonso de Otazu y Llana, de un Jesús Arpal, de una Dolores Valverde o de una Paloma Miranda de Lage y de muchos otros y otras profesionales de la Historia vasca que pueden descubrir en las páginas de “La plata embustera”.

Esta es una noticia tranquilizadora, que nos dice que, pese a todas las dificultades y crisis económicas y políticas, los últimos cuarenta años no han transcurrido en vano y, aunque sea poco a poco, la Ciencia (como quería sir Francis Bacon) sigue avanzando también en estas latitudes que se extienden al Sur de los Pirineos. Donde, como es bien sabido (sobre todo para quienes siguen este correo de la Historia) las cosas no han ido muy bien.

Sí. “La plata embustera” es un libro que podrían haber firmado un Carlo Ginzburg o un Carlo María Cipolla. Los grandes nombres de la Microhistoria a nivel mundial. De hecho, “La plata embustera” es un libro que podrían reivindicar como propio muchos maestros en el campo de la Historia. A muchos de ellos, como Johan Huizinga o Lucien Febvre, desde luego, los encontrarán mencionados en las páginas de “La plata embustera”.

Pero, además de eso, esta obra de Historia con mayúsculas, es una historia de la que es difícil despegarse. En las páginas de este libro, que es sólo un capítulo de las investigaciones que está realizando su autor como tesis doctoral, hay Historia cuantitativa, económica, social… toda ella elaborada con una rara maestría que no suele ser común encontrar antes (o incluso después) de haber obtenido el título de doctor. Pero “La plata embustera” es también el retrato, recuperado en los archivos, de personas de carne y hueso, reales. Casi tangibles gracias a la esmerada escritura de su autor.

Personas como el capitán Martín de Elgorriaga y su desgraciada mujer, Manuela de Burgoa (a la que, después de leído el caso, dan ganas de abrazar y dar palmadas en su cansada espalda), que, sin ser apenas conscientes, dejaron su historia personal escrita en cientos de folios de decenas de legajos y documentos repartidos por varios archivos como el Diocesano de Pamplona o el Histórico de Euskadi.

De allí los ha sacado Iker Echeberria Ayllón para devolverlos a la vida. Gracias a ese esforzado trabajo volvemos a oír, casi a ver, al capitán Martín de Elgorriaga haciendo fortuna a finales del siglo XVII -como muchos otros vascos- en el vasto imperio español. En los filones del Cerro Rico de Potosí. Lo podemos seguir volviendo a aquella España que, aun dirigida nominalmente por un rey supuestamente “hechizado”, domina a buena parte de Europa, que se vuelve a ella, y a su plata, buscando ayuda contra la tiranía que quiere imponer sobre el continente Luis XIV.

Es una historia de esfuerzo personal, de, como dice el autor del libro, un hombre hecho a sí mismo. Uno de esos que los anglosajones describen como “self-made man” pero que, como muchos de estos emprendedores y capitanes de empresa, oculta, bajo la brillante superficie de la riqueza y el éxito, oscuros secretos.

Unos que sólo se descubrirán cuando salga del Virreinato del Perú, de la actual Argentina, y vuelva a España y a su solar original guipuzcoano, en Usurbil, para continuar su carrera de honores y éxitos; representando en aquel Gran Teatro del Mundo de su contemporáneo, Calderón de la Barca, la gran tragedia de su éxito. El que lo ha hecho un hombre rico pero, al mismo tiempo, por su propia imprudencia, lo ha dejado sumido en los abismos de una locura espasmódica. De un tormento que viene y va y que, como nos describe Iker Echeberria (una vez más con mano maestra), lo convierte en una especie de fantasma que vaga, algunas noches, por las estancias de su lujosa casa de San Sebastián.

Aterrorizando a sus criadas y, sobre todo, a su esposa, Manuela de Burgoa, con la que contraerá un matrimonio maldito desde el principio. Uno que parecía más pensado para ejercer una venganza digna del conde de Montecristo, que el de alguien que no debía de haber sido, en otras circunstancias, nada más, ni nada menos, que otro hidalgo vascongado que había prosperado gracias a ser vasallo de un imperio que abarcaba medio mundo…

Al final, por supuesto, la intriga se resuelve y la verdad histórica sale a relucir en las páginas de “La plata embustera” pero, claro, eso es algo que deben descubrir ustedes mismos leyendo ese libro -de Historia en el sentido más amplio del término- que, desde luego, no les hará perder el tiempo…

Una aventura que pueden empezar este mismo 8 de noviembre en la sala principal del Koldo Mitxelena. O preguntando por “La plata embustera” a su propio editor, a quien también hay que agradecer, desde luego, el rescate de esta otra cara de la Historia vasca. No por menos conocida, menos cierta o necesaria… https://web-argitalpena.adm.ehu.es/listaproductos.asp?IdProducts=UHHNM177093

 

 

 

Ver Post >

Otros Blogs de Autor