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Fecha: enero 15, 2018
Un mito histórico perdurable: la “guerrilla” española (1808-2018)
Carlos Rilova 15-01-2018 | 12:30 | 0

Por Carlos Rilova Jericó

albert-uriet-para-el-napoleon-de-louis-bertrand-mame-et-fils-circa-1930-2Como todas las semanas, me ha costado casi cinco días dar con un tema con el que llenar estas páginas una vez más.

La inspiración esta vez me cogió, también una vez más, trabajando. Andaba revisando expedientes en un archivo, cuando de repente di con una de esas vidas de novela que, sin embargo, son absolutamente reales. Tal y como lo atestiguan documentos como esos. Donde uno se encuentra de todo. Desde hojas de servicio militar, hasta correspondencia familiar, pasando por cartas de personajes ilustres y bien conocidos que, sin embargo, se estaban limitando -cuando redactaban esas misivas- a actuar como personas comunes y corrientes que ni siquiera sabían si pasarían a la posteridad.

Me llamó la atención que el protagonista de este expediente, un alto mando del Ejército patriota que luchaba en el Norte de España entre 1808 y 1814, fuera definido como “guerrillero” por la posteridad que fichó su expediente para archivarlo…

Así, cuanto más me adentró en ese continente histórico que son las guerras napoleónicas (un lugar en el que perderse de por vida), me queda cada vez más claro que, en el campo de la Historia, cosas absolutamente irreales, acaban con mucha frecuencia convirtiéndose -a medida que pasan los años- en una especie de verdades absolutas que es muy difícil desalojar de la imaginación colectiva.

Este es el caso de estos supuestos “guerrilleros” españoles, que habrían luchado contra el mejor Ejército del Mundo entre la primera y segunda década del siglo XIX (el napoleónico) y, así, inconcusa y sorprendentemente, lo habrían derrotado.

Sé que no es la primera vez que hablo aquí (y en otros lugares) de este tema. Y probablemente ésta tampoco será la última. Pero es que, cada poco tiempo, parece que sea necesario volver a hablar del tema. A negar que los “guerrilleros” fueron los que derrotaron a Napoleón en España.

Esas más que menos imaginarias guerrillas, pudieron existir, a lo sumo, durante un par de años después de que se declarase la guerra entre Napoleón y la Regencia española. Esa institución que se negaba a reconocer las abdicaciones de Bayona y aglutinó en torno a ella al resto de ciudadanos que también se negaban a aceptar -por distintas razones- ese cambio de dinastía en España.

Para el año 1810, la mayoría de esas unidades irregulares, esas guerrillas, han descubierto varias cosas. Lo primero que, con o sin patente de corso terrestre expedida por la Regencia y otras autoridades patriotas, son unidades inoperantes desde el punto de vista militar. Uno de los primeros en darse cuenta, fue el célebre Gaspar de Jauregui. El pastor que llegaría a mariscal, como lo describió el padre Lasa, uno de sus biógrafos.

En 1810 Jauregui y sus escasos guerrilleros constatan, por escrito (quedando así también conservado en un archivo), que su pequeño grupo, operando en las montañas entre Guipúzcoa y Navarra, no está consiguiendo desgastar, de manera eficaz, a las tropas napoleónicas que tienen ocupado lo mejor de ese territorio.

Esa sensación es la misma que tienen la Regencia y demás cabezas pensantes que tratan de coordinar la resistencia contra la invasión napoleónica. Así, en 1810, se hace preciso reorganizar todas esas unidades surgidas de manera improvisada, dotarlas de uniformidad, de oficialidad profesional bien entrenada, de armas regulares, de munición, de banderas y hasta de bandas de música como las que solían tener los regimientos más antiguos. En definitiva: esas autoridades constataban en 1810 que, para vencer al que, en efecto, era, en 1808, el mejor Ejército del Mundo, se hacía preciso tener un Ejército aún mejor.

Eso es lo que ocurrió en España a partir de 1810, e incluso antes en algunos casos. Como el de la División navarra de Mina, que fue la que salvó de la catástrofe táctica al disperso y reducido grupo de Jauregui.

A partir de 1810 ya no hay guerrilleros. Hay regimientos de voluntarios integrados en grandes cuerpos de Ejército dirigidos por militares profesionales y sujetos a un Estado Mayor, que imparte órdenes y coordina sus movimientos.

Quienes no se han atenido a esos cambios, son considerados como lo que en realidad eran la mayoría de ellos: simples bandoleros que habían aprovechado la confusión de la guerra para medrar, atacando, por igual, a población civil indefensa como a convoyes enemigos.

Sí, los “guerrilleros” jamás derrotaron a nadie en la España de 1808 a 1814. La derrota de Napoleón, no se debió a grupos de retrógrados y atávicos nativos españoles dirigidos por curas y monjes fanáticos, como gustan de repetir algunas malas novelas.

Sin dejar caer en el olvido que una parte sustancial del partido patriota, que lucha contra el invasor francés, es sumamente reaccionario (como lo puede ser en esas fechas una parte de la población francesa o prusiana, por sólo citar dos ejemplos) la derrota de Napoleón en España, fue obra de estructuras militares muy consolidadas, dotadas de apoyo marítimo, redes de información (o espionaje, si se prefiere) muy sofisticadas, servicios jurídicos, servicios de Sanidad, y, por supuesto, correos. Encargados de llevar por la posta militar (bajo el membrete de “Servicio Real”) las órdenes emanadas de los distintos estados mayores.

Esas tropas regulares en las que se convierten los primeros voluntarios de junio de 1808, son las que, en realidad, derrotaron a Napoleón. Eran una formidable maquinaria militar, coordinada con los ejércitos portugués y británico que, como el español, tuvieron que renovarse o morir, aplicando tácticas nuevas que pudieran derrotar al genio militar de Napoleón y a la poderosa Francia que él representaba.

A ese respecto, la gran aportación de los mitificados “guerrilleros” fue la de dotar a los regimientos regulares en los que se convirtieron -como los del Séptimo Ejército que operaba en el Norte de España- las tácticas propias de esa lucha de primera hora, reducida a emboscadas y golpes de mano.

En efecto, la combinación del combate de línea (grandes unidades de Infantería desplegadas en batallas campales) con el combate de guerrilleros o cazadores, formando a los hombres de manera dispersa, diezmando desde posiciones protegidas a los oficiales y soldados enemigos, fue lo que desarboló el dispositivo napoleónico en España. Minado lentamente por estas unidades versátiles, capaces de replegarse con rapidez, dotadas de una gran movilidad que, combinada con el apoyo logístico británico y la dirección civil y militar de un Gobierno consolidado en Cádiz, acabarán por descoyuntar el eje central del que dependía el fracaso o el éxito de los planes imperiales de Napoleón.

Hoy, una vez más, lo vuelvo a decir. Como ya lo han dicho libros de Historia convenientemente puestos al día, como los firmados por Ronald Fraser, Charles Esdaile o Miguel-Anxo Murado. O incluso algunas novelas históricas, como las firmadas por José Luis Corral.

A partir de aquí, ¿cuántas veces más habrá que repetir que, por ejemplo, los tenientes coroneles de la División de Longa jamás deben ser confundidos con “guerrilleros”, sino ser descritos como militares regulares de la época napoleónica?

El tiempo nos lo dirá.

 

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