Diario Vasco
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Fecha: diciembre, 2017
El “Día del Niño Jesús”. Guerra de Secesión, películas históricas y otras reflexiones
Carlos Rilova 25-12-2017 | 12:35 | 0

Por Carlos Rilova Jericó

Como este lunes coincide justo con el día de Navidad, supongo que es casi obligado hablar del tema de esa fiesta cristiana desde un punto de vista histórico. Un punto de partida casi imposible de evitar para este nuevo correo de la Historia. Más aún si tenemos en cuenta que el contencioso catalán no ha revelado ninguna sorpresa este 21 de diciembre pasado. Es decir: tal y como estaba previsto, más de tres décadas de desidia por parte de los gobiernos “de Madrid” en tratar de crear tejido nacionalizador, han dado lugar a un serio aviso respecto a la endeblez de eso que se ha dado en llamar ahora “régimen del 78”.

No hay mucho más que decir, pues, con respecto a esa cuestión que, por lo que toca al negocio de la Historia, sólo viene a demostrar que, quienes creen que es un gasto inútil fomentar y difundir la investigación histórica o reducirla a la irrelevancia social absoluta en cerrados cenáculos académicos, se han equivocado. Estrepitosamente.

Por eso vamos a dejar esta cuestión y centrarnos en un episodio histórico relacionado con la fecha de Navidad.

La escena de la que partiremos es fácil de encontrar. Se trata de una de las escenas medias de una película de Edward Zwick, “Tiempos de Gloria”, que, acaso, será una de las mejores que se han rodado sobre esa Guerra de Secesión norteamericana que es, casi, un subgénero propio en Hollywood desde los tiempos del Cine mudo.

En ella se ve la llegada de los soldados de la Unión a territorio confederado. En él, el regimiento protagonista, el 54 de voluntarios de Massachusetts, formado por soldados negros, se encuentra con otro regimiento formado por antiguos esclavos.

El choque cultural entre esos dos regimientos es brutal. Por un lado el regimiento de antiguos esclavos recién liberados, pese a sus elegantes uniformes de estilo Segundo Imperio, está formado por hombres absolutamente degradados por la Esclavitud.

Apenas saben hablar y, de hecho, el sargento del 54 de Massachusetts, solventemente interpretado (como siempre) por Morgan Freeman, antiguo esclavo él mismo, tiene que traducir lo que dicen los libertos, en un inglés macarrónico, a sus compañeros más educados y que, de hecho, han nacido en el Norte ya libres y, en muchos casos, tienen un alto nivel de instrucción académica.

Una de las expresiones que el personaje interpretado por Morgan Freeman debe traducir, es “Día del Niño Jesús”. Es lo que responde uno de los libertos cuando el sargento del 54 les pregunta si les va bien siendo ahora soldados de la Unión. El liberto dice que sí, que desde que están en el Ejército de la Unión “todos los días, son como el Día del Niño Jesús”.

Cuando el cabo del 54 pregunta al personaje de Freeman qué quieren decir los libertos con eso, éste responde que con “Día del Niño Jesús” se refieren al día de Navidad.

El corolario que se saca de eso es que los esclavos vivían maltratados, infralimentados… salvo en grandes ocasiones como la de ese “Día del Niño Jesús”.

El modo en el que narra estas cuestiones Zwick es bastante correcto desde el punto de vista histórico. Hay tanto fuentes directas como estudios históricos, que demuestran que los esclavos de las plantaciones sureñas de Estados Unidos, llevaban existencias degradantes. En contra de lo que se pudiera deducir de imágenes edulcoradas y paternalistas más propias de otro Cine más pacato sobre el tema (caso, por ejemplo, de la famosa “Lo que el viento se llevó”, un clásico del Cine “de Navidad”, por cierto) o directamente militante… a favor de la causa confederada, como la repelente obra maestra de D. W. Griffith, “El nacimiento de una nación”.

Memorias de antiguos esclavos como Frederick Douglass (él mismo un impresionante personaje secundario de “Tiempos de Gloria”) confirman el maltrato sistemático recibido por la mayor parte de los esclavos sureños. Lo mismo corroboran estudios históricos ya mencionados en anteriores correos de la Historia, como los del historiador Herbert Aptheker.

Se trataba de un sistema degradante, como denunciaba Douglass, tanto para el amo como para el esclavo. Sin embargo, como se ve en la película de Zwick, ese sistema no tenía límites y, de hecho, tampoco tenía reparo en utilizar el adoctrinamiento religioso en tradiciones cristianas como la Navidad a fin de someter mejor a esa fuerza de trabajo esclavizada. Una actitud basada, al parecer, en una atroz ignorancia, casi congénita entre esos amos de esclavos. Como se escenifica por parte del coronel al mando de ese regimiento de libertos. Un “cooperhead” (es decir, un sureño que, sin embargo, lucha del lado de la Unión) que declara al joven coronel del 54, Robert Gould Shaw, ideas sobre la Biblia tan estrambóticas como que Dios barrió de la existencia a los judíos del Antiguo Testamento (¡!) y que confiesa un absoluto desprecio por los esclavos liberados, considerándolos monos pequeños, a los que hay que permitir toda clase de excesos. Siempre y cuando no se atrevan a poner las manos encima de una mujer blanca, rompiendo así con otro de los tabués más asentados en la sociedad esclavista sureña.

Hoy dia de Navidad, creo que no es un mal momento para reflexionar, aunque sea un par de minutos, sobre estas escenas que Zwick pone en acción en su película acerca de esos esclavos que se sienten en el Ejército de la Unión como si “todos los días fueran el Día del Niño Jesús”. Principalmente, además, porque los hechos de esa película son, en su mayor parte, rigurosamente históricos. Basados en las cartas que el coronel del 54 de Massachusetts, Robert Gould Shaw, enviaba a su madre, a su mujer y a otros familiares y amigos contándoles lo que iba descubriendo a medida que las tropas unionistas derrotaban a la Confederación y marchaban hacia el corazón de los estados esclavistas…

 

 

 

 

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Cincuenta años de Historia de San Sebastián (1967-2017)
Carlos Rilova 18-12-2017 | 12:39 | 0

Por Carlos Rilova Jericó

El viernes pasado se cumplían cincuenta años (medio siglo, aunque se diga pronto) de una publicación que ha sido calificada como de extraordinaria en el conjunto de España.

Se trataba, y se trata, del “Boletín de Estudios históricos sobre San Sebastián”. Esta revista de Historia es el resultado, en buena medida, de varias afortunadas circunstancias.

Sin seguir un orden preciso en la importancia de esos factores, se podría decir, por antigüedad, que la primera fue la voluntad de la Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País, renacida a mediados del siglo XX desde sus cenizas dieciochescas y decimonónicas, de seguir impulsando, al menos en parte, aquello para lo que la había fundado el Conde de Peñaflorida en plena efervescencia de la Europa del Siglo de las Luces, allá en el año 1765.

Es decir: fomentar, impulsar y dar a conocer descubrimientos científicos. En este caso del que tratamos, en el campo de la Historia.

La otra afortunada circunstancia, fue el empeño personal de varias destacadas personalidades de la Cultura guipuzcoana de aquellos tiempos -algo menos grises ya que los de la posguerra civil y europea- para sacar adelante esa revista que pretendía, nada menos, que reconstruir la Historia de una ciudad -importante dentro de la historia europea- que, sin embargo, había perdido sus ricos archivos municipales en el incendio provocado por una de las más crueles batallas de las guerras napoleónicas, un 31 de agosto de 1813.

El nombre de José Ignacio Tellechea Idigoras, destaca en ese grupo, pues él, como se recordó este viernes en la sala Ruíz Balerdi de Tabakalera (donde se presentó el volumen 50 del Boletín) cargó con esa responsabilidad hasta el año de su muerte en 2008, siendo reemplazado, hasta hoy y con notable éxito, por la profesora Rosa Ayerbe.

Finalmente, last but not least, el Ayuntamiento donostiarra y lo que entonces era sólo la Caja de Ahorros Municipal (hoy convertida en Kutxabank) facilitaron lo más importante a ese proyecto. Es decir, los medios políticos y económicos para que pudiera ponerse en marcha.

Así, desde 1967, han pasado 50 años en los que esa publicación ha cumplido, y de lejos, con la función para la que nació.

Es decir, reconstruir el complejo puzzle de la Historia de una ciudad que -lo comprobamos cada año que pasa y se publica un nuevo número del Boletín- ha tenido un papel relevante en la larga, complicada y rica Historia europea que, por suerte o por desgracia, ha sido la del resto del Mundo desde el año 1492…

De eso queda constancia en la publicación especial que acompañó a la presentación de este número 50 del Boletín de Estudios históricos sobre San Sebastián. La monografía titulada “El “Grupo Doctor Camino”. 50 años de historia donostiarra”, firmada por Juan Aguirre Sorondo, eminente periodista y editor donostiarra.

Ahí está esa Historia de los historiadores que hicieron posible este proyecto que, hace 50 años, bien podía haber parecido imposible.

Por lo demás, en este volumen número 50 de esa revista de Historia donostiarra (y, por lo tanto, universal) se da la circunstancia de que de los seis estudios que se publican en este número tan especial, cuatro de ellos van firmados por tres socios de la Asociación de historiadores guipuzcoanos “Miguel de Aranburu”.

El abanico temporal y temático de los seis estudios publicados en este cincuentenario del “Boletín de Estudios históricos sobre San Sebastián”, no puede (ni debería) dejar indiferente a nadie. A nadie, al menos, que tenga un mínimo interés por la Historia.

El primero de los trabajos es del profesor Álvaro Aragón Ruano, uno de los fundadores de la Asociación de historiadores “Miguel de Aranburu”, y trata de un tema que no sólo atañe al pasado de San Sebastián o del País Vasco, sino al futuro global. Es decir, la evolución del clima en época histórica. Algo de lo que sacar conclusiones, sin duda valiosas, de cara a afrontar ese problema a escala planetaria del siglo XXI.

En el caso de este trabajo de Álvaro Aragón, se trata de lo ocurrido fundamentalmente en territorio guipuzcoano durante el siglo XVI y parte del XVII. Una iniciativa investigadora que me resulta especialmente satisfactoria, al ver como con él se da continuidad a otros estudios históricos sobre el clima en esa zona.

Alguno de ellos, incluso, firmado por el que estas líneas escribe, como podrán leer, si quieren, en http://www.divulgameteo.es/uploads/Dilema-Galileo.pdf.

El estudio que sigue a éste, no es menos interesante y, además, gracias a la buena mano literaria de su autor, el profesor Pedro Berriochoa, resulta verdaderamente fácil de leer. Como no podía ser menos en el caso de un trabajo que se ocupa de ese subgénero literario tan interesante como lo son los relatos de viaje. En este caso, claro está, el destino del viaje es un San Sebastián descrito con minuciosidad gracias a esos testimonios de estos “curiosos impertinentes”. Relatos que van desde el prestigioso geógrafo romántico Humboldt, hasta unos incisivos personajes dieciochescos como el cónsul inglés destinado a finales del siglo XVII a San Sebastián o el fogueado canónigo Ordoñez que ve, conoce y describe la ciudad a mediados del siglo siguiente.

Después viene el que estas líneas escribe casi todos los lunes. No me extenderé mucho en lo que yo cuento en mi primer estudio de ese volumen 50 del Boletín. Ya he hablado de esas cuestiones por aquí este año, adelantando algo el contenido de “La nueva buena causa”, que así se titula mi primer artículo en el BEHSS nº 50, y se dedica a redescubrir algo absolutamente lógico: que la Gran Bretaña del siglo XVIII tenía un interés también muy lógico en una costa como la guipuzcoana de esa época, siendo la cabeza de playa que le quedaba más mano en sus sucesivas guerras contra la España de aquella época. Circunstancia que generó bastante Historia, por más que hasta este BEHSS nº 50 hayamos desconocido esos episodios que lo son, también, de la Europa del siglo XVIII.

Tras este trabajo mío, aparece en el Boletín número 50 un caso detectivesco que nos cuenta otra faceta de San Sebastián pocos años antes de que estalle la Guerra de Independencia de Estados Unidos. En este caso, lejos del ruido de las armas, el doctor y archivero Antonio Prada Santamaría, otro socio de “Miguel de Aranburu”, nos cuenta cómo se vivía intramuros de uno de los conventos de San Sebastián, donde el tiempo y la Historia se detenían para sus profesas. Aunque no del todo. Como bien lo demuestra este trabajo de Antonio Prada Santamaría…

Tras ese paréntesis dieciochesco, es el autor de este correo de la Historia el que regresa ubicuamente al BEHSS nº 50. En esta ocasión para describir, también con una investigación con algo de detectivesca, cómo fue posible que un episodio que parece salido más bien de un “Western” como “Juárez” o “Veracruz”, acabase desarrollando sus últimos compases en el San Sebastián de 1864. Donde jugaron una fuerte baza histórica la Gran Bretaña victoriana, la España isabelina, la Francia del Segundo Imperio y el México de Benito Juárez que lucha por sobrevivir ante un no tan todopoderoso Napoleón III…

La historiadora Ana Peña Fernández, es la encargada de poner un broche de oro a este quincuagésimo Boletín de Estudios históricos sobre San Sebastián con un estudio que harían bien en leer los donostiarras, pero también los miles de turistas que ahora visitan todo el año San Sebastián. Más que por otra cosa, porque en su trabajo Ana Peña describe un edificio como el Teatro Victoria Eugenia. Demasiado visto por todos -donostiarras y turistas- pero no siempre comprendido como lo que Ana Peña describe: una plasmación, en piedra, del poderío de una pujante burguesía decimonónica. En este caso la de San Sebastián, claro está…

El esfuerzo en pro del mejor conocimiento de la Historia donostiarra, vasca, española, vasca, francesa, británica… de estos cincuenta años, queda patente en esas páginas del BEHSS número 50 que he descrito. Ahora sólo falta lo más difícil, o tal vez lo más fácil: que todo lo dicho sea leído para ser aprovechado. Justo tal y como se suele hacer en esos países “de nuestro entorno” que se extienden a tan sólo unos pocos kilómetros de San Sebastián.

 

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Que la tierra te sea leve, duque. A cien años de la muerte de Fermín Lasala y Collado (1917-2017)
Carlos Rilova 11-12-2017 | 12:30 | 0

Por Carlos Rilova Jericó

fermin-lasala-y-collado-imagen-para-la-ilustrracion-americana-y-espanola-1880Esta semana, el domingo 17 de diciembre de 2017, se cumplirán cien años de la muerte de Fermín Lasala y Collado, duque de Mandas.

Como durante cuatro años de mi vida yo me dediqué a estudiar la suya y a escribir con ella mi tesis doctoral, me ha parecido, inevitable, tratar de contar hoy, en este nuevo correo de la Historia, quién fue Fermín Lasala y Collado, duque de Mandas.

Nació en San Sebastián, en el año 1832, del matrimonio de Fermín Lasala y Urbieta y de Rita Collado. Sus dos padres, ella y él, eran comerciantes prósperos.

Fermín Lasala y Urbieta descendía de emigrantes franceses de la zona de los Pirineos. Para cuando Fermín hijo nació, él ya había conseguido amasar, como comerciante, una considerable fortuna que fue incrementando como sólo lo podía hacer un capitán de empresa de esos que tanto proliferaron en Europa en aquellas tres primeras décadas del siglo XIX y que han sido perpetuados por las novelas y el Cine. Sobre todo en el mundo anglosajón.

La madre del futuro duque de Mandas, Rita Collado, era heredera de la casa de comercio de los Collado, dirigida por una enérgica matriarca de origen cántabro. Al parecer, la madre del futuro duque salió a ella en carácter, pues a pesar de que la familia quería evitar su boda con Fermín Lasala y Urbieta, ella, Rita, se negó en rotundo a aceptar ese veredicto familiar, imponiendo su propio criterio. Lo cual no estaba nada mal para el año 1828, que fue en el que tomó esa drástica decisión, Tan opuesta a los convencionalismos dominantes en su época y en su clase social.

De ahí salió el futuro duque de Mandas. Ya nació, en 1832, siendo el heredero de una gran fortuna, que crecía día a día, tanto gracias a la buena administración doméstica de su madre Rita, como a la ferocidad de su padre en aquella España isabelina en la que -con el tiempo- llegó a ocupar puestos de responsabilidad junto a la Corte, para asesorarla en cuestiones económicas.

El joven heredero se comportó como un vástago sólido de ese tronco, ya de por sí bastante sólido. Tuvo una preparación académica igualmente sólida en las universidades de Madrid. Como experto en Jurisprudencia (uno de los grados mas altos en la carrera de Derecho) y, asimismo, con la titulación equivalente a la de Filosofía y Letras. Quizás obtuvo esta última porque tenía un gusto por la Historia inculcado por su madre Rita, con la que solía tener interesantes conversaciones sobre la desdichada María Estuardo, reina de Escocia.

Aparte de esos estudios, el joven heredero recorrió Europa en el “tour” habitual para los de su clase social. Visitó Francia. Así como Gran Bretaña (donde pudo ver, y conseguir, algunas reliquias de su admirada María Estuardo). Llegó incluso a hablar con los guardias del rey de Prusia, preguntándoles por su vida.

Así, cuando hacia 1855 se hace cargo del capital político y económico que le legan su padre y su madre, Fermín Lasala hijo estaba listo para afrontar un mundo lleno de peligros. Uno en el que había que ser rápido y tajante para sobrevivir. Es el mundo de los Vanderbilt, los Morgan, los Astor y los Rothschilds. Grandes magnates que, en unas ocasiones, son rivales de la familia Lasala y en otras socios de ella. Como ocurre en el caso del primer ferrocarril a vapor del estado de Nueva York. Puesto en marcha gracias tanto a capitales facilitados por familias como los Astor, como por los Lasala de uno y otro lado del Atlántico.

Fermín Lasala y Collado también tendrá que moverse en las convulsas aguas de la Política española e Internacional que se agita entre esos años de mediados del siglo XIX y los diecisiete primeros del XX, que desembocan en la Primera Guerra Mundial y la revolución bolchevique.

Lo hará al lado de grandes figuras como Antonio Cánovas del Castillo. Compañero suyo de estudios y amigo personal hasta su muerte en el año 1897.

Junto a Cánovas, una vez que se han superado las convulsiones de la última de las guerras carlistas (en la que Fermín Lasala y Collado será combatiente en el lado liberal), pasará de la Política provincial, donde ha representado a su territorio guipuzcoano natal en el Parlamento y en la Diputación, a responsabilidades de estado más altas.

Como ministro de Fomento, como senador vitalicio y, al menos tres veces, jugando en la palestra internacional el destino de una España que se debate por sobrevivir en la Era del Imperialismo.

Lo hará en puestos de primer orden, entre 1890 y 1897 en la embajada de París, tratando de desactivar la crisis que desembocará en la pérdida de las colonias españolas en Antillas y en Asia-Pacífico en 1898 y de hacer valer los avances españoles en África central, que ya se están dado en ese momento.

Después de que esa crisis, la del 98, llegue, se le mantendrá, tanto por su partido como por el de los liberales de Sagasta, en la embajada de Londres, entre 1900 y 1905, para conseguir que España recupere el terreno perdido en las Antillas y Asia-Pacífico en esa África que ya se están repartiendo otras potencias europeas.

En los doce años que van desde 1905 hasta su muerte en 1917, Fermín Lasala llevará una vida más bien tranquila, a caballo entre sus extensas posesiones inmobiliarias en Madrid y su mansión de Cristina-Enea en San Sebastián. Sus negocios seguirán prosperando, aunque su bienestar material está ya más que asegurado por los cargos públicos que desempeña con carácter vitalicio, en el Senado y en otros cenáculos del poder de esa España de Alfonso XIII.

Su vida, como la de todo ser humano, seguirá su curso fatal, pero, antes de que le llegue el fin, verá morir a su mujer Cristina. Bienamada, como se puede deducir de la presencia en el despacho del duque del cuadro que le pintó Palmaroli. Estuvo allí hasta que el duque murió el 17 de diciembre de 1917.

Antes de que llegase ese día de ese año, el duque verá colapsarse el mundo en el que vivió y creció. Le llegarán noticias de la “Gran Guerra”, temida y esperada, que, al fin, había estallado en 1914. También de la revolución socialista que él ya había intuido como ineludible en los comienzos de su vida como político.

Cuando murió, el 17 de diciembre de 1917, dejaba tras de sí una inmensa fortuna que sería legada a, falta de herederos directos, a la Diputación guipuzcoana. Su mansión y jardín de Cristina-Enea, así como su biblioteca, quedarían en manos del Ayuntamiento de San Sebastián. No tuvo hijos, pero en ese gran jardín de estilo inglés dejó muchos árboles que aún siguen creciendo en ese parque donostiarra. Sí dejó, también, varios libros de Historia escritos. Entre ellos algunos en los que justificaba sus propias ideas políticas. Como “La separación de Guipúzcoa y la Paz de Basilea” o la “Última etapa de la Unidad Nacional. Los fueros vascongados en 1876”. Donde se exoneraba, en parte, de la acusación que vertieron contra él de haber sido el impulsor de la abolición foral de 1876. Algo que algunos políticos de tendencia contraria a la suya, le estuvieron reprochando hasta después del día de su muerte.

Hoy, a poco menos de una semana del centenario de esa fecha, yo, que dediqué cuatro años de mi vida a escribir una tesis sobre él, que fue publicada por última voluntad de un gran historiador vasco como José Ignacio Tellechea Idigoras, he querido recordarlo y que se le recuerde. Tan exactamente como sea posible, tan justamente como sea posible, en un país con tendencia al olvido. Incluso de aquellos que han forjado el presente en el que hoy vivimos.

Así pues, que la tierra te sea leve, duque. Hoy y dentro de otros cien años.

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Puigdemont, Donizetti, la Leyenda Negra y la Historia española
Carlos Rilova 04-12-2017 | 12:30 | 0

Por Carlos Rilova Jericó

Casi todos los días hago el esfuerzo de seguir las noticias por Televisión. Algo no demasiado fácil, ya que muchos de esos informativos están derivando hacia el amarillismo a una velocidad tan galopante como preocupante.

En el caso concreto del que voy a hablar hoy, logré sacar un remanente de información valiosa de los primeros minutos del magazine matinal de Antena 3: Espejo Público. En la mañana de este jueves pasado Susanna Griso entrevistaba a un académico de la RAE con el que habló del tema de la “Leyenda Negra” a propósito de la gran (permítanme la ironía) noticia de aquella mañana. Es decir, que el oficialmente destituido president de la Generalitat catalana, mi tocayo Carles Puigdemont, había asistido en la Ópera de la ciudad belga de Gante, a una representación de una obra del compositor romántico Gaetano Donizetti: “El duque de Alba”.

Ya se imaginarán, aunque no hayan leído, ni oído, ni visto nada acerca de esta noticia, aunque no sepan nada de Ópera romántica, de qué va esta obra. Sólo el título ya es elocuente.

Donizetti, transido de las ideas del Romanticismo, toma un episodio de la Guerra de los Ochenta Años entre el imperio español y una serie de rebeldes súbditos que, tras esos acontecimientos, acabarán por declarar la República de las Provincias Unidas. Aquellos hechos lo tenían todo para una buena ópera romántica: acontecimientos truculentos con heroicos combates entre un pueblo oprimido y amante de sus libertades y un rey oscuramente despótico…

Todo ello dio pie a esa entrevista este jueves y a un posterior encendido debate que no pude terminar de ver porque otras obligaciones más urgentes me llamaban.

En sustancia lo que saqué en conclusión de todo esto, es que Carles Puigdemont trataba, por medio de ese acto público, de atizar el fuego de la llamada Leyenda Negra erigida desde esas fechas (finales del siglo XVI) contra España.

No voy a entrar en más detalles. Aquí está Internet con todos sus múltiples canales para que se regodeen en ellos, si quieren. Me voy, únicamente, a ceñir a lo que le pareció toda aquel revuelo sobre el duque de Alba, la Leyenda Negra, España, Holanda… al historiador que lleva más de dos décadas de práctica profesional, ahondando en archivos, investigando, divulgando por todos los medios a su alcance (incluso más allá de los que el deber académico le impondría) esas investigaciones.

En primer lugar lo que me descubrió la entrevista y el comienzo del debate de este jueves pasado en Espejo Público, fue, una vez más, los gigantescos déficits de información histórica presentes en la sociedad española actual.

En efecto, me quedó muy claro que la investigación histórica publicada en los últimos años (a costa de no pocos esfuerzos) ni ha sido leída ni considerada en estos grandes medios de difusión, retroalimentando de ese modo una penosa visión de la Historia española.

Así se sigue narrando la Historia de España desde un punto de vista digno de lo que decía Valle-Inclán de uno de sus personajes, el marqués de Bradomín: “feo, católico y sentimental”. Muy poca cosa en definitiva.

Así, parece que la Historia de España en esta segunda década del siglo XXI sigue siendo, para los grandes medios de comunicación, básicamente la de un pueblo heroico que llevó la civilización cristiana a América y que fue siempre injustamente atacado por potencias envidiosas de su gran misión en el Mundo.

Así, sigue quedando fuera de ese discurso tan banal, tan poco informado, toda evolución histórica de ese país, España, que, para empezar, a lo largo de los siglos XVI, XVII y XVIII, cubría buena parte del Mundo.

Así, gracias a ese bajísimo nivel de formación, el público español sigue sin saber, por ejemplo, los sutiles meandros de la Política internacional de aquel megaestado dirigido desde Madrid durante esos (se dice pronto) trescientos años.

Por ejemplo, es obvio que gran parte de los que dirigen hoy la opinión pública española no saben que, tras la firma de la Paz de Westfalia en el año 1648, a Madrid, por cuestiones de Alta Política, se le olvidaron bien pronto las diferencias con las Provincias Unidas que, siglos después, inspirarían la ópera de Donizetti.

En efecto, en el año 1672 estalló la Guerra de Holanda. Luis XIV, descendiente de una princesa española de la Casa Austria y de un príncipe Borbón, trató de aplastar a aquella república de comerciantes que no hacían sino fastidiarle dando malos ejemplos políticos y entorpeciendo la buena marcha de la economía francesa. Como Holanda no podía contar, como durante la Guerra de los Ochenta Años, con la ayuda inglesa (pasada esa nación, con armas y bagajes, al bando francés por la restauración monárquica de 1660) a los Estados Generales de Holanda no les quedó más remedio que volverse hacia la única potencia con suficientes recursos financieros y militares para evitar que La Haya fuera tomada y arrasada, junto con el resto de aquel pequeño país, que no es sino una vasta llanura muy difícil de defender.

Esa potencia era la España de Su Majestad Católica, Carlos II de Austria, primo, por cierto, de Carlos II de Inglaterra y de Luis XIV.

Todo se negoció en el mayor de los secretos. Tanto que caballeros como el que da nombre a nuestra Asociación de historiadores guipuzcoanos, Miguel de Aramburu, se vieron sorprendidos, una buena mañana del año 1674, por el despliegue de la flota del almirante holandés Cornelis Tromp ante San Sebastián.

Las explicaciones a tan terrible como magnífico espectáculo (hablamos de decenas de barcos de guerra de alto bordo arbolando la bandera tricolor holandesa ante la costa guipuzcoana) llegaron rápidamente desde Madrid: Su Majestad Católica consideraba que convenía a sus intereses y a los de sus numerosos reinos y estados convertirse en aliado del antiguo enemigo, del hereje holandés…

Ni que decir tiene, tan brillante decisión, tan acabada maniobra política, que convertía la Guerra de los Ochenta Años y sus circunstancias y resultados en papel mojado, fue acatada reverentemente por todos los súbditos del rey de las Españas. Empezando por Miguel de Aramburu…

Si hoy, en España, se leyerán todas las nuevas sendas de la Historia (como ésta que acabo de relatar) que los historiadores llevamos abriendo (por lo visto en la más oscura de las sombras) desde hace años, quizás hoy ese país que aparece en nuestros pasaportes como lugar de procedencia, estaría haciendo un papel internacional menos bochornoso.

Y, también tal vez, en los debates televisivos se dejaría de malgastar fluido eléctrico en hablar de banalidades y lugares comunes que no conducen a ningún lado. Salvo a descubrir que la evolución intelectual de España lleva retrocediendo, sin parar, desde hace 80 años.

Algo que, la verdad, debería ser considerado como sumamente preocupante. Tanto dentro como fuera de las fronteras de este cuarto estado de la Unión Europea que poco tiene que ver con esa España -más que menos imaginaria- de Donizetti y su duque de Alba.

Algo que, como espero haber demostrado describiendo la firme alianza, en 1674, de España y Holanda contra la Francia de Luis XIV, fue sólo una mínima fracción de nuestra rica y diversa Historia común. Esa que (ustedes dirán) tiene muy poco que ver con ese discurso mostrenco, que reduce toda esa compleja (y por eso mismo interesante) Historia a un vergonzoso recitado de tópicos que, lógicamente, además, alientan desafíos independentistas como el que se escenificó en la ópera de Gante esta semana pasada.

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